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Historia de un calambre: La fuga del Logan

Lunes, Septiembre 16th, 2013

Hay películas cuyo impacto no se olvidan. Me ha pasado con muchas en lo que ya es una confusa relación que me acompañará hasta el final de mis días.

La fuga de Logan llegó a los cines antes que La guerra de las galaxias. Así que me siento más loganiano que starwamaníaco por lo que supuso de pequeño acontecimiento para aquel adolescente de provincias con ganas de metralla.

La edad, que no perdona, me hizo ver recientemente la película que dirige Michael Anderson con otros ojos, una mirada más cansada, puede incluso que más sabia pero también más tonta. Con todo, el filme de Anderson me sigue pareciendo una atractiva cinta de ciencia ficción para desespero de modernos y esas cosas.

Y acaba bien, y cuenta con unos efectos especiales que, en aquellos tiempos ya lejanos, mediados de los setenta, nos parecía a los que la vimos en el cine como el no va más del no va más.

Pese a que haya envejecido, Logan’s Run tiene algo que la diferencia de películas de anticipación que vinieron después.

Su estética futurista setentera la viste de un estrafalario atractivo retro que sin llegar a clásico sí que la convierte en filme de culto.

El discurso que propone se adelanta a sus turbulentos tiempos, que lo fueron, y se ve en la actualidad con mueca de asombro. Al margen de sus escenas de acción, de su banda sonora y de esos fx que el paso de los años han anticuado.

No obstante, la vuelvo a ver y siento –aunque sea levemente– el calambre de la primera vez.

La primera vez…

- La fuga del Logan.

- No, no, La Fuga de Logan…

- La fuga del Logan.

Cine Greco, grupo de amigos, todos despistados se hacen con su entrada y entran en la sala que se hace oscura.

La luz del proyector enciende la pantalla…

Y ohhhhh se escucha en el patio de butacas.

Un año antes de que repitiéramos el ohhhh al ver la nave imperial irrumper en el espacio mientras ataca a la pequeña embarcación donde se refugia y huye la princesa Leia…

Protagonizada por un actor que no dejó de trabajar en aquellos años, Michael York, y una belleza que no es de este mundo, Jenny Agutter, en Logan’s Run trabaja también Richard Jordan, que hizo carrera en teleseries tipo Capitanes y reyes, novela río traducida al español por Pedro Víctor Debrigode, maestro de la narración de bolsillo acrobática; y Peter Ustinov, actor y cineasta al que detesto y amo con confesa debilidad.

La historia se desarrolla en 2.275 en un planeta Tierra donde la gente vive cómoda y feliz en cúpulas que son vigiladas por un cuerpo de policías que viste de negro-gris y que dispara a quienes pretenden abandonar ese paraíso, ese mundo mágico y de colores que esconde una siniestra verdad.

No voy a desvelar nada más de la historia por si acaso alguien no haya visto la película pero merece la pena verse porque todavía late, logra evadirte de la gris realidad que te envuelve.

El otro día, mientras la digería en casa, tuvo la generosidad de hacerme retroceder al pasado y recuperar a aquel proyecto de persona que una vez fui. Resultó inevitable entonces y ahora que me planteara preguntas…

Por aquel entonces era un tipo al que los nervios le recorrían el espinazo cuándo se enteró que La fuga de Logan, o La fuga del Logan como decíamos, se iba a convertir en serie de televisión.

Pero no fue para tanto.

De la serie solo recuerdo a Richard Jordan. Lo mismo me pasa con la que hicieron de El planeta de los simios…

¿Alguien que no esté herido por la melancolía se acuerda de ella?

Tras perseguirla, pude leer la novela que inspiró La fuga de Logan.  Es decir, otro libro al que llegué gracias al cine.

Escrita a cuatro manos por William F. Nolan y George Clayton Jones, los aficionados a la ciencia ficción donde lo que prima es más la ficción que la ciencia conocen a Nolan. El material literario tiene, sin embargo, poco que ver con la película. Pero esas cosas, afortunadamente, pasan a veces. Lean ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio! (Harry Hausen, 1966) y compárenla con Cuando el destino nos alcance (Soylent Green, Richard Fleischer, 1973).

Si no recuerdo mal, en la novela de Nolan y Jones no aparecían cúpulas y sí una trepidante escena de acción en el campo de batalla de Gettysburg donde unos robots recrean la famosa batalla que mandó a paseo los sueños de la confederación…

No, el filme apenas tomó elementos prestado del original literario salvo algunos personajes y situaciones. Mi memoria, que es traicionera, no recuerda ahora si hay un capítulo en el que aparece el personaje que Farah Fawcett interpreta en el filme. Farah Fawcett fue una actriz que mereció mejor suerte que la que tuvo en vida.

Pero no va por ahí la cosa…

Si no del impacto emocional que supuso ver La fuga de Logan la primera vez.

Durante un tiempo no dejé de mirarme la mano para descubrir si tenía mi reloj de vida activado.

La otra noche, mientras disfrutaba de la película, contemplé la palma para descubrir si por algún capricho del destino tenía impreso el puñetero reloj de vida.

En la película se volvía negro cuando tocaba el turno de la falsa renovación. Logan 5 lo descubre e intenta salir de la cúpula para llegar al Santuario.

