Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

Chuka, una película de Gordon Douglas

Miércoles, Junio 5th, 2013

No es un cineasta reivindicado entre los aficionados quizás porque su trabajo tanteó –siempre con oficio– toda clase de género. Un profesional que no se arrugó ante los guiones que se le presentaban y si bien, es un juicio muy particular, destaca por sus western y la trilogía sobre el detective Tony Rome que interpretó en pantalla Frank Sinatra, sí que me parece una injusticia que su nombre no ocupe al menos un puesto destacado en esa larga lista donde algunos colocamos a los hombres y mujeres que han hecho posible lo imposible explotando los recursos de su imaginación.

Y Gordon Douglas lo siento como uno de los míos. 

Por bicho raro, por secundario resignado, por ser uno de esos artesanos que lo mismo rodaba una comedia con Jerry Lewis que una película con hormigas gigantes que te dejaba sin respiración…

Douglas contribuyó además a consolidar el talento interpretativo de ese astro de la canción que fue y es Sinatra, pero también dos western que son rara avis, películas que trascienden las fronteras del género. Dos pequeñas producciones de aparente relleno que todavía resplandecen por extrañas y traumáticas: Río Conchos y Chuka.

No se tratan de títulos menores en el cine de vaqueros e indios. Es más, vistas hoy, han sabido rejuvenecer por su insólita preocupación por definir el carácter de sus broncos personajes y por mantener un diálogo sincero y grueso, sin quieren, sobre el fanatismo, espita que abre la caja de los odios extremos. Historias muy arriesgadas y que cuentan con una narrativa de libro que no deja de resultar idónea para reflejar relaciones encontradas, miserias y represiones en estado de ebullición, y un discurso en torno a la masculinidad realmente desconcertante.

Otro día hablaré de Río Conchos, probablemente su western más reivindicado, porque hoy quiero hacerlo de Chuka, filme que veo una noche en la que reclamo cine de evasión con muchos quilates y película que vuelve a capturarme porque más que una del oeste es un relato de terror psicológico en el que los arapahoes, la tribu en armas que asedia un fuerte perdido en la inmensidad del desierto, resulta una excusa porque aquí lo que importa es retratar a un grupo de hombres y dos mujeres traumatizados y contradictorios. 

En este aspecto, la historia de Chuka recuerda una de las novelas más fascinantes del escritor y periodista italiano Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, no ya por reunir a un grupo de personajes en un entorno lejano, casi perdido, sino también al ir revelando poco a poco el  carácter de sus protagonistas que pasean con los ojos vendados por la delgada línea roja que separa la cordura de la locura. 

Y todo ello sin resultar pretencioso, y eso tratándose de un western psicológico que la mirada de Douglas refleja con la aplastante sencillez de un maestro.

Contribuye a ello una galería de personajes que han dejado de creer en el futuro, perdidos en su propio mundo mientras esperan resignadamente la hora de su muerte. Ahí está el coronel (John Mills), un hombre que esconde un pasado oscuro y que olvida su flaqueza empapándose de alcohol. Una mujer de turbadora y gélida belleza (Luciana Paluzzi) pero inalcanzable para el personaje que da título al largometraje, Chuka (Rod Taylor) y unos secundarios torturados en su propio abismo personal.

Se trata Chuka de un western cerrado, que apenas explota los grandes espacios abiertos al ser rodado prácticamente en estudio, lo que acrecienta si cabe esa lucha territorial que emprenden todos sus protagonistas mientras van sacando a relucir sus fantasmas, o los cadáveres que guardan en el armario. 

Es un filme con muchas dobleces, y una acertada reflexión sobre el abuso de poder.

Abuso de poder el que ejerce con crueldad despiadada el coronel, expulsado por cobardía del ejército británico, sobre los hombrs que están a su mando. Abuso de poder el de su segundo al mando (Louis Hayward), quien mantiene por la fuerza relaciones con jóvenes indias que le procuran algunos de sus soldados; y abuso de poder el de estos mismos soldados hacia su corrupto superior.

En medio de esta tormenta, y bajo la presión de un ataque de los indios que no viene aunque se cobra algunas víctimas en forma de guerrilla, lo que dispara más la sensación de debilidad del destacamento, aparece un pistolero de nombre Chuka que encuentra en este rincón del mundo al amor de su vida.

Apenas se nos cuenta nada de esta relación, salvo que estuvo condenada al fracaso por la diferencia social, abismo que los separó cuando se conocieron en territorio civilizado.

