Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Renovarse o morir

Martes, Junio 2nd, 2020

La cineasta Isabel Coixet declaró hace unos días en un periódico de tirada nacional que lo primero que hará cuando la “nueva normalidad” solo sea “normalidad” será “ir al cine”. Comentaba en esa misma entrevista que tantos días de confinamiento le han hecho odiar las pequeñas pantallas y que echa mucho de menos la magia de la sala en penumbra y asistir a un estreno rodeado de espectadores.

Son muchos los aficionados que, como la directora de La librería, esperan la reapertura de los cines aunque de momento nadie en el sector se pone de acuerdo para dar el primer paso. Sobre todo cuando los dos grandes núcleos poblaciones del país, Madrid y Barcelona, llevan retraso en ese proceso que se conoce como de “desescalada”.

En este aspecto, la reapertura de las salas de cine en Tenerife continúan en punto muerto aunque se anuncia que abrirán, con las naturales restricciones que imponen los tiempos, los multicines Alcampo el 12 de junio y ya en julio, probablemente el 3 de ese mes, el Víctor y los Price en la capital tinerfeña, entre otros. En cuanto a los Yelmo se sabe que la cadena estudia reabrir todas sus salas en España pero se carece de más información.

Por otro lado, no está muy claro que las salas de cine reabran durante las fases 2 y 3 de la desescalada porque “no resulta rentable”.

El protocolo obliga entre otros aspectos a limitar el aforo al 50 por ciento y si a esto se suma la escasez de oferta de películas de estreno la mayoría de las empresas exhibidoras han decidido posponer su reapertura hasta contar con una programación que atraiga a los espectadores. Se baraja así reabrir el 26 de junio o el 3 e incluso el 17 de julio aunque podría ser más tarde si el panorama no convence al gremio aunque se mantiene la esperanza de reiniciar el negocio siempre y cuando el Gobierno de España amplíe el acceso–en las próximas fases si se mantiene a raya la enfermedad– al 60 por ciento de espectadores.

El escenario continúa siendo de gran incertidumbre en el sector de la exhibición y de la distribución cinematográfica. Este “fundido a negro” explica que una de las preocupaciones de los profesionales siga siendo enorme ante un futuro que se presenta neblinoso, poco claro. Además, todavía no se conoce con exactitud hasta que punto ha sido decisiva la crisis de la Covid-19 para las salas de cine pero eso no ha obstaculizado para que el sector busque alternativas, algunas de ellas bastante novedosas.

Tras los más de dos meses de encierro a causa de la pandemia, los responsables de las salas así como los distribuidores concluyen que lo que toca ahora es reinventarse o morir.

Está cambiando a mucha velocidad el concepto de exhibición de películas y preocupa cómo afrontar este fenómeno de cara al futuro de las salas. Con este fin, se estudian alternativas y otros modelos para disfrutar de los estrenos.

De momento, la mirada está puesta en los grandes núcleos urbanos por lo que se está a la expectativa de cuándo comenzarán a funcionar las salas de cine de Madrid y Barcelona ya que no hay próximos estrenos que prometan convertirse en grandes éxitos de taquilla salvo Tenet, el último filme de Christopher Nolan; Mulan, una producción Disney que dirige Niky Caro y Pinocho (Matteo Garrone, 2019).

Lo más tardar, el sector confía reabrir siempre que las fases de desescalada se cumplan sobre el 17 de julio y sií se autoriza el acceso del 60 por ciento de público por sesión. El largometraje debe ser además una gran producción lo que relegará más el estreno de cine independiente a las plataformas.

En la actualidad “las distribuidoras han parado sus películas” lo que lleva a que no se pueda ofrecer una programación lo suficientemente atractiva. Mucho menos cuando solo se permite el acceso a la mitad del aforo, lo que “dificulta más la situación a nivel comercial”, señaló una de las fuentes consultadas.

Ante este panorama todo hace prever que cuando la “nueva normalidad” se instale definitivamente se diseñen políticas de exhibición distintas a las que se conocen y no se descarta para generar rendimientos que se amplíe el horario de exhibición, lo que podría incluir sesiones por la mañana todos los días y estrategias de reducción del precio de las localidades con días especiales y las técnicas de reclamo que ya se empleaban antes de la declaración del Estado de Alarma.

El proceso será largo ya que todo depende de la reapertura de los cines de Madrid y Barcelona para que se sumen las salas y multisalas del resto del territorio nacional. “Estrenar en Madrid y Barcelona sí que resulta rentable a las distribuidoras. No contar con Madrid y Barcelona está comprobado que no”.

En este marco y con los operadores de cine convertidos en grandes empresas que apostaban por abrir cines antes de la pandemia porque era “negocio” –en 2019 se alcanzó por primera vez desde 2004 los 1.000 millones de entradas vendidas– parece que ahora “ya no lo será tanto” al limitarse el acceso de público para evitar contagios.