¿Lo consigue?

Vean la película y hagan juego.

Tras La fuga de Logan vino Scanners, de David Cronenberg y, naturalmente, La guerra de las galaxias, dos títulos que son una especie de ying y el yang, pero nada resultó lo mismo aunque lo que aún me sorprende de ambas películas es que recuerdo donde las vi, con quién las vi y la agitación que se nos metió a todos por dentro.

Un calambrazo.

La fuga de Logan.

La fuga del Logan.

La fuga...

Saludos, la vida es una tómbola, desde este lado del ordenador.

Granujas de medio pelo

Martes, Agosto 6th, 2013

INTRO

La naturaleza humana es así.

Por muchas reglas que imponga, siempre intentaremos saltárnosla.

El cine se ha preocupado por mostrar estas dobleces en ocasiones con elogiable fortuna. La lista –¡otra lista!– que presentamos a continuación solo escoge doce títulos que, a nuestro juicio, exploran bajo un punto de vista francamente divertido nuestra naturaleza como monos sin pelo cuando codiciamos lo ajeno.

Lo ajeno.

Por necesidad, para sobrevivir.

Por codicia.

O por demostrar soy más chulo que nadie.

Estas doce más una películas regalan además una visión cómica, pero también demoledoramente crítica, de la condición humana.

Hemos de destacar que en la mayoría de los títulos escogidos sus protagonistas son víctimas involuntarias, más que delincuentes profesionales, que se han visto forzados por las circunstancias a romper con el Séptimo Mandamiento.

En la mayoría de los filmes reseñados se trata de presentar a grupos humanos que, a nuestro juicio, y a las películas nos remitimos, forman parte importante de nuestra peculiar memoria.

Por lo que debe quedar claro que, sin ánimo de quebrar el Séptimo Mandamiento, nunca tantos le debimos tanto a tan pocos.

LAS PELÍCULAS

Oro en barras (Charles Crichton, 1951).- Un clásico de la comedia producida en los ya legendarios estudios Ealing. ¿Su protagonista? Un grisáceo cajero de banco que ha planificado financiarse un lujoso retiro y a quien da vida el que probablemente sea uno de los más grandes actores de la historia del cine: Alec Guinness. Para ello, no se le ocurre mejor idea que reunir a un equipo de estrafalarios “ladrones profesionales” para dar el golpe. El cine Británico a veces hay que escribirlo con respetuosas mayúsculas.

El quinteto de la muerte (Alexander MacKendrick, 1955).- Otra de los Estudios Ealing, fábrica de sueños de donde solo podía salir una película como ésta. Cinco criminales, liderados por Alec Guinness, se reúnen en una habitación que han alquilado a una vieja dama para planificar su próximo atraco. Para despistar a la señora se hacen pasar por un quinteto de músicos. Claro que con Peter Sellers y Herbet Lom, pareja de hecho que volvería a repetir en la serie La pantera rosa de Edwards el delirio está a la orden del día. Los hermanos Coen rodaron un olvidable remake con el título The Ladykillers.

Rufufú (Mario Monicelli, 1958).- Para los que sienten debilidad por el cine italiano de los años cincuenta Mario Monicelli es un director de referencia. Rufufú, la réplica si quieren paródica de la extraordinaria Rififí (Jules Dassin, 1955) reúne a un grupo de ladrones de poca monta para robar las oficinas romanas del Monte de Piedad. Claro que con gente así… Vittorio Gassman, Marcello Mastroiani, Totó, todo es posible menos el golpe perfecto.

La cuadrilla de los 11 (Lewis Milestone, 1960).- La incluimos en esta lista porque está protagonizada por el Rat Pack al completo. Esto incluye a sus tres mosqueteros: Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. Nunca estuvieron mejor, y mira que rodaron y se divirtieron a lo grande en sus películas. Y es que solo ellos, solo ellos, podían robar los casinos de Las Vegas. Yes, tiene remake, pero es otra cosa. Otra cosa.

Atraco a las tres (José María Forqué, 1962).- La inteligente y aún delirante respuesta española a Rufufú la firma un cineasta que pide a gritos una urgente reivindicación siempre y cuando dejemos al lado molestes criterios políticos. Atraco a las tres es, vista así, sin ataduras ideológicas, un clásico de la comedia con acento español en la que intervienen lo mejor de los actores, comediantes insistía el maestro Luis García Berlanga, que jamás han rodado en este país. Ahí están, en estado de gracia José Luis López Vázquez, Cassen, Gracita Morales, Manuel Alexandre para hacer creíble a esa panda de perdedores empleados de banca que planifica el atraco a la entidad en la que trabajan para resarcirse de sus precarias condiciones laborales. La historia me suena ¿a ustedes no?

La pantera rosa (Blake Edwards, 1963).- Fue la primera de una serie que marcó un capítulo aparte en el género. En el género de la comedia. Es probable que, vista hoy, no resulte la más excéntrica de las que realizó Edwards bajo el mismo título pero sí que sentó la fórmula pink panther. Algo así como un alucinógeno. Si no me creen, que se lo pregunten a Peter Sellers, quien acabó jarto del atontado inspector Closeau. El público, sin embargo, quiso más. Más Pink Panther.

