Archive for the ‘Cine de allá’ Category

‘Silencio en la nieve’

Sábado, Enero 28th, 2012

La historia comienza el lunes pasado, 23 de enero, mientras hago cola para adquirir una entrada al cine. Como el ordenador se les ha estropeado los empleados de las salas invitan a los potenciales clientes a comprar sus localidades en el bar.

Tal y como lo leen.

La cola, como un bicho viviente y manteniendo un orden del que algún listillo se quiere aprovechar, se coloca frente al bar. Un bar de cine que cuenta con el inevitable aparato del que nacen las cotufas.

Como es lunes, las entradas no son numeradas porque es día del espectador. Cuando me dan el cartoncito me pregunto sin embargo si esto del día del espectador es un chiste porque el descuento es como si te tocara el premio gordo el día de los inocentes. Ridículo.

En fin, entramos en la sala donde apenas hay cuatro personas haciendo que piensan mientras esperan a que las luces se apaguen. Una de ellas lleva un paquetazo de cotufas.

Las luces desaparecen y la pantalla se enciende.

Veo Silencio en la nieve, de Gerardo Herrero. Se trata de una película que adapta la novela El tiempo de los emperadores extraños de Ignacio del Valle. La novela me gustó mucho el día en que la leí. Se trata de la segunda parte de la trilogía que hasta ahora del Valle ha dedicado a Arturo Andrade. Andrade apareció por primera vez en El arte de matar dragones y dio sus últimas señales de vida en Los demonios de Berlín.

El tiempo de los emperadores extraños es, a mi juicio, la mejor de las tres. La acción se desarrolla en el frente ruso, en 1943, en un destacamento de la División Azul donde se están produciendo unos extraños asesinatos en clave masónica.

La película de Herrero es una buena adaptación del material literario que le da vida. Solo resulta enojosamente sonrojante en su aspecto bélico por unos efectos especiales que parecen de guasa. El resto, ambientación, vehículos, uniformes y armamento convence al espectador más o menos iniciado en las aventuras y desventuras de este destacamento de hombres que abandonó las tierras de España en respuesta a la consigna de Rusia es culpable.

Me sorprende el espléndido reparto de secundarios porque todos me resultan convincentes. No me cuadra Juan Diego Botto haciendo de Andrade sin embargo, pero sí que encaja Carmelo Gómez como su peculiar doctor Watson.

La cinta, afortunadamente, bebe de la novela cuando presenta a los divisionarios. Con esto quiero decir que esa manía que tiene el cine español por enseñar como demonios de pelo engominado y fino bigotito a los que ganaron la Guerra Civil por una vez se muestran, y en concreto a los falangistas, como lo que tuvieron que ser: un puñado de jóvenes idealistas.

Y es que la mayoría de los camisas azules que se fueron a Rusia lo hicieron porque se creyeron realmente que Rusia era culpable. La motivación de otros tantos que participaron en la División fue porque luchando codo con codo al lado de las tropas del III Reich limpiarían de sospechas su pasado durante la Guerra Civil y, finalmente, los que eran militares porque pensaban atinadamente que su oficio, el de soldado, consistía en combatir y no en apagar incendios.

No sé que podría haber salido de Silencio en la nieve si hubiera caído en manos de otro cineasta. Un cineasta fogueado y con mano para contar este thriller con fondo bélico, pero el resultado final de la cinta no resulta decepcionante, lo que agradezco porque me hace pensar que no he tirado otro puñado de euros a la basura.

Silencio en la nieve es así la primera y arriesgada película que se aproxima de verdad al día día de este grupo de hombres de distinta procedencia y condición social en los arrabales de Leningrado.

Hay otras películas españolas que a su manera han tocado este mismo asunto, pero aún continúa siendo un filón muy poco explotado por el marciano cine español. Ese cine que tiene tanto miedo a ver su pasado sin trampas ideológicas.

Por ello, Silencio en la nieve es como una rareza. Un producto insólito que si bien no rinde justicia a los hombres y mujeres españoles que combatieron en una guerra en la que no se les había perdido nada, sí que mostrará a muchos como un grupo de españoles combatió al enemigo como mejor supo hacerlo.

