José Luis Correa recupera al detective Ricardo Blanco en El suicida más hermoso del mundo

Miércoles, Mayo 13th, 2026

Este miércoles, 13 de mayo, llega a librerías la última novela de la saga que protagoniza el pachorrón detective privado grancanario Ricardo Blanco, de José Luis Correa. Lleva el título de El suicida más hermoso del mundo y publica como las anteriores Alba, que cambia en 2026 la fecha de las apariciones de cada una de estas entregas ya que la última, la que apareció en 2025, El bebedor de coñac, se encontraba en librerías recién iniciado el año, enero.

La que es la decimosexta entrega de la serie Ricardo Blanco comienza “con una muerte extraña, más chocante esta vez porque se trata del supuesto suicidio de un empresario exitoso al que el viento parece favorecer”. A partir de ahí, cuando a Blanco le encargan investigar el caso, se desata un infierno de amenazas, intrigas y cadáveres que lo enredan todo. “El detective recorre calles y rincones de su ciudad y su isla para acabar topando con una caterva de hampones para quienes la vida, sobre todo la de los demás, no vale un céntimo”.

Una nota de la editorial asegura que con esta novela regresa un José Luis Correa en su versión más negra, “sin olvidar lo que el propio escritor considera innegociable: el estilo. Los lectores de sus novelas reconocerán pronto esa forma tan plástica, por lírica, de narrar y esa socarronería que lo impregna todo y que ha hecho del lenguaje la marca de agua del autor canario”.

Saludos, a esperar entonces, desde este lado del ordenador

El bebedor de coñac, una novela de José Luis Correa

Martes, Marzo 11th, 2025

“El clima de Las Palmas tiene algo de niño caprichoso que se cansa enseguida de un juguete y va corriendo en busca de otro”.
El bebedor de coñac, José Luis Correa (Alba, 2025)

Ya se ha convertido en una costumbre que recién iniciado el año una de las primeras novelas que lea correspondan a la serie de Ricardo Blanco, del escritor grancanario José Luis Correa. Alba Editorial ha tomado la decisión de publicar una nueva entrega cada enero, y los lectores que ya conocemos al personaje pues nos congratulamos porque lo que ha logrado hacer Correa es milagroso. Se dice lo de milagroso porque ya lleva quince novelas dedicadas a su peculiar y algo pachorrón detective privado, lo que convierte la saga en una de las más longevas dentro del género en España.

En las novelas de Blanco además de Blanco intervienen una serie de personajes que forman la segunda familia del personaje, ahí está su novia Beatriz (¿suenan campanas de boda?); Gervasio Álvarez, en su pasado inspector jefe hasta su jubilación y ahora un estrecho colaborador de Blanco e Inés, la eficiente secretaria de este detective que parece de pacotilla pero solo lo parece.

La capital grancanaria vuelve a ser protagonista una vez más de El bebedor de coñac, pero no iba a ser menos porque es aquí donde reside Ricardo y sus amigos. También donde trabaja mayoritariamente aunque a veces, gajes del oficio, tenga que viajar a otro punto de Gran Canaria o se traslade de isla, como es la de Tenerife en Muerte de un violinista.

En cuanto a las novelas, todas las que forman la serie siguen un orden cronológico, la última de hecho transcurre tras la pandemia que nos obligó a estar tres meses encerrados y a vivir con mascarilla cuando nos dejaron salir a la calle. En este sentido, el detective ha ido envejeciendo como el escritor que lo ha creado, lo que une un poco más a José Luis Correa con Ricardo Blanco. Blanco, de hecho, toma la forma de Correa en mis lecturas, pero es que hay mucho del escritor en el personaje. Y entre ese mucho, la afición que tiene el investigador por un buen tenderete. También la de contar en primera persona el clásico relato detectivesco (buscar la solución a ¿quien fue el culpable?) solo que salpicado de canarismos. Canarismos que él que no sea de estas tierras, no les costará entender gracia al contexto en el que se dicen estas palabras.

