¡¡¡Temblad, temblad libreros!!!

Lunes, Septiembre 28th, 2009

* Me pasa hoy mismo. Voy a una conocida librería de Santa Cruz de Tenerife y pregunto si les ha llegado Un asunto sensible de Miguel Barroso, editada por Mondadori. El dependiente consulta en el ordenador. “Mira chico, esa novedad no ha llegado todavía”. Silencio. Lo de chico lo encajo con deportividad porque al menos no ha soltado el cariñosón “mi niño”. Le pregunto cuándo calcula que llegará el libro. “buenooooo, eso es una novedad que salió ya en enero ¿no?” No, pienso, porque he tenido noticia de que el libro salió hace unas pocas semanas pero cierro la boca ya que es probable que me equivoque. “¿Pero sabe si les llegará?” le pregunto. El tipo se queda mirando la pantalla del ordenador. Teclea. Teclea un buen rato. Lo miro. Me mira. Nos miramos. Doy media vuelta. Otra librería. La chica me dice que se le ha caído Internet pero me pide el título, el autor y la editorial. Se lo digo como si recitara un mantra. Lo anota. “Cuándo nos llegué te aviso”. Salgo meridianamente satisfecho. Lo que es hacer bien las cosas. Camino por la Rambla que muere en soledad ligeramente contrariado por la primera experiencia. Y pienso, porque últimamente le doy muchas vueltas a la cabeza, el daño que le va a hacer a nuestras tradicionales librerías el anuncio de que se instala en Santa Cruz de Tenerife la empresa malagueña Agapea.com, la primera librería on-line en lengua castellana especializada en la entrega urgente de libros. Abrirá a finales de octubre en la avenida Tres de Mayo de la capital tinerfeña. Temblad. Temblad libreros.

* Recomiendo a los editores y libreros canarios (esa gente que vive tan feliz en el medievo) a que adquieran y lean (por favor) el visionario El nuevo paradigma del sector del libro de Francisco Javier Jiménez y Manuel Gil, o a que consulten su blog para ponerse las pilas ante la que se les avecina. Háganme caso, criaturas de Dios.

* En el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) y la Feria de la Edición en Canarias además de conocer y hablar con escritores y editores del continente vecino –sí, ese mismo del que vivimos de espaldas–, conozco al escritor croata Roman Simic, con quien hablo largo y tendido. La editorial canaria (con todas sus letras c-a-n-a-r-i-a) Baile del Sol ha editado algunos de sus cuentos: De qué nos enamoramos, un volumen que recomiendo. Simic, pese a su juventud, tiene las ideas muy claras y un universo literario que sorprende. Es inevitable, así que le pregunto sobre cómo pesa en su literatura la pasada guerra que pulverizó a la ex Yugoslavia. Y me contesta que más que la guerra, tan brutal que se hizo cotidiana en sus vidas, lo peor ha sido la reconstrucción. Intentar ser un país que recupera la paz. La paz. Cuando dice esta palabra en su castellano lleno de rrrrrrr creo entender su significado.

* En SILA me hago también con un ejemplar de la estupenda revista Texturas. Y si bien estamos en días de crisis, de bolsillo vacíos (el mío al menos tiene un agujero que me espanta), barajo la posibilidad de suscribirme. El número que tengo en las manos (leído de cabo a rabo) incluye interesantísimos artículos de, entre otros, Jack London, y el editor Tom Maschler.

* Aprovecho también para recomendarles el blog literario de la periodista Mercedes Ródríguez. Saca puntas. Literariamente hablando…

* Finalizo esta batería sumándome a la celebración de que la web made in canarias atumbabierta.com haya  sido galardonada en la X Semana de Cine Fantástico y de Terror (¡qué miedorrrrlll!) de Estepona. Para un malcriado como el que les escribe, que se acostumbró a matar a sus pesadillas leyendo novelas y viendo películas de miedo, terror y pánico es una buena, buenísima noticia. Así que felicidades con el corazón caliente y latiendo en mis manos.

Saludos, li-te-ra-rios y web-maníacos, desde este lado del ordenador.

