Anoche soñé que volvía al Yaiza Borges…
Martes, Septiembre 2nd, 2008Es probable que a alguno le parezca muy fuerte pero todo cinéfilo (y cinéfago) que se precie en Tenerife sabe que hubo un antes y un después de Yaiza Borges. Advierto de ante mano que este comentario está escrito por el abuelito que llevo dentro, y también a propuesta de un amigo que me lo sugirió en uno de los comentarios de este mismo blog.
Yaiza Borges comenzó como un grupo de entusiastas, qué digo entusiastas, locos por el cine a finaleas de los años 70. Que recuerde (y perdonad que me falle la memoria, cosas de la edad) iniciaron sus primeras proyecciones en La Buhardilla, en La Laguna, donde tuve la oportunidad de ver mis primeras (y revolucionarias a su manera) películas cubanas, entre otras. Más tarde tuvieron la osadía (y el valor, al César lo que es del César) de sacar adelante una revista a fotocopias que respondía al nombre de Barrido, con la que criticaban un poco en plan Dirigido por… los estrenos que, a cuenta gotas, llegaban a los cines (eso sí que eran cines) de la isla. También organizaban ciclos en pantallas como las del Price antes de que fuera multisalas y hoy Renoir. Así que el adolescente con ganas de ver películas (independientemente de su calidad) aprendió a ver otro cine gracias a este pelotón de chiflados.
Diablos que ha llovido mucho desde entonces. Los del Yaiza Borges nos metieron varios goles, sobre todo cuando recuperaron el histórico cine Tenerife para exhibir películas raras. O Europeas y ocasionalmente de otras nacionalidades que no fuera sólo estadounidense.
En aquellos tiempos era un chico feliz. Tenía problemas como todo el mundo pero los vaciaba yendo al Yaiza. En cada una de las proyecciones (como en Madrid) podías coger una hojita donde te comentaban la película que ibas a ver. Lo mismo que los Renoir y el Víctor, sólo que veinte años antes… imaginadlo. A mi me cuesta, por eso la deuda pendiente, o la necesidad de rendirles tributo con estas líneas escritas con prisa pero siempre a modo de homenaje.
Los curtidos locos por el cine fueron, entre otros, gente que más o menos sigue vinculada al séptimo arte en esta apartada orilla. Ahí estaba Fernando Gabriel Martín, Aurelio Carnero, Josep Vilageliu, Juan Antonio Castaño, Juan Puelles, José Miguel Gómez Santacreu, entre otros, y en la pantalla del recuperado cine Tenerife (que ahora se llamaba Yaiza Borges) películas como Al final de la escapada, La armada Brancaleone, Solo ante el peligro y mucho R. W. Fassbinder, o muchas películas del tal Fassbinder.
La verdad es que no soy un seguidor del cine de este señor, pero gracias a los del Yaiza me vi casi todas sus películas. Más tarde apostaron por un cineasta español que en aquellos lejanos días era como sinónimo de provocación, un tal Pedro Almodóvar… Se marcaron otro tanto con la proyección de El ladrón de los guantes blancos en una sesión que hoy considero histórica para entender el amor al cine a este lado del Atlántico. La película de Rivero se proyectó con apoyo musical en directo. El pianista: Puelles, que fue profesor mío años más tarde en el instituto Teobaldo Power y con quien rodamos El examen, una película cuanto menos curiosa. No puedo olvidar así, que los del Yaiza también rodaron sus películas, como Anabel (Off Side) y algunos cortos, unos muy divertidos como Apartamento 23-F y otros bastante enigmáticos como Iballa y El fotógrafo, trabajos que se disculpan porque reflejan muy bien el espíritu de la época.
Perdonad, nietos míos, porque chocheo. Son demasiadas las impresiones que han dejado en el disco duro de mi memoria los del Yaiza. Claro que eran otros tiempos, probablemente más difíciles pero también sencillos. No existía el móvil y los ordenadores todavía eran cosas de ciencia ficción. O de 2001, yo qué sé…
La Filmoteca Canaria editó en su día un libro estupendo donde se narra el nacimiento, auge y caída del colectivo. Su título Yaiza Borges: aventura y utopía y lo firma José Alberto Guerra Pérez con prólogo de Francisco Javier Gómez Tarín… Muy recomendable, y no sólo para nostálgicos. A los del Yaiza le debemos además la creación de la Filmoteca que, junto con el Víctor, ha sabido recoger con dignidad el testigo “exhibicionista” que nos dejó el colectivo.
No sé si se merecen una estatua o el nombre de una calle, pero sí al menos el reconocimiento de todos los cinéfilos (y cinéfagos) de esta isla. De manera indirecta, si algo recuerdo de aquellos felices años fueron los buenos ratos que me hicieron pasar cuando me sumergía en el interior de aquella sala hoy reconvertida en gimnasio. ¿Triste final para un cine? Pienso que no, así es la aplastante lógica de los tiempos. ¿Qué pasó con Yaiza Borges cuando se cerraron las puertas de nuestros sueños? Pues lo que suele pasar casi siempre, disolución y un dulce olvido que, ya ves Jorge, recordarlo hoy me ha hecho un poquito más viejo.
En fin, va por todos ustedes, locos por el cine.