No deja de asombrarme, mientras veo Chuka, de lo que era capaz el cine norteamericano en unos años, finales de los sesenta, en lo que ya planeaba sobre el género su presunta sentencia de muerte. Es un filme con cierto aroma europeo, ahí su reparto, y en cierta manera antecedente de lo que más tarde degeneró en lo que se conocería como espagueti western, que termina por cautivar, y al que incluso se le perdonan sus notables defectos porque continúa emocionando y conmoviendo.

Y si bien no respira el aplastante nihilismo de Río Conchos, sí que cuenta con momentos inolvidables, no exentos de ironía, como la brutal pelea entre el sargento mayor (Ernest Borgnine) y Chuka, así como el combate final, que se resuelve de manera trágica.  Y las inevitables escenas románticas, que más que de amor, resultan explosivamente sexuales.

 Elementos todos ellos que dotan de sustancia un título que no debería de pasar desapercibido, y que desde esta humilde bitácora escobillonera recomendamos a los que caminan con los ojos abiertos como a los que lo tienen cerrados, siempre con el ánimo de que aprendan a abrirlos.

Saludos, ¡viva el cine de barrio!, desde este lado del ordenador.

Cine de verano

Viernes, Mayo 10th, 2013

Recuerdo a Manolo paseando por el patio de colegio mientras recoge firmas para que Televisión Española exhiba El planeta de los simios. También Godzilla, porque a él las que le gustan son las de monstruos antediluvianos a los que despiertan de su letargo por culpa de una bomba nuclear detonada en el océano.

Y recuerdo a Paquito, que trabaja como repartidor en un supermercado, mientras nos pone películas en súper 8mm en las que más que doblar, se inventa los diálogos que dice en inglés sus admirados Abbot and Costello y que proyecta en una sábana que hace de pantalla en el salón de la casa de su madre.

Y recuerdo a Diego, un tipo bajito de pelo rizado que llama a las mujeres andovas, que compra toda clase de revistas de cine y que es una enciclopedia viviente porque se sabe todo de actores, actrices, cineastas y la madre que los parió cuando recita con memoria fotográfica su filmografía al completo dejándonos a los que lo escuchamos con la boca literalmente abierta.

Recuerdos que hoy recupero repentinamente mientras leo la fascinante novela Graceland, del escritor Chris Abani, en la que narra la vida de un adolescente, Elvis, que se busca la vida en Lagos (Nigeria), y que para evadirse de la brutal realidad que lo rodea se refugia en libros y en cine.

Un cine que cuando lo describe me hace evocar un tiempo no sé si perdido pero que aún almaceno en el disco duro de mi memoria.

Un tiempo, explico, en el que estoy fabricando los primeros prejuicios para mi perjuicio.

Es decir, que hasta ese entonces conservo una mirada inocente y ansiosa que más tarde me enseñará a distinguir lo que gusta de lo que disgusta.

Recuerdo así estar en el cine de verano de la hoy ruinosa Plaza de Toros de mi ciudad, donde contemplo, ya es habitual, que se queme la película en pantalla, lo que obliga a que se interrumpa la velada para, una vez lo arregle el proyeccionista, se reponga sin que nos importe al público que se hayan perdido cinco o más minutos del filme porque la gracia de esas sesiones de verano radica no ya en la película sino en el ambiente que se (des)organiza en el coso taurino en el que, afirmo, veo un murciélago volar por los cielos mientras Drácula negro, con unas patillazas de escándalo igual de grandes que sus colmillos, hace de las suyas…

Recuerdos –saben– de un tiempo en los que ir a cine resulta además de barato y divertido, algo así como una aventura.

Una aventura cuyo avituallamiento consiste en bolsas de pipas Churruca y una botella de Casera.

Y una aventura en la que la película puede comenzar por el final y terminar por el principio porque al proyeccionista, ¡Linternaaa!, se ha equivocado de rollo.

Ahí las risas, ahí los comentarios a gritos de un entusiasta con talento de entre el público; ahí el famoso Linternaaa que intenta poner orden en un caos que solo es aparente porque forma parte de una misma unidad: cine de verano en la Plaza de Toros.

Cine de verano que me enseña, como nadie jamás podrá enseñarme, a ver cine cuando la película se queda sin sonido dando paso a los silbidos del respetable para que el que hace de Linterna/acomodador avise al proyeccionista de : “rebenque, súbeme el puñetero volumen.”

- Linternaaa, mano, que no se oye…

- Linternaaa…

Recuerdos de unos años en los que apenas tengo algo en el bolsillo, y cuando tengo algo en el bolsillo lo invierto en esos largos y cálidos veranos comprando La Casera y pipas Churruca para ver películas en casa de Paquito, que dobla y se inventa los diálogos que dicen Abbot y Costello, así como en ese cine de verano en la Plaza de Toros.

