Archive for the ‘El Blog de El Escobillón’ Category

África, África, África

Domingo, Septiembre 27th, 2009

Por razones que sí vienen al caso he tenido abandonado el blog durante dos días exactos. Y apunto lo de razones que sí vienen al caso porque mi conexión con Internet se me ha caído en varias ocasiones pero sobre todo porque todo este tiempo lo he aprovechado para viajar a África sin salir de Canarias, que también es África para quien no se haya enterado.

Así que mientras escribo estas líneas tengo la sensación no sé si de ser un hombre nuevo, pero sí un tipo con una renovada amplitud de miras para observar mis realidades y alrededores.

El Salón Internacional del Libro Africano (SILA) y el Encuentro de Editores en Canarias se celebró este año — hoy domingo clausura–, en el Castillo de San Felipe del Puerto de la Cruz, ciudad en la que del 24 al 27 de septiembre se ha vuelto a oír hablar en francés, inglés, portugués y español pero con acentos diferentes y diferenciados. Por eso, son muchas las sensaciones que se agolpan en mi cabeza mientras intento escribir una crónica de urgencia sobre esta gratísima experiencia, así que permítanme que les asegure que he tenido la sensación de estar en otro mundo. O un limbo que no era Tenerife ni Canarias porque me ha dado la oportunidad de asistir a encuentros, mesas redondas, presentaciones de libros y diálogos donde algunos de los más destacados representantes de las editoriales y escritores africanos han debatido junto a editores y escritores canarios y peninsulares de una literatura como es la africana que todavía –y ojalá SILA consiga lo contrario— continúa siendo demasiado desconocida en España y en esta región desestructurada y cada día más canalla como es Canarias.

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Regreso a Santa Cruz de Tenerife con una maleta repleta de libros, direcciones y teléfonos que me apresuro a anotar en mi agenda, y algo tarumba también por haber vivido en esta que es mi isla una experiencia tan grata culturalmente hablando.

He tenido la oportunidad, además, de perfeccionar mi olvidado portugués con amigos de Cabo Verde, Guinea Bissau, Angola o Mozambique, así como la de darme cogotazos en la cabeza por no haber estudiado francés (ruego a los dioses que se mejore las traducciones simultáneas en futuras ediciones) cuando los que intervenían eran editores y escritores de Congo, Mali o Senegal.

Y es que gracias a SILA me he encontrado con amigos con los que he pasado el tiempo hablando de esa cosa que tanto nos gustan como son los libros.

Pese a contar con un presupuesto de risa, la organización ha logrado lo que parecía imposible, que una producción de serie Z pareciera de serie A, y todo eso sin perder el tiempo en tontas divagaciones sino cogiendo al toro por los cuernos gracias a una cuidadosa y muy estudiada selección de invitados. Regreso a mi cada días más muerto Santa Cruz con la extraña sensación de ser algo más sabio, y sobre todo sin la mosca detrás de la oreja porque así es como deben de hacerse las cosas cuando se diseñan encuentros de estas características: estar presentes todo el rato. U orquestando con una aparente sencillez, pero me consta compleja mano maestra, a que todo saliera con la misma precisión de un reloj pero sin su implacable y matemática perfección.

Esta ha sido la razón verdadera de que no haya actualizado el blog estos días. Días que han sido de auténtico y poderoso aprendizaje. Días en los que por una vez ya no cuentan las horas sino el intercambio de ideas y la reflexión.

No he dejado de pensar todo este tiempo el papel fundamental que puede jugar el archipiélago para promocionar hoy la literatura africana, pero quizá también mañana su cine, su plástica, su música… Si a lo largo de todo este tiempo se nos ha intentando convencer a los canarios que el archipiélago ha jugado a ser una especie de puente entre España y Latinoamérica, ya va siendo hora que nuestro ilustre (aunque mucho me temo que poco ilustrado) Gobierno de Canarias se dé cuenta de una vez que África existe no sólo como plataforma donde hacer negocios con dictadores cuyas manos están manchadas de sangre sino como puente (digámoslo así) de promoción de su intenso motor cultural. Tan fuerte y nuevo que es capaz de hacer mover montañas.

