Archive for the ‘Cine de allá’ Category

¡¡¡Catástrofe!!!

Domingo, Febrero 12th, 2012

En la década de los setenta se puso de moda un género que ha pasado a la historia como cine de catástrofes.

La aparición de este género, cuya gracia consistía precisamente en la representación de hiperbólicos desastre ecológicos, puede tener varias lecturas para quienes deseen romperse la cabeza intentando explicar las razones que se confabularon para que en década tan castigada por la crisis –la crisis del petróleo por aquel entonces– se estrenaran en las pantallas de medio mundo películas donde las fuerzas de la naturaleza –Gaia desatada– estaba empecinada en borrar la sonrisa de la boca a esa especie parásita y debilucha que tiene –dice– inteligencia pero que aún cuestiona que procede del mono.

Al margen de especulaciones tontorronas, si por algo se caracterizaron todas estas películas fue porque, entre otros muchos nombres, un hombre mono las hizo posible, Irwing Allen.

También porque gracias a este género se dio de comer a grandes estrellas de Hollywood por aquel entonces marginadas por la nueva hornada de estrellas que poblaban el universo de la Meca del Cine.

En este aspecto, fue tal el tonelaje de grandes actores y actrices que intervenían en estas producciones que se hizo habitual que en sus fantásticos carteles promocionales, tras la escena espectacular de rigor, se añadiese en su parte inferior la fotografía de casi todos ellos tipo tamaño carnet.

En El coloso en llamas, por ejemplo, y en donde aparecía Paul Newman o Steve McQueen se informaba que hacían de El arquitecto o El jefe de bomberos, respectivamente.

Una maravilla, porque eso daba juego a que antes de ver la película la pibada de aquel entonces escogiera con sus amigos o primos quién quería ser antes de ver la que prometía ser la catástrofe del siglo en pantalla grande.

Así que cuando lo hacía el pibe, éste no citaba a Paul Newman o Steve McQueen, sino El Arquitecto o El jefe de bomberos.

Ya saben, la inocente chiquillada que marcó a una generación de cinéfilos con corazón cinéfago.   

Sin embargo, si hay un filme que, a mi juicio cinéfilo/cinéfago podría considerarse la obra maestra del cine de catástrofe y muy por encima de la aún espectacular El coloso en llamas es, sin lugar a duda, La aventura del Poseidón, película que celebra ahora su treinta aniversario con un sabor genuinamente retro por, precisamente, setentera.

Dirigida por Ronald Neame y protagonizada por Gene Hackman, Ernest Borgnine, Shelley Winters, Leslie Nielsen, Roddy McDowall y Stella Stevens, entre otros, La aventura del Poseidón se basa en la novela del mismo título de Paul Gallico y cuenta la odisea de un puñado de pasajeros de un lujoso trasatlántico que una noche de Fin de Año una ola gigantesca da la vuelta.

Literalmente le da la vuelta.

La primera vez que vi La aventura del Poseidón fue, creo recordar, en el Teatro San Martín de Santa Cruz de Tenerife y salí de la sala fas-ci-na-do. Tanto, que llegué a decirle a mi padre que era la mejor película que había visto hasta la fecha.

Por aquel entonces era un pibe, pero la aventura de los pasajeros que lidera Hackman en aquel trasatlántico vuelto del revés buscando la salida me llegó al alma.

O lo que es lo mismo, me emocionó como aún continúa emocionándome pese a que con la edad me dé cuenta de muchos de sus fallos y sobre todo de unos efectos especiales que hoy saben a rancio. Pero, demonios, ése es otro de los encantos de esta cinta para los que, como quien ahora les escribe, no se cansa de verla y maldecir su remake.

Se trata además La aventura del Poseidón de una película cien por cien Allen. Es decir, que pese a que está firmada por el sólido Neame la sombra de Allen planea con el único objetivo de recordarnos que quiere entretener al espectador.

Pero ojo, y que nadie se llame a engaño: porque La aventura del Poseidón se trata de un entretenimiento con clase.

