Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

La Muerte Deseada: Ven y enloquece…

Jueves, Noviembre 8th, 2012

La primera vez que la vi solo me quedé con los tiros y con el gigantesco Charles Bronson –que es uno de esos actores que siempre hizo de sí mismo porque no sabía hacerlo de otra forma– titulada en España como El justiciero de la ciudad (Death Wish, Michael Winner, 1974).

A la sombra de su éxito, más si tenemos en cuenta que se trata de una producción de bajo presupuesto, se rodaron más entregas con Bronson siempre como hierático protagonista, aunque ninguna de ellas superara a la original.

Un título pues que puede considerarse como seminal en esa especie de subgénero del cine de acción como es el del justicieros. O el de un hombre –o una mujer– de aparente naturaleza pacífica que pierde los nervios cuando le arrebatan la razón de su vida.

Vuelta a ver el otro día, y por una afortunada casualidad mientras me encontraba zapeando canales, redescubro en El justiciero de la ciudad un filme de una fascinante tosquedad, pero también ambiguas y nihilistas lecturas que difumina la etiqueta de fascistoide con la que lo lapidó un sector de la crítica y de un público atontado desde el día de su estreno.

Partiendo de la base que El justiciero de la ciudad es cine de barrio del de verdad, revisionarla en estos tiempos que corren le ha conferido una siniestra actualidad y un aire de tragedia que la convierten a mis ojos en una pieza que, pese a su ruda violencia, merece reivindicarse como la gran pequeña película es.

La historia, imagino, ya la saben.

Tras sufrir una brutal agresión su mujer y su hija, Paul Kersey, un ciudadano liberal y objetor de conciencia –renunció servir a su país en la guerra de Corea– decide vengarse acosando y eliminando a todos los delincuentes de Nueva York que actúan por la noche…

El justiciero, como lo bautiza la prensa sensacionalista, comienza a generar admiradores mientras los índices de delincuencia en la ciudad que nunca duerme descienden escandalosamente mientras la policía se pregunta quién coño es ese individuo que le está quitando su papel de vigilantes…

A lo que responde Kersey/Bronson: “Si la policía no nos defiende ¿por qué no defendernos nosotros mismos?”

Contada así las cosas, El justiciero de la ciudad puede entenderse como  una película de objetivo signo ultraderechista pero no se queden solo en la superficie…

Porque esta película se merece un nuevo vistazo en este siglo XXI empeñado en hacernos más pobres y resignadamente cretinos.

Descubran, o redescubran además, el trabajo de quien fue el puto amo: Charles Bronson.  Un actor que si bien no se caracterizó por su variedad de registros fue capaz de hacer un género.

O subgénero.

Pero de género va la cosa.

Observad a Paul Kersey.

Un tipo que, probablemente, podrías ser tú.

Ha dejado su disfraz de Jekyll para transformarte en su Mr. Hyde.

Un psicópata.

Un psicópata desencadenado.  

En el Justiciero de la noche las ejecuciones que realiza Kersey/Bronson son claras provocaciones de un ciudadano normal y corriente –ahora trastornado– que se mete en la boca del lobo para limpiar de “mugre” la gran ciudad.

Asesina a los delincuentes, a la mayoría por la espalda, con una frialdad y un placer cobarde que desarma.

Y a medida que va regando de cadáveres la gran ciudad, Kersey/Bronson disfruta, digo, un poquito más de su trabajo.

Cambia la decoración de su casa, pinta las paredes con colores vivos. Acto que le recrimina su hijo.

Bronson responde: “¿Y qué quieres que haga?” antes de preguntarle cómo desea el hígado que van a cenar…

“Medio crudo”, dice Bronson antes de esperar la respuesta mientras se mete en la cocina.

A medida que avanza la película Bronson se vuelve más loco, aunque le parezca más cuerdo a sus compañeros de trabajo.

Almorzando con ellos en un restaurante que tiene la televisión encendida y en la que pasan las noticias en la que se informa de las últimas ejecuciones de El justiciero, uno comenta que la ciudad parece más tranquila desde que patrulla las calles esa especie de Batman de clase media.

Kersey/Bronson le invita entonces a que lo compruebe paseando esa noche por la avenida Columbus, que debe ser la peor de la ciudad.

El otro sonríe nervioso y responde algo así que ni loco…

Filme de una ruda esquizofrenia, y rodado con un frío distanciamiento que hace imposible que uno se identifique con ese hombre corriente que se ha pasado al otro lado, El justiciero de la ciudad es una película que advierte que nadie debe está por encima de la ley.

Y mucho menos alguien normal y corriente que ha perdido su razón de existir.