Afortunadamente, hay una amplísima bibliografía en la que los recuerdos se mezclan con la historia sobre la División Azul.

A mi juicio, el mejor de todos esos libros continúa siendo el que escribió Tomás Salvador, también divisionario, con el título de División 250. No olvido la colosal y recomendable crónica que emprendió el periodista deportivo Fernando Vadillo en sus numerosos libros sobre esta misma División; ni el vibrante Embajador en el infierno. Memorias del capitán Palacios (Ocho años de cautiverio en Rusia) escrito por Torcuato Luca de Tena y también llevada al cine.

Destacaría además, aunque muchos la cuestionan, la entretenida y excesiva Berlín, a vida o muerte, de Miguel Ezquerra. Un libro que si bien no habla de la División Azul si que narra la presunta experiencia que su autor vivió como oficial de las SS en la capital alemana cercada por las tropas rusas en la primavera de 1945.

Hay muchos más libros sobre este tema.

En los últimos años han aparecido con carácter histórico varios volúmenes, entre ellos uno bastante desmitificador firmado por el novelista Jorge M. Reverte, que han tratado con mejor o peor objetividad y distancia el relato de una división que Ignacio del Valle tuvo la sagacidad de que le sirviera como telón de fondo para una atractiva novela negrocriminal. Novela de la que Silencio en la nieve bebe, pese a sus licencias, con conmovedora lealtad.

 Saludos, otra víctima de la gripe, desde este lado del ordenador.

¡Larga vida a Lawrence de Arabia!

Lunes, Enero 16th, 2012

La primera vez que me arrastraron al cine para ver Lawrence de Arabia fue gracias a un amigo que sentía –y creo entender que aún siente– verdadera devoción por esta película.

Incluso se vestía de jeque árabe, y como hace Peter O’Toole en una de las escenas del filme, se ponía a bailar con su sombra imagino que con la esperanza de que el viento del desierto le tocara ese pedazo de alma que, inevitablemente, nos arrebata la edad.

La segunda ocasión en la que vi Lawrence de Arabia fue en una abarrotada sesión en el teatro La Granja (¿continuará abierta esta dependencia en la Casa de la Cultura de la capital tinerfeña?) porque siempre hay buenas razones para repescar la cinta de David Lean y porque se trataba, además, de la exhibición, por primera vez en Canarias, del largometraje sin cortes y en rigurosa versión original con subtítulos en español.

Recuerdo que al salir de la sesión, noche cerrada, y a la luz de una farola pero sin disfraz de jeque árabe, me puse a danzar como un derviche mientras buscaba los siete pilares de una sabiduría que, cosas de la vida, tuve ocasión de acariciarlos pero no libarlos mientras deambulaba por un hechizante desierto jordano cuyo celuloide permanece inalterable en mi hoy acribillada memoria.

Con esto quiero decir que Lawrence de Arabia, la película, ocupa un puesto privilegiado en mi disco duro. Y que no me canso de revisarla año tras año, haga frío o calor, en ese mismo dvd en el que reza para papanatas en su carátula: “edición especial para coleccionistas.”

¿Coleccionista?

Para mi es uno de esos título que por mucho que lo vea y que por mucho que sepa lo que va a ocurrir en la historia tiene un algo que todavía despierta un entusiasmo que destruye mi ya de por sí característico hartazgo.

Entiéndame: amo esta película.

Entiéndame: amo esta película porque el paso del tiempo no la traiciona y sabe adaptarse a mis cambios de humor. Eso que los cretinos llaman como signo de invisible madurez.

Luego tengo claro que Lawrence de Arabia me pertenece. Y como me pertenece, que ha crecido conmigo.

Con Lawrence de Arabia aprendí que hay películas y no pinículas. O cintas que forman parte de tu pobre existencia. 

Así que algo me da en la nariz que eso es precisamente lo que los que no somos cretinos llamamos arte.

Con todas sus letras.

Lawrence de Arabia es la historia de un hombre que quiso ser dios. También es la historia de un hombre que fue hombre cuando se dio cuenta que no podía ser dios.