Las fuentes coincidieron que si algo bueno ha tenido la pandemia es que el sector se ha vuelto consciente de que debe de actualizarse y esforzarse en atraer más público. El año pasado fue un buen año en espectadores, el estreno de grandes producciones norteamericanas contribuyó a que mejorara notablemente el negocio así que será muy difícil cumplir los objetivos para 2020 tras permanecer más de dos meses cerrados.

Como alternativa se barajan los autocines ya que se tratan de un modelo de negocio que puede adaptarse bien a la “nueva normalidad”. Serían “cines” de segundos estrenos que acogerían también otras actividades. La idea es que se conviertan en espacios donde pasar el día ya que además de cine contarían con una variada oferta de entretenimiento y consumo como tiendas y restaurantes, entre otros.

Saludos, esperar, eso toca, esperar, desde este lado del ordenador

La rabieta

Lunes, Abril 13th, 2020

Los ecos de la rabieta entre el minsitro de Cultura y Deportes, José Manuel Rodríguez Uribes y los indignados marcianos de la cultura da para varias comedias protagonizadas por dos de nuestros más grandes y populares comediantes: Fernando Esteso y Andrés Pajares.

La cosa, muy resumida, vino a ser así: los que viven de lo que crean proponen un apagón en las redes ante el discurso de Rodríguez Uribes y entre otros profesionales de la cultura a algunos se les calienta la boca como al actor Juan Echanove. Se le ve cabreado en un vídeo que circula por las redes y casi, casi da hasta miedo. El Echanove, digo. No quiero imaginar si se lo dice a la cara al Uribes, frente a frente al señor Ministro pero como son tiempos del Covid-19 la cosa se queda en una salida de tono, en una rabieta del actor que si no, uno imagina al ministro de Cultura sin dientes si se tropieza con José Manuel en los pasillos del ministerio o en la calle…

Esto me hace recordar una entrevista que mantuve hace años con el Echanove. Estábamos sentados en la cafetería del Hotel Contemporáneo, en Santa Cruz de Tenerife, ese mismo que está frente al Mencey. No recuerdo exactamente qué obra iba a protagonizar el actor, quizá algo de Lorca, quizá porque coincidía con el aniversario de su asesinato, allá en Granada en 1936, pero de repente, en la charla, se me ocurrió preguntarle por Max Aub a quien estaba leyendo entonces y escritor que me estaba deslumbrando también entonces. Recuerdo el silencio de Echanove, cómo se le crispó el rostro, la mirada asesina que me lanzó…. esa misma mirada asesina que le vi el otro día en el vídeo donde se dirige al señor Ministro… En mi caso y de pronto algo cambió, porque Echanove se relajó y hablamos unos minutos sobre Aub y su obra. Apenas fueron dos o tres frases sobre el autor de La calle de Valverde pero me parecieron más que suficientes.

La verdad es que no sé la razón de que se me venga a la cabeza este recuerdo. Será que tengo miedo a la desmemoria. A mi desmemoria. Pero volvamos al asunto, a la rabieta del sector cultural español para con su Gobierno, gobierno que dice que los representa…

Lo dicho, el Gobierno de España para evitar un frente más en la batalla contra el dichoso virus que todo lo ha puesto al revés, propone otra reunión con Rodríguez Uribes y la Ministra de Hacienda. El encuentro parece que suaviza los ánimos encrespados y se capea el temporal que ya comenzaba a dar visos políticos y los culturos dan marcha atrás al apagón anunciado y lo desconvocan sin que demasiada gente en su casa, confinado y en zapatillas, se diera mucha cuenta de qué había pasado con los artistas españoles y olé. La actitud quita músculo al sector ya que la amenaza de desaparecer unos días de las redes como que ha pasado desapercibido no para los profesionales sino para su púiblico, que somos todos. Y en ese todo, mucho me temo que la mayoría no se ha enterado de nada. De nada, nada.

Conclusión, un pasito palante, un pasito patrás, lo que por otro parte viene siendo lo habitual.

Alguien me comenta vía telefónica, claro, que el error de Uribes fue anunciar lo que viene como quien le cuenta un chiste malo a un amigo, espera que se ría por complicidad pero el chiste no tenía puñetera gracia. De hecho, que citara a Orson Welles fue para dar cierta autoridad cultureta a sus palabras antes de anunciar el tan temido ahí los dejo… Búsquense la vida porque el escenario con el que nos encontraremos cuando todo esto se tranquilice, los contagios y el número de fallecidos descienda, nada, nada volverá a ser lo que conocimos. Hágánse a la idea: adiós a todo eso.

