Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

No a la guerra. Una reflexión cinéfila en torno a ‘El león del desierto’

Jueves, Marzo 24th, 2011

Entre otras debilidades cinematográficas confieso que me encantan las películas de temática colonial. Títulos como Lawrence de Arabia, Zulú, Tres lanceros bengalíes, Los últimos de Filipinas, Las cuatro plumas, Amanecer zulú, Kartum, Beau Geste, 55 días en Pekín, La última carga, El viento y el león, entre otras tantas que ocupan un lugar de honor en mi memoria cinéfila.

En este tipo de películas se celebra las gloriosas campañas coloniales emprendidas por la vieja Europa en distintos puntos de la geografía y como era de esperar, digamos que el cine británico es quien mejor ha sabido celebrar sus victorias y también derrotas en otros continentes con un aliento épico y manipulador que hace que siga considerándolos como los maestros de este género que entronca con el de la aventura.

Existen sin embargo una serie de cintas que cuentan la misma historia pero desde el otro lado, películas igual de interesantes y dignas de ver porque por una vez los que no tienen voz narran lo que padecieron para dejar de formar parte de aquellos colosales imperios.

Entre otros títulos se me viene a la cabeza la interesante La guerra del opio, del cineasta chino Xie Jin; El principio: La balada de Mangal Pandey, de Ketan Mehta que ofrece una curiosa versión (números musicales made in Bollywood incluidos) sobre la revuelta de los cipayos que puede verse en  programa doble con Rifles de Bengala (László Benedek, 1954) y la que a mi juicio sigue siendo la mejor de todas ellas, El león del desierto, dirigida por el sirio Moustapha Akkad –comenzó su carrera en el cine como asistente de producción en Duelo en la Alta Sierra, de Sam Peckimpah–  y financiada por el presidente de Libia Muammar al-Gaddafi ya que la cinta cuenta la heroica resistencia que mantuvieron a finales de los años veinte las tribus libias lideradas por Omar Mukhtar contra el ejército fascista italiano al mando de Rodolfo Graziani.

La cinta, de claro tono hagiográfico, no deja de resultar un emocionado filme biográfico sobre Mukhtar y un canto emocionado a los hombres y mujeres que formaron parte de aquellas improvisadas guerrillas que combatieron con lo que buenamente podían contra un ejército tan poderoso y moderno como era el italiano.

Además de Mukhtar, personaje que interpreta Anthony Quinn, actor que ya había trabajado a las órdenes de Akkad en la interesante El Mensaje, crónica de la vida y los tiempos de Mahoma (1), en El león del desierto también interviene un histriónico Mussolini que protagoniza un igual de histriónico Rod Steiger, así como Oliver Reed en el papel de Graziani.

No quiero establecer paralelismos entre el periodo histórico que refleja esta cinta con lo que actualmente estamos observando que sucede en Libia (una guerra en la que me han metido sin que nadie pidiera mi opinión a través de un referéndum) pero creo que hoy más que nunca El león del desierto es un título de necesario visionado para entender la forja de una nación que hoy gobierna ese insólito y excéntrico personaje llamado Gaddafi.

Como era de esperar, el estreno de El león del desierto obtuvo críticas desastrosas en el dicen cultivado primer mundo, lo que repercutió en su relativo fracaso en salas aunque quien les escribe tuvo la oportunidad de verla por primera vez (después la he vuelto a revisionar en numerosas ocasiones porque tengo copia –comprada, conste– en dvd) en el hoy desaparecido Teatro Baudet, siendo quizá de uno de los pocos espectadores que quedó hechizado ante un filme que me mostraba que los buenos podían ser los rebeldes y encima un puñado de adoradores de Alá.

El león del desierto está plagada de escenas de acción, de batallas muy bien rodadas por el cineasta (fue productor de la serie Halloween) así como de un curioso y bien explotado enfrentamiento entre los dos líderes de aquella guerra que el resto del mundo consideró de baja intensidad: Mukthar y Mussolini. El segundo desesperado porque no podía entrarle en su cabeza rasurada que una tropa de desarrapados fuera capaz de hacerle frente a un ejército militarmente muy preparado.

