Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

Tres impactos…

Domingo, Octubre 3rd, 2010

Cae la noche y ya es tarde, muy tarde. Me permito así tres impactos a los depredadores que visitan este blog.

PRIMER IMPACTO

Exigirles que se hagan un favor y se procuren por los medios que puedan La vida en tiempos de guerra, del cineasta norteamericano Todd Solondz. Si tienen la suerte de conocerlo no hace falta que les asegure que el visionado de esta película resulta, francamente, demoledor. Una emoción que hoy, desgraciadamente, no procura la mayoría de los títulos que tengo la suerte de digerir.

La veo en la coqueta sala del TEA, medio llena. Y me quedo clavado en la cómoda butaca.

Si alguna virtud tiene el cine de este caballero es que además de contar historias tiene la notable capacidad de estrujarte el corazón. Cine poblado de personajes incómodos y neuróticos que le dan la vuelta al calcetín producto de nuestra sospechosa moral judeocristiana.

Aún estoy conmocionado.

SEGUNDO IMPACTO

Lean este artículo que Alfonso González Jerez publica hoy en Diario de Avisos. De la risa inicial he pasado a la mueca más triste. Será porque hace pensar. Un privilegio en este mundo de simios.

TERCER IMPACTO

Para aligerar la cosa y echarse unas risas les invito a que vean y escuchen el gamberro análisis que Paco y Viru hacen del cine más demoledoramente trasnochado en la sección Videofobia alojado en el blog Viruete.com. Hacía tiempo que no me reía tanto.  De verdad, cinéfilos y cinéfagos, pasen y vean… 

Saludos, con los ojos cubiertos de lágrimas (no sé si de la risa o de la pena), desde este lado del ordenador.

¡Macarras del mundo, uníos!

Domingo, Agosto 22nd, 2010

Reclamo su espacio al cine que pergueña –con toda la sinceridad que sus músculos aún le permiten–  Sylvester Stallone. Siempre he pensado que a Stallone le pierde su cara de tonto y su ideología ultraconservadora para que su obra pueda digerirse en las tripas de todos aquellos espectadores que rechazan su cine. Ellos se lo pierden, porque encerrarte en una sala y dejarte arrastrar por su encendido sentido de la violencia continúa siendo uno de los momentos más mágicos (quizá por auténticos) con los que este humilde espectador aprecia esto del cine. Y si ese cine cuenta con sello, como es el de Stallone, la fiesta puede alcanzar proporciones magnéticas.

En definitiva, que me gusta. Y me gusta porque cuando llega su estruendoso The End suelo salir de la sala sin la extravagante sensación de que una vez más me han tomado el pelo. Stallone casi siempre te da lo que esperas: ración de leñazos, diálogo de locos, mala hostia gringa y un machismo exasperante que hay que tomarse a risa.

Casi como si le rindiera homenaje a su peculiar Rambo (la cuarta entrega sigue superando a las tres anteriores) presenta ahora Los mercenarios, un título que sabe a clásico del cine macarra, en el que las viejas glorias del subgénero hiper vitaminadas parecen querer ceder el paso a la nueva generación de mamporreros cinematográficos.

Puede que sea un revival de los ochenta, como se ha escrito por ahí, pero no lo creo. Los mercenarios me sabe a filme crepuscular en todo caso, a poner punto y final a una forma de hacer y entender el cine de acción. Los viejos rockeros dejan las guitarras (aunque su final abierto intuya quizá una segunda y tercera parte) para que los nuevos rockeros experimenten con nuevos sonidos.

El espíritu, en todo caso, pervive. O el fin justifica los medios para que un tipo solo o en compañía de otros tipos sacados de un gimnasio sean capaces de arrasar con medio mundo por sus santos cojones.

Más que ideología ultraconservadora, Stallone es un ácrata camuflado. O un nihilista en estado puro. Un dinamitero al que no le gusta la deriva del mundo. Su cine resulta por ello tan necesario en estos días de confusiones varias. En estos días reblandecidos y miedosos.

Por ello, sacar conclusiones políticas a las películas de este señor es como sacar petróleo debajo de mi casa. A Rocky no le interesan las ideologías. En todo caso, sí que le preocupa que se desmorone el feroz individualismo de los que no tienen casta. Su cine es el de un lobo estepario. El de un lobo de pelo gris que aún conserva su dentadura. En Los mercenarios se reúne con otros lobos para reivindicar en manada que está ahí. Y que nada ni nadie será capaz de callar su voz. Su mirada. Su autoría, sus ganas de dar batalla.

