He visto ‘argo’
Viernes, Abril 1st, 2011He asistido hoy –viernes 1 de abril– en mi querido y añorado Cine Víctor a una extraña película de, afortunadamente, voy por mi camino y me importa un pimiento lo que hagan los demás en lo que es actual cine que se rueda en las islas.
Se trata del segundo largometraje psicotrónico canario –sin olvidar, claro está, ese clásico que es La isla del infierno– que se llama Réquiem por amor y sangre.
Una extravagancia violenta que si uno ve sin vendas en los ojos no deja de provocarle inquietantes preguntas.
¿Qué coño estoy viendo?
¿Me están tomando una vez más el pelo?
Y también capaz de suscitar una inquietante respuesta:
Y que carajo me importa.
Réquiem por amor y sangre es tan detectable en sus influencias y por lo tanto predecible, tópica e involuntariamente divertida que por eso mismo tiene algo. O argo. Y ese argo es la capacidad de su director, David DL Rosa, para que ahora, al llegar a casa, haga plantearme si lo que firma se lo toma realmente en serio o en broma.
Como espectador que tiró abajo sus prejuicios nada más comenzar este argo abogaría por verla (pensad ya solo en el título) como una cinta en la que, efectivamente, se trata de argo. Y de argo de autor porque aún me pregunto si se toma realmente en serio o en broma.
Y paradójicamente ahí radica la clave de lo que considero una feliz cretinada. Lo que obliga a fijar la atención en su creador, quien además de producir, dirigir y ser su guionista, se reserva el papel protagonista de su argo.
Réquiem por amor y sangre es un ejercicio de borracha egolatría. Y cine de autor que terminará por convirtirse en película de culto.
De culto psicotrónico.
Pero para verlo hay que tener capacidad de espectador espartano.
De cinéfilo cinéfago que aguanta algo cuando detecta un argo. Aunque no tenga pies ni cabeza.
¿Pero que argo lo tiene?
El espectador espartano masticará y digerirá ese argo porque ha encontrado en su argo algo ingenuo por su inconsciente nihilismo.
Réquien por amor y sangre es una película que no es película.
Una dura sesión de autocomplaciente esquizofrenia.
Y por lo tanto una obra vete pa ya de verdad.
Libertaria.
Que manda a paseo incluso las más elementales reglas cinematográficas.
Imaginad una ópera cantada por una murga.
Y a mi como espectador espartano eso desarma y descojona.
Salgo del Víctor delirando.
Casi lo mismo que cuando vi por primera y última vez El mariachi de Robert Rodríguez.
Siento que he visto Argo.
Tonto pero argo.
Saludos, kapow, kapow, desde este lado del ordenador.