Por esta y otras razones en el mundo árabe la película, popularmente conocida por el nombre del personaje protagonista, Omar Mukhtar, se ha convertido en título de culto mientras que en Italia (Wikipedia dixit) las autoridades italianas decidieron prohibir su exhibición en 1982 porque, según el siniestro primer ministro Giulio Andreotti “dañaba el honor del Ejército italiano”.

Ironías de la historia, el director y productor de esta curiosa joyita, Moustapha Akkad, falleció tras un atentado kamikaze en Jordania en 2005 cuya autoría se achaca Al Qaeda y Ammán.

Saludos, yo solo sé que no sé nada, desde este lado del ordenador.

Cuestión de prejuicios

Martes, Marzo 15th, 2011

Hubo un tiempo en el que me costaba leer novelas y cuentos que estuviesen escritos por autores que no fueran europeos y americanos. Bueno, no es exacto. Entre mis primeras y gratificantes lecturas infantiles se encuentra un viejo volumen de los años 20 que recopilaba seis de los cuentos más populares de Las mil y una noches, volumen curiosamente que ha pasado a la historia como texto para niños cuando se trata de una obra que entre relato y relato y relato que se mezcla incluye también sabrosos cuentos para adultos.

Pero me voy, como siempre, del camino. Contaba que durante los años de formación lectora algo me echaba para atrás cuando debía de enfrentarme a un libro que procediera de territorios que para mi resultaban tan desconocidos. Paisajes suponía lunares donde no practicaban los géneros que por aquel entonces (y aún hoy) me acompañan.

Si la novela o la compilación de relatos venía de Asia, África, Neptuno o Plutón… por mucho que me esforzara no visualizaba en mi cabezota cómo recrear a los personajes. Si el protagonista era, por ejemplo, chino, yo lo transformaba en una especie de blanco con ojos ligeramente rasgados… pero no bastaba porque resultaba falso y entendía que así estaba traicionando el espíritu de lo que leía.

Afortunadamente tan extraña manía, prejuicio, se hizo añicos cuando leí dos novelas que transformaron mi vida porque me enseñaron a ver una parte que no conocía de mi interior y también de los alrededores en los que me movía (y de vez en cuando me muevo) sin necesidad de travestir a los personajes. Claro que ahora que lo pienso, que estos libros fueran Confesiones de una máscara y El marino que perdió la gracia del mar de Yukio Mishima explica que limpiara el disco duro de mi memoria de tanta tontería.

Confesiones de una máscara es un libro que me agitó de arriba abajo como de abajo arriba por su aplastante y desnuda sinceridad. El marino que perdió la gracia del mar sencillamente me atrapó porque me hizo volver a una infancia que ahora solo reconstruyo de manera legendaria.

Fue tanto el impacto de este último título, que leyéndolo se me grabó al rojo una de las frases finales de este extraño y revelador relato: La gloria, como todo el mundo sabe, tiene un sabor amargo.

Y no soy lector que se grabe frases que le sacudan. En esos casos (ya menos) suelo subrayarlas con lápiz para volver a descubrirlas años más tarde, cuando pierdo el tiempo rodeado de esos amigos que no hablan pero que tanto me entienden como son los puñeteros libros.

En todo caso y gracias a Confesiones de una máscara y El marino que perdió la gracia del mar me di cuenta pasmado (porque no encuentro otra palabra que defina aquel estado de gracia) que no resultaba tan costoso meterme en la piel de personajes que no tenían nada que ver con los que llaman caucasianos. Por mucho que sus costumbres me parecieran diferentes.

Lo mismo me pasó con otros autores que no tenían el color rosado como la piel de los cerdos. Me refiero a potentísimos escritores afroamericanos como James Baldwin, Richard Wright y Chester Himes.

Himes, un escritor del que podría pasarme horas y horas hablando. Y todo Por amor a Imabelle. 

Luego vinieron otros tantos. Narradores y poetas de otras latitudes que no pertenecían a los del acomodado y eunuco primer mundo, como acertadamente lo definió en cierta ocasión Anthony Burguess, para darme cuenta que en todas partes se hace buena y mala literatura.

