Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Con la marca de Cain

Jueves, Marzo 8th, 2012

Si le preguntan a cualquier aficionado a la novela negra sobre James M. Cain les responderá, probablemente, citando  dos o tres títulos de sus novelas más famosas: El cartero siempre llama dos veces, Mildred Pierce y Pacto de sangre (Doble Indemnización), la primera llevada al cine en varias ocasiones –aunque destaque sobre todas ellas la que dirigió Tay Garnett en 1946 con Lana Turner y John Garfield como protagonistas–; la segunda  una excelente película de Michael Curtiz (1945) y una interesante teleserie con la firma de Todd Haynes (2011), y la tercera por ese policiaco aún perturbador que filmó Billy Wilder, un pequeño y rechoncho judío vienés que además de moverse muy bien en los territorios de la comedia también lo hizo en los del drama.

James M. Cain es autor, sin embargo, de otras tantas novelas, muchas de las cuales han sido traducidas al español aunque aún no se le reivindica con el valor que se merece entre los iniciados y neófitos de la literatura negro criminal probablemente porque a su autor, quien comenzó a fabular historias a la edad de cuarenta años, le interesaba más el sexo y las relaciones que suscita, que las tramas policíacas con la que visitó a sus todavía potentes relatos.

Con motivo del 120 aniversario de su nacimiento, que tendrá lugar el próximo 1 de julio, reivindicamos desde El Escobillón el trabajo de un escritor al que se le ha colocado bastante a la ligera la etiqueta de noir, con la esperanza de que algún día un editor con ganas de riesgo se anime a recuperar su obra menos conocida y, sobre todo, la que aún no ha sido traducida a nuestro idioma con el objetivo de rendirle justicia. Pasado el tiempo, Cain es un  autor inclasificable, que abrió su propio camino dentro del género.

Escritor que utilizaba sus relatos para exprimir sus obsesiones sexuales, muchas de sus historias leídas en la actualidad pueden interpretarse como escandalosas y de un erotismos casi rayano en la pornografía, donde sus protagonistas femeninas son, por norma general, mujeres de carácter, fuertes, que en ocasiones responden al tipo de la femme fatale que tanto explotó la novela negra en los años 40, y que no es otra cosa que una especie de sublimación masculina de la mujer como elemento dominante y dominador. O, en otros casos, de una Eva inocente que conduce a su pareja, Adán, a devorar la manzana del árbol de las ciencias.

El caso es que en las novelas de M. Cain si hay personajes interesantes, perturbadores y con una capacidad de manipulación que las convierte en figuras que están más allá del bien y del mal estas son sus protagonistas femeninas. Protagonistas que en otras novelas del mismo escritor, representan exactamente lo contrario pero nunca sin perder su alto octanaje sexual. Esta circunstancia es lo que ha hecho que muchas de sus novelas todavía sigan respirando una insólita actualidad porque James M Cain como excelente escritor clásico que es, tuvo la capacidad de que el paso de los años apenas arrugara la mayoría de sus trabajos literarios.

No obstante, y a mi juicio, la obra maestra de este sin embargo irregular escritor y guionista es Más allá del deshonor, una novela ambientada en el estado de Virginia durante los días de la Guerra de Secesión y en plena edad de oro de los grandes burdeles.

Más allá del deshonor cuenta la historia de un joven que se enamora locamente de una prostituta que trabaja en uno de ellos, y de cómo asesina por amor a un multimillonario que desea casarse con la mujer de su vida dando como resultado que la pareja termine por huir ante la venganza que reclaman los amigos y secuaces de la víctima a través de un país sacudido por la guerra.

Se trata Más allá del deshonor de una novela repleta de giros cainianos, y en la que a su autor, al margen del momento histórico en el que transcurre su acción, le importa más la evolución de ese hombre y mujer locamente enamorados que son capaces de todo –incluso llegar al asesinato– por continuar estando juntos.

Pero que nadie se llame a error. James M. Cain no es un escritor romántico. De hecho, las parejas que viven hasta el último segundo su romance que nace del fuego de un sexo libre y salvaje, suelen terminar irremediablemente mal. Como si su transgresión al final fuera severamente castigada por una sociedad hipócrita pero fuertemente atada a los convencionalismos que imponen las jeraquías.

En este aspecto, el autor fue un poco más lejos en la todavía polémica La mariposa, una historia que se desarrolla en ambientes mineros donde un padre se enamora perdidamente de su hija, con la que llega incluso a mantener una relación carnal, y en las extravagantes Una serenata y Carrera en Re Mayor, que se desarrolla en el mundo de la música y en la que quizás se encuentren los personajes masculinos más débiles que salieron de la imaginación de su autor.

Una serenata cuenta con una atractiva versión cinematográfica dirigida por Anthony Mann en 1956 e interpretada por Mario Lanza, Joan Fontaine, Sarita Montiel y Vincent Price.   

En cuanto a estilo, James M. Cain se caracteriza por sus frases cortas y diálogos ágiles, lo que hizo que algunos lo encuadrarán dentro de la categoría de escritor hard boiled, denominación con la que nunca estuvo muy de acuerdo. Sus historias, además, van más allá de la cruda violencia boiled, ya que Cain más que un escritor de género negro es un escritor de novelas que trasciende el género.

