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José Luis Cámara: “Me hice periodista para contar historias”

Martes, Agosto 18th, 2020

Relatos desde el purgatorio (Éride ediciones, 2019) recoge un puñado de artículos de opinión y reportajes que el periodista José Luis Cámara (Córdoba, 1977) escribió para Diario de Avisos durante los quince años que trabajó en esta casa. Los temas que se ofrecen en el libro recogen historias que muestran realidades de hondo calado social y muchas de ellas no han perdido actualidad porque esos mismos temas siguen estando ahí.

Tras la publicación del libro de viajes Rumbo a un sueño y la novela La noche más larga en la isla esmeralda, José Luis Cámara está rumiando una nueva novela, trabajo que compagina con el de responsable del departamento de comunicación de Cáritas Diocesana en Tenerife.

- Relatos desde el purgatorio recoge una selección de reportajes y artículos de opinión que resumen una década de trayectoria profesional como periodista. ¿Por qué escogió unos y dejó otros?, ¿qué criterios empleó?

“Es difícil resumir en doscientas páginas una trayectoria profesional de más de quince años. Por eso, cuando me planteé recopilar en un libro algunos de los artículos y reportajes que había publicado, tenía claro que debía hacer una selección de aquellos que más me habían llenado o afectado de algún modo a nivel personal. Yo me hice periodista porque quería contar historias, y ese fue el principal criterio que usé, incluir las historias que, en mi opinión, merecían ser dadas a conocer”.

- Entre otros temas que aborda en el libro escribe sobre transexualidad en menores, inmigración, la prostitución de lujo… ¿qué lecciones saca de estos y otros temas?

“Creo que vivimos en una sociedad un tanto hipócrita, que trata de enmascarar algunos de sus lugares más oscuros, la mayor parte de los cuales pasan desapercibidos en el día a día. Pero eso no significa que no estén ahí, que convivamos con ellos. Y creo que es una lección que deberíamos aprender, porque además cuestiones como la inmigración irregular, la prostitución o la transexualidad en los menores de edad también requieren de medidas políticas y económicas para solucionarse, porque no hablar de ellos no evitará que sigan estando ahí”.

- ¿Son situaciones diferentes pero encuentra algún nexo, si no en todos los textos, sí al menos en algunos de ellos?

“En general, creo que son cuestiones que siempre están de actualidad, que cíclicamente se sitúan en el epicentro informativo. Temas como la corrupción política, las listas de espera sanitarias, los migrantes y refugiados, etc, son temas que vuelven a estar en las portadas de los medios en estos momentos, a pesar de que algunos de esos artículos y reportajes fueran escritos hace ya más de diez años”.

- ¿Hubo alguno que le resultara especialmente difícil de escribir?, ¿por qué?

“Todos los temas que tratan de menores de edad son muy complicados de escribir, especialmente cuando eres padre y tienes hijos que bien podrían ser esos niños y niñas de los que estás hablando en el reportaje. Por ejemplo, contar la historia de una madre que da a luz en un cayuco en medio del mar, o de un niño que con apenas seis o siete años siente que vive en un cuerpo equivocado y quiere cambiar de sexo, son temas que indudablemente te afectan y cuesta mucho escribir sobre ellos”.

- El libro recoge reportajes y artículos de opinión, pero no entrevistas. ¿No le gusta el género o son material que ha dejado para un próximo libro?

“Me gusta mucho el género de la entrevista. He hecho cientos de entrevistas a lo largo de mi trayectoria profesional, muchas de ellas a personas interesantísimas. Sin embargo, al trabajar en un periódico de ámbito regional o insular, casi todas las entrevistas estaban muy enfocadas a lo local, y abordaban cuestiones más particulares que genéricas. Por eso, decidí centrarme en los reportajes, que ofrecen una visión más amplia de los temas. Pero no descarto recopilar también en un libro una selección de entrevistas, aunque ello suponga reescribir o adaptar muchas de ellas”

- ¿Qué cree que encontrará el lector en este libro?, ¿y el periodista?