No quiero destripar lo que pasa con este asesino psicópata de clase media venido a menos.

Un asesino psicópata que, por otro lado, es el protagonista absoluto del filme… Un filme que raya la perfección de absurdo esquizofrénico cuando el protagonista justifica al Justiciero reivindicando el espíritu de los pionero que forjaron lo que hoy son los Estados Unidos…

Claro que a puntito de llegar al final, digamos que el peso de la Ley que rige la ciudad le recomienda con buenas palabras que se marche tras descubrir su identidad…

Es decir, que no le quite el trabajo sucio a esa policía en la que él ya no cree.

Policía en la que no cree Kersey/Bronson no porque fuera incapaz de evitar el brutal asesinato de su esposa y que dejara a su hija en estado catatónico, sino porque al fin ha enloquecido. Se ha transformado en un lobo solitario sediento de sangre al que se insiste que siga vistiendo una ridícula piel de cordero…

Su pasado está hecho trizas.

Y lo que ha renacido de entre esas trizas es un puto loco.

Un puto loco que en uno de los mejores y más despiadados finales de la historia del cine nos dice: “estoy en otra ciudad pero soy el justiciero.”

Me desarma, me acongoja, me deja k.o. esta revisión insólita, y afortunada, de esta pequeña gran obra de los setenta.

Cine sucio.

Cine de barrio.

Cine tabú.

Es decir, cine políticamente incorrecto.   

Saludos, grande, siempre grande Charles Bronson, desde este lado del ordenador.

Horizontes perdidos

Martes, Octubre 2nd, 2012

El hombre es un animal de costumbres cambiantes. Llego a tan trascendente conclusión sentado en una de esas bibliotecas que salpican el paisaje de la capital tinerfeña y en la que uno se tropieza, más que con lectores, con estudiantes que repasan apuntes escritos la mayoría de ellos con caracteres más o menos jeroglíficos… O tan jeroglíficos como mi escritura.

Siempre me he preguntado, yo que soy hijo de la máquina de escribir, que más tarde se transformó en eléctrica y fue sustituida finalmente (¿?) por los computadores, cómo se lo montaban los escritores de antaño cuando carecían de herramientas tan eficaces. También de cómo fueron capaces de producir tanto y bien –pienso en Tolstoi, en Galdós, en Defoe, en Stevenson, entre otros–  rasgando el papel con la pluma… Tachando, emborronando, reescribiendo títulos colosales como Guerra y paz, pongamos de ejemplo.

Repaso, cogido de un estante de la misma biblioteca en la que me encuentro, los artículos mordaces que en su día escribió ese gran amante del cine que fue Guillermo Cabrera Infante, un hombre que además de ser escritor fue un atinado espectador y un perverso, y espero que molesto, contador de las grandezas y miserias de las revolución cubana, país en el que su nombre aún se pronuncia con la boca pequeña no vaya a ser que quien lo susurre piense que esté más allá de esa saturnina revolución…

Un buen amigo me presta, y no sabe el regalo con fecha de caducidad que me hace, las memorias de Christopher Hitchens, Hitch-22, que leo con los ojos muy abiertos, y asombrado por toparme con un autor al que considero de los míos por el amor con el que desgrana una vida salpicada de contradicciones.

Es verdad que me enfado con algunos fragmentos que disemina en este libro que todo aprendiz debería de leer, pero afortunadamente los cabreos son cosa habitual entre los mejores amigos, que son todos aquellos que están cuando nadie parece que está.

La lectura de Hitch-22 me reconcilia además con un oficio, el periodismo, que creía definitivamente perdido y me invita a leer a George Orwell. Pero no el Orwell de 1984, Rebelión en la granja y Homenaje a Cataluña (para mí siempre Cataluña, no Catalunya) sino los otros escritos que nos legó un narrador que terminó siendo masticado y digerido por sus dos títulos más famosos… ya saben, el que protagoniza el Gran Hermano y el cerdo Napoleón.

Continúo disfrutando mientras tanto con Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, pero con pequeños y delicados mordiscos, consciente que si lo hiciera de otra manera castigaría la bronca belleza de un libro con el que incluso sueño… Y también con dos deliciosos relatos inquietantes de uno de los mejores, pero también más injustamente olvidados, escritores británicos de fantasía y ciencia ficción, John Wyndham. Encuentro una novela corta y un cuento del autor de El día de los trífidos en un volumen del año de la pera. Mereció la pena el gasto mientras en el Rastro de la capital tinerfeña me topó el domingo pasado que ya ha muerto con una edición de El Golem, la mítica novela de Gustav Meyrink, lo que me hace pensar en la obra de este fascinante escritor aficionado a las artes esotéricas, y a quien leí en la primavera de mi existencia con un arrebato que desde ese día me acompaña cuando descubro algún libro, conocido o desconocido, del autor…

Simultaneo estas lecturas con novelas que me llegan de aquí.

