Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

¡Que vienen los rusos!

Viernes, Junio 6th, 2014

Pese a que los tiempos hayan desplazado la amenaza comunista del que se conocía como mundo libre (los villanos son hoy narcotraficantes latinoamericanos, norcoreanos y terroristas musulmanes) todavía se ruedan películas e incluso series de televisión donde se recuerda aquella paranoia que, dicen los expertos en estas cosas, ya se preocupó por mostrar el cine de serie b estadounidense en los años cincuenta. Uno se encuentra así ante numerosos títulos del pasado en los que se refleja la invasión silenciosa del virus rojo en un puñado de inteligentes y turbias reflexiones cinematográficas como Manos peligrosas (Samuel Fuller, 1953), aunque no es éste sino otro –el miedo al triunfo del presunto igualitarismo soviético– el objeto de este post para nostálgicos de la Guerra Fría.

Hace años leí en un periódico de tirada nacional un faldón publicitario donde se anunciaba con grandes letras blancas sobre fondo negro La URSS invade Estados Unidos. En televisión, mientras tanto, se exhibía una serie marciana, Amerika, que discurría en unos Estados Unidos divididos tras ser ocupados por los soviéticos y Rocky se liaba a castañazo –metáfora en dolby etéreo de la III Guerra Mundial– enfrentándose en el ring contra Ivan Drago, un coloso hermoso y rubio como la cerveza con pantalón corto rojo con hoz y martillo en brillante dorado.

¿Sería entonces verdad que la URSS podía invadir Norteamérica?

¿Que el mundo libre quedara noqueado por unos tipos, los rusos, con tan poco sentido del humor?

Estas y otras preguntas se resolvieron con el estreno de Amanecer rojo (1984) de John Milius. La madre de todas las películas paranoicas sobre invasiones rojas.

John Milius era un cineasta que no solía dejar indiferente. Conservo grato recuerdo de Dillinger y Adiós al rey. También de El viento y el león, Conan, el bárbaro y alguna otra más. Como guionista recuerdo dos interesantes western: La aventura de Jeremiah Johnson y El juez de la horca, así como la parte de Apocalypse Now! que todo el mundo recuerda. La del teniente coronel Kilgore y su me encanta el olor del napalm por la mañana…

Amanecer rojo es un disparate ultra en la carrera del cineasta. Tan ultra, que causa desconcierto que cuente con una nueva versión estrenada en 2012 que no dirige Milius y que ni siquiera se estrenó en los cines del imperio aunque, se cuenta, respeta la idea original: una invasión.

Pero… y siempre hay un pero…

si en la primera la América profunda, esa que parece que está armada hasta los dientes, era ocupada por soldados soviéticos, cubanos y nicaragüenses, ahora es el ejército de Corea del Norte el que hace lo mismo con fría mentalidad oriental.

Chuck Norris también se apuntó a la moda en la década de los ochenta con la delirante y aburrida Invasión USA (Joseph Zito, 1985), en la que un agente comunista dirige un desembarco masivo de terroristas contra unos cebados Estados Unidos.

Pero… y siempre hay un pero…

ni vista como una comedia involuntaria aguanta un pase.

El cine norteamericano sobre una invasión comunista se ha transformado en el siglo XXI en un cine que fantasea con la amenaza terrorista. Un fantasma que recorre el mundo tras los brutales atentados de Nueva York, Madrid, Londres, Islamabad, Boston…

Se ruedan y se estrenan películas que son la misma.

Dos gemelas:

Si Objetivo: La Casa Blanca (Antoine Fuqua, 2013) es un comando norcoreano el que ataca la Casa Blanca, en White House Down (Roland Emmerich, 2013) es un grupo de mercenarios el que hace lo mismo.

La idea recuerda, inevitablemente, a Air Force One (Wolfgang Petersen, 1997), pero ésta funciona mejor que las otras dos.

Somos conscientes que hay más películas donde se plantea este mismo escenario, pero ahora no recuerdo otros que mostrasen la posibilidad de que la Guerra Fría la pudo haber ganado soviéticos y satélites… Se agradece por lo tanto información sobre películas que no hayan sido reseñada en este post de urgencia y fin de semana.

Porque, ya lo saben, siempre hay más de un pero…

Saludos, que vienen los rusos, desde este lado del ordenador.    