Escuchar a escritores y editores como Donato Ndongo, Tassadit Yacine, Landry-Wilfrid Miampika, Hamidou Konate, Waldir Araujo, Justo Bolekia, M’bouh Seta Diagana, Henri Lopes y Jacques Dos Santos, entre otros, ha sido un regalo cultural que a mi edad (y no me tiren más de la oreja cuando me pongo en plan abuelito Cebolleta) no esperaba, francamente. Y mucho menos en una isla, en un archipiélago, que salvo honestas iniciativas como el SILA, es tan poco dado a dar Cultura como debe darse la Cultura: a través del diálogo, el intercambio de opiniones y de experiencias.

El escritor y editor Manuel Pimentel puso la noche del sábado el dedo en la llaga durante su intervención en una mesa redonda en la que compartió palabra con los también escritores Antonio Llaguno y Pablo Martín Carvajal, al señalar que “Europa siempre ha visto África como un continente sumido en el dolor. Experiencias como SILA quizá puedan demostrar que se trata de un territorio con un profundo y visionario dinamismo cultural”.

Y de eso se trata. Y SILA, pese a su raquítico presupuesto, lo ha conseguido con creces.

Saludos, notablemente entusiasmados, desde este lado del ordenador.

¿Tiempos nuevos en estas islas de plácida ignorancia?

Jueves, Septiembre 24th, 2009

Muchos se han preocupado a lo largo de la Historia en borrar el paso de incómodos compañeros de cama en el proceso revolucioanrio en el que una vez anduvieron juntos cuando alcanzaron la manzana podrida del poder. Stalin lo convirtió en una herramienta más de su dictadura ¿del proletariado? En la historia soviética post Lenin, personajes tan implicados como Trotsky (que inspira por cierto la última novela del escritor cubano Leonardo Padura) desaparecieron literalmente del mapa. Su imagen se borró de las fotografías y cineramas oficiales, su nombre se perdió en los libros que cantaban la nueva esperanza socialista. Y como él, otros camaradas del partido a los que Koba el terrible fue eliminando con maquiavélico desprecio, temeroso de sus sombras siempre alargadas.

Esta indignante tendencia apenas tiene reflejo hoy en este universo democrático en el que nos movemos, aunque algunos se empeñen todavía en ignorar a sus vecinos por razones en las que mejor no voy a entrar. Esta ha sido una de las conclusiones que me obligan a saludar con alborozo y cierta sorpresa, si tenemos en cuenta que nos movemos en un territorio plagado aún de cierta patente de corso, que los artistas José Dámaso y Santiago Palenzuela hayan sido los primeros premiados por la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel.

Dámaso recibirá el premio Magister, mientras que Palenzuela tendrá el Excelen, el primero de los cuales es para reconocer la trayectoria de un artista consagrado, y el segundo para un creador de talento consolidado que ronde los 40 años.

Los premios se entregarán el 15 de octubre en la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel en un acto que tendrá lugar en el hoy convulso y polémico Ayuntamiento de la capital tinerfeña con motivo de la apertura del curso académico.

Por razones obvias de edad, no soy de la misma generación de Dámaso, y si bien su pintura nunca me ha calado o atravesado el corazón, considero justo este reconocimiento a una labor que fue bastante rupturista en los años 70. En cuanto a Santiago Palenzuela, no creo conocer a nadie que lo conozca personalmente que le caiga mal este creador plástico de risa contagiosa y talento poderoso.

Su última exposición en Tenerife, De alquiler en alquiler… es además de una gozosa invitación a que despertemos nuestros sentidos visuales, una impudorosa reflexión sobre su condición de artista. En ocasiones salvaje, en otras de una franqueza desarmante. De Palenzuela me gustan sus retratos humanos y su personal manera de representar los espacios que habita, su lectura del entorno, que crea obras cuya aplastante sinceridad te clavan la mirada en el cuadro.