África, África, África

Domingo, Septiembre 27th, 2009

Por razones que sí vienen al caso he tenido abandonado el blog durante dos días exactos. Y apunto lo de razones que sí vienen al caso porque mi conexión con Internet se me ha caído en varias ocasiones pero sobre todo porque todo este tiempo lo he aprovechado para viajar a África sin salir de Canarias, que también es África para quien no se haya enterado.

Así que mientras escribo estas líneas tengo la sensación no sé si de ser un hombre nuevo, pero sí un tipo con una renovada amplitud de miras para observar mis realidades y alrededores.

El Salón Internacional del Libro Africano (SILA) y el Encuentro de Editores en Canarias se celebró este año — hoy domingo clausura–, en el Castillo de San Felipe del Puerto de la Cruz, ciudad en la que del 24 al 27 de septiembre se ha vuelto a oír hablar en francés, inglés, portugués y español pero con acentos diferentes y diferenciados. Por eso, son muchas las sensaciones que se agolpan en mi cabeza mientras intento escribir una crónica de urgencia sobre esta gratísima experiencia, así que permítanme que les asegure que he tenido la sensación de estar en otro mundo. O un limbo que no era Tenerife ni Canarias porque me ha dado la oportunidad de asistir a encuentros, mesas redondas, presentaciones de libros y diálogos donde algunos de los más destacados representantes de las editoriales y escritores africanos han debatido junto a editores y escritores canarios y peninsulares de una literatura como es la africana que todavía –y ojalá SILA consiga lo contrario— continúa siendo demasiado desconocida en España y en esta región desestructurada y cada día más canalla como es Canarias.

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Regreso a Santa Cruz de Tenerife con una maleta repleta de libros, direcciones y teléfonos que me apresuro a anotar en mi agenda, y algo tarumba también por haber vivido en esta que es mi isla una experiencia tan grata culturalmente hablando.

He tenido la oportunidad, además, de perfeccionar mi olvidado portugués con amigos de Cabo Verde, Guinea Bissau, Angola o Mozambique, así como la de darme cogotazos en la cabeza por no haber estudiado francés (ruego a los dioses que se mejore las traducciones simultáneas en futuras ediciones) cuando los que intervenían eran editores y escritores de Congo, Mali o Senegal.

Y es que gracias a SILA me he encontrado con amigos con los que he pasado el tiempo hablando de esa cosa que tanto nos gustan como son los libros.

Pese a contar con un presupuesto de risa, la organización ha logrado lo que parecía imposible, que una producción de serie Z pareciera de serie A, y todo eso sin perder el tiempo en tontas divagaciones sino cogiendo al toro por los cuernos gracias a una cuidadosa y muy estudiada selección de invitados. Regreso a mi cada días más muerto Santa Cruz con la extraña sensación de ser algo más sabio, y sobre todo sin la mosca detrás de la oreja porque así es como deben de hacerse las cosas cuando se diseñan encuentros de estas características: estar presentes todo el rato. U orquestando con una aparente sencillez, pero me consta compleja mano maestra, a que todo saliera con la misma precisión de un reloj pero sin su implacable y matemática perfección.

Esta ha sido la razón verdadera de que no haya actualizado el blog estos días. Días que han sido de auténtico y poderoso aprendizaje. Días en los que por una vez ya no cuentan las horas sino el intercambio de ideas y la reflexión.

No he dejado de pensar todo este tiempo el papel fundamental que puede jugar el archipiélago para promocionar hoy la literatura africana, pero quizá también mañana su cine, su plástica, su música… Si a lo largo de todo este tiempo se nos ha intentando convencer a los canarios que el archipiélago ha jugado a ser una especie de puente entre España y Latinoamérica, ya va siendo hora que nuestro ilustre (aunque mucho me temo que poco ilustrado) Gobierno de Canarias se dé cuenta de una vez que África existe no sólo como plataforma donde hacer negocios con dictadores cuyas manos están manchadas de sangre sino como puente (digámoslo así) de promoción de su intenso motor cultural. Tan fuerte y nuevo que es capaz de hacer mover montañas.

