El mal tiene cara de funcionario
Lunes, Abril 20th, 2009Ahí estábamos. Mi amigo y yo hablando de gente mala en el cine. Entiéndame, de los malos en el cine. Siempre he sentido una predilección especial por los malvados de las películas de James Bond, tan refinidamente crueles, tan soberbios, tan pagados de sí mismos, tan botarates que son capaces de revelarle al agente 007 sus planes para poner de rodilla al mundo mientras Bond se libera de las garras de los guardias o de las esposas que lo atan a una mesa camilla de acero con un rayo láser que se aproxima peligrosamente a su entre pierna.
De repente nos quedamos un rato callados, tomando la cerveza. Y la conversación giró a los malos de verdad. ¿Existen hijos de puta con todas sus letras? Concluímos que sí. Repasamos los asesinos en serie, monstros de carne y hueso enfermos de odio, pero tras divagar un rato nos dimos cuenta que el malvado de verdad es el que cree que está haciendo bien. Mi amigo soltó entonces el nombre de Eichman, y recordé el estremecimiento que sentí cuando leí Eichman en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal de Hanna Arendt.
Miedo. Yo, que soy un lector y espectador de necesades tóxicamente terroríficas, sentí miedo con el relato del juicio que los israelíes le hicieron a ese funcionario del partido nazi.
No dejen de leerlo si tienen oportunidad. Uno se da cuenta con la piel de gallina que todos llevamos un loco dentro. Sobre todo si estamos programados para recibir órdenes y no cuestionarlas. Lo dice el líder, luego es correcto. Este discurso es que el que lleva a la locura al Kurtz que Marlon Brando interpretó en Apocalypse now!, cuando le cuenta a Willard la famosa misión en la que llegan a un pueblo perdido de Vietnam y vacunan a todos los niños para luego encontrarse con una montañita de brazos cercenados. Sus padres habían sido capaces de mutilar a sus hijos. Dame un batallón de esos hombres y ganaré la guerra, reflexiona Kurtz.
En el mundo civilizado es más o menos lo mismo, sólo que el mal tiene rostro de funcionario. El torturador no debe sentir placer torturando, debe de actuar como un profesional, ajeno a los gritos de dolor y de lamento de la víctima. Dicen que Buñuel quería contar la historia de un campo de concentración sin que nunca se viera el lugar de trabajo de papá, capitán de las SS, sino en su hogar. Llega a casa, se quita las botas y acaricia la cabeza de sus adorables hijos. Con la misma mano con la que ha condenado a la muerte a otros niños de la edad de sus hijos.
La leyenda cuenta que nunca le financiaron este proyecto al maestro aragonés.
No interesa que nos digan la verdad.
Como la conversación se estaba poniendo peligrosamente elevada nos dedicamos a charlar de otras cosas. Recuerdo, sin embargo, que el sabor de la cerveza me supo mucho más amargo. Me imagino que a mi colega también.
Háganme caso, lean Eichman en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Un libro de asombrosa actualidad en estos tiempos que corren.
Saludos extraños a este lado del ordenador.