Archive for the ‘El Blog de El Escobillón’ Category

Un nuevo y bizarro capítulo del serial ‘Nuestro recordado cine Víctor. ¿Muerto y enterrado?’

Miércoles, Diciembre 2nd, 2009

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Si el polémico cierre (o abandono) por parte del Cabildo de Tenerife del cine Víctor suscitó polémica precisamente por una mala campaña de comunicación al advertirse pocos meses antes de su defunción a los espectadores –tras un patético secretismo a voces– aquello de se acabó lo que se daba, debo confesar que me sorprende y abruma la tenacidad que tienen los miembros que se agrupan en torno a la UPAC (Unión Profesional Audiovisual de Canarias) por revivir al muerto cada cierto tiempo. Hoy mismo, anuncian negociaciones que ilumina el cada día menos iluminado corazón de quienes pensamos que los santacruceros, y los habitantes de las islas en general, guardan una deuda histórica con el palacio cinematográfico por excelencia del archipiélago.

Leo así esta mañana una noticia en la que se anuncia que la UPAC iniciará el próximo año nuevas rondas de conversaciones con el objetivo de “cerrar” acuerdos con los organismos públicos para la reapertura de la sala. Sala cuyo proyector dejó de derramar ilusiones en celuloide un trágico e infame 31 de diciembre de 2008.

La información destaca que, al parecer, hay voluntad por escuchar propuestas por parte de la santísima trinidad a la que se quiere implicar en el asunto: el Ayuntamiento de Santa Cruz, el Cabildo de Tenerife y el Gobierno de Canarias, pero personalmente y a estas alturas de la prórroga, este delicado presunto interés me suena más que nunca al cuento de ¡qué viene el lobo! O el de la niña que de tanto tomarle el pelo a sus vecinos pidiendo auxilio por un lobo que no existía acabó siendo devorada por un lobo real porque ya nadie hacía caso de sus gritos de socorro.

Si algo bueno tiene el empeño de la UPAC, pese a todo, es que cada dos por tres insiste en que continúa con su idea de reabrir el Cine –aunque no tengamos muy claro con que objetivos, pero atendiendo a las siglas imaginamos que culturales–, lo que ha originado que el nombre del Víctor aparezca y desaparezca cada cierto tiempo en los medios recordando a la ciudadanía que ese palacio diseñado por el arquitecto José Enrique Marrero Regalado (el mismo señor que diseñó, paradójicamente en esta historia de paradojas, el Cabildo tinerfeño) sigue estando presente. Como si se resistiera a desaparecer de nuestra memoria.

Ya lo hemos denunciado en este mismo blog, pasar delante del Víctor es una de las experiencias más amargas para cualquier tinerfeño que se precie. Atisbar por el enrejado el estado en el que se encuentra su antaño lujosa entrada produce, sencillamente, grima. Ya podrían los dueños, al menos, adecentar su aspecto. Cada vez que lo veo, pienso en esos esplendorosos edificios habaneros envejecidos prematuramente por desidia. No sé si isleña.

Pese a sus irregularidades, creo como santacrucero que mi ciudad no es fea, tampoco una urbe para tirar voladores pero algo me reconcome la cabeza cuando asisto escandalizado a cómo estamos dejando que se afee cada día un poquito más. Y un poquito más también. Como si a nadie le importara un pimiento.

Claro está que nos queda La Laguna.

Y sus noches en blanco.

Que los dioses nos cojan pues confesados.

Saludos, hermanas y hermanos, desde este lado del ordenador.

La maldición del hombre lobo: muere Jacinto Molina. Vive Paul Naschy

Martes, Diciembre 1st, 2009

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No tenía un físico resultón. Ni siquiera una cara inquietante. Su cuerpo, forjado en la disciplina de la halterofilia, no era lo que se dice muy felino, más bien robusto, pero aquel que comenzó siendo Jacinto Molina y para todos nosotros Paul Naschy consiguió a base de tenacidad y un amor al fantástico desarmante lo que parecía imposible, que se codeara en vida, y desde hoy en el reino de los no muertos, con los más grandes actores y actrices del género de terror.