Es una película que dota a sus protagonistas de conflictos, lo que hace si me apuran mucho más interesante su itinerario por la entrañas del barco, ese extraño mundo que por un golpe de la caprichosa naturaleza de pronto se ha vuelto del revés.

Gene Hackam interpreta a un reverendo con problemas de fe.

Borgnine a un policía neoyorquino que no admite que nadie le dé órdenes y mucho menos si éstas vienen de un reverendo con problemas de fe.

Shelley Winters y Jack Albertson son un matrimonio judío que espera ver como su hijo de ha hecho hombre en Israel y McDowall a un camarero que conoce el barco. Y Stevens a una ex prostituta y…

La aventura del Poseidón contiene varias escenas que a los que la vimos en su momento se nos quedó grabadas al rojo vivo en el disco duro de la memoria.

Entre las escenas memorables cito la de Hackman animando al pasaje a marchar con él para encontrar una salida mientras un oficial del barco les conmina a que no le hagan caso.

También aquella en la que Shelley Winters, generosa en carnes por aquel entonces, tras tener que bucear un tramo sumergido bajo las aguas, repite la experiencia con consecuencias sospechosamente inevitables.

Vista desde la distancia La aventura del Poseidón sentó las bases de un género, como es el del cine catastrofista, que apenas ha variado la fórmula.

Como película me sigue pareciendo además mucho más impactante que las que se rodaron de la serie Aeropuerto.

De hecho, aún recuerdo fragmentos de La aventura del Poseidón y muy pocos de las películas que se rodaron con los Boeing 707 accidentados, demasiados telefilmes para mi gusto de sibarita catastrofista.

La aventura del Poseidón contó con una secuela, la potable Más allá del Poseidón (1979), una película que no tiene nada que ver con la primera salvo el barco flotando al revés en el mar.

En ella intervinieron Michael Caine y Telly Savalas –probablemente el calvo más famoso de la historia del cine tras Yul Brynner–  pero más que una película de catástrofes es una película de aventuras a secas.

Allen volvería al género, pero esta vez en clave ecológica, con la irregular El enjambre (1978), una película en la que una colonia de abeja asesinas africanas azotaba los Estados Unidos.

Fue un estrepitoso fracaso.

Quiero pensar porque las pobres abejas nunca han gozado de la mala prensa de las encantadoras arañas y cucarachas.

Allen probaría suerte en el cine una vez más con El día del fin del mundo (James Goldstone, 1980), una desabrida cinta catastrofista localizada en una remota isla del Pacífico donde a un volcán dormido se le ocurre despertar.

En esta película actuaba además de Paul Newman, Jacqueline Bisset y un maduro William Holden que parece que tiene ganas de mandar a tomar por culo a todo el mundo.

Como el público es ingrato por naturaleza, Allen se refugió en la televisión donde comenzó su carrera con series tan apreciadas como Perdidos en el espacio, Viaje al fondo del mar o Tierra de gigantes, poniendo su nombre cuando las cosas le iban realmente mal en una serie de telefilmes que no pasarán a la historia.

Así que ya no era el mismo.

Un buen día, un infarto al corazón dejó que continuara preocupándose por lo que podría pasar con nosotros –monos caprichos e ilusos– cuando la naturaleza grita Basta.

Basta…

Su relevo, por desgracia, lo han recogido una serie de cineastas en este siglo XXI que vivimos –más catastrófico que catastrofista– que no se han percatado que son monos.

Inconscientes ellos, precisamente ellos, porque han terminado por convertir en clásico a Irwing Allen.

Irwing Allen.

Saludos, bye, bye Whitney Houston, desde este lado del ordenador.

