Archive for the ‘Literatura’ Category

“El arte tiene valor porque nos saca de aquí”

Miércoles, Agosto 19th, 2015

“La búsqueda de la verdad –sea la verdad subjetiva del convencimiento, la objetiva de la realidad o la social del dinero y del poder– trae siempre consigo, si en ella se emplea quien merece premio, el conocimiento último de su inexistencia. El premio gordo de la vida les toca solamente a lo que han comprado por casualidad.

El arte tiene valor porque nos saca de aquí.” 

En la imagen: retrato de Fernando Pessoa por Almada Negreiros.

(Libro del desasosiego, Fernando Pessoa. Traducción: Ángel Crespo. Seix Barral, 1984)

La casa del hambre, de Dambudzo Marechera

Lunes, Agosto 17th, 2015

“Recuerdo que un día llegué a casa corriendo, lleno de entusiasmo. No me acuerdo de qué estaba tan contento. Y aunque el día era sombrío –parecía como si Dios se hubiera asomado al cielo a escurrir su ropa interior sucia–, yo estaba exultante. Irrumpí en la habitación y me lancé a relatar mi historia de inmediato, muy nervioso y gesticulando en exceso. Se la contaba a mi madre, que me miraba fijamente. Un guantazo contundente, que hizo que me zumbara el oído, me cortó en seco. Levanté la vista hacia mi madre, aturdido. Volvió a pegarme.

- ¿Cómo te atreves a hablarme en inglés? –dijo enfadada– Sabes que no me entero, si te crees que porque tengas estudios…

Me pegó otra vez.

- No estoy hablando en ing…–comencé a decir, pero me detuve al darme cuenta de pronto de que sí lo hacía.”

(La casa del hambre, Dambudzo Marechera. Traducción: María R. Fernández Ruiz. Colección: Al margen. Sajalín Editores, 2014)

Cabeza privilegiada pero también muy dispersa, Dambudzo Marechera murió joven para poder hacernos una idea del potencial literario que guardaba dentro aunque por obras como La casa del hambre se intuya a un escritor poderosamente rebelde que habla, manipulando el tiempo, experimentando con los espacios, de su vida descarriada y del colonialismo en África. También de literatura pero sobre todo del dolor.

No resulta fácil leer a Marechera, pero sí se logra salvar las alambradas sembradas de espinos que disemina a lo largo de los relatos que conforman La casa del hambre, el lector descubrirá a un autor en busca de su estilo y a un hombre de inteligencia vastísima cuyo peso intentó transmitir con la forma de la palabra.

La casa del hambre es un libro desconcertante y también muy poco agradable. Ambientado en Rhodesia, hoy Zambia o Zimbabwe, en estas historias se habla de la segregación, los conatos de independencia, los excesos y la violencia. Una violencia que nace de la miseria, el hambre, la prostitución y la enfermedad. La falta de expectativas del vivir día a día porque no existe el futuro y sí el crudo presente.

La escritura de Marechera es áspera, ruda y poética. Incluso cuando no deja de hurgar en la herida, como si a través del dolor quisiera expurgar ese mundo inmundo en el que sobrevive. Primero como un bicho raro, un tipo que lee y que escribe en el gueto, y más tarde en Europa como estudiante en Oxford. Una etapa con la que rompió por su desatado nihilismo.

El escritor no juzga pero sí escribe sobre lo que vio y lo que vio es algo muy parecido al infierno en la tierra. Quizá ello explique su temprana afición a las drogas y al alcohol como vías de escape ante una realidad en la que los blancos se arrogan el derecho de la civilización y los negros el de ser como bestias. O monos, como no se cansa de repetir Marechera a lo largo de este libro imprescindible para los que deseen conocer otra África. Esa África que está lejos de la jungla y en las que los suyos se hacinan en los guetos de los arrabales.

Hay mucha rabia en los relatos que contiene La casa del hambre y un grito que nutre  cada una de las páginas de una novela en el que se llama a la cosas por su nombre y que clama un basta ya que mucho me temo aún exigen millones de africanos.

La casa del hambre es un libro político. Y esa política está dictada desde las tripas. Se percibe en la voz de un narrador que intentó transmitir en sus textos el delirio que lo marcó como persona. Un hombre, escribe, que vivió en un mundo donde un incidente era como todo lo demás: “un suceso natural en un entorno antinatural.”

O la costumbre de habitar en el infierno.

Pero ¿por qué?

Dambudzo Marechera se convirtió en el cronista generacional de un continente que exigía historias que les contaran cómo era su vida. Es el canto de un hombre, además, al que le han robado todo. Y eso incluye un pasado que los blancos han vuelto a dibujar para justificar su presencia en ese territorio.

El mismo escritor se lo plantea en uno de los cuentos, o capítulos, en los que se fragmenta La casa del hambre: no es capaz de escribir en su lengua materna pero sí en la del invasor, en este caso el inglés. Ese mismo invasor cuya policía lo golpea y tortura y ese mismo invasor que ha corrompido el corazón de su gente.

Aunque pese a todo se puede resistir. Una resistencia “a todo lo que degrada al hombre, a todo lo que trata de apagar el vínculo entre la humanidad y su herencia, a todo lo que, desde el alma humana, conduce a la avaricia, a la crueldad, a la indiferencia.”