Recuerdo que en el grupo de aspirantes a escritores con los que me movía en aquel tiempo sonaba mucho el nombre de Amos Tutuola  y su El bebedor del vino de palma.

Recuerdo también como hablando con algunos de ellos después de haber leído el libro me di cuenta que la mayoría lo citaba de forma entusiasta sin haber abierto el libro.

Pero estas cosas pasan. Pasan cuando te encuentras solo en una manada que sigue con fe ciega a un guía. El guía sugiere un nombre y el resto se transforma en apóstoles de ese nombre aunque lo desconozca. El caso es recitar por las esquinas: ¡¡¡Leed al Amos Tutuola!!! Y mirarte de forma rara si levantas el dedo y dices: Yo lo he leído y bueno, está bien pero…

Ese pero suena a anatema.

Lo apunto porque ahora unos y otros están empeñados en iniciarme en el asombroso universo de la novela policíaca escandinava y no hay manera que me anime a meterme en la piscina del asombroso mundo de la novela policíaca escandinava.

Otra cosa curiosa que me pasaba antaño pero no por prejuicios sino torpeza  lectora eran enfrentarme a los novelones clásicos rusos.

Y no porque fueran novelones cásicos rusos sino porque me trababa como un paleto ante los nombres de sus protagonistas.

Ya saben, cuando me tropezaba con los “Y entonces Rodion Romanovich Raskolnikov dijo…” O “Dimitri Prokofich Razumikhin señaló…” terminaba por leer para ir más rápido: “Y entonces Rodion Roma dijo…” O “Dimitri Proko señaló…” haciéndome un lío cuando en la misma obra la mitad de los personajes eran de la misma familia. Una legión de primos, tíos y sobrinos.

Acabé con esta mala costumbre leyendo por completo el nombre de sus protagonistas, por mucho que detuviera mi furia lectora. Si Rodion era también Romanovich Raskolnikov pues era Rodion Romanovic Raskolnikov y en paz.

Al final leías el nombre como si nada. 

Curiosamente, este fenómeno prejuicioso nunca me pasó con el cine.

En mi época era bastante habitual que se exhibiera a las 4 de la tarde en aquellas salas hoy desaparecidas películas de un tal Godzilla o la versión nipona de un tal Superman.

Me encantaban (ahora ya no tanto, una lástima).

En todas estas películas donde las criaturas despertaban del sueño gracias a las bombas nucleares y se dedicaban a arrasar Tokio –nadie se acuerda de ellas en estos días en los que el maremoto ha devorado parte del gran país del Sol naciente) cuando aparecían actores norteamericanos con el fin de comercializar estas catastróficas producciones a mí me molestaba bastante su presencia.

Pensaba algo así: “que hace ese puto blanco en mi película…”

Aficionado también a las blaxplotation (ved Drácula negro y Shaft, entre otros héroes y heroínas que las tuvo, adelantándose décadas a la irrupción de las chicas blancas también son guerreras con la teniente Ripley a la cabeza en Alien) me lo pasaba pipa cuando aquellos tipos con melena hinchada le partían la cabeza a macarras y si se terciaba a policías igual de macarras blancos como la nieve que hoy cae sobre el norte de esta isla que se llama Tenerife.

Con las de karatekas el sentimiento que me comía por dentro era muy similar. No las he vuelto a ver, por eso quiero seguir pensando que El furor del dragón es un clásico. Ahí ves como Bruce Lee acaba con Chuck Norris si no recuerdo mal en la arena del Coliseo romano.

¿Y a qué venía esto?

La verdad es que no me acuerdo.

Al final todo se reduce a prejuicios.

Saludos, amigos, desde este lado del ordenador.

En vísperas del día de los Santos Inocentes

Lunes, Diciembre 27th, 2010

REAPARACE EL CUARTETO CATÓN…

Buen día han escogido los del Cuarteto Catón para presentar sus Cuentos chinos: el 28 de diciembre (Día de los Santos Inocentes) en el Kstillo, a las 19.30 horas.

Un aire de sabroso misterio rodea a este cuarteto que ya suena con fuerza en los mentideros culturales de las islas porque apenas se han dejado ver salvo–y por el momento– en esas catacumbas que sirven de refugio a los que quieren respirar una cultura hecha aquí pero sin presiones de aquí.