Estamos vivos

Martes, Marzo 25th, 2014

Veo hace poco Están vivos (John Carpenter, 1988), una película de inquietante actualidad aunque la primera vez desconcertó por su radical mensaje y me hizo sentir algo muy parecido al pálpito de otras películas de anticipación como Cuando del destino nos alcance y Rebelión en el planeta de los simios. Eso explica que sacuda la cabeza como un chimpancé porque al recuperar Están vivos continúa sin lastimarme su indigencia presupuestaria y conmueva su subversiva actualidad.

Imagino que a estas alturas toda criatura bien nacida conoce lo que cuenta Están vivos… Sí, esa misma película de invasores extraterrestres en la que los extraterrestres ya están entre nosotros. De hecho, se mezclan entre nosotros.

A los otros, a los extraterrestres, solo los puedes detectar si llevas puestas unas gafas de sol –más tarde lentillas– que te hacen ver y entender lo que quieren realmente: un mundo en blanco y negro poblado de consignas.

El héroe de Están vivos es un tal John Nada (Roddy Pipper), un buen hombre que solo busca su camino pero al que las circunstancias empujan no a liderar, sino a poner fin él y un colega (Keith David) –que hace del inevitable negro que decíamos entonces–porque ambos han descubierto la verdad.

Los dos están vivos y se rebelan contra un mundo en blanco y negro repleto de consignas del tipo Creced y Reproducios, Obedece, Duerme, Este es tu Dios, Consume y cosas así…

El filme de John Carpenter juega con caprichosa ironía con esta idea.

En pantalla John Nada acribilla con una escopeta a un puñado de ciudadanos que él, y solo él, sabe que son extraterrestres. Lleva puestas las gafas.

Es insólito el sentido del humor que despierta la guerra de guerrilla que emprende en solitario el héroe. Un tipo que, probablemente, no ha leído un libro en su vida, y que confía más en la fuerza de sus puños que en la de su cabeza. La espada machaca a la pluma en John Nada.

La película se ríe porque se toma así mismo muy en serio.

John Nada en un Banco despacha a cuatro ejecutivos y a un par de policías a balazos … La gente grita a su alrededor. Hombres y mujeres igual de humanos que John Nada pero que no saben que Nada lleva razón porque lleva puestas las puñeteras gafas y observa quién es quién.

Cuidado con ese lobo de Wall Street ¡es un extraterrestre!

El filme cuenta con otros momentos igual de intensos y ambiguos.

Hay una larguísima escena de pelea entre Nada y su futuro colega porque Nada quiere que se ponga las puñeteras gafas y contemple la verdad.

- ¡Ponte las gafas!- exclama mientras le hace una llave.

- ¡No quiero!- responde el negro.

En otra escena, una turbadora presentadora de televisión (Meg Foster) lo echa de su casa de una patada. Nada cae entre medio de una lluvia de cristales rotos a la terraza, rebota en un toldo y rueda colina abajo…

En Están vivos los extraterrestres que están entre nosotros emplean la televisión como vehículo para sedar, dormir, a la idiota humanidad.

Que la gente duerma y obedezca.

¿De qué me sonará esto?

Por eso Nada se empeña en dinamitar la antena.

John Nada, un tipo que no sabe donde se mete, un nihilista que está vivo.

Así que ya saben…

Estamos vivos.

Saludos, ¿duermen?, desde este lado del ordenador.

Solo para mayores de 18 años

Sábado, Febrero 1st, 2014

Resulta extraño porque sí que recuerdo el primer libro que leí pero no la primera película que vi en un cine. Sin embargo, sí que continúa fresca en la memoria la primera película para mayores de 18 años a la que asistí siendo aún menor de edad, en uno de esos mismos cines que salpicaban por aquel entonces la geografía de la ciudad de provincias en la que vivo.

Por aquellos años era un devoto admirador de Flash Gordon, a cuyas aventuras me aficionó uno de mis tíos cuando me regaló la colección que editó Burulán. Cientos de colorines en los que podías ver la evolución de Gordon. Desde que nació de la mano de Alex Raymond hasta los sesenta, en que recogió el testigo Dan Barry.

Fueron, sin embargo, las historietas de Barry las que me convencieron a pertenecer en la hermandad Flash Gordon y cuyos efectos, nostálgicos y muy retocados, aún perduran en un rincón del disco duro.

Flesh Gordon.

Una película para mayores de 18 años.

Flesh Gordon.

La primera película para mayores de 18 años en la que me dejaron entrar en un cine donde no te dejaban entrar si eras menor de 18 años.