Albert Camus no se cansó de elogiarlo, lo que significativamente le hacía bastante gracia al escritor norteamericano que como todo gran escritor cuenta también con títulos tan olvidables como Al final del arco iris y Galatea, aunque recupera su espíritu bronco y transgresor, siempre marcadamente sexual, en la estupenda Ligeramente escarlata, que quizá sea su novela más negro criminal junto El estafador, El cartero siempre llama dos veces y Pacto de sangre (Perdición/Doble Indemnización).

Regresó a los agitados años de la Guerra de Secesión en Mignon, pero es un título que no terminó de convencerme en su momento lo que hace que no descarte una segunda lectura para comprobar si se trata de un Cain con todas sus letras o de una más de las novelas alimenticias que escribió a lo largo de su vida.

Saludos, hoy recuperando a los clásicos, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Malditos comunistas!!!

Viernes, Marzo 2nd, 2012

“El miedo es como el fuego”

Rocky Balboa

INTRO

El mundo ha dejado de ser el mismo desde que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de ser Socialista y Soviética. Claro que, afortunadamente, el cine ha dejado buena constancia de aquel periodo de la Historia que marcó la política global a través de un puñado de películas que vistas hoy conservan todavía un siniestro atractivo. En este post voy a mencionar solo algunos de los títulos que me parecen más significativos sobre lo que ha pasado a conocerse como Guerra Fría, dejando de lado con discreción y mucha alevosía las numerosas cintas que en clave de espionaje también quisieron contar aquellos sucesos.

He preferido decantarme en este artículo que no pretende presentar cátedra por todas aquellas cintas que los especialistas denominan como de política ficción.

Consciente que me dejó numerosos títulos en el tintero y que la lista solo reseña películas norteamericanas, se agradecerá a quienes les resulte interesenta el tema suscitado por este post que  incorporen títulos de otras nacionalidades así como estadounidenses que hayamos –siempre involuntariamente–  olvidado

LA HORA FINAL (Stanley Kramer, 1959).- Probablemente se trate de una de las películas más desasosegante de la historia del cine y filme cuya grandeza no ha logrado ser enturbiada por telefilmes como El día después (Nicholas Meyer, 1983) y la triste y maravillosa cinta de dibujos animados Cuando el viento sopla (Jimmy T. Murakami, 1986). Stanley Kramer, un cineasta comprometido y de ideas liberales, se anticipó además en La hora final a lo que más tarde haría el cine de catástrofe en los setenta, contar una historia –en este caso sobre el fin de la humanidad–  con un reparto de estrellas del viejo y nuevo Hollywood como fueron Gregory Peck, Fred Astaire, Ava Gadner y Anthony Perkins. Basada en una novela de Nevil Shute, La hora final cuenta como se aproxima una nube radioactiva a Australia tras un holocausto nuclear tras arrasar el resto del planeta. Mientras los personajes esperan resignados su última hora, un submarino del ejército de los Estados Unidos trata de buscar supervivientes en una Tierra que ya tiene sus días contados. Una de las mejores escenas de la película tiene lugar cuando por radio la tripulación del sumergible escucha una señal en una ciudad donde ya no quedan personas. Y más cuando se descubre el origen de esa señal.

EL MENSAJERO DEL MIEDO (John Frankenheimer, 1962).- A pesar de su feroz discurso anticomunista, a mi juicio El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate) es una de las mejores películas sobre esa desviación de la mente humana que es la paranoia. Está dirigida además por un cineasta sobresaliente, y protagonizada entre otros por Frank Sinatra, Laurence Harvey y Janet Leigh. Basada en una estupenda y delirante novela de Richard Condon, El mensajero del miedo cuenta la historia de un héroe de la guerra de Corea que regresa a casa convertido en otra persona. La clave, lo interesante del asunto, es que el héroe no sabe que actúa para el enemigo al ser víctima de un lavado de cerebro cuando fue capturado por el ejército norcoreano. Pese a que el paso del tiempo la haya empequeñecido un poquito, reivindico que esta aún formidable película es una obra maestra sobre la paranoia. Paranoia que salpica a la mayoría de los personajes excepto al pobre candidato de los manchuarianos, inconsciente de que se ha transformado en una máquina de matar. Jonathan Demme rodó una nueva versión en 2004 pero sin la gracia ni la voluntad inquietante que tan bien supo explotar Frannkenheimer en la cinta original.

TELÉFONO ROJO, ¿VOLAMOS HACIA MOSCÚ? (Stanley Kubrick, 1964).- Excesiva, apoteósica comedia sobre el cataclismo nuclear dirigida por el más tarde gélido Stanley Kubrick, quien contó en esta ocasión con un libreto escrito por el subversivo escritor y guionista Terry Southern, pionero de lo que se conoció como Nuevo Periodismo y de quien se puede encontrar en español algunos de sus artículos más libertarios en la legendaria colección Contraseñas de Anagrama bajo el título de A la rica marihuana y otros sabores. ¿Qué podemos contar que no se haya contado ya de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?, prácticamente nada salvo la de volver a incidir que quizá se trate de la película más conocida de política ficción que se rodó sobre aquella Guerra que fue tan Fría. Protagonizada por Peter Sellers, que interpreta a tres de los personajes de esta película coral –el capitán Lionel Mandrake, al presidente Merkin Muffley y al ya legendario doctor Strangelove, que da título original al filme, Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb–, Sterling Hayden, George C. Scott y Slim Pickens en un papel que en un principio iba a protagonizar el mismo Sellers, entre otros actores, Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? es una corrosiva sátira antibelicista que todavía deja con la boca abierta. La película cuenta con numerosas escenas que ya se han convertido en canónicas en esta clase de filmes. Yo me quedo con la de Muffley/Sellers hablando con su homólogo ruso a través del dichoso teléfono rojo o con la ya mítica de Slim Pickens cabalgando en ese falo gigante que es la bomba mientras grita al estilo tejano el inevitable fin del mundo.