“Primero va la vida y luego el cine aunque la vida sin el cine y la cultura tiene poco sentido”, dicen que dijo el ministro cuando citó a Orson Welles.

Días antes y en una esquinita del Atlántico el viceconjero de Cultura del Gobierno de Canarias, Juan Márquez Fandiño, anunciaba que se inyectaría 2,6 millones de euros al sector de la Cultura. Se aplaude el gesto aunque es inevitable preguntar cómo se distribuirá, qué creaciones (cine, música, literatura, arte, danza…) saldrán beneficiadas y cuáles serán las olvidadas. También si tendré la oportunidad de verlo.

Leo en Diario de avisos el primer capítulo de una nueva novela que está escribiendo sobre la pandemia que vivimos Alberto Vázquez Figueroa. Y el texto te atrapa. Su sencillez es demoledora y lo que cuenta también. Les invito a que lo lean, yo votaría porque el escritor lo serializara antes de publicarlo como libro…

Es lo adecuado, más en estos tiempos de puntos suspensivos. De continuará…, me dicta al oído Pepito el grillo.

Saludos, luce el sol, apenas hay gente en la calle, desde este lado del ordenador

Javier Muñoz: “Garci no es un cineasta, es un erudito”

Martes, Marzo 17th, 2020

Javier Muñoz (Madrid, 1967) es el autor junto a José Luis Garci del guion de El Crack cero, precuela de las aventuras y desventuras del investigador privado Germán Areta, personaje que encarnó Alfredo Landa en las dos primeras entregas y ahora el actor Carlos Santos.

Muñoz, que debutó como director con un thriller negro y criminal titulado Sycarius, impartió la semana pasada un taller de guion en Santa Cruz de Tenerife y estaba previsto que asistiera al estreno de El Crack cero este mismo jueves, 19 de marzo, antes de que se agravara la crisis del coronavirus, crisis que ha aplazado hasta otoño la celebración del Festival Atlántico de Género Negro Tenerife Noir, que era el marco en el que se desarrollaría la actividad.

- Usted es guionista y ahora director de cine ¿cómo fue el paso de la escritura a la narración cinematográfica?

“Mi carrera comienza con un paso atrás ya que desde siempre quise ser director pero me fue más sencillo entrar en el cine español como guionista. He escrito mucho desde que era pequeño, a los diez años escribía capítulos enteros de Mazinger Z y creo que tengo cierta facilidad para escribir aunque lo que quería era dirigir. Cuando empecé en el cine escribí comedia con Josetxo San Mateo y cuando me salió la oportunidad de dirigir, realicé lo que esperaba y en el género en el que me siento más cómodo aunque escribo de todo”.

- El género en el que se siente más cómodo es el thriller y el policíaco, ¿por qué?

“El cine negro y sobre todo el clásico americano es el reflejo de la sociedad que no vemos y a mi siempre me ha interesado eso. Sycarius transcurre en una noche pero atraviesa todo ese espectro que permanece en sombras a la sociedad como es el policía corrupto, la partida clandestina de cartas y el alcalde de la ciudad que si bien no está significado políticamente al dejarlo abierto todos se vieron reflejados en él…”

- El actor protagonista de Sycarius es Víctor Clavijo. ¿Cómo fue la relación con el actor y porqué apostó por el uso de la voz en off, la voz fuera de plano, en la película?

“Víctor Clavijo no fue mi primera elección. La película, como pasa en este país, sufrió dos intentos de llevarla adelante con otros productores pero al no conseguir la financiación se retiraron. Cuando se puso en marcha otra vez, los nuevos productores me sugirieron que le hiciera una prueba pero yo seguía sin ver a Víctor Clavijo en el papel. Al final le hicimos la prueba y clavó bastante al personaje. Busqué escenas que definieran al protagonista como cuando interactúa con el policía corrupto, la camarera del bar… En cuando a la voz en off, Víctor tiene una que daba mucho y si bien este tipo de recurso puede molestar a algunos, si no la incluía en Sycarius la película se quedaba en un tío pegando tiros. La voz en off lo bueno que tiene es que se dirige directamente al espectador, está retándolo, le dice acompáñame esta noche y si quieres me juzgas o no. Necesitaba ese acompañamiento y Víctor Clavijo me lo dio”.

- Parece que el género negro por fin se ha instalado en el cine español.

“Creo que sin ser thriller propiamente dicho, el pistoletazo lo marca un poco Celda 211 aunque las películas que se ruedan en España las deciden al final los consejeros delegados de las televisiones a los que les cuesta apostar por los géneros. Por ejemplo, mira que bien funciona el terror en taquilla pero salvo Malasaña 32 y Verónica si presentabas algo de terror los consejeros delegados ni lo leían. Al final es miedo a los género aunque el thriller ha superado ese miedo con nota”.