Topkapi (Jules Dassin, 1964).- A nuestro juicio es la comedia perfecta sobre robo. Y no porque esté basada en una excelente novela de Eric Ambler, La luz del día, sino porque fue la respuesta cómica del mismo Dassin a su Rififí. El esquema se repite con el de otros filmes que reseñamos en este post: ladrones de poca monta y perezosos que se unen para robar, en esta ocasión, una pieza valiosa del tesoro imperial en el palacio Topkapi, en Estambul, Turquía. Inolvidable. Redonda. No tan simple como muchos sostienen.

Como robar un millón y… (William Wyler, 1966).- A los wylerimaníacos no termina de convencerle esta comedia de guante blanco protagonizada por Peter O’Tooler y Audrey Hepburn. Ellos se lo pierden. Porque vista con perspectiva, con ojos cansados pero prestos al asombro, Como robar un millón y… es una deliciosa comedia romántica que aún aguanta la prueba del algodón.

El caso de Thomas Crown (Norman Jewinson, 1968).- ¿Una comedia? Pues sí y no. Aparece en esta lista porque está protagonizada por Steve McQueen y Faye Dunaway y porque respira ese aire cool que aún respiran todas las películas en las que intervino el que, probablemente, sea el actor más cool de la historia del cine.

The Italian Job (Peter Collinson, 1969).- Pese a que cuenta con un excelente remake dirigido por F. Gary Gray, es normal que nuestro corazón se decante por la primera entrega gracias a su aire… pop. También porque capitanea a ese equipo de ladrones de medio pelo Michael Caine. Benny Hill compone un personaje que tiene mucho, demasiado que ver con el que más tarde le dio fama en la pequeña pantalla. No olvidar, además, la escena con los Mini Austin. Siempre pensé que la versión española los sustituiría por el Seiscientos.

Toma el dinero y corre (Woody Allen, 1969).- Antes de que se pusiera intelectual, Woody Allen comenzó con comedias tan estrafalarias y tontorronas como Toma el dinero y corre. Un filme al que el paso del tiempo ha envejecido salvajemente pero que aún conserva algunos momentos irrepetibles. De los que te hacen reír hasta desencajar la mandíbula. Humor grueso, aunque sea con sello del más tarde intelectual Allen.

Un diamante al rojo vivo (Peter Yates, 1972).- Basada en una estupenda novela de la serie Dortmunder de Donald Westelake, escritor a quien esperamos dedicarle pronto un post, y escrita para la pantalla por William Goldman, Un diamante al rojo vivo es una divertidísima comedia con robo incluido que protagoniza Robert Redford, como Dortmunder, que aún sorprende y, lo que es mejor, divierte.

Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988).- Y cerramos este repaso de películas con ladrones en clave de comedia con una cinta que dirige, curiosamente, el mismo director con el que iniciamos esta lista. Si no han visto Un pez llamado Wanda hacen mal leyendo estas improvisadas líneas ya que deberían de correr y contaminarse con ella. Me lo agradecerán. Y si no me lo agradecen, allá ustedes. Bastante esfuerzo hago por enriquecer sus apagadas, grisáceas existencias.

Saludos, anda ya, desde este lado del ordenador.

Big Jim Brown

Domingo, Agosto 4th, 2013

Ahí está la pibada gritando en el patio de butacas ¡¡¡Jim Brown!!!, ¡¡¡Jim Brown!!! Jim Brown mientras tanto cabalga por un escenario desértico, vestido de vaquero, la piel negra contrastando entre el marrón apagado de las montañas. Detrás, Lee Van Cleef y al fondo, la silueta del Teide.

Por la senda más dura es un espagueti western atípico, extraño, marciano. Y no porque dirija la cinta el casi siempre solvente Antonio Margheriti, más conocido como Anthony M. Dawson tras su paso por el cine de explotación, no, sino porque este western no se rodó en Almería sino en Canarias, territorio que ya es un western en sí mismo.

Esta cinta, además, es un curioso western al dente. Escribo curioso porque junto al gran Jim trabajan otras grandes estrellas de la blaxploitation como Fred Williamson y Jim Kelly, experto en artes marciales recientemente fallecido, que se miran a la cara, se dan de golpes mientras cabalgan por el valle de Ucanca…

Pero, francamente, el más grande, el más de lo más, el negro que convenció al público blanco a ponerse en la piel de un negro fue Jim.

Una estrella del fútbol americano y un tipo al que todavía le rinden los homenajes que se merece. Si les interesa, aparece en la paródica Mars Attacks! de Tim Burton, entre otras producciones más o menos recientes.

En estas cintas Brown está envejecido pero aún aguanta. O se aguanta en los músculos que fabricó en gimnasio, o corriendo detrás de ese balón con forma de melón.

El gran Jim debutó en el cine con una obra maestra del cine western, Río Conchos, un filme delirante, violento, despiadado, cínico que firma Gordon Douglas. Más tarde, lo vemos en Doce del patíbulo, ese clásico del cine bélico que dirige el reivindicado Robert Aldrich y todavía como secundario, aunque primer secundario, en El último tren a Katanga, de Jack Cardiff, un filme, este tren a Katanga que no me canso de ver. Tiene ritmo trepidante, un discurso tan políticamente incorrecto que todavía desarma y, encima, su amigo, su compañero, su camarada mercenario es Rod Taylor. Otro duro del cine que mamé en mi adolescencia y primera y jubilosa juventud.