Escuchar a escritores y editores como Donato Ndongo, Tassadit Yacine, Landry-Wilfrid Miampika, Hamidou Konate, Waldir Araujo, Justo Bolekia, M’bouh Seta Diagana, Henri Lopes y Jacques Dos Santos, entre otros, ha sido un regalo cultural que a mi edad (y no me tiren más de la oreja cuando me pongo en plan abuelito Cebolleta) no esperaba, francamente. Y mucho menos en una isla, en un archipiélago, que salvo honestas iniciativas como el SILA, es tan poco dado a dar Cultura como debe darse la Cultura: a través del diálogo, el intercambio de opiniones y de experiencias.

El escritor y editor Manuel Pimentel puso la noche del sábado el dedo en la llaga durante su intervención en una mesa redonda en la que compartió palabra con los también escritores Antonio Llaguno y Pablo Martín Carvajal, al señalar que “Europa siempre ha visto África como un continente sumido en el dolor. Experiencias como SILA quizá puedan demostrar que se trata de un territorio con un profundo y visionario dinamismo cultural”.

Y de eso se trata. Y SILA, pese a su raquítico presupuesto, lo ha conseguido con creces.

Saludos, notablemente entusiasmados, desde este lado del ordenador.

Despierta ya, burgués

Miércoles, Septiembre 23rd, 2009

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Me pondrán cantar misa en latín pero nadie me podrá quitar de la cabeza la idea de que hay libros que te esperan pacientemente a que les toque su turno. Casi como si supieran que con la carga de dinamita que van a explotar en tu cerebro buscaran ese momento en el que estás relajado y te sientes capaz de aguantar cualquier bomba que mande a paseo –más o menos– las rutinas en las que por fin has logrado reconducir tu vida.

La obra de Sándor Márai circuló con sobresaliente éxito de público en este país llamado Expaña hace unos años. Si uno bucea en la red se encontrará con artículos elogiosos, también con alguno marciano pero menos, ya que resulta prácticamente imposible opinar en contra de la obra de un autor que ante cualquier asomo de crítica la tritura y transforma en humo insignificante.

Recuerdo que el pasado julio y estando en Gijón el escritor peruano Alonso Cueto fue el primero que me recomendó que me adentrara en su mundo. Cueto no me recomendó, sin embargo, ninguna de sus novelas sino esa especie de memorias que Márai bautizó como Confesiones de un burgués con el fin, pienso ahora, de que nadara en la visión de la realidad de este escritor húngaro que tanto ha contribuido para que en estos tiempos de gañanes, algunos de los que se molestan en pensar le imiten o saquen sus propias conclusiones en su paso por la vida.

Pues bien, me encontraba el otro día con uno de esos amigos a los que quieres por inclasificables y quijotescos cuando me sacó como de un tesoro se trata un ejemplar de Confesiones de un burgués. Me animó también a que lo leyera y como es natural, y en especial porque son días donde uno cuenta hasta el último céntimo de euro que le queda en el bolsillo, le pedí que me lo prestara.

Este es un juego que hago con amigos lectores. El de pedir libros prestados sabiendo de antemano que no me lo prestarán. Todos somos, de alguna manera, hijos de aquella leyenda que colgaba en una de las paredes de la ya legendaria librería Sonora: “libro prestado, libro robado”. No conozco, de hecho, a nadie que haya prestado un libro y que se lo devuelvan en las mismas condiciones a como lo cedió. Y eso en el mejor de los casos, porque generalmente el libro termina sin que vuelva a caer en tus manos. Perdido para siempre.

¡Qué me lo digan a mí, que tuve toda la obra de Guy de Maupassant y que cedí en uno de esos momentos equivocados de la existencia. O lo que es lo mismo: los presté para siempre. Todavía tengo grabado en mi memoria aquel rapto de locura, y como supe cuando le dejaba la bolsa con todos aquellos volúmenes que no volvería a verlos nunca más. O como decimos por estos lares: más nunca. 

Nunca, valga la redundancia, he entendido porqué no se devuelven los libros. Será que la gente no sospecha que te despegas de un buen amigo, al que notas en falta cuando paseas por tu librería y observas ese lugar vacío que al final terminas por ocupar con otros volúmenes con la rabiosa sensación de que ya nada será lo mismo.