PUNTO LÍMITE (Sidney Lumet, 1964).- Quizá sea, junto a La hora final, una de las películas  más desasosegante que he visto en mi vida. El primer visionado, siendo aún un adolescente con granos en la cara y ganas de rebeldía me dejó literalmente noqueado. Es imposible si se ve esta película no ponerse en la piel de Henry Fonda, que hace de ese presidente de los Estados Unidos que todos quisiéramos ver algún día –seamos o no norteamericanos–  en la Casa Blanca. Como diría Javier Hernández Velásquez es imposible resistirse a los ojos puros de Fonda, aunque sea en blanco y negro y perdamos de vista su azul celeste. Punto límite arranca cuando un escuadrón de bombarderos del SAC es enviado a destruir Moscú por un error informático. Fonda intenta convencer a su homólogo ruso que no contraataque y ofrece una solución salomónica para que el mundo no se vaya a la mierda: sacrificar una ciudad de los Estados Unidos si los pilotos estadounidenses no terminan su trabajo. La película, tan teatral como otras tantas cintas de Lumet, se desarrolla en escenarios cerrados, como el despacho Oval donde, entre otras cosas, el presidente y sus asesores se plantean qué ciudad norteamericana borrar del mapa para dejar a los soviéticos tranquilos si al final el Kremlin salta por los aires. Stephen Frears rodó una nueva versión en formato telefilme y más teatral si cabe de Punto Límite con, entre otros actores, George Clooney, pero no supera a la original. Así que vean la de Lumet. A mi me sigue pareciendo una de las mejores películas de esta lista improvisada.

SIETE DÍAS DE MAYO (John Frankenheimer, 1964).- Como habrán observado 1964 fue un excelente año en películas sobre esta temática. Algo así como el Vega Sicilia de las cintas de política ficción sobre la Guerra Fría. Dirigida por el ya citado Frankenheimer, la clave que hace grande a esta película y también al cine norteamericano cuando era una voz libre y no temía la feroz dictadura que impone el mercado, es que el enemigo, además de la URSS, puede estar en casa. Y no como integrante de una quinta columna como refleja Mike Spillane en algunas de sus impetuosas novelas policíacas o Samuel Fuller en su aún atractiva Manos peligrosas, sino por un grupo de militares derechistas poco o nada convencidos de cómo está llevando el presidente de los Estados Unidos (Fredric March) su política contra los soviéticos. El enfrentamiento entre dos militares, Kirk Douglas y Burt Lancaster, el primero un soldado que, pese a lo que piensa acata obedecer a su jefe –que es el presidente de los Estados Unidos– y el segundo, un profesional de la guerra cansado de saludar a un civil –el presidente de los Estados Unidos– al que considera un pusilánime por su actitud ante los rusos y que lo lleva a encabezar unn golpe de Estado es de lo mejor de una cinta en la que vuelve a aparecer el animal más bello del mundo: Ava Gadner.

ALERTA MISILES (Robert Aldrich, 1977).- Quizá no sea una de las mejores películas de Robert Aldrich, pero si se la ve con el corazón bien podría pasar a la historia como una cinta donde las viejas glorias de Hollywood quisieron decir algo así como su última palabra. Protagonizada por Burt Lancaster,  Richard Widmark, Melvyn Douglas y Joseph Cotten, entre otros gigantes que en aquellos días ya les daba ocho que ochenta, el filme es un alegato antimilitarista firmado por un cineasta veterano que no confundía ideología con sentido del espectáculo. Un ex general degradado de las Fuerzas Aéreas norteamericanas y cuatro hombres okupan una base militar y amenazan con lanzar misiles atómicos Titán contra la URSS, si el presidente –además de pagarles cien millones de dólares y garantizarles la impunidad– no hace público en la televisión un documento secreto relativo a la guerra de Vietnam, redactado por su predecesor, un tal Nixon. Al final… al final…

JUEGOS DE GUERRA (John Badham, 1983).- El cine norteamericano explotó en los años ochenta una serie de películas protagonizadas por adolescentes que ya estaban en su primera juventud que, en este título de Badham, explotaba lo que hoy podríamos considerar como aquellos locos pioneros piratas informáticos. En la cinta de Badham, que tiene ese encanto ochetentero de que cualquier mundo podía ser  mejor gracias a estas máquinas procesadoras de datos, su protagonista, interpretado por Mattehew Broderick, se introduce en el sistema informático de Defensa de los Estados Unidos y se pone a jugar a la guerra con su súper ordenador sin darse cuenta que la travesura puede llegar a mayores. En la cinta interviene una actriz, Ally Sheedy, que rompió corazones en la adolescencia de aquellos tiempos ya tan remotos y aún a sabiendas que se trata de una película que solo tiene interés para los que éramos una muchachada con acné y demasiados complejos, en contra de las otras cintas comentadas con anterioridad, creo que el paso del tiempo logrará que Juegos de guerra –pese a resultar demasiado viejuna– se convierta en un título a tomar en cuenta ante en ese futuro que nadie sabe donde nos va a llevar.