“Como te comentaba, yo me hice periodista para contar historias, para dar a conocer temas que creo que merecen ser contados y publicados. Y eso es lo que pretendo con los lectores que decidan acercarse a mi libro, que conozcan cuestiones que quizá desconocían o que descubran a personas que son extraordinarias, a las que en ocasiones se les niega el espacio que merecen en los medios. En cuanto a los periodistas, creo que sobre todo a los jóvenes que salen de las facultades, les puede servir como guía para conocer cómo es la profesión, cómo se trabaja y cuáles serán algunos de los problemas que se encontrarán. No es, ni mucho menos, un manual para periodistas, pero sí les puede ayudar a situarse y a conocer mejor el mundo de los medios de comunicación”.

- La mayor parte de los textos tienen calado humano, ¿hay alguno en concreto por el que tenga mayor sensibilidad?

“Durante diez años trabajé en las secciones de Política y Sociedad del Diario de Avisos, y casi por obligación me centré durante mucho tiempo en el ámbito de las migraciones. Tuve la oportunidad de viajar a África y conocer la realidad de muchos migrantes, el por qué se juegan la vida para encontrar un futuro mejor. También conocí a muchos refugiados y desplazados por culpa de conflictos armados o por persecución política o religiosa, y he conocido de primera mano cómo trabajan las entidades sociales y del Tercer Sector. No es demagogia, pero a veces olvidamos que lo único que nos diferencia de todas esas personas es una mera cuestión de suerte, la que nosotros tenemos por haber nacido donde hemos nacido”.

- En periodismo ¿es posible ser objetivo o es un mito, una leyenda del oficio?

“No es que sea un mito o una leyenda ser objetivo; simplemente, es una realidad. Los medios, incluidos los públicos, son empresas cuyo único fin son los resultados, y esos resultados pasan por ganar dinero vendiendo periódicos, consiguiendo anunciantes para la radio o logrando que tus programas de televisión tengan las mejores audiencias. Partiendo de esa premisa, y teniendo claro que muchas veces habrá que remar a contracorriente, sí que los periodistas pueden ser objetivos, y siempre deben tratar de contar las cosas como son. Como yo les decía a muchos estudiantes que venían cada verano a hacer prácticas al periódico, esto es como un juego, donde tienes que intentar conseguir que tus temas siempre estén por encima de los intereses particulares de los protagonistas y del medio en el que estás. No se puede conseguir siempre, pero al menos hay que intentarlo”.

- Es autor de un libro de viajes, Rumbo a un sueño; de una novela, La noche más larga en la isla esmeralda, y ahora Relatos desde el purgatorio. ¿Cómo será el próximo libro?

“Me gustaría que el próximo libro fuera otra novela, incluso ya tengo una idea que están empezando a tomar forma. No obstante, será una novela en la que habrá mucho de periodismo, de datos, de fechas, personajes e historias reales, porque creo que los periodistas somos periodistas las 24 horas del día, y eso se nota en todo lo que escribimos, aunque luego sea ficción”.

- ¿Qué visión tiene del periodismo que se escribe actualmente en las islas?, ¿hasta dónde cree que ha cambiado el oficio de comunicar noticias?

“Creo que en Canarias, como en el resto de España, hay muy buenos profesionales de la comunicación, pero hay pocos profesionales en la gestión de los medios. Y eso ha provocado ciertos vicios que sin duda afectan a los propios periodistas, que además fueron golpeados especialmente por la crisis. Hay que conocer bien los medios por dentro para poder juzgar a los profesionales, que en ocasiones realizan su trabajo en unas condiciones realmente lamentables. En cuanto al oficio de comunicar, obviamente también ha cambiado, y lo seguirá haciendo. Por eso, es fundamental educar a los receptores de la información, para que sepan distinguir los buenos productos de los malos; los rigurosos y bien trabajados, de aquellos que no tienen ni pies ni cabeza”.

- ¿Qué reglas considera sagradas dentro del buen periodismo?

“Informar, formar y entretener son los tres principios básicos que se atribuyen a los medios de comunicación en las sociedades contemporáneas. A partir de ahí, creo que el periodista debe, por encima de todo, creer en lo que está haciendo y contar las cosas como son. Es verdad que tendrá que lidiar con muchas cuestiones e intereses, y eso será una batalla constante en la que habrá victorias y derrotas. Pero, al final del día, uno tiene que irse uno a casa satisfecho con el trabajo realizado. No hay más”.