Hay más Jim Brown, pero siempre como segunda estrella.

Habría que esperar al renacer del western, con acento latino o al menos influencia latina, para verlo con todo su esplendor.

Recuerdo Los 100 rifles, de Tom Gries, donde big Jim es la estrella. Burt Reynolds y Raquel Welch secundarios de la estrella.

Es probable que 100 rifles no pase la prueba del algodón, que su entusiasmo friqui haya envejecido, pero aún respira fuerza.

Una fuerza que nace de Jim, quien se acuesta con Welch en la que es, dicen unos, la primera escena de amor interracial de la historia del cine.

Jim hace historia.

Raquel hace historia.

El tuve un sueño del doctor King probablemente también.

Negro y blanco.

Blanco y negro.

El sueño del doctor King hecho realidad.

La escena, sin embargo, desata envidia entre radicales blancos y negros, amarillos y pieles rojas.

Raquel Welch…

Dioses…

Un año más tarde, 1970, Jim Brown protagoniza el que considero su mejor papel en su larga, interesante, entretenida filmografía: El cóndor (John Guillermin).

Una película, El Cóndor, cuyo guión bebe de fuentes diversas. Entre otras, El desierto de los tártaros, la obra maestra de Dino Buzzati.

Tiene subtextos este largometraje que nació solo –aparentemente– para entretener.

Laten dentro de ella muchos mensajes. Y sexo, sudor y lágrimas. Acompaña en esta aventura un Lee Van Cleef en estado de gracia. También el ambiguo Patrick O’Neal y la turbadora Marianna Hill. No olvidemos a Gustavo Rojo.

¿Quién es Gustavo Rojo?

Un actor. Hijo de la escritora canaria Mercedes Pinto. A ella le debemos Él, novela que Él, Luis Buñuel, convertiría en una de sus películas mejicanas más recordadas. Más intensas, más auténticas… Rojo hace de Bentejuí en ese western sobre la conquista de Canaria que es Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1954) mientras lucha con el gallardo Marcello Mastroianni por el amor de una misma mujer: Silvana/Tirma/Pampanini.

La pibada de mi generación continuó así gritando ¡¡¡Jim Brown!!!, ¡¡¡Jim Brown!!! en las salas de cine con independencia de cual fuera su título.

Me encantaría volver a recuperar las dos película que protagonizó como Slaughter, un ex boina verde que no está para reírse de las gracias de los blancos. Y de los negros, amarillos y pieles rojas también.

Después se pasó a la televisión.

Lo podías descubrir como secundario en cualquier serie de aquellas locas que hoy son como clásicos descacharrantes antes de que emergiera la HBO. En todas ellas, Jim llenaba pantalla sin apenas explotar registros.

Registros limitados, de acuerdo, pero suficientes para big Jim.

Su público, vamos, tampoco le exigía más.

Fue el primer actor negro, o afroamericano, como deseen, que hizo el milagro.

Ya dije…

Que los blancos que no lo habíamos visto correr como jugador de fútbol americano coreáramos su nombre cuando lo veíamos en pantalla. Que fuéramos a ver la película y que gastásemos el dinero de la entrada porque en ella estaba el gran Jim.

El único, el irrepetible Jim Brown.

Saludos, la nostalgia no es un error, desde este lado del ordenador.

El sueño de la razón produce monstruos

Viernes, Julio 26th, 2013

INTRO

Muchas son las películas que marcaron mi infancia, y muchas son las película que, presuntamente dirigidas a un publico infantil, marcaron mi infancia.

La selección de diez títulos que propongo a continuación responde así a los que me marearon cuando las vi por primera vez. Escribo marearon porque tocaron una tecla que desde ese día continúa tocando insistentemente para recordarme que cualquier tiempo pasado no tiene que ser, necesariamente, mejor.

Hemos procurado en esta lista escoger únicamente largometrajes protagonizados por actores y omitir las cintas de dibujos animados porque a mí, así de raro fui y soy, disfrutaba y disfruto más con las primeras que con las segundas.

En varias de ellas, no obstante, se mezclan personajes de carne y hueso con personajes animados. Muchos de los filmes, además, pertenecen a la Walt Disney, nombre hecho marca e inevitable cuando se pretende seleccionar un puñado de películas que sacudieron tu niñez.

Títulos, en definitiva, que cuando los vuelves a ver tocan, ya dije, una tecla.

Por celebrar este año su sesenta aniversario dedico más extensión a Los 5.000 dedos del doctor T, una estrafalaria producción inspirada en uno de los relatos del inquietante (¿y mefistofélico?) Dr. Seuss.

