Archive for the ‘Libros’ Category

Vigilia en Velora, cuentos de Iván Cabrera Cartaya

Miércoles, Abril 28th, 2021

Ocho son los cuentos que recoge Vigilia en Velora, de Iván Cabrera Cartaya, libro que obtuvo el Premio de Relato Corto Isaac de Vega en 2019. Se tratan de historias en las que se revela a un escritor que nada como pez en el agua en este género literario.

Reconocido más como poeta que como narrador, y a la espera de que se publique de una vez su primera novela (me consta que duerme la siesta en el despacho de una editorial de las islas), Vigilia en Velora me descubre a un autor que no cesa de sorprenderme con unas historias en las que se escucha el latido de la vida y al mismo tiempo desgrana, recurriendo a distintos palos de estilo y tendencia, relatos que en mucho de los casos han sabido conmoverme y, al mismo tiempo, despertar mi atención, algo fatigada estos últimos días, tan repletos de incertidumbres, de miedo a lo que vendrá, de futuro inestable…

Los dos primeros relatos que reúne el volumen, Santa Teresa y Velora, quizá resulten los más poéticos del libro pero no son, sin embargo, los que más me agradaron aunque reconozca en ellos pese a su difuminado acabado, ganas de mostrar más sentimientos que historias. Y no se trata que estos cuentos carezcan de hilo argumental, que los tiene, sino que dan la sensación que se pierden en un texto que prioriza la palabra y lo que sienten los personajes más que al destino que los conducirá el desenlace.

Pesa en todas las historias un aire de fatalidad, pero una fatalidad muy unida a la sensación de pérdida del tiempo. También se detecta como constante la amistad (muy representativa en A espaldas del sol, el cuento más extenso de los que se incluyen en el libro) y el amor. Un amor que explota y se derrama en El reencuentro, que cuenta además con un final que me recuerda vagamente al mejor Roald Dahl, sobre todo cuando se vuelve ácido más que irónico.

El tercer cuento, A espaldas del sol es como se ha dicho el más extenso en páginas de los cuentos que convoca Vigilia en Velora, también es el más directo de los que se presentan ya que no hay tanto interés en cultivar un estilo copioso en palabras y frases ingeniosas, sino en contar una historia que, como todas las buenas historias, relata un viaje y una pérdida. Lo de viaje es por el itinerario interior que asume el narrador del relato y lo de la ausencia es por la brusca desaparición de uno de los amigos del protagonista que es quien cuenta en primera persona lo que sucedió y la huella amarga que dejó dentro de él.

Leyéndolo me di cuenta que aquí había una buena historia para visualizar como largometraje (expandiendo las acciones) o como cortometraje (reduciéndolas). Lo que se describe resulta cercano y el escritor controla con experiencia los mandos de una nave que navega y rompe las olas porque está seguro de llegar a destino.

Vigilia en Velora recoge, finalmente, otros cinco relatos que llevan por título La lectora de la Biblia, La isla, La noche y el olvido, Pibe y El reencuentro. Si algo caracteriza este quinteto de cuentos es que todos, absolutamente todos, abordan situaciones completamente distintas a los relatos anteriores y están escritos con estilos radicalmente distintos.

Son en estos cinco cuentos en los que se revela el talento como narrador de Iván Cabrera Cartaya ya que pasa del lenguaje poético a uno ligeramente realista para pasear en otro, y como quien no quiere la cosa, a un retrato con acento marcadamente argentino. Esta capacidad de transmutación obliga a tomarse muy en serio la capacidad de narrar del ahora cuentista aunque sí que se agradecería que se centrara más en lo que cuenta que en cómo lo cuenta. Con todo, los relatos cumplen la máxima de exigir a un cuento brevedad, y los relatos de Vigilia en Velora lo son salvo A espaldas del sol.

Habrá alguien, también, que subraye la influencia no disimulada que siente Cabrera Cartaya por la literatura de grandes del cuento iberoamericano como Adolfo Bioy Casares. De hecho, la cita que aparece antes de entrar en los relatos, es de este autor, íntimo de otro grande del relato corto, Jorge Luis Borges.

Si tienen ocasión, les recomendaría que aprovecharan para dejarse arrastrar por las historias que propone Iván Cabrera Cartaya en este volumen que incluye, como se dijo, cuentos que además de estar muy trabajados tantean con oficio todos los géneros. Destacaría, porque es un asunto que me toca muy de cerca, el titulado La noche y el olvido, en el que se relata con ecos discontinuos a Casares e incluso al mismo Borges, un intento de atentando a Franco en Tenerife por un grupo anarquista en los albores de nuestra Guerra Civil.

