Archive for the ‘El Blog de El Escobillón’ Category

Dios existe y se llama Louis Amstrong. A propósito de ‘La rabia de vivir’

Jueves, Octubre 23rd, 2008

 amstrong.jpg

Fue un músico de jazz del montón. Un clarinetista con algunos destellos, pero que nació (así lo sostuvo él a lo largo de su vida) con el color de la piel equivocado. Era un blanquito que quiso ser un negro. Primero lo intuyó pero más tarde tuvo la convicción de que para tocar aquella música que le subía por las entrañas como lava ardiente tenía que ser negro. Y fue tanto su empeño que se pasó gran parte de su vida con ellos, aspirando a contagiarse de su veneno musical, sobre todo cuando conoció a Dios. Y Dios, en el mundo del jazz (con permiso del gran Duke Ellington) tiene nombre y apellidos: Louis Amstrong. Satchmo. Todo esto lo cuenta Mezz Merrow en su valiente autobiografía La rabia de vivir (Anaya, 1992), un libro que pone los pelos de punta pero que también te enseña a querer un poco más (si cabe) la mejor música del siglo XX: el jazz.

La autobiografía de Merrow también es un relato de viaje a los infiernos, porque el escritor narra sus inicios y posterior sometimiento en el infierno de la droga. En este caso la heroína, que era una sustancian con la que habitualmente se colocaban los grandes y los pequeños del género. Merrow además de dedicarle palabras elogiosas a Amstrong (su descripción de un concierto en vivo y en directo del bueno de Lou tocando la trompeta con los labios agrietados y sangrando es de los que hace que uno crea en Dios, en el gigantesco Amstrong) es también una narración de un hombre, el propio clarinetista, desubicado. La de un blanco que decidió automarginarse, perderse en paraísos artificiales cuando llegó a la conclusión de que nunca iba a poder sentir la música como su maestro y amigo ni como ninguno de los grandes del jazz de color oscuro.

El libro, como casi todos los que os recomiendo, está descatalogado, y recibió en su día palabras elogiosas de otro ilustre yonqui llamado William Burroughs. Creo que a Burroughs lo que le atrajo de esta confesión verdadera no fue su canto desesperado a la música sino las experiencias del biografiado con la maldita heroína, el caballo que se transforma en un tigre imposible de cabalgar. La rabia de vivir no es literatura de la buena pero sí que es literatura de verdad. O lo que es lo mismo, la historia de un perdedor narrada por él mismo. Ambientes sórdidos, polis blancos que no entienden a un blanco que dice que es negro de color blanco, músicos de jazz que le aconsejan que no se meta en el universo tramposo de la droga, y por encima de todos un Louis Amstrong que le guía y le inspira y que tira a la toalla cuando quien le lleva en coche, y si es necesario hasta le limpia los zapatos, se sumerge en esa irrealidad que produce la química que altera a nuestros sentidos.

La rabia de vivir es un libro recomendable a los idiotas que se sumergen en la droga, y también para los que saben que el jazz es una música que no tiene reglas y que por tanto sirve para intelectuales tontos y los que no se estrujan el cerebro, otros tontos por si no se entiende. Es un libro que rompe esquemas y que te enseña a querer un poquito más un estilo sin estilo que ha hecho grandes a tantos y tantos negros y algún que otro blanquito que seguro tuvo y tiene el corazón tan negro como Mezz Merrow, el blanco que quiso ser negro y que dejó constancia de todo ello en un libro que es un canto de amor, tributo y homenaje a Dios (con permiso del gran Duke): Lois Amstrong.

Sólo por eso, gracias pelirrojo por tus memorias. Y alabemos, una vez más, al Señor.

¡Aleluya!

‘Asúcar’ amargo en el Guimerá, ‘Celia: la vida y música de Celia Cruz’

Miércoles, Octubre 22nd, 2008

  celia.jpg

Nos cuentan lenguas viperinas que Celia: la vida y música de Celia Cruz está siendo un sonoro fracaso. Y decimos lo de fracaso en cuento a asistencia de público, muy escaso. El teatro Guimerá está triste, por lo tanto, aunque tras el lavado de cara sufrido en esta nueva etapa no sé por qué sorprende… Primero fue lo del buenazo de Anthony Blake y ahorita mismo lo de Celia Cruz, que dirige Jaime Azpilicueta, biopic fallido de la reina de la salsa y que hizo del azúcar o asúcar su grito de guerra.