He ahí su tragedia mayúscula.

Peter O’Toole está inmenso como Lawrence. Tan inmenso que tras Lawrence de Arabia es imposible que lo vea en otra película sin que deje de pensar que quien está actuando no es O’Toole sino el mismo Lawrence de Arabia buscando gatitas descarriadas o ejerciendo de director de cine…

Lawrence de Arabia de David Lean es así un milagro.

Una película redonda que nos enseña que la inocencia, la pureza, está en el desierto.

- ¿Qué te atrae del desierto?- le pregunta sorprendido ese hombre del desierto que hace en la película Omar Sharif.

- Que está limpio.- responde Lawrence/O’Toole.

Son muchas las escenas de esta película que para mi se han convertido en auténticas lecciones de vida.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole apagando con los dedos la llama de una cerilla.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole regresando al desierto para rescatar a un hombre que se ha perdido de la partida en su larga marcha para tomar por la retaguardia la fortificada ciudad de Akaba, a orillas del Mar Rojo y en manos de los turcos.

Lucha contra las tormentas del desierto para rescatarlo y regresa victorioso. Solo para que más tarde, y porque el destino está escrito, se cumpla el destino de quien tuvo que morir abandonado en el desierto.

Recuerdo la de Lawrence/O’Toole entrando en el bar de oficiales con sus dos criados árabes…

Y la de Lawrence/O’Toole cuando sus superiores, unos excelentes Claude Rains y Jack Hawkins, dejan que ese pobre idiota con aires de grandeza crea que está por encima de los intereses de una nación que está forjando imperio. Un imperio del que a su manera intenta sacar provecho para lo que será su país el príncipe Faysal que interpreta un gigantesco Alec Guiness.

Y todo narrado con una épica que, pese a las luces y sombras del personaje iluminado que pierde su inocencia tras caer en manos de los turcos, hace leyenda…

Recuerdo haber visto Lawrence de Arabia en el cine.

Una película larga, larga de verdad.

Recuerdo la obertura de su banda sonora.

Pantalla completamente a oscura mientras suena la inspirada música de Maurice Jarre.

Recuerdo el inicio, el nudo, el intermedio.

Y el final.

Y recuerdo como aplaudo con otros tanto cuando aparece en pantalla The End.

Y me veo aplaudiendo solo en casa volviendo a ver por centésima vez la película.

Lawrence de Arabia, la película, cumple cincuenta años.

-  ¿Por qué te gusta tanto?

- Porque es limpia.- respondo apagando la llama de una cerilla con los dedos.

Saludos, todo está escrito, desde este lado del ordenador.

La familia

Martes, Enero 10th, 2012

Cosas de la crisis, mis visitas al cine se han ido reduciendo en los últimos años a ocasionales escapadas porque casi siempre salgo de la sala oscura con la sensación de haber sido vilmente estafado. En la decena de películas que vi en pantalla grande el año pasado, recuerdo apenas tres o cuatro títulos españoles. Y todos ellos aburridos aunque técnicamente impecables.

Por razones objetivas, saqueé de mi ya de por sí saqueada cuenta corriente en 2011 el puñado de euros necesario para bostezar con Intruders, Seis puntos sobre Emma y Blackthorn, dirigidas por gente de aquí y alguno de los cuales creía conocer hasta el día de ayer…

Leo por eso y sin mucho interés la lista de nominadas y nominados a los Goya y me sorprende no encontrar entre las candidatas a mejor actriz a Verónica Echegui, probablemente lo mejor de Seis puntos sobre Emma, aunque sí que lo esté por la última de la Iciar Bollaín (Katmandú, un espejo en el cielo); ni más nominaciones a la fallida reflexión psicomágica Intruders (solo a mejor actriz de reparto, Pilar López de Ayala, y a efectos especiales) y, aunque era de esperar, las sonrojantes once nominaciones a ese truño que responde al nombre de Blackthorn, uno de los grandes fracasos en taquilla del cine español el año pasado.