Alguien ha comparado las novelas de Ricardo Blanco con las de la serie Maigret, pero si tienen algo en común es la capacidad que tanto José Luis Correa como el escritor belga Georges Simenon tuvieron y tienen en retratar la vida cotidiana en una capital de provincias aunque en el caso del primero no pueda extasiarse cómo sí lo hacía el creador de Maigret, en los detalles. Sí que hay una circunstancia que los une, y es que en sus libros lo que importa es lo que sucede a cada rato, aunque ese rato resulte intrascendente para el caso. Caso que al final viene a ser el mismo de otras ocasiones solo que cambiando de escenario y de protagonistas.

En El bebedor de coñac las cosas se disparan un día de Reyes cuando se descubre en un solar de una calle de la capital grancanaria el cadáver de un hombre, Amado Martel, del que se conoce que era “amante del coñac y las vidrieras”. Será el hijo del muerto quien acuda al detective privado para que inicie la investigación. La trama se complica con la desaparición de los dueños de una gestoría y con otro muerto, un profesor de dibujo con apellido extranjero.

Las serie Blanco están formadas por novelas cortas, El bebedor de coñac apenas supera las doscientas páginas y son muy cómodas de leer. Si uno es seguidor de la serie, la lectura se convierte en algo así como volver a encontrarte con unos amigos que ya son casi de la familia. Y en eso tiene mucho la culpa la voz del narrador, que envuelve y permite que uno confíe en ellos. Se tratan además de historias muy blancas, en donde apenas hay violencia. Y si aparece, a veces se despacha al fondo, lo que no irrita el pacifismo que caracteriza el espíritu de la saga.

Una reflexión a modo de final es la de pensar si José Correa está barajando la posibilidad de contarnos en algún nuevo libro la infancia y la juventud de Ricardo Blanco porque nos consta que a su creador no le devora el síndrome de Conan Doyle, que es la de poner fin a su creación. De paso, animo a que el grupo de los investigadores privados de la novela negra y criminal en grancanaria siga ampliándose aunque el actual trío de caballeros sin espadas sigue estando muy bien representado por el Eladio Monroy, de Alexis Ravelo; el José García Gago, de Antonio Lozano y el Ricardo Blanco de José Luis Correa.

Saludos, al borde del abismo, desde este lado del ordenador

Novedades: las últimas novelas de los escritores canarios José Luis Correa y Guillermo Alemán

Miércoles, Enero 8th, 2025

El bebedor de coñac (Alba Editorial, 2025) es la nueva novela protagonizada por el detective privado Ricardo Blanco, una creación del escritor José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962). Como otras de las novelas del mismo autor, la acción se desarrolla prácticamente en la capital grancanaria. Esta es su historia: Amado Martel, un hombre amante del coñac y las vidrieras, que reparte su tiempo entre los amigos de bar y su familia, aparece con la cabeza abierta entre los escombros de una parcela sin edificar en su barrio de siempre. Ante las sombras que arroja esa muerte siniestra, el hijo de la víctima decide apostar su beca y su palabra a un caballo testarudo y socarrón: un detective privado de Las Palmas de cuyo nombre, ya ven, quiero acordarme: Ricardo Blanco.

El escritor tinerfeño Guillermo Alemán presenta Muerto el viejo se acabó la rabia (Fatiga Books, 2024), a finales de diciembre. Se trata de su cuarta novela, poblada de giros en la que narra un largo y tortuoso camino hacia el infierno de su protagonista, el Moi. Después de un recorrido vital en el que ha hecho de todo –repartidor, camarero, guardia de seguridad, recadero para el Viejo–, este buscavidas da un mal tropiezo que lo empuja fuera de los límites de la sociedad. “Hasta entonces siempre había hecho lo correcto, había caminado por el filo de la navaja que no corta, pero ahora siente que la vida le ha pasado por encima como un tren de mercancías. Todo comenzó justo cuando empezó a oler la mierda que revolvía para sacar a flote algo con lo que pagar sus facturas”.