Se le puede criticar a estos cuentos que no terminen de afinar lo que quieren contar (pero es un rasgo premeditado, se nota en algunos casos) y que parezcan que marean la perdiz más que otra cosa. También el peso literario que respiran muchos de ellos pero nadie podrá negarle al autor la capacidad que tiene de transportar a lector a esos mundos que recrea y que a veces, solo a veces pero esto ya es suficiente, consiga emocionar a quien lo lee, como fue mi caso, quien agradece el entusiasmo y el rigor con el que están escritos no uno ni dos, sino los ocho cuentos de un libro que firma un escritor y poeta con arrolladora personalidad.

Saludos, así sea, desde este lado del ordenador

Harvey, una novela de Emma Cline

Lunes, Abril 26th, 2021

“Podría visualizar el plan, ver cada paso del proceso, todo el asunto desplegándose limpiamente en su imaginación, sin titubeos ni interrupciones. Ruido de fondo, el libro imposible de llevar al cine. La vuelta de Harvey a las tablas. ¿Por qué iba él a terminar aquí, en este planeta, en el año 2020, alojado en una casa que resultaba estar al lado de la de Don DeLillo, si no era con ese preciso propósito, si no era para topar con esta precisa circunstancia, para experimentar este encuentro fortuito de ambas mentes?

(Harvey, Emma Cline. Traducción: Inga Pellisa, Panorama de Narrativas, Anagrama, 2021)

Emma Cline es una escritora norteamericana de reciente aparición. Con solo dos novelas ha conseguido que escritores consolidados estadounidenses y de otras nacionalidades la reciban con la sonora ovación de alguien que ofrece otra mirada a sucesos de los que se han hecho eco los medios de comunicación, disimulando en sus novelas la tragedia con protagonistas que llevan otros nombres y alterando lo suficiente algunos hechos para hacerlos pasar como ficción.

Si en Las chicas la historia se inspiraba en Charles Manson y su grupo de acólitos, en Harvey hace lo mismo con Harvey Weinstein, fundador junto a su hermano de Miramax y durante años uno de los productores más influyentes del cine norteamericano hasta ser acusado de abusos sexuales.
Una de las claves de Emma Cline es aproximarse a casos tan espinosos desde dentro, a través de los ojos de uno de los miembros del clan Manson en Las chicas y en Harvey siguiendo a su protagonista el día antes de que se pronuncie la sentencia de su juicio.

Esto permite a la escritora no juzgar (aparentemente) a sus protagonistas, lo que dota en una primera lectura la sensación de que su mirada sobre todos ellos es neutral. Neutral incluso cuando retrata momentos que no los engrandecen precisamente.

Sí que se ha preocupado Emma Cline en Harvey de cuidar lo que escribe. Tanteando, sin escorarse a un lado u al otro, un retrato humano de un personaje que creyó que podía hacer absolutamente todo por el poder que manejaba.
La novela apenas araña el centenar de páginas por lo que se lee prácticamente en unas pocas horas. Resulta muy atractivo conocer cómo presenta la caída de un poderoso. Un narcisista que incluso antes de conocer cuál será la sentencia no cree que termine siendo culpable. Eso sí, se asiste durante toda la novela al nacimiento de muchas dudas que van royendo su fe en sí mismo. Las señales comienzan a multiplicarse. Y no solo a través del trato que recibe en los medios de comunicación sino en que muchos de sus amigos dejan repentinamente de llamarlo.

Harvey intuye que empieza a ser un apestado en Hollywood, pero no termina de creérselo ya que no puede imaginar su caída tras haber tocado prácticamente el cielo de Hollywood. Del cine.

La novela de Emma Cline cuenta todo esto con una sencillez que desarma. Y tan solo, ya se ha dicho, en apenas un centenar de páginas. Nos levantamos con el protagonista, que lleva una pulsera de vigilancia en el tobillo: “hora de vestirse, de volver otra vez al lío. La pulsera del tobillo era tan fina que en realidad sí que parecía más bien una pulsera. Pero aún siendo tan ligera tenía la sensación de que interfería en sus andares, esa pequeña molestia, siempre presente, que nunca se disipaba del todo en el fondo”, y le seguimos a lo largo de un día que no es el de siempre aunque él se esfuerce en pensar lo contrario.

En el libro se da también un retrato del Hollywood que no se ve en el cine. Es el Hollywood de los mandamases, de los que controlan el dinero para hacer las películas. A ese mundo pertenece Harvey y por lo que piensa, parece que nació para ser uno más de la jauría que invierte su tiempo y dinero en hacerlas posibles. Y por lo que se lee, parece que conoce muy bien este negocio. Lo controla. O controlaba antes del día que dedica Emma Cline a perseguirlo, no acosarlo, en su novela.