Sesiones a las que ya dediqué un post pero que hoy, reitero, vuelven a mi memoria mientras leo Graceland, de Abani, una novela que edita Baile del Sol Ediciones y a la que le dedicaré unas líneas cuando la termine…

… Aunque me cueste terminarla por lo que este libro me está mostrando, enseñando y sobre todo –creo que ésa es su mayor virtud– reconciliando con un pasado con el que hasta el día de ayer no deseaba identificarme.

Y pienso en todo eso mientras paseo por una capital en la cae un sol de justicia.

En la primera vez.

En las primeras experiencias lúdicas con el cine.

Es decir, en Paquito que exhibe películas en su proyector de súper 8mm; en Manolo que irrumpe un día en casa de Paquito con una versión de media hora del Frankenstein de James Whale doblada al alemán y como Paquito le asegura que “no hay problema, sé hablar alemán” aunque no tenga pajolera idea; así como de ese cine de verano en la Plaza de Toros que me foguea para mis posteriores incursiones en el Delta, el Somosierra o el Fraga porque allí reponen los estrenos que pasan en las elegantes salas del centro donde el portero no me deja entrar por menor de edad.

¿Echo de menos todo aquello?

La verdad es que no lo sé.

Pero sí que digiero aquel tiempo con una resignada y quiero pensar que irónica nostalgia.

El lastre que arrastro de ese pasado es que son ya demasiado los amigos que se quedaron por el camino por una u otra razón.

También que el paisaje de la ciudad en la que vivo olvida y abandona a su suerte un espacio como la Plaza de Toros porque actualmente no hay dinero.

Yo mismo incluso me he transformado en otra persona que a veces es incapaz de reconocerse cuando se contempla en fotografías en la que tenía apenas quince o dieciséis años…

Busco en todo caso mi particular Graceland, aunque me golpee desesperadamente la cabeza contra el muro como lo hace Francisco Rabal en La fuerza del silencio –una película que vi en un cine de Santa Cruz de La Palma mientras un ratón paseaba como Pedro por su casa por el pasillo que dividía la fila de butacas– para despertar de este letargo que me atrapa y que ahora entiendo es solo un reflejo para que abra los ojos como si fuera un hibernado Godzilla.

Saludos, con el sabor de las pipas Churruca en la boca, desde este lado del ordenador.

Una sesión doble con verdades como puños

Viernes, Mayo 3rd, 2013

INTRO

Visto con la perspectiva que da el tiempo el año de 1973 cuenta al menos con dos películas que a mi, personalmente, me marcaron como al rojo vivo. Es decir, que alteraron mi sistema de ideas, que revolucionaron mis neuronas.

Son dos largometrajes dirigidos por cineasta a los que unos denominan despectivamente como artesanos, lo que una vez más demuestra sus escasas entendederas, y que a mi juicio –con las entendederas cada día menos claras– considero sin rubor alguno como grandes obras de un cine que en aquellos años y en aquella década transitaba por un escenario parecido al actual: sufría de crisis.

Escribamos también que estos filmes son trabajos que pese a que se resientan por el avance implacable del tiempo, a mi me continúan conmoviendo y, lo que es mejor en estos tiempos de dramática… dolencia, emocionando. Dos verbos, conmover y emocionar, que entiendo asociado a otro verbo: entretener.

EL EMPERADOR DEL NORTE

Dirigida por Robert Aldrich, que es un cineasta cuya filmografía está salpicada de títulos que todavía me conmueven y emocionan, la cinta está ambientada en los duros años de la Gran Depresión, época que refleja con descarnado realismo y en cuyas consecuencias encuentro una amarga coincidencia con los nefatos tiempos actuales.

¿Por qué?, osa preguntar alguien del público… En la película uno de los personajes, un vagabundo descuidado comenta que son días en los que los pobres que roban un pedazo de pan para comer van directos a la cárcel mientras los ricos que hacen lo mismo continúan robando cómodamente a los pobres, que somos todos.

Lo escupe casi como una maldición Lee Marvin, El emperador del norte, a su pupilo de nomadismo, Keith Carradine. Lo viejo y lo nuevo de un oficio, el de buscarse la vida, en una película que está repleta de dobleces y personajes que se miden las caras con aplastante y estúpida y viril brutalidad.

La cinta cuenta muchas historias aunque el pilar a través del cual se mueve es el duelo que mantendrá en su segunda parte el vagabundo que interpreta Marvin con uno de los vigilantes del ferrocarril, papel que asume con muchos matices un terrorífico Ernest Borgnine en el que quizá sea, es una opinión muy personal, uno de los mejores papeles de su carrera.