- Y trabaja como guionista en El Crack cero, ¿cómo llega a la película?

“Llego gracias a Sycarius. Los productores habían trabajado mucho con José Luis Garci y le dejaron mi película, que le gustó mucho y me invitó a su programa de radio Cowboys de medianoche, donde fui como director y cinéfilo de todas sus películas y especialmente de El Crack. El Crack igual la he visto como aficionado unas treinta veces. Llevé a la radio mi dvd de El Crack para que me lo firmara y le dije al final del programa que tenía una idea de precuela de la película. La familia de Alfredo Landa le pedía por otro lado que cerrase al personaje de Areta así que cuando le presenté el borrador de El Crack cero, que entonces se llamaba Areta investigación, le gustó y me dijo que quería dirigirla él. Reescribimos la historia pero el guion estuvo muy vivo también durante el rodaje”.

-¿Cómo es trabajar con Garci?

“Es una maravilla. Nadie de mi familia está relacionado con el cine lo que no es habitual en el español. Trabajar con él fue muy fácil y difícil al mismo tiempo. Garci es un hombre muy cercano aunque cuando trabajas a su lado de lo que menos habla es del guion sino de cine, boxeo, fútbol, literatura, música. Garci no es un cineasta, es un erudito. Ha estado además con todo el mundo, hasta con Kirk Douglas. Por contra, me resultó difícil trabajar con él por el reto que suponía hacerlo con alguien al que admiras tanto, al que consideras un mito como lo es para mi. A Garci siempre le ha gustado trabajar con alguien en el guion, como le pasaba a uno de sus grandes maestros, Billy Wilder”.

- ¿Recuerda la primera vez que vio El Crack?

“La primera vez fue cuando mi hermano la trajo a casa del vídeo club y me dijo ‘es española pero me han dicho que es muy buena‘. Cuando la vi me quedé alucinado porque descubrí que ese cine era posible hacerlo en España”.

- ¿Ya pensaban en Carlos Santos mientras trabajaban en la redacción del guion?

“No, en aquel programa de Cowboys de medianoche fui con Víctor Clavijo y cuando le planteé a Garci la precuela de El Crack me animó a que la escribiera siempre y cuando la protagonizara Víctor Clavijo porque le parecía un actor muy bueno. Pero Víctor se metió en una obra, Lehman Trilogy, y le empezaron a salir representaciones y por problemas de fechas no pudo interpretar a Areta. Garci no hace casting, así que llamó a Carlos Santos que hizo un Areta que mimetiza a Alfredo Landa interpretando a Areta, sobre todo al final de la película. Tiene una mirada que para Garci es la mirada del hombre muerto. Carlos Santos merecía la nominación al Goya”.

-Estos premios olvidaron El Crack cero. ¿Hay una caza de brujas contra Garci en el cine Español?

“Caza de brujas no, pero es verdad que no es un director que caiga simpático en ciertos ambientes de la profesión. Para mi el problema es el sistema de votación. Creo que el 2019 fue uno de los mejores años del cine español. Estrenan ese año películas Almodóvar, Amenábar y Garci, tres ganadores del Oscar. También se estrena La trinchera infinita, El hoyo, Intemperie... hacía muchos años que no se producía una cosecha tan buena como la del 2019 y de repente que parezca que solo se han hecho tres películas como que no. Creo que el sistema de votación debería de volver a ser el de antes, cuando cada uno votaba a su departamento o categoría y luego todos a los nominados”.

- ¿El espectador español sigue pensando que su cine es una españolada?

“Creo que sigue esa idea aunque ha menguado afortunadamente en los últimos años. No se tiene más que comparar la taquilla. Películas españolas de género y muy bien valoradas por público y crítica no responden como debieran en los cines así que no se trata de un problema de calidad sino de comunicación y de vendernos. Además, hay ciertos personajes del cine español que dan muy mala prensa con declaraciones y salidas de tono cuando lo que hay que hacer es cine y hablar en la pantalla dejando las reivindicaciones a un lado ya que a veces perjudican más que benefician”.

- Conociendo la cinefilia de Garci, ¿qué película y novela de género negro planeaba sobre ustedes cuando escribirían el guion y para armar el pasado de Areta?

“El pasado de Areta no era complicado porque estaba presente en las dos primeras películas. Se sabía que Areta fue policía y que salió de ella para montar un despacho de investigaciones. Nos centramos en el momento en que comienza a trabajar El Moro junto Areta y la relación que mantiene con El Abuelo, el comisario, que es más distendida en El Crack 1 y aquí es más tensa porque hace poco que ha dejado la policía”.

- Pero ¿no hubo referencias con otras películas de cine negro?