Flesh Gordon (Michael Benvenist y Howard Zeihm, 1974) la fuimos a ver en manada la pibada del barrio. Unos porque se trataba de una película, aunque parodiara, de Flash y otros, los más sensatos, porque se trataba de una versión porno, hoy muy suave, que entonces sí que se vendía como porno salvaje y festivo para adultos.

La he visto dos veces. Aquella inolvidable primera vez y una segunda que no pasará a la historia. Hace unos diez años…

Creo que aún se conserva como una tonta nadería, en la que el planeta Mongo de las historietas originales pasa a convertirse en Porno, un paradisíaco infierno de sexo desatado que gobierna el emperador Wang, por el Ming de los cómics.

La película cuenta además con artesanales efectos especiales a lo Harry Harryhaussen, y escenas de sexo que en aquellos años ponían a mil a toda clase de públicos.

La segunda vez ya no fue lo mismo pero eso constata que como dijo un venerable sabio “la memoria va por un lado y las sensaciones por otro”.

No, no era el mismo Flesh Gordon aunque la película fuera la misma Flesh Gordon.

Las experiencias que cargas en la espalda disuelven la emoción de la primera vez al revelarte que el sueño solo fue un mal truco de magia.

Por eso me resisto, y resisto, y quiero conservar la sensación de gozosa sorpresa que supuso la primera vez.

Lo que significó la primera vez crecido como un gigante por el grado de excitación en el que nos encontrábamos la pibada desparramada entre las butacas de aquel cine –el Cinema Victoria– que hoy es un garaje.

Ya vendría más tarde la temida conclusión de que la vida circula a velocidad de vértigo y que esos recuerdos, inevitablemente, se desvanecerían como lágrimas en la lluvia…

…

Me encuentro en la presentación de 9 horas para morir, de Ángel Vallecillo. Hay bastantes espectadores y el acto discurre con muy buen rollito.

Pero el deber me llama. Irme debo porque otras labores requieren de mis modestos esfuerzos.

Tropiezo, en un día extrañamente lúcido tras una temporada que ha sido como atravesar un camino del infierno, con dos tipos que alegran el alma y con los que puedes perder el rato charlando de algo tan interesante como el sexo de los ángeles.

Pero solo un momento.

El deber golpea y golpea a mi puerta.

Citamos nombres, hablamos de libros y también sobre nazis y judíos.

Puedo imaginar a un pelotón de murgueros vestidos de nazis borrachos de cerveza en Carnavales, mientras reparten estopa como si fueran agentes de la Unipol.

Ya reflexionó sobre algo parecido Juan José Delgado en La fiesta de los infiernos.

Infierno, me doy cuenta que esta palabra se repite, como otras tantas, demasiadas veces en este su post.

Pero qué más da, que es la frase más sabia que he escuchado en los últimos tiempos, mientras los recuerdos se mezclan con las emociones…

Flesh Gordon, una película para 18 años.

Saludos, he venido a por mi chica, desde este lado del ordenador.

Ven y enloquece

Miércoles, Noviembre 27th, 2013

INTRO

Hay un puñado de películas sobre pequeñas ciudades y pueblos con chiflados que va más allá de lo que explora la casa encantada o las familias excéntricas y si quieren disfuncionales. Emplear la idea de la pequeña ciudad, del pueblo, es la de ampliar a la comunidad el radio de acción del malestar que se siente cuando se confía demasiado, o no se confía demasiado, en la colmena humana.

La mirada sobre este universo es en mucho de los casos de perfil fantástico y terrorífico, pero también hay comedias (Bienvenido Mr. Marshall, Calabuch) e incluso musicales (Brigadoon, La leyenda de la Ciudad sin Nombre, Un americano en París) que nos saltamos voluntariamente con el objeto de centrarnos solo en las visiones distorsionadas sobre la aldea y de cómo la lucha por sobrevivir afecta a sus habitantes.