Vista de nuevo, El emperador del norte (Meet the Emperor of the North) es una película que llama la atención por su estrafalario sentido del humor así como por su carácter estrictamente masculino porque esta es una película de y sobre hombres al límite, desubicados y que caminan por el filo de la navaja.

En este aspecto, no hay ningún tipo de grandeza, aunque sí un peculiar sentido del honor que le es totalmente ajeno al vagabundo que interpreta Carradine, eso justifica de alguna manera como acabará al final de esta extraordinaria película.

El mensaje de El emperador del norte continúa vivo además, e insisto que resulta actual en estos tiempos que corren: plantea un desafío a la autoridad con señas claramente individualistas pero también libertarias en un país, los Estados Unidos de Norteamérica, que víctima de la brutal crisis del 29, ha cambiado radicalmente su fisonomía moral.

Tanto, que incluso “su basura ya no es la misma” le lanza como un escupitajo Lee Marvin a Keith Carradine con un doble sentido que a mí me hace estremecer, no desconcertar, todavía.

Ha llovido mucho desde entonces, pero es que incluso transcurridos cuarenta años sorprende aún en esta pequeña película la mirada profundamente cínica con la que Aldrich aborda la historia y a sus protagonistas. También la discreta distancia que pone ante ellos.

Casi parece como si el director prefiriera narrar una historia procurando en todo momento que el espectador se olvide que detrás actúa la mano de un cineasta que solo intenta convencernos de que todo cuanto vemos es producto de una realidad tan perversa y ridícula –Borgine a fin de cuentas es el otro lado de la moneda que encarna el personaje que interpreta Marvin– a la que dota de un sentido del humor perverso.

Es probable que el objetivo fuera que el público se tomase en serio la tragedia de una clase (la que encarnan los vagabundos y los vigilantes de los trenes) en un momento en el que apenas quedaban esperanzas para el mañana.

PAPILLON

La película está basada en las atractivas y presuntamente autobiográficas memorias de Henri Charrière, expresidiario que relató en este volumen –sacaría una segunda parte titulada Banco– sus experiencias entre rejas en la Isla del Diablo, en la Guayana francesa.

El filme, que dirige otro de esos cineastas por lo que siento ciega devoción, Franklin J. Schaffner, está protagonizada por Steve McQueen y Dustin Hoffman en lo que es uno de los mejores trabajos que desarrollaron en su carrera como actores y, coincidiendo con El emperador del norte, es una película cuyo mensaje entre otros tantos mensajes invita a desafiar a la autoridad.

McQueen asume el papel de Papillon –se le conoce con este nombre porque lleva una mariposa tatuada–, un hombre que cumple condena por un delito que no cometió –el asesinato de un proxeneta– que ha forjado una idea de la libertad sin quebrantos.

Hoffman, por otro lado, encarna a un intelectual. Un genio de los números preso por haber falsificado bonos del tesoro y es algo así como un marciano en ese universo poblado de bestias salvajes hasta que surge, obligados ambos por la conveniencia, una amistad que a lo largo de la película se va cimentando.

Papillon logra, en mi opinión, ir un poco más lejos de las clásicas películas del subgénero carcelario porque bucea en las aguas siempre profundas de la aventura. De hecho, todo el filme narra con pulso vigoroso el proceso de transformación que sufren sus dos personajes protagonistas, interrumpidos por los sueños surrealistas de Papillon y en los que se deja entrever la frustración de un hombre que ha malgastado su vida.

Se tratan pues El emperador del norte y Papillon de dos películas en las que pese a su condición de derrotas existenciales y su generosa reivindicación del perdedor que se resiste a bajar la cabeza, respira un mismo y atractivo mensaje en estos tiempos enfermos: rebeldía.

Rebeldía contra la autoridad. Rebeldía que se manifiesta en los personajes que interpretan con intensa convicción Lee Marvin y Steve McQueen como una seña de identidad biológica que los obliga a continuar adelante por mucho que se los persiga, castigue o encierre como a bestias.

Son hombres condenados a ser libres.

Más que drama, más que tragedia… Ahí está su grandeza.

Saludos, los sueños, sueños son, desde este lado del ordenador.

Descubrimos el arma secreta de Corea del Norte: ¡Pulgasari!