Ahora, que vive en Madrid, alejado de la miradas de ombligo canarias, entiendo que su “exilio” forzado haya logrado lo que parecía imposible en un territorio como el nuestro, o el de esta insularidad en ocasiones insultantemente insular, para que una rancia institución como la Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel recompense su labor con un premio que, además de reconocer el trabajo de un veterano como Dámaso, entiendo que también destaca la obra de un artista que, como es el caso de Palenzuela, pertenece a esa generación perdida de creadores tinerfeños y canarios por extensión, que hasta ahora estaban precisamente ubicados en tierra de nadie. O ignorados, ninguneados, como si esos poderosos que todavía tienen la mala costumbre de borrarlos de su vida se sintieran hoy incapaces de omitirlos en esa Historia tan manipulada y sangrante como es la de Canarias.

Mis más sinceras felicitaciones a ambos artistas. También a todos los miembros de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel ya que a su manera (y espero que el ejemplo se repita en futuras ediciones de estos galardones) han roto un pedazo de ese muro de la vergüenza con el que se han empeñado, y se empeñan, en mentirnos a todos los habitantes que habitamos estas islas de plácida e (in)feliz ignorancia.

Saludos, pensando ya que vendrán tiempos nuevos, desde este lado del ordenador.  

Despierta ya, burgués

Miércoles, Septiembre 23rd, 2009

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Me pondrán cantar misa en latín pero nadie me podrá quitar de la cabeza la idea de que hay libros que te esperan pacientemente a que les toque su turno. Casi como si supieran que con la carga de dinamita que van a explotar en tu cerebro buscaran ese momento en el que estás relajado y te sientes capaz de aguantar cualquier bomba que mande a paseo –más o menos– las rutinas en las que por fin has logrado reconducir tu vida.

La obra de Sándor Márai circuló con sobresaliente éxito de público en este país llamado Expaña hace unos años. Si uno bucea en la red se encontrará con artículos elogiosos, también con alguno marciano pero menos, ya que resulta prácticamente imposible opinar en contra de la obra de un autor que ante cualquier asomo de crítica la tritura y transforma en humo insignificante.

Recuerdo que el pasado julio y estando en Gijón el escritor peruano Alonso Cueto fue el primero que me recomendó que me adentrara en su mundo. Cueto no me recomendó, sin embargo, ninguna de sus novelas sino esa especie de memorias que Márai bautizó como Confesiones de un burgués con el fin, pienso ahora, de que nadara en la visión de la realidad de este escritor húngaro que tanto ha contribuido para que en estos tiempos de gañanes, algunos de los que se molestan en pensar le imiten o saquen sus propias conclusiones en su paso por la vida.

Pues bien, me encontraba el otro día con uno de esos amigos a los que quieres por inclasificables y quijotescos cuando me sacó como de un tesoro se trata un ejemplar de Confesiones de un burgués. Me animó también a que lo leyera y como es natural, y en especial porque son días donde uno cuenta hasta el último céntimo de euro que le queda en el bolsillo, le pedí que me lo prestara.

Este es un juego que hago con amigos lectores. El de pedir libros prestados sabiendo de antemano que no me lo prestarán. Todos somos, de alguna manera, hijos de aquella leyenda que colgaba en una de las paredes de la ya legendaria librería Sonora: “libro prestado, libro robado”. No conozco, de hecho, a nadie que haya prestado un libro y que se lo devuelvan en las mismas condiciones a como lo cedió. Y eso en el mejor de los casos, porque generalmente el libro termina sin que vuelva a caer en tus manos. Perdido para siempre.

¡Qué me lo digan a mí, que tuve toda la obra de Guy de Maupassant y que cedí en uno de esos momentos equivocados de la existencia. O lo que es lo mismo: los presté para siempre. Todavía tengo grabado en mi memoria aquel rapto de locura, y como supe cuando le dejaba la bolsa con todos aquellos volúmenes que no volvería a verlos nunca más. O como decimos por estos lares: más nunca. 

Nunca, valga la redundancia, he entendido porqué no se devuelven los libros. Será que la gente no sospecha que te despegas de un buen amigo, al que notas en falta cuando paseas por tu librería y observas ese lugar vacío que al final terminas por ocupar con otros volúmenes con la rabiosa sensación de que ya nada será lo mismo.