En este aspecto, hemos optado por omitir películas como Los chicos del maiz (Fritz Kiersch, 1984) y series como El misterio de Salem´s Lot (Tobe Hooper, 1979), La tormenta del siglo (Craig R. Baxley, 1999) y La cúpula (Brian K. Vaugham y Niels Asrden Oplev, 2013) que adaptaron al cine y la televisión relatos y novelas del casi siempre atractivo Stephen King; así como películas de y sobre muertos vivientes deambulando por ciudades y pueblos (Zombi, Soy leyenda) y las que protagonizan bastardos con instintos homicidas que regresan para vengarse incluso de la tumba –ver Freddy Krueger– al entender que si bien la razón de su vuelta se debe a una confusa manera de interpretar la justicia de hombres y mujeres aparentemente normales, la presión que sufren los buenos ciudadanos tras perpetrar el sádico crimen contra el monstruoso marginado no sale a relucir salvo cuando la criatura objeto del punitivo castigo regresa con pésimo sentido del humor. No hay crítica pues a ese dicho que asegura que un pueblo chico es igual a un infierno grande.

Admitimos, en todo caso, la tentación de añadir en el listado producciones basadas en un popular vídeo juego como Silent Hill (Christophe Gans, 2006), una cinta con excelente atmósfera pero en la que el pueblo es, en esta ocasión, fantasma y una especie de antesala al mismísimo averno.

Somos conscientes que en esta breve selección nos faltan más títulos, algunos de ellos incluso fundamentales para ilustrar cómo condiciona la vida un pueblo donde todo resulta extraño y que guarda demasiados secretos en sus armarios, pero sí tenemos claro que los títulos que repasamos son los que deberían de figurar en un recorrido tan idiotamente ambicioso como el que hoy ofrecemos en este su blog El Escobillón.

MALDITO PUEBLO, MALDITO FORASTERO

La invasión de los ultracuerpos (Don Siegel, 1956).- Que una mañana te despiertes, desayunes y bajes a la calle para tropezarte con vecinos que no son los mismos es una excelente excusa para que La invasión de los ultracuerpos aparezca en una lista como ésta. El filme refleja el miedo y la paranoia en su estado más puro al proponer que la ciudad en la que vives y tu familia y tus amigos son diferentes. De hecho, parecen forasteros. O lo que es peor, tú eres el forastero. Basta con rendirte para dejar de serlo. La novela de Jack Finney dio y dará origen a varias versiones más, algunas de ellas tan notables como la dirigida por Phillip Kaufman y estrenada en 1978.

El pueblo de los malditos (Wolf Rilla, 1960).- Como George Sanders casi al final de la película, me he acostumbrado tapiar con ladrillo y cemento mi cabeza. La razón en el filme son seis niños de cabellos blancos que no nacieron, precisamente, del espíritu santo. ¿O sí?, allá cada uno con sus interpretaciones. Basada en la novela del mismo título de John Wyndham, El pueblo de los malditos contó también con una nueva versión, firmada por John Carpenter, aunque la que resplandece –y fue rodada en blanco y negro– es la de Wolf Rilla. Su inicio es ejemplar para capturar la atención del espectador.

El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962).- Algunos la han convertido en una película de culto porque son pocos, al parecer, los elegidos que la han visto. Sin pertenecer a esta legión, El carnaval de las almas es desconcertante. E inquieta pero sin demasiado fuelle. De todas formas, siempre da miedo sentirse perseguido por desconocidos. Más si eres  forastero en tierra extraña. ¿Forastero en tierra extraña?

2000 Maníacos (Herschell Gordon Lewis, 1964).- Durante años anduve como un penitente para ser bautizado en la religión de 2000 Maníacos, una película de culto de la que soy ahora apóstata una vez no quedé cegado por la revelación. Solo recuerdo de esta película la canción… Y a unos forasteros a los que quieren convertir en picadillo a golpe de martillo y canción.

The Wicker Man (Robin Hardy, 1973).- Es extravagantemente pop y es extravagantemente atemporal. Un sargento de Scotland Yard se traslada a una isla de la costa de Inglaterra que gobierna un hombre que parece un druida reencarnado. El filme cuenta con una nueva versión, dirigida por Neil LaBute y que se estrenó en 2006. Entre otras cosas, cambia el sexo del líder religioso. La catarsis, por lo tanto, no es la misma. Ni como habitante de ese pueblo ni como espectador.