“Todas y ninguna. El cine negro tiene unos códigos. Los seguros salen en Perdición y en casi todas aparecen mujeres fatales… El Crack Uno, El Crack dos y El Crack cero están dedicadas a tres grandes escritores norteamericanos del género como Dashiell Hammett, Raymond Chandler y James M. Cain”.

- Lo preguntaba por eso, El Crack cero está más próximo al universo de James M. Cain que las otras dos. Garci rinde además homenaje al género rodando el filme en blanco y negro.

“Garci quería cuando empezamos la película que la primera parte fuera en blanco y negro y tras la muerte de Franco que el filme cobrara poco a poco color como una metáfora del cambio que está sacudiendo al país pero cuando nos volvimos a ver me dijo que lo había pensando y que la película la rodaría en blanco y negro”.

- ¿Cómo recomendaría el visionado de la película? ¿Empezar con El Crack cero y terminar con El Crack dos o da igual la manera en cómo se vean?

“Es un poco como Star Wars, ¿por dónde empiezas, por el episodio uno o el cuatro? En mi caso, recomiendo que se haga de las dos maneras y con El Crack pasa lo mismo. Puedes empezar por ver el 1 y el 2 y viajar al pasado para ver el cero o empezar con el cero y seguir con la 1 y la 2. Cualquiera de estas experiencias resulta válida”.

- ¿Estudia nuevos proyectos para escribir y dirigir su segunda película?

“Ambas cosas, tengo proyectos para dirigir y espero comenzar uno aunque levantar una película en España es un milagro. Como guionista he escrito otra con Garci”.

- ¿Qué características cree que debe reunir un buen director o un guionista?

“Solo una: ver cine”.

MEZCLAR GÉNEROS

A Javier Muñoz le gusta mezclar los géneros, jugar con ellos aunque lo que de verdad le atrae es el componente de amor que tienen sobre todo las historias negras. Lo intentó hacer así en Sycarius, su primera y de momento única película como director, un filme que no es otra cosa que “una historia de amor porque todo lo que hace el protagonista es, precisamente, por amor”, destaca el coguionista de El Crack cero quien, concluye, “ese es el tipo de thriller que me apetece dirigir”.

Será influencia de Fargo, una película que le encanta porque cuenta la historia de “un hombre gris que se mete en líos”.

PIE DE FOTO

Javier Muñoz cuenta que la relación de trabajo con José Luis Garci se hizo más estrecha cuando descubrieron que a ambos le gustaban las novelas de Somerset Maugham aunque durante el proceso de escritura de El Crack cero si hubo un escritor y una novela en la cabeza de los dos fue James M. Cain y Perdición. También Mildred Pierce, que en España se tradujo como Alma en suplicio. “Garci podría hacer una película de arte y ensayo solo de referencias”, comenta Muñoz.
FOTO: Sara González / TFN

Saludos, paciencia, hermanos y hermanas, paciencia, desde este lado del ordenador

El viejo tío Sam

Viernes, Febrero 21st, 2020

La primera película que vi de Sam Peckinpah (Fresno, California, 21 de febrero de 1925 – Inglewood, California, 28 de diciembre de 1984) fue en el cine Numancia, cine que ya no existe en la capital tinerfeña. Salí trasquilado, como saldría años más tarde después de ver Apocalypse now!, aunque esta última es de Francis Ford Coppola, un cineasta que se encuentra en las antípodas de Peckinpah.

He vuelto a ver ya no sé cuántas veces Grupo salvaje y sigo viéndola como la primera vez. Lo mismo me pasa con otras películas del mismo director y supuso tanto impacto que se me quedaron grabados los cine donde me emocioné con todas ellas.

La cruz de Hierro
la descubrí en el Rex. Una película que se desarrolla en el frente ruso durante la II Guerra Mundial desde el punto de vista alemán, plagado de hombres –como en los western– que son camaradas e hijos de puta.

Recuerdo que a la chiquillada de aquellos tiempos nos encantó La cruz de hierro. A más de uno nos evocaba la lectura de las novelitas de guerra de Sven Hassel, supuesto combatiente danés enrolado en los pelotones de castigo del ejército alemán… Pero salvo el frente ruso y algún que otro personaje que parecía que imitaba a los de las novelas de Hassel, La cruz de hierro no tiene nada que ver con aquellas hazañas bélicas. Es más, tanto la novela que le dio origen como la película de Peckinpah, se caracterizan por su tono antimilitarista. La novela original se titula Carne paciente y la firma Willi Heinrich y no se parece demasiado al filme…

Tras La cruz de hierro, se estrenó años más tarde Convoy, una versión Peckinpah de Río Bravo, la de Howard Hawks, que se estrenó en el Greco cuando aún existía el cine Greco –como el Rex, carajo–, más tarde reconvertido en multisalas y hoy abandonado, convertido en una ruina.