La lista del resto de nominados pone de manifiesto una vez más que eso que llaman cine español me la resbala. Pero no solo a mí sino a la mayoría de espectadores de este desvertebrado país porque –ese mismo cine que se dice español– no termina por empatizar con su público natural, que somos los españoles de a pie, claro está.

Entiendo por ello que las nominaciones de Blackthorn y La voz dormida, dos películas que no contaron con el favor del público, se hace para repescar dos frustradas producciones con la esperanza de que tras el reparto de candidaturas (y por si cae alguna, que alguna caerá, no hace falta ser muy listo para entender la jugada) una o las dos regresen a las salas comerciales con el objetivo de recuperar lo que fue una inversión perdida.

Se castiga malamente al gamberro de Santiago Segura, que con su también mediocre Torrente IV fue el título español más visto en salas. Y se castiga a Intruders, que recuperó lo invertido la primera semana de estreno gracias sobre todo a una ejemplar campaña publicitaria, casi como si fuera pecado eso de hacer dinero…

La Academia, tan viva ella en su casposillo glamour, recupera a Pedro Almodóvar tras años de desencuentros y le regala dieciséis nominaciones por La piel que habito. Un gesto, el de estos Goya, que pone de manifiesto la sospecha de que el cine español es como una familia. Una familia que continúa aferrada a unos vicios y a unas formas que hace imposible que como industria prospere. Sobre todo en unos premios, los Goya que son de la casa, en lo que prima más la cercanía y el amiguismo y poco, muy poco, el talento.

Y puestas así las cosas, como que la cosa no funciona.

Y a los catastróficos resultados económicos de la mayoría de las películas nominadas me remito. También a los estrictamente creativos de un cine que parece que se realiza solo para ellos: familiares y amigos.

Entre las sorpresas: Eva, de Kike Maíllo. Otra película que pasó sin pena ni gloria en nuestras carteleras hambrientas de un cine con el que el espectador se sienta identificado.

Pero no hay manera.

Y no pido mucho, creo. Porque soy de esa clase de público –en claro retroceso– que aún va al cine y paga religiosamente su entrada.  

Claro que a la familia del cine español le debe de importar un pimiento que este espectador en crisis pague entrada.

Y puestas así las cosas, espero que entiendan porque dejaré de ir ocasionalmente al cine, y mucho menos si ese cine es español, en este apocalíptico 2012 que hace apenas unos días comenzó a dar sus primeros e inestables pasos.  

Saludos, game over, desde este lado del ordenador.

Lugares poco comunes

Domingo, Diciembre 25th, 2011

Con el cuerpo y la cabeza hecho trizas por razones que, espero, entiendan, vago por las solitarias y tristes calles de esta ciudad en la que últimamente cae demasiado pronto la noche buscando algún refugio donde despistar al dolor de cabeza y el carnaval que se tienen montado mis tripas yendo a parar casi por inercia a las puertas de una  multisalas.

Aligero mi bolsillo de un puñado de euros y me meto como un sonámbulo en lo que antaño eran salas oscuras y hoy son más o menos como cuartitos en sombras mientras protesta mi estómago y noto la garganta demasiado seca como para no tomarme en serio lo de haberme procurado una botellita de agua con la que engañar mi sed. Pero justo en el momento en el que hago amago de levantarme las luces se apagan y la pantalla la taladra la luz del proyector.

Apenas somos cuatro gatos en la sala. Un tipo bastante obeso se sienta en la butaca del otro extremo del pasillo y escucho sus resoplidos que suelta con matemática insistencia.

Pero no sé si es porque tengo la cabeza en otra parte. O ganas, sencillamente, de dejarme llevar, lo que hace que me olvide de la molesta y sonora respiración de mi vecino de butaca para conmoverme con El topo. La esperadísima, al menos por quien escribe al borde del ataque de sueño, adaptación cinematográfica de la novela de John Le Carré.

No hace mucho que volví a releer la novela y no hace mucho también que vi la serie de televisión que en su día protagonizó Alec Guinness como el abatido espía británico George Smiley.