Esas mismas lenguas viperinas nos comen la oreja asegurando que Celia ha hecho escala en Tenerife porque Azpilicueta no aceptó cobrar menos que Rafael Amargo por dirigir la gala del Carnaval de 2008, pero como desde el Ayuntamiento le dijeron que no tenían dinero suficiente, llegaron al acuerdo de contratar el musical.  

Mucho veneno tienen estas lenguas viperinas, pero viviendo en una tierra de tan plácida ignorancia como es Tenerife y por extensión Canarias, no sé por qué, no me sorprende. Y ojo, que esas mismas lenguas no discuten la calidad del espectáculo pero sí su sonoro fracaso de público. La mayoría, no obstante, lo achaca al precio de las localidades, entre 33 y 62 euracos. Ahí es nada.

¡Asúúúúúcar!

LLorad, malditos, la desaparición de “nuestro” cine Chimisay

Miércoles, Octubre 22nd, 2008

La noticia ha pasado sin pena ni gloria por los medios de comunicación convencionales canarios pero soy consciente de que ha producido hondo fastidio y frustración entre los que hemos hecho del dicho de bien nacidos es ser agradecidos estandarte de nuestra existencia. En fin, que aún estoy tarumba (y somos demasiados) por la crónica de una muerte anunciada: el cierre del cine Chimisay del Puerto de la Cruz.

No soy natural de esta gran ciudad tinerfeña pero me une a ellas demasiados vínculos como para no sentir la rabia de que su único cine haya pronunciado the end ante el silencio cómplice de quienes deberían haber puesto el grito en el cielo.

Algunos de los mejores capítulos de mi vida transcurrieron en el Puerto de la Cruz, ciudad en la que pasé veranos donde descubrí el primer amor gracias a juegos tan tontos pero intensos en aquellos años inocentes como el verdad y consencuencia y el fosforito. Dios, se me eriza la piel ante este ejercicio obligatorio de nostalgia. En aquellos años donde era más feliz porque el futuro era algo lejano e improbable como en cualquier novela de ciencia ficción, repartíamos los momentos de ocio entre la playa, la piscina de los apartamentos y los juegos, en ir al cine de tanto en tanto. E ir al cine era ir al Chimisay, y en otras ocasiones al Timanfaya, aunque menos.

Tengo grabada al fuego algunas de las películas que disfruté en aquella sala, casi gemela de la legendaria el Greco cuando el Greco era sala de verdad antes de transformarse en multisalas (lo mismo pasó con el Chimisay) y luego fallecer para no ser nada, que es lo que es ahora: nada de nada.

Recuerdo en el Chimisay ver una versión británica y en colores de Cuento de Navidad, según el relato de Dickens, en la que uno de mis primos se escondió debajo de la butaca porque le daba pavor el fantasma del futuro que, como todo el mundo sabe o debería saber, es la dichosa muerte dichosa. También cantar las canciones, o más bien tararear su melodía, de ese extraordinario musical que fue Oliver, del gran Carol Reed, un cineasta al que debe de rendirse la justicia que se merece un día de estos; y películas de acción, comedia y dramas que me hicieron amar un poquito más lo que los cursis denominan como séptimo arte. El Chimisay se convirtió también en la sala donde estreché por primera vez la mano de una chica y en la que una vez salías del cine, veías la ciudad que lo acogía con ojos nuevos y más felices. Mirada que fruto de esa experiencias cinematlográficas siempre me asalta cuando la visito. Es decir, que gracias al Chimisay el Puerto de la Cruz es la ciudad que para mí representa lo mejor de Canarias, archipiélago desarticulado que allí se transforma en lugar cosmopolita, localidad donde se cruzan los idiomas y con rincones que la hacen única y totalmente diferente. En el Puerto de la Cruz tengo la sensación de que no estoy en estas islas desamparadas pero también que sí estoy en las islas que deberían de ser. Y eso, o por lo menos contribuyó grandemente a eso precisamente, lo hizo el cine Chimisay en mi desordenado itinerario existencial.