¿Escuchan el lamento de los lobos? Lloran mirando a la luna llena y plateada porque se les ha ido de juerga eterna uno de los hombres que más contribuyó a consolidar el mito del licántropo en el cine. Naschy fue Waldemar Daninsky, aquel personaje trágico que se transformaba en un hombre peludo y rabioso pese a que su otra mitad humana, encadenada y doliente, se esforzara por pasar el mono mientras era sacudido por la metamorfosis que nos aqueja a todos aquellos que hemos sido marcados por El Lobo.

Paul Naschy forma parte ya de la Historia del cine fantástico y no sólo del todavía subdesarrollado cine español. Si Naschy era su nombre artístico, Daninsky fue el personaje por el que muchos aficionados lo recordaremos cuando nos llame también la hora de la tumba.

Con graves problemas de alopecia en los últimos tiempos, pero siempre pinta de tipo simpático, Naschy se hizo querer entre los aficionados que crecimos con su cine. No daba miedo, o al menos a mí nunca me dio miedo, pero cada una de las películas que protagonizó e incluso dirigió, vistas hoy siguen siendo igual de audaces y delirantes que por aquel entonces, lo que pide a gritos urgentemente su recuperación.

Recuerdo la de sonrisas cuajadas de horror que me provocaron filmes como El jorobado de la morgue, una cinta con ecos lovecraftianos de una dureza loca irrepetible. También su estremecedora composición de Gilles de Lancre (una suerte de zombificado y retorcido Gilles de Ray) en la descacharrante y demoledora El mariscal del infierno. O en El espanto surge de la tumba y también en Exorcismo. Largometrajes todos ellos que no harán pestañear a los aficionados al cine serio –o ese que no sé yo si sus seguidores se toman tan en serio–, pero que conmueve porque forma parte de la memoria cinéfila de quienes nos curtimos sin sonrojo en las sesiones de cine de barrio.

Escucho el aullido triste de los lobos y comprendo que yo también soy de aquellos que tiene la marca del licántropo metida en el alma. Por eso, enterarme hoy por un frío mensaje telefónico que nos ha dejado el hombre pero no el mito, me llena de una tristeza extraña. Tristeza porque en este país que apoya la producción de películas que sólo ven familiares y amigos del director y sus actores, disfrazadas casi siempre de incomprensible comedia, Naschy se empeñó en hacer cine fantástico pese a que la ridícula Industria nacional lo mirara con desprecio y la crítica cegata se cebara en su contra acusándolo (en el mejor de los casos) de aficionado. Afortunadamente, Daninsky no les prestó mucha atención, aunque humillado y ofendido continuó haciendo su trabajo lo mejor que pudo: con loable entusiasmo e independencia. Y ese entusiasmo e independencia supo contagiárselo a espectadores de todo el mundo, donde para algunos es una leyenda venerada como en el insólito Japón.

Hace unas semanas leí un estupendo artículo de Juan Manuel de Prada en el suplemento cultural del ABC, ABCD de las artes y las letras, donde elogiaba El huerto del francés, la segunda película como director de Jacinto Molina. Impecablemente escrito, el autor de Las máscaras del héroe defendía un título de nuestro habitualmente aburrido y ombliguista cine español, dando a entender a quienes lapidaron a Naschy cuán equivocados estaban al no saber valorar el talento de nuestro peculiar fabricante de pesadillas nocturnas.

Claro que estas cosas pasan.

Así que será fruto de la casualidad, hermanas y hermanos licántropos, pero mañana miércoles tenemos luna llena.

Saludos, encadenado y aullando, desde este lado del ordenador.

Empezamos bien y terminamos muy mal

Lunes, Noviembre 30th, 2009

LA COSA VA MUY BIEN

No he visto todavía una película de Yolanda Ferrera pero escuchando las entrevistas y viendo las piezas que edita el diario digital loquepasaentenerife, algo me llama poderosamente la atención de su trabajo. Su a-u-t-e-n-t-i-c-i-d-a-d. O esa mirada rabiosamente desprejuiciada que me hace pensar que una cámara a veces puede convertirse en ojo de la verdad. A la espera de bucear en el fascinante realismo de esta directora, les aconsejo a que despejen la mirada ante lo que cuenta y muestra con aplastante inocente verdad. Deja desarmado a cualquiera.

