Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

Mike Spillane / Hammer

Viernes, Julio 27th, 2012

El caso de Mike Spillane es singular en la historia de la literatura y el cine porque es el primero –y único que sepa– que tuvo el atrevimiento de encarnar a su criatura literaria, el bronco investigador privado Mike Hammer, en una película, Cazadores de mujeres (The Girl Hunters, Roy Rowland, 1963), que se trata cuanto menos de una curiosa y esquizofrénica cinta porque es, reitero, la primera en la que un escritor se transforma en su creación literaria.

El filme no pasará a la historia del género negro pero no deja de resulta un inquietante experimento en el que se funde realidad y ficción. Y si hubo alguien que conoció perfectamente a Hammer era Spillane, quien canalizó a través del protagonista de la mayoría de sus novelas lo que quiso y no se atrevió a ser. Y a hacer.

Quien haya tenido la suerte de leer algunas de las novelas de Spillane, un escritor cuya obra continúa disfrutando de un excelente estado de salud, sabrá que por si algo se caracterizó su estilo no fue por construir tramas complejas, pobladas de personajes con varias caras e intenciones de denuncia de signo progresista. No, muy al contrario, las novelas de Spillane son sencillas por ser trepidantes historias en la que la mayor parte de las veces su personaje se mueve por una feroz sed de venganza.

Spillane se caracterizó además por imprimir a sus relatos de una misoginia brutal que hoy resulta políticamente incorrecta, así como de un feroz anticomunismo que revela a un escritor producto de su tiempo. Un tiempo, los años cincuenta, marcados profundamente por la Guerra Fría.

Mike Hammer es además un incorregible individualista y un tipo con un peculiar sentido de la justicia. Siempre he entendido, en este sentido, que Hammer es algo así como una especie de antecedente de Harry Callahan, un psicópata de gatillo fácil y que trabajaba presuntamente del lado de la ley.

Con todos estos elementos, Spillane construyó a un personaje de éxito que forma parte de la escuela ultraderechista del género.

Al margen de su compromiso ideológico, bastante simplón pero que justifica el modo violento de actuar de su protagonista, las novelas de Spillane se devoran literalmente. Y se devoran porque están muy bien escritas y saben enganchar porque la acción es el motor que alimenta casi todos sus libros.

En estos casos, siempre recomiendo al iniciado en el universo spillaneano a que diseccione el material literario que tiene entre las manos para que pueda sumergirse cómodamente en unos relatos rabiosos marcados generalmente, ya dije, por el ojo por ojo.

Resulta por ello natural que Mike Spillane decidiese interpretar a su personaje porque como confesó a Terry Southern que lo visitó durante el rodaje de esta película que él, y solo él, era Mike Hammer.

Southern, que se encontraba en las antípodas ideológicas de Spillane lo define sin embargo como un tipo simpático y bastante parecido a su criatura literaria, que el propio Spillane define como “un tipo auténticamente sincero. También una persona verdadera. No es un actor.”

Cuando Southern le pregunta si al menos tiene nociones de interpretación, responde, quiero pensar que como un escupitajo: “¿Pretender ser un árbol y todo eso? No, eso no me interesa. No tengo interés en la interpretación en sí. Además, realmente éste no es un trabajo de interpretación.”

Y da en la diana porque si ven Cazadores de mujeres comprobarán que si Spillane hace algo es no interpretar. Y si bien no mira a cámara, sí que se revuelca con la maravillosa chica dorada Shirley Eaton y no deja de apretar el gatillo de su pistola, fabuladoramente hablando. Y eso, precisamente eso, es Mike Hammer. Mike Spillane/Mike Hammer.

Es decir, un filme donde el espectador tiene la oportunidad de ver al escritor como Hammer en una de las películas más extrañas, masturbatorias y egóticas de la historia del cine.

O un interesante trabajo experimental en el que autor y personaje de funden en una sola persona. Lástima que este título no se reivindique por su carácter de rareza como se merece… 

Southern, que a lo largo de todo el artículo se nota que disfruta como un chimpancé entrevistando al gorila, pregunta al impulsivo Spillane.

“- ¿Qué opina de Cain, Hammet, Chandler?

-“Bueno, Chandler era bueno excepto que nunca sabía cómo acabar. Pero esos tíos están todos pasados. Mire, en este negocio se tiene que progresar, hay que mantenerse en cabeza, o de otro modo te quedas atrás, siendo imitado.”