AMANECER ROJO (John Milius, 1984).- Ronald Reagan se convirtió en el cuadragésimo presidente de los Estados Unidos en 1981, ganándole las elecciones al demócrata y probablemente uno de los más marcianos y progresistas mandatarios que ha tenido ese país en su ya larga historia, Jimmy Carter. Cuento esto para poner al lector en antecedentes. Durante la era Reagan el cine americano sacó de sus entrañas sus peores fantasmas con la obsesión de quitarse de encima la presunta debilidad de la Administración Carter con una serie de películas donde se reivindicaba lo que allí conocen como el espíritu americano: una mezcla de profundo individualismo que no le hace asco a la labor de equipo. Estimulando el miedo comunista, uno de los cineastas más interesantes pero también ultra conservadores de su cine presentó, acogiéndose también a la moda de cintas protagonizadas por adolescentes, Amanecer rojo, una película donde se planteaba una hipotética invasión de los Estados Unidos por fuerzas hostiles y combinadas soviéticas, cubanas y nicaragüenses (¡!). Con todo, Amanecer rojo es una película que el paso del tiempo ha ubicado en su lugar: el de las rarezas. Y a ello contribuye el sentido épico que caracteriza el cine de su director y guionista, John Milius, quien en esta película de política ficción alambica un discurso propagandístico que visto hoy día solo puede generar una y salvaje y tambiém comprometedora carcajada.

ROCKY IV (Sylsvester Stallone, 1985).- Quizá se trate de uno de los mejores traillers de la historia del cine: en pantalla dos puños enfundados en guantes de boxeo y con la bandera de Los Estados Unidos y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se golpean dando origen a una apoteósica y, quiero pensar, nuclear explosión. Tras dar la vara con Rambo, Stallone recupera a su personaje más agradecido, Rocky Balboa, en la cuarta entrega de la serie enfrentándolo a un púgil ruso que más que ruso parece una fantasía aria hitleriana:  el feroz y robótico Iván Drago (Dolph Lundgren). Drago, que acaba de machacar hasta la muerte al primer contrincante y luego mentor de Balboa, Apollo Creed (Carl Weathers), jura venganza sobre su cadáver. El combate del siglo, el combate que resolverá de una vez la puñetera Guerra Fría se celebra en Moscú donde Rocky medirá sus fuerzas con Drago en el ring y ante un público tremendamente hostil.

¡Viva el espíritu americano!

¿Hace falta que cuente el final?

Baste decir que el Muro de Berlín se vino abajo cuatro años después de tan histórico combate.

Y que si bien la historia dice que ganaron los buenos – los del Mundo Libre– quien ahora les escribe no lo tiene nada claro.

Cosas de la Guerra Fría

Saludos, God Bless America, desde este lado del ordenador.

Un cine que no habito, dormido y que sí deja en paz a los malvados

Lunes, Febrero 20th, 2012

La gala de los premios Goya pese a su mayoría de edad –veintiséis ediciones– parece que no ha superado aún su etapa de caprichosa adolescencia. Lo positivo de todo esto es que la gala, con el paso de los años, ha ido poco a poco desvistiéndose de su quiero parecerme a los Oscar de Hollywood para convertirse en una especie de fiesta familiar del cine español que no termina de cuajar como espectáculo y, como espectáculo promocional de ese cine tan divorciado de su público natural, que es el español, continúe insistiendo en no perder sus enojosos tics quizá porque sus armarios están repletos de cadáveres: los hombres y mujeres proscritos por la pequeña familia del cine español que hace posible los Goya.

La 26 edición comienza con su presentadora Eva Hache cantando con desafinada voz y dando unos pases de baile. Se suma a la danza una serie de actores como si de un karaoke se tratara y pienso entonces alucinado mientras lo veo que el numerito de entrada me recuerda al de las galas de elección de la Reina del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife solo que un poco –solo un poco– más sofisticado.

Echo de menos el humor de Andreu Buenafuente, quizá sea porque poca gracia me hace Eva Hache aunque la mujer le pone empeño y tiene algún que otro destello.

Se anuncian los primeros premios. Vemos las caras de los nominados y la frustración de los que no se llevan la dichosa estatuilla. Se lee o se improvisa desde la tribuna los discursos de agradecimiento.

Se insertan clip recomendando cómo actuar si te toca el Goya, cómo ir vestido, cómo acortar la duración de las intervenciones en las que, inevitablemente, se recordará a los padres y a los hijos.

Lo mejor de la noche, a mi juicio sin embargo, son los cortes en los que Hache se mete literalmente en los filmes que aspiran al Goya al Mejor largometraje. Logran por lo menos que sonría y aguante con estoicismo una ceremonia que se me hace larga por pesada y reiterativa.

No obstante, me parece original y divertida la entrada que Hache da a las palabras del nuevo presidente de la Academia, Enrique González Macho, un hombre con barba y gafas y acon cierto parecido con el recién nombrado presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy.

Macho, que llama a la prudencia del sector ante los cambios legislativos anunciados, sostiene que Internet no es una alternativa ni un sustituto, ni tan si quiera un complemento “al enorme esfuerzo económico que supone producir cine” y flanqueado por las vicepresidentas de la institución, Judith Colell y Marta Atura, termina su disquisición de aromas viejunos instando a todos los miembros del club, digo la Academia, a continuar en la brega con “honor y orgullo.”

Álex de la Iglesia baja entonces la cabeza ya que el honor que demanda González Macho lo toma del polémico discurso que el año pasado impartió el anterior presidente del club, el mismo de la Iglesia.

La gala continúa por vericuetos varios.