Desconocida Polonia, turbulento Aldrich…

Miércoles, Febrero 8th, 2012

UN CINE DESCONOCIDO

El cine polaco es una de las grandes y desconocidas cinematografías europeas. Y ello pese a contar con un puñado de títulos que estuvieron a la vanguardia de lo que se estaba rodando en el viejo continente. Polonia cuenta además con un sobresaliente pasado cinematográfico en el que se encuentran ambiciosas producciones de carácter histórico como Faraón (Jerzy Kawalerowicz, 1965); inteligentes adaptaciones de sus clásicos literarios, ver la reivindicable El manuscrito encontrado en Zaragoza (Wojciech Has, 1965), protagonizada por Zbigniew Cybulski según la formidable novela de Jan Potocki, o el entretenidísimo largometraje de aventuras Los caballeros teutónicos (Aleksander Ford, 1960), inspirada en el relato del mismo título de Henryk Sienkiewicz; así como películas de hondo calado social y compromiso con la historia como las rodadas por Andrzej Wajda y juguetones experimentos con algo como son los trabajos que marcan al primer Roman Polanski, entre otros realizadores nacidos o criado en este castigado país.

TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge a partir de este jueves, 9 de febrero, un ciclo de cine que bajo el denominador de Festival de Cine Polaco, mostrará a los espectadores cuáles son los síntomas y constantes de una filmografía que aún continúa siendo poco conocida en España.

Celebremos pues esta iniciativa, organizada por el Instituto Polaco de Cultura y por la Asociación Polaco-Canaria ARKA en colaboración con TEA Tenerife Espacio de las Artes, que incluye siete largometrajes, una película infantil y un ciclo de cortometrajes infantiles de animación.

Los fuera de juego (Kasia Adamik, 2009) abrirá este jueves, a las 19 horas, el Festival. Título al que seguirá, a las 21.30, Madre Teresa de los gatos (Pawet Sala, 2005).

Las películas previstas para el viernes, 10 de febrero, son El árbol mágico (Andrzej Maleszka, 2008) y Amor reclutado (Tadeusz Król, 2010), que se proyectarán a las 19 y 21.30 horas, respectivamente.

El Festival continuará el sábado, 11 de febrero, a las 17 horas con una selección de cortometrajes infantiles de animación del Estudio de Películas de Animación de Bielsko Biala (1964-1983) y a las 19 y 21.30 horas Rosita (Jan Kidawa Blonski, 2010) y Mall Girls (Katarzyna Rpstaniec, 2009).

El domingo 12 de febrero se proyectará de nuevo El árbol mágico, a las 17 horas y a las 19 horas El pequeño Moscú (Waldemar Krzystek, 2008) y Reverso (Borys Lankosz, 2009) a las 21.30.

UN HOMBRE LLAMADO ROBERT ALDRICH…

Hay un grupo de cineastas norteamericanos que algunos han etiquetado como menores –o artesanos, en el mejor de los casos– que, a mi juicio, están fuera de toda duda. Es decir, que la mayoría de los trabajos que firmaron gente como Richard Fleischer, Donald Siegel, John Sturgess o Robert Aldrich, entre otros tantos, ocupan un lugar muy destacado en mi memoria cinéfila.

La Filmoteca Canaria inicia el 14 de febrero en el Teatro Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria; y el 16 del mismo mes en los Multicines Renoir-Price de Santa Cruz de Tenerife, un ciclo dedicado a uno de los grandes pese a que otros los reconozcan como menor o artesano.

Su nombre: Robert Aldrich.

La selección de películas del ciclo es excelente, aunque faltan títulos mayores en la filmografía de este bronco cineasta que cultivó prácticamente toda clase de géneros como sus excelentes cintas bélicas Doce del patíbulo, Attack y Comando en el Mar de China, aunque sí incluye, a mi juicio, uno de los mejores western de la historia del cine como es El último atardecer. Y eso hablando de un hombre como Aldrich, quien supo manejarse muy bien en este tipo de historias como acreditan las todavía poderosas Apache, Veracruz y La venganza de Ulzana, un filme, este último, que un amigo define como de ciencia ficción y razones no le faltan para hacerlo.

El ciclo exhibirá también dos thrillers góticos de Aldrich, ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver, y el rabioso hard boiled El beso mortal, probablemente la mejor adaptación al cine de una novela protagonizada por Mike Hammer, esa especie de antecedente de Harry el sucio que cobró vida gracias al interesante y reaccionario escritor norteamericano Mike Spillane.

Considero, de todas formas, que las dos grandes películas de este ciclo dedicado a Aldrich es la ya mencionada El último atardecer y El emperador del norte, quizá porque esta última película fue, valga la redundancia, el último gran trabajo de un director que casi siempre apostó por contarnos historias fuertemente masculinas y cínicas.