Más adelante y a otra pregunta de Southern:

“-¿Cómo se siente con respecto a la crítica literaria de sus libros?

- El público es el único crítico. Y la única literatura es la que lee el público. La primera edición de mi último libro fue de más de dos millones de copias; ésa es la clase de opinión que me interesa.”

Ha pasado casi medio siglo del estreno de Cazadores de mujeres, película que no disfrutó demasiado del favor de ese mismo público que tanto reivindicaba Spillane. Probablemente porque la película en sí no es una película normal, sino un extraño experimento, insisto, que va más allá de lo cinematográfico y literario.

Tiene un punto cinéma vérité insólito. Insólito por ser una producción de estas características. Con un Spillane/Hammer que se apaga precisamente por su naturalidad al estar rodeado de actores profesionales, entre otros mi apreciado Lloyd Nolan.

Y ese punto cafre e inquietantemente egótico es lo que me mesmeriza de esta película.

Así que me pregunto ¿cómo habría sido una de Bond interpretada por Ian Fleming, tan elegante y exquisito como 007?

Hammer, además de tener la cara de Spillane en el cine también fue Ralph Meeker; Darren McGavin, Armand Assante en Yo, el jurado, donde quizá lo mejor sea Bárbara Carrera, y Stacey Keach en aquella serie de televisión que cuando se emitió volvió a poner de moda los libros del escritor en nuestro país.

Saludos, “cualquiera puede ser un Ganador, todo lo que hay que hacer es asegurarse de que no sé es un Perdedor”, desde este lado del ordenador.

Malditos roedores

Miércoles, Julio 18th, 2012

Hay escritores cuya obra permanece inalterable con el paso del tiempo. Casi como si hubieran hecho un pacto con el mismísimo diablo porque apenas noto en ellas el arañazo del tiempo en su lectura y relecturas y sí nuevas claves e intenciones que no han perdido una gozosa actualidad, lo que hace que las descubra y redescubra con asombrada mirada…

Y no, no son vaguedades para justificar las razones de porqué me siguen atrayendo determinados libros por mucho que estuvieran escritos a finales del siglo XIX y principios del XX. Este es el caso, entre otros, de H. G. Wells, a quienes algunos consideran el padre de la ciencia ficción, aunque otros reclaman ese mismo derecho a Julio Verne.

Ya dediqué en cierta ocasión un post a Wells, autor al que llegué por fortuna siendo adolescente y desde entonces continúa acompañándome en el camino y emocionándome cuando me encuentro con algunos de sus libros. Por ello, quiero centrar mi atención en una adaptación cinematográfica dedicada a uno de sus títulos menos conocidos pero para quien les escribe uno de los más inquietantes y puntuales para entender su talento y agradecer el filme que me lo dio a conocer cuando solo había devorado La isla del doctor Moreau, La guerra de los mundos y El hombre invisible.

Me refiero a El alimento de los dioses, película de los años setenta dirigida por Bert I. Gordon, un cineasta fogueado en cintas de bajo presupuesto y con cierta querencia al gigantismo. Las iniciales del director son, de hecho, BIG, que en español se traduce como grande.

Gordon es responsable, entre otras cintas, de El increíble hombre creciente (The Amazing Colossal Man); Earth versus the Spider y The Empire of the Ants, entre otras, aunque la película por la que más lo recuerdo es por El alimento de los dioses (1976), basada en la novela de Wells y material literario que también inspiró una cinta precedente del director, Village of the Giants, estrenada en 1965.

Al cineasta y productor, también co-guionista de muchas de sus películas, no le interesaba demasiado lo actores como a otro grande del cine de serie B estadounidense, George Pal, pero sí se preocupaba por la historia y de dotarlas de efectos especiales que resultaran creíbles e impactantes al menos para su época.

Como otras tantas películas, entré a ver El alimento de los dioses en el cine Price de la capital tinerfeña atraído por su cartel, el mismo cartel que ilustra ahora este post sentimental y de espectador autodidacta curtido en cines de reestreno donde solían dejarme entrar pese a la edad y de los que no me cansaré nunca de repetir que en aquel entonces era lo más parecido a una aventura no ya por lo que contemplabas en pantalla sino por la gente que tenías sentada a tu alrededor.