El retrato que pinta resulta interesante. Y eso que se nota que no es un personaje, Harvey, que le caiga especialmente bien a la escritora, quien lo va desmitificando a medida que avanza la novela pero sin subrayarlo. Deja anotado momentos que no dan una imagen idílica de Harvey, sino la de un hombre que presiente su derrota. La incertidumbre de la sentencia pese a que crea cuál será su resultado, retrata a un personaje que presiente su fin aunque piense que sigue siendo el mismo de siempre.

“Una siesta corta, el televisor que había sobre la cama en silencio. La baba en un riachuelo reseco que le bajaba por la mejilla, rasposa allí donde asomaba la barba”.

Además de Harvey aparece otro personaje real en la novela. Se trata del escritor Don Delillo del que Harvey –se explica– quiere adaptar al cine Ruido de fondo. Esta película será su gran reentrada en Hollywood. Con esta película y con el nombre de DeLillo en cartel espera volver a alcanzar la posición de la que disfrutaba antaño.

“Sería como Bob Evans, pensó, el corazón agitado, cuando reunió a Towne y a Nicholson para hacer Chinatown. Todos impulsados por la cocaína Merck más pura y la certeza de estar haciendo algo especial. Y ahí estaba: el plan perfecto. Su propia Chinatown, solo que mejor, porque no haría falta que ese rarito de Polanski la reescribiera entera”.

Harvey condensa en muy pocas páginas este retrato sobre un ídolo caído y en la brevedad se aprecia el temple como narradora de Cline. Emma Cline.

Anótenlo, quédense con el nombre

Abierta la convocatoria de los Premios Culturales 2021 de la Universidad de La Laguna

Viernes, Abril 23rd, 2021

El Boletín Oficial de Canarias (BOC) publicó en su edición del lunes 5 de abril las convocatorias de los premios culturales que la Universidad de La Laguna, a través de su Vicerrectorado de Cultura y Participación Social, abre cada año con el fin de distinguir el trabajo de diferentes disciplinas literarias, plásticas y cinematográficas y de promocionar y difundir los valores artísticos y sociales en el seno de la universidad y en la sociedad en general. Las bases completas de cada uno de estos premios, así como las características de las que deben disponer las piezas presentadas, se pueden consultar esta página web. El plazo para presentar las propuestas será de un mes desde la publicación de estas bases en el Boletín Oficial de Canarias y la inscripción se realizará de manera online a través del enlace con el que cuenta la descripción de cada certamen. En concreto se han convocado los siguientes premios:

XXV Premio Internacional de Fotografía Rafael Ramos García, cuyo objeto es premiar a la mejor serie fotográfica, que debe estar compuesta por cuatro fotografías con una unidad temática, y a la mejor fotografía individual. Los galardones están dotados con 1.500€ y 600€ respectivamente. Podrá participar en este certamen cualquier fotógrafo/a independientemente de su nacionalidad o residencia.

El XVI Premio de Música, en el que pueden participar grupos o intérpretes individuales residentes en Tenerife que trabajen cualquier estilo musical y en el que se valorará la calidad interpretativa, las composiciones propias e inéditas la creatividad y originalidad y la puesta en escena. Se otorgarán dos galardones: un primer premio dotado con 1.400€ y un segundo premio de 600€. Se convoca igualmente el XXIII Premio Internacional de Poesía Luis Feria, provisto de 1.000€. Podrán optar los autores y autoras mayores de 18 años con independencia de su nacionalidad y residencia. Cada participante podrá presentar como máximo un poemario de temática libre cuyo número de versos no podrá ser inferior a 300 ni superior a 500.

Del mismo modo, al XXIV Certamen Internacional de Teatro de Autor Domingo Pérez Minik podrán acceder también autores y autoras mayores de 18 años independientemente de su nacionalidad o residencia. El ganador o ganadora que disponga el jurado recibirá una compensación económica de 1.500€. Cada participante podrá entregar como máximo un texto teatral. En el XXIV Premio Nacional de Pintura Emilio Lite, en el que se repartirán 3.300€ entre los tres ganadores (1.500€ al primer premio, 1.000€ al segundo premio, 800€ al tercero), podrán participar artistas que independientemente de su nacionalidad residan en España y presenten al certamen una o dos obras pictóricas.

Por su parte, los guiones presentados al XXVI Certamen Internacional de Guiones Cinematográficos de cortometrajes han de ser originales e inéditos y su extensión no deberá superar las doce páginas. La temática es libre y deberán presentarse sin anotaciones técnicas y con una sinopsis argumental de una página. El premio en metálico es de 800€ y podrá concurrir a él cualquier autor mayor de 18 años. El V Premio de Relato Breve Amadou Ndoye tiene como objeto reconocer los mejores relatos breves de autoría africana escritos por personas vinculadas al estudio y difusión de la lengua española y su literatura en África. Este concurso consta de dos modalidades: la modalidad A con un premio de 1.000€ y la B con una retribución de 500€, nace con la firme intención de promover la cooperación y el entendimiento entre Canarias y África.