Tras El emperador del Norte, Aldrich no volvió a ser el mismo aunque todavía le quedaría algún cartucho en la recámara cuando filmó Los chicos del coro, un retrato poco ortodoxo de la policía y que adapta una extraordinaria novela de Joseph Wambaugh.

Reproduzco a continuación el calendario de sesiones:

 TEATRO GUINIGUADA (20.30 horas)

* Febrero

Día 14: El beso mortal

Día 21: El último atardecer

Día 28: ¿Qué fue de Baby Jane?

* Marzo

Día 6: Canción de cuna para un cadáver

Día 13: El emperador del Norte

MULTICINES RENOIR-PRICE (20.30 horas)

* Febrero

Día 16: El beso mortal

Día 23: El último atardecer

* Marzo

Día 1: ¿Qué fue de Baby Jane?

Día 8: Canción de cuna para un cadáver

Día 15: El emperador del Norte

Saludos, merece la pena, desde este lado del ordenador

‘J. Edgar’

Domingo, Febrero 5th, 2012

Uno de los personajes más siniestros y quizá por ello atractivos del pasado siglo XX en los Estados Unidos es John Edgar Hoover, director desde su creación del FBI, un extraordinario aparato policial que controló bajo la administración de siete presidentes de distinto color político incapaces de quitárselo de encima por el coste que podría suponer para sus carreras.

Personaje incómodo, y cuya secuela de miedo parece que incluso llega a  nuestros días, Clint Eastwood presenta ahora una interesante y no creo que para nada aburrida película para iniciados en la historia de este gran país y en la que muestra, con todas sus luces y sombras, las contradicciones de este magnífico titiritero que basó su poder en la información. En la información de y sobre otros.

Al margen del acierto o no de los actores protagonistas, aunque a mi juicio Leonardo DiCaprio está demostrando con creces ser uno de los mejores intérpretes de su generación; del pobretón maquillaje con el que se cubre su rostro y el de otros actores para escenificar el paso de los años, y omitir momentos digamos que delicados en la vida de Hoover por su soterrado enfrentamiento con presidentes ante cuya gestión fue claramente hostil, J. Edgar me parece una estupenda película y un estupendo retrato no ya de este maestro de la manipulación y el chantaje sino de un hombre al que según la película de Eastwood, y según el eficaz guión de Dustin Lance Black, no supo vivir con sus contradicciones.

J. Edgar, según Eastwood, resulta así un más que interesante trabajo de instropección de un hombre devorado por sus convicciones, fuertemente anticomunistas y con un sentido del americanismo digamos que enfermizo, así como por no reconocerse como persona. Casi como si su compromiso con su país y con sus ideas fuera más un camuflaje con el que protegerse de sus presuntas debilidades y ocultar su hoy más que discutida ambigüedad sexual.

El filme de Eastwood explota muy bien este tema, así como explota muy bien las relaciones que mantuvo Hoover con las mujeres –en la película protagonizadas por una estricta madre y una devota, leal y profesional secretaria–  así como la estrecha amistad que lo unió a Clyde Tolson (Armie Hammer), su mano derecha.

J. Edgar toca, sin embargo, de refilón los archivos secretos que, presuntamente, guardaba este bulldog de amigos y enemigos y a los que, cuenta la leyenda, recurría cuando su carrera estaba en peligro. No obstante, se incluye una escena en la que el viejo director del FBI se esconde en su despacho para escuchar una grabación de John Fitgerald Kennedy con una de sus amantes y que Hoover/DiCaprio debe de interrumpir cuando le anuncian que el presidente ha sido asesinado en Dallas.

Puede resultar para algunos un inconveniente que Leonardo DiCaprio no se parezca en nada a J. Edgar Hoover pero quizá sea por eso, en que DiCaprio no se parece en nada a Hoover, lo que ha hecho que me parezca creíble su trabajo. Tanto como me pareció creíble Joaquin Phoenix como Johnny Cash en Walk the Line.