Más tarde y por razones de trabajo, visité un poquito más la ciudad turística (que le dicen, aunque hoy ha quedado un poco en desventaja, pero eso también forma parte de su peculiar encanto) con motivo de la celebración del Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz, y si bien el Festival aquel nació bichado, siempre sostuve y sostendré que si hay alguna ciudad de Canarias que merezca tener un festival de altura esa tenía (tiene) que ser el Puerto de la Cruz. Entonces era una ciudad relativamente pequeña, contaba con dos salas de cine y daba (da por fortuna todavía) a un mar sin domesticar que inunda sus calles y plazas de ese olor a sal que se nos sube a la cabeza a los que leímos novelas marineras (de capitanes y guerras pero también de pescadores). 

El Puerto de la Cruz es una ciudad con glamour, y yo creo que gran parte de ese glamour se lo dio generosamente el cine Chimisay (no olvido tampoco a mi Timanfaya) a lo largo de su historia.

No he vuelto a la ciudad. No quiero volver a la ciudad por ahora y eso que me gusta recorrer sus callejuelas y perderme en la Ranilla porque me tranquiliza y calma en unos días donde necesito tanto tranquilidad y calma; pero es que sé que ya no será lo mismo. Que se me partirá el corazón y el alma cuando pase frente la fachada de un cine que me dio tanto en mi infancia, adolescencia y juventud perdida porque sabré entonces (como lo sé ahora aunque me engañe y lo evite como la peste) que todas las cosas buenas tienen su final. Y que ese final no fue precisamente feliz.

En fin, amigos y amigas, en algo tenían que equivocarse las películas.  
 

Ah, gusanos, recordad ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’

Martes, Octubre 21st, 2008

 alfredo.jpg

Sam Peckinpah pasará a la historia del cine por un puñado de películas muy viriles y quizá por ello salvajes, también por proponer una nueva lectura de un género gastado como el western, y sobre todo porque fue un cineasta de cabecera para millones de aficionados en unos tiempos donde su nombre se convirtió en sinónimo de buen cine de acción.

Duelo en la alta sierra, Grupo salvaje y Pat Garret y Billy the Kid han terminado por ser títulos de referencia en su filmografía, a los que habría que añadir otras cintas que si bien ¿menores?, respiran el aliento épico de su director como son Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue (para Peckinpah su mejor trabajo), Junior Booner y también La huida y Perros de paja. Lo que hizo después, La cruz de hierro, Los aristócratas del crimen, Convoy y Clave Omega son películas que no parecen suyas. Títulos de encargo que ponen de manifiesto, además, el mal momento que atravesaba, su deambular errático por la vida erosionado por el alcohol y las drogas.

El mejor Peckimpah está en las películas del oeste, sin embargo, universo cuyas claves manejaba a la perfección y donde se sentía cómodo. Por eso llevo años reivindicando (a quien quiera escucharme y a quien quiera leerme) que su mejor película es un western. Pero un western atípico, desubicado en el tiempo, donde los caballos han sido sustituidos por automóviles aunque permanezcan más o menos inalterables los grandes escenarios abiertos. Me refiero, claro está, a Quiero la cabeza de Alfredo García, que quizá se trate también de una de sus cintas más sucias y excéntricas. También delirante, y desconocida entre los aficionados. No es una película fácil de ver, y me atrevería a decir que es una de sus historias más violentas y desgarradas, un canto épico a los que fallan y yerran, a los que llevan una vida equivocada, camino (parece querer decirnos el cineasta, muy tocado por el mal vivir) que eligen los que ya no pueden elegir nada más.

Todo en Quiero la cabeza de Alfredo García hace de esta película una película diferente de Peckinpah pero también la más peckinpaniana de su filmografía. Recuerdo que vi la cinta por primera vez en el teatro Baudet, en aquellos tiempos donde era casi misión imposible que el portero de la sala te dejara acceder a ella si no tenían los 18 años reglamentarios. Y yo no tenía los 18 años reglamentarios sino 15 o 16. Ya ni me acuerdo. El caso, sin embargo, es que tuve suerte, tras prometerle al cancerbero que subiría a la parte de arriba y no me dejaría ver cuando tocara el descanso. Descanso que como todos los chicas/os de mi generación sabe, se ponía a mitad de la película (¡!).