Lunes, Abril 1st, 2013

Generalmente se dice que el cine –hoy la televisión– se ha convertido en un instrumento por el que dictadores de todo signo ideológico han sentido extraña fascinación. Tanta, que lo han utilizado como vehículo de propaganda a través del cual justificar la necesidad histórica de su régimen. Son muchos los ejemplos, pero en este post solo nos detendremos, y con cierta atención, en uno de esos trabajos que vieron la luz por empeño personal de un hombre que visto con mirada occidental no deja de resultar un marciano: Kim II-sung, el padre fundador de esa monarquía de signo ¿comunista? que dirige los destinos de la República Popular Democrática de Corea desde 1948 a 1994, año en el que tras su muerte asumió la responsabilidad su hijo Kim Jong-il y tras morir éste en 2011, su nieto Kim Jong-un, hoy noticia al declarar el estado de guerra en su empobrecido y hambriento país.

Insistimos, sin embargo, que no es nueva esta afición de algunos siniestros dictadores por reflejar en pantalla sus supuestas hazañas a favor de la salvación nacional. En España, Francisco Franco firmó bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade el guión de Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942); Joseph Goebbels está muy presente en Ohm Krüger (Hans Steinhoff, 1941), título que los expertos no dudan en afirmar que muchos de sus diálogos parecen escritos por quien se inmoló junto a su familia tras el suicidio de Hitler en el búnker de Berlín, así como Benito Mussolini, quien no ahorró en gastos para visualizar cinematográficamente la epopeya de Escipión el africano (Carmine Gallone, 1937) para justificar sus frustradas campañas africanas y, desde el otro extremo, y obviando las cintas que se rodaron en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tras el triunfo bolchevique con El acorazo Potemkin y Octubre, de Sergei M. Eisenstein, El león del desierto (Moustapha Akkad, 1981), una iniciativa de Muammar Gaddafi en la que se canta el levantamiento liderado por Omar Mokhtar contra las tropas italianas en Libia y, oh curiosidad, la estrafalaria película de monstruos codirigida por el surcoreano Shin Sang-ok, Pulgasari (1985), por empeño personal de Kim II-sung, quien aparece además como productor ejecutivo de la cinta.

Pulgasari cuenta la historia de la tenaz rebelión que emprende el castigado pueblo coreano contra un monarca que desconfía de sus gentes. Tanto, que les arrebata sus herramientas de trabajo con el fin de evitar que construyan armas con la que puedan derrocarlo del trono. Sin embargo, y de una sencilla figura  nacerá una criatura monstruosa que repartirá justicia aunque su voraz apetito por los metales le haga volverse incluso contra los desposeídos de la tierra.

De escasa distribución en el mercado internacional no ya por sus cuestionables méritos cinematográficos sino, aseguran algunas fuentes, por el ambiguo mensaje ideológico que lleva dentro, Pulgasari vista hoy no deja de ser una rarísima película de monstruos a la japonesa con confuso aunque intencionado mensaje. Mensaje que a la postre resulta bastante infantil para tomárselo en serio en un país que no sea la República Popular Democrática de Corea.

La amenaza que el nuevo régimen liderado por Kim Jong-un hacia su vecino del sur y por extensión contra Estados Unidos, nos obliga sin embargo a repescar este título psicotrónico aunque resulte mucho más atractiva y cinematográfica la historia que hay detrás del filme que el propio filme en sí.

Al parecer, su director, el surcoreano Shin Sang-ok se pasó siete años en Corea del Norte ¡¡¡tras ser secuestrado!!! –afirmó– por los servicios secretos del Norte cuando se encontraba en Hong Kong. El objeto era rodar una serie de películas que revelaran las excelencias del régimen norcoreano, y que mejor para ello que contar con los servicios de un hombre que había triunfado con sus películas en el sur aunque no se encontraba en su mejor momento cuando, presuntamente, fue secuestrado.

Tras filmar una serie de películas costumbristas, rueda con la colaboración con Chong Gon Jo, Pulgasari, cinta en la que interviene la actriz  Choi Eun-hee, esposa de Shin Sang-ok y también secuestrada en Corea del Norte, como no se cansó de repetir cuando regresó a las democráticas tierras del sur.

Pulgasari no deja de ser una descacharrante y algo tediosa película de monstruos con intenciones que, a mi juicio y vista hoy, desvirtúa el propósito propagandístico con el que fue creada.

Expliquémonos en este post trabalenguas: cuando la bestia hace de las suyas contra los arrogantes ejércitos del malvado monarca, no lo hace motivado por una, digamos, conciencia de clase sino por una necesidad brutal de alimentarse del metal con el que han sido forjadas las espadas de quienes reprimen a los buenos campesinos.

Por algún lado he leído incluso que Pulgasari es, en este sentido, una metáfora del sistema capitalista ya que devora (consume) todo a su paso, pero no sé si tomarme demasiado en serio esta interpretación.