Personajes como Hoover han habido a lo largo de la historia y, desgraciadamente, continuarán habiéndolos.

Mientras veía J. Edgar no dejaba de pensar en Fouché o en Beria, aunque son más las diferencias que las semejanzas los que unen a unos con otros.

El más inquietante sigue siendo, a mi juicio, Fouché. El más terrorífico, por monstruoso, Beria. Entre medio, ubicaría a Hoover, un extraordinario propagandista del FBI y de sí mismo como azote contra el mundo del crimen.

Clint Eastwood es en la actualidad uno de los pocos cineastas que le queda al cine norteamericano. Un cine que ha terminado por evitar mirarse así mismo.

Con autores como Eastwood, afortunadamente, aún nos quedan voces críticas que invitan al debate y que es capaz, en este confuso y desinformado siglo XXI, de mostrarnos la humanidad que tuvo que haber detrás de ese gran pedazo de hijo de puta –como lo llegó a calificar otro gran pedazo de hijo de puta como fue Richard Nixon– llamado J. Edgar Hoover.

Saludos, yo también jugué a ser un G-Man, desde este lado del ordenador.

Érase una vez… En Santa Cruz de Tenerife

Viernes, Febrero 3rd, 2012

Estamos en 1932 y una pareja de cineastas franceses toman vistas con una cámara de una isla perdida del Atlántico llamada Tenerife.

- Oh lá, lá, lá.- exclama el señor Yves Allégret.

- Oh lá, lá, lá.- repite el cámara, el señor Éli Lotar, mientras rueda la vida diaria de una pequeña ciudad de provincias conocida como Santa Cruz de Tenerife.

Los franceses, con claros síntomas de ardor de estómago por el fuerte vino de Tacoronte y las generosas raciones de puchero canario que tragan mientras pierden el tiempo paseando por una pequeña capital de provincias que parece que despierta de la Edad de Media,  prosiguen su aventura de rodar un documental sobre una isla donde unos pocos de sus habitantes trabajan en algo que se llama Gaceta de Arte y el resto de sus pobladores, resignados y encadenados, en una sociedad fuertemente –qué escribo fuertemente– virilmente aferrada a un sistema de castas que hace bullir inquietantes contradicciones en sus cabezas franchutes. Cabezas en las que se agitan revoltosas y acomodadas ideas de una izquierda estéticamente radical.

- ¡Mira a esa cordera que lleva bananas! ¡Fílmala, fílmala!- exclama Allégret a Lotar con los ojos desencajados mientras una moza bien moza camina a su lado cimbreando la cintura y portando encima de su cabeza una piña de dorados plátanos canarios.

- Fas-ci-nan-te.- responde Lotar sin sacar el ojo del visor de la cámara.

- Esto es oro puro… Puro oro puro.- murmura Allégret sorprendido.

En el ambiente huele a pescado salado. Los gabachos asocian el olor del pescado salado al poderoso Atlántico que lame las costas de esa isla que parece haber sido olvidada por el tiempo.

- Toma notas, Yves.- le grita Lotar a Allégret algo molesto porque Allégret está más pendiente de la buena moza que lleva encima las bananas que en registrar por escrito lo que la cámara toma en directo y en blanco y negro.

- Estoy en eso, estoy en eso.- repite Allégret con sospechoso aliento de vino tacorontero.

- ¡Fiiiirmes!- exclama la mujer de Allégret abrazando de pronto a Yves por la espalda.

- Mon Dieu!.- responde asustado Allégret que hace que toma notas mientras por el rabillo del ojo observa como la bella moza con el manojo de plátanos encima de la cabeza desaparece por una esquina.

Los ahora tres franchutes, demócratas y repúblicanos, continúan caminando por las callejuelas de esa pequeña capital de provincias en la que cae un sol de justicia.

Allégret, a la altura de Iglesia de La Concepción, se pone de rodillas.

- He visto la luz, he visto la luz…

- ¿Y cómo es la luz, Yves?

- Pues que el Jacques… el Jacques…

- ¿Qué Jacques?

- El Prévert, merde!

- ¿Qué pasa con el Jacques Prévert?.- pregunta Lotar dejando de filmar.