La niebla (John Carpenter, 1980).- Que John Carpenter repita con dos títulos en esta lista tiene su lógica. Por un lado, porque es de los escasos cineastas cuya obra se emparenta inevitablemente con el género que nos ocupa, el fantástico. También porque se trata de un agudo aunque no redondo autor preocupado por exponer a sus personajes en situaciones extremas. La niebla es una de sus más pequeñas pero sin embargo grandes películas. Un filme en el que se saca los colores a los habitantes de un pequeño pueblo costero cuyos ancestros asesinaron a unos piratas para hacerse con su tesoro. Maléfico tesoro. El guión cuenta con ecos lovecraftianos pero sobre todo de ese fantástico marinero que describió con olor a sal William Hope Hodgson en algunos de sus mejores relatos. Con el mismo título pero inspirándose en un libro de Stephen King, Frank Darabont rodaría décadas más tarde una de las mejores –por siniestra– película de terror de los últimos tiempos. En esta ocasión, se reúne en un supermercado a los habitantes de una población acosada por extrañas criaturas que salen de… de la niebla.

Muertos y enterrados (Gary Sherman, 1981).- Con todos sus defectos, que los tiene como producción de mediano presupuesto, Muertos y enterrados es una cinta sobre el infierno y la resurrección de la carne. En una aparentemente tranquila población aparecen muertos de forma violenta forasteros, casos que el sheriff quiere investigar y el forense, en contra, solo reconstruir los cadáveres. Se dispara el misterio, se adereza con golpes de efecto y concluye con una parábola siniestra: darte cuenta que eres resultado de la obra de un dios al que se le ha ido la pinza.

En la boca del miedo (John Carpenter, 1995).- Hasta la fecha debe de seguir siendo la mejor película que ha adaptado al cine el universo Lovecraft, lo que podría convertirla en un título solo para iniciados. Probablemente sea, además, el filme más extraño y personal en la filmografía de su director, un tipo que incluso en sus horas más bajas, es un autor. Llámalo autor de género si quieres.

La quinta estación (Peter Brosens & Jessica Woodworth, 2012).- ¿Cómo afectaría el fin del mundo en una pequeña comunidad rural? Esta y otras claves son la que plantea esta pareja de cineastas en esta extraña y poética cinta, repleta de referencias y rodada con refinada y hasta torturante lentitud. La película obtuvo el premio Alex North en la primera edición de Fimucinemá celebrado este año dentro de la programación del séptimo Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife Fimucité.

The Purge (James DeMonaco).- El planteamiento inicial es uno de los más inteligentes que he encontrado en el cine fantástico de los últimos años. En un futuro cercano, los Estados Unidos han logrado reducir a mínimos históricos los índices de criminalidad y desempleo instituyendo un día con doce de sus horas para que la gente dé rienda suelta a sus instintos más agresivos porque en ese periodo toda actividad criminal es legal. Para nuestra desgracia, la cinta no profundiza en esta nota (doce horas en la que amigos ya no son amigos, en las que puedes acercarte a la casa de tu jefe para purgar en él tu falta de autoestima; en la que los amantes no resultan tan amantes y en la que el vecino llama a tu puerta no para pedirte azúcar, precisamente) sino que degenera en una película de justicieros con sabor familiar pero sin el pulso feroz de una de Charles Bronson. Con todo, la película invita a una curiosa y poco sana reflexión sobre la gente que te rodea.

Saludos, se acabó lo que se daba, desde este lado del ordenador.

Atraco a las 3 por “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”

Miércoles, Noviembre 6th, 2013

No es que sea un comedia redonda es que es, precisamente, una comedia redonda, repleta de frases chispeantes e insólitamente actual para los tiempos que corren.

Dirige este artefacto de humor terrorista, José María Forqué y escribe el guión Pedro Masó, Rafael J. Salvia y Vicente Coello. La interpreta algunos de los mejores comediantes de aquellos años aún en blanco y negro como José Luis López Vázquez, inmenso como servil trabajador y cerebro del gran robo a la entidad bancaria en la que trabaja;  la genial Gracita Morales, que estuvo casada con el pintor canario Martín Zerolo; Cassen, inolvidable como bedel; Manuel Alexandre, que hace de chulapo sin posibles; Agustín González y un Alfredo Landa que casi debutaba en el cine con esta película grandiosa a la que, insisto, el paso del tiempo no araña sino que engrandece.

Me quedo corto si escribo que Atraco a las 3 es una de las mejores películas del cine español de todos los tiempos, y que su aire negrocriminal en clave de esperpento es como ver la creación de un subgénero que tanto le debe al cine italiano de la época.

La película está al servicio de tan estrafalarios personajes, retrato deformado y deformante de una España real que aún forma parte de todos nosotros.