Mi recuerdo de El alimento de los dioses de Gordon es algo así como un esplendoroso subidón de azúcar porque el filme reunía todos los elementos que me atraen del género: un grupo de personajes debe de enfrentarse en un entorno hostil a una amenaza misteriosa que parece que les supera en todas sus fuerzas…

Protagonizada por los veteranos Ralph Meeker (el mejor Mike Hammer en la mejor adaptación de una novela de Mike Spillane, El beso de la muerte) e Ida Lupino (El último refugio y Junior Bonner), Jon Cypher, Pamela Franklin, Marjoe Gortner y John McLiam, y coproducido por Samuel Z. Arkoff, El alimento de los dioses se desarrolla en una isla perdida de Canadá en la que una extraña sustancia química creada por el hombre hace crecer a los animales domésticos con el único propósito de resolver el problema del hambre en el mundo. Con lo que no cuenta el empresario que espera sacar tajada del invento, Ralph Meeker, es que también se alimentan de esta sustancia bichos tan repugnantes como avispas y ratas.

Contemplar cómo se las apañan las dos parejas protagonistas, que están rodeados en una casa por estas criaturas, durante la mayor parte de la segunda mitad de la película es uno de los atractivos que todavía hacen que esta cinta esté grabada en el disco duro de mi memoria. Es probable porque mi yo como espectador se identificaba con su desesperada lucha por sobrevivir. Especialmente ante el ataque que sufren de las ratas, lideradas todas ellas por un ratón blanco de perversos ojos escarlatas.

Vista de nuevo, es verdad que el paso del tiempo ha sido digamos que implacable con El alimento de los dioses, pero aún conserva un festivo espíritu gore que no decepcionará al aficionado y al despistado que tenga la suerte de encontrarse con ella. No cuenta la cinta, sin embargo, con el irónico pero terrible mensaje final de la novela original, aunque el the end sugiere la misma e inteligente conclusión que el título original de Wells…

Otras adaptaciones cinematográficas dedicadas al escritor para cuya obra lo que el viento se llevó carece de sentido son la excelente El hombre invisible (James Whale, 1933), La isla de las almas perdidas (Erle C. Kenton, 1932), que ha dado origen a otras tantas adaptaciones donde el doctor fue interpretado por Burt Lancaster y Marlon Brando; La guerra de los mundos (que además de la célebre alocución radiofónica capitaneada por Orson Welles dio origen a los filmes dirigidos por Byron Haskin, 1952  y Steven Spielberg, 2005) así como una novela de las muchas de no anticipación que escribió Wells, como es el delicioso musical camp La mitad de seis peniques (George Sidney, 1967), interpretado, entre otros actores, por el cantante Tommy Steele.

Saludos, me está gustando del cine de barrio, desde este lado del ordenador.

‘El último tren a Katanga’: cazador blanco, corazón negro…

Viernes, Julio 6th, 2012

No era la primera vez que iba al cine pero probablemente fue la película, junto a El luchador, esa pequeña obra maestra de Walter Hill, que contribuyó a mi deslenguada afición al cine.

¿Dónde la vi?

Creo recordar que en el Royal Victoria, sala que estaba situada en la calle de La Rosa de la capital tinerfeña y que para quien ahora firma estas líneas se convirtió en lo más parecido a un oasis de entretenimiento en una etapa de mi vida en la que ya empezaba a reclamar oasis para formarme como persona.

El Royal Victoria –cine que recuerdo con el señorío de los que tienen casta, y al que caracterizaba una fachada palaciega que ya por verla despertaba los sueños que mantenías aletargados en algún rincón de tu mente– tuvo una gloriosísima temporada antes de cerrar definitivamente como sala en la que solo se exhibían películas de reestreno en las que dejaban entrar, entre otros, a un chiquillo que aún no había cumplido los dieciocho años…

… Allí vi El luchador, El Detective y El último tren a Katanga, el filme que da origen a este post que espero no navegue por las venenosas aguas de la nostalgia.

Aunque resulte inevitable.

Porque esa película, dirigida por un hombre –Jack Cardiff– que ha pasado a la historia como operador de fotografía más que como realizador, y a quien tuve la oportunidad de entrevistar tras una visita a la isla donde siempre estuvo acompañado por Juan Antonio Castaño, Mengues, que fue alumno suyo, ocupaba, y sigue ocupando un lugar muy importante en mi memoria como espectador.