Subo mi opinión acerca de los últimos títulos firmados por Carlos Álvarez y Santiago Gil, pero ninguno de los dos llega a tocarme ese pedazo de alma que debo de tener en alguna parte. Me avisan de otros escritores nacidos o residentes en Canarias. Nombres conocidos y desconocidos en cuyos libros espero encontrar ese algo del que tanto hablo, y que me permita enfrentarme a un día a día que vivo en fase de desguace.

Las nubes del otoño, probablemente la estación más enfermiza que conozco, irrumpe con sus primeras nubes. Me coge una mañana y en plena calle una lluvia feroz y antipática y me doy cuenta que solo bajo la ducha soy capaz de cantar bajo la lluvia.

Tengo un sueño extraño y si quieren gótico que me hace despertar a una hora de la madrugada en la que eres consciente de tu soledad y quiero escribir esa experiencia porque, como sucede casi siempre, llegas a creer que es el relato de terror definitivo. Las pesadillas son así sueños extraños para quien ahora les escribe, quien últimamente se levanta mientras suena en su cabeza el Shangri-La de The Kinks y una voz grave le recomienda que vuelva a leer La doncella de hielo de mi admirado Marc Behm. Esto me sugiere que escriba sobre Behm, pero ya le dediqué un post en la noche de los tiempos cuando me enteré de su muerte… El escritor y guionista comenzó a escribir tarde, recién había cumplido los cincuenta, aunque ya había hecho el gamberro prestando su talento al cine.

Cine.

Gracias al periódico El Mundo recupero Casanova, de Federico Fellini, que no es una obra redonda pero sí un bonito homenaje sobre el amante que elevó el sexo a un arte puramente gimnástico. Repesco, además, Propiedad condenada, de Sydney Pollack, con la hermosísima y carnal Natalie Wood junto a un Robert Redford que no deja de recordarme al coprotagonista de La jauría humana. El antagonista es un bronco Charles Bronson, un actor que casi siempre hizo de sí mismo. Da miedo, tanto miedo como cuando interpretaba aquellos policiales teñidos de venganza en donde, es un suponer, estaba del lado de la ley aunque quizá lo más adecuado sea escribir su ley.

Lo interesante de esta colección es que recupera bastante de las películas que me forjaron como espectador cuando iba al cine. No había visto Moulin Rouge de John Huston desde que la descubrí en el Numancia, hoy un edificio abandonado por el que suelo pasar algunos días, y todavía me conmueve la fantástica interpretación de José Ferrer como Toulouse Lautrec. Ese mismo Ferrer que encarnó en su día y en pantalla grande al que considero el mejor Cyrano de Bergerac.

Comenzaba este post asegurando que el hombre es un animal de costumbres cambiantes, pero como pasa casi siempre, temo haberme equivocado.

El hombre, en todo caso, es un animal que insiste en recuperar su pasado para olvidar las miserias de su presente.

(*) La imagen corresponde al filme Horizontes perdidos (Lost Horizon, Frank Capra, 1937) basada en la estupenda novela de aventuras de James Hilton.

Saludos, bienvenido sea a Shangri-La, desde este lado del ordenador.

Haces que quiera ser mejor persona

Miércoles, Agosto 22nd, 2012

No sé cuanto tiempo ha pasado desde que te vi la última vez. No importa, porque cuando te recupero de tarde en tarde me haces igual de feliz. Carajo, es como si la edad te hiciera más interesante y hermosa.

Y parece imposible, tan imposible que si busco alguna explicación la asocio a una desconcertante conjunción de planetas, a un conjuro con el príncipe de las Tinieblas aunque sepa, tremendo idiota, que las cosas bellas por honestas relucen eternamente porque tienen lo que los cursis llaman alma.

Escribo este post como una carta de amor, recurriendo a todos los floridos adjetivos que se me ocurran porque este tarde volví a verte y estabas como siempre…

Lo escribe alguien que te conoce en toda tu extensión… Y que continúa mesmerizado por tus encantos.

Y entiende que eso es así porque en ti se concentra todo lo mejor que puede haber en una persona. También en una película colosal y compleja pero que dirigida con la sencillez de un maestro, te arrebata y te hace soñar que todo es posible porque existe honor y esperanza. Palabras, soy consciente, de muy poco uso en estos días fúnebres que se han empeñado que vivamos.

Tienes un nombre, digámoslo de una vez: Horizontes de Grandeza (The Big Country, William Wyler, 1958), una película que para mi no es una película sino algo más. 