Lo siento, Maupassant. Bien sabe Dios la de ratos espléndidos que me regaló con sus formidables cuentos y novelas.

Pero hablaba de Márai, escritor del que al final pude hacerme con sus Confesiones de un burgués con la sombra de la duda en la cabeza, ya que en mi caso no son tiempos estos para gastos excéntricos.

Y he aquí la revelación.

Empiezo a leerlo. Y a leerlo. Y me llaman por teléfono. Y no contesto porque el libro se me cuela dentro. Miro de reojo los dvd pendientes por ver y continuo leyendo. Devorando, alimentándome de las experiencias de un narrador que me sabe a conmovedoras e intensísimas. Un libro que me muestra el mundo a través de otros ojos, y cuyas sensaciones y pensamientos me descolocan porque reflexiono: “eso mismo lo he sentido yo” aunque sea incapaz de traducirlo con tan brillantes palabras.

El caso es que ya no tengo 18 años, ya no tengo 20 años, ya no tengo 30 años y ya no tengo 40 años. Y esas Confesiones de un burgués me hablan con la misma profunda sencillez que cuando tenía esas edades, sólo que ahora estas letras se impregnan en mi cerebro de otra manera. Y me sumerjo como un aprendiz en su lección de Venerable Maestro. Y lloro, río, trago, entiendo… y sigo leyendo. Leyendo ese relato que me desnuda, que me mira y que me dice “no eres tan raro”.

Finalizo estas Confesiones… y siento como cuando me pasó con otros libros que me señalaron el camino: Sigue adelante por penoso que resulte. Y desnuda lo que eres y sientes en un mundo donde ya nadie se desnuda. Extraño y enfermizo pudor el que nos rodea, teñido de dobles sentidos. 

Tardo en hacer la digestión. Leo ahora su ¡Tierra!, ¡Tierra! y llego a la confusa conclusión de que lo que importa es tu relato. Tu vida, tus sensaciones. Como ves el cuadro chillón en el que te intentaron enterrar.

Y piensas que quizás ahora seas libre. Condenación. Libre.

Sólo que te preguntas, cobarde, ¿merecerá la pena?

Y las Confesiones de un burgués te responde: ¡despierta ya para que sigas soñando!

Saludos, confesionalmente burgueses, desde este lado del ordenador. 

‘Diez negritos’ cumple 70 años. Y parece que fue ayer…

Martes, Septiembre 22nd, 2009

Entre los primeros libros que cayeron en mis manos recuerdo, me imagino que como a la mayoría de ustedes, las novelas de Agatha Christie editadas en España por Ediciones Molino. No llegué a leerlas todas, pero sí que devoré en una etapa de mi vida digamos que fundamental, muchas de sus historias de misterio.

Sin embargo, si hubo una novela de esta señora que me llegara al corazón adolescente fue Diez negritos, que es uno de esos pocos títulos que he releído varias veces. Fue tanto el golpe que yo mismo recreaba con soldaditos de plástico el argumento de aquella novela. E incluso inventé un juego –en el que participaban primos y amigos– inspirado en esta historia que ahora cumple 70 años, ya que fue publicada por primera vez en 1939.

De Agatha Christie seguí además con mucha atención las novelas protagonizadas por  Hercules Poirot y su leal capitán Hastings. A Poirot su autora extravagante lo asesinó en la diabólica y maquiavélica Telón, donde la pesquisa consiste precisamente en descubrir quién mató a Poirot. Confieso, no obstante, que nunca me hicieron mucha gracia las historias donde aparecía  la señorita Marple, aquella anciana que hacía funcionar sus células grises sin la gracia del detective belga, aunque es verdad que inspiró la serie Se ha escrito un crimen.

Comencé a dejar de lado las historias de Agatha Christie cuando ediciones Bruguera comenzó a editar a finales de los 70 novelas policíacas en España. Lo que supuso que desde ese momento mis gustos se trasladasen con una devoción que no descansa a lo que hoy se conoce como género negro.

Género negro. Admito que soy bastante radical en mis gustos, ya que entiendo que en una buena novela negra (no detectivesca) sus personajes tienen que estar del lado de los oprimidos y perdedores. O de aquellos investigadores privados que se mueven en tierra de nadie. Personajes que entienden que los grandes delincuentes (políticos y sus cancerberos policías) son igual de malvados que esos otros poderosos que se mueven al margen de la ley.