Otras películas del viejo Sam, mi perro hermano indio, que así decía Gonzalo Suárez que lo llamaba o no lo llamaba, fue en Yaiza Borges, que tras recuperar el viejo cine Tenerife y transformarlo en una especie de sala de arte y ensayo, se dedicó a exhibir películas en sesión original y a reestrenar clásicos como Duelo en la Alta Sierra, un Peckinpah que comenzaba a salir del cascarón; y más tarde y en otras salas que estaban repartidas en Santa Cruz de Tenerife cintas como Perros de paja, La huida y Pat Garret y Billy The Kid.

Pero si hay una película decisiva, de las que marcan huella en el mi memoria como espectador, fue cuando vi con la boca abierta y probablemente con baba, Quiero la cabeza de Alfredo García, que sigue siendo mi favorita en la filmografía de Sam Peckinpah.

El cine fue el Teatro Baudet, que estaba justo enfrente de casa de mis padres. El problema –en aquellos tiempos ir al cine era un problema no tanto por el precio de la entrada sino si te dejaban entrar o no a una de 18 años– era precisamente que no tenía la edad para que me dejaran franquear las puertas del Baudet aunque ese día tuve suerte al dejarme acceder a la sala a cambio de que me escondiera entre las butacas cuando llegara el descanso. En aquellos tiempos la proyección se cortaba a la mitad para que el respetable fuera a mear o a comprar cotufas.

Y así lo hice, cuando llegó el descanso me escondí entre las butacas aunque habían cuatro gatos en aquella sala que a mi entonces me parecía gigantesca.

Se apagaron las luces otra vez y quedé abducido por esa película. Una película sucia y violenta que canta a la amistad más desquiciada. Warren Oates, un sobresaliente secundario, se viste de Sam Peckinpah en un filme que resulta devastador y brutal.

Luego llegó Clave Omega y apenas vi destellos del viejo Sam. Moriría poco después de esa película.

En cuanto a La balada de Cable Hogue y Junior Bonner las descubrí más tarde en la televisión. Son películas a las que le tengo cariño porque muestran el lado más nostálgico y amable de Peckinpah. A Los aristócratas del crimen llegué ya con otras cosas en la cabeza y no me resulta de las más atractivas del director.

Mayor Dundee, que si no me equivoco descubrí también gracias a la televisión, es otra cosa. Y mira que es excesiva más por Charlton Heston que por Peckinpah. No puedo hablar de su primer parto cinematográfico, Compañeros mortales, porque la he visto en copias de malas calidad pero me basta para agradecerle a Peckinpah los buenos ratos que me hizo y me hace pasar cuando reviso alguna que otra de sus películas.

Este comentario escrito más con el corazón que con la cabeza pretende ser un homenaje a un hombre que no se llevó bien con quienes le pagaban sus películas. La historia cuenta que terminó colgado de drogas y alcohol y que si alguna vez se sintió feliz fue en México, que es un país escenario de algunas de sus mejores películas como Grupo salvaje y Quiero la cabeza de Alfredo García.

Señas de identidad en el cine que nos dejó es su amarga reflexión sobre la amistad masculina y su recreación de la violencia, tiroteos, combates que ralentiza a cámara lenta y que se convirtieron en sellos de su autoría, en escenas típicamente Peckinpah por muy imitadas que hayan sido desde entonces.

Los que disfrutan con cine que no entienden ni los dioses deberían ver un poco más el trabajo de cineastas como Peckinpah. Si alguna vez tomó valor eso de cine de autor (me produce ronchas el término pero se escribe para que se hagan una idea clara de a donde quiero ir) fue con directores como el tío Sam. Es imposible no reconocer su huella cuando se ve alguna de sus películas. Ese tipo endemoniado tenía estilo. Ese puñetero alcohólico y drogadicto era un autor.

Saludos, spasiva, Sam, desde este lado del ordenador

Kirk Douglas, el hijo del trapero

Jueves, Febrero 6th, 2020

El problema con Kirk Douglas es que todos pensábamos que era eterno. Que un golfo y mujeriego actor del Hollywood dorado, de cuando Hollywood aún era Hollywood, falleciera este miércoles a la edad de 103 años desconcierta a cualquiera. Y digo cualquiera porque Kirk llevó bien su edad pese a que en sus últimas apariciones públicas quedara muy poco del que conocimos y amamos en la gran pantalla.

Hijo de campesinos judíos, se llamaba Issur Danielovitch Demsky antes de que lo conociéramos como Kirk Douglas, si se molestan en leer su autobiografía El hijo del trapero, chispeante y divertida, llena de vitalidad y amor a su oficio, uno se hace una idea de cómo se las gastaba el caballero y aprende de paso cómo vencer los vicios con el temple de un Espartaco.