En aquella entrevista le pregunté sobre esta película, pero comprobé que para Cardiff fue un trabajo más.

Prefería hablar sobre su experiencia como director de fotografía en La reina de África y El soñador rebelde (Young Cassidy,1965), que terminó  tras el abandono de John Ford.

En la entrevista, Caridff lamentaaaba que la crítica destacaaaara el trabajo de Ford por encima del suyo en secuencias completas que, aseguró, había dirigido él.

Rod Taylor, un actor bronco y rudo, repetiría tres años después bajo sus órdenes en El último tren a Katanga, cinta notablemente influenciada por el espíritu de los espaguetis western inaugurado por Sergio Leone en su trilogía de los dólares (Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo).

Su ópera total sobre Érase una vez en el Oeste, Hasta que llegó su hora, se estrenaría el mismo año que El último tren a Katanga.

Basada en una novela del escritor africano Wilbur Smith, la acción de la película transcurre en la República del Congo durante la rebelión de los Simba. Pero los protagonistas no son los Simba –en el filme de Cardiff son algo así como apaches– sino un encallecido mercenario blanco que tiene como mano derecha a Rufo, un congoleño que cree en su país, y un nazi de serie B que encarna con delicioso punto malvado –y nazi, como los odio que diría Indiana Jones– el actor Peter Carsten.

¿La misión que se le encarga a estos estos malditos bastardos?

Penetrar en tren por territorio tomado por los Simba para rescatar un puñado de diamantes…

En su viaje al corazón de las tinieblas, de ahí el título original del filme, Dark of the Sun, los blancos regresarán a su estado primigenio y salvaje mientras que los negros reivindican su derecho a vivir debajo, no encima, de los árboles como le comenta reflexivo Rufo (interpretado por Jim Brown, uno de los primeros héroes de acción afroamericanos de Hollywood) a un mercenario profesional y cínico Taylor. Personaje con el que mantiene una inquietante y homoerótica relación de amistad.

Hay otros personajess que hacen de secundarios.

La chica: Yvette Mimieux, quien ya había trabajado con Rod Taylor en esa delirante fantasía pulp que es El tiempo en sus manos (George Pal, 1950), basada en la novela La máquina del tiempo del maestro (of course)  H. G. Wells.

Y un doctor con problemas de alcohol que se redime al final, y que asume con estoica solvencia Kenneth Moore, cuyo personaje termina siendo víctima de un conflicto que ha sido provocado al alimón por los dos mundos que en aquellos tiempos se repartían la soberanía en influencia del planeta.

“El rifle es chino, pagado con rublos rusos. El acero con el que se ha fabricado es de la Alemania del Este y se compró con francos franceses. Ha viajado hasta aquí en una línea aérea africana subsidiaria de una empresa estadounidense. Deja su cuerpo aquí. No está lejos de casa”, comenta Rod Taylor cuando descubren el cadáver del doctor en una misión que ha sido devastada por los Simba.

El último tren a Katanga es una película dura.

Rodada con un nervio que todavía la hace joven para espectadores que la descubrimos en la primavera de nuestra vida como en el otoño de nuestra existencia…

Respira un nervio y un discurso demoledor contra el cazador blanco, corazón negro que desarma y hace de este pequeño filme una atractiva rareza en mi reivindicado cine de barrio.

El de todo a cien que dicen los que aún reivindican la caspa.

Una película que, vuelta a ver hace apenas unas horas, continúa conservando el encanto pulp y con mensaje demoledor con el que la descubrí hace ahora más de veinte años en las entrañas del Royal Victoria…

 Atentos a su banda sonora.

 ¡Iniciados! La firma Jacques Loussier.

 Saludos, ¡¡¡viva, viva el cine de barrio!!!, desde este lado del ordenador

He visto cosas que vosotros no creeríais…

Lunes, Junio 25th, 2012

Hace treinta años.

Cuando ir al cine era una fiesta…

Nexus-6: “Yo… He visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán… en el tiempo… como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”

- Vétete por ahí.- grita alguien del público.

- Gilipollas.- hace eco otro.

En pantalla, la banda sonora futurista de Vangelis intenta reforzar un primer plano que muestra el rostro herido y asombrado del actor Harrison Ford mientras se congela la imagen de Rutger Hauer, quien momentos antes ha dejado soltar de entre sus manos una paloma blanca.