Los empleados del banco, explotados por el gran capital, al límite de su supervivencia y con deudas que dan al traste con todos sus sueños, planifican un robo para hacerse con lo que piensan es su dinero. Sobre todo cuando quien ocupa la intervención de la entidad es don Prudencio, un tecnócrata con alto sentido de la responsabilidad y probablemente numerario del Opus Dei –Manuel Díaz González–, en sustitución del paternal y hombre de bien, don Felipe, a quien le da vida José Orjas, uno de esos secundarios de toda la vida de cuando el cine español aún sabía a cine español.

La banda sonora, jazzística, muy negra también, la pone Adolfo Waitzman, y la nota subida de tono, la mujer explosiva que hace repetir a López Vázquez aquello de “una admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”, la voluptuosa Katia Loritz.

El filme está regado de diálogos con doble y triple sentido, algunos de ellos tan políticamente incorrectos para la época, finales de los cincuenta y principio de los sesenta, que desconciertan, como el que le lanza una despreocupada Gracita Morales a don Fernando:

Enriqueta (Gracita Morales): Mientras no se reparta la suerte no habrá justicia social.

Don Fernando se queda dudando un instante. Alza los brazos.

Don Fernando (José Orjas): ¡Basta, a trabajar!

Me pasé la noche de ayer, martes, con los ojos anegados de lágrimas (y no de tristeza, precisamente) volviendo a ver Atraco a las 3. Redescubriendo una película que que, reitero ya cansinamente, le hace pedorretas al paso del tiempo.

Son tantas las carcajadas, son tantas las lágrimas que saltan de mis ojos que se empaña, incluso, el cristal de las gafas mientras agradezco haber pasado tan buen rato mientras se llega su inevitable final.

Por películas así se merece reivindicar una industria que, lamentablemente, se toma tan en serio en los últimos años.

Esto me hace pensar que deberíamos de mirar al pasado y preguntarnos porque se rodaban películas tan notables con apenas cuatro cuartos. También de dónde salió toda aquella pléyade de actores que encarnaban –una mirada tierna y guasona a los espejos cóncavos y convexos que aún se mantienen en pleno callejón del Gato, en Madrid–  a los desgraciados y miserables ciudadanos de este país.

José Luis López Vázquez exclama que está harto de ser pobre, aunque Atraco a las tres, pese a la escasez de sus medios, es una película rica.

Por chispeante, por inteligente, por esperpéntica, por audaz.

Un clásico de esos que merecen pescarse porque aún le hace cosquillas al puto paso del tiempo.

Saludos, fundamos a negro, desde este lado del ordenador.

‘Por la senda más dura’, una del oeste

Jueves, Octubre 3rd, 2013

En un arranque nostálgico y en unos tiempos donde debo medir el puñado de euros que día va, día viene, drena mi bolsillo, me hago con Por la senda más dura (1975), un espagueti western cuyos exteriores fueron rodados en Tenerife, Lanzarote y Gran Canaria.

Ya he comentado en más de una ocasión lo que significó para quien les escribe ver en su momento y en pantalla grande esta película de vaqueros cuando el género que había revirado Sergio Leone le llegó su hora, como acuña sabiamente Rafael de España en su imprescindible trabajo Breve historia del western Mediterráneo (colección Biblioteca del dr. Vértigo, Glénat, 2002).

Fue tanto el impacto, descubrir en pantalla que por donde cabalgaban dos de mis avatares, Lee Van Cleef y Jim Brown, se trataba del Valle de Ucanca, que aún resuena en mis oídos los silbidos, el buuuh del público cuando al fondo del plano se adivina parte de la silueta del Teide y se aprecia con todo lujo de detalles la arquitectura retorcida y caprichosa del Monolito. Monolito al que la familia, en aquellas excursiones hoy inolvidables, conocíamos como el Manolito.

Si un día me animo, me gustaría rastrear lo que hubo detrás del rodaje de este singular espagueti western.

Imagino así que los actores se hospedarían en el Parador cuando tocaba vestirse de cuatrero en Tenerife. Y me consta que esta película empujó la creación del Sioux City, en Gran Canaria, y que aún debe de quedar gente en esta tierra que recuerde el paso de aquella extravagante tropa de actores y técnicos norteamericanos e italianos en las islas para rodar una del oeste.

La pregunta que me asalta es ¿por qué Canarias y no Almería, geografía natural del espagueti?

Veo pues Por la senda más dura (Take a Hard Ride) y trato de despiojarme de sensatez intelectual mientras la disfruto como lo que es: un espagueti que aún funciona como vehículo de entretenimiento. Un filme que aún respira esa mala leche que caracterizó a la mayoría de las películas que formaron parte de lo que unos consideran una salvaje y grosera reinterpretación del cine del oeste.