Si destaco de esta película lo que significa para entender el delirio de un régimen tan personalista como el de Corea del Norte. Un régimen que parece fruto de una distopía poco creíble aunque efectivamente, y en este caso, es el arte el que imita a la vida y no al contrario.

Hay mucha información sobre esta rareza en la red y un estupendo y recomendable artículo publicado en The Guardian en el que se cuenta la increíble historia de su realizador y esposa durante los siete años de cautiverio supuesto.

El filme se puede descargar en ese milagro que sigue siendo Internet y es muy recomendable para los amantes de lo que ya empiezo a denominar como cine torcido. A la espera estoy ahora de conseguir las lecciones de cine que en su día, parece ser, dictó el fundador de esta dinastía roja, Kim II-sung, a sus obedientes discípulos.

Saludos, honorables, desde este lado del ordenador.

Cine de explotación con acento canario: Oro rojo, una película de Alberto Vázquez Figueroa

Martes, Marzo 26th, 2013

Alberto Vázquez Figueroa además de escritor probó también ponerse tras las cámaras en dos películas que siendo fallidas, resultan cuanto menos trabajos interesantes para calibrar el universo personal de su autor.

Se tratan, además, de dos cintas –Oro rojo y Manaos, esta última basada en una novela del mismo Vázquez Figueroa– que respiran ese aire de salvaje libertad con la que observo ahora la década de los años setenta del pasado siglo XX. Productos muy pegados a las modas que en aquel entonces imperaba en lo que se conoce como cine de explotación –personajes de una pieza, erotismo y violencia– que vistas con la perspectiva que da los años permite aproximarse a unos tiempos que todavía estaban marcados por la rudeza.

Desgraciadamente, Manaos (1979) no pasa la prueba del algodón aunque sí que encuentro destellos y una audacia insólita que la hace nuevamente visionable Oro rojo (1978), un filme realmente atípico en el cine comercial de bajo presupuesto que se rodó en aquellos años y filmado íntegramente en los agrestes paisajes de Lanzarote.

Protagonizada por Alfredo Mayo, Hugo Stiglitz (ahora tan reivindicado gracias a Quentin Tarantino); Isela Vega, José Sacristán y Patricia Adriani, entre otros, la película de Vázquez Figueroa se desarrolla en una isla inexistente, Providencia, dominada por una familia, Los Almeida, que ha hecho su fortuna esclavizando a sus habitantes extrayéndoles la sangre, de ahí el título del largometraje y, paralelamente, la confusa pero interesante historia de un hombre que, tras escapar de unas salinas donde cumpe condena sin que se explique la razón de esa condena, pretende llevar algo así como la justicia social a ese territorio que gobierna con mano de hierro los miembros del clan Almeida, protegidos por un batallón de guardaespaldas que ¡¡¡vestidos de negro comos pistoleros del lejano oeste!!!, son conocidos por los explotados de esa isla como gorilas.

Oro rojo quiere construirse así como una metáfora que si destaca por algo es por la cobardía, o el instinto de supervivencia de su protagonista. Dispara por la espalda a uno de los Almeida sin que se le despeine la melena; sale corriendo como si llevara el diablo por dentro ante cualquier atisbo de peligro que se le cruce por el camino.

Entre los muchos atractivo de esta película, siempre y cuando se vea con estómago de hierro y se caiga rendido a su delirio, es la huida que emprende el héroe dejando tras de sí a un compañero de fugas, y su llegada a un pequeño islote habitado por dos hermanas que tiene, así lo quise ver, referencias a las Odisea.

Durante su estancia, y cosas de la naturaleza, el hombre pronto despertará los instintos dormidos de una de ellas (Isela Vega) mientras le dan de comer y aprovecha para reparar una vieja embarcación con la que espera regresar a los dominios de los Almeida.

Puesta así las cosas, es inevitable que se produzca la primera y tórrida escena de sexo al aire libre que propone la película, y que supuestamente une los destinos de Hugo Strilitz, el héroe, con una de las mujeres al tiempo que despierta –en otra de las escena más delirantes de este delirante y precisamente por ello atractivo filme– el odio furibundo de la hermana, interpretada por Terele Pávez, quien machete en mano solo quiere  castrarlo. Así, con todas sus letras.

En este aspecto, Oro rojo es una película con una extraña fascinación, que se mueve más por los instintos que con la cabeza, lo que engrandece lo que otros ojos solo podría interpretar como ridículo.

Articula además un discurso denuncia que gira en torno a explotados y explotadores, y  funciona, pese a su desorden y temo que involuntariamente, como producto que critica el hecho de habitar una isla condenada a que las cosas permanezcan como están.  A despreciar ese inmovilismo resignado que caracteriza a los explotados de Providencia, gentes a las que literalmente se le quita la sangre.