- ¡Llévate a la tía buena…!.- Recomienda un listillo a Harrinson Ford.- ¡A la morena, a la morena!

- ¡Ojo, que es una puta replicante!- avisa uno.

- Pues mejor, que tiene fecha de caducidad….

Carcajadas en la sala.

- ¡¡¡No tienen respeto!!!.- chilla histérico un cinéfilo blade runniano.

- Qué te calles.- les responden cuatro.

Vuelan como palomas cotufas, papas fritas y baconcitos sobre la pantalla.

Saludos, aún recuerdo aquella sesión, desde este lado del ordenador.

Frank Capra que estás en los cielos

Sábado, Julio 16th, 2011

Puede que no le suene el nombre de Frank Capra pero seguro que de alguno de sus títulos sí.

¡Qué bello es vivir! Se ha convertido en una película a la que, inevitablemente, recurren las televisiones para cubrir espacio en su programación navideña. Y no me canso de verla pese a que me la sepa de memoria. Luego tiene algo.

Hay otros excelentes largometrajes dirigidos por su director que ocupan un lugar de honor en mi deuvedeteca, y tampoco me canso de verlos porque, como sucede con ¡Qué bello es vivir! Sigo pensando que tienen algo.

Y ese algo es esperanza y optimismo. Y una fe arrolladora en las gentes sencillas y de buen corazón que en unos tiempos donde ya no se valora ni a la gente sencilla ni de buen corazón, adquieren para mi proporciones de clásicos porque su espíritu todavía logra amansar a la fiera que llevo dentro.

Así que muchas gracias, señor Capra. Y no haga caso de quienes lo miran de reojo y arrugan el ceño. Sus películas están vivas y continúan dando guerra.

¿Qué hacer entonces antes los que cuestionan su ingenua ternura; ante lo que lo acusan de ser un servidor de la política emprendida por Franklin Delano Roosevelt para sacar a su país de la Depresión y de los que lo señalan con el dedo gordo del pie por ser un hijo de  inmigrante agradecido que dedicó buena parte de su carrera en elogiar el sueño americano?

Y  la verdad, señor Capra, que yo no se lo tendría muy en cuenta. Ya sabe: ante palabras necias, oídos sordos.

Por lo pronto soy consciente que seremos muchos los que el próximo 3 de septiembre le rendiremos homenaje porque se cumplen veinte años de su ausencia. Y quien ahora escribe le anuncia que ese día organizará en casa un maratón Frank Capra en toda regla.

Coincide además que el 3 de septiembre cae en sábado, que es un día de la semana luminoso. Es decir, que carece de la fatiga de un domingo y del tonto despertar a la realidad de un lunes.

Señor Capra, usted inicio su carrera en el cine –como otros grandes compañeros de generación– cuando este arte todavía no sabía hablar. Se fogueó escribiendo gags para La pandilla y un gigantesco comediante silente que les hizo sombra a los mismísimos Charles Chaplin y Buster Keaton en su tiempo. Me refiero a Harry Langdon.

He visto bastantes de las películas de Langdon y sonrío todavía. ¿Está mal decir que Lagndon es un clásico?

¿O habrá majaderos que no lo entiendan?

Esos mismos majaderos que no han sabido descubrir en su filmografía vitalista ese poso de amargura que nos hace sentir a los espectadores con cinco mil ojos en la cabeza la dolorosa punzada del fracaso definitivo.

Sus películas, señor Capra, abordara la guerra de sexos como celebración en su todavía picante Sucedió una noche o la de íntegros e inocentes perdedores que arañan el monstruo del éxito, son lecciones de cine que, a mi juicio, deberían ser de obligado visionado para los papanatas que no se cansan de repetir que vivimos en tiempos oscuros y no quieren ver luz al final del túnel.

Ya sabe, esos que chillan que el reino de las sombras ha triturado el estado del bienestar sin proponer alternativas salvo la de que nos encontramos en un callejón sin salida.

Y por eso pienso, señor Capra, que sus películas cobran hoy una insólita actualidad. Que resultan justas bofetadas en la cara a siniestros banqueros y politicastros de inquietantes ideologías que, aprovechando los malos tiempos que corrían en su época y en la nuestra, se frotan las manos desmontando lo que costó sangre, sudor y lágrimas alcanzar mientras nos amenazan con la oración del miedo: no hay dinero. No hay trabajo.