Lo siento, Maupassant. Bien sabe Dios la de ratos espléndidos que me regaló con sus formidables cuentos y novelas.

Pero hablaba de Márai, escritor del que al final pude hacerme con sus Confesiones de un burgués con la sombra de la duda en la cabeza, ya que en mi caso no son tiempos estos para gastos excéntricos.

Y he aquí la revelación.

Empiezo a leerlo. Y a leerlo. Y me llaman por teléfono. Y no contesto porque el libro se me cuela dentro. Miro de reojo los dvd pendientes por ver y continuo leyendo. Devorando, alimentándome de las experiencias de un narrador que me sabe a conmovedoras e intensísimas. Un libro que me muestra el mundo a través de otros ojos, y cuyas sensaciones y pensamientos me descolocan porque reflexiono: “eso mismo lo he sentido yo” aunque sea incapaz de traducirlo con tan brillantes palabras.

El caso es que ya no tengo 18 años, ya no tengo 20 años, ya no tengo 30 años y ya no tengo 40 años. Y esas Confesiones de un burgués me hablan con la misma profunda sencillez que cuando tenía esas edades, sólo que ahora estas letras se impregnan en mi cerebro de otra manera. Y me sumerjo como un aprendiz en su lección de Venerable Maestro. Y lloro, río, trago, entiendo… y sigo leyendo. Leyendo ese relato que me desnuda, que me mira y que me dice “no eres tan raro”.

Finalizo estas Confesiones… y siento como cuando me pasó con otros libros que me señalaron el camino: Sigue adelante por penoso que resulte. Y desnuda lo que eres y sientes en un mundo donde ya nadie se desnuda. Extraño y enfermizo pudor el que nos rodea, teñido de dobles sentidos. 

Tardo en hacer la digestión. Leo ahora su ¡Tierra!, ¡Tierra! y llego a la confusa conclusión de que lo que importa es tu relato. Tu vida, tus sensaciones. Como ves el cuadro chillón en el que te intentaron enterrar.

Y piensas que quizás ahora seas libre. Condenación. Libre.

Sólo que te preguntas, cobarde, ¿merecerá la pena?

Y las Confesiones de un burgués te responde: ¡despierta ya para que sigas soñando!

Saludos, confesionalmente burgueses, desde este lado del ordenador. 

‘Diez negritos’ cumple 70 años. Y parece que fue ayer…

Martes, Septiembre 22nd, 2009

Entre los primeros libros que cayeron en mis manos recuerdo, me imagino que como a la mayoría de ustedes, las novelas de Agatha Christie editadas en España por Ediciones Molino. No llegué a leerlas todas, pero sí que devoré en una etapa de mi vida digamos que fundamental, muchas de sus historias de misterio.

Sin embargo, si hubo una novela de esta señora que me llegara al corazón adolescente fue Diez negritos, que es uno de esos pocos títulos que he releído varias veces. Fue tanto el golpe que yo mismo recreaba con soldaditos de plástico el argumento de aquella novela. E incluso inventé un juego –en el que participaban primos y amigos– inspirado en esta historia que ahora cumple 70 años, ya que fue publicada por primera vez en 1939.

De Agatha Christie seguí además con mucha atención las novelas protagonizadas por  Hercules Poirot y su leal capitán Hastings. A Poirot su autora extravagante lo asesinó en la diabólica y maquiavélica Telón, donde la pesquisa consiste precisamente en descubrir quién mató a Poirot. Confieso, no obstante, que nunca me hicieron mucha gracia las historias donde aparecía  la señorita Marple, aquella anciana que hacía funcionar sus células grises sin la gracia del detective belga, aunque es verdad que inspiró la serie Se ha escrito un crimen.

Comencé a dejar de lado las historias de Agatha Christie cuando ediciones Bruguera comenzó a editar a finales de los 70 novelas policíacas en España. Lo que supuso que desde ese momento mis gustos se trasladasen con una devoción que no descansa a lo que hoy se conoce como género negro.