- ¿Y cuál es su opinión del periodismo digital?

“Sin duda, hace ya tiempo que el periodismo digital llegó para quedarse, aunque todavía son pocos los medios digitales que pueden mantenerse, especialmente porque la publicidad y los suscriptores no han llegado al nivel de ingresos que generan en los medios tradicionales. Los medios, en general, deben reinventarse, porque los perfiles de los lectores y de la sociedad están en constante cambio y evolución. Y también las empresas tendrán que apostar por otros modelos y otras formas de hacer periodismo, y ahí los soportes digitales tendrán mucho que decir”.

- ¿Cree que la prensa de papel tiene los días contados?

“Llevo escuchando eso desde que terminé la carrera en 1999. El periódico en papel ha sobrevivido a crisis muy difíciles, en España y en el resto del mundo, y ahí sigue. Como en muchos otros sectores, los tiempos cambian y evolucionan muy deprisa, y será un reto para el periodismo adaptarse y convivir con eso. Pero también se dijo lo mismo de los libros cuando llegó el ebook, y la gente sigue comprando libros en papel. Quizá soy un romántico del papel, pero creo que al menos yo no veré su final”.

- ¿Cómo terminó ejerciendo el periodismo social?

“Fue por casualidad. Yo trabajé en periódicos como El Correo de Andalucía, ABC y El Mundo antes de llegar al Diario de Avisos, y siempre había hecho deportes o información local. Cuando llegué al Diario, acababa de marcharse la compañera que hacía temas sociales, especialmente inmigración, porque estaba en pleno auge el fenómeno de las pateras y los cayucos en Canarias. No me dio casi ni tiempo de aterrizar y ya estaba escribiendo noticias, reportajes y entrevistas sobre todas estas cuestiones. Al final, hasta me invitaban a dar conferencias y colaboré en varios manuales como experto en inmigración. Fueron diez años apasionantes, que sin duda me marcaron a nivel personal y profesional” .

Saludos, qué, quién, cuándo, dónde, cómo, por qué…, desde este lado del ordenador

Una historia de frontera

Lunes, Agosto 17th, 2020

Tras No todas las cosas deben tener nombre. Un cuentito del siglo XXI, Iván Vera Martín presenta Los hombres y las libélulas, una novela coral y con aliento épico que revela el temple narrativo de su autor, quien sigue insistiendo en contar historias con agradecido sentido del humor, en ocasiones algo corrosivo, en la que mezcla también dosis surreales para definir una geografía fronteriza que ubica a medio camino entre Norteamérica y Canadá.

No se trata de una novela de género aunque pasen muchas cosas que suelen pasar en las novelas de género porque lo que importa al escritor más que la trama, que se acumulan a lo largo de la novela como las capas de una cebolla, es dotar de consistencia psicológica a los personajes que por ella se mueven. Y la cosa funciona porque esta galería de protagonistas resulta creíble en una geografía que el escritor describe con concisa precisión.

La acción de Los hombres y las libélulas transcurre en Darlington Road, un pueblito que no hace falta apenas describir porque es uno de tantos que hemos visto en películas estadounidenses con cierto aroma rural. Pequeñas comunidades aparentemente tranquilas donde anida y crece una furia arrebatadora que da al traste con el orden hasta ese momento establecido y revela los colores que esconden estos espacios. Un viejo dicho dice que pueblo chico, infierno grande y Darlington Road lo es a su manera porque en sus entrañas late las grandezas pero sobre todo las miserias de sus ciudadanos y de algún foráneo que caiga por ahí.

Se trata de una novela coral a la que se sigue muy fácilmente si el lector está dispuesto a meterse en la piel de sus personajes. Las líneas argumentales están ahí aunque la estrategia se escora a la de contar momentos. Escenas en las que participan los protagonistas del libro. Un libro que mantiene cierta continuidad con No todas las cosas deben tener nombre, aunque más que continuidad sirve para recordar al lector iniciado que ese universo que construye Iván Vera cuenta ya con el suficiente espesor para hacerlo real en una fantasía literaria.