- Que sea él quien escriba lo que estamos viendo.

- Pero Yves…

Allégret, deteniéndose en medio de la calzada y alzando los brazos.

- Ya veo los títulos de crédito…. ¿Ven los mismos títulos de crédito que estoy viendo yo ahora mismo?

- Pues… como que no.- responde la mujer y Lotar a la vez.

- Merde!  Imaginad, imaginad pedazos de Camembert con patas.

El sol de justicia parece que está derritiendo a los tres franchutes.

- Mi marido delira.- concluye la esposa.

- ¡¡¡Lo veo, lo veo..!!!- repite Alégret.- ¡¡¡Lo veo, lo veo..!!!

- ¿Qué ves?- pregunta Lotar.

- Una pantalla de cine.

- ¿Y?

- Una pantalla de cine donde aparece el título: Tenerife. Y después: por Yves Allégret y con textos de Jacques Prévert.

- ¿Y onde está Lotar?

- Eso viene más tarde…

- Me apetece comer.- dice la mujer de Allégret.- Algo ligero. ¿Qué tal una tortilla francesa a las finas hierbas?

- Tenerife… Tenerife….- canta Yves Allégret bailando como un derviche por la zona de la hoy conocida como calle La Noria.

-Yves, Yves….- le dice Lotar aprovechando que la mujer de Allégret se mete en una casa de comidas.- La de los plátanos, la de los plátanos…

- ¡¡¡Tenerife!!!.- Grita Allégret.

- Cuando se lo cuente a Buñuel.- piensa Lotar.

- Enfants…- anuncia la mujer de Allégret desde la puerta de la casa de comidas El brazo de Nelson.- En este sitio solo dan de comer puchero… O pescado salado.

- Yves.- susurra Lotar.- la moza de los plátanos… A tu lado, Yves… La moza de…

Allégret que se postra de rodillas ante la amazona canaria. Ahora sin plátanos…

- ¡Tenerife!

La moza, descolocada, pone los brazos en jarras.

- ¡Tenerife!.- repite alegre Allégret.

- Vétete por ahí.- dice la moza en grueso castellano con acento canario.

- No entiendo… No entiendo…

- Enfants….- chilla la mujer de Allégret.- ¡¡¡A comer!!!

- Puchero.- responde resignado Lotar.

- ¡Tenerife!, ¡Tenerife!.- repite Yves Allégret idiotizado mientras baila como un derviche por las calles de Santa Cruz.

- ¡Tenerife! 

Saludos, merci beaucoup por mostrarme ese Tenerife ochenta años después, desde este lado del ordenador.

Pasen, pasen y vean…

Jueves, Febrero 2nd, 2012

Damas y caballeros pasen y vean a estas criaturas que pertenecen a otro mundo. Damas y caballeros observen de lo que es capaz la caprichosa naturaleza… Pasen, pasen y vean al hombre torso, pasen y vean a la mujer barbuda, pasen, pasen y vean a las hermanas siamesas, pasen, pasen y vean…

En el año de gracia de 1932 y basado en un estupendo relato del oscuro escritor Tod Robbins, un hombre también llamado Tod pero de apellido Browning –Tod Browing–  rodó la que para quien firma ahora estas líneas es una de las mejores películas de la historia del cine.

Una cinta que desarma e inquieta. Un filme que despierta mis emociones más tenebrosas. Una pieza redonda que si bien el paso de los años lacera aún conserva muy dentro su poder de fascinación.

La cinta se llama Freaks (La parada de los monstruos) y no es apta para todos los públicos.

Ambientada en un circo y en plena Depresión económica, Freaks muestra con inocente mirada la vida de un grupo de hombres y mujeres que son las atracciones del espectáculo no por su talento sino por sus retorcidas malformaciones físicas.

Seres deformes, monstruosos que, paradojas de esta película inclasificable y genial, resulten más humanos que los seres aparentemente normales con los que comparten espacio.