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Un arpegio de lluvia en el cristal, una novela de José Luis Correa

Lunes, Febrero 19th, 2024

Catorce son ya las novelas que José Luis Correa ha dedicado a Ricardo Blanco, su peculiar investigador privado que se mueve como pez en el agua por las calles de la capital grancanaria. El personaje apareció por primera vez hace ya unos años en la novela Quince días de noviembre y desde entonces y hasta llegar a esta Un arpegio de lluvia en el cristal (Alba, 2024) ha llovido lo que se dice mucho.

Más allá del caso que le toca resolver, en esta novela el asesinato de una pareja de homosexuales, lo más interesante del ciclo literario protagonizado por Blanco son las escenas cotidianas que vive el personaje y la aparición de los coprotagonistas de la serie, todos ellos personajes que han ido evolucionando desde que aparecieron en títulos anteriores para servir de apoyo al detective. En ésta, sin embargo, llama la atención que José Correa, su creador, haya decidido dejar a su detective privado más solo, que no aislado, así que el contrapeso que representaban “los amigos” de Blanco no resulta tan insistente como sí pasó en otros libros de la saga.

Las novelas, siguiendo una tradición que institucionalizó Dashiell Hammett, están narradas en primera persona y la forma de expresarse así como los giros abundantes en floridos canarismos son muy comunes en estas historias donde, ya digo, más que despertar la atención por lo que se investiga y cómo se investiga, lo atractivo es observar la manera en la que se desenvuelve su protagonista mientras descubrimos a través de sus ojos la capital grancanaria.

Esta novela, que quizá sea de las más literarias de la serie, y se dice literaria no porque José Correa haya hecho un esfuerzo por cuidar el estilo ni proponer juegos metaliterarios sino más bien porque el pequeño y a veces asfixiante mundillo literario grancanario adquiere un especial protagonismo en el relato al conocerse que uno de los miembros de la pareja además de su trabajo también era escritor.

Esta circunstancia da lugar para que Correa a través de Blanco ofrezca un retrato si no certero sí que preciso sobre una realidad que también tiene sus hedores. Hedores que provoca el hecho de vivir en sociedades tan aisladas (pese a Internet y todo ese folclore) como son las insulares. Lo que no termino de entender, aunque se usa claramente como una metáfora es el título de esta nueva aventura más que investigación de Ricardo Blanco, ese Un arpegio de lluvia en el cristal que si bien tiene hondas resonancias poéticas no termino de encontrarle sentido a una obra total como es esta novela, una más de la saga Blanco y por lo tanto otro título al que los seguidores de este peculiar investigador privado tiene, lo que explica por otro lado que ya sean catorce (y se dice pronto, catorce) las novelas en las que ha aparecido hasta la fecha y todo hace indicar que nos lo volveremos a encontrar el próximo año porque José Correa y su creación son de los que nos recuerdan que están ahí año tras año.

Un arpegio de lluvia en el cristal está dedicada a Alexis Ravelo, el escritor grancanario también especializado en novela negra y criminal que nos dejó a finales de enero de 2023. Un justo homenaje al escritor y al amigo ausente, autor, también de un personaje fijo que apareció en seis de sus novelas, Eladio Monroy, que vivía plácidamente en la calle de Murga de la capital grancanaria, calle por donde transita el detective de José Correa en las páginas de Un arpegio de lluvia en el cristal y en el que quise ver asomado a una de sus ventanas al ex jefe de máquinas de barco mercante Monroy, ese tipo con cabeza rasurada y tatuaje con la letra K.

Es una pena, ahora que lo pienso, que José Correa y Alexis Ravelo no escribieran una historia a cuatro manos protagonizada por Blanco y Monroy, dos hombres y un destino cuya fusión hubiera resultado como experimento interesante al menos.