Sé que eres un largo, pero largo largometraje. Pero es que todavía me noqueas y desarmas. Y sé que eres un largo, pero largo largometraje en el que siempre puedo confiar cuando las tormentas de la depresión visitan mi centro de operaciones.

Esta tarde, aplatanado por el calor, vuelvo a entregarme a ti y nada más escuchar los primeros compases de la vibrante banda sonora de Jerome Moross las telarañas de mi cabeza comenzaron a rasgarse porque tú penetraste como un delicado punzón en mi cabeza y puso orden donde hasta ahora solo había tanto desorden.

Y comprendo, mientras escribo estas líneas, que probablemente seas no ya uno de los mejores western de la historia del cine, sino que saltas la frontera del género para convertirte –es mi juicio como rendido enamorado– en una de las mejores películas de la historia del cine.

¿La razón de que continúes ayudándome a seguir adelante?

Que no cuentas una historia sino muchas historias.

Que exploras con una poética que se me antoja demoledoramente delicada la familia, el amor, la enemistad, el poder. La razón de ser y que personificas en la lucha que sostienen esos dos titanes envejecidos que contribuyeron a forjar ese gran territorio y que en el fondo, caramba, sabes que se respetan porque se detestan.

Las dos caras de una misma moneda.

Pasen, pasen y vean antes de que la Señora de la Guadaña llame a su puerta una película por la que siento tanto amor. Déjense contaminar por ella.

No te falta ni sobra nada.

Muestras en planos generales cómo los protagonistas se confunden con el agreste paisaje para mostrar, con una insólita belleza, el espectáculo de la vida.

Logras que comprenda, y admire, a esos dos caciques taciturnos y taimados (Burl Ives y Charles Brickford) con su confuso sentido del honor.

Que me desmorone ante ese marinero del Este (Gregory Peck) que sabe que un caballero nunca hace gala de su fuerza.

Que me llene de congoja esa prometida caprichosa y con un sospechoso complejo de Electra. (Carroll Baker)

Y que me rinda ante la maestra frágil, solo en apariencia, porque es sólida como un roble (Jean Simmons).

También a que lamente la existencia de ese capataz que sería capaz de entregar su vida al hombre, aunque sea vil e hipócrita, que lo recogió siendo un niño y lo cuidó como un padre (Charlton Heston).

O que sienta pena por ese canalla vulnerable (Chuck Connors) que ha sido doblegado por su progenitor.

Conmovedor su “pa…” Siempre en versión original.

Pero sobre todas las cosas, la manera en que me enseñaste lo que significa la tierra. El territorio. El enorme paisaje en el que todos ellos se mueven como hormigas.

Te amo porque más que en los diálogos, hablas a través de tus delicados silencios.

Me has vuelto a emocionar con escenas como la del combate que enfrenta a Gregory Peck y Charlton Heston. O el cruce de miradas entre Peck y Jean Simmons. O el duelo “con armas de caballeros” que mantienen Peck y un excelente Chuck Connors. O la escena del beso entre Heston y Baker, tórrida y letal. Tan letal porque lo que es Amor se mezcla con Odio. Desprecio.

Pero por encima de todos estos destellos y de sus excelentes protagonistas, reconozco la mirada de un cineasta veterano que cuenta una historia diseminándola por un paisaje que ahoga por su enormidad y en el que “es muy fácil perderse.”

Entiende por ello que no pretenda con este post hacer una crítica sino mi intención de ser como una especie de baliza (paliza) de ti.

De compartirte con otros para que, quien te descubrió siendo un niño, más tarde un adolescente y un joven despistado, le sirva, como me has servido a mi para que un hoy escéptico quiere recuperar de pronto la cordura del optimista.

Esa, y no otra, es la grandeza de lo que llaman cine.

Y no porque cuentes una gran historia, porque en este caso la gran historia son tus personajes, sino porque detrás de ti hubo un paciente orfebre que conocía –y no de oídas– la épica grandeza de los personajes.

Te amo.

Siempre que te veo, logras que salve la vida.

Tanto, que hace apenas unas horas y mientras hablaba por teléfono con un amigo que quiere verlo todo negro, me preguntaba: ¿Y tú, cómo es que estás tan optimista?

La mano del destino quiso que cuando iba a responderle se cortara la llamada.

Espero ahora, si lee estas líneas, que comprenda que fue porque vi precisamente esta tarde: Horizontes de grandeza.

Saludos, qué grande fue el cine, desde este lado del ordenador.

‘Amor fou’

Martes, Agosto 21st, 2012

I.- MI PRIMERA TELE EN COLOR

La entrada de la primera televisión a mi casa fue algo así como el esperadísimo recibimiento –tras un largo y traumático parto- de un recién nacido al hogar de una deliciosa y excéntrica familia española en los años ochenta.