1.- El mago de Oz (Victor Fleming, 1939).- ¿La razón? Fue la primera película que vi solo en un cine, el Cinema Victoria, y aún recuerdo la conmoción que me produjo nada más empezar. ¡Era en blanco y negro! Aunque no, no… De pronto se hace el color. Hemos llegado al mágico mundo de Oz. A veces, a solas, tarareo el Over the Rainbow y llamo a Dorothy, que es Judy Garland, y a su perrito Totó, para que juntos encontremos un cerebro, un corazón y el valor suficiente  mientras recorremos un sendero de baldosas amarillas rumbo a la Ciudad Esmeralda perseguidos por la molesta, diabólica y malvada Bruja del Oeste. ¿El culpable de esta historia? L. Frank Baum.

2.- El barón de Munchausen (Josef von Báky, 1943).- La familia pasaba el verano en unos apartamentos, Picaflor, en el Puerto de la Cruz. Sería un sábado, o un domingo por la tarde. La gente está en la piscina pero yo me encuentro en el apartamento con la vista clavada en el televisor viendo El barón de Munchausen. Cada imagen de esta película producida y dirigida por el régimen nacionalsocialista cuando la II Guerra Mundial comenzaba a torcérseles me resulta hipnótica. Es probable que por su capacidad de evasión, por su manera festiva y atolondrada de escapar a la cruda realidad que se les avecinaba. La recuperé hace unos años y no ha perdido ni un ápice de su hechizo. De hecho, para mi solo hay un Munchausen cinematográfico, el que interpreta Hans Albers y no el entusiasta John Neville en la descafeinada versión de Terry Gilliam de 1988.

3.- Los 5.000 dedos del doctor T (Roy Rowland, 1953).- Entre las muchas rarezas que podemos encontrar en la literatura y el cine infantil, aunque escribir infantil haga que se me erice la piel, se encuentra una película extravagante, loca, extraña y por lo tanto fascinante. Responde al título de Los 5.000 dedos del doctor T y está basada en un relato de doctor Seuss, un escritor norteamericano que vivía en otro planeta.

La adaptación cinematográfica, que celebra este año su sesenta aniversario, aguanta sin embargo un nuevo visionado. Un visionado con ojos de adulto que desea desesperadamente recuperar su mirada inocente, con garantía al asombro, libre de prejuicios en ocasiones equivocadamente críticos.

Dirige esta producción en flamante technicolor, Roy Rowland, un cineasta que como muchos cineastas de su tiempo prestó su talento a toda clase de historias.

Lo mejor de Los 5.000 dedos del doctor T no es, sin embargo, su dirección, ni siquiera el equipo técnico y artístico que trabaja en la película. No, lo mejor del filme son sus todavía llamativos escenarios. Esa ciudad que gobierna el excéntrico personaje que da nombre a la película.

Se trata, además, de un largometraje que suscita lecturas al margen de su sobresaliente ambientación. Destacaría, especialmente, una visión de la infancia libre de prejuicios adultos, vista desde los ojos de un niño que en la película no deja de mirar a cámara y explicarte sus reflexiones.

A través de este niño se mueve una cinta que cuenta con inevitables pero también irregulares números musicales y pequeñas historias que, entiendo y vistas hoy, podrían resultar para algunos padres de un inquietante mensaje subversivo.

Los 5.000 dedos del doctor T no deja de ser, en este sentido, el relato de un niño que para escapar de las torturantes lecciones de piano que le imparte su estirado y ambiguo profesor, se refugia en un universo paralelo, fantástico, que dirige este adulto que ahora se llama doctor T. El doctor T mantiene esclavizada a su madre, con quien pretende casarse, y aspira a componer su sinfonía definitiva que interpretarán las manos de 2.500 niños; entre otras la de nuestro protagonista en la que, posiblemente, sea una de las escenas más delirantemente catastróficas y divertidas de la película.

En su fantasía, el niño intentará por todos los medios dinamitar la obra del doctor T contando para ello con la ayuda de un adulto, fontanero en la vida real y en la mágica, enamorado secretamente de su madre y el padre ideal –su progenitor murió siendo él muy pequeño– para formar la que desea y espera sea su nueva familia.

Los 5.000 dedos del doctor T es una sucesión de aventuras por escenarios extravagantes y dalinianamente surrealistas donde su protagonista no descansa para conseguir su objetivo. La película aún resiste el paso del tiempo. Y pese a que se nota que se rodó deprisa y corriendo, que los actores –salvo el fantástico Hans Conried, que hace del extravagante profesor Terwilliker/Dr. T– parecen que están jugando más que interpretando, seduce porque la película es muy rara. Muy, pero que muy rara.

Al final, y una vez despierta el niño de su fantasía, las aguas vuelven a su cauce.

La madre, es un suponer, se casará con el fontanero. Mandamos a paseo al irritante profesor de piano y el jovencito –que hasta ese momento no se ha quitado de la cabeza un ridículo sombrerito con una mano de goma encima– sonríe a cámara porque con su nuevo papá y su esperamos que feliz mamá, dice adiós a las clases de piano.