Para el XXIV Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve, provisto de 1.000€, podrán participar los autores y autoras mayores de 18 años con independencia de su nacionalidad y residencia. Cada participante podrá presentar como máximo un relato breve, cuya extensión no podrá superar la de cinco páginas Din-A4 y 28 líneas por cada una de ellas. Por último, en el II Premio Nacional de Escultura Mª Belén Morales, cuyo primer y único premiado recibirá 2.500€, podrán participar los artistas que presenten una escultura o un conjunto escultórico atendiendo a los criterios recogidos en las bases del concurso. El jurado evaluará la ejecución de la técnica empleada, la creatividad y originalidad, así como el carácter inédito de la obra y la calidad en la presentación y en la ejecución material.

En total, la dotación presupuestaria para asumir el importe global de los premios convocados en el año 2021 por la Universidad de La Laguna será de 15.700€. Los Premios Culturales, que se entregan ininterrumpidamente desde 1996, constituyen una de las principales iniciativas culturales de esta institución académica que tiene entre sus funciones el servicio a la sociedad, la difusión del conocimiento y la cultura a través de la extensión universitaria y la formación a lo largo de toda la vida. En consonancia con ello, desarrolla actividades formativas, de divulgación y culturales dirigidas hacia la comunidad universitaria y la sociedad en general.

Saludos, informando que es gerundio, desde este lado del ordenador

Siguiendo un Rastro que ya no es mi Rastro

Miércoles, Abril 21st, 2021

Más de un año cerrado. Otra víctima de la pandemia que recorre el mundo. Con todo, el mundo intenta volver a la normalidad pese a que tras el confinamiento nada es igual que hace, demonios, poco más de un año.

Visito con un amigo el Rastro de Santa Cruz de Tenerife. Ahora ubicado en una zona de aparcamientos de las instalaciones portuarias de la ciudad, más o menos frente a la delegación de Hacienda y un poco más allá el palacio del Cabildo Insular. Hago cola pero no se mantienen las distancias. Con todo, se agradece el irregular cumplimiento de las nuevas normas sanitarias que tienen el objeto (a ver si nos vamos enterando) de velar por nuestra salud al poner freno al virus que parece que flota por todas partes.

Quedamos en la puerta de la Recova, Nuestra Señora de África, y bajamos. Recuerdo, mientras descendemos, aquellos domingos en los que recorría los puestos distribuidos alrededor de, precisamente, el antiguo Mercado de abastos de la ciudad y cómo se expandían domingo sí, domingo no, por las ramblas y calles adyacentes. En aquel Rastro encontré de casi todo pero sobre todo libros. Libros que no recuerda nadie, libros de años de la pera, libros firmados por grandes escritores y libros con fotos de padres e hijos entre sus páginas y que no conoceré jamás pero que ahí siguen, entre las hojas de ese libro donde alguien tuvo que dejarlas olvidadas… En fin, que ir entonces al Rastro era una aventura.

Aventura pero menos es la del nuevo Rastro en tiempos de Covid-19. Y no por qué se tenga que hacer cola para entrar, ni porque te laves las manos con gel hidroalcohólico antes de cruzar el sagrado umbral sino porque no, no es el mismo Rastro. Ni siquiera recoge –aunque sea un poquito– su espíritu.

En cuanto a lo que voy, que es la caza de libros. Salvo un puesto que lleva un conocido no encuentro nada. Bueno, en otro, una tonga de novelas entre cachivaches de todas clases. Entre otros, una cruz de hierro que vale diez euros porque no es original, dice el que lleva ese kiosco.

Una sensación amarga la que percibo mientras voy de puesto en puesto. Sin encontrar nada de mi interés. A este Rastro, pienso, será imposible dedicarle una oda. Un poema o al menos un relato. No tiene la magia del otro, que a base de años terminó por adquirir una identidad que lo hacía diferente. Lo que incluye, y que Dios me perdone, las justificadas quejas de los vecinos.

El sol, mientras tanto, aprieta. El cielo tiene ese azul que solo tiene el cielo de mi pequeña capital de provincias y aunque tengamos el mar a unos cuatrocientos metros no se escucha su murmullo sino el ir y venir de otros ociosos paseantes a los que observo con declarado interés.

No encuentro en sus miradas ni en sus rostros ni en la forma de caminar entusiasmo por encontrar algo entre tanta mesa dispuesta con objetos de todas clases. Un cliente al menos regatea el precio de unas revistas del año en que nació Matusalén, pero el viejo que lo atiende está más pendiente de nosotros que del chaval que dice que mejora su oferta subiendo su regateo a un puñetero euro. El viejo se ríe. Nosotros nos vamos y no sé si al final se cierra el negocio aunque algo me dice que..