Y MEJORA

El Círculo de Amistad XII de Enero acoge mañana, martes, a las 19.30 horas, la presentación del libro Los invisibles de Kolda. Historias olvidadas de la inmigración clandestina, del periodista José Naranjo con fotografías de Magec Montesdeoca. Organizado por la Fundación Pedro García Cabrera, el acto contará con el periodista y el reportajero gráfico citados, así como con el presidente de la Fundación, José Luis Rivero Ceballos. Los invisibles de Kolda, editado por Península en su colección Atalaya, propone una reconstrucción periodística del drama de un cayuco en el cual los 160 ocupantes fallecieron ahogados mientras cruzaban el Atlántico con destino a Canarias un trágico 23 de abril de 2007.

HASTA TIENE AGRADABLES SORPRESAS

La asociación cultura equipo PARA estrena nueva página web: http://www.equipopara.org.

PERO ACABA CON LA DEMOLEDORA AMANECIDA

La verdad es cuando me tropiezo con ellos la noche de los domingos mientras zapeo aburrido me hace pensar lo aparentemente raro que debo de ser. Claro que esa extraña sensación me pasa con casi todos los contenidos de la Televisión Autonómica Canaria, cadena que pagamos todos los canarios y que ha mandado al destierro la Cultura. En fin. Escribía que siento que no soy de este mundo de ohs mamá bandera tricolor porque harto de la afición al pan y circo que tienen los de la Nuestra, no dejan de darme la lata con que su programa más visto no son ni los deportivos, ni el que presenta Artiles, ni los de sucesos (o informativos, porque lo mismo da) sino los que perpetran los integrantes de eso que se llama En clave de ja. Claro que soy un rato raro, raro, raro. Los Clave han puesto a la venta un dvd titulado De risa y corriendo que animo a que adquieran todos los que quieran hacer un regalo a su peor enemigo en estas fechas tan señaladas como son las Navidades.

He dicho, que se dice.

Saludos, jartos, jartos, jartos, desde este lado del ordenador.

La amenaza fantasma: Vicente Mora contraataca

Domingo, Noviembre 29th, 2009

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Gracias a elintenso tengo noticia de que la productora Atlantia Canarias (esa misma que tiene aún su página web en construcción y entre sus proyectos supercalifragilisticoespialidosos rodar en las islas una nueva y multimillonaria versión de  Papillon) anuncia ahora una serie televisiva de intriga que bajo el título de Divine, “recreará diversos hechos extraordinarios protagonizados por un grupo de personajes a la deriva tras la pérdida de valores”.

La información, extraña e inquietante como todas las que rodea a quien está detrás de Atlantia Canarias, se publica hoy en Diario de Avisos, y será defendida el martes y el miércoles próximos por Vicente Mora ante inversores de la Reserva de Inversiones Canarias (RIC). Cabe destacar que Mora es uno de los invitados de las jornadas Alternativas de inversión RIC en la Nueva Economía (pinchar enlance: http://www.proexca.es/convocatoria.jsp?DS21.ID=40245) que se celebra esos mismos días.

Leyendo la noticia debo confesar que lo que más me seduce de la serie que ahora pretende vender Mora es la que sirve de línea argumental: “personajes a la deriva tras su pérdida de valores”. Añádase a eso unas pizcas de filosofía, religión, política, finanzas, crisis de identidad, fenómenos extraños, nueva espiritualidad y del puchero resultante obtendrá “una historia de intriga y toques fantásticos, como respuesta a la pregunta: ¿Qué sucede cuando se pierde la fe?”

Por lo que me permito preguntar eso mismo: ¿qué sucede cuando se pierde la fe?

Si Papillon iba a contar con un presupuesto de 90 millones de euros y el filme biográfico sobre el poeta Miguel Hernández 25 millones de euros, Divine rondará unos 1,5 millones de euros por episodio (se avanza que serán 13 con una duración de 42 minutos). La cosa, dice, está inspirada en una idea de Bernardo G. Reinfeld (el apellido se parece, curiosamente, al de Reinfield, el primer huésped de Drácula, aquel que se vuelve loco y sólo come moscas y otros insectos mientras espera en el manicomio la venida del señor de los no muertos) y Vicente Mora como artífice del megatrónico y moderno proyecto.

Como en otras informaciones leídas de este hombre, se “contará con equipo y localizaciones en Canarias. El teaser (primer conjunto de imágenes que se publican) de Divine ha sido dirigido por David Pantaleón, premiado con la Estrella Roja del Festivalito de La Palma y el Primer Premio de Canarias Rueda por Perro Rojo; con fotografía de David Olivera; edición de Vasni Ramos; y dirección de producción de Ceci Chaves. Cuenta con un equipo canario compuesto por 36 personas.”