Se ha escrito mucho de Freaks y se continuará escribiendo mucho más de Freaks porque es una película milagro. Una cinta hoy imposible pero muy posible en unos tiempos donde la desesperación había tocado techo. Y si bien es cierto que falta poco para que esa misma frustración termine por devorar al Primer Mundo contrahecho, Freaks vive porque no pertenece a su momento ni al nuestro.

Freaks vive porque es sencillamente eterna. Irrepetible. Un filme cuajado de momentos que se quedan grabados al rojo vivo en tu memoria cinéfila. Que aún te hacen estremecer y que se confabulan para formar parte de tus más retorcidas pesadillas. Un largometraje único, que no se puede clasificar. Quizá ahí radique una de sus grandezas.

La primera vez que la vi fue en televisión, en una sesión de madrugada junto a otros dos amigos que no sienten demasiada pasión por el cine.

Bebíamos litronas y la cabeza la teníamos para toda clase de tonterías.

Entonces, porque la cabeza la teníamos apta para toda clase de tonterías, propuse ver aquella película pese a que uno de mis amigos exclamase: “¡pero si es una antigualla, y encima en blanco y negro!”

Y el otro, quiero recordar que bebiendo un poco más de cerveza, añadiese: “¡Y con subtítulos!”

Freaks comienza.

Y recuerdo que los tres dejamos de tomar cerveza.

También que nadie soltó la clásica broma desestabilizadora.

Cuando finalizó, el más borracho del grupo soltó la frase que a partir de ese día define para mi bastante bien Freaks: ¡qué mal rollo!

Porque Freaks provoca eso, muy mal rollo. Deja un regusto amargo en la boca. Sacude tu hipócrita conciencia.

Por un lado porque la razón te dicta que tienes que estar con los Monstruos, que son hombres y mujeres que intentan llevar una vida normal en un mundo normal que no los ve como normales sino como simples atracciones de feria.

Por otro, porque el corazón te traiciona al observar como ese grupo al que la bella trapecista humilla, se une para tomar venganza. ¿Por qué? Han descubierto que uno de los suyos está siendo envenenado por la bella.

Estalla entonces la tormenta y todos los deformes se aproximan al carromato donde la bella y el bruto, el hombre fuerte, celebran entre besos y abrazos la fortuna que muy pronto les caerá encima.

Un rayo ilumina la noche, el hombre torso se arrastra con un cuchillo en la boca…

Freaks, que obtuvo excelentes críticas en su momento, entre otras la de la chismosa Louella Parson que la describió como “una película diferente que el público querra ver” supuso sin embargo el final de la carrera de Browning.

 Tal y como escribe David J. Skal, en su estupendo libro Monster Show, “nunca volvió a gozar del respeto y la autonomía que le habían permitido realizar películas personales, extrañas y obsesivas dentro del sistema de estudios. Browning había tenido suerte, todas sus películas anteriores, incluso las torpes como Drácula, habían ganado dinero. Pero La parada de los monstruos había roto la única regla inviolable de Hollywood: había sido un desastre financiero que no recuperó los costes. En retrospectiva, uno debe preguntarse si La parada de los monstruos no hubiera tenido más éxito, tanto comercial como artístico, como la película muda que originalmente iba a ser.”

El caso es que Freaks sigue provocando muy mal rollo.

Y me pregunto ahora, mientras escribo estas líneas por qué.

Ayer mismo, mientras la volvía a ver en mi gastado deuvedé noté ese malestar morboso que me invadió la primera vez. Un malestar rabioso, incómodo, que me obligaba a mantener los ojos muy abiertos contemplando la pantalla.

En parte, entiendo el desprecio de la bella hacia los deformes… Y en parte entiendo la terrible venganza que los deformes hacen a la bella. Pero lo entiendo en parte. No en su totalidad…

Siento un escalofrío. Un escalofrío que no es de miedo, precisamente.

Freaks, ochenta años después, continúa siendo una obra maestra.

Y probablemente una de las mejores películas de la historia del cine.

Saludos, escalofríos en la noche, desde este lado del ordenador.

No más No igual a ‘Doctor No’

Lunes, Enero 30th, 2012

 

Recuerdo como si fuera ayer a Ursula Andress saliendo del mar en busca de caracolas.