Con todo, flota una incierta tristeza en el ambiente. La sensación de que no mereció la pena espera un año y poco más para esto. Por mucho que digan unos que es transitorio, que la idea es volver en diciembre al espacio original si el fantasma que recorre el mundo cede y deja espacio no a esa nueva normalidad en la que estamos instalados sino en la vieja, que es la que evoco en mi cabeza mientras doy vueltas por este Rastro improvisado en el que no encuentro nada de interés. Libros, al menos, que despierten mis casquivanos sentidos.

De momento, y visto lo visto, no creo que vuelva al nuevo Rastro. No es mi Rastro, no es aquel Rastro que visitaba casi todos los domingos con la fe de encontrar algo distinto.

Lo único que no cambia, pienso mientra salgo del espacio acotado, es el sol que casca las piedras. Los goterones de sudor que se deslizan por mi frente. El jadeo constante, lengua fuera incluida, de Kala. Que tira de la correa como si quisiera alejarme de un Rastro que, reitero, para nada es mi Rastro.

FOTO: Andrés Gutiérrez / El Día

Saludos, amén, desde este lado del ordenador

Don Quijote según Orson Welles

Martes, Abril 20th, 2021

“Lo que yo buscaba era un tono primitivo e improvisado”

(Quijote Welles, Agustín Sánchez Vidal, Fórcola Ediciones, 2020)

Se ha escrito mucho sobre Orson Welles y se ha escrito bastante también sobre uno de sus proyectos largamente acariciados, Don Quijote, trabajo que fue una de las grandes obsesiones del cineasta no ya por su personal aproximación al caballero de la triste figura sino por lo que quería representar con una película que no llegó a completar y de la que se conservan numerosos fragmentos. Algunos de ellos, escribe Agustín Sánchez Vidal, a la espera de ser encontrados en armarios cubiertos de polvo y hacinados en sótanos de hoteles y apartamentos en los que residió Welles durante una vida marcada por el genio así como por un nomadismo que lo llevó a recorrer medio mundo.

Considerado por la crítica y gran parte del público iniciado como uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, se ha escrito mucho sobre el talento de Orson Welles, también de cómo fue perdiendo autoridad sobre su trabajo tras el ostracismo al que le sometió la industria con el estreno de Ciudadano Kane, su primer largometraje y su pasaporte al infierno cuando Hollywood conspiró para hacerle el vacío. El cine de Welles cuenta así con varias etapas diferenciadas. La primera es la hollywoodiense donde además de dirigir Ciudadano Kane, dirigió también El extraño, El cuarto mandamiento, La dama de Shangai y Sed de mal, estas últimas con presupuestos raquíticos pero brillantes ejercicios de género mientras su segunda etapa, la errante, es aquella que lo llevó a recorrer medio mundo trabajando en toda clase de películas para cobrar y pagar de paso sus trabajos, cada vez más personales y su extravagante nivel de vida.

En este período se encuentran sus filmes inspirados en la obra de Shakespeare y creaciones tan originales y emparentadas con su Kane como Mr. Arkadin, que fue una de sus películas rodadas en España. País al que amó con desatada pasión.

Agustín Sánchez Vidal cuenta la vida y las obsesiones del director y guionista en Quijote Welles (Fórcola, 2020), un voluminoso trabajo en el que noveliza el interrumpido rodaje de su Don Quijote no bajo la forma de un sesudo estudio sino de una ficción que tiene mucho de realidad.

El autor recurre a una invención literaria, una joven periodista que vive en la ciudad de Los Ángeles, que se propone realizar una biografía del cineasta norteamericano, para lo cual además de hablar con el interesado, charlará con actores y actrices, amigos y gente del cine que lo conoció y en muchos de los casos trabajó con él.

El hilo que escoge Agustín Sánchez Vidal resulta cuanto menos original para narrar en su voluminosa novela (de casi 700 páginas) la vida y obra de un genio absoluto. También de un prestidigitador dentro como fuera de la pantalla. Se agradece que Sánchez Vidal sea tan minucioso en esta reconstrucción sobre la película que no pudo llegar a ser, así como en las conclusiones que arroja, todas ellas inspiradas en reflexiones del mismo Welles que el autor del libro ha ido recogiendo por ahí para confeccionar la obra.