No contento con esto, Mora avanza que además de Divine, Atlantia Canarias desarrolla en la actualidad otros productos de inversión como la Ciudad del Audiovisual (le animo a que pregunte sobre este mismo proyecto en el municipio de Adeje donde al parecer lo quieren tanto…), películas de corte internacional (¿Papillon contraataca?), series de animación, aplicaciones de videojuegos, nuevos sistemas informáticos, plataforma de financiación a través de la Red, derechos sobre novelas best sellers y videojuegos…

Lo que me hace concluir: Otra vez Vicente. Mora, por supuesto.

Saludos, a lo fantasías animadas de ayer y hoy, desde este lado del ordenador.

As time goes bye

Sábado, Noviembre 28th, 2009

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- “¿Sabes?, si vas a guiar a la gente, tienes que tener adónde ir.”

Todos tenemos películas que por una razón u otra supieron sacudirnos. Películas que desde ese entonces te acompañan y que te mostraron sin ironías los fantasmas que se agarran a tu espíritu. Esos espectros empeñados en quedarse contigo hasta el final de tu existencia. La edad te va liberando de algunos de ellos, es verdad, pero también se te cuelan otros nuevos. Vampiros que te piden permiso con una sonrisa en los labios antes de que los dejes entrar. Y una vez instalados, los miedos más retorcidos se ramifican hasta atontarte un poquito más de lo que estás.

Afortunadamente, les digo, hay películas, conversaciones, libros, pinturas, músicas, tebeos, que por arte de magia te enseñan a combatirlos, a defenderte de sus garras invisibles. No sé a ustedes, pero cuando me refugio en la cómoda y placentera soledad que me he construido si hay algo que le exijo a un cuadro, a una fotografía, a una película, a un libro, a un tebeo o a una canción es que me libere de esos fantasmas caprichosos. O lo que es lo mismo, que contribuya a que sea mejor persona o al menos que sirva para enseñarme a soportarme.

- “Hasta las sociedades más primitivas sienten un respeto innato por los locos.”

Hay una larga lista de películas que me ayudaron a seguir caminando con la mente algo despejada y un corazón si cabe un poco más grande. Entre esas películas se encuentra un título de Francis Ford Coppola que apenas ha sido reivindicado por los seguidores del maestro. Director de dos obras imprescindibles de la historia del cine como son Apocalypse Now! y la trilogía de El Padrino, Coppola cuenta también con una de esas películas que guardo en mi rincón secreto y que suelo ver cuando intuyo que los espectros de los que hablaba comienzan a conspirar, contaminando mi cabeza con ideas raras.

Esa película es Rumble Fish, títulada delirantemente en nuestro país que es España como El chico de la moto.

Supongo que tuve la suerte de que me pegara tan fuerte porque tenía la edad apropiada. A veces tener la edad apropiada te hace descubrir cosas maravillosas. El guardián entre el centeno, Batman año 1 o Rumble Fish.

- “Cielos ¿cuánto tiempo me queda?, me quedan 35 veranos, piénsalo: 35 veranos.”

La vi en Madrid en uno de esos cines gigantescos que tenía Madrid antes de que las multisalas se empeñaran en trocearlos. El cine estaba ubicado próximo a la Gran Vía y adornaba su fachada uno de aquellos cartelones dibujados con el cartel de la película. Fui con un grupo de amigos y como me sucede a veces, creo que yo quería ver otra cinta antes que la de Coppola. Miraba con recelo aquella nueva apuesta juvenil del cineasta porque no guardaba buen recuerdo de su Rebeldes, también basada en una novela de la interesante escritora Susan E. Hinton. Supongo que al final me convencieron a que entrara con ellos porque no me apetecía meterme solo en otro cine. Así que siempre les estaré agradecido a esa gente que se empeñara en que la viera con ellos porque Rumble Fish fue para aquel estudiante de provincias una revelación.