¿De qué va esta pandilla? Pues por lo que me chivan algunos de los elegidos que han tenido la suerte de disfrutar de sus ensayos, de un espectáculo sanamente provocador en una escena como la canaria tan necesitada de espectáculos sanamente provocadores. Una inyección que espero regenere el cuerpo enfermo del teatro en Canarias, demasiado dividido en los últimos tiempos entre los que apuestan por seguir haciendo de cómicos de la legua independientes y los que resignadamente han optado por bajar la cabeza.

Cuarteto Catón está formado por profesionales de la escena, gente que se ha curtido en las tablas y que han decidido ahora recuperar una iniciativa que hunde sus raíces en 1993 y cuyo nombre se inspira en las antiguas cartillas que los escolares empleaban para aprender a leer.

Y de eso debe tratarse: que aprendamos a ver otro teatro.

OTRA VISIÓN DE LA LEY SINDE

Interesante reflexión la que el cineasta Nacho Vigalondo propone en su blog alojado en la edición digital de El País sobre la polémica Ley Sinde.

CACHONDEO, MUCHO CACHONDEO…

Recibo el número de invierno del fanzine 2000 Maníacos, que dirige desde la tierras de la naranjas, Valencia, Manuel Valencia (no es redundancia). El número, hace el 41, convierte a 2000 Maníacos en la revista más longeva de este tipo en España y dedica la mayor parte de sus contenidos al Grindhouse o lo que popularmente se conoce en estas tierras como programa doble y cine de barrio. Una práctica que si bien no se desarrolló bastante en Canarias (lo más cercano que tuvimos fueron las sesiones de las cuatro de la tarde los domingos y ver las películas para adultos que reestrenaban en los cines de barrio) te hace despertar una rara nostalgia.

Entre los artículos que se puede leer está uno dedicado a sir Benjamín Turner, que firma Charly Álvarez. Me pregunto todavía si ese señor, Turner, existió realmente (es una broma porque Turner es una broma). Entre otras piezas dice su biógrafo oficial, Álvarez, que dirigió Boilerplate and me (1907), una comedia fantástica donde cuenta “sus divertidos intentos de enseñar modales a su robot victoriano” o Horny Pandemonium (1917), en la que “una caterva de demonios saca los horny pandemonium colores a las damas de Newport con sus acrobacias genitales” (¡!). 

UNA DE ROMANOS

Veo en dvd debidamente alquilado Centurión, una de romanos dirigida por el interesante realizador británico Neil Marshall y la verdad es que descubro una película de aventuras al viejo estilo, más cerca del western que del cine de romanos de toda la vida. Marshall es director también de ese curioso remake de Zulú que es Dog Soldier (un grupo de soldados británicos en maniobras se las ve y se las desea al verse rodeado en una casa perdida en el bosque por una horda de hombres lobos) y The Descent, en la que unos aficionados a los deportes de riesgo se las ven y se las desean con los miembros de una especie que va un poco más allá de la de los gárrulos con aficiones sodomizadoras de Delivarance, del casi siempre correcto John Boorman.

GRACIAS A USTED, LECTOR

Vuelvo a leer por recomendación de un lector del blog Cárcel de mujeres de Sinclair Lewis y confieso que en poco menos de dos días estoy a punto de finiquitar esta novela que iba acumulando polvo en la fantástica biblioteca de mi padre.

Es tanta la pasión que me entra por Lewis que visito el domingo el Rastro con la esperanza de encontrarme con otras de sus novelas y como los dioses acompañan me encuentro con Aire libre pero en un estado tan lamentable que descarto llevármela a casa.

Cárcel de mujeres se llevó al cine el mismo año de su publicación, 1933, con el título original de Anne Vickers. El filme estuvo protagonizado por Irene Dunne (nunca terminó por llegarme esta actriz) y dirigida por John Cromwell, un cienasta clásico que pide a gritos su recuperación.

Mientras tanto me pregunto si debo cometer un delito como es pedirle a un amigo que me haga el favor de bajarla…

Pero no sé, no sé…

Saludos, en vísperas del día de los Santos Inocentes, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Mondo cinéfago!!!