LES RECOMIENDO VOLVER A VER:

EL SECRETO DE VIVIR (1936).- Confieso que en su interesante filmografía sonora siento especial debilidad por este título. De hecho, creo que Gary Cooper nunca estuvo mejor en pantalla que en sus manos y en las de Howard Hawks. Además, que la protagonista femenina fuera Jean Arthur (¿sabía usted que junto a Ingrid Bergman fue uno de mis primeros amores platónicos?) hace que todavía vea esta película para darme cuenta que el secreto de vivir es saber desprenderse de todo aquello que nos pesa como una piedra. 

VIVE COMO QUIERAS (1938).- Algunos dirán que mi debilidad por usted, señor Capra, se debe a su debilidad por Jean Arthur. Y no es eso. No es eso. Mi debilidad por usted, que no tiene nada que ver por la que aún siento por la señora Arthur, es porque cuando veía siendo un renacuajo todas sus películas deseaba formar parte de aquel mundo. En Vive como quieras hace usted además un retrato extraordinario de la familia como pequeño microcosmos de estabilidad emocional pese a que los que la integren no sean, precisamente, modelo de familia tradicional. Qué grandes están todos en esta comedia “familiar”. Jean Arthur, James Stewart, Lionel Barrymore.

CABALLERO SIN ESPADA (1939).- Me da absolutamente igual que algunos digan que su visión de la política resultaba demasiado ingenua. ¡Qué sabrán ellos! Si James Stewart y Jean Arthur unen fuerzas que tiemble Washington. Y que tiemble porque por mucho que intenten desprestigiarlo nuestro caballero sin espada estará ahí para defender nuestros derechos. Su cine, señor, Capra, era peligrosamente político. Yo lo entiendo como el de un indignado de verdad.

JUAN  NADIE (1941).- Todos somos John Doe. Todos tenemos algo de ese vagabundo que firma un pacto con el diablo cuando cae en manos de Barbara Stanwyck. Claro que lo que no sabía el diablo es que puede enamorarse. Y si ese hombre sin futuro es Gary Cooper digamos que, por una vez, los dioses apuestan en la partida de dados para que gane el bueno. A mí me sigue emocionando.

ARSÉNICO POR COMPASIÓN (1944).- Señor Capra usted fue un maestro de la comedia negra. La acarició a la perfección con esta divertida, estrafalaria y cínica película donde Cary Grant está en estado de gracia claro que ¿en qué película no estaba Grant en estado de gracia? Háganme un favor y véanla. Vean la cara que pone Grant cuando descubre que sus dos amables y tiernas tías solteronas envenenan ancianos solitarios cuyos cadáveres entierra el hermano de ambas, que se cree Teddy Roosevelt (¡!).  La cosa se complica cuando llega a la casa de tan feliz familia (otra vez la familia) el hermano de Grant, que no es otro que Raymond Massey –probablemente uno de los mejores secundarios de la historia del cine– a quien acompaña un sanchopanza, Peter Lorre. Y yo, que he visto mucha comedia a lo largo de mi vida, me pregunto todavía como ninguna de ellas me hace reír con tanta mala leche. Y ¡cuidado! Subo corriendo las escaleras cual Teddy Roosevelt para arrebatarles a los españoles la colina de San Juan!

¡QUÉ BELLO ES VIVIR! (1946).- Gracias a esta película descubrí que cuando suenan campanas es que un ángel se ha ganado sus alas. Suena cursi escrito así pero es la lección que saqué siendo pequeño al ver esta deliciosa comedia que reinterpreta de manera muy inteligente el Cuento de Navidad de Charles Dickens. James Stewart interpreta a un buen tipo con el agua al cuello al estar ahogado por las deudas. Desesperado está a punto de poner fin a su vida cuando recibe la visita de un curioso personaje que necesita ganarse unas alas. Desde ese día pienso que mi ángel de la guarda debe ser un tipo bastante parecido al actor Henry Travers. En ¡Qué bello es vivir!, nos encontramos como en el relato de Dickens con un malvado  Ebenezer Scrooge. Un multimillonario que solo piensa en multiplicar su fortuna aplastando a buenos tipos como el personaje que interpreta Stewart. No revelo nada nuevo si digo que al final todos ganan. Incluido el malo que ya no es malo. Gracias a esta película descubrí a otro de mis amores platónicos del cine: Donna Reed.

