Archive for the ‘Literatura’ Category

“Santa Cruz está más cerca de la Península que la Península de Santa Cruz”

Jueves, Enero 28th, 2016

“En Santa Cruz hay una hermosa Plaza de Toros, y las campanas de las iglesias ponen en la atardecida la nota melancólica de las pequeñas ciudades peninsulares. En Santa Cruz se oyen cantar los gallos, se oyen chirriar los carros y gritar los pregones. Una humilde sinfonía que emociona. En Santa Cruz hay tejados, y edificios nuevos, y edificios viejos, y cuestas, y estrechas calles, y calles anchas y rinconadas. Y mar. Santa Cruz está más cerca de la Península que la Península de Santa Cruz. Hablando de Santa Cruz hay que hablar de la ciudad hermana y cercana: la ciudad de la cuesta.”

(Cuaderno de godo, Ignacio Aldecoa. Ediciones Idea, colección: Visiones desde fuera, 2003)

Saludos, un, dos, tres, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Por Crom!!!

Viernes, Enero 22nd, 2016

“Todos se han ido, todo está hecho, así que ponedme en la pira. La fiesta ha terminado y las luces se han consumado.”

Robert E. Howard (22 de enero de 1906, Peaster, Texas, Estados Unidos – 11 de junio de 1936, Cross Plains, Texas, Estados Unidos)

Hubiera cumplido hoy 110 años aunque imagino que en un penoso estado de salud, más cuándo se ha adoctrinado el cuerpo hacia la disciplina de los excesos. Y exceso por escribir padeció Robert E. Howard. Una fiebre por contar que huía de sí mismo.

Descubrí a Robert E. Howard gracias a las historietas de Conan de Cimeria y más tarde lo tomé en serio cuando me inicié en la hermandad lovecraftiana y comprendí que uno de los grandes maestros de esa Orden era Robert E. Howard, un tejano blanco con una fantástica capacidad de imaginación.

Tipo enclenque y hasta tímido, Howard se esforzó en dejar de ser el objeto de las bromas de la clase modelando su cuerpo hasta convertirlo en el de un joven con ganas de boxear y, si era necesario, partirle la cara al gracioso de turno.

Influenciado por el Antes de Adán de Jack London y las aventuras de John Carter de Marte, de Edgar Rice Burroughs, era inevitable que el espíritu de Conan visitara a un adolescente Robert E. Howard que se resiste a dejar de ser un paleto, para dictarle el relato de su vida.

Conan nace en El fénix en la espada, cuento que envía al saturadísimo mercado de revistas baratas o pulp de los años treinta, mies de revistas de entretenimiento literario que circulaban por una Norteamérica ahogada por el crack del 29.

Robert Howard continúa transcribiendo las memorias de Conan, pero pronto aparecen otros personajes que reclaman el mismo derecho. 

Simultanea mientras tanto estos escritos con cartas que se cruza con otros escritores y corresponsales que viven en otros estados. Uno de ellos lo llama –no sé si cariñosamente– Bob dos pistolas. Se trata de Howard Phillips Lovecraft, el gran maestro de esa cofradía que formaron adolescentes solitarios con excedente imaginativo y una angustiosa necesidad por escapar de su mediocre realidad.

Esta generación de escritores se movió en torno a revistas baratas, en especial el Weird Tales, y destacaron de otros compañeros por hacer convincente lo que solo era producto de su imaginación. Una imaginación que revelaban con un estilo primitivo pero en el que se identifica a cada uno de ellos.

Robert E. Howard casi fabrica un nuevo subgénero mientras Lovecraft teje la amplia red de sus mitos de Cthulhu y Clark Asthom Smith, entre otros, recrea con acento poético mundos imposibles, alambicados universos en los que la brujería convive con la ciencia.

Y Howard escribe. Escribe de todo o por lo menos de casi todo: deporte, boxeo, policíaco, terror –La piedra negra–, aventuras, pero Conan siempre está ahí. La historia del bárbaro cimerio que adora a Crom le sirve para interpretar su mundo y configurar una era, la Hiboria, en la que brutales salvajes podían herir, ellos solos, decadentes civilizaciones.

Pero hubo más Conan: Solomon Kane, un puritano; un picto, Bran Mak Morn e incluso un rey de Atlantis,  Kull.