Las cámaras no dejan de ofrecer sospechosos primeros planos del actual director de TVE, el tinerfeño Santiago González, y la actriz Ana Wagener, nacida en Gran Canaria, sube a recoger su Goya a la Mejor actriz de reparto por La voz dormida, de Benito Zambrano. La cuota canaria de Goyas del cine español la completa Andrés Santana, que se hace con la estatuilla en la categoría de Dirección de producción por Blackthorne, el fallido por mimético eurowestern de Mateo Gil.

Sigue la función, a la que asiste el nuevo ministro de Cultura, José Ignacio Wert, y el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle, quien manifestaba en ABC el sábado 18 de febrero: “La coyuntura es compleja por la situación económica. Debemos ver las oportunidades que tiene el cine español. Explotar las cosas buenas del actual modelo adaptándolo a las necesidades de cambio. Soy optimista, encontraremos un modelo mixto que combine las ayudas con desgravación.”

Y continúa la gala, menos politizada que años anteriores, quizá porque no está el pellejo para desencuentros. Se añade, sin embargo, algo de sal cuando Isabel Coixet sube a recoger el Goya al mejor documental, Escuchando al juez Baltasar Garzón, pero sus palabras no invocan los rabiosos espectros de aquel ¡No a la guerra! de hace unos años.

Eso sí, sube un espontáneo que exige no sé qué sobre que se rueden western en Extremadura. La Coixet, muy progre, se lo quita de encima como quien se sacude caspa del pelo.

Me estoy aburriendo. Aunque cuando escucho los delirantes comentarios del presentador de TVE que retransmite la gala dudo entre ponerme a reír o llorar.

Dice el comentarista cuando Enrique Urbizu sube a recoger el premio al Mejor guión original por No habrá paz para los malvados algo así como: “Incontestado Goya…” Y añade que Urbizu es, sin que le flaquee la voz al comentarista: “Nuestro Sam Peckimpah.”

¿Sam Peckimpah de qué?

Deja a Peckimpah tranquilo, cacho carne. Idiota, imbécil.

Afortunadamente sonrío con Santiago Segura. Sus intervenciones en los Goya se han convertido en algo así como las necesarias salidas de tono que tolera una familia en pleno proceso de descomposición al hijo que creían tonto y que sin embargo ha logrado hacer fortuna.  

Segura bromea al decir que su tetralogía Torrente es cine de arte y ensayo. Y lanza pullas ligeramente castigadoras a La voz dormida porque trata un tema que no es nada habitual en el cine español como la Guerra Civil; a Blackthorne porque recupera un género, el western, que no se rodaba en España desde Vente a ligar al Oeste; A La piel que habito porque Pedro Almodóvar puede escenificar un desencuentro con la Academia y regresar a ella como sí aquí no hubiese pasado nada y a No habrá paz para los malvados porque Santos Trinidad, el personaje que interpreta José Coronado y por el que se llevó la estatuilla al mejor actor, le recuerda a Torrente porque “es un poli corrupto y putero. Solo hace falta que se haga socio del Atlético de Madrid y fan de El Fary.”

La gala finaliza visualizando el éxito de, precisamente, No habrá paz para los malvados.

Se lleva, entre otros, el de Mejor actor, Mejor director y Mejor película.

Santiago Segura lo vaticina durante su intervención, donde explica a su manera cuál es la mecánica que emplean los académicos en apostar por unos y desechar a otros.

Revela, el muy canalla y con mucho cachondeo, la fórmula de unos premios en los que, me da a mi en la nariz, se vota a favor siempre y cuando te caiga bien el nominado. Con independencia del valor real de su trabajo.

Se castiga sin derecho de admisión –y también por omisión– a los responsables de ese escaso cine español que ha logrado ganar dinero en taquilla en 2011.

Como Torrente.

Así que como espectador siento por eso, cada vez que veo una gala de los Goya, que me dejan asistir a una fiesta de familiares y amigos que me son ajenos. A un cuéntame cómo pasó desde la barrera.

A un cine español en el que, como ciudadano español, no me reconozco y no se preocupa en incorporarme al juego.

Un cine, en definitiva, del que no tengo hábito y cuya voz dormida sí que deja en paz a los malvados.

Saludos, aún reclamando unos premios Goyos al cine canario, desde este lado del ordenador.

Matamos a todos los ‘risitas’ del mundo

Sábado, Febrero 18th, 2012

Hay risas contagiosas y una clase de risas que –no sé a ustedes– solo despierta en mi, mis más bajos instintos.

Me refiero a esa risa tonta e histérica que ladra por cualquier cosa.

El viernes pasado, mientras veía Juan de los muertos. Matamos a sus seres queridos tuve la desagradable fortuna de sentarme dando la espalda a uno de esos risitas que complicó y, quiero pensar contribuyó, a que mi noción de esta película de zombis a la cubana que es Juan de los muertos me resultara a ratos lo que es Juan de los muertos: una comedia graciosita que no da para más.

Además del risitas, que se reía de cualquier cosa que pasara en pantalla por muy poco graciosa que fuera, tuve que poner en alerta mi sentido auditivo porque, confieso, me costó un riñón entender lo que decía el personaje protagonista de la película, Juan (Alexis Díaz de Villegas).

- ¿Qué dice?- susurraba en la oscuridad de la sala a mi vecino de butaca.

- No tengo ni idea.- me respondía en las mismas el vecino de butaca.

Al risitas parecía importarle un pimiento lo que dijera Juan. Continuaba con su risita mientras yo me dejaba arrastrar por oscuras reflexiones asesinas.