En la serie de Correa la mayor parte de la información la conocemos a través de lo que piensa su protagonista que es quien nos cuenta el caso. Esto hace que no haya demasiados diálogos ya que estos los interpreta nuestro Phillip Marlowe con acento grancanario. Reaparecen personajes de novelas anteriores, como Gervasio Álvarez, policía ya retirado que le echa una mano en sus investigaciones a nuestro ¿héroe? Y Beatriz, la compañera sentimental de nuestro ¿héroe?, que no deja de ser un sentimental. Otros personajes habituales que reaparecen son la sufrida secretaria y ese periodista que pertenece a una raza de reporteros por desgracia en extinción).

Entre las curiosidades que aporta este nuevo título de la saga destacaría en todo caso las líneas que se le dedican a Agustín Blanco, padre de Ricardo, “un hombre que se mamó la guerra sin comérselo ni bebérselo ni entender una vaina por qué estaba luchando”, ya que contamos con información de otro miembro de la familia del protagonista, el otro fue el abuelo Colacho, que desaparece en un de las entregas de la serie.

Un arpegio de lluvia en el cristal aporta alguna que otra novedad pero sigue el curso de los anteriores libros como ese naturalismo descriptivo, la práctica ausencia de violencia pese a que se trate de una novela negra y criminal, y la visión optimista que tiene Ricardo Blanco pese a las desgracias a las que se encuentra novela tras novela e investigación tras investigación.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

La estación enjaulada, una novela de José Luis Correa

Lunes, Febrero 27th, 2023

José Luis Correa ya forma parte de la historia de la literatura negra y criminal española por un personaje, Ricardo Blanco, que además de investigador es un canario de la siete islas aunque nacido y residente en la capital grancanaria. Su identidad, y la manera en cómo la reproduce en las hasta ahora trece novelas que lleva dedicada a esta suerte de Philip Marlowe, han logrado mantener en el mercado a un personaje que no deja de resultar no sé yo si exótico en otras tierras, pero sí novedoso teniendo en cuenta que el personaje nació hace ya más de veinte años. Lo que son años.

Ricardo Blanco regresa con La estación enjaulada, y Blanco, como el mismo Correa y sus lectores, somos más viejos. Lo de viejo se escribe porque es una palabra que repite el mismo Blanco a lo largo y ancho del libro, y es que el personaje que por una vez no está rodeado de sus habituales secundarios salvo Gervasio Álvarez, se siente y así lo hace saber, viejo. Una vejez que no alcanza a creerse.

La estación enjaulada es una novela además que rompe con la dinámica de las anteriores. No se desarrolla en la capital grancanaria, que hasta ahora era como el segundo gran personaje de la serie, sino en un pueblo pesquero que parece sacado del viejo oeste y en el que un día flota en las aguas próximas a sus costas el cadáver de una joven irlandesa.

Una antigua novia, una galería de secundarios interesante y una trama que despierta la curiosidad por saber cómo termina, son solo algunos de los ingredientes de una novela que si palpita es porque está escrita en primera persona por el mismo Ricardo Blanco, un tipo que ha sabido evolucionar a lo largo de todos estos años, más de veinte, por lo que lo veo sí, más viejo y cansado, pero que no pierde las ganas por hacer justicia y de estar siempre al lado de los más necesitados. Combate en esta ocasión contra el líder de una secta destructiva y su gente así como contra un granuja y sus acólitos.

El pueblo, marinero pero casi abandonado de la mano de dios, y que Blanco se enfrente contra dos enemigos igual de sanguinarios tiene algo de la mítica Cosecha roja, una clave que no deja de planear por mi cabeza mientras leo el libro. Y no, La estación enjaulada no es Cosecha roja pero tiene algo, lo respira, del libro de Dashiell Hammett. La acción se desarrolla además cuando comenzó a llegar a España las primeras noticias de un virus que se expandía por todo el planeta, y refleja muy bien la ignorancia que por aquel entonces manteníamos con aquel bicho que después nos amargó tanto la vida.

A medida que se lee la novela puede pasar, como me pasa a mi con la mayoría de los libros anteriores de la serie, que lo que más me atrapa del universo Blanco son los escenarios. Mucho más que la historia que cuenta. Y es que uno, lo admite, disfruta mucho con las reflexiones de su protagonista y de cómo se enfrenta a rivales que parecen que están muy por encima de él.