Todos ellos héroes embrutecidos de los que nos olvidamos hasta que despertaron en cómics que fueron ecos de una guerra en el sudeste asiático y de que el sueño americano era una pesadilla.

El cine se fija en Robert E. Howard en los años ochenta con Conan el bárbaro, una película que lanzó al estrellato al actor que encarnaba al guerrero cimerio, Arnold Schwarzenegger, mientras declinaba la carrera de su director, el más que estimable John Milius.

Schwarzenegger repetiría personaje en Conan de destructor, que dirige Richard Fleischer sin entusiasmo ni talento.

Fleischer dirigirá también Red Sonja, el guerrero rojo y en 2011 se estrenar una nueva versión cinematográfica de Conan el Bárbaro, que firma Marcus Nispel con Jason Momoa de protagonista.

Circula además una película para televisión, The Whole Wide World, que se inspira en la relación que mantuvo el escritor, papel que interpreta Vincent D’Onofrio, con Novaly Price (Rene Zellweger).

Otras adaptaciones del personaje de Robert E. Howard, cuyo universo de fantasía heroica vivió un renacer en los ochenta con todo tipo de películas bastardas, han sido Kull el conquistador (John Nicolella, 1997) y con Kervin Sorbo; Solomon Kane (Michael J. Bassett, 2009), en la que James Purefoy hace del puritano que actúa contra brujas y demonios en el siglo XVI.

Ah!, se rumorea que Schwarzenegger podría volver a convertirse en Conan en una próxima película pero son rumores.

¿Qué pensaría Robert E. Howard de todo esto?

El 11 de junio de 1936 entró en su coche y se voló la tapa de los sesos.

Dicen que no podía soportar la agonía de su madre y dicen que se encontraba en las últimas. Cuentan también que el cuerpo se derrumbó sobre el volante del automóvil y que el reloj marcaba las cuatro de la tarde. Su madre fallecería treinta y una horas después.

Saludos, por Crom, desde este lado del ordenador.

Gil Brewer, un clásico olvidado

Martes, Enero 19th, 2016

“La primera cosa que me decía para mis adentros es que, para empezar, aquel dinero no había sido adquirido honradamente. Por lo que fuere, aquel pensamiento me dejaba más tranquilo. Di vueltas y más vueltas al asunto. Después recordé las palabras de Vivian cuando estábamos en la habitación del hotel. Dijo que era dinero que, en realidad, no era de nadie. O una cosa por el estilo. Y tenía razón.

Pero no había manera de tenerlo. A  menos que me presentara allí, lo cogiera y desapareciera de aquellos contornos. Esta idea me rondaba por la cabeza. De cómo podía cogerlo y escapar.”

(El echarpe rojo, Gil Brewer. Traducción: Josep Rovira Sánchez. Ediciones Península, Barcelona, 1974)

No hay público más desesperante y desmemoriado que el aficionado a los géneros. Sea cual sea. Por poner solo un ejemplo, en el caso de la novela policiaca resulta contradictorio encontrarte con escritores y lectores entusiastas con lo nuevo pero que no tienen ni idea, más allá de Chandler, Hammett y McDonald, la santísima trinidad, que además de ellos tres autores hubo otros que escribieron muchas y buenas historias de corte policial a las que el paso del tiempo apenas ha erosionado, por lo que todavía la mayoría de ellos conserva una desarmante actualidad y, lo que es mejor, han legado una amplia galería de personajes en los que se describe y desarrolla protagonismos que forman parte de este tipo de relatos como la mujer fatal, el perdedor, el duro y cínico policía, el criminal con escaso sentido del humor…

Gil Brewer pertenece a la categoría de los escritores que piden a gritos que se reivindique, pese a que obra haya sido escasa y malamente traducida en España. Con todo, el escritor cuenta con algunas novelas que merecen desempolvarse en las librerías de viejo y de ocasión, en los rastros que todavía no han sido devorado por la avaricia, para que conozcan y ahonden en la producción de un autor con nombre y apellidos que si bien no termina por ubicarse en la edad de oro de la novela policial norteamericana, sí que forma parte de la generación que vino a continuación con ganas e ímpetu por cambiar algunas cosas y actualizar el género sin perder de vista el trabajo de los mayores, de los considerados ya como clásicos.