Género negro. Admito que soy bastante radical en mis gustos, ya que entiendo que en una buena novela negra (no detectivesca) sus personajes tienen que estar del lado de los oprimidos y perdedores. O de aquellos investigadores privados que se mueven en tierra de nadie. Personajes que entienden que los grandes delincuentes (políticos y sus cancerberos policías) son igual de malvados que esos otros poderosos que se mueven al margen de la ley.

Con esta lectura, llevo preguntándome desde hace unos años el por qué la novela detectivesca tradicional, la que cultivó con admirable maestría Agatha Christie, cuenta con tan grandes escritoras mientras que uno las puede contar con los dedos de la mano si nos referimos estrictamente al género negro. No puedo meter en este saco, por razones obvias, a la gran Patricia Highsmith. Y no por su celebérrimo Tom Ripley, sino porque lo que escribió esta mujer es literatura con todas sus letras. Trascendió el género. Tampoco a la inquietante Anne Perry, una mujer que si bien cuenta con una biografía para poner los pelos de punta (les remito a los que no se enteren a que vean la mejor película hasta la fecha realizada por Peter Jackson, Criaturas celestiales) sí que ha sabido borrar aquella desafortunada ¿travesura? adolescente con una serie de novelas de misterio donde lo que importa no es quién cometió el crimen sino casi todos los personajes que protagonizan el drama.

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Pero hablaba de Diez Negritos, esa novela que considero una de las mejores de Christie, y cuyas versiones cinematográficas, salvo la dirigida por René Clair en 1945, nunca le han hecho justicia.

Diez negritos cuenta como diez personas (el joven Anthony Marston, el señor y la señora Rogers, los criados; la señora Emily Brent, el general MacArthur, el juez Lawrence Wargrave, el doctor Armstrong, el detective William Henry Blore, el aventurero Phillip Lombard y la joven Vera Claythorne) son invitadas a pasar unos días en una isla privada por el misterioso señor U.N.O. Anfitrión que no aparece para recibirlos pero que sin embargo les revela en una grabación que los irá eliminando uno por uno para que paguen por una serie de crímenes de los que quedaron impunes.

Cada asesinato sigue la pauta de una canción infantil y también desaparecen unas figuritas de negritos de porcelana en el salón de la mansión.

He aquí la letra de la canción que guía al desconocido justiciero a repartir justicia por su cuenta –cuya versión española estaba protagonizada por diez perritos– y que quizá se trate, con Mambrú se fue a la guerra, de una de una de las composiciones más tristes que me obligaron a aprender en mi niñez:

Diez negritos se fueron a cenar.
Uno de ellos se asfixió y quedaron
Nueve.
Nueve negritos trasnocharon mucho.
Uno de ellos no se pudo despertar y quedaron
Ocho.
Ocho negritos viajaron por el Devon.
Uno de ellos se escapó y quedaron
Siete.
Siete negritos cortaron leña con un hacha.
Uno se cortó en dos y quedaron
Seis.
Seis negritos jugaron con una avispa.
A uno de ellos le picó y quedaron
Cinco.
Cinco negritos estudiaron derecho.
Uno de ellos se doctoró y quedaron
Cuatro.
Cuatro negritos fueron a nadar.
Uno de ellos se ahogó y quedaron
Tres.
Tres negritos se pasearon por el Zoológico.
Un oso les atacó y quedaron
Dos.
Dos negritos se sentaron a tomar el sol.
Uno de ellos se quemó y quedó nada más que
Uno.
Un negrito se encontraba solo.
Y se ahorcó y no quedó…
¡Ninguno!

Tarareada ahora tiene su gracia siniestra.

Y si no han leído la novela pueden hacerse una idea de cómo van desapareciendo sus protagonistas…

En fin, que eso era todo.

Saludos, con el fantasma de Hercules Poirot de compañía, desde este lado del ordenador.