Y vi Quiero la cabeza de Alfredo García. Y fue como un subidón de azúcar para un diabético. La cinta me produjo repulsión, miedo, asco y también una fascinación que desde ese día ha hecho historia en mis ideas. Warren Oates, su actor protagonista, se convirtió también en uno de mis actores favoritos (junto al gran Lee Marvin de A Quemarropa), a quien Peckinpah le ofreció la oportunidad de su vida con esta película tras una amplía carrera como secundario de lujo. Uno de esos grandes secundarios de lujo con los que contó (y quizá cuente ahora, aunque no estoy muy seguro) el cine americano.

Oates está que se sale, no obstante, en Quiero la cabeza de Alfredo García, y se sale porque resulta creíble en su papel de alcohólico asesino a sueldo, y en la extraña y necrófila relación que mantiene con la cabeza de Alfredo García, cabeza que lo acompaña en el asiento del pasajero del coche envuelta en harapos y sobre la que sobrevuela un ejército de moscas. En su itinerario existencial por tierra mejicanas y antes de entregar la cabeza a un rico hacendado interpretado con feroz realismo por el gran Indio Fernández, Oates se topa con una mejicana de la que se enamora y a la que violan y matan dos hippies a los que se encuentran en la carretera; una pareja de asesinos homosexuales que resulta de lo más siniestra y otros personajes que parecen salidos de una pesadilla con sabor a mezcal. No voy a contar como termina la cinta aunque sí que hay un acto de heroísmo inútil como en Grupo de salvaje, pero sí que la visión de esta película te deja una sensación de tristeza y vacío en la boca del estómago. Sensación que siempre me acompaña cuando veo las  grandes películas de este cineasta al que hoy casi nadie recuerda, y que según unos no ha sabido pasar la prueba del tiempo. Allá ellos. Porque guste o no guste, Peckinpah fue un autor, un director de CINE con mayúsculas, y por lo tanto un hacedor de clásicos que hacen su obra irrepetible.

Cuidado con él: Iceberg Slim

Viernes, Octubre 17th, 2008

Conocí a Robert Beck (aka Iceberg Slim) tras leer un artículo firmado por James Ellroy. Ellroy no es un  escritor dado a reconocer el trabajo de otros, así que supuse que sí citaba a Slim, éste debía tratarse de un escritor duro. De esos que una vez lo lees te cortan el aliento.

El problema fue cuando busqué referencias del tan Iceberg en Internet, y digo problema porque fue allí donde me enteré que sí, había sido traducido al español, aunque en la mítica pero también desaparecida colección Contraseñas de la editorial Anagrama. Tuve la suerte, sin embargo, de conseguir esos dos títulos (Pimp, la historia de mi vida y Trick Baby) a través de un librero de confianza, aunque tardó su tiempo en rastrearlas y hacérmelas llegar.

La espera, no obstante, mereció la pena. Pimp y Trick Baby son dos novelas, amigos y enemigos, incómodas. Molestas, brutales. Iceberg Slim nos narra en Pimp un pedazo oscuro de su vida, la de un chico negro que se convierte en chulo con todas sus letras. El libro no hace concesiones, es un relato frío como un bloque de hielo sobre las andanzas de un tipo que explota a un grupo de mujeres en su propio beneficio y que se pone agresivo si su “ganado” le toma el pelo. Para nada conmovedor, os advierto que se trata de un demoledor (aunque penosamente traducido) manual a los infiernos de la marginalidad.

icebergslim.jpg

Recuerdo que cuando pasaba las páginas de esta hipnótica historia me temblaban las manos. Y creedme si os digo que yo, que soy uno de esos ejemplares raros que suele llevar un libro a todas partes, me sentía violentado cuando alguien me pedía echarle una ojeada en la calle. Maldita sea, tenía la sensación que lo que transportaba bajo el brazo era la mismísima Biblia de Satanás. Lo que te cuenta estremece porque está narrado por un perfecto canalla. Eso sí, con un estilo resignado que aplasta; y lo que es más aplastante, con una indiferencia que te descoloca. No hay arrepentimiento ni moralina con sabor jdueocristianos. Slim parece decirnos que a él le tocó lo de ser un chulo, y que así son las cosas.

Por eso advierto que acercarse a su mundo poblado de estafadores de pacotilla, mujeres que se venden por nada y hombres que le sacan lo poco que tienen a base de tortas, da pánico. Y da pánico porque es auténtico. De ahí que sus libros se convirtieran en éxito de ventas en la comunidad afroamericana donde para muchos su autor es una especie de ídolo de la marginalidad y del submundo rapero y del hip hop. Entre ellos Ice T, cuyo nombre artístico rinde homenaje al aka de Beck, Iceberg Slim.