En este aspecto, hay una producción literaria con acento Brewer claramente deudora de las novelas pasionales a lo James M. Cain, así como historias en las que el escritor comenzaba a tantear nuevos caminos, senderos que explorar muy originales. Estas novelas son así las más personales e interesantes del escritor, dos ellas publicadas en español y títulos que, a nuestro juicio, son ideales para iniciarse en su universo literario.

Un asesino en la calle, que se publicó en España en la legendario colección de Novela Negra de Ediciones Bruguera, propone una línea argumental que desde ese entonces ha sido explotada en numerosas ocasiones aunque casi ninguna de las versiones supere al original, una novela en la que no hay nada que resolver, ni ningún asesino que descubrir porque el criminal está  ahí, frío e implacable, desde las primeras páginas mientras sabemos, porque el lector sabe, que como este psicópata hay otros miles circulando libremente por las calles. Sádicos amigos del gatillo fácil.

La historia de Un asesino en las calles es lineal y huye de artificiales experimentos literarios, solo cuenta –pero hay está la clave, en cómo se cuenta—cómo un psicópata recorre una ciudad armado de un arma que dispara cuando se lo dicta su instinto. Un instinto depredador y letal.

Gil Brewer cambió radicalmente de discurso con El echarpe rojo, una novela que protagoniza un hombre al borde del precipicio. Un tipo sin apenas dos centavos en los bolsillos que encuentra en un bar de carretera a una extraña pareja que acepta llevarlo en coche hasta el pueblo más cercano. Novela con continuos giros dramáticos, que llevan de sorpresa en sorpresa al lector más fogueado del género, El echarpe rojo además de un completo estudio de personajes también propone una interesante reflexión sobre la codicia.

Tras sufrir un accidente, y salvarse el protagonista y la mujer que acompañaba al conductor del automóvil el ¿héroe? de la historia encuentra en el coche siniestrado un maletín que guarda una mareante cantidad de dinero y en cuyas manillas está anudado un echarpe rojo…

No vamos a contarles más de este relato, pero sí asegurarles que atrapa la atención y que se trata de esas novelas –afortunadamente cortas en páginas porque para contar grandes historias no hace falta que una novela supere las trescientas–  que se leen y se leen porque resulta imposible apartarlas, dejarlas a un lado.

El echarpe rojo es una de esas historias escritas, presuntamente, para consumo rápido aunque, afortunadamente y como pasa con otros grandes autores del género, el relato se caracteriza por su consistencias, sólidos personajes y que la acción se mueva a través de  diálogos que nos ahorran inoportunas descripciones. Además, tras todo lo que se cuenta se esconde un problema moral que lleva a su protagonista a iniciar un significativo vía crucis.

Dos títulos, en definitiva, de un escritor que supo mezclar evasión con literatura. Una combinación que cuando funciona resulta demoledora.

(*) En la imagen el escritor norteamericano Gil Brewer.

Saludos, leamos, leamos, leamos, desde este lado del ordenador.

‘El soldado de porcelana’, una novela de Horacio Vázquez Rial

Miércoles, Diciembre 23rd, 2015

“- ¿Por qué Jacobo? ¿Por qué conviene creer? ¿Acaso no se trata de militantes probados, de individuos que, además, tendrán en esta guerra su mayor momento de gloria, y que, después de eso, no necesitarán ocultarse de nadie? Yo imagino lo que imagina todo el mundo: A Stalin condecorando a éste o aquél, en la Plaza Roja… Hasta que te veo moverte. O mejor, dicho, hasta que te pierdo de vista y sé que estás haciendo algo de lo que nadie debe emterarse. Entonces pienso que alguien quiere  que esos hombres no sean conocidos, que alguien está pensando que es mejor que su nombre verdadero no se conozca y que su cara no se vea demasiado, para poder devolverlos al anonimato sin incovenientes y enviarlos a tabajos miserables  tan pronto como salgan del foco de luz de la guerra, o hacer con ellos otras cosas peores… ¿Es que el porvenir no puede tener más héores que Stalin? ¿Y qué coño haces tú sirviendo a esa causa? Te quiero, Jacobo, eres mi amigo del alma, pero no me gustas cuando te mueves en las sombras.”