Si yo a Cuba le cantara…

Martes, Septiembre 22nd, 2009

Pese a que no me va esa música y soy de los que huyo como de la peste de los macroconciertos que venden buenas intenciones, confieso que me pegué la noche del domingo pasado viendo las aproximadamente cinco horas del Concierto por la Paz entre los Pueblos celebrado en La Habana porque mis vinculaciones con esa hermosísima capital que se desmorona y Cuba me viene de muy atrás. De tan atrás que todavía conservo con insólita lucidez en mi memoria el día en que me dio por adentrarme primero en la revolución que encabezó Fidel Castro a partir de 1953 con el asalto al cuartel de La Moncada, y más tarde por la historia en general de un país donde la palabra España aún se saborea aún con delicioso acento caribeño.

De todas formas llegué a Cuba y sus hechos de la manera más estrafalaria. Les comento, todo empezó en el cine Rex, donde proyectaban Che! de Richard Fleischer. Recuerdo, y era un chaval por aquel entonces, que mientras veía a Omar Shariff interpretando al mítico guerrillero y a Jack Palance a un Fidel que ha perdido la cabeza, pensaba: “esto no puede ser verdad. Esto no puede ser verdad”. He vuelto a ver la película del casi siempre solvente Fleischer un montón de veces, y si bien no es, por razones obvias, uno de los mejores trabajos del cineasta, el paso del tiempo la conserva como una simpática e ingenua cinta anticomunista.

Dos o tres días después de ver la cinta, pude hacerme con una biografía de Ernesto Guevara de igual perfil antimarxista, señalando al Che como una especie de condotiero moderno, un aventurero mercenario al servicio de una idea que, en palabras del genial escritor Guillermo Cabrera Infante, es la siguiente: “el comunismo es el fascismo de los pobres”. Mis lecturas guevarianas se fueron así sucediendo. Es decir, que continué leyendo más biografías sin términos medios, escritas por personas que lo odiaban o lo admiraban. También devoré, porque esa es la palabra exacta, su relato Pasajes de una guerra revolucionaria y su dramático Diario de Bolivia, que ha sido calificado por algún estudioso sagaz como una especie de viaje al corazón de las tinieblas.

Como las lecturas sobre el Che llegaron a cansarme, y el periodo más atractivo de su agitada e intensísima vida se desarrolló en Cuba, es natural que mi atención se pusiera entonces del lado de todas esa obra gigantesca que se ha escrito y se escribirá sobre la Cuba revolucionaria. Trabajos algunos de ellos excelentes, aunque el grueso se decante por estar a favor o no de lo que hizo Castro tras triunfar por goleada política a partir de 1959.

Pasó el tiempo, y ya trabajando como periodista tuve la ocasión de visitar la isla en varias ocasiones para peregrinar por todos aquellos lugares que el sistema castrista ha convertido hoy en santuarios de su envejecida y rancia revolución. Les confieso que estas visitas provocaron poco a poco que mis simpatías por el proceso se fueran desmoronando aunque mi fascinación por La Habana y la isla entera me siguen atrayendo con la fuerza de un imán. En el fondo, sospecho que se debe a que Cuba parece detenida en la década de los 50. O lo que es lo mismo, es una especie de cápsula del tiempo.

Mi pasión por Cuba se ha enfriado levemente, pero continúo siguiendo con atención cualquier visión que a través de los medios de comunicación me proporcionan de ese país con forma de lagarto. Viví así a través de la pequeña pantalla la visita del Papa, el tropiezo de Fidel, el indignante juicio al que fue sometido el general Ochoa y el ascenso reciente de Raúl Castro al poder. También, y a través de you tube, he asistido a las honras fúnebres que se le rindieron recientemente al comandante Juan Almeida, a uno de cuyos hermanos conocí en uno de esos viajes a Cuba en los que me acredité como informador. Y el domingo pasado, contaba, el macroconcierto por la Paz encabezado por Juanes.

Reitero que no soy un aficionado de estas músicas, pero atendiendo a la actualidad cubana con meridiana lealtad día a día, pensé que merecía la pena verlo (y también disfrutarlo) en directo. Globalizados que estamos. Además, y con la mosca detrás de la oreja por los ataques que el exilio furibundo de Miami sigue dirigiendo contra ese país caribeño, cualquier acto que se celebre en Cuba con carácter internacional siempre irá acompañado de la polémica más encendida.