Por aquel entonces, averiguabas que programa o película se emitiría en color o en el tradicional blanco y negro si en la programación de la televisión que publicaban los periódicos locales aparecía un pequeño pero delator asterisco junto al título que iban a emitir.

Luego pasaba el tiempo, jugabas a lo que tenías que jugar y con exquisita puntualidad británica te sentabas frente al aparato y exclamabas ohhh cuando veías los colores que derramaba aquella pantalla hasta entonces vedada a la acuarela..

II.- Y LLEGÓ EL VHS

También recuerdo, en este post con pretendido sabor nostálgico, cuando aterrizó en casa el primer reproductor de cintas de vídeo. El debate que se suscitó entonces giró en torno al sistema por el que apostar: Estaba el  2000, el Betamax y el VHS.

La batalla la ganó en mi casa el VHS.

No saben ustedes la cantidad de cintas que grabé en este formato y que aún conservo repletas de polvo y telarañas en un cajón en el cuarto de los trastos. Podías además alquilar películas recientes en los vídeos clubes que por aquellos años se reproducían como setas en todas las ciudades de este país.

Bastaba con hacerte socio, pasear por sus entrañas mientras recorrías con la mirada las estanterías donde se almacenaban y, si tenías suerte, darte incluso un paseíllo por las porno que, habitualmente, permanecían marginadas en un cuarto adyacente y al que solo podían acceder mayores de aspecto sospechoso.

En mi imaginario, consideraba aquel cuarto como el espacio prohibido. Claro que, siendo hijo de Eva, pronto probé de la manzana del árbol de las ciencias con incursiones guerrilleras para adentrarme con entusiasmo adolescente en un género del que pronto me di cuenta funcionaba como el cine convencional: tenía su propio sistema de rutilantes estrellas.

III.- WONDERLAND

Rendí devoción a las películas protagonizadas por Ginger Lynn.

Nunca fui un fan fatal, como sí lo fueron otros compañeros de generación, por Traci Lords.

Es verdad que la magia de aquellas excursiones depredadoras en el cuarto prohibido se rompió cuando Canal + comenzó a emitir en codificado películas de este género, pero muchas de las cuales carecían de la inocente gracia de las que descubrí en aquel bosque que estaba más allá del bien y del mal. Esa fue una de las razones, y no otra, por las que aún reconozco ese canto libertario al género que sublima Paul Thomas Anderson en la aún reivindicable Boggie Nights, donde la espectacular Nina Hartley hace un pequeño pero trascendental papel. El filme se inspira en parte en la trágica vida del actor John Holmes, a quien Val Kilmer interpretó antes de que se nos echara a perder en la notable Wonderland.

IV.- VÍDEO CLUB

Con esto quiero explicar que guarde tantos gratísimos recuerdos de los vídeos clubes, muchos de los cuales comenzaron a salir del baúl de mis recuerdos al leer un artículo en El País donde se hace eco de su radical desaparición. Aunque algunos, antes de morir, estén apostando por otros modelos. Buscando, como dicen ahora los cursis, “otros nichos de mercado.”

En la actualidad soy socio de tres vídeos clubes en la ciudad que habito porque no sé, ni me he preocupado en aprender, a bajar películas. Confieso, de todas formas, que me gusta ir de vez en cuando a cualquiera de los tres videos clubes para ver qué oferta es la que me ofrecen.

Y si bien casi siempre los títulos coinciden, en uno encuentro otro cine, en un estante donde se puede leer Cine de autor que no deja de ponerme los pelos de punta como me ponía antaño otra cosa de punta la sección Porno; en otro, taquillazos de antes de ayer y hoy, y en el tercero, un apartado excelentemente nutrido de miniseries cuya existencia desconocía hasta que conozco cuando me doy una vuelta por su aparato digestivo.

V.- ALIMENTÁNDOME

Gracias a este último pude ver, recientemente, la más que correcta serie de televisión alemana basada en la vida de la familia Mann, Los Mann: La novela de un siglo  (Heinrich Breloer, 2001) así como Nuremberg (Yves Simoneau, 2000) y Cuando los leones rugieron (Joseph Sargent, 1994), entre otras de cuyo nombre ahora mismito no quiero acordarme.

VI.- CUESTIÓN DE LEALTAD

Y todo ello porque aún soy leal a esos años, los ochenta y principio de los noventa, en los que ir al vídeo club se convertía en una especia de fiesta. Una fiesta con parecido similar a la que organizábamos en mi adolescencia para ver –solo para ver– los carteles de las películas en los numerosos cines que había diseminado en esta capital de provincias que es Santa Cruz de Tenerife.