A lo largo de estas páginas sucede un poco de todo, y todo ese todo está muy bien organizado y descrito. Se revela que Iván Vera Machín es además un escritor que prefiere ir al grano antes que marear la perdiz, lo que se agradece en un relato que apenas llega a las 250 páginas. Páginas que atrapan porque cuentas cosas. Al final, las piezas del rompecabeza encajan.

El escritor no es de los que gusta por experimentar, aunque algo tienen en común sus hasta ahora dos libros y es su capacidad para trasladar al lector a otro paisajes, a convivir con personajes que parecen sacados de la Norteamérica más profunda y a sentir con ellos las dinámicas que confunden un poco más sus existencias.

Los hombres y las libélulas
tiene mucho de existencial cuando desparrama a un grupo de hombres y mujeres varados en un espacio donde el frío forma parte de ese mismo paisaje.

Escrita con un estilo que construye con frases cortas y certeras, muy medidas a nuestro juicio, Los hombres y las libélulas se lee con rapidez devoradora aunque sospecho que se trata de esa clase de obras que o gusta o disgusta pero que nunca deja indiferente. Quizá sea éste y no otro uno de los mayores atractivos de un libro que va siempre hacia adelante, sin negar mirar al pasado porque es éste la fuente de la que manarán las turbias circunstancias que plagan el relato. Gustará así a los que gustan de historias aparentemente sencillas que protagonizan personajes aparentemente sencillos. Y se escribe aparentemente porque pese a su aparente sencillez, Los hombres y las libélulas no es una obra sencilla sino, al contrario, uno de esos libros que tras desplegar sus capas acentúa una complejidad que da, no resta, sustancia a la novela.

En cuanto a influencias es interesante tras rastrear en Los hombres y las libélulas su deuda con películas como Fargo (que también transcurre en un estado del norte más norte de los Estados Unidos de Norteamérica, Minesota), novelas escritas por autores como Richard Ford y, sobre todas las cosas, música. Mucha música. La música es, de hecho, un elemento determinante en este libro como lo fue en el primero.

La novela deja patente que Iván Vera Machín es un escritor que se mueve muy bien con los diálogos y son los diálogos por cierto donde se revelan las constantes de los personajes que se aman y mueren en ese apacible pueblecito que no es tan apacible como aparenta. Como sucedía en Blue Velvet, de David Lynch, la otra cara de la villa permanece en tinieblas y solo espera su momento para salir a la luz. Los bomberos mientras tanto saludan a la cámara y los niños juegan en el jardín sin ser conscientes de las sombras que habitan debajo de la tierra. Un mundo incómodo y que no cree en la inocencia aunque ésta palpite en todas partes.

A la espera de su próximo libro, Los hombres y las libélulas y No todas las cosas deben tener nombre, Iván Vera Machín ha sabido construir un universo personal que espero continúe explotando en próximos trabajos. Su universo hace que su lectura sea diferente en unos tiempos que demandan, precisamente, diferencia e imaginación.

Saludos, en el bosque, desde este lado del ordenador

La memoria y el lenguaje

Miércoles, Agosto 12th, 2020

Por Cecilia Domínguez Luis (*)

Memoria y lenguaje son los pilares sobre los que Andrea Abreu construye su novela Panza de burro, publicada recientemente por Ed. Barret, con prólogo y edición a cargo de la escritora Sabina Urraca.

Una primera novela en la que su autora vuelca sus arraigos y desarraigos – «lo viví como una fluidera», dice en una entrevista- que marcan su vida en una época, la infancia, y un lugar, un pueblo del norte de Tenerife, de calles empinadas de huertas, cuevas y barrancos, con el mar a lo lejos, invitador.

La historia, contada en primera persona, transcurre durante un verano, una estación que para muchos niños y niñas supone el descubrimiento de otras realidades y de sí mismos, empezando por sus propios cuerpos.