4.- Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964).- Fue de obligado visionario. Quizá eso explique la extraña relación que mantengo con esta película así como con Julie Andrews. Y es que si en los títulos de crédito aparecía la señora Andrews lo asociaba inmediatamente a canciones. Nunca, además, aprendí a decir supercalifrásticoespialidoso…

5.- Un gato del FBI (Robert Stevenson, 1965).- Pese a que les tengo alergia, confieso mi debilidad por los gatos. Y el siamés de esta comedia con animales de la inevitable Disney tiene su encanto. Yo prefiero, sin embargo, El gato que vino del espacio (Norman Tokar, 1978) aunque ya puestos, revelo que hoy soy incapaz de verlas enteras. Y no por el felino, no…

6.- Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hughes, 1968).- Basada en un relato de Ian Flemming, el creador de las novelas de James Bond, Chitty Chitty Bang Bang es una de las películas de mi infancia, adolescencia, juventud y… esa etapa de la vida en la que me encuentro. No me canso de ver fragmentos cuando me torpedean los fantasmas de la depresión. Aún tarareo sus canciones y Dick Van Dike nunca volvió a estar mejor que en este fantástico largometraje cuyo protagonismo le roba el coche tuneado y fantástico que sale de su taller, de su imaginación. Por ahí aparece, además, Benny Hill…

7.- Oliver (Carol Reed, 1969).- ¿Una para niños? No, pero la vi siendo un niño y me parece de las mejores adaptaciones al cine de la novela de Charles Dickens pese a que se trate de un musical. La dirige el sólido Carol Reed y sus canciones forman parte de la banda sonora de mi vida. Defiendo, además y con uñas y dientes, que Ron Moody hizo uno de los mejores Faguin de la historia del cine…

8.- The Love Bug (Robert Stevenson, 1969).- Herbie, el Volkswagen que está vivo, vivo, y sus continuaciones formaron parte del cine que consumí cuando en esta tierra los más pequeños solo podíamos ir a las sesiones de las 4 de la tarde. Me encantaba, tanto, que todavía cuando veo un escarabajo imagino que tiene vida propia, que se va a poner a bailar, a corretear, a demostrar que, pese a que es pequeño y cabezón, puede ganarle a cualquiera. ¡Grande Herbie!

9.- La flauta mágica (Hollingsworth Morse, 1970).- No la he vuelto a ver, pero no me cansaba de repescarla en aquellas sesiones de cine a las cuatro de la tarde. En cierta ocasión, y cuando el Greco era Cine Greco, el portero me pregunto qué hacía yendo a ver esa película para chiquillos y no quedarme en casa, donde televisaban un partido de fútbol que había detenido a la ciudad. ¿La respuesta? Prefiero La flauta mágica.

10.- La bruja novata (Robert Stevenson, 1971).- Resulta curioso eso de la primera vez. La bruja novata la vi en el cine Price cuando era cine Price y no multicines Price y más tarde Renoir/Price. Tampoco la he vuelto a ver, ni pienso verla porque no quiero traicionar el entusiasmo de la primera vez. Solo sé que disfruté como ella, y que la bruja por una vez no estuviera del lado de las tinieblas, los nazis.

Saludos, dejad que los niños se acerquen a mi, desde este lado del ordenador.

Un trauma adolescente

Sábado, Julio 6th, 2013

“Con un gruñido de placer, Rosa Klebb se dejó caer en el diván con pose a la Recamier. Alzó un brazo y encendió una lámpara de mesa con pantalla rosada. El pie de la lámpara estaba trabajado en forma de mujer desnuda en cristal, imitación de Lalique. Luego palmeó sobre el diván, a su lado, al mismo tiempo que decía:

- Apaga la luz del techo, querida. El interruptor está junto a la puerta. Luego ven y siéntate a mi lado. Tenemos que conocernos mucho mejor”. (pág 74  de Desde Rusia con amor, libro número 6 de la colección Agente 007 James Bond, Editorial Bruguera, 1974. Traducción de Antonio Bosch)

Desde Rusia con amor cumple cincuenta años muy bien llevados.

Continúa además siendo la mejor película de la serie Bond y para quien les escribe tiene entre otros atractivos, un encanto particular.

Fue la primera que vi del agente secreto 007 en un cine del que ya no existe ni su esqueleto en la capital de provincias en la que resido.

Se llamaba La Paz y en los estertores de su existencia apostó por las sesiones dobles y hacer la vista gorda con eso de la edad.

Las butacas eran de madera, por lo que resultaban incomodísimas. O una tortura del doctor No, pero a mis esas cosas en aquellos días de sueño ni fú ni fá. Corría entre nosotros también inquietantes leyendas sobre ese cine, lo que hacía que asistir a sus sesiones prometiera algo más que ir al cine.

Recuerdo que una que nos contábamos y creíamos como palabra de ley es que ni se te ocurriera ir al baño una vez se había iluminado la pantalla.

“Desapareces, no se te vuelve a ver el pelo”, nos transmitíamos unos a otros a modo de advertencia.

No sé de donde vino esta ocurrencia, pero la única vez que fui a los servicios de aquel entrañable y ruinoso cine fue lo más parecido a una aventura de terror en esos años de los que todavía conservo memoria. Una memoria que probablemente adorno en mi cabeza pero no por eso deja de ser memoria.

Cerré la puerta, desahogué dentro la taza esperando que apareciera de un momento a otro la cabeza de una rata y cuando me disponía a abrir el fechillo, cerrojo lo llaman en la Expaña peninsular, no pude.