Viernes, Noviembre 26th, 2010

La polémica suscitada por A serbian film hace unas pocas semanas y la prohibición no tan lejana en el tiempo de la última entrega de Saw, me ha hecho recordar que hubo un tiempo en el que se hizo cine con vocación subterránea y muy oscura.

Pensé en todo esto mientras volvía a mirar el otro día a trozos –esa es la verdad– Asesinato en 8mm, a mi juicio probablemente la mejor película de un cineasta llamado Joel Schumacher.

En una de las secuencias el detective privado que interpreta Nicholas Cage se introduce de la mano de Joaquin Phoenix en un mercado subterráneo de cintas de sexo extremo a la caza y captura de snuff movies, o películas de violencia real que para muchos seguidores a las excentricidades se trata sólo de una vieja y perversa leyenda urbana.

Hace bastantes años recuerdo haber visto a altas horas de la madrugada en Antena 3 una película que respondía más o menos a estas características al incluir imágenes de muertes violentas recogidas directamente de informativos norteamericanos. Esta faena, pienso, continúa haciéndose en la actualidad (no sé si voluntariamente) cuando ya no es raro el día en el que vemos en algún telediario imágenes de peleas (las últimas las del tranvía que atraviesa solo en la madrugada de los fines de semana el tramo Santa Cruz-La Laguna) y muertos. Eso sí, ignoro con que sanos objetivos aleccionadores. 

Hubo un tiempo en el que se puso de moda en el cine de explotación más canalla y perverso travestir el horror. El llamado padre del gore, Gordon Herschell Lewis, lo intentó con desfigurado sentido del humor en 2000 maníacos, cinta que cuando pude ver — tras ser elevada en fanzines como obra de culto– me pareció un mal chiste aunque su banda sonora continúe pareciéndome lo que se dice resultona.

Sobre este tipo de películas, la que los anglosajones denominan como gore y los españoles de casquería, así como de otros subgéneros que brotaron como setas en los 60 y 70, se encargó de estudiarlo con atinado punto de vista cultural y cinematográfico La noche de los sexos violentos, libro de Álex Zinéfilo, el único compendio en español que existe (que sepa al menos) sobre este tipo de cine sucio parido en alcantarillas.

En el libro de Zinéfilo se repasa así la historia de los subfilmes que tuvieron también subgéneros: el nazi, en producciones de bajo presupuesto donde se mezclaba erotismo y violencia explotando éxitos soft porno como Salón Kitty, de ese esteta llamado Tinto Brass; las que se conoce entre los especialistas como mondo, películas de compilación en la que se incluían con ánimo sensacionalista pequeños fragmentos y secuencias de distinta índole con títulos como Mondo Cane; y las de temática caníbal, entre otras tantas.

Es probable que muchos no se acuerden pero en esta última catalogación sonó en su momento un título que este 2010 cumple 30 años: Holocausto caníbal. Un falso documental truculento que marcó –debo decirlo– a la muchachada de mi generación.

Recuerdo que la primera noticia que tuve de esta película fue durante el recreo, que era el momento en el que si no jugabas al fútbol o a una cosa que llamaban brilé con las chicas te ponías a hablar de todos esos largometrajes que estaban prohibidos por aquel entonces a nuestros ojos adolescentes.

Siempre había un listo de la clase que decía que la había visto, y si bien todavía me pregunto si sería verdad, lo fascinante del asunto era cómo explicaba lo que supuestamente había visto. Su descripción, sin ningún asomo de crítica experta, despertaba en nosotros los más bajos instintos por desafiar a los porteros de las salas con el fin de contemplar aquella cinta pa-vo-ro-sa en la que se comían a la gente de verdad.

Fue tanto el impacto y las conversaciones que generó al menos entre los compañeros de mi clase que un amigo y yo nos animamos a verla tras burlar la frontera estrechamente vigilada del cine  por los que hacían de cancerberos  uniformados.

Les cuento, y es una verdad como un templo, que mi colega se la pegó mientras se comía una bolsa de papas fritas. Posiblemente Crecs. 