Es una pena, claro está, que vea la versión que ahora estrena el interesante Tomas Alfredson en versión doblada pero puedo darme con un canto en los dientes si recuerdo que hace mucho, mucho tiempo, cuando existían las salas de cine de verdad la proyección de la película se interrumpía a la mitad para que el público tomara un refrigerio. También que era una costumbre darle una propina al acomodador, impecablemente vestido con un uniforme de gala. Pero eran otros tiempos.

Gary Oldman interpreta a Smiley. El actor rinde un cariñoso y sutil homenaje al Smiley de Guinness, en el tortuoso laberinto de engaños y lealtades que es esta magnífica, aunque no redonda, película con sabor a los años setenta. Década ésta, los setenta, en la que el cine parece que tiró su último volador para iluminar con fuegos artificiales un arte que hoy languidece en su retorcida estupidez.

A medida que veo la película es inevitable que la compare con la novela. Me asombra la capacidad de síntesis que han tenido los guionistas Bridget O’Connor y Peter Straughan para que el espectador siga lo que en la novela es una compleja trama que obligaba a mantener la atención en el libro.

Salgo de El topo con una extraña sensación de tristeza mientras Julio Iglesias suena en la película interpretando una verbenera versión de La Mer.

Como me da tiempo, vuelvo a sacrificar otro puñado de euros para meterme a ver The Artist, de Michel Hazanavicius, un entrañable homenaje al cine silente.

La película me hace recordar el tributo que hace unos años intentó dedicarle Mel Brooks al mismo cine mudo en la olvidable La última locura. También recuerdo la maravillosa Cantando bajo la lluvia como cinta de referencia para entender qué supuso la aparición del sonido para un arte que ya era industria.

The Artist demuestra que al cine no le hacen falta palabras. Que una historia –por tópica y mil veces vista–  resulta enternecedora si sabe tocar la fibra. No sé que fibra debe ser ésta, pero existir debe de existir porque por unos momentos pienso que al pagar el dinero de la entrada lo que he hecho es una inversión y no otro malgasto de dinero yendo al cine más que por ir al cine por necesidad de refugiarme, de aislarmte todavía un poquito más del mundo salvaje que se mueve a mi alrededor.

The Artist logra arrancarme sonrisas amables y despierta una vez más el entusiasmo por el cine que viste siendo muy pequeño en aquel inolvidable televisor en blanco y negro de la casa Pradoni.

Y por una vez espero que pase como le pasa a la protagonista de La rosa púrpura del Cairo. Es decir, tener la capacidad de levantarme de la butaca e introducirme en la pantalla para vivir la deliciosa historia de amor que veo con un extraño cosquilleo.

Estás tan embobado que incluso la pareja que tienes al lado, y que devora cotufas como imagino que deben de devorar sus besos, no te molesta. Y descubres que apenas has removido el culo de la butaca con la tonta sonrisa congelada en tus labios.

Pero se encienden las luces y sabes que tienes que regresar a casa un día de Navidad en el que la noche parece que caído demasiado pronto sobre la ciudad.

Saludos, Tony Bennett suena por algún lado, desde este lado del ordenador.

Versión Original con Subtítulos en Español

Jueves, Diciembre 15th, 2011

No es lo mismo, por mucho que se empeñen algunos, ver una película en versión original subtitulada que doblada. Y ello pese a reconocer que en España se dobla bien.

Muy bien.

Recuerdo el pase hace años, en una ceremonia de los Oscars, de una serie de cortes de películas estadounidenses dobladas a otros idiomas que levantaron la inevitable carcajada de los espectadores. Donde más se rieron los gañanes miembros de la Academia e invitados a la gala fue al escuchar a Groucho Marx parlotear en castellano uno de sus fabulosos chistes. Aquella voz no les sonaba al público a la de Groucho.

Y mucho menos machacando la lengua de Cervantes. Olvidaban los gringos sin embargo que para muchos españolitos venidos al mundo la voz de Groucho era precisamente esa que machaba la lengua de Cervantes. Claro que, con justicia, a todos ellos les sonó a extravagante, como a extravagante debe de resultarnos a todos nosotros escuchar a Paco Rabal o Fernando Fernán Gómez doblados por un actor de doblaje norteamericano, por poner un ejemplo.