Y todo esto contado con una pachorra deliciosamente reconocible para los que vivimos a este lado del Atlántico, esa mirada, me atrevería a decir que filosófica, con la que vive su personaje. Es como si estuviera cantando “tranquilidad que nadie va a perder el tren”. Otro elemento que me hace atractivo el personaje, al margen de salpicar todo su relato con palabras de aquí, de ese español que hablamos en Canarias, es cómo disfruta Ricardo Blanco de los pequeños placeres que algunos todavía pueden disfrutar como es una buena comida y el placer de fumar un cigarro, un buen cigarro puro, esto último hoy tan políticamente incorrecto pero es que Blanco es un sibarita que no resulta cursi, además es un romántico que por fin parece que ha encontrado a la mujer de su vida, Beatriz, farmacéutica de oficio a la que se cita pero que no aparece en esta novela, y como se dijo con anterioridad Gervasio Álvarez, que sí que aparece y que se trata del policía jubilado al que conocemos de otras entregas de la saga solo que ahora está más viejo (otra vez la vejez) y enfermo. Gervasio Álvarez se ha convertido de todas formas en una especie de padre o, mejor, hermano mayor del protagonista.

Como las anteriores novelas protagonizadas por Ricardo Blanco, La estación enjaulada no decepciona. Blanco sigue siendo el personaje de toda la vida aunque, eso sí, más viejo y por eso mismo más sabio que el que conocimos en el pasado. El cambio de escenario le da también algo especial, me atrevería a decir que crepuscular a una novela que a mi juicio explica que este personaje haya durado tanto en el tiempo. De hecho, y al paso que va, ocupa ya un espacio en la galería de personajes con serie que se escriben en España. Y razones no faltan para que uno entienda su éxito y que agradezca a su autor, José Luis Correa, los cambios que le ha ido imprimiendo a su Ricardo Blanco, antes un Philip Marlowe que habla español sin pronunciar las ces ni las zetas y ahora un viejo, más que un anciano, que quiere vivir en paz solo que novela tras novela el mundo se empeña en tocarle los… Bueno, ustedes ya me entienden.

Saludos, kiss, kiss, bang, bang, desde este lado del ordenador

Para morir en la orilla, una novela de José Luis Correa

Martes, Febrero 22nd, 2022

“Que mi historia era justo la contraria de la suya. Que al abuelo Colacho le había salido chepa de tanto carenar barcos en la puntilla. Que había ahorrado hasta el último duro para dejárselo a un nieto tarambana, para que este enderezara su vida. Podría habérselo contado a Ernesto Leacock. Pero aquello no era un intercambio de estampitas ni nosotros amigos de pupitre”.

Para morir en la orilla, José Luis Correa. Novela Negra, Alba Editorial, 2022

En los últimos meses han coincidido en librerías tres novelas de escritores de las islas que abordan, desde distintas perspectivas, la inmigración irregular en Canarias. Juan R. Tramunt centra su relato Traficantes de historias en un hombre, Tobias Arencibia, que tras sufrir una experiencia traumática abandona su estilo de vida para ocupar una plaza de Lengua y Cultura Española en un Centro de Integración de Emigrantes en Gran Canaria mientras que Ernesto Rodríguez Abad en Hicham se pone en la piel de un joven africano que aspira llegar a un mundo en el que crezcan “higueras con frutos de oro”. José Luis Correa habla también sobre este mismo asunto en Para morir en la orilla, solo que en clave negra y criminal.

Le sirve de disparadero al creador del detective Ricardo Blanco para narrar un relato de suspense que comienza con la aparición de dos cadáveres en una patera que llega a las costas de la isla y termina con la resolución de un caso en el que, entre otras historias cerradas, se averigua quién asesinó a estos dos hombres, ya que se trata de un asesinato y no de una muerte accidental, producto del terrorífico viaje que emprenden muchos africanos para alcanzar las costas de las islas con el objetivo de alcanzar el sueño que persiguen aquellos que cruzan en pequeñas embarcaciones el brazo de mar que nos separa del continente africano.