Los ojos abiertos. Devorando la pantalla. Entregado a una historia tan sencilla que por eso se hace compleja y con la extraña sensación de que Coppola estaba contando mi historia a través de otros. Identificándome con un Mickey Rourke en estado de gracia que ya no quiere ser líder de nada. Asqueado de su pasado y presente, de ser un mito hecho carne para su hermano, interpretado por un Matt Dillon también en estado de gracia. Me enamoré, como es natural, de la caprichosa novia de Rusty James, una Diana Lane que corroboró una vez más que los caballeros las prefieren rubias aunque se casen con las morenas, y me conmoví con aquel padre borracho con cara de Dennis Hopper; el camarero filósofo con jeta de Tom Waits (cuyo personaje Benny dice: “El tiempo es una cosa muy curiosa. Un elemento muy curioso. Cuando eres joven, eres un niño, tienes tiempo para todo. Luego pasas un par de años de aquí para allá y no es importante. Pero cuanto más viejo eres, más te preguntas: ¿Cuánto tiempo me queda?”) o ese policía canalla con pinta de William Smith (el odiado Falconetti de la serie Hombre rico, hombre pobre).

Y el paso del tiempo, loco y veloz, que Coppola plasma con relojes. Relojes que no paran de andar. Y un blanco y negro poderoso que es como debe de ver la vida el daltónico Chico de la moto aunque haya color cuando aparecen los famosos peces de Siam, esos que viven atacándose entre ellos toda su existencia. Incluso a su propio reflejo cuando ya no queda ningún semejante en la pecera.

- “Una percepción aguda puede volverte loco.”

He visto Rumble Fish lo que se dice un montón de veces después. Embriagado por esa banda sonora escrita por el batería de The Police, Stewart Copeland, y descubro siempre cosas nuevas pese a que me la sepa casi de memoria. Claro que eso pasa siempre con las películas, los tebeos, los cuadros, las canciones, las fotografías que te han marcado al rojo vivo.

- “Tu hermano no pertenece a este mundo. Nació en la orilla equivocada.”

La vuelves a ver y sientes que los fantasmas que se agarran desesperadamente a tu cabeza desaparecen como enloquecidos, casi heridos de muerte. Te sientes así mucho mejor cuando llega el The End, y te quedas noqueado viendo los títulos de créditos finales preguntándote una vez más qué grande es el cine.

Qué grandes, demonios, es el cine.

NOTA: Todos los diálogos corresponden, obviamente, a Rumble Fish.

Saludos, mientras el tiempo pasa, desde este lado del ordenador.

Algunos de mis cuatrocientos golpes

Viernes, Noviembre 27th, 2009

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Cuando era un adolescente me gustaba matar el tiempo recorriendo los cines de la capital tinerfeña para ver los carteles de las películas de estreno. Me encantaba observar aquellas fotografías congeladas que se exhibían en el Baudet, el Price, El Víctor, el Rex, el Cinema Victoria, el Teatro San Martín, el Royal Victoria antes de que se transfigurara en subterránea sala X, y otros tantos cines que había repartidos por Santa Cruz de Tenerife.

Pensaba cuando observaba los carteles de qué trataría aquella película. Y disfrutaba bastante al recrear con la imaginación el argumento de los largometraje para mayores de 18 años, cintas que en aquel tiempo estaban vedadas para mis ojos.

Les aseguro, no obstante, que cuando me hice lo que se suele decir mayor sí que tuve la oportunidad de ver muchas de esas películas pero la verdad es que la mayoría me resultaron auténticos tostonazos, por lo que permítanme que les diga que desde ese entonces le estoy muy agradecido a mi imaginación, que para mí consiste en el acto de fundirme los plomos de la cabeza para reconstruir cosas absolutamente (in)útiles. Al final me he acostumbrado a vivir con esta dependencia: la de abstraerme en mi propio universo mientras lo real (¿?) gira distorsionado y enloquecidamente a mi alrededor.

El caso es que, siendo aún un adolescente, un día me armé de valor y le pregunté a uno de los acomodadores de aquellas salas si había la posibilidad de que me dejaran algunas de aquellas imágenes cuando la película se retirara de cartel. El acomodador, que en mi imaginario todavía lo veo como una especie de cancerbero uniformado del palacio de los sueños, o no me hacía caso o me señala con el dedo la puerta, de la cual salía terriblemente humillado y, naturalmente, con la manos vacías.

A pesar de aquel muro (uno de los primeros con los que me tropecé a lo largo de esta existencia) continué con la misma petición a los acomodadores de todas las salas a las que iba (en especial las sesiones de los domingos a las 4 de la tarde y los sábado a las 18.30 horas) con la esperanza de saltar aquella barrera. La respuesta, sin embargo, solía ser la misma: silencio. Aunque en cierta ocasión uno de aquellos hombres tuvo la gentileza de decirme que no podía dármelos porque no eran suyos.