Es decir, unos días en los que podías pasarte la mañana entera contemplando los carteles que decoraban la fachada del Price, Baudet, Cinema Victoria, Víctor, Greco, Rex, Royal Victoria y otros que plagaban el callejero de una ciudad que hoy ha perdido todos aquellos islotes de evasión para una chiquillada cuya mejor fórmula de entretenimiento fue perder el tiempo en un cine.

VII.- OTROS TIEMPOS

En un cine, también es verdad, cuando el cine resultaba ser cine.

Lo escribo así porque es lo más parecido que he tenido nunca a una revelación mística. No he vuelto a sentir la misma emoción de entonces, cuando las luces de la pantalla se apagaban lentamente y se corría la cortina de la pantalla y si la película se trataba de una gran producción, pongamos por caso Lawrence de Arabia, escuchar con la mirada atenta a un cartel donde se leía la palabra Obertura, un resumen de la banda sonora del filme al que los dioses te habían invitado a asistir.

O a observar, mientras el corazón no dejaba de latir dentro de tu pecho, cómo una nave parecida a un triángulo isósceles y del tamaño de la isla de La Gomera atacaba otra de dimensiones reducidísimas en La guerra de las galaxias.

VIII.- UN REGALO DE LOS DIOSES

Todas estas películas las volví a ver tras alquilarlas en el video club pero te dabas cuenta que las reducida pantalla de tu televisor poca justicia le hacía a aquel regalo de los dioses hasta que aparecieron –muchísimo tiempo después– las teles de pantalla plana y con dimensiones espectaculares al mismo tiempo, paradójicamente, que se reducía el tamaño de la de los cines al transformarse en multisalas.

Le debo, no obstante, muchos felices descubrimientos a los vídeos clubes. Uno de los más afortunado fue alquilar Adiós al rey (John Milius, 1989) y verla dos veces seguidas. ¡Buena suerte, inglés!

Otra, en plena fiebre de cinéfago compulsivo, la de digerir La matanza de Texas y enloquecer con Leatherface bailando en la carretera con su sierra mecánica antes de que apareciera en pantalla The End.

En la sección de autor del otro video club, le debo mi progresiva y enojosa decepción con el cine de Win Wenders y mi atolondrado asombro por el siempre exquisito Betrand Tavernier, entre otros muchos. Demasiados nombres a los que recurría confiando solo en mi instinto e imposibles de reproducir en este post.

XI.- LA FAMILIA

Imagino que este viaje, de iniciación como cualquier viaje, es mucho más sencillo hoy gracias a Internet, pero este comentario –ya dije– tiene la intención de rendir un pequeño homenaje a esos establecimientos que están desapareciendo del mapa de nuestra realidad porque el mundo avanza y todo se transforma.

Tanto se transforma que este escribidor, quizá con ya demasiados años encima, necesita mimarlo para entender ese extraño amor fou que siente por un arte que apenas actualmente le emociona y desarma.

Pero no por ello renuncia a una pasión que ganó gracias a nacer en el seno de una familia que le educó a ver cine.

Un cine que se acostumbró a ver rodeado de los suyos.

Primero en aquella televisión en blanco y negro donde quedó deslumbrado con Stromboli, tierra de Dios (Roberto Rosselllini, 1950) y En un lugar solitario (Nicholas Ray, 1950) por citar dos películas de las que guardo aún su flechazo. Y que continuó más adelante y ya con la televisión en color y el vídeo VHS hasta mi partida del nido familiar.

Tiempos en los que el dvd, la pantalla plana y el disco compacto no pudieron sustituir ese cordón umbilical que contribuyó a aferrarme, yo diría incluso sicilianamente, a los míos.

Tanto, que el otro día, viendo con mi madre Camino del Rocío (Rafael Gil, 1966) me emocioné como no me había emocionado en mucho tiempo.

Y cuando escribo emocionar es que mis ojos se anegaron de lágrimas viendo una película que, como un bolero, me hizo retroceder empalagosamente en el tiempo. Un tiempo, éste, que forma parte de esa película que es mi vida.

 Saludos, de un espectador que no piensa en que siempre nos quedará París sino que al final aparecerá la caballería,

El Maligno te invita a un programa doble

Miércoles, Agosto 15th, 2012

El diablo en sus diversas modalidades ha inspirado numerosas películas como una especie de sumidero en el que colar todo aquello que es contrario al Bien. Un Bien que no es otra cosa que lo contrario, según las culturas, que encarna el diablo: el Mal.