Con esta lectura, llevo preguntándome desde hace unos años el por qué la novela detectivesca tradicional, la que cultivó con admirable maestría Agatha Christie, cuenta con tan grandes escritoras mientras que uno las puede contar con los dedos de la mano si nos referimos estrictamente al género negro. No puedo meter en este saco, por razones obvias, a la gran Patricia Highsmith. Y no por su celebérrimo Tom Ripley, sino porque lo que escribió esta mujer es literatura con todas sus letras. Trascendió el género. Tampoco a la inquietante Anne Perry, una mujer que si bien cuenta con una biografía para poner los pelos de punta (les remito a los que no se enteren a que vean la mejor película hasta la fecha realizada por Peter Jackson, Criaturas celestiales) sí que ha sabido borrar aquella desafortunada ¿travesura? adolescente con una serie de novelas de misterio donde lo que importa no es quién cometió el crimen sino casi todos los personajes que protagonizan el drama.

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Pero hablaba de Diez Negritos, esa novela que considero una de las mejores de Christie, y cuyas versiones cinematográficas, salvo la dirigida por René Clair en 1945, nunca le han hecho justicia.

Diez negritos cuenta como diez personas (el joven Anthony Marston, el señor y la señora Rogers, los criados; la señora Emily Brent, el general MacArthur, el juez Lawrence Wargrave, el doctor Armstrong, el detective William Henry Blore, el aventurero Phillip Lombard y la joven Vera Claythorne) son invitadas a pasar unos días en una isla privada por el misterioso señor U.N.O. Anfitrión que no aparece para recibirlos pero que sin embargo les revela en una grabación que los irá eliminando uno por uno para que paguen por una serie de crímenes de los que quedaron impunes.

Cada asesinato sigue la pauta de una canción infantil y también desaparecen unas figuritas de negritos de porcelana en el salón de la mansión.

He aquí la letra de la canción que guía al desconocido justiciero a repartir justicia por su cuenta –cuya versión española estaba protagonizada por diez perritos– y que quizá se trate, con Mambrú se fue a la guerra, de una de una de las composiciones más tristes que me obligaron a aprender en mi niñez:

Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se asfixió y quedaron
Nueve.
Nueve negritos trasnocharon mucho.
Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron
Ocho.
Ocho negritos viajaron por el Devon.
Uno de ellos se escapó y quedaron
Siete.
Siete negritos cortaron leña con un hacha.
Uno se cortó en dos y quedaron
Seis.
Seis negritos jugaron con una avispa.
A uno de ellos le picó y quedaron
Cinco.
Cinco negritos estudiaron derecho.
Uno de ellos se doctoró y quedaron
Cuatro.
Cuatro negritos fueron a nadar.
Uno de ellos se ahogó y quedaron
Tres.
Tres negritos se pasearon por el Zoológico.
Un oso les atacó y quedaron
Dos.
Dos negritos se sentaron a tomar el sol.
Uno de ellos se quemó y quedó nada más que
Uno.
Un negrito se encontraba solo.
Y se ahorcó y no quedó…
¡Ninguno!

Tarareada ahora tiene su gracia siniestra.

Y si no han leído la novela pueden hacerse una idea de cómo van desapareciendo sus protagonistas…

En fin, que eso era todo.

Saludos, con el fantasma de Hercules Poirot de compañía, desde este lado del ordenador.

‘Yeyo’-el-de-la-Rambla

Miércoles, Septiembre 9th, 2009

En estos días en los que me despierto y ando, y en los que he tenido tiempo por fin para reconciliarme conmigo mismo y la ciudad que considero mía porque me veo reflejado en sus rincones y plazas, en sus calles y en sus avenidas sin nombres franquistas, suelo acordarme sobre todo cuando paseo por el pedazo de Rambla que forma parte de mi existencia, o ese tramo que va de la plaza de Toros (¿no iba a ser de Todos?) al kiosco de la Paz, de Eugenio Yeyo Millet. Es probable que haya quien se pregunte ¿y quién demonios fue Eugenio Yeyo Millet? Baste decir que fue, probablemente, uno de los mejores poetas canarios de la última mitad del siglo XX y a quien tuve la oportunidad de mal conocer.