Pero no fue solo Espartaco el gran papel de su vida ya que a mi, personalmente, me va mucho más el Douglas que hacía de malo que de bueno en tantas y tantas películas aunque lo recuerdo especialmente en dos grandes trabajos de su, por otra parte, impresionante carrera: El último atardecer (Robert Aldrich, 1961) y Los vikingos (Richard Fleischer, 1958), dos películas bastante diferentes. La primera se trata de uno de los grandes y si quieren retorcidos western de la Historia del Cine y la segunda de una gran película de aventuras que deja en pañales a la serie Vikingos . Ambas, además de contar historias, tienen fondo y a un Douglas que se sale de la pantalla. Bronco y salvaje. Y no, no me olvido de su celosa y ambiciosa villanía en Retorno al pasado (Jack Tourneur, 1947) y El gran carnaval (Billy Wilder, 1951).

Si tuviera que escoger entre las que hizo de bueno me gusta en El trompetista (Michael Curtiz, 1950), donde es un bueno tan bueno que parece de cristal, y que es una formidable película ambientada en el mundo del jazz; Río de sangre (Howard Hawks, 1952), que es otro de los grandes western (o pre western que dicen unos por ahí) de la Historia del Cine aunque si hay una película donde Kirk Douglas me encandiló siendo un infante fue en 20.000 leguas de viajes submarino (Richard Fleischer, 1954) y en la que, por cierto, canta como canta en Río salvaje y El último atardecer, en esta última interpretando en español el Cucurrucú paloma. Y no estoy bromenado.

Kirk Douglas perteneció a esa estirpe de actores con hoyuelo en la barbilla. Otros con hoyuelo fueron Cary Grant y Robert Mitchum y alguno más que ahora no se me viene a la cabeza. Todos ellos encarnaron distintos tipos de masculinidad, apariencia fuerte con interior blando y salvo Grant, se consagraron interpretando papeles de perdedores y en el caso de Douglas también de libre y salvaje y a veces de hijo de puta. Pero un hijo de puta con fondo, de cabrón al que entiendes porque el personaje tuvo que haberlo pasado muy mal. Lo suficiente para odiarse así mismo y expresarlo jodiendo a los demás.

Íntimo de otro golfo de aquel Hollywood, Burt Lancaster, y padre de un hijo que le salió actor y tan golfo como él en su juventud, Michael, Kirk Douglas encarna lo bueno y lo malo de un cine que ya no se hace.

La influencia de Douglas –fue un actor respetado porque su presencia no era veneno para la taquilla– empujó la carrera de Stanley Kubrick tras rodar con él Senderos de gloria (1957) y proponerlo para que sustituyera a Anthony Mann en Espartaco (1960). Gracias a Espartaco y su empeño en que apareciera Dalton Trumbo como guionista en los créditos, comenzó a fragmentarse el acoso que el gobierno norteamericano aplicó a cineastas, actores y guionistas que pertenecían o habían pertenecido al Partido Comunista. Lo curioso del caso es que el filme adapta la novela del mismo título de Howard Fast, un significado escritor de izquierdas.

La carrera del actor está trufada de películas que marcaron mi vida como espectador cinematográfico y no es raro que vuelva verlas porque son simple y llanamente buenas. Hiciera de bueno o malo el actor.

Se retiró del cine a la edad de 89 años y a partir de entonces solo aparecía en los medios cuando cumplía años. En especial cuando celebró sus 95, 96, 97, 98, 99, ¡¡¡100!!!, 101, 102 y el pasado diciembre 103 años.

Solo queda como representante de ese Hollywood que fabricaba buenas películas, películas con finales amables y desagradables, Olivia de Havilland, a la que espero felicitar en julio, cuando festeje 104 años.

El caso es que con independencia de ser centenarios, Havilland y Douglas son mitos de un modo de hacer cine que ya no se hace pero con el que me siento más identificado que con el que se realiza y estrena en la actualidad. Debe ser que le tengo alergia a los héroes enmascarados. A mi me enseñaron a respetar a los que daban y dan la cara fueran buenos o malos.

Saludos, fundido a negro, desde este lado del ordenador

Dentro de Roma, ciudad abierta

Miércoles, Febrero 5th, 2020

“Rossellini no era fascista: no, pero tenía el problema de sus pasados compromisos con el cine de propaganda y una debilidad muy romana por las amistades repentinamente incómodas. Había sido amigo de Luigi Freddi, Vittorio Mussolini, Ciano, les excusaba por su ceguera, por la suerte que les esperaba, y no quería traicionarles en nombre de las conveniencias personales, ni mucho menos casarse con una causa perdida. En realidad Rossellini nunca se casaba con nadie: no con mujeres, ni con ideas. Se enamoraba, eso sí, pero no se unía totalmente con nadie”.