Sin entrar a discutir entre lo que es Bueno y Malo, sí que hay dos pequeñas películas producidas por la Hammer Films que se sirvió de mi peculiar afición por los Rolling Stone para entender la extraña e inquietante simpatía que siento por el primer ángel castigado por Dios.

Ambos títulos están inspirados en sendas novelas de uno de los escritores anglosajones más extravagantes de cuantos he conocido. Todo un best seller en su momento en Gran Bretaña aunque poco o nada conocido entre el público español.

Dennis Wheatley nació en el seno de una familia de clase acomodada y conservadora donde pronto se distinguió por sus extrañas aficiones.

Entre otras, además de su pasión por los vinos, las artes negras, tema que explotó prácticamente en casi todas sus novelas y que dieron origen a dos personajes que son casi fijos en su producción literaria: Duke de Richeleau y Gregory Sallust.

El primero se trata de un caballero de modales refinados especializado en las ciencias ocultas acostumbrado a combatir a magos equivocados, hechiceros lujuriosos amigos de ritos sangrientos. Una especie, para que me entiendan los iniciados, de doctor Extraño muchísimo tiempo antes que naciera el doctor Extraño. Gregory Sallust, por el contrario, es un espía al servicio de su graciosa Majestad durante los turbulentos años de la II Guerra Mundial.

Historias escritas como folletines y dirigidas a un público que no quería complicarse demasiado la cabeza, lo interesante en el trabajo literario de Wheatley es que explotó con espíritu naïf el ocultismo al mismo tiempo que denunciaba la práctica de su supuesto culto entre las clases altas que dirigían, y mucho me temo algunos sostienen que dirigen, el destino del mundo.

Clave que actualmente, aunque con otros nombres y matices, aún permanece en el imaginario popular aunque se les denomine Club Bilderberg, la pobre y castigadísima Masonería, Iluminatis, Skull and Bones, etc….

Lo que me interesa de Wheatley sin embargo, más allá de su pueril obsesión por revelar la existencia de sociedades secretas –hoy discretas– que buscan el control del planeta recurriendo a las  artes mágicas, es la capacidad que tuvo para hacer creíble argumentos tan delirantes y paranoicos en la mayoría de sus novelas.

No soy muy aficionado al ocultismo, probablemente porque prefiero encadenarme a un realismo a través del cual dar, y justificar, explicación a lo que solo, aparentemente, parece imposible, pero sí que me atrae aproximarme a los que sostienen que hay algo más de lo que vemos.

Si se lee a Wheatley está claro que sentía una fascinación morbosa por uno de sus contemporáneos. La bestia, así se hacía llamar, Aleister Crowley. Claro que quiero entender esa fascinación como la de un espíritu conservador, la de un hombre plácidamente acomodado al que le gusta observar desde un batiscafo esa parte del iceberg que oculta las aguas profundas del océano…

Y quiero pensar, en este sentido, que intentó exorcizar a través de sus novelas y con aliento adolescente esos miedos disfrazándolos con un fino pero atractivo barniz ocultista mientras imaginaba, al mismo tiempo, que podía transitar por el camino de los misterioso o demoníaco sin abandonar el que lo ataba al de la neblinosa realidad de su vida de dipsómano.

Creo así que Wheatley se sirvió del ocultismo para hacer carrera como narrador e inventor de historias densas y deliciosamente folletinescas en las que sus personajes se enfrentaban no al Mal absoluto, sino a los que adoran una oscuridad por la que su autor sentía un curioso pero reprimido apetito.

Basada en su novela La novia del diablo, y producida por Hammer Films y dirigida por Terence Fisher, la película del mismo título se estrenó a finales de una década en la que hubo como una especie de revival por el diablo y sus secuaces.

Tras el éxito de La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), el mismo año, la productora británica que se había especializado en revisar con exquisito gusto los viejos monstruos de la Universal dotándolos de sangre y sexo a todo color, explotó el culto al demonio en un largometraje, La novia del diablo, en el que todavía late una fuerza que, tiempo al tiempo, terminará por convertirlo en clásico y en una de las mejores aproximaciones a esas supuestas sociedades oscuras que trabajan por y para el advenimiento en la Tierra de quien se conoce como Príncipe de las Tinieblas. ¡¡¡El diablorrr!!!

Protagonizada por Christopher Lee, que encarna al héroe de la historia, el experto en  artes negras Duke de Richeleau y el actor Charles Gray, una presencia habitual del cine británico de los sesenta y setenta –encarnó a Blofeld, la Némesis de Bond, en Diamantes para la eternidad–  La novia del diablo sugiere, más que muestra, algo mórbido en todo su metraje.

Y aquí radica la fuerza que aún sostiene un filme tan  British, tan años sesenta, tan pop y tan Hammer.