Es, en este caso, Isora, la amiga de la protagonista quien actúa como una especie de guía en el descubrimiento de esa nueva realidad que, a su vez, ella va conociendo y en la que no faltan el sexo, la dureza de la vida, la capacidad o no de resistir.

Andrea nos introduce en la vida de un pueblo al que llegan y donde se detienen los alisios, ocasionando esa Panza de burro que da título a la novela. Un espacio rural, con un paisaje y un paisanaje que la escritora va describiendo, con detalle, a lo largo de los capítulos de esta novela, todos ellos con un título bastante significativo. Y lo hace con un realismo sin concesiones, de tal manera que entendemos que el paisaje, las casas, las cuevas, la niebla, los escasos días claros, el mar a lo lejos, no solo forman parte del escenario, sino que son también testigos y cómplices, a veces delatores.

Porque Panza de burro es también la historia de un pueblo, con sus prejuicios y su intolerancia, con su maledicencia, pero también con su solidaridad en momentos difíciles. Un pueblo con casas rurales “para turistas” que producen en la protagonista una mezcla de atracción y rechazo, porque no se puede acceder a ellas a no ser, como ocurre en el caso de su madre, para limpiarlas. Y aquí nos damos cuenta de cómo Andrea, toca, con la mirada tan directa como puede ser la de una niña, el problema social de la diferencia de clases.

Las relaciones entre Isora y la protagonista se van estrechando y si ya, desde el primer capítulo, que titula tan echadita palante, tan sin miedo, hace patente su admiración por ella, a lo largo de la historia se crea una suerte de dependencia, sobre todo para la narradora de esta historia, para quien la presencia de Isora se hace cada vez más necesaria- ver a Isora llegar me hacía sentir tranquila- dice en uno de los capítulos. Es como si la llegada de su amiga la reconciliase con la realidad y consigo misma.

Los juegos de las protagonistas, como muchas de sus conversaciones, son, primordialmente, iniciáticos. Las relaciones que se establecen entre las Barbies y los Ken, van más allá del puro juego infantil y los muñecos llegan a convertirse en trasuntos de personajes reales que las niñas, en su deambular por el pueblo han descubierto. La brutalidad casi salvaje de los Ken- y también de las Barbies (Los ken eran brutos y morenos y las barbies eran flacas, muy flacas…..y se tumbaban encima de los ken y los ken se tumbaban encima de ellas y piquipiquipiqui, machacábamos sus cuerpecitos de plástico y decíamos que estaban queriéndose como Gimena y Óscar…) es la de los adultos y también la de los chicos, uno de los cuales hace que la protagonista descubra algo parecido al sexo y que le deja una sensación extraña que la lleva a alejarse de su amiga: Iso, me voy, dijo. Iso, me voy.

Porque, a pesar de que ya había descubierto su cuerpo -desde chiquitas nos gustaba estregarnos….Usábamos las trabas de la ropa pa frotarnos por encima del chándal – esto era distinto y oír las risas de Isora y Mencey bajando por la ladera la hizo sentirse extraña. Por eso prefiere alejarse, aunque ella sabe que será por poco tiempo. Sin embargo, cuando la vuelve a encontrar ya no es lo mismo. Era ella pero parecía otra persona. Una persona más grande, con muchos años más…

No será esta la única extrañeza, el único descubrimiento del dolor y de la ausencia, pero todo forma parte de esa historia que Andrea necesita contar, casi diría que le urge hacerlo Y lo hace de forma directa, explícita, casi descarnada, que no puede dejarnos indiferentes, creando una atmósfera que va in crescendo y que te mantiene atrapada en la lectura.

Al principio hablé de memoria y lenguaje, y es este último un nuevo personaje, un protagonista esencial en sus manifestaciones, propias de una modalidad singular como lo es la canaria. Andrea escribe fonéticamente, es decir, tal y como suenan las palabras, y con un vocabulario muy propio de nuestra lengua: jeringada, matraquilla, juroniando, guiris, el canto arriba, palante, vulcán. Palabras que se mezclan con otras propias de la época de la niñez de la protagonista como mp3, mésinye, cíber… Una nueva apuesta arriesgada como todas las de esta escritora que ya lo demostró en su poesía, sobre todo en el fanzine Primavera que sangra donde aborda de forma valiente el tema de la menstruación.