Veo ahora los titulares si me hubiera dejado llevar por las emociones:

“Estrangula a un espectador en una película de zombis cubana.”

“El asesino confiesa: no aguantaba al risitas con su risita.”

Al final la sangre no llegó al río. Y risitas se escapó cuando aparecieron los créditos finales de la cinta para mezclarse con la multitud disfrazada que a esa hora ya transitaba por la calle.

Una calle, por cierto, repleta de muertos vivientes. La mayoría disfrazados.

Respecto a Juan de los muertos un ligero encogimiento de hombros. Lo escribe alguien aficionado a este tipo de películas. Las de muertos vivientes.

La cinta respeta bastante las claves que instauró George C. Romero con su Noche de los muertos vivientes y propone respuestas originales a la tendencia última que se respira en este tipo de películas. Es decir, que si  en la original de Romero los muertos van dando tumbos y en las últimas corren como gacelas, en Juan de los muertos aparecen unos y otros como además de arroz hay en el arroz a la cubana.

La película está rodada en La Habana, que es una ciudad bella reducida a cascotes por un régimen que aún continúa aferrado al Patria o muerte, ¡venceremos!, y tiene momentos de lúcida gracia. Me encanta una escena en la que una jinetera sale a la calle y tras ver a muertos y vivos caminando por la misma calle exclama con acento cubano: “Yo no veo nada raro.”

Sorprende al aficionado el exquisito respeto del cineasta Alejandro Brugués por esta clase de películas.

Es decir, que se ajusta al ritual de todo cine de zombis que se precie.

Además, y escudándose en que es una de zombi, la cinta puede tener incluso lecturas radicales contra el sistema castrista. Sobre todo en los créditos finales. Pero ello no quita que le falte entusiasmo y espíritu gamberro con ganas de transgredir.

Vale, sí, junto al risitas que tenía pegado a mi espalda solté alguna risa pero mi risa, en contra de la de risitas, no acabó nunca en estruendosa carcajada.

Sea quizá porque Juan de los muertos se toma, pese a que las apariencias digan lo contrario, demasiado en serio. Por lo que no es una parodia de cine zombis rodada en Cuba sino una comedia de zombis rodada en Cuba.

Hasta ahí  llego.

Lo escribo porque si por algo recuerdo Juan de los muertos. Matamos a sus seres queridos no es por la película precisamente sino por el impertinente risitas que tenía pegado a mi espalda.

Su risita, de hecho, no me la puedo sacar de la cabeza.

Imaginen una risita tonta e histérica.

Una risita de imbécil que no te puedes sacar de la cabeza.

Una risita que ha hecho que germine en mi cabeza una idea:

El Escobillón. Matamos a los risitas del mundo.

Precios económicos para todas las edades, razas, sexos y credos.

Saludos, jajaja, kakaka, jijiji, jojoo, jujuju, jejeje, hahaha, desde este lado del ordenador.

Solo veo muertos… ¡¡¡Solo veo muertos!!!

Jueves, Febrero 16th, 2012

No soy un espíritu carnavalero –por mucho que se empeñe un hijo o una hija de mala madre en animarme a participar con el envío de mensajitos anónimos para curarse, imagino, el síndrome Manderley que le suscito– como para recibir con una ancha sonrisa y los brazos abiertos una fiesta que, sencillamente, me resulta indifirente.

Y que sufro y padezco.

Padezco porque no puedo exiliarme a otro lugar por estas fechas y viviendo, como vivo, en una zona de la ciudad donde transita –o baja y sube– toda clase de almas perdidas por el Carnaval, confieso resignado que he terminado por claudicar y asumir con mi característica paciencia rusa el rugido de una gente que canta el inevitable ¡¡¡ohhh, mamá, bandera tricolor!!! y aprovecha para orinar en la estrecha y, quiero pensar, siniestra callejuela en la que resido.

Hace tiempo, un vecino con muy malas pulgas que vivía en el tercero se dedicaba a tirarles cubos de agua a los que abajo se creían Luciano Pavarotti cantando con acento aguardentoso ¡¡¡ohhh, mamá, bandera tricolor!!! Pero la reacción de los de abajo al sentirse mojados solía ser bastante imprevista. Intenté explicárselo al vecino del tercero pero no hubo manera.

- No les tire agua.- le recomendé un día que me lo encontré en el rellano de la escalera.- Pruebe a arrojarles arañas o cucarachas. No hacen daño.

El vecino del tercero, una persona huraña, no me hizo caso y continuó con los cubos de agua con los resultados de siempre hasta que, imagino que jarto, un día decidió marcharse y vivir en otro lugar.

No me lo he vuelto a tropezar desde entonces.

Y en una ciudad tan pequeña y provinciana como Santa Cruz de Tenerife mira que es difícil no tropezarte con un conocido.

Lo que tiene, por otro lado, su encanto.

O no.

Pero vayamos al fondo del asunto.

El caso es que en los últimos años he terminado por ritualizar todo los viernes que da inicio al puñetero Carnaval lo de irme al cine porque se trata de un día en el que apenas encuentras espectadores en la sala.

Y si bien el cine se diseñó para que compartas el espectáculo con otros muchos a veces apetece también ver una película rodeado de otros pocos locos que, como tú, no son digamos que muy aficionados a la caprichosa fiesta.

Recuerdo así como hace tiempo me olvidé durante unas horas de que existía el Carnaval mientras veía Cartas desde Iwo Hima, de Clint Eastwood.