Sí que se le puede criticar al escritor, catedrático emérito de Cine en la Universidad de Zaragoza que no haya incluido al final una bibliografía, sobre todo para contrastar algunos de los pensamientos del Orson Welles que presenta en el libro pero al margen de estos detalles y al margen de su extensión, Quijote Welles es un libro que disfrutará el aficionado iniciado en la vida y obra de un hombre genial. De un artista que nació para ser cineasta aunque primero se labró reputación en el teatro y en la radio, a él se debe la adaptación de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells. Una emisión que hizo historia al desatar el caos en varias ciudades y pueblos de Norteamérica donde muchos de sus habitantes creyeron que estaban siendo invadidos por hombrecillos verdes venidos del planeta rojo.
El libro de Sánchez Vidal está plagado de anécdotas, muchas de ellas conocidas y otras no, y de entrevistas muy jugosas con Orson Welles y con quienes trabajó, gente como John Huston y Charlton Heston entre otros.

Estructurado en 16 capítulos, la mayoría giran en torno a su Quijote inconcluso pero también aborda otras películas poco o nada conocidas del cineasta como Una historia inmortal, basada en un relato de Karen Blixen/Isak Dinesen y Al otro lado del viento, esta última estrenada en 2018, aunque significó cuarenta años de desarrollo para un artista tan perfeccionista como lo fue Orson Welles.

Se aprecia leyendo el libro que Agustín Sánchez Vidal además de conocer la filmografía de Welles intenta dar credibilidad al retrato huidizo (y convocado al modo de Kane, al ser visto sobre todo por otros) de un hombre que amó la vida. Vida que literalmente devoró cuando llegó a España. Su Quijote es, de hecho, afirma el autor del libro, un canto de amor no solo a la inmortal novela de Miguel de Cervantes sino a un país, España, que llevó en el corazón desde que lo descubrió. Su filme inacabado es un canto emocionado al Don Quijote y España. Libro que toma como referencia para reflexionar sobre lo que significó para él este país.

Su Quijote reflejaría su mirada sobre la realidad española. Una mirada primero festiva y más tarde amarga al comprobar cómo se transformaba esa tierra en la que creyó encontrar sentido al arte y a la vida. Pese a que no disfrutara demasiado de la modernización que en los años sesenta comenzó a cambiar la realidad española, Orson Welles continuó rodando el que ya sabía iba a ser su testamento cinematográfico, su inconclusa y personal película sobre Don Quijote .

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador

Luis Palmero: “Me interesa más esconder que dejar ver”

Martes, Abril 13th, 2021

Condensar cuarenta años de trabajo no es una tarea fácil pero eso es lo que intenta mostrar Escalas (1980-2020), exposición sobre la obra de Luis Palmero (Tenerife, 1957) que se exhibe en TEA Tenerife Espacio de las Artes hasta el 9 de mayo. La muestra lo ha resuelto al proponer un diálogo con las diferentes etapas que marcan la obra de un artista que no deja indiferente a nadie. La retrospectiva consta de unas sesenta creaciones que permiten observar la evolución de Luis Palmero, y que refleja la madurez de un artista que a la edad de ocho años sintió la llamada del arte .

- Escalas resume cuarenta años de trayectoria artística.

“Sí, de hecho tanto Nilo Palenzuela, el comisario, como yo mismo tuvimos de entrada muy claro que la exposición tenía que reflejar toda la trayectoria y así se ha hecho aunque siempre está el problema del espacio lo que obliga a seleccionar obra para que quede bien, lo que se hizo. Sí, creo que en Escalas ha quedado representada toda mi obra”.

- Sin embargo, algunas voces dicen que la exposición está truncada.

“No, pienso que no está truncada si bien todo es mejorable y se puede hacer mejor y en este caso se ha hecho lo mejor posible para que estuvieran representadas todas la series. Es evidente que al ser una retrospectiva teníamos que reflejarse todas las variantes que he realizado en estos cuarenta años y todas están ahí. No obstante, insisto en que todo es mejorable y que todo se puede criticar pero reitero que todas mis series están representadas en Escalas”.

- ¿La exposición contó con el apoyo de TEA?

“Nosotros desde el principio trabajamos sin contar con uno de los espacios de la sala B ya que en el mismo se desarrollan perfomances, espectáculos de danza… Y se ha acondicionado la sala para eso. Sí sugerí en su momento si había alguna posibilidad de ocupar ese espacio pero me dijeron que no porque había una programación y la sala se había acondicionado para esas actividades así que era un problema y cuando dicen no, ya está, no hay problema. Se trabaja en otra dirección. ¿Que si hubiese tenido más espacio la exposición se hubiera ampliado?, por supuesto pero no voy a estar por encima del director de un centro de arte. Y si la dirección lo entiende así, ya está”.

- ¿Cómo fue trabajar con Nilo Palenzuela, el comisario de la exposición?