(El soldado de porcelana, Horacio Vázquez Rial. Edición definitiva, Suma de Letras S.L., 2001)

La apasionante y apasionada vida de Gustavo Durán dota de alma la novela El soldado de porcelana, título que probablemente sea el más conocido de Horacio Vázquez Rial en España porque recupera en sus páginas la trayectoria vital de uno de los personajes más interesentes pero hasta ese momento desconocido de cuantos actores participaron en la Guerra Civil española, y en la que combatió como militar del ejército republicano y se convirtió en uno de los ayudantes más confiables de Vicente Rojo.

Pero hay más claves, además de las estrictamente bélicas en esta ambiciosa novela que acaricia el millar de páginas. Una de ellas es que se trata de una modélica reconstrucción biográfica que ayudará al lector a entender –no justificar– las acciones que comete su complejo protagonista. Un hombre marcado desde pronta edad por el signo de la tragedia (su padre, José Durán, no pestañeó en encerrar a su esposa en un sanatorio mental) y que fue profundamente culto, coqueteó con el arte, así lo pone de manifiesto unas pocas canciones que compuso para piano; al tiempo que se esforzó en ser rigurosamente discreto con su vida privada, aunque pronto trascendió más allá del círculo de sus amigos y conocidos el tórrido romance que mantuvo con Néstor Martín-Fernández de la Torre, artista a quien Vázquez Rial describe en la novela de la siguiente manera:

“No  había dado Gustavo diez pasos, cuando alguien le tomó del brazo. Se volvió. Era un hombre de más de treinta años, con un rostro en el que se mezclaban huellas de antepasados africanos, leves aunque decisivas en la composición de un estilo, con netos rasgos de intelectual europeo. La vitalidad del hombre de arena y sal se hacía patente en el labio superior y en los lados de la nariz, pero la frente despejada, los grandes ojos lúcidos, tras las gafas, y las ojeras nocturnas, hablaban de un habitante de ciudades. Era un rostro hermoso, fuerte, inteligente y cansado.”

El soldado de porcelana, que debe ser leída como una historia que se inspira en personas y hechos reales, propone el relato de un hombre con numerosas aristas y grises. Contradictorio pero con un poderosísimo sentido del deber.

Inteligente y políglota –Gustavo Durán hablaba además de español inglés, alemán y francés–  la propaganda franquista lo acusó de pertenecer al partido comunista aunque esta afiliación, como demuestra Horacio Vázquez Real, resultó ser falsa aunque el dardo envenenado casi le cuesta la libertad durante su exilio norteamericano, donde trabajaba en Nueva York al servicio de  Naciones Unidas, en los años que arrasó a este país la gripe anticomunista, la tristemente caza de brujas que auspició el senador Joe Mac Carthy aunque mantuvo una buena amistad con el presidente F.D. Rooselvelt y el magnate Rockefeller.

Gustavo Durán conoció también a escritores e intelectuales como Hemingway, Federico García Lorca, Gil de Biedma y Rafael Alberti, entre otros.

Héroe para unos y canallas para otros, Gustavo Durán recorrió medio mundo aunque no pudo regresar a la tierra que con toda su dolorosa insolencia lo condenó al exilio cuando la Guerra Civil la ganaron los rebeldes. Desde su último refugio en Atenas, el militar y el intelectual que dibuja Horacio Vázquez Rial se siente víctima, finalmente, de una diabólica conjura del destino, todo fruto de un azar que le robó cualquier atisbo de felicidad a lo largo de su vida.

Y toda esta existencia, cuajada de momentos de intensidad, es descrita con una sencillez que desarme por un escritor al que le preocupa en todo momento que su personaje no se desubique en el marco que sirve para exponer su biografía.

La memoria logra, no obstante, que el autor apruebe y con nota el reto gracias a un notabilísimo dominio del lenguaje, que le hace dictar en cada página exactamente lo que hay que decir, aliñando el producto con diálogos cortos, en ocasiones incisivos mientras orienta al lector de qué irá cada nuevo capítulo a través de citas que ilustran lo que vendrá a continuación.

El soldado de porcelana es también una novela reivindicable por la dificultad que supuso engarzar los datos históricos verdaderos de la vida de Durán con otros que, siendo falsos, no lo parecen ya que encajan sin estridencias en un relato que solo quiere hacer justicia a un hombre que, pese a las adversidades, siempre levantó la cabeza.