Harto de las negativas, un buen día le di de alimentar a mi escaso coraje y en una sala cuyo nombre no voy a revelar, y sin que nadie se diera cuenta, zas, sisé una de aquellas imágenes. Todavía la conservo en casa y debidamente enmarcada: King Kong, la versión de 1933, of course. En el cartel se ve al rey de los gorilas en la cima del Empire State machacando con sus manazas uno de aquellos malditos biplanos de la fuerza aérea estadounidense.

Aquel primer éxito hizo germinar la semilla de la maldad en mi corazón. Así que dando de comer un poco más a mi coraje, estuve un tiempo dedicándolo al inocente acto delictivo de llevarme por la cara los carteles de los cines de la capital tinerfeña. Me creía una especie de Fantomas cinéfilo y de provincias. Un Fantomas de chiste.

Lo mejor del caso es que a través de aquellos actos, ahora pienso que delirantemente fetichistas, comencé a ser conocido en aquellas salas porque descubría emocionado y también mosqueado –la verdad sea dicha– que cada vez me lo ponían más difícil para conseguir mi objetivo. A pesar de ello, este desafío en vez de apagar aquella fiebre estimuló, si cabe, mis cazas furtivas. Por un lado, me volví más cauto e incluso llegué a elaborar rudimentarias herramientas para hacerme con más carteles… Más carteles, independientemente de que me gustara o no la película.

Ahora sé que lo que había comenzado como una inocente travesura adolescente se estaba convirtiendo en una compulsión enfermiza. Lo mejor del caso, sin embargo, es que una mañana supongo que de domingo porque no había nadie en los alrededores de aquel histórico cine, me topé por casualidad con otro compañero de fatigas.

No. No nos conocíamos pero ya que íbamos a lo mismo acordamos repartirnos equitativamente el botín como buenos miembros de la hermandad de la costa. Hicimos nuestro trabajo, cada uno se llevó lo que quería y sin darnos la mano ni nada que se le pareciera, nos fuimos por caminos separados. Nunca volví a ver aquel personaje, que creo tenía más o menos mi misma edad. Pero pienso muchas veces en él. No sé si se fue de la isla, si se hizo abogado o cocinero. Si hoy está en el paro o se ha convertido en barrendero. Igual hasta ha muerto. La verdad es que no lo sé. El caso es que tengo la sensación de que aquel encuentro forma parte de una de las alianzas más extrañas y también fructíferas de mí, ya les digo, fatigada existencia.

Años más tarde, y superada aquella fase, viendo los 400 golpes de Truffaut descubrí que su joven protagonista también sisaba un cartel de cine, hecho que, obviamente, hizo que a partir de entonces sus trabajos pasasen a formar parte de mi selecto y bizarro club de  filmes favoritos. Truffaut es otro hermano de la costa, otro pirata sin barco… Otro loco, loco (in)útil.

Infectado así desde edad muy temprana con el virus –yo diría más que del coleccionista con el del compilador compulsivo de todas aquellas cosas que me hacen un poco más grata la vida– me inicié años más tarde en ese submundo conociendo a verdaderos amantes de los objetos. Y en el caso al que me refiero, de todo lo que estuviera relacionado con el cine.
Admito, no obstante, que no me hizo mucha gracia pertenecer a esa (supongo) honorable sociedad. Ya no estaba para monomanías ni para caprichos obsesivos. De esa manera, el virus coleccionista se fue escapando silenciosamente de mi cabeza como una de esas malas gripes que te atonta los días.

En estos días de estupideces varias, observo todos los trastos que he acumulado y me entran ganas de mandarlo todo a paseo. De desembarazarme de aquellos carteles, volúmenes, discos, películas y tebeos porque no está en mi ánimo que me entierren como a un faraón rodeado de todos estos cachivaches. No creo que me sirvan si me voy al otro mundo o termino reducido a la nada. Así que espero que todos estos objetos antes de ser incinerados acaben en una biblioteca pública o privada. O en el Rastro. O Rastros.

Ahora que lo pienso, esta sí que sería la mejor manera de dejar rastro de mi paso por este mundo que cada día entiendo menos.

Saludos, de un Fantomas de chiste, desde este lado del ordenador.