(Celuloide, Ugo Pirro. Traducción: Augusto M. Torres, Ediciones Libertaria, 1990)

Se trata de un libro de cine que apareció en las librerías españolas hace ya unos años por lo que, probablemente, será casi imposible agenciarse con un ejemplar si no lo encuentra en un librería de ocasión o en la red. El libro se titula Celuloide, lo escribe Ugo Pirro y noveliza el nacimiento del neorrealismo italiano centrándose en el germen, la redacción de guión, el rodaje y posterior estreno de Roma, ciudad abierta (Roberto Rossellini, 1945) un monumento cinematográfico que no ha perdido nervio con el paso de los años.

Quien escribe este ambicioso fresco es un escritor que vivió, y si no lo vivió conoció, a muchos de sus protagonistas, algunos de los cuales entrevista para escribir esta biografía de un cine que brotó en un momento muy delicado de la historia de Italia.

La II Guerra Mundial no había finalizado aún, los aliados conquistaban terreno italiano paso a paso mientras en retaguardia se recrudecía la violencia en un país que ya no creía en nada. Tras el gran farsante, Benito Mussolini, la endeble autoestima que su régimen propagó por Italia se disolvía como un azucarillo en un vaso de café con leche.

Muchos fascistas, aquellos que en el pasado vistieron la camisa negra y llevaron el puñal y la porra como símbolo de su mandato, se la quitaban ahora como si nunca hubieran hecho nada. El mismo dictador es entregado por los alemanes a los partisanos, mientras fascistas derrotados y acobardados ante la nueva situación política se acusaban unos a otros para adecentar su pasado ante el nuevo orden que parecía que establecían los norteamericanos.

En este escenario, un grupo de cineastas bastante locos de la cabeza, pusieron en marcha una película que explica todo lo sucedido en aquellos años del miedo y cómo consiguieron enriquecer ese proyecto al contratar a dos actores que se han convertido en iconos del cine italiano: Anna Magnani y Aldo Fabrizi y a quienes rodearon de un elenco de actores sin escuela, gentes de las calles a las que se contrataba no por su talento para la interpretación sino por sus caras.

El director que organizó todo esto, un filme herido por la falta de dinero, las tensiones con las estrellas y la mismísima Iglesia católica, fue Roberto Rossellini, un cineasta al que Pirro describe con la admiración del pupilo, y del que cuenta cosas que si no fue así tuvo que suceder así.

Lo llamativo de este libro de Pirro, por cierto escritor y guionista también, es la forma en cómo narra toda esa gran aventura que fue el neorrealismo italiano, ese cine algo inconsciente y ciertamente pobre al que le costó expandirse por el mundo pero que cuando lo hizo logró prender su estilo en casi todas partes.

El autor de Celuloide narra esta historia con notable pulso periodístico y en ocasiones y durante su lectura he creído y querido encontrar en sus páginas ecos de lo que más tarde se conocería como nuevo periodismo aunque el escritor y guionista italiano nunca se ponga como protagonista de la gran historia de cuenta.

Para los aficionados al cine y a la Historia no necesariamente del cine, Celuloide es una de esas obras más que recomendables. Es formidable lo que pasa cuando uno se divierte aprendiendo y eso es más o menos lo que me ha pasado con este libro singular, esta pequeña pieza que ha enriquecido además de mis conocimientos sobre el cine italiano de la postguerra mis saberes sobre algunas de sus estrellas y protagonistas. Porque entre las características que contiene Celuloide está el retrato preciso de personajes que realmente existieron, retrato humano, con todas sus grandezas y miserias.

La guerra sirve de telón de fondo para contar este relato que tiene de todo, algo de tristeza, algo de alegría y mucho de fin de unos tiempos: la dramática caída del fascismo italiano y la locura salvaje de muchos por cambiar ahora la camisa negra por otra.

Al fondo, y siempre presente, un pueblo, unos rostros, que buscan pan y paz entre las ruinas que ha dejado detrás el dios de la guerra.

Para tener una idea aproximada de lo que significó el neorrealismo italiano Celuloide es un libro clave, una obra redonda, de esas que se leen con voraz agradecimiento. Se aprende a apreciar a sus protagonistas, héroes del cine que contra viento y marea rodaron historias sin sonrojarse por la pobreza de sus medios. Medios escasos que suplieron con una imaginación portentosa y un estilo, un saber hacer que, encabezado por un cineasta como Rossellini, engrandecieron una industria que, hasta ese momento, se había acostumbrado a comedias románticas, de teléfonos blancos como eran conocidas pero muy alejadas de la realidad ya que respondía a las órdenes de la propaganda fascista que, por esos incógnitas con las que se escribe en ocasiones la Historia, dejó trabajar a la mayoría de los profesionales con independencia de su credo política.

Saludos, a por ellos, desde este lado del ordenador