La magia, desgraciadamente, se hizo añicos cuando salí de la sala y me encontré con los primeros ositos de peluche, hombres travestidos explotando plumas y falsos policías, soldados y drugos de todo a cien bajando por la avenida.

Así que cuando llego a casa y noto que las ventanas empiezan a vibrar con el rugido de la marabunta suelo ver King Kong, la original, cosecha del 33, deseando que el rey de los simios –mi rey, mi monarca– aplaste a los que dicen que sienten el puto Carnaval en la sangre.

Este año, como siempre, volveré a ejecutar el ritual.

Porque este ritual supone para mi una simbólica ejecución.

Ya tengo película escogida.

Juan de los muertos. Matamos a sus seres queridos, del cineasta cubano Alejandro Brugués, que estrena esa especie de oasis cultural de la capital tinerfeña que es TEA Tenerife Espacio de las Artes. La cinta se exhibirá este viernes, 17 de febrero. Pero también el sábado, 18 y el domingo 19 en dos pases: 19 y 21.30 horas.

Ya nos hicimos eco de esta película de muertos vivientes en la Perla del Caribe en el facebook que tanto gusta y disgusta. Claro que en su momento no añadimos el interés que me suscita contemplar una película de zombis rodada en una isla que gobierna con mano de hierro no un muerto viviente pero sí un coma-andante, Raúl Castro, mientras su hermano, Fidel momificado, recibe en chándal a las visitas.

La historia de Juan de los muertos. Matamos a sus seres queridos transcurre en La Habana –una de las ciudades más hermosas del planeta pero también de las más descolocantes porque callejear por ella es cómo explorar en una capital en estado de guerra– donde una misteriosa infección está convirtiendo a sus habitantes en muertos vivientes con un voraz apetito por la carne humana.

La cinta la protagonizan Alexis Díaz de Villegas, Jorge Molina y Andrea Duro, entre otros. Y se ven el trailer, alojado en la misma web de TEA, se harán una idea de por donde van los tiros.

Una de zombi en clave de comedia zombi.

La cosa no es nueva, pero en clave cubana multiplica lecturas.

Políticas y de otro calado siempre que se vea con guasa.

Esa es mi esperanza.

No sé a quien se le habrá ocurrido escoger esta película para exhibir en TEA en plenos Carnavales pero digamos que quiero pensar que ha dado en el clavo. Debe ser que últimamente me siento como debe sentirse Juan de los muertos.

Tras ver la cinta, que será el viernes Dios mediante, regresaré a casa. Y sé que mientras suba la avenida me tropezaré con los primeros ositos de peluche, hombres travestidos explotando sus plumas y falsos policías, soldados y drugos de todo a cien bajando hacia el Carnaaaval.

Y llegaré a casa. Y mientras escucho como sube de volumen el rugido de la calle a través de los cristales de mi casa volveré a ver King Kong, cosecha del 33, deseando que el rey de los simios –mi rey, mi monarca– aplaste a los que dicen que sienten el puto carnaval en la sangre.

Y entonces, en mi cabeza loca, sí que habrá un Carnaval.

Un Carnaaaval loco. Un Carnaaaval de verdad.

Un Carnaaaval de putos muertos vivientes.

 Saludos, dando la murga, desde este lado del ordenador.

‘El cuarto mandamiento’ según Welles

Martes, Febrero 14th, 2012

Descubrí a Booth Tarkington gracias a Orson Welles.

Soy un pibe y probablemente esté en pijama con los ojos atentos al aparato del televisor. Emiten la segunda película que rodó Welles tras el escándalo que provocó Ciudadano Kane. Su título es The Magnificent Ambersons aunque en español la conocemos con el bíblico El cuarto mandamiento, una denominación que marca distancia y respeto.

El clásico de Welles cumple ahora setenta años, y pese a que a la cinta se la laminaron en la mesa de montaje –el más que notable cineasta Rober Wise fue uno de los que cogió la tijera y la mutiló de metraje–  a mi me sigue pareciendo una de las mejores películas de ese genio desorbitado y desmesurado que fue Welles porque deja entrever hacia donde se hubiera escorado su cine si logra zafarse de la maldición de Kane/Hearst.

Pese a que Welles terminara renegando de ella, El cuarto mandamiento –apostemos por su título en español– respira el cine de Orson Welles y mi memoria la registra como una de sus más memorables obras maestras. Una obra maestra gótica y decadente, que disecciona la descomposición de una familia bien avenida que entra en la ciénaga de la pobreza con ecos, tiro la casa por la ventana, a La caída de la Casa Usher de Edgar Allan Poe.

El cuarto mandamiento es una película perfecta sobre la enfermedad. De hecho es una película enferma y terrorífica, donde las relaciones de familia y otros parentescos se estudian con afinada inteligencia.

No pasa el tiempo para este largometraje lastrado en la mesa de montaje.

El filme sirvió, además, para que Bernard Hermann compusiera una de sus mejores bandas sonoras y para que Joseph Cotten demostrara en pantalla el gran actor que siempre fue. Digamos lo mismo con la estupenda Agnes Moorehead, de Dolores Costello, incluso de los jovencísimos Tim Holt y Anne Baxter.

Recordemos El cuarto mandamiento como la gran película que es. Incluso perdonándole la blasfemia de un final con el que Orson Welles nunca estuvo de acuerdo…

Hablemos ahora de Booth Tarkington. Y de algunas de las grandes novelas de este prodigioso y aún desconocido escritor norteamericano en este país de patanes que es España.