De fondo oía el sonido amortiguado de la película, no sé si se trataba de Jack el destripador de Londres, que sí que la vi en La Paz, por lo que comencé a ponerme nervioso hasta terminar por golpear la puerta y dar gritos de auxilio.

Pero parecía que estaba yo solo en aquel cine, encerrado para colmo en un cuarto de baño cuyos olores contribuían a subrayar el momento de pesadilla de esa hoy inolvidable experiencia cinéfila.

Ahí estoy, intentando forzar el fechillo al mismo tiempo que mis paranoias toman por asalto sorpresa mi cabeza:

“Ahora se abre la puerta de una patada y parece el destripador con la cara de Paul Naschy“.

“Cuando acabe la película la gente sale del cine y mis amigos se han olvidado que venían conmigo y paso la noche en este retrete hasta que una mano sale reptando de la taza…”

El caso es que comencé a dar patadas y puñetazos contra la puerta, sin dejar de dar gritos que, pienso ahora, probablemente apagaba el sonido de la película.

Al final, milagrosamente, el fechillo cedió, por lo que me escabullí del baño como alma que lleva el diablo.

En el bar, que estaba al lado de los servicios, me crucé con el camarero y un acomodador, también con un cliente que tomaba una cerveza. Los tres giraron su cabeza para mirarme. Una mirada de aquí no ha pasado nada que me desconcertó de una experiencia que hoy explica mi  ya característica claustrofobia.

Me metí en la sala y me senté en la butaca de madera junto a los amigos y vi el resto de la película. Me quedé también para ver la segunda sesión y después me marché con la sensación de que, efectivamente, allí no había pasado nada.

Pero eso es otra historia.

Contaba que descubrí al agente secreto al servicio de su graciosa majestad en el Cine La Paz. Y que eso quizá explique que su impacto resultara fatal. También que desde ese día militase en el ejército de aficionados a las extravagantes aventuras de 007.

Me encanta la escena del principio, esa en la que un hermoso y rubio como la cerveza Robert Shaw liquida al mismísimo Sean Connery en un parque… aunque todo es cosa de un entrenamiento, descuiden.

Cuando Shaw acaba con la vida del agente secreto no es Bond sino un tipo del montón, que así se las gastaba la condenada Spectra

Aquí no ha pasado nada.

Recupero Desde Rusia con amor y disfruto de su juvenil envejecimiento. Será porque descubro nuevos registros en una película que todavía se tomaba en serio el universo de Ian Fleming. Trabaja, además,  la más encantadora chica Bond de todos los tiempos: Daniela Bianchi, y la musa de Kurt Weill, Lotte Lenya, que hace de Rosa Klebb, una ambigua asesina que los mata a patadas.

La segunda entrega cinematográfica de las aventuras del agente que prefiere los Martinis agitados no revueltos, sienta las claves que después explotaría hasta la saciedad la serie.

Me refiero a los viajes en primera clase, a los almuerzos en restaurantes de cinco tenedores,  a las bebidas caras,  a las chicas y a los malos con aroma inconfundible pulp. Pero sobre todas las cosas es un filme que, como la novela, celebra un agradable hedonismo que, a día de hoy, aún se mantiene inmutable porque su sentido del entretenimiento pulp pop ha sido crionizado en novelas y películas.

Otro valor añadido es que Desde Rusia con amor la dirige Terence Young, un cineasta desinquieto por el que siento debilidad ya que sus películas nunca me dejaron dormir.

Young firmó la primera de la serie cinematográfica, Doctor No, y varios años después, tras Desde Rusia con amor, la espectacular Operación Trueno.

Young dejó su huella mientras trabajaba para James.

Pisadas que cualquier bondmaníaco que se precie rastrea en otros filmes por muy tonto que se ponga.

Yo veo nervio Young en la dinámica pelea inicial de Al servicio secreto de su majestad, la misma película que acabó con la carrera de George Lazenby, pero esta es otra historia.

No recuerdo, salvo La espía que me amó, ya con Roger Moore haciendo de agente secreto, otra película de la serie que me dejase clavado en la butaca.

Y lo gracioso del caso es que todavía, cuando las vuelvo a ver, ambas continúan despertando las mismas sensaciones que recibí de ellas cuando era un chaval que todavía no se preguntaba cómo sería  llegar al siglo XXI.

¿Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad?

Pero no quiero volverme nostálgico, no toca en estos días sin vino ni rosas que vivimos. Solo deseo dejar constancia de lo que supuso de alumbramiento descubrir por primera vez, y en un cine al que quiero recordar poblado de fantasmas, una película que cumple cincuenta años. Cincuenta años que no son nada.

¿Será porque se elimina –aunque sea de mentirijillas– a Bond nada más arrancar la película? ¿Será por Daniela Bianchi? ¿o por contar a tu lado con aliado sincero y feroz como Kevin Bey (Pedro Armendáriz)?

Yo que sé…

Solo sé que volver a ver Desde Rusia con amor me serena por dentro y por fuera.

Claro que –pienso luego existo– la epifanía se produjo en un cine llamado La Paz.

Ese cine en el que a veces pienso que todavía estoy estancado, encerrado en su cuarto de baño.

Saludos, M quiere hablar conmigo, desde este lado del ordenador.