Los aficionados al western latino –es probable que otro día dediquemos un post a los western con acento germano rodado por estas tierras– encontrarán sin embargo en Por la senda más dura los ecos que auguraba su abrupto final. Pero con todo, es una película más que aceptable dentro de los límites del espagueti, ya que combina con ingenio el cine de explotación afroamericano –entre los protagonistas destacan además de Jim Brown, Fred Williamson y Jim Kelly, que no habla en el filme pero sí que hace ejercicio a ralentí como experto karateka– con el perverso sentido de la codicia y el deshonor que define el mejor espagueti.

Por la senda más dura no está rodada además en Almería, sino en Canarias, lo que quizá pueda desubicar a los aficionados. Otro detalle importante es que la banda sonora, excelente por otra parte, la firma Jerry Goldsmith en contra de los habituales Ennio Morricone y Luis Bacalov.

Además de los actores mencionados, Por la senda más dura está protagonizada también por Catherine Spaak y dos viejas glorias de Hollywood: Barry Sullivan y Dana Andrews. Un elenco, cómo se observará, que mezcla lo viejo y lo nuevo, aunque a su director, Anthony M. Dawson (Antonio Margheriti para los amigos), le interesa más la acción, el movimiento continuo, la larga persecución que no deja de ser esta cinta, muy recomendable de ver si lo que se desea es vaciar la cabeza.

Por la senda más dura cuenta con un inicio, sin embargo, que pasado los años me hizo alimentar esperanzas de que pudiera ser la extraña joya de la corona del espagueti.

Un caza recompensas, Lee Van Cleef, fuma tranquilamente su pipa a las puertas de una iglesia. Suenan las campanas, luego debe ser domingo. Los feligreses se acercan al templo mientras Van Cleef se pone en pie y llama a gritos a uno, solo a uno, de esas buenas gentes.

Lee Van Van Cleef le muestra un cartel donde se lee Recompensa.

Ha pasado mucho tiempo, intenta explicarse el hombre, ahora convertido en un honesto granjero y con esposa.

- La ley es la ley.- dice Lee Van Cleef apretando el gatillo del revólver.

Ya conocemos al villano de Por la senda más dura.

En la otra orilla, donde se encuentran los buenos, Jim Brown y su jefe, Dana Andrews llegan al pueblo para vender unas cabezas de ganado. Con la pequeña fortuna que han conseguido, Andrews espera montar un lugar que sea Utopía. Solo que el personaje de Andrews fallece por un repentino ataque al corazón y Brown, que es hombre de palabra, se compromete a llevar el dinero al otro lado de la frontera para hacer realidad el sueño de su jefe.

Utopía.

En este itinerario le acompañará un tahúr (Fred Williamson), una bella jovencita (Catherine Spaak) y un chico, Jim Kelly, que fue educado por los indios y que no necesita ir a caballo sino a pie en las que probablemente sean las más locas y descacharrantes escenas de la película.

Pegando tiros, mientras tanto, lo persigue Lee Van Cleef, quien se alía con una tropa de extravagantes bandidos, como la que lidera un ex oficial de los ejércitos confederados o de mejicanos a quienes los ojos les hacen chiribitas cuando se enteran del millonario botín que protege Big Jim Brown.

Contada así, Por la senda más dura suena a una película más del crepúsculo del espagueti y siendo lo que es, una nadería, se mueve.

Sin embargo… se mueve.

Y se sostiene como vehículo de entretenimiento.

Debe ser porque carece de cualquier alarde intelectual que ensombrezca su primario mensaje: buenos y malos. Con eso debería de bastar.

Además, la película se rodó prácticamente en exteriores. Silueta del Teide incluida.

Ha pasado mucho tiempo desde que la vi por primera vez pero regresar a ella, mirarla, porque ese es el verbo, mirar, Por la senda más dura me reencontró con un pedazo de mi pasado por el que todavía alguien busca recompensa.

Teatro Baudet, sala a reventar… El sabor de la mostaza y el kétchup de un perrito caliente… Ver a Lee Van Cleef cabalgar y levantando nubes de polvo por el Valle de Ucanca…

Y un estremecedor murmullo, que degenera en silbidos y algún buuuhh.

Por la senda más dura.

Saludos, agáchate, maldito, desde este lado del ordenador.