Como ella misma afirma en su entrevista «para mí escribir en canario es un acto político, dentro de una realidad que obvia lo canario, que niega nuestra cultura».

Y es que Andrea sabe que la lengua es el distintivo más definidor de nuestra identidad, que nos define como parte de un espacio, no solo geográfico sino social y personal.

Panza de burro es una novela que parte de un estado de ánimo, de una urgencia por escribir ese espacio vital que es la infancia, porque en ella están los cimientos sobre los que nos asentamos, pero que, con frecuencia se relega a una amnesia, a veces protectora. En contra de ese olvido y, con todas sus consecuencias, Andrea Abreu en su original y audaz Panza de burro, nos acerca a esa niñez, con sus heridas, sus desencuentros su alegría y su dolor, pero también con el convencimiento de que ese periodo contribuye, en gran medida, para bien o para mal, a hacer de nosotros la persona que hoy somos.

Démosle, pues, la bienvenida.

(*) Cecilia Domínguez Luis es poeta y escritora

Saludos, viento, desde este lado del ordenador

Con Batista se vivía mejor

Martes, Agosto 11th, 2020

Pájaro lindo de la madrugá (Algaida, 2020) reconstruye la biografía de un cubano poco ejemplar, aunque la autora del libro, Zoé Valdés, intente demostrar todo lo contrario. Resulta sospechoso, en este sentido, que su retrato, que dedica por cierto a los descendientes del general, apenas toque los últimos años en el poder del presidente y militar cubano Fulgencio Batista Zaldívar pero sí que dedique gran parte de la obra a destacar los logros de sus mandatos sin terminar de explicar qué razones fueron las que llevaron al triunfo de los castristas a finales de los años 50. Según la escritora se debe a que contaba con el apoyo de las élites cubanas, élites que siempre vieron a Batista como un mulato y a Fidel Castro como uno de los suyos, y también del respaldo de los Estados Unidos de Norteamérica cuando la prensa de ese país se decantó claramente por Castro y sus hombres escondidos en las montañas. No menciona, sin embargo, que la corrupción había terminado por aniquilar un régimen, el de Batista, como voraces termitas.

La novela está planteada como un largo diálogo que entablan dos amigos ya ancianos en 2016. Los dos amigos fueron batistianos aunque uno se quedó en la isla y el otro se marchó a Miami donde prosperó en los negocios. El que viene de Miami está reuniendo información para un trabajo de una de sus nietas centrado, precisamente, en Batista, lo que da pie a Zoé Valdés para describir a través de las palabras que se cruzan y sus miradas a la realidad de un país, Cuba, que se hunde irremisiblemente en la miseria. Por contraste, se presenta ese mismo país, Cuba y a todo color durante el mandato de Batista, pasando de puntillas por el poder que llegó a alcanzar la mafia norteamericana con el Hombre, así dice que se conocía al militar y presidente cubano, cuando detentaba el poder narrando por contra sus políticas sanitarias y de educación para los más desfavorecidos. Valdés afirma así que la campaña de alfabetización iniciada por el gobierno de Batista fue mucho mayor que la que promocionaría Fidel Castro, y explica que le salvó la vida al mismísimo Fidel Castro cuando fue capturado después del fracasado asalto al cuartel de Moncada en Santiago de Cuba porque conocía a la madre del futuro comandante en jefe, ordene.

Es más que probable que si el libro hubiera rehuido de la propaganda para enaltecer a Batista, Pájaro lindo de la madrugá hubiera resultado otra cosa. Una obra con mucho más atractivo del que tiene ahora que es bastante escaso por su espíritu hagiográfico, de su insistencia de que con Batista se vivía mejor. Esto hace que durante la lectura del libro uno piense que, efectivamente, la obra debe de haber estado pagada por la familia del ex militar y presidente cubano pero no convence porque se presenta idealizado un régimen que no se caracterizó, precisamente, por bondadoso. Y mucho tiempo antes de que apareciera la guerrilla del Movimiento 26 de julio en las montañas de Sierra Maestra en diciembre de 1956.