Es la primera imagen que se me viene a la cabeza cuando pienso en Doctor No. Ese mismo Doctor que Nöel Coward rechazó protagonizar con un escueto telegrama: “¿Doctor No? ¡No, no, no!”

Doctor No cumple cincuenta años.

Y se trata de la primera película Bond. De James Bond y por lo tanto de la primera cinta en la que Sean Connery asumió el papel del agente secreto al servicio de su Majestad.

No fue Doctor No, sin embargo, la primera película que vi de 007. El dardo envenenado que me convirtió a la causa Bond fue Desde Rusia con amor, largometraje que me alteró la conciencia en el cine La Paz.

El cine La Paz estaba ubicado frente al cine Víctor y en la época en que lo conocí, vivía sus últimos estertores antes de cerrar definitivamente. Allí se exhibían dos películas por el precio de una y sus butacas eran de incómoda madera. Malvivía gracias a los reestrenos y es probable –pero no lo recuerdo– que su sonido resultase penoso.

Con todo, Desde Rusia con amor me inició en el fascinante universo del agente con licencia para matar.

Doctor No fue, curiosamente, la segunda película que devoré de la serie Bond. No recuerdo la sala pero sí a Ursula Andress saliendo del mar en busca de caracolas. Más tarde, y sin orden ni concierto, me tragué Operación Trueno y las que protagonizó Roger Moore. Con la llegada del vídeo pude disfrutar de otras cintas Bond que por una u otra razón no pude ver en su momento: Solo se vive dos veces, Goldifnger, Diamantes para la eternidad, todas con Sean Connery; Al servicio secreto de su Majestad, esa interesante rareza que protagonizó George Lazenby, y las primeras con Moore haciendo de 007.

(Más tarde harían de Bond pero sin fondo Bond: Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig… Pero es otra historia y un agrio y tonto debate que mantenemos los bonmaníacos. Ilustre especie entre la que me encuentro. ) 

Con motivo del cincuenta aniversario de Doctor No volví a perder el tiempo este fin de semana revisionándola por centésima vez. Y para mi sorpresa –¡no!– descubrí una cinta vibrante, atractiva, en la que ya se detectaba algunos de los aciertos y también defectos de las películas sobre el personaje creado por Ian Fleming.

Doctor No, como Desde Rusia con amor y Operación Trueno las dirige quien, probablemente, fue el mejor director de la serie: Terence Young.

La acción se desarrolla en una pequeña isla próxima a Jamaica, territorio de No.

Cuando comencé a leer las novelas de Bond, novelas a las que llegué tras ver casi todas las cintas, comprobé que las primeras versiones cinematográficas resultaban más o menos fieles al material literario. En todas ellas pues, el aficionado se hará una idea más o menos aproximada de cómo lo concibió Fleming. Bond es un hombre con encanto, refinado, amante de la buena mesa y el juego. También un seductor y un asesino implacable. E impecable.

Todas estas cualidades se dibujaban ya en Doctor No.

Un Doctor No que apenas ha perdido capacidad de entretenimiento pese a cumplir medio siglo.

Lo que no consiguió Fleming a través de sus novelas lo alcanzaron las películas Bond: convertirse en subgénero de un cine, el de espías, que vivía en aquellos tiempos una especie de edad de oro.

Cosas de la guerra fría.

Leo que primero les ofrecieron el papel a Cary Grant, David Niven, Trevor Howard y Rex Harrison. Leo que Fleming y Young no veían a Connery como el apuesto 007 porque les resultaba demasiado obrero… Leo que se barajaron para interpretar a No además de Coward, Christopher Lee y Max Von Sydow… Al final el Doctor No fue ¡sí! Joseph Wiseman, quien puso muy alto el listón de crueles malvados que hasta el día de hoy se ha convertido en una de las señas de identidad de los filmes Bond. Tanto como las bellas mujeres con las que comparte lecho y aventuras.

En definitiva, que Doctor No cumple cincuenta años.

Y yo aquí, celebrándolo.

Saludos, tomando un Martini agitado pero no revuelto junto a Félix Leiter, desde este lado del ordenador.