El mismo Vázquez Figueroa reflexionaba en un artículo que fue publicado en El País y con el título de Antecrítica de Oro rojo sobre su primera experiencia como director cinematográfico: “Los errores, que son muchos, los encontrará cada espectador, según sus propios gustos: Inexperiencia en el manejo de los actores o de la cámara, falta de ritmo o carencia de hilación entre una secuencia y la siguiente… No lo sé. Si lo hubiera sabido, no hubiera cometido tales errores, por supuesto. En conjunto, mi opinión es que he obtenido una película al 80% de lo que esperaba obtener antes de empezar, lo cual no es mal porcentaje, a mi modo de ver, tratándose, como digo, de la primera. Bien es cierto que he contado con uno de los mejores equipos técnicos y artísticos que se han puesto en este país al servicio de un director novel.”

Lo que justifica, quiero entender que, efectivamente, poco o nada hay que objetar del trabajo técnico y artístico de la película.

La isla de Lanzarote adquiere una belleza plástica que se debe al oficio del operador José Luis Alcaine, y en cuanto a los actores todos cumplen con su cometido como profesionales que son.

Me encanta, en especial, la labor que desarrollan un nomelopuedocreer José Sacristán y una siempre inmensa Terele Pávez, también esa tendencia que tiene el escritor y cineasta por romper moldes y resultar políticamente incorrecto.

Y todo ello explorando un territorio ficticio que transmite una sensación de pobreza demoledora que, lamentablemente, Vázquez Figueroa no acierta a desarrollar cuando apuesta por lo convencional en detrimento del carácter pesimista que planea en toda su historia.

El filme de todas maneras y pese a que no se sostenga, reúne un puñado de escenas asombrosas, en los que se ve algo de talento detrás de las cámaras, y entregado así a la causa digamos que hasta se le perdona algunos diálogos de chiste y situaciones que se resuelven con desconcertante idiotez.

Confieso de todas formas que dentro de esa corriente de cine malo que tanto gusta a mi corazón cinéfago cuando deja descansar su lado cinéfilo, sí que he encontrado en Oro rojo una película arriesgadísima y muy personal. Cien por cien Vázquez Figueroa, uno de los pocos escritores españoles que supo en sus primeras novelas revolucionar en España un género por el que siento tanto aprecio como es el de la aventura.

Entiendo así Oro rojo como la gran película frustrada de aventuras que es. Un producto muy lastrado por su empeño en ser convincente y su pretensión por armar una historia que además de sexo y violencia tuviera mensaje.

Ya saben, los explotadores extraen literalmente la sangre a los explotados.

Vampirismo real que puestas así las cosas y objetivamente, hace de Oro rojo una película de obligadísimo visionado en estos tiempos que corren.

Uno se ríe con sus torpezas, pero no deja de inquietarle que su denuncia le resulte tan estrafalariamente actual.

Saludos, buscando en el baúl de los recuerdos, desde este lado del orden ordenador.

¿Es grave, doctor?

Miércoles, Enero 9th, 2013

INTRO

En Navidades me quemo los ojos, entre ese prodigio llamado Boardwalk Empire y una curiosidad británica titulada Submarine, con una triple sesión de cine malo, malo de verdad.

Y es que de vez en cuando me gusta drenar la cabeza, vaciar de ideas enojosas las pústulas que parecen enquistadas en mi centro de mando, el cerebro. Al mismo tiempo, siento mientras veo estas tres majaderías un atractivo regreso al pasado, ese lugar donde la mirada resultaba inocente y de la que hoy ni me acuerdo.

Lo insólito de este peculiar tratamiento de shock al que me someto de vez en cuando es que tiene algo así como efecto sanador: me reconcilio conmigo mismo. Claro que no sé si lo escribo para darme ánimos o con la resignación y la paciencia del santo Job.

El caso es que, hijas e hijos míos, confieso que hay momentos en los que prefiero quedar tumbado en el sofá viendo estas cosas que digiriendo otro cine, digamos de autor que es como se le llamaba antaño, porque necesito ser consciente de la levedad del ser.

La triple sesión consistió en ver tres películas cafres. De cine de barrio del de verdad.

Pero por cafres, de cine de barrio del de verdad, descubro ahora con presuntos ojos de adulto, que me erotizan, que me hacen reír por su inocencia desarmante y, por último, porque son un caos. Un caos desquiciado y quiero entender agradablemente nihilista. Tal y como me siento ahora.