A estas alturas pocos son los que aún defienden el régimen castrista pero cuesta, aunque no se sea cubano, hacer lo mismo con el que representó Batista. Que Cuba fuera antes el prostíbulo de los norteamericanos y que hoy –o al menos antes de la crisis de la Covid-19– lo fuera de la vieja Europa y de algunos países de la América española no rebaja la calidad moral de ambos sistemas, sistemas que se caracterizaron por una corrupción interna que se ha trasladado a la sociedad. Tampoco creo que valga como juicio las idas y venidas de un personaje que, como Batista, se enriqueció estando en el poder. Lo mismo, dice la autora de este libro fallido, que han hecho los miembros de la familia Castro.

Puestas así las cosa, Fulgencio Batista y Fidel Castro serían las dos caras de una misma moneda. Una representaría una época de esplendor pero también de tortura y muerte y la otra unos años de decadencia moral y económica y también de tortura y muerte. Al fondo, como gran espectador, los Estados Unidos de Norteamérica, la nación que hizo posible junto a las élites cubanas que Castro llegara al poder y obligara a Batista a salir del país a inicios de enero de 1959.

Como novela no reúne Pájaro lindo de la madrugá los elementos suficientes para atraer la atención del lector profano en este pedazo de la Historia. La forma en la que la escritora ha construido el relato no está bien engrasada lo que hace que su lectura resulte, a la postre, tediosa y, lo que es peor, poco o nada creíble. No tanto en cuanto a lo que revela de la vida personal y política de Batista sino del escenario que desarrolla para ubicar el diálogo que mantienen los dos ancianos.

En este aspecto, y como otras novelas de Valdés, el odio con el que está escrita repliega a un lector que busca grises y no blancos y negros.

Saludos, si yo a Cuba le cantara, desde este lado del ordenador

Historias extrañas

Lunes, Agosto 10th, 2020

Marcelo Luján, que es uno de los escritores invitados en la tercera edición del Festival Hispanoamericano de Escritores, es el autor del libro de relatos La claridad, cuentos por los que obtuvo el VI Premio Ribera del Duero y volumen que mantiene las expectativas que algunos lectores habíamos depositado en él tras leer Subsuelo, una novela insólita, extraña, y extraño es un adjetivo que vale para definir su trabajo, que destacaba entonces por su rareza e inteligente mezcla de géneros y libro premiado en varios concursos literarios como, por ejemplo, Tenerife Noir.

La isla de Tenerife ha tratado bien a este escritor argentino que vive en España al concederle su primer galardón en nuestro país por el libro de cuentos Flores para Irene, que recibió el Premio Santa Cruz de Tenerife, 2003, y en donde ya avisaba de su talento para manejar las historias cortas.

Cinco son los cuentos, más un sexto que no presentó al Ribera del Duero, que incluye La claridad, historias extrañas, raras, donde pasea el miedo y un soterrado sentido del humor. Se tratan de historias cortas potentes, protagonizadas la mayoría de ellas por mujeres que exploran rincones que mejor deberían permanecer a oscuras. Relatos, en definitiva, que además de llamar la atención al lector procura que éste se adentre en territorio desconocido bajo una geografía realista en la que puede pasar de todo.

Son los cuentos que reúne La claridad son piezas que han sido escritas para no dejar indiferente a nadie y en contra de otros libros con estas mismas características, con un fondo que desconcierta, sobre todo a quien se acerque sin conocer apenas nada de lo que va y mucho menos de quien lo escribe.

El por qué de estas historias es la maldad. Cada uno de los cuentos explora y reflexiona sobre el mal. Ese mal que no tiene que ser necesariamente sobrenatural sino el que nos acompaña todos los días, y que supura sobre todo en las heridas que provoca la deslealtad y la traición. Algunos de los cuentos que incluye el libro están además
interconectados, lo que confiere al volumen una unidad real y no impostada. Cada historia habita así como un eco lejano en las otras, lo que marca los límites de un universo donde todo es posible, posible si es para reflexionar, estudiar lo que nos transforma en pusilánimes y en traidores de nosotros mismos que es la peor traición posible.