La editorial Baile del Sol publicó hace varios años el libro Pasto lascivo y otros poemas. Poesía incompleta 1979-1991 de Yeyo, edición al cuidado de Coriolano González Montáñez, y el único libro del que al menos tengo noticia que recoge casi todo el trabajo que pergeñó este individuo escandaloso para una capital de provincias como era y sigue siendo Santa Cruz de Tenerife. Miedosa a toda clase de excentricidades si no es en Carnaval.

Conocido por casi todos como Yeyo-el-de-la-Rambla (*), Eugenio Millet Rodríguez fue lo que se dice todo un personaje en aquél Santa Cruz postapocalíptico de los años ochenta. Y una luz demasiada incómoda en esa Rambla provinciana en la que nos cobijábamos todos los rambleros.

Yeyo siempre se declaró homosexual y comunista. Entiendo que fue una pose, porque más que comunista Yeyo fue un anarquista con todas sus letras. En aquellos años sin plomo generó una pequeña y divertidísima polémica en la página Borrador, que publicaba Diario de Avisos al cuidado de Fernando Senante, enviando a su responsable unos poemas con una introducción de Andrés Sánchez Robayna de la que se apropió sin permiso del autor. Tuvo miga aquel gesto osado y canalla. Tanto, que todavía se evoca con una sonrisa la rabieta que originó en los mentideros culturales y culturetas de la isla que lo vio nacer…

Escritor, poeta, bohemio y homosexual declarado mucho tiempo antes de que vinieran los tiempos de la normalización, Yeyo fue un tío que intentó siempre hacer lo que le ordenaba su corazón. Un bala perdida para muchos pero para otros un sujeto entrañable, asombrosamente tímido y quizá por ello con un notable sentido del humor que desarmaba.

Un vagabundo y un corredor de distancias cortas, quizá demasiado cortas, aunque eso no fue obstáculo para que peleara con su lengua hasta que el peso de la vida le resultó demasiado mareante. Un hombre libre, pese a las cadenas que esta sociedad chicharrera le ponía todos los días; uno de esos tipos que noto tanto en falta hoy en este Santa Cruz de pesebre en el que habito. En esta isla de tontería en la que me muevo. En este archipiélago cuya memoria no sale de los idealizados aborígenes y de la generación que forjó Gaceta de Arte.

Sí, ¿qué pasa?

En estos tiempos que vivimos, y en los que mis mejores amigos se refugian en discursos conservadores de tiempos enfermizamente pretéritos, Eugenio Yeyo Millet me vendió otra manera de ir por la vida, esa que sólo mastican los hombres sabios: ¿para que miras el dedo si lo que importa es la luna?

Lo noto en falta. Ya no hay estrellas fugaces como Yeyo Millet en mi Rambla moribunda. No sé si es un problema de vivir en provincias o de pertenecer a un país como España, pero gente como Yeyo son de esas que sí merecen una estatua en la Rambla. Creo que le habría hecho gracia esta iniciativa que nunca tendrá lugar.

Yo pondría debajo de su nombre tallado en mármol: “supo exhibirse sin pudor”. También el título de uno de los mejores poemarios de lo que nos dejó constancia: “el amor es un tigre disfrazado de mariposa”.

Un genio.

(*) El segundo número del fanzine Papel pal culo publicó la primera y creo que única entrevista con Eugenio Millet. Un texto delicioso, y tremendamente actual vuelto a leer desde la distancia.

Saludos nostálgicamente rambleros desde este lado del ordenador.

Ha muerto José María Millares Sall

Martes, Septiembre 8th, 2009

Ha muerto el poeta y premio Canarias de Literatura José María Millares Sall. Tenía 88 años de edad, aunque deja detrás una producción con títulos ta destacables como Liverpool o Ritmos alucinantes. Les animamos a que pinchen este enlace y lean el artículo que el también escritor Luis León Barreto le dedicó el pasado 25 de julio en La Opinión de Tenerife.

Saludos de urgencia desde este lado del ordenador.