UN GÁNGSTER PARA UN MILAGRO (1951).- Esta película me constató el hecho de que dentro de las manzanas viven duendecillos. Y si bien fue su última película, señor Capra, creo sinceramente que cerró su carrera con broche de oro. Se trata de un remake de uno de sus anteriores filmes, Dama por un día, de 1933, aunque en esta ocasión contó para interpretar a la vendedora de manzanas –una especie de relectura de la madrastra de Blancanieves pero en bueno– con Bette Davis. Glenn Ford hace del elegante y carismático gángster que confía en el poder de las manzanas que vende. Acompañan al elegante mafioso, entre otros, el recientemente fallecido Peter Falk. La comedia nace cuando los gángster se conjuran para hacer realidad la mentira que Annie Manzana le ha contado a su hija, que regresa a la ciudad junto a su prometido y los padres de éste. ¿En qué consiste la mentira? En que Annie Manzana, alcohólica y mendiga, la ha convecido que en verdad es una señora que pertenece a la alta sociedad.

A mi juicio, señor Capra, otro de sus puñeteros clásicos.

Saludos, exigendo que le concedan cien premios Nobel, desde este lado del ordenador.

Ha vuelto y está muy cabreado

Lunes, Abril 18th, 2011

EL PRINCIPIO

Todo comenzó en mi adolescencia. Por aquello del criterio de la edad se me negaba la oportunidad de iniciarme en la hermandad simiesca pese a que el doctor Zaius hacía todo lo posible para que formara parte del grupo. Pero no hubo manera. Intentaba franquear la puerta de los cines y el portero –un humano– señalaba la taquilla para que me devolvieran el dinero.

Esta oposición injustificada logró que en mi cabeza empezara a reconstruir mi película simiesca. Película de la que llegaron a rodarse cinco y muchos años más tarde una serie de televisión de la que mejor no acordarse. También una de dibujos donde los nuestros, los simios, eran igual de idiotas que los humanos. Eso es lo que pasa cuando el arte cae en manos de profanos.

Mientras tanto, mi dormitorio se fue transformando en un santuario simiesco. Pegaba con chinchetas en las paredes del cuarto –para el disgusto de mi santa madre– fotografías de simios. Ahí estaba Zaius, un gorila, los chimpancés Zira y Cornelius… También los humanos Taylor y Nova montando a caballo rumbo a su destino… Y me hice con un ejemplar de la novela original editado en la colección Reno. Su autor el francés Pierre Boulle.

EL MANIFIESTO DE LOS SIMIOS

La primera película de la serie pude verla pasado los años en una sesión de matiné. Se trataba de La rebelión de los simios (en agosto se estrena un remake) y a quien les escribe le sigue pareciendo una de las mejores de las cinco.

En ella, mis hermanos los monos se rebelan contra el gobierno dictatorial de los humanos que además de despreciarlos como animales domésticos (los perros y gatos han desaparecido de la faz de la tierra por una enfermedad) los emplean para que hagan el trabajo sucio.

Ya saben, los que tienen que servir.

Los humanos les gritan órdenes y para mantenerlos a raya exclaman un NO que desde ese día y gracia a este filme político que es La rebelión de los simios detesto. Detesto el NO. Detesto la prohibición. No pienses, no fumes, no bebas, no te enamores, no comas, no engordes, no seas feliz…. El tantra de aquel gobierno fascista de humanos es el mismo del presunto gobierno democrático en el que nadamos: Obedece, obedece, obedece. Cállate, cállate, cállate.

Habré visto no sé cuantas veces La rebelión de los simios.

Para la hermandad simiesca es algo así como el Manifiesto de los simios.

VEO LA LUZ

En aquellos días remotos exhibían en televisión un programa ya legendario para los que hoy tenemos pelos en todas partes menos en la cabeza. Se llamaba La clave y lo presentaba José Luis Balbín pipa en mano. En aquel espacio donde se hablaba y se fumaba mucho solían poner buenas películas para ilustrar debates. El debate no era necesariamente de cine y mucho menos de simios.

El caso es que un día anuncia que el filme que se exhibirá es El planeta de los simios (Franklyn J. Schaffner, 1968) la joya de la corona de la hermandad simiesca, y me quedé en casa mandando a paseo la salida nocturna porque cuando el Gran Arquitecto llama a tu puerta tienes que superar la prueba.