LAS PELÍCULAS


La décima víctima (Elio Petri, 1965).- Está basada en un relato del conocido escritor de ciencia ficción Robert Sheckley, La séptima víctima, y la protagonizan Marcello Mastroianni, aquí hermoso y rubio como la cerveza, y Ursula Andress, que es una señora que a mi, particularmente, todavía me pone contento. La décima víctima es como Los juegos del hambre pero contado en clave deliciosamente pop. También una versión descacharrante de aquellos chistes en los que había un alemán, un francés y un español en un avión… Pero en versión italiana. Es decir, que Marcello encarna con cierta ironía el mito del macho latino y Andress la hermosa frialdad de una mujer nacida y criada pongamos que en Arkansas. Apunto Arkansas porque en la cinta la Andress es ciudadana norteamericana y no suiza, que es de donde originalmente procede esta sirena hermosa y rubia como la cerveza. Llevaba tiempo detrás de esta película. Lo apunto porque en su momento leí el relato de Sheckley, y el relato disfrutaba aún de grata memoria en mi cabeza pese a que no he vuelto a releerlo. Las expectativas, pero estas cosas pasan, resultaron frustrantes. La décima víctima de Petri no hay quien la aguante, aunque quien ahora les escribe la aguantó gracias a la Andress. Tiene cosas interesantes, y un espíritu crítico graciosillo, pero detrás de la carne de la Andress  y de Elsa Martinelli, que también interviene en esta distopía, no hay esqueleto. No hay nada salvo, ya digo, ideas que entre tanta tontuna se te quedan clavadas en el cerebro. Es la última que veo en esta sesión de cine con trascendencia cero.

El Apocalipsis del planeta de los simios (Kiyo Sumi Fukazawa, Atsuo Okunaka, 1974).- Fue una sorpresa encontrarme esta cinta en una de esas tiendas de dvd usados. No conocía esta versión nipona de la serie El planeta de los simios, y como soy aún un aficionado confeso que no se cansa de ver la primera y la cuarta entrega, y un mosqueado espectador del remake perpetrado por Tim Burton (¡¡¡no pongas tus sucias manos sobre El planeta de los simios, Burton!!!) y de la interesante El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011), me hago con esta chiripitifláutica reinterpretación de los monos con entusiasmo infantil. La cosa, una vez vista, resulta demoledoramente lobotomizadora y pese a que uno le perdone la falta notable de presupuesto, no sabe si darle patadas al televisor u otra cosa. Al final termina ganando la serenidad y me la trago como quien se traga una cucaracha. Y comprendo, a medida que veo El Apocalipsis en el planeta de los simios que también puede haber un chispazo de inteligencia en productos aparentemente de encefalograma plano. No sé si es porque fue después del día de Reyes, no sé si es porque estoy viviendo en estos momentos bajo el signo de capricornio, pero me pongo serio en la última parte de esta película que termina pareciéndose así, de pronto, como quien no quiere la cosa, a 2001: una odisea del espacio proponiendo una cuestión a sus cuatro protagonistas humanos con esa mala, pero mala hostia, que caracteriza a los hijos del país del sol naciente. Dos frases, entre otras grandes frases, de esta pequeña obra maestra del cine del extrarradio: “La venganza es buena” y “el único simio bueno es el simio muerto.” (1)

El gorila ataca (Paul Leder, 1976).- He aquí otra de esas películas que se sacaron de la manga para intentar continuar explotando el filón iniciado por King Kong, cuya primera versión cumple este año su ochenta aniversario. Lo mejor del filme de Leder es su actriz protagonista, Joanna Kerns, aquí, en la película, con el pseudónimo de Joanna DeVarona; y lo peor, pero también de lo mejor, el gorila gigante que hace cortes de manga, destroza media Corea del Sur como si fuera una máquina de guerra enviada por sus hermanos del Norte, le da tiempo de partirle la mandíbula a un tiburón igual de grande que él –y sin que se nos explique el porqué–, y ridiculizar al ejército estadounidense con un oficial que parece sacado del mismo frenopático que esta película que uno, al final, no sabe si tomársela como la gigantesca broma que es o como la también gigantesca tomadura de pelo que es.

FINAL

Que tras esta sesión de confesa cinefilia cinéfila llego a una inquietante conclusión: “Es difícil reponerse de una infancia infeliz, pero puede resultar imposible reponerse de una infancia protegida.” (Frédéric Beigbeder, Una novela francesa)

(1) En los extras, quizá lo mejor del dvd donde viene El gorila ataca y El Apocalipsis del planeta de los simios veo el avance de El planeta de las simias, versión hard porno de… El planeta de los simios. Solo puedo asegurar una cosa: excelente el maquillaje.

Saludos, ¿es grave, doctor?, desde este lado del ordenador.