No tengo otras impresiones de aquel primer visionado, sin embargo. Es probable que me resultara menos fuerte de lo que me habían contado. También que la primera versión que alcancé a ver estuviera mutilada por la censura.

Muchos años más tarde y en casa de un amigo aficionado al cine más excéntrico (le encantaban las películas de Abbot y Costello, nunca lo pude entender) vimos una copia sin trocear de Holocausto caníbal y en esa ocasión sí que debo de confesar que me horrorizó.

Y por partida doble: el filme es horrorosamente malo pero también horrorosamente eficaz para generar turbación y malos rollos. Es probable que algunos la sigan considerando un título de culto por esta misma razón: mal rollo. Y es que este tipo de cine enfermo sólo tiene ese objetivo: que salgas de verla enfermo.

Lo curioso de una cinta como Holocausto caníbal y otras tantas que se estrenaron en su momento más o menos con la misma temática (ahora se me viene a la memoria La montaña del dios caníbal, con Ursula Andress escapando por la selva para no ser devorada por los antropófagos) es su retrato de todas aquellas tribus como una panda de salvajes aunque también la de mostrar a los blancos que irrumpían en su territorio como otra panda de salvajes. Sólo que un poco más hijos de la gran puta.

Este subcine ya no es el que era, de todas formas. En estos nuevos tiempos profilácticos parece que ya no tiene cabida aunque de tanto en tanto broten destellos como ha sucedido con la polémica A serbian filme y en su momento con aquel perverso movimiento alemán que alguien acuñó como ultra gore y que no tuve el gusto de paladear porque nunca he sido muy amante de la asadura. O casquería.

Holocausto caníbal no debe ser vista así como un título seminal del mal rollo hecho celuloide pero sí uno de los primeros filmes que traspasó las fronteras del subcine para ser comentado en revistas especializadas de las consideradas serias. Lo curioso del caso es que su director, Ruggero Deodato, especializado en cine sucio con acento italiano, dirigiría años más tarde la serie de televisión Océano, basadas en las novelas de Alberto Vázquez Figueroa y con respaldo millonario del Gobierno de Canarias.

Ví algunos capítulos cuando la pasaron por una televisión local que emitía en Tenerife pero salvo observar el brillo de algunas viejas glorias de Hollywood como Ernest Borgnine o a la gran actriz griega Irene Papas, poco más tengo en mente de ese desaguisado que hizo abrirle a unos (con muy mala fe) y a otros (como un rayo de esperanza) la idea de que era posible rodar cine en Canarias.

Coincidencias de la vida, compruebo ahora que la serie Océano terminó de rodarse en las islas hace veinte años. Un tiempo en el que no sé si era más feliz pero seguro que sí más inocente.

 Saludos, otra vez tontunamente nostálgico, desde este lado del ordenador.

No es la misma película que vi tantas veces…

Viernes, Octubre 29th, 2010

Debe ser por la fecha. Pero veo en casa dos películas que forman parte del disco duro de mi memoria.

Algunos dirán que esto no es cine serio sino facilón. Caza menor como gusta repetir a los que no salen de su torre de marfil pero que a mí me continúan pareciendo largometrajes caídos del cielo.

Sobre todo porque antes de que tuviera la gracia de verlos eran títulos de culto entre unos adolescentes enganchados a la ciencia ficción y la fantasía. Y entre esos nombres –algunos de cuyos filmes vimos en azoteas en la que se improvisaba con una sábana una sesión de cine de verano aunque fuera feroz invierno– si uno sonaba con reverencial respeto entre todos nosotros era Jack Arnold.

- He conseguido La mujer y el monstruo.- decía nuestro habitual proveedor por teléfono. Así que bastaba aquel mensaje para que la noticia se propagara en aquella pequeña jauría de aficionados de provincias para que nos citáramos en casa del camello para ver la de Arnold. Aunque se tratara de una versión reducidísima de treinta minutos.

Más tarde, afortunadamente, pude ver las películas de su director como tenía que verlas. Cierto es que sin el encanto pirata de contemplarlas mutiladas en una sábana blanca que parecía reírse de nosotros si soplaba el viento, pero al menos sí descubrirlas en cintas de vhs o en cine como me pasó solo con una de ellas.