Viene todo esto a colación porque leo en El País que la Comisión para el fomento de la versión original en la exhibición de las obras audiovisuales, creada por los Ministerios de Educación y Cultura y órgano de carácter no vinculante, insta que te insta a establecer una obligación de programar películas y series en Versión Original Subtitulada en Español (el V.O.S.E. de toda la vida) en los cines y en la pequeña pantalla.

Los responsables de las cadenas privadas se han llevado las manos a la cabeza al conocer la noticia y han coincidido al calificar esta recomendación de “tontería” mientras el presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho, cree por el contrario que se trata de una demanda ”pedagógica.”

Es probable que algunos piensen que González Macho piensa así porque, de alguna manera, si se tuviera en cuenta esta todavía recomendación, muchos espectadores dejarían de lado el cine que nos viene de fuera y rodado en otros idiomas en favor de producciones nacionales y de los países donde se habla el español con tal de ahorrarse leer los puñeteros subtítulos.

Craso error.

Por lo que coincido con González Macho en que si de verdad se pusiera en marcha esta medida, sus efectos resultarían a la postre sanadores. Sanadores para un público que desconoce la voz –y la labor que en ocasiones implica forzar el acento porque así lo requiere el personaje– de los actores porque les permitiría descubrir la dimensión de su trabajo.

En cine, el caso más disparatado de versión doblada que he visto en los últimos tiempos fue el de Babel, una película que basaba su gracia en la pluralidad de lenguas en la que fue rodada. La contemplé en una sala tan rigurosa y cinéfila como son los Renoir de la capital tinerfeña. Salas que, como todo el mundo sabe, no exhibe en la capital tinerfeña largometrajes en versión original.

Los casos más extremos con el doblaje, si viajo en el tiempo, son todos aquellos musicales en los que incluso se atrevieron a doblar las canciones. En mi memoria está grabado al rojo vivo en el casillero de parodias involuntarias  a Julie Andrews enseñar a los niños las notas musicales en Sonrirsas y lágrimas o a Dick Van Dyke entonar un excéntrico dulces pitos en la inolvidable Chitty Chitty Bang Bang, entre otras majaderías.

Igual de descacharrante era cuando en el filme aparecían extranjeros. El doblador estaba obligado a imitar un acento foráneo que en el caso de si era de origen alemán subrayaba las rrrr; francés las gggg y chino las inevitables llll.

Unos ejemplos:

ALEMÁN (doblado al español): ¡Voy a matarrrlo perrro inglés!

FRANCÉS (doblado al español) ¡Voy a mataggglo pegggo inglés!

CHINO (doblado al español) ¡Voy a matallllo pelllo inglés!

Esta semana, que me la he pasado gracias a la generosidad del amigo Carlos (Carrrlos, Caggglos, Callllo) viendo la estupenda teleserie La gente de Smiley en V.O.S.E., no dejaba de preguntarme cómo sonaría la voz de sir Alec Guinness en español interpretando al equívoco agente secreto ahora jubilado.

Me voy de todas formas tranquilo a la tumba ya que sé que Alec Guinnes no sería el mismo con la voz suplantada.

El artículo de El País explica que esta comisión nace tras una Enmienda transaccional en la mesa del Senado que solicitaba el pasado 12 de julio al Gobierno a fomentar la versión original y la difusión de las lenguas oficiales en la que todos los grupos votaron a favor, excepto el PP, que se abstuvo. “A nosotros nos dijeron que pensaban que se debía ir más lejos”, asegura Cuadros. “No hemos presentado el informe antes porque no podíamos hacerlo durante la campaña electoral. Efectivamente, nos han faltado meses de legislatura para desarrollar esta iniciativa”.

El artículo concluye así que será el nuevo Gobierno quien “deberá decidir si el informe es papel mojado o el inicio de un profundo cambio social.”