La segunda de sus novelas que cayó en mis manos, Trick Baby, no me resultó tan impactante como su recorrido biográfico por los barrios bajos de la gran ciudad. Tiene sus momentos, un prólogo interesante (donde el propio Beck nos cuenta la historia de su personaje tras compartir celda en la cárcel) pero su desarrollo resulta demasiado bestia. El protagonista de la novela, White Folks, es un negro con apariencia de blanco. Y queencima se parece al actor Errol Flynn, lo que lo convierte en objeto de deseo de mujeres blancas con furor uterino. Folks, sin embargo, siente devoción por su hermanastra, que está liada con una lesbiana. Wuaw, contado así parece el resumen de una mala película pornográfica, pero tiene su pulso, y sobre todo un soterrado odio a los blanquitos, hombres y mujeres que sienten las mismas pulsiones que los de su raza, nos viene a contar. El problema es que a pesar de este sentimiento no se plantea como otros escritores negros, asuntos como la emancipación porque Slim es un individualista en toda regla.

Leyendo sus libros uno se imagina a los protagonistas de sus historias (al parecer escribió siete libros inspirándose en su aventura existencial) como a los negros con trajes de terciopelo y cadenas de oro que hemos vistos en las películas de los años 70, sólo que ese personaje chillón no es un monigote dentro de un filme sino un perfecto hijo de ¿?, que tuvo en este escritor a su trovador más inspirado. Su clave, que iba directo al grano. También que no se cortaba un pelo. Ahí os dejo un botón de muestra de su retorcida filosofía: “Los mejores padrotes (chulos) que yo haya conocido, que son aquellos que pueden hacer veinte, quizá treinta años en la profesión, eran profundamente despiadados y brutales. Básicamente tenían un odio elemental hacia las mujeres.”

Iceber Slim falleció a los 73 años en 1992. Para entonces se había convertido en el escritor negro más leído de la historia pese a que nunca se tomó en serio como escritor. Era una manera cómoda de ganarse la vida, dijo.

Cuidado con él.

Cuatro cositas: una estupenda serie de televisión, dos películas, un blog y una fantástica novela fantástica

Miércoles, Octubre 15th, 2008

 true.png

 

* Descubro por mediación de un amigo una serie de televisión que provoca adicción (y nunca mejor dicho). ¿Su título? True Blood, algo así como Sangre Verdadera, y ha sido creada por Alan Ball, el guionista de American Beauty y de la estupenda A dos metros bajo tierra. True Blodd es una atípica historia de vampiros que transcurre en nuestro tiempo. El punto de partida es sabrosísimo: los japoneses han descubierto un preparado de sangre sintética que ha hecho que todos los chupasangres “salgan oficialmente del armario”. El problema es que sus relaciones con los humanos siguen siendo igual de tirantes y , digámoslo así, un tanto peculiares. Recelan unos de otros. He visto sus cinco primeros episodios y les garantizo que merece la pena.

 

* El periodista tinerfeño Juan Manuel Pardellas es desde esta misma semana blogger oficial de la edición digital del diario El País. Juan Manuel habla de lo que más sabe, y de lo que mejor escribe porque le pone cabeza y corazóna sus textos: la tragedia de la inmigración. Les recomiendo que lo busquen, que lo lean y que lo recomienden a sus amigos y enemigos. Todos ellos se lo agradecerán. 

 

combo2.jpg

 

* Descubro gracias a la estupenda pero irregular colección de cine que ABC regala los domingos dos estupendas películas a tener en cuenta: La extraña mujer, de Edgar G. Ulmer, y The Big Combo, de Josep H. Lewis, dos cineastas fogueados en las producciones de bajo presupuesto que supieron resolver sus limitaciones con toneladas de imaginación. A veces pienso que cinematográficamente hablando: cualquier tiempo pasado fue mejor. 

 

* Releo un texto aborbente de un escritor absorbente: J. G. Ballard. ¿El libro? El mundo sumergido. Te noquea, te invita a viajar a un  universo posible y eleva a la categoría de arte un género que, generalmente, no suele visitar esas fronteras, como es el de la ciencia ficción. Lo siento por los lectores del género, pero así lo pienso y así lo escribo.