Un personaje fascinante. Y español. Un español que combatió de uniforme en el ejército de la II República y cuya visión de la Guerra y de las distintas fuerzas que se encontraban al lado de la legalidad democrática, resultan leídas hoy proféticas.

Durán aceptó que la defensa de la II República cayera en mano de los comunistas porque eran los únicos que entendían el valor de la disciplina, aunque sus ideas de instalar una dictadura del proletariado en España no fueran con él. Como tampoco fue con él el desgobierno que los anarquistas se empeñaron en forzar cuando el país se desangraba no solo en los campos de batalla sino también en la retaguardia.

La conclusión de Vázquez Rial es que Gustavo Durán nunca fue comunista y sí un demócrata cabal que, una vez finalizada la contienda, trabajó para la CIA y para el gobierno de los Estados Unidos primero en la corrupta Cuba de Fulgencio Batista y más tarde en la Argentina, donde recién ha ocupado el poder un general que se apellida Perón.

Bien entendida, El soldado de porcelana es el retrato agudo y sincero de un español. De un hombre que cuando se observa en el espejo se topa con la silueta de un don Quijote pero también de un Sancho Panza.

(*) En la imagen Gustavo Durán, el protagonista de la novela, con el uniforme de oficial del ejército de la II República.

Saludos, mañana es la Nochebuena, desde este lado del ordenador.

Un retrato de Néstor por Horacio Vázquez Rial

Miércoles, Diciembre 2nd, 2015

“No  había dado Gustavo diez pasos, cuando alguien le tomó del brazo. Se volvió. Era un hombre de más de treinta años, con un rostro en el que se mezclaban huellas de antepasados africanos, leves aunque decisivas en la composición de un estilo, con netos rasgos de intelectual europeo. La vitalidad del hombre de arena y sal se hacía patente en el labio superior y en los lados de la nariz, pero la frente despejada, los grandes ojos lúcidos, tras las gafas, y las ojeras nocturnas, hablaban de un habitante de ciudades. Era un rostro hermoso, fuerte, inteligente y cansado.”

(El soldado de porcelana, Horacio Vázquez Rial, Ediciones B, 1997)

Saludos, de sorpresa en sorpresas, desde este lado del ordenador.

Vencer o morir: ‘Gallo de pelea’, una novela de Charles Willeford

Martes, Diciembre 1st, 2015

“En el 320 a. C., un viejo poeta llamado Chanakia escribió que el gallo le enseña cuatro cosas al hombre: a pelear, a levantarse temprano, a comer con su familia y a proteger a su esposa cuando se mete en problemas. Yo había aprendido a pelear y a levantarme temprano, pero nunca me había llevado demasiado bien con mi familia, ni tenía ninguna esposa que proteger. Pelear estaba muy bien, pero levantarse  temprano no es la mejor costumbre cuando se está en una gran ciudad como Jacksonville.”

(Gallo pelea, Charles Willeford. Traducción: Güido Sender. Colección Al Margen, Sajalín Editores, 2015)

La historia de la literatura está salpicada de casos extremadamente injustos y uno de estos casos tiene nombre y apellido: Charles Willeford. Llegué a Willeford a través de una divertida por irreverente novela policíaca que circuló en España como Miami Blues, y que fue objeto de comentario en este nuestro blog con un entusiasmo que a veces me acompaña cuando asisto a descubrimiento de este calado. Y Miami Blues es una novela con mucho calado que, desgraciadamente, y por esa ceguera que caracteriza al lector negro criminal, no ha sido reivindicada con la altura que se merece.

Este silencio solo explica que otras novelas de Willeford, como las que dedicó al detective Hoke Moseley, no hayan sido traducidas al español, lamento que hago extensible a estas líneas porque leer a Willeford es muy recomendable para la salud. Y es recomendable para mantener la salud porque hace reír sin que te tome el pelo. De hecho, el escritor está ahí, acompañándote toda la novela, riéndose contigo.

Esta sensación, que ya viví con Miami Blues la he vuelto as revivir con Gallo de pelea, que es un título que no tiene nada que ver con lo negro y con lo criminal y sí mucho, ya lo anuncia, el título, con las peleas de gallos, por las que el protagonista y narrador de esta historia siente devoción.