El jueves pasado volví a verlas en dvd y en rigurosas versión original. Y volví a quedar noqueado por las dos historias que nos contó en pantalla este señor.

Las disfruté, además, obedeciendo a un criterio cronológico. Primero La mujer y el monstruo (1954) y después El increíble hombre menguante (1957), que fue el único de estos títulos que aprecié en pantalla grande.

Dejé para otra ocasión otras películas de Arnold de ciencia y ficción y fantasía como Llegó del más allá… y Tarántula pero fue hecho a posta porque para mi el mejor Arnold es el que se esconde en La mujer y el monstruo y El increíble hombre menguante.

Dos películas marcianas y deliciosamente claves para tomarse en serio este género antes de que llegara Stanley Kurick con su discurso solemne: 2001, una odisea en el espacio.

Claro que La mujer y el monstruo y El increíble hombre menguante trascienden las fronteras del género. No sé si será por su versión enfermiza del sexo.

Asunto que, a mi juicio, es más latente en La mujer y el monstruo que  en El increíble hombre menguante aunque el autor de la novela original, Richard Matheson, sí que incidió en este planteamiento: un hombre felizmente casado empieza a empequeñecer por culpa de una nube ¿radioactiva?

Por el contrario, en La mujer y el monstruo es la criatura quien se rebela ante la agresión que sufre su Laguna Negra por culpa de unos primos lejanos que se llaman humanos. Especie, sin embargo, que en su expedición a este remoto lugar del Amazonas trae a Eva. La mujer.

Claro que… lo que la bestia entiende bajo el agua como una ofrenda que le despierta sus más bajos instintos choca con los razonamientos de sus parientes en la noche de los tiempos. En especial el de su prima lejana.

El monstruo, sin embargo, no se resigna a estar sólo en su pequeño paraíso y hará lo imposible por conseguir a la mujer. Quién sabe si para formar una familia de mutantes…

Vistas hoy estas dos obras maestras imperfectas resulta curioso que me quede con el subtexto más que con el texto.

Es decir, que es verdad que al volver a verlas me encanta contemplar las pezuñas del monstruo de la Laguna Negra saliendo del agua para atrapar el tobillo desnudo de Julie Adams, o al protagonista de El increíble hombre menguante hacerle frente al gato como a la araña que reside en el sótano de lo que fue su casa siendo normal.

Pero no es lo mismo.

No, no es lo mismo.

Así que supongo que esto es lo que hace grandes a estas dos películas.

Que las vuelva a ver y no sea la misma película que vi tantas veces.

Saludos, arnoldianos, desde este lado del ordenador.

He visto cosa que no creeríais…

Viernes, Octubre 15th, 2010

“Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… a un hombre vestido de Godzilla aplastar la ciudad de Tokio. A Bud Spencer y Terence Hill liarse a cachetadas con bribones que no tenían nada que ver con Las Teresitas ni con el caso Malaya…

Todos esos momentos se perderán en la noche del tiempo como lágrimas en la lluvia.”

No dejo de pensar en como cambiamos a medida que transcurre el tiempo. Como se transforma nuestra percepción de las cosas. Claro que no sé si por suerte o desgracia el paso de los años –y los consecuentes hachazos que van tallando el edificio de nuestra madurez– hace que veamos de otra manera lo que antaño simple y llanamente nos fascinaba.

En mi no tan extraño caso llegué un maldito día  a la conclusión de que me había hecho mayor cuando me dispuse a ver por enésima vez El hijo de Godzilla (Jun Fukuda, 1967), una cinta cuyas sensaciones infantiles todavía pesaba en mi maltrecha memoria, y asco de adulto ¡me horrorizó!

Intenté encontrar las razones por la que aquella cinta me había robado el corazón y me justifiqué con la reflexión pringosa de que ese filme no dejaba de proyectarse en las sesiones de a las 4 de la tarde en mi época de niñato, y que como cualquier niñato que se precie me ponía del lado del monstruo y no de los humanos. En este caso un puñado de nipones con ojos rasgados.