Un título, en definitiva, de cabecera para los que gustan de perder el tiempo viendo productos que, solo aparentemente, proponen la clásica lucha entre el bien –o el orden establecido, la aburrida realidad de las cosas que hay que defender por encima de todas las cosas– frente a un mal que invita al desenfreno. Al placer absoluto, a un caos que a mi se me antoja como una inquietante, salvaje por nihilista, proclama revolucionaria.

Cosas del Maligno.

La Hammer volvió a recurrir al diablo y a una novela de Wheatley en los años setenta intentando sacar provecho del impresionante éxito en taquilla obtenido por El exorcista (William Friedkin, 1973) y otras criaturas bastardas que se rodaron bajo su sombra como El anticristo (Alberto De Martino, 1974) con la interesante y mórbida La monja poseída (Peter Sykes, 1976).

Protagonizada por Richard Widmark, de nuevo Christopher Lee y una por aquel entonces jovencísima y en la plenitud de su belleza, Nastassja Kinski, el filme de Sykes insiste en las mismas constantes ocultista de Wheatley, solo que en esta ocasión la sociedad secreta ante la que debe combatir un escritor norteamericano especializado en estos temas (Widmark) es obra de un sacerdote excomulgado que se ha pasado al otro lado. ¡¡¡Al reverso tenebroso!!!

No cuenta desgraciadamente la película tras la cámara con el liderazgo de un poeta del horror como fue Fisher, pero aún así, por su falta notable de presupuesto que se suple con una rudeza sobresaliente, conserva un algo transgresor que la hace brillar como una insólita rareza en estos tiempos de pensamiento único que vivimos.

Que vivimos…

Ha sido recuperar estas dos cintas para darme cuenta que todavía estamos a tiempo para que el Señor de las Tinieblas ¿no campe a sus anchas en nuestro universo mundo?

Quiero pensar, como escribió ese contradictorio gran humanista que fue Arthur C. Clarke, “que nuestro papel en este planeta no sea alabar a Dios, sino crearlo.”

Saludos, lo que está arriba también está abajo, desde este lado del ordenador.

‘El hombre tranquilo’

Sábado, Julio 28th, 2012

“- Preparamos mucho el guión, fuimos trazando la historia con mucho cuidado, pero de modo que si se presentaba una oportunidad de hacer comedia, pudiéramos meterla, como cuando Barry Fitzgerald les lleva la cuna al dormitorio la mañana después de la noche de bodas y ve la cama rota. Eso era aprovechar la situación. Sabe usted, nadie ha oído nunca lo que se dice cuando entra, de altas que son las risas. Hay centenares de personas que me han preguntado lo que dice. Nunca puedo imaginármelo (Homérico… impetuoso). Pero son condiciones que siguen existiendo en Connemera –de donde procedía la familia–: en principio la mujer lleva al marido una dote de unas libras o algo; es una buena cosa.

- Entonces, ¿está usted de acuerdo con los sentimientos de ella en la película?

- Sencillamente me pareció que estaba bien argumentalmente. La única equivocación que tuvimos fue hacer que él tirase el dinero al fuego. Se lo debería haber tirado a uno de los muchachos y dicho: “para una obra de caridad”, o algo así.

- A mi me pareció un gran gesto.

- Sí, bueno,  ¿a quién se lo iba a dar en todo caso? Al cura párroco, no;  ése tiene más dinero que el alcalde de Dublín.” (1) 

¿POR QUÉ ME GUSTA ESTA PELÍCULA?

1.- Porque contiene una de las mejores escenas románticas (la del beso) de la Historia del Cine.

2.- Porque John Wayne, efectivamente, es un hombre tranquilo.

3.- Porque es natural perder el sueño por una pelirroja como Maureen O’Hara.

4.- Porque imagino que el paraíso debe ser algo así como Inesfree.

5.- Porque me encantaría emborracharme hasta perder el sentido con un tipo tan shakesperiano como Barry Fitzgerald.

6.- Porque un lugar que aguanta a un gigante cabezón pero de buen corazón como es Victor McLaglen debe de ser un buen sitio.

7.- Porque recibes y repartes tortas y todos tan contentos.

8.- Porque el mundo no es complicado, solo que no queremos ver lo sencillo que es.

9.- Porque cada vez que la veo me hace feliz.

10.- Porque la dirigió John Ford, un hombre que no rodó, permiso maestro, solo películas del oeste.

(1) Tomado del libro John Ford, de Peter Bogdanovich (Editorial Fundamentos, 1971).

Saludos, ¡¡¡por esos sesenta años tan bien llevados!!!, desde este lado del ordenador.