Estamos así ante una de esas escasas novelas que están escritas por un hombre que tuvo que sentir la misma pasión que su personaje por las riñas de estos animales, riñas que para él son un deporte –el secreto está en la crianza y darle espacio al luchador, explica– y que logra para uno que no entiende de gallos y que detesta la lucha de gallos, cierta comprensión por una actividad cuyos aficionados no miden por su grado de violencia sino por cómo ha sido entrenado el gallo ganador.

El talento de Charles Willeford consigue en este sentido algo que parecía imposible, y es que un confeso y declarado activista en contra del maltrato animal como es quien les escribe llegue a sentir lo que siente Frank Mansfield, el errático protagonista de esta novela, un tipo que parece sacado de otro tiempo, un nómada que ha encontrado su lugar en el mundo criando gallos para el combate y que nos cuenta de primera mano uno de los sueños que pretende alcanzar como gallero profesional: el trofeo y la recompensa económica de un torneo que se celebra en una localidad del sur de los Estados Unidos de Norteamérica.

Será durante este proceso, que el personaje pierda la voz voluntariamente y se  tropiece por el camino con personajes más o menos cortados por su mismo patrón, ya que se tratan de profesionales y aficionados a los gallos de combate, así como  mujeres  que esperan a que sus hombre sienten la cabeza.

Una misión, cabe advertir, prácticamente imposible.

Gallo de pelea, que fue llevada al cine en los años setenta en una película dirigida por Monte Hellman y protagonizada por ese grandioso actor que fue Warren Oates, puede entenderse de variadas maneras, aunque me quedo con ese aire de western tardío y vagamente crepuscular que tiene esta novela de carretera en la que interviene una fascinante galerías de perdedores que, comenzando por Mansfield, están en pie porque esperan alcanzar un sueño. También porque están fascinados por unos animales que cuando pelean no abandonan el combate hasta vencer o morir.

Y Charles Willeford retrata con mano maestra todo este mundillo. Un mundillo que se desarrolla en ambientes rurales, poblado de paletos con corazón noble, sin dramatismos ni cargar las tintas con las que justificar una actividad ilegal y violenta como son las peleas de gallos.

El relato, ya se ha dicho, está contado por Frank Mansfield, y Mansfield es un hombre honrado que además de pasión siente devoto respeto por estos animales. Los gallos se han convertido en su forma de vida, y esta forma de vida además de gustarle hace que aún conserve su independencia. En este aspecto, no es nada descabellado afirmar que Mansfield, a su manera, reúne las características de un gallo de pelea: siempre va de frente, y su nobleza es de las que desarma.

A la espera de que traduzcan más novelas de Willeford y mientras los iniciados permanecemos a la espera de que a algún iluminado se le encienda la bombilla de la sesera, Gallo de pelea es un buen título para adentrarse en el peculiar universo de un escritor que, en al menos en esta novela, se preocupó por ofrecer un notable retrato de la Norteamérica rural de los años sesenta. Un retrato costumbrista que Willeford muestra a través de la mirada irónica de su protagonista, un tipo que sabe de lo que habla, que sabe de su deporte:

“Contenía dieciséis juegos de garfios, desde espuelas cortas de tres centímetros, mis preferidas, hasta un par de Texas Twisters de casi ocho centímetros. Tenía incluso un juego de navajas que un criador portorriqueño me dio una tarde en San Juan. Cuando se pelea a navaja al bicho se le arma solo una pata. No me convence reñir solo con navajas por una sencilla razón: cuando se riñe a navaja se cede mucho margen a la suerte, y no siempre gana el mejor gallo. Con una navaja tremendamente afilada en la pata izquierda, hasta el peor gallo puede ganar. En cambio los garfios de pincho, sin filo, redondos de la bota a la punta, son legítimos. Cuando al gallo le han cerrado las puntas de los espolones, ponerle encima de los muñones de un centímetro espuelas de acero hechas a mano es una forma limpia de sustituir las que Dios le dio, y contribuye a rebajar la crueldad de la pelea. En estado de naturaleza, cuando dos gallos se encuentran combaten hasta morir o hasta que uno de los dos huye. Las espuelas de acero simplemente aceleran la muerte, y le ahorran al gallo heridas innecesarias en los espolones naturales.”

Saludos, gratamente sorprendido, desde este lado del ordenador.