El primero de los cuentos bascula en torno a la traición que provoca el miedo, lleva un título que avisa y resulta sugerente, Treinta monedas de carne, y se desarrolla en un escenario que conocerán los que conocen Subsuelo. No se dice más de un relato notable y que, personalmente, considero uno de los mejores de un libro redondo.
Una mala luna, que así se titula el segundo de los cuentos, es una historia con sabor macabro en la que planea cierta aroma gótico. Cuenta la historia de un desencuentro entre hermanos y de paso cómo se desmorona un mito infantil y la unidad que lo sostiene, la familia.

Entre las características que marcan el tono de La claridad se encuentra la de que muchos de los cuentos estén conectados así como que el autor, el mismo Marcelo Luján, nos vaticine lo inevitable de las acciones que describe. Este ejercicio lo usa con inteligencia un tanto agobiante en Espléndida noche:

“Puede que haya sido el azar.
Con la necesidad y la voluntad y la siempre desquiciada tentación.
O una noche de verano azuzada por las prisas.
Puede que haya sido una perfecta y azarosa y por qué no aciaga mixtura de todo esto.
Nadie va a saberlo nunca
”.

Al fondo, y como en el primer cuento del libro, la acción se desarrolla en un paisaje conocido: los alrededores en los que ubica el paisaje rural de Subsuelo y ahora también el de Treinta monedas de carne.

El cuarto relato, El vínculo, es el más extenso de los que se reúnen en La claridad, también el más fantástico sin terminar de serlo del resto de los cuentos. La fórmula es la misma aunque Marcelo Luján lo expone con otra variación. Un aviso: que el lector haga memoria porque por aquí aparece un personaje que será crucial y al que conocimos como secundario en Una mala luna. Una clínica veterinaria, una señora que pide el sacrificio de su mascota, un gato. El hijo del dueño que invita a la joven ayudante a la inauguración de una discoteca por la noche…
Redondo es poco para definir otras de las historias que, personalmente, encuentro más interesantes de un libro ya de por sí interesante y revelador.

La chica de la banda de folk cierra los cuentos que el escritor presentó al concurso Ribera del Duero y sigue la misma dinámica de historia extraña, rara, con una atmósfera que mezcla lo mejor de David Lynch y Jean-Claude Lauzon, características que evocan no pesan en estos relatos. Relatos que concluyen con una sexta pieza Más oscuro que tu luz que explica, con un emocional aliento, la clave que da unidad, redondea un libro sobresaliente, de esos para los que no pasará el tiempo.

Saludos, sol, sol y sol, desde este lado del ordenador

Las ciudades de Cuenca (Ecuador) y La Laguna, unidas por el verso y la canción

Miércoles, Agosto 5th, 2020

La ciudad de Cuenca (Ecuador) y La Laguna disponen de una tipología arquitectónica colonial bastante similar. Ambos centros urbanos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Marrakech, Marruecos, en 1999, y el domingo 9 de agosto se reencontrarán bajo el paraguas de la cultura para celebrar juntos el Bicentenario de la Independencia de Cuenca y el Día de la Cultura Nacional de Ecuador.

Organizado por la Editorial Centro de Estudios Sociales de América Latina y conducido por la poetisa de Cuenca (Ecuador) Yesenia Espinoza, se celebra un encuentro poético y musical que se retransmitirá en directo y a través de la plataforma Zoom, este original cruce entre las dos orillas podrá verse en Canarias a partir de las 16 horas. Una hora más en la Península.

Intervendrán en el acto Catalina Sojos, Francisco Viña, Jorge Dávila Vázquez, Cecilia Domínguez Luis, Iván Petroff, Fernando Senante, Sara Vanegas, Rubén Díaz, Andrea Terreros, Luis Almeida y los pintores Miguel Ángel Govea y María Paz Carpio Martínez. Se prevé una vez celebrado el encuentro una publicación que se entregará a quien esté interesado el 9 de agosto.

* En la imagen, una vista de la ciudad de Cuenca, en Ecuador

Saludos, a la expectativa, desde este lado del ordenador