El primer libro que cayó en mis manos del señor Tarkington fue De la piel del diablo y no es una novela oscura sino luminosa. Un extraordinario relato sobre un niño, Penrod Shofield, y su manera de ver y entender el mundo.

Son un puñado de aventuras divertidas, en la que Penrod, un muchacho de buenas intenciones, acomete una serie de empresas que la mayor parte de las veces no resultan como esperaba. La novela debe de leerse con la fina ironía con la que está escrita, y saborear la andazas de un personaje –es más que probable que Tarkington se inspirara en sus recuerdos infantiles en el medio oeste–  del que tomaría modelo años más tarde Richmal Crompton para su popular Guillermo el travieso.

Las deliciosas aventuras de Penrod se pueden encontrar en español, tocando madera, en la ya desaparecida editorial Miñón, en su colección Rumbos. Y entre otros momentos, hay uno muy especial en el que el joven protagonista pasea por una feria ambulante en la que se ofrecen, entre otras atracciones, la siguiente que corea a voz en grito su gancho: “Recuerden, señoras y caballeros, que están ustedes mirando a Roderick Magsworth Junior, el único sobrino vivo de la gran Rena Magsworth, la que echó arsénico en la leche de ocho personas distintas para que lo tomaran con el café, y todas ellas murieron. Es la gran envenenadora por arsénico, Rena Masgworth, caballeros y señoras, y Roddie su único sobrino. Ella es parienta de toda la familia Bitts, pero Roddie es su único sobrino vivo. No lo olviden. La van a ahorcar en junio que viene , y todos ustedes están viendo…”

La popularidad de Booth Tarkington fue creciendo a raíz de esta novela, tanto que en 1919 y 1921 obtiene el premio Pulitzer por The Magnificent Ambersons y Alice Adams, respectivamente, dos grandes historias a las que el lector español puede acercarse si se topa en cualquier librería de viejo o de ocasión con los tomos Los Premios Pulitzer que editó Plaza y Janés en los años ochenta.

The Magnificent Ambersons es, tal y como lo refleja Welles en su respetuosa adaptación cinematográfica, el lento pero feroz retrato de una familia bien venida a menos. Hurga con elegancia en la extraña relación que une a madre e hijo. Un hijo caprichoso y mimado que es inconsciente de los cambios que se están produciendo a su alrededor.

La novela apenas llega a las trescientas páginas, pero son páginas que se leen sin apenas darse cuenta mientras notas que la historia se va metiendo dentro de ti. Tiene gancho, tiene personajes y ofrece una mirada teñida de nostalgia pero también rabiosa hacia lo que fue y ya no será. The Magnificent Ambersons es también una historia de amor. Una historia de amor a cuatro bandas que protagoniza un nuevo rico y la esposa de quien fue hasta ese momento el hombre más acaudalado de la ciudad, como de la hija del primero, Lucy, con el hijo del segundo, George.

“Cuando hablaba la gente de Lucy, solía describirla como “una chiquita preciosa”, definición inepta. “Chiquita” y “preciosa” era; pero no bastan esas dos palabras para describir la sensación que daba ni la esencia de su naturaleza: era enérgica, independiente y americana típica; la azarosa y algo bohemia vida de su padre cuando ella aún era una niña había tenido el efecto de madurarla tempranamente y de convertirla en mujer cuando solo contaba quince años. Pero, aunque era indiscutiblemente de sí misma y no esclava de ninguna lámpara, excepto la de su propia conciencia, tenía una debilidad: se había enamorado de George Amberson Minafer en cuanto le vio, y no obstante sus muchos esfuerzos, nunca había podido sobreponerse a esto. La cosa no parecía tener remedio.”

Y más adelante escribe: “Lo que para Lucy resultó fatal fue que, una vez enamorada, no logró matar su amor. Por muchas y por muy desagradables cosas que descubrió en George, no pudo rescatarse a sí misma.”

Alice Adams, que fue llevada al cine en 1935 por George Stevens con Katharine Hepburn como protagonista, incide más o menos en los mismos temas que en The Magnificent Ambersons, solo que en esta ocasión el relato se centra en una joven hermosa que desea pertenecer a la buena sociedad, en parte para satisfacer su propia vanidad y en parte porque parece que eso es lo que la gente que la rodea, especialmente su madre, espera de ella.

La novela describe también un mundo en pleno proceso de transformación. La pequeña ciudad donde vive Alice comienza a poblarse de fábricas que visualizan una delgada línea roja entre quienes la dirigen y quienes trabajan en sus entrañas. En esta sociedad cambiante solo se valora el dinero y quien no lo tiene es un fracasado. Un perdedor, tema tan grato en la literatura y el cine estadounidense.

Siendo una novela interesante, Alice Adams carece de la grandeza que encierra The Magnificent Ambersons quizá porque a medida que se avanza en el relato el lector intuye por donde irá su derrotero final y, si bien sorpresa no resulta tan obvio como en un principio se esperaba, la redención de Adams no sabe al sacrificio social que, a mi juicio, reclamaba la historia.

Con todo, es una buena novela para olvidarse de las tonterías que te envuelven ya que consigue tocarte la fibra mientras no dejas de preguntarte cómo diablos un escritor que fabricó entretenimiento con mucha grasa –un pata negra los llaman ahora–  continúa siendo aún hoy un gran desconocido entre los aficionados confesos a la buena literatura.

Booth Tarkington es un escritor que hace honor al cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre.

Saludos, dicho sea, desde este lado del ordenador.