Simbólicamente desnudo vi la película.

Charlton Heston habla. La nave triangular surca el espacio. Antes de hibernar observa a sus otros tres compañeros: dos hombres y una mujer.

La música inquietante de Jerry Goldsmith no anuncia nada bueno.

La nave se ha vuelto loca. Los cuatro cosmonautas duermen. Cae en picado sobre el planeta y ameriza en un lago de brillantes aguas azules.

Despierta Heston. Descubre momificada a la única Eva de la tripulación, escapa con los dos compañeros sobrevivientes de la nave que se hunde en el lago.

Los tres deambulan por un paraje fascinante y desértico.

Uno encuentra una planta en medio de la nada. Otro clava una diminuta bandera pese a la reacción de Taylor/Heston, quien escupe una malvada carcajada.

Estallan rayos en un cielo despejado.

Entonces…

Entonces los tres astronautas encuentran en lo alto de una colina unos espantapájaros.

Suben.

¡Agua!

Se bañan. Les roban las ropas. Y entre la vegetación suenan cornetas de caza.

¡Mis hermanos aparecen en la película!

El resto es historia y noqueo para quien les escribe.

Cada cierto tiempo vuelvo a El planeta de los simios y continúo igual de noqueado. Me gusta por fatalista, me gusta por transgresora, me gusta porque respira aventura por los cuatro costados. Me gusta, sencillamente.

PRIMERO APRENDIZ

Tiempo más tarde veo –siempre en televisión– la segunda entrega. La innecesaria Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970), filme que insiste en los mismos elementos de la primera aunque con James Franciscus haciendo de astronauta. Heston aparece al principio y al final. Nova, afortunadamente, en casi toda la película.

Mis hermanos los simios están en guerra. ¡Entremos en la zona prohibida! Exclama el general de los gorilas. La idea es acabar con una raza de mutantes entre los que destaca Victor Buono. Los mutantes adoran a la bomba Alfa y Omega y el cabrón de Taylor aprieta el botón y se acabó el planeta de los simios piensa el confuso espectador.

Que te crees tú eso.

LUEGO COMPAÑERO

Veo en la televisión Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) donde Zira y Cornelius logran escapar de la catástrofe sin que nos expliquen muy bien cómo lograron recuperar la nave del fondo del lago.

¡Que más da!

En tierra los espera un comité de bienvenida formado por indeseables humanos. Y descubres que Zira y Cornelius ¡han viajado al pasado!

No es una mala continuación. Aunque claro, lo escribo porque con esta película la balanza comienza a inclinarse del lado de mis hermanos los simios.

Asesinan a mi Zira. Matan a Cornelius.

¡Bestias arrogantes!

Pero sobrevive su bebé.

Último plano: un chimpancé mira a cámara.

Mamá.- dice la criatura.

Y DESPUÉS… MAESTRO

Cuarta entrega. La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) la primera que vi antes de las otras cuatro.

La criatura de La Huida… se nos ha hecho mayor. El filme nos cuenta la historia de su gloriosa Revolución.

Temblad, odiosos humanos, temblad porque vamos a hacer Justicia.

Quinta y última entrega, Batalla por el planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973). Es la más tonta de la serie. Aunque aporta un detalle revelador e inquietante para nuestra hermandad: los simios también pueden matar a otros simios. El asesino es un gorila, general para más señas, que se despacha al hijo de César.

Batalla con los mutantes.

Al final, simios y monos parecen que podrán vivir en paz.

¿Alguien puede creérselo?

APARTA TUS SUCIAS MANOS, TIM BURTON

Pasan los años y Tim Burton mete sus sucias pezuñas en El planeta de los simios.

Oh, maldito remake.

Charlton Heston hace de orangután. O de maestro que defiende las armas.

El planeta no es la Tierra.

La hermandad simia pone el grito en el cielo.

¡Que lobotomicen a Burton!

Veo en la red el tráiler de una nueva película simiesca. Se trata de una versión de La rebelión…

Y me gusta lo que veo. Me gusta ver a mis hermanos liberarse de las caenas. Pero sobre todas las cosas me gusta pensar que César vive. Y que ha vuelto y está muy cabreado.

Saludos, humanos, desde este lado del ordenador.