“El trabajo siempre fue conjunto. Nos plantearon en un principio algunas propuestas de montaje pero no estuvimos de acuerdo con ellas porque desde el principio Nilo Palenzuela y yo sabíamos el tipo de exposición que queríamos hacer y cómo. Además, tenemos una amistad de hace cuarenta años y al estar el artista vivo, como es mi caso, resultaba absurdo que el comisario se encargara de todo. Mantuvimos un diálogo fluido, continuo, y hubo siempre consenso, lo que se aprecia tanto en la exposición como en el catálogo que hemos realizado conjuntamente”.

- ¿Qué tipo de exposición se les planteó con anterioridad?

“Una selección de obras limitada, por lo que entendimos que ahí no estaba representada toda mi trayectoria sino que era solo obra seleccionada y que quedaría muy aislada del espacio. No daba una visión retrospectiva por lo que desechamos ese proyecto y nos pusimos a trabajar en nuestra exposición, una exposición que propone un juego con las obras y que intentamos organizar para que tuviera más o menos una coherencia que no resultara lineal ni tuviera un sentido historicista y sí buscar el diálogo entre ellas, enfrentar la de los años 80 con las del 2020”.

- ¿Qué tipo de diálogo?

“Por poner un ejemplo, hay una obra de los 80 que es roja, monocromo, que está enfrentada a una azul del 2020. Hay cierto juego. La serie de las barquitas está conjuntada con la de Lanzarote, donde hay cierto movimiento. Con esta serie comenzó a gestionarse un pequeño quiebro en la forma que siempre he mantenido y, al mismo tiempo, un intento de dialogar y de crear un discurso”.

- Tengo entendido que uno de los elementos que trabajó con el comisario de la exposición fue el musical.

“He tenido de siempre una afición por la música. Muchas de las obras que se crearon nacen a partir de audiciones de jazz y durante una época muchos de los títulos de mis obras fueron canciones. Siempre hubo un fondo musical en mi obra que en algunas ocasiones se observa claramente por los ritmos y en otras permanece escondido”.

- Escalas muestra también cierto diálogo con artistas que le han influenciado.

“La exposición recoge esas referencias aunque no tiene por qué estar de forma evidente para que la gente lo sepa. Está Oramas y Malévich, entre otros. En los textos se habla de ellos”.

- Leo en la prensa un artículo que se queja que no se hiciera referencia a la revista Syntaxis en la exposición.

“La revista Syntaxis se reseña en el catálogo en un apartado amplio. Lo hace Luis Pérez Oramas y la primera cita del texto es de Andrés Sánchez Robayna, su director, en la primera cita del texto”.

- Pero no aparece en la exposición.

“Es evidente que la revista no aparece ni tampoco la documentación de portadas de libros y revistas porque tanto el comisario como yo consideramos que el nuevo libro de la Biblioteca de Artistas Canarios (BAC) sí que refleja esa documentación gráfica ampliamente, así que al coincidir la publicación del libro con la exposición y para no repetir en el tiempo lo mismo decidimos dar un giro y colocar en una pequeña vitrina de la sala el tema del boceto, que también es interesante en la labor de un artista. Son decisiones que se tomaron por lo que la polémica está fuera de mí. Syntaxis aparece en el catálogo y se le pasó toda la información a los autores de los textos”.

- Comentan que su uso del color “despierta una cierta sensación de felicidad”.

“Esa felicidad que puede haber en la obra no es intencionada sino que es algo que nace en el interior. El hecho de que la obra lo refleje no quiere decir que uno esté todo el día saltando y feliz ni nada de eso. Tengo problemas familiares y de otro tipo y a veces el color refleja una cierta tensión emocional. En Oramas se refleja claramente que la exaltación de la luz y el color posiblemente tenga un fondo dramático porque era consciente que le quedaba poco tiempo de vida y era un niño prácticamente”.

- Pero la obra de Luis Palmero no es oscura.

“Ese lado trágico no me interesa en el arte, me interesan más los artistas que celebran que los que manifiestan dolor. Esa vía no me interesa”.

- ¿Y por qué Escalas?

“Lo propuso el comisario pero también es un título al que siempre he recurrido a lo largo de los años. Hace tiempo realicé una exposición en la galería de Elvira González que se llamaba Escalas y titulé obras y series así. Según el comisario, Escalas es un título muy abierto, hace referencia a muchas cosas. A la música, escaleras. Creo que es un título interesante”.

- No es frecuente la presencia humana en su pintura.

“No es intencionado sino que nace. La figura humana la he introducido pocas veces. En la serie de los retratos, o de las cabezas como la llama la gente, aparece una leve referencia al cuerpo, también en algún autorretrato que me he hecho pero son formas lejanas, casi como sombras. Considero que no es necesario para hablar del ser humano ya que, a lo mejor, con esa ausencia dices más que estando ahí. Me interesa más lo que no se ve, esconder que dejar ver”.