En este sentido, se me puso la piel de gallina al observar como una apisonadora aplastaba en las calles de Miami los discos de Juanes y otros artistas considerados ahora traidores por el exilio. La imagen, de hecho, me recordó a la quema de libros por los nazis, sólo que las páginas de papel fueron sustituidas en esta ocasión por compactos resquebrajados.

¿El concierto? El concierto en sí tuvo momentos emocionales, en especial cuando Juanes animó a que la gran familia cubana fuera una (lo mismo podría haber dicho de Colombia o Venezuela). Claro que, pensé, para que Cuba, Colombia o Venezuela sea una es necesario que en el caso concreto de Cuba la gerotoncracia militar que domina los destinos de la patria de Martí se disuelva y dé paso a un modelo democrático para que toda esa isla (la de dentro y la de fuera) cure de una vez sus heridas. Una de esas venas abiertas de Latinoamérica que Eduardo Galeano no nos cuenta en sus libros vindicativos.

Esta misma mañana he repasado lo que se ha dicho sobre este macroconciertos en las televisiones de Miami, y si bien la conclusión continúa siendo la misma para todos ellos: un rencor que imposibilita cualquier diálogo entre las partes en conflicto, me di cuenta que la solución para Cuba es que todos los viejos (los comunistas apoltronados y los cubanos norteamericanos que sudan hiel) se aparten a un lado para dejar paso a esas nuevas y entusiasmadas generaciones hartas ya de las batallitas de sus abuelos.

Si de algo sirvió este concierto fue para eso. Aunque mucho me temo que los dinosaurios de un signo y del otro no se den por enterados. En Cuba continuará la dictadura castrista y en Miami el empecinamiento de un exilio octogenario que sólo se alimenta de odio.

Saludos, en plan asere que volá, desde este lado del ordenador.

Otra de cortos

Lunes, Septiembre 21st, 2009

* La revista de literatura La Otra de México D.F publicará un artículo de unas 20 páginas sobre la poesía canaria en base al libro Poetas canarios en Buenos Aires, coordinado por Juan Carlos de Sancho. La Otra está dirigida por el poeta y escritor Jose Ángel Leyva.

* Interesante, como todos sus artículos, la reflexión que propone Alfonso González Jerez en la edición del pasado domingo de Diario de Avisos. El título ya indica por donde va la cosa: La cultura a pan y agua. Pasen y lean, no tiene desperdicio, más en estos días de escasez.

* Desde mañana, y hasta el próximo domingo 27, se desarrollará la programación de Espacio Enter Canarias en Tenerife Espacio de las Artes (TEA). El programa previsto para este martes incluye el Festival Internacional de Imagen Digital Experimental a las 12, y a la misma hora, presentación en la entrada de TEA del concurso Acción Enter, que se desarrolla en colaboración con el programa Camara 2.0 – Miradas2 de RTVE. Por la tarde, a las 16:30, en el Espacio Tienda TEA, se inician los Workshop -talleres interdisciplinares de creación con programas de código abierto para arte digital, sonoro y robótico, entre otros y a las 20.30, presentación del cd y dvd del concierto Espacio Enter Canarias, trabajo que utilizará como herramienta promocional y que recoge el espectáculo ofrecido en julio en el Auditorio de Tenerife por doce grupos canarios.

* Ángel Nazco García se estrena en el mundo de la literatura con la publicación de Entre el bien y el mal, una novela en la que los personajes oscilan entre lo maquiavélico y lo generoso con independencia del lugar que ocupan en la sociedad. El volumen, publicado en la colección Tid de Ediciones Idea, se presenta el próximo jueves, 24 de septiembre, a las 20 horas, en la Librería del Cabildo de Tenerife, en un acto en el que intervendrá, junto al autor, la escritora y prologuista de la obra Balbina Rivero.

Saludos informativos desde este lado del ordenador.