Y la verdad es que no sé si significará un profundo cambio social si se implanta el V.O.S.E. en los cines y las televisiones de este país con hambre, pero a los que nos gusta ver imágenes en movimiento en Versión Original con Subtítulos en Español sí que les harían un poquito más feliz su existencia en unos tiempos tan poco felices como los que vivimos.

No, no suena igual el You talkin’ to me? que el ¿Me hablas a mi? de Robert, Taxi Driver, De Niro.

Saludos, no, no es lo mismo, desde este lado del ordenador.

Emociona, conmueve, hace pensar

Martes, Diciembre 13th, 2011

Robert Redford es un hombre que además de su notable atractivo físico aún conserva un puñado de inquietudes que, cuando logra ordenarlas en su cabeza, genera excelentes trabajos tras las cámaras. Su última película como director, La conspiración, es un buen ejemplo de ello. Y a ello se debe un guión perfectamente alambicado en el que se mezclan géneros como el histórico, el procesal y el político cuyas piezas se unen con una desarmante sencillez –pese a su complejidad– para contarnos a través de imágenes uno de los momentos claves en la historia de los Estados Unidos.

Tengo debilidad confesa por la Guerra de Secesión, ese periodo que dividió en dos violentas mitades a un país que todavía se estaba forjando como nación. El símbolo de ese momento recae en Abraham Lincoln, hombre y político magistralmente retratado en la novela de Gore Vidal y sombra, la de Lincoln, que planea en el filme de Redford porque La conspiración trata, precisamente, del juicio militar que se celebró sobre las personas que intervinieron no solo en el asesinato del presidente sino también en los atentados al vicepresidente y secretario de Estado de su gabinete.

La conspiración es un filme denso. Pero de una densidad que se mastica y digiere con insólita facilidad porque tiene el aroma de los clásicos. Sus lecturas, además, resultan muy de nuestro tiempo y no es equivocado pensar cuando uno la está registrando con su pupila en los presos hacinados en la actualidad en Guantánamo y en cómo el poder explota el miedo para controlarnos.

Afortunadamente, la película de Redford no se queda solo en este discurso. También es un eficaz vehículo de tesis, si quieren, para criticar, sin excesivos subrayados, la maquinaria del poder cuando actúa contra el individuo, en este caso una mujer, al que las circunstancias han colocado en el centro de la vorágine.

De fondo, pero también fusionando en el relato, un personaje que pierde la inocencia ante el sistema que contribuyó a defender en los campos de batalla.

La conspiración es un largometraje con signo político obvio, un alegato contra la pérdida de libertades del individuo ante un Gobierno que en nombre de la paz recurre a toda clase de mecanismos para condenar a la horca aplastando si es necesario la presunción inocencia de sus ciudadanos.

La conspiración enciende así el sentido de alarma de cualquier espectador con dos dedos de frente, y contemplando el indignante juicio al que se sometió a la única mujer acusada de haber formado parte del asesinato a Lincoln, se pregunte si de verdad vivimos en un país libre.

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto viendo una película. Una cinta que me conmoviera y me hiciera saltar las lágrimas. Una de esas películas que cuando sales de la sala aún te sigue devorando por dentro mientras miras a tu alrededor con otros ojos, consciente que no eres nada como célula diminuta que forma parte de un cuerpo, el Estado, para el que prácticamente no existes.

Deambulas como sonámbulo a tu casa. Agradeciendo la enorme capacidad que tiene el cine norteamericano para escarbar en su propia mierda y también el terrible mazazo que te da en la cabeza cuando, cada vez más ocasionalmente, cineastas como Redford nos recuerda que, pese a las circunstancias, merece la pena enfrentarse a un sistema que presume que todos los hombres somos iguales ante la ley.

La conspiración es una película para ver. Uno de esos títulos que brotan como una fuente en medio del desierto del cine actual. Un trabajo que me hace pensar que este arte atontado últimamente aún tiene energía para provocarte.

Buena añada de estrenos la de los meses finales de este 2011 negro. Pienso en lo último de Redford, en lo último de Cronenberg, en lo último de Polanski.

Cine mayúsculo rodeado de tanto cine minúsculo.

Así que no todo está perdido.

Saludos, aún noqueado, desde este lado del ordenador.