Archive for Diciembre, 2009

Un nuevo y bizarro capítulo del serial ‘Nuestro recordado cine Víctor. ¿Muerto y enterrado?’

Miércoles, Diciembre 2nd, 2009

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Si el polémico cierre (o abandono) por parte del Cabildo de Tenerife del cine Víctor suscitó polémica precisamente por una mala campaña de comunicación al advertirse pocos meses antes de su defunción a los espectadores –tras un patético secretismo a voces– aquello de se acabó lo que se daba, debo confesar que me sorprende y abruma la tenacidad que tienen los miembros que se agrupan en torno a la UPAC (Unión Profesional Audiovisual de Canarias) por revivir al muerto cada cierto tiempo. Hoy mismo, anuncian negociaciones que ilumina el cada día menos iluminado corazón de quienes pensamos que los santacruceros, y los habitantes de las islas en general, guardan una deuda histórica con el palacio cinematográfico por excelencia del archipiélago.

Leo así esta mañana una noticia en la que se anuncia que la UPAC iniciará el próximo año nuevas rondas de conversaciones con el objetivo de “cerrar” acuerdos con los organismos públicos para la reapertura de la sala. Sala cuyo proyector dejó de derramar ilusiones en celuloide un trágico e infame 31 de diciembre de 2008.

La información destaca que, al parecer, hay voluntad por escuchar propuestas por parte de la santísima trinidad a la que se quiere implicar en el asunto: el Ayuntamiento de Santa Cruz, el Cabildo de Tenerife y el Gobierno de Canarias, pero personalmente y a estas alturas de la prórroga, este delicado presunto interés me suena más que nunca al cuento de ¡qué viene el lobo! O el de la niña que de tanto tomarle el pelo a sus vecinos pidiendo auxilio por un lobo que no existía acabó siendo devorada por un lobo real porque ya nadie hacía caso de sus gritos de socorro.

Si algo bueno tiene el empeño de la UPAC, pese a todo, es que cada dos por tres insiste en que continúa con su idea de reabrir el Cine –aunque no tengamos muy claro con que objetivos, pero atendiendo a las siglas imaginamos que culturales–, lo que ha originado que el nombre del Víctor aparezca y desaparezca cada cierto tiempo en los medios recordando a la ciudadanía que ese palacio diseñado por el arquitecto José Enrique Marrero Regalado (el mismo señor que diseñó, paradójicamente en esta historia de paradojas, el Cabildo tinerfeño) sigue estando presente. Como si se resistiera a desaparecer de nuestra memoria.

Ya lo hemos denunciado en este mismo blog, pasar delante del Víctor es una de las experiencias más amargas para cualquier tinerfeño que se precie. Atisbar por el enrejado el estado en el que se encuentra su antaño lujosa entrada produce, sencillamente, grima. Ya podrían los dueños, al menos, adecentar su aspecto. Cada vez que lo veo, pienso en esos esplendorosos edificios habaneros envejecidos prematuramente por desidia. No sé si isleña.

Pese a sus irregularidades, creo como santacrucero que mi ciudad no es fea, tampoco una urbe para tirar voladores pero algo me reconcome la cabeza cuando asisto escandalizado a cómo estamos dejando que se afee cada día un poquito más. Y un poquito más también. Como si a nadie le importara un pimiento.

Claro está que nos queda La Laguna.

Y sus noches en blanco.

Que los dioses nos cojan pues confesados.

Saludos, hermanas y hermanos, desde este lado del ordenador.

La maldición del hombre lobo: muere Jacinto Molina. Vive Paul Naschy

Martes, Diciembre 1st, 2009

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No tenía un físico resultón. Ni siquiera una cara inquietante. Su cuerpo, forjado en la disciplina de la halterofilia, no era lo que se dice muy felino, más bien robusto, pero aquel que comenzó siendo Jacinto Molina y para todos nosotros Paul Naschy consiguió a base de tenacidad y un amor al fantástico desarmante lo que parecía imposible, que se codeara en vida, y desde hoy en el reino de los no muertos, con los más grandes actores y actrices del género de terror.

¿Escuchan el lamento de los lobos? Lloran mirando a la luna llena y plateada porque se les ha ido de juerga eterna uno de los hombres que más contribuyó a consolidar el mito del licántropo en el cine. Naschy fue Waldemar Daninsky, aquel personaje trágico que se transformaba en un hombre peludo y rabioso pese a que su otra mitad humana, encadenada y doliente, se esforzara por pasar el mono mientras era sacudido por la metamorfosis que nos aqueja a todos aquellos que hemos sido marcados por El Lobo.

Paul Naschy forma parte ya de la Historia del cine fantástico y no sólo del todavía subdesarrollado cine español. Si Naschy era su nombre artístico, Daninsky fue el personaje por el que muchos aficionados lo recordaremos cuando nos llame también la hora de la tumba.

Con graves problemas de alopecia en los últimos tiempos, pero siempre pinta de tipo simpático, Naschy se hizo querer entre los aficionados que crecimos con su cine. No daba miedo, o al menos a mí nunca me dio miedo, pero cada una de las películas que protagonizó e incluso dirigió, vistas hoy siguen siendo igual de audaces y delirantes que por aquel entonces, lo que pide a gritos urgentemente su recuperación.

Recuerdo la de sonrisas cuajadas de horror que me provocaron filmes como El jorobado de la morgue, una cinta con ecos lovecraftianos de una dureza loca irrepetible. También su estremecedora composición de Gilles de Lancre (una suerte de zombificado y retorcido Gilles de Ray) en la descacharrante y demoledora El mariscal del infierno. O en El espanto surge de la tumba y también en Exorcismo. Largometrajes todos ellos que no harán pestañear a los aficionados al cine serio –o ese que no sé yo si sus seguidores se toman tan en serio–, pero que conmueve porque forma parte de la memoria cinéfila de quienes nos curtimos sin sonrojo en las sesiones de cine de barrio.

Escucho el aullido triste de los lobos y comprendo que yo también soy de aquellos que tiene la marca del licántropo metida en el alma. Por eso, enterarme hoy por un frío mensaje telefónico que nos ha dejado el hombre pero no el mito, me llena de una tristeza extraña. Tristeza porque en este país que apoya la producción de películas que sólo ven familiares y amigos del director y sus actores, disfrazadas casi siempre de incomprensible comedia, Naschy se empeñó en hacer cine fantástico pese a que la ridícula Industria nacional lo mirara con desprecio y la crítica cegata se cebara en su contra acusándolo (en el mejor de los casos) de aficionado. Afortunadamente, Daninsky no les prestó mucha atención, aunque humillado y ofendido continuó haciendo su trabajo lo mejor que pudo: con loable entusiasmo e independencia. Y ese entusiasmo e independencia supo contagiárselo a espectadores de todo el mundo, donde para algunos es una leyenda venerada como en el insólito Japón.

Hace unas semanas leí un estupendo artículo de Juan Manuel de Prada en el suplemento cultural del ABC, ABCD de las artes y las letras, donde elogiaba El huerto del francés, la segunda película como director de Jacinto Molina. Impecablemente escrito, el autor de Las máscaras del héroe defendía un título de nuestro habitualmente aburrido y ombliguista cine español, dando a entender a quienes lapidaron a Naschy cuán equivocados estaban al no saber valorar el talento de nuestro peculiar fabricante de pesadillas nocturnas.

Claro que estas cosas pasan.

Así que será fruto de la casualidad, hermanas y hermanos licántropos, pero mañana miércoles tenemos luna llena.

Saludos, encadenado y aullando, desde este lado del ordenador.