Para morir en la orilla hace la novela número doce de Blanco, un personaje que a medida que se publica un nuevo libro de sus pesquisas como investigador privado, lleva camino de convertirse en una de las series más longevas del panorama narrativo nacional, lo que tiene mérito ya que el detective, a veces y a su pesar, desarrolla la mayor parte de sus investigaciones en la capital grancanaria, también en otros puntos de la isla redonda. Correa, a través de Blanco, cuenta en primera persona sus investigaciones y desde Quince días de diciembre (la primera) su protagonista ha ido creciendo en edad y también como persona. Para morir en la orilla muestra un nuevo paso en la evolución de Blanco, quien no pierde pese a la edad el sentido del humor.

Los lectores iniciados saben que la serie dio un volantazo tras la muerte del abuelo del protagonista, Colacho, lo que generó que el círculo de amistades y otros secundarios de la saga se haya ido estrechando.

De momento, José Luis Correa mantiene las constantes que dan credibilidad a su investigador privado, aunque comiencen a detectarse novedades que lo enriquecen si cabe un poco más.

Ricardo Blanco sigue soltero pero mantiene una relación estable con Beatriz, farmacéutica y madre de dos hijos. Esta relación nos lo revela como un hombre si no satisfecho consigo mismo, sí que estable emocionalmente al contar con la complicidad de una mujer. Por una imprudencia pone en peligro a la hija mayor de Beatriz pero sí quieren conocer la razón, léanse la novela. Un título que no defraudará a los que conocen otras historias del detective canario y casi seguro que cogerá desprevenido a quien llegue a ella por casualidad.

En las últimas novelas de la serie el personaje se ha instalado en una cómoda felicidad que en contra de lo que pudiera parecer, es uno de los atractivos de la serie. Se mueve además en escenarios familiares que resultan igual o más interesantes que los casos que debe resolver Rick, Ricardo Blanco.

Sin revelar demasiado de la trama, Para morir en la orilla cumple lo que ya venía anunciando en títulos anteriores, que su personaje, en torno a los 60 años, ya no está para muchos trotes por lo que más pronto que nunca, sus proceder como investigador está más próximo al del cerebral Nero Wolfe (que no salía de su casa para resolver los problemas) que a los de ese caballero andante que fue Philip Marlowe, el detective privado que inspiró al primer Ricardo Blanco, y aliento que se recupera en algunas de las páginas de su última novela.

Encuentro en Para morir en la orilla un personaje que continúa moviéndose con más confianza en los territorios del género negro. Negro y criminal o policíaco, entre otras etiquetas. Transpira compromiso social con la realidad que vivimos no solo explorando la inmigración irregular sino también cómo muchas de estas personas caen en la explotación más descarnada, lo que hace que su viaje a Europa se convierta en una pesadilla. La novela habla también de un caso de corrupción policial y sobre la prostitución, entre otros temas que el escritor va resolviendo a medida que avanza un relato que no llega a las doscientas páginas y que como otras novelas de Blanco se lee sin que uno note que pasa el tiempo.

Estos y otros elementos me hacen pensar que el protagonista de la serie está en un momento de inflexión, que se avecina un cambio interesante en el hábitat que hasta ahora conocíamos del personaje aunque la novela siga las pautas de las anteriores, se narra en primera persona, el tono es irónico, nunca cínico, se cuelan en el texto algunas palabras y expresiones del español que se habla en Canarias y la galería de personajes como de situaciones resultan creíbles. Es otra de Ricardo Blanco pero con novedades aún desdibujadas.

De momento, parece que el detective está terminando por cicatrizar sus heridas físicas y emocionales. Ha encontrado un hogar que calma a la fiera que lleva dentro, una fiera que despierta cuando emprende por su cuenta y riesgo una investigación que lo adentra en lo peor de la condición humana.

Saludos, en la orilla de enfrente, desde este lado del ordenador