- ¿Para cuándo el catálogo de la exposición?

“El catálogo se publicará en quince o veinte días. Se trata de un catálogo muy trabajado en el que se incluyen tres textos desde mi punto de vista fantásticos. Uno lo firma Anna Maria Guasch, catedrática de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona, que propone una aproximación a mi obra muy interesante; otro es de Luis Pérez Oramas, en el que reflexiona sobre el trasvase Canarias-Caribe y relaciona mis obras con la de algunos pintores brasileños y el tercero es de Nilo Palenzuela, quien plantea una indagación muy íntima entre la evolución de mi obra y las vivencias que hemos tenido con los años”.

- ¿Y que constantes observa en su obra durante estos cuarenta años?
“Tengo claro que en mi obra siempre tiene que haber una serie de elementos como el color, la simplicidad de las formas y evitar el barroquismo y el exceso por todos los medios. A partir de ahí me voy dejando llevar. Hago una serie y soy consciente que esa serie es resultado de un estado emocional por lo que asumo que no la puedo repetir y cuando veo que está finalizándose, la cierro. La siguiente serie tiene residuos de la anterior y de ahí surgen otras. Están escalonadas aunque si las miras aparentemente no tienen relación unas con otras pero sí que hay conexiones”.

- ¿Qué conexiones?

“El color, las formas simples. Una cierta geometría. La cuestión de ritmos, de conseguir con las sombras un timbre, un sonido. Esas son un poco mis constantes y sobre ellas creo variaciones. Otra constante es el sentido de la pobreza, pobreza de materiales, de presentar las cosas. Lo plano pero que no es plano ya que tiene algo de materia”.

- ¿El artista nace o se hace?

“No se nace artista sino que se va haciendo. El artista tiene que tener mucha paciencia para irse haciendo. Cuando estudiaba 2º de Bellas Artes realicé una exposición y los profesores cayeron sobre mi y esa crítica creo que puedo hacerla ahora a la gente nueva aunque entienda que es la edad lo que hace que no tengan paciencia, es lo normal, pero el artista se hace con los años. Madura, crece para adquirir consistencia”.

- ¿Es muy distinto el Luis Palmero de hoy al de ayer?

“No, no son tan distintos en el sentido del entusiasmo por pintar aunque los años pesan. Voy cerrando series para, de alguna manera, aligerarme de peso. No es que empiece de cero pero intento quitarme el mayor peso posible para poder desarrollarme sin ataduras a la obra”.

- ¿Eran más arriesgados los artistas de su generación a los de ahora?

“El artista tenía antes, posiblemente, menos presión pero ahora me da la impresión que intenta meterse desde que sale en el ámbito del mercado. Desde mi punto de vista hay un exceso de querer institucionalizar la obra cuando creo que el artista debe pasar por el mundo de las galerías. Históricamente, han sido las galerías las que han defendido la obra de los artistas y los que han bregado para que su obra esté bien representada”

LIBRO BAC

Tras la exposición y la publicación en “quince o veinte días del catálogo”, Luis Palmero es el protagonista de un nuevo libro –concretamente el 66– de la colección negra de la Biblioteca de Artistas Canarios (BAC) que escribe Fernando Castro Flórez. El artista canario recuerda que conoció a Castro Flórez “cuando íbamos a ARCO” pero se dio la casualidad que en un documental que estaban realizado sobre él en la galería de Manuel Ojeda apareció el filósofo y crítico de arte y se le planteó que dijera unas palabras sobre la obra de Luis Palmero. “Y habló unos veinte minutos y me preguntaba que de dónde sacaba tanta información de mi trabajo y fue ahí donde decidimos que Fernando escribiera el libro de la BAC a lo que se prestó encantado. Le envié material durante el confinamiento y desarrolló un texto muy exhaustivo, repleto de referencias críticas a mi obra de diferentes autores como Andrés Sánchez Robayna, Juan Manuel Bonet, Lázaro Santana, Nilo Palenzuela y Ángel Sánchez, entre otros. Hizo un trabajo muy riguroso”, concluye

FOTO: La crítica se ha “portado bien conmigo”, dice Luis Palmero. Cuando lee alguna reseña entiende que unos lo dicen de una manera y otros de otra. “Soy bastante tolerante en ese sentido” aunque recuerda una exposición en Madrid en la que un crítico muy relevante por aquel entonces le dio un “rastrillazo de mucho cuidado”. Palabras que aceptó y de las que sacó sus conclusiones tras hablar con la galerista, que fue quien le dijo que el hecho de que hubiera escrito sobre la exposición era porque: “le interesaba mi obra”. FIRMA FOTO: PABLO PALMERO