(elescobillon.com)

Matar o no matar, este es el problema

Miércoles, Junio 12th, 2013

No hubo manera en mis años mozos que me dejaran entrar en una película que, pasado el tiempo, explica cómo funcionaba por aquel entonces la orden de prohibir que la vieran los que eran menores de 18 años.

Como otras tantas películas que se estrenaban en los cines, y sin referencias salvo que la protagonizaba Vincent Price, lo primero que me llamó la atención de este largometraje fue el cartel promocional que colgaba en distintos puntos de la capital tinerfeña… Un cartel que lograba disparar mi imaginación, de un sensacionalismo burlón que todavía, cuando lo contemplo, hace que viaje al pasado y que se despierten emociones que creía dormidas definitivamente.

Puedo entender ahora, pasado los años y con una visión un tanto legendaria de aquella adolescencia, que el interés por digerirla se acrecentara en vez de disminuir a medida que los porteros de los cines de estreno me negaban la entrada. Y siento aún la sensación de derrota con la que regresaba a casa, una frustración que no se iba a disipar de mi cabeza hasta que tuviera la oportunidad de verla…

Tuve que esperar así a que se repusiera en uno de aquellos cines de barrio que entonces poblaban el callejero de Santa Cruz de Tenerife. Concretamente, el Cine Somosierra, donde los custodios no resultaban tan estrictos a la hora de dejar pasar a un niñato con demasiados pajaritos en la cabeza.

Pasado los años, las emociones son encontradas.

Porque reconociendo que no se trata de una gran película, sí que es, a mi juicio, uno de los mejores papeles que interpretó Vincent Price.

El filme se tituló en España Matar o no matar, este es el problema (Theatre of Blood, Douglas Hickox, 1973) y en él intervienen algunos de los actores más grandes del cine británico como Jack Hawkins, Harry Andrews, Robert Morley, Diana Rigg y, en un papel pequeño pero explosivo, la explosiva Diana Dors.

Recuerdo que cuando salí del Cine Somosierra, una de aquellas salas, junto al Delta o al Fraga, en las que era posible colarte a las de mayores de 18 años, Matar o no matar, este es el problema fue una de esas películas que contribuyeron a que abandonase esa etapa de la vida en la que saltas sin red de la infancia al pantano de la adolescencia, y que para mi, Vincent Price se convirtiera desde ese día más en el fracasado actor shakesperiano Edward Lionheart que en el abominable doctor Phibes.

Aún conservo imágenes muy frescas de esta película en el disco duro de mi memoria. Debe ser que se trata de un filme que tontea con el gore con tono de deliciosa comedia macabra.

Descubro en dvd y a precio de crisis Matar o no matar, este es el problema, y siento como el chispazo de la emoción me recorre por la espalda.

Ya en casa, el cansado reproductor se pone idiota, lo que me hace rememorar los “déseme usted la vuelta” que me cantaban los porteros cuando nervioso y poniéndome de puntillas le hacía entrega de la entrada…

Pero por fin, quizá porque recito en silencio pedazos del Necronomicón, comienza la película en el televisor y la veo con ojos presuntamente adultos; descubriendo que lo que antaño me impactó ahora apenas me produce una sonrisa, aunque aún me captura la trágica historia del actor que es humillado por un grupo de críticos, dando pie a su furiosa y shakesperiana venganza con la colaboración de su hija y de un grupo de mendigos que me proporciona lecturas que en su día, más preocupado por el efectismo, fui incapaz de interpretar.

Con todo, la película no ha perdido su encanto. Me desconcierta su atrevido erotismo para la época, la etérea sexualidad de la encantadora Diana Rigg, y las carnes generosas de Diana Dors… Disfruto con esa venganza implacable que emprende Price contra esos críticos que le negaron su reconocimiento, así como ese aire de ópera bufa aunque trágica que planea en un largometraje que se permite readaptar al mismísimo Shakespeare explotando sus historias más sangrientas, su teatro de sangre, con largos parlamentos que, escuchados en inglés, sacan a relucir la musicalidad de un idioma que si no se enseña bien, uno termina por odiar.

Regreso, en definitiva, a mi ya lejana adolescencia recuperando una película que se ríe de sí misma pero que a la vez se toma muy en serio. Y quiero entender, mientras la observo, el valor que tenía aquel niñato que hacía lo imposible cuando le negaban lo posible.

Y aprecio que su debilidad por la señora Rigg no haya decrecido con el tiempo, y que ya desde ese entonces se pusiera del lado de Price y no de los cretinos que fueron incapaces de reconocer su talento.

Asumo, también, de donde procede mi afición por el cine británico, y su peculiar sentido del humor que en esta pequeña película termina con una frase que no voy a desvelar pero que dice mucho de los profesionales que están convencidos de su criterio.

Una película, Matar no matar, este es el problema, que para quien ahora les escribe es eso que unos denominan como película de culto.

Un título que, con todos sus inevitables defectos, despertó ideas a un niño impertinente que, treinta años después, descubre colorado que ya forman parte de su estrafalaria personalidad.

Tal vez y de tanto en tanto, un poco sobreactuada.

Saludos, ¡¡¡larga vida a Edward Lionheart!!! desde este lado del ordenador.