En esta cinta, no obstante, Godzilla y su bebé se hacían buenos aunque eso no quitaba que los tipos que iban disfrazados con aquellos trajes de goma aplastaran la ciudad de Tokio, obsesión que tenía la bestia.

Pero fue verla pasado el tiempo de la inocencia y preguntarme seriamente qué demonios había visto en ella. O en ellas, porque meto en el mismo paquete a toda la familia de monstruos japoneses que nacieron al calor de Godzilla.

En mis tiempos como espectador de cine para nada mediatizado si había películas que no podía dejar de ir a ver con los amigos estaban también las protagonizadas por Bud Spencer y Terence Hill. No nos perdíamos ni una.

Reconozco que no he vuelto a ver ninguna de ellas por respeto a una relativamente feliz infancia y mocedad. Aunque puede ser eso, precisamente, el por qué suba hoy un comentario sobre las gozosas sensaciones que me asaltaban cuando disfrutaba (porque esta es la palabra: disfrutar) con estas naderías de producción italiana que durante unos años se convirtieron en una especie de largometrajes que todos teníamos que ver.

No me olvido de la primera que ví a esta pareja de cabestros: Le llamaban Trinidad, una curiosa parodia de los por aquel entonces más que populares espaguetis western. En el filme, el apuesto Terence Hill hace de Trinidad, un vaquero vago y dormilón pero rápido como una centella con el gatillo.

Este filme explota las constantes que han hecho grande a este subgénero que reinterpretó a la europea las claves del género por antonomasia del cine americano, solo que destacando el feísmo que el maestro Sergio Leone explotó con sabiduría cinéfila en su trilogía de los dólares. En Le llamaban Trinidad estas claves se acusaban con guasa en una serie de gags altamente tóxicos por escatológicos (lo que generaba la carcajada de la chiquillada en la sala) y los ya célebres mamporros que Bud Spencer y Terence Hill repartían entre los malos monigotes a los que se enfrentaban.

Como todo buen aficionado sabe, Trinidad tuvo una secuela que circuló en nuestro país con el título de Le seguían llamando Trinidad.

Fue tanto el éxito de esta gigantesca tontería que Spencer y Hill continuaron protagonizados juntos películas que no había forma humana que me perdiera. Se me vienen a la loca cabeza Y si no, nos enfadamos (1974) y Dos súper-policías (1976) y su secuela Dos súper-policías en Miami (1985), ambas rodadas en los Estados Unidos y que a su manera son antecedente de las monerías que años más tarde haría Eddie Murphy con su Superdetective en Hollywood pero sin la desarmante estupidez de las interpretadas (porque estaban interpretadas) por Hill y Spencer.

No he vuelto a ver ninguna de estas películas pasado el tiempo. Probablemente porque me he hecho a mi manera mayor y mi sentido de la responsabilidad cinéfila puede más que el de la irresponsabilidad cinéfaga, pero no descarto volver a verlas un día de estos con el temor (afirmo sincero) de que el mundo se me venga al suelo y me pregunte una vez más ¿cómo diablos me podía gustar eso?

Por ello pienso que lo mejor es dejarlas encerradas en ese rincón de mi cerebro donde guardo todos los pedazos de un tiempo que no sé si fue mejor pero a su manera seguro que sí más feliz.

Recuerdo de estos largometrajes el sonido de las cachetadas, los eructos y cuescos en sensurround y los platos de judías que se echaba a la garganta Trinidad/Hill. En definitiva, momentos lúdicos de todo a cien donde la violencia que se mostraba era casi la misma que enfrenta a dos payasos tirándose tartas en el circo.

Veías las películas. Te descojonabas de la risa y salías entusiasmado con los amigotes para contar las mismas tonterías que horas antes habías visto en pantalla grande mientras devorabas un perrito caliente.

Y pienso ahora que será por eso que todas estas películas que vi en mi infancia me sepan a perrito caliente porque el perrito caliente era inevitable que cayera en mi estómago cuando aparecía el FINE con todas sus letras anunciándonos que se acabó lo que se daba.

Y como se acabó lo que se daba…

Saludos, intentando reconocerme en aquel niñato que fui, desde este lado del ordenador.