Cine gañán, políticamente incorrecto y deliciosamente idiota, me pregunto todavía cómo pasa desapercibido su bestial amor al cine en la cinéfila. Su visionado es obligatorio para los que todavía no se han quedado ciegos. Es espectáculo elevado al cubo para todos aquellos que disfrutan con un buen destrozo en pantalla grande.

Y todo, hecho por un grupo de actores y un cineasta a los que ahora sólo puedo exigirles que en la próxima le machaquen las cabezas a los cretinos del Equipo A.

Saludos, sintiendo aún las piernas, desde este lado del ordenador.

‘La hija de Ryan’ cumple 40 años

Viernes, Agosto 6th, 2010

He aquí otra película que cumple 40 años. No se trata de una de las súper producciones más celebradas de su director pero sí que se trata de uno de sus títulos más intimistas y cautivadores. La épica que respira La hija de Ryan es la de una mujer condenada pero también liberada por amor. El resto, el pequeño pueblo irlandés en el que se desarrolla la acción y la presión que ejercen los nacionalistas por sacudirse del yugo británico, parte de un escenario donde su protagonista toma conciencia de sus pasiones y deseos.

No sé si algunos considerarán a La hija de Ryan como un filme preocupantemente  feminista porque siéndolo no es preocupante. Es más, tengo la sensación que a su director, David Lean, le interesaba mostrar cómo sale de la jaula su joven heroína (porque lo es) Rosy Ryan, que interpreta una estupenda y atractiva Sarah Miles.

El resto de los personajes giran a su alrededor. Quien será su marido, un pétreo pero impotente Robert Mitchum (qué pedazo de actor para los que sigan opinando que sólo era un cuerpo pétreo) y su amante, al que da vida Christopher Jones, un principiante que no tuvo suerte en el cine. De hecho, la biografía de este principiante que no tuvo suerte en el cine se antoja mucho más interesante que su posterior e irregular carrera en el cine.

La cinta cuenta además con admirables secundarios: Trevor Howard, John Mills, Leo McKern… y un paisaje, Irlanda, que la mirada de Lean muestra con todo el esplendor de su indómita e irreductible belleza.

Confieso que cuando vi por primera vez La hija de Ryan no sacudió mi conciencia como posteriores visionados sí me la despertaron. Es probable que estuviera condicionado por otras de sus grandes producciones, películas que forman parte de mi memoria cinéfila en un lugar destacado.

Me refiero a sus aplastantes obras maestras Lawrence de Arabia y El puente sobre el río Kwai. También, aunque en un lugar discreto, su Doctor Zhivago.

Cometí entonces con La hija de Ryan el error de pensar que iba a ver una gran película histórica de Lean, eso, razono ahora, quizá explique porque se me quedó atravesada en la garganta. Como una molesta espina.

En contra de los dos primeros títulos citados, historias masculinas y épicas, de caballeros probablemente ya inexistentes, La hija de Ryan como Doctor Zhivago se trataban de películas de amor, de esas que podías ir acompañado de tu chica porque, pensabas, eran para chicas.

El tiempo, por fortuna, me hizo ver las cosas de otra manera. Y que La hija de Ryan poco a poco fuera creciendo a medida que la veía. Hoy se trata, de hecho, de uno de esos títulos a los que recurro cuando el pesado calor de agosto sólo te invita a que te quedes en casa. Y ayer mismo, mientras recibía la poca brisa que mi ventilador de fabricación china me proporciona, la volví a ver sin saber que este título cumplía en 2010 cuarenta años.

Se recurre con frecuencia a calificar cualquier cosa de obra maestra por la sencilla razón que nos dejó marcado al rojo vivo. Invito a la tribu a que revisen sus obras maestras pasado el tiempo para comprobar si continúan igual de vivas en sus emociones. A mi pasa con un puñado de títulos, otros se han quedado en el camino. Y en ese puñado se encuentra La hija de Ryan, quizá porque con el paso de los años la he ido apreciando con la justicia que se merece.

Quizá sea porque cuando la contemplo descubro nuevas lecturas, matices que se me pasaron desapercibidos en otros visionados. Y sé que estas nuevas lecturas y matices volverán a brotar en mi cabeza cuando otro agosto –si continuo entre los vivos que están muertos– regreso a esa Irlanda hermosa pero rota, y observo pasear en la orillas de la playa a esa mujer indómita que fue capaz de darlo todo al descubrir que lo mejor que somos lo llevamos bien adentro.

Llámenlo unos pasión.

Llámenlo otros deseo.

Si no la han visto: véanla.

Y si la han visto: vuelvan a verla.

Saludos, cinéfilos, desde este lado del ordenador.