La casa del hambre comienza: “Cogí mis cosas y me fui”.

Nosotros, también.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

Aventuras y desventuras de un bailaor flamenco en el país de los soviets

Lunes, Agosto 10th, 2015

“Así como entre las personas decentes no se deja vivir a los ladrones, entre los ladrones no es posible ser persona decente, y terminé robando tanto y tan limpiamente como mis camaradas veteranos.”

(El maestro Juan Martínez que estaba allí. Manuel Chaves Nogales. Prólogo: Andrés Trapiello. Editorial: Libros del Asteroide, 2007)

Nunca tantos agradeceremos tanto la recuperación que un pequeño grupo de entusiastas está realizando en torno a la obra del escritor y periodista Manuel Chaves Nogales, uno de los máximos representantes de lo que ya se conoce como tercera España porque nunca fue ni de derechas ni de izquierdas sino un hombre de firmes convicciones republicanas y democráticas en un país que no entiende de términos medios.

Los relatos que se recopilan en A sangre y fuego se han convertido ya en un referente para entender lo que significó la Guerra Civil Española para lectores libres de prejuicios ideológicos. Este libro ocupa su mirada en retratar cómo afectó aquel desbarajuste a los hombres y mujeres ordinarios de su tiempo. O lo que es lo mismo, a esas víctimas silenciadas y sin derecho a recuperar su memoria histórica fruto de un enfrentamiento entre hermanos y vecinos que defendían –unos y otros supuestamente– objetivos diferentes pero coincidentes en un modelo de convivencia vertical basado en el miedo a la autoridad. Al ordeno y mando.

Las mismas claves se leen en su imprescindible El maestro Juan Martínez que estaba allí, crónica de viva voz, la del Juan Martínez del título, durante los años de la Revolución Bolchevique, y de la que es involuntario testigo este bailaor flamenco que recorre una Europa en llamas tras el estallido de la Primera Guerra Mundial.

En este libro, Manuel Chaves Nogales le da la palabra y será a través de su protagonista cómo obtendrá el lector su peculiar visión sobre primero la Rusia zarista, la Rusia revolucionaria y la guerra civil que con similar arrojo, y también sentido del absurdo, enfrentaron a blancos y bolcheviques. Las dos facciones en las que se dividió esa sociedad durante aquellos años que conmovieron al mundo y que Chaves Nogales nos relata en primera persona, la voz de Juan Martínez, un español que junto a su inseparable compañera Sole, intenta sobrevivir en un mundo que se desmorona.

El maestro Juan Martínez que estaba allí es un libro que, pese a los años transcurridos, respira una actualidad que despierta el ánimo devorador de la lectura. Sus páginas se leen así con una velocidad de vértigo… Es la historia de un hombre, Juan Martínez, que a veces pone la piel de gallina y en otras asoma la sonrisa. Una lección de humanidad con la que el héroe –Juan Martínez no deja de ser un héroe por su capacidad de levantarse pese a los golpes recibidos– que se enfrenta a unos y a otros procurando en todo momento mantener la dignidad.

Porque dignidad hay mucha en este libro que algunos califican de novela y otros de testimonio, pero también miedo y una asombrosa capacidad para sobrevivir incluso en los momentos más aberrantes y salvajes, esa cólera que ha contaminado el espíritu de un puñado de hombres que son capaces de cualquier cosa en nombre de una idea.

La descripción de cómo funciona la burocracia bolchevique resulta, en este sentido, tremendamente kafkiana y el odio desatado de los blancos brutal. Se tratan de cuadros que obliga a evocar lo que años más tarde se desencadenaría en las tierras de España y experiencia de la que dio cuentas el mismo Chaves Nogales en sus historias de A sangre y fuego.

Lo que importa, viene a decir Nogales, es el hombre. Y no esas ideologías que animan a cortar cabezas bajo la promesa de un mundo mejor. Cruenta lección que algunos –con independencia de sus ideas–  defienden todavía.

Y todo ello narrado por un Chaves Nogales que no deja de ser la voz que filtra lo que relata Juan Martínez, y que sabe impregnar en cada una de sus palabras reflexión afilada para la anécdota, audaces giros del lenguaje y contraste sobre los primeros años de la dictadura del proletariado en Rusia.

Una Rusia en la que sus habitantes no encuentran lugar en el mundo salvo los que han cultivado el sentido de la oportunidad y otros el de la barbarie. Un sistema que en nombre de los campesinos y los obreros, los humillados y ofendidos, no valora para nada la vida del otro y que se muere de hambre.

Desfilan por las páginas del libro innumerables horrores que obligan a desconfiar de la bondad humana y a pensar que, efectivamente, el hombre es un lobo para el hombre, como cuando Martínez narra las decapitaciones de judíos por legiones de cosacos y las ejecuciones de ciudadanos –algunos de ellos ejemplares– por el aparato de la Checa, una factoría del horror revolucionario ante la que tiene que lidiar, como dos toreros, Juan Martínez y Sole para evitar el hacha de los verdugos. Verdugos rojos y blancos.

El maestro Juan Martínez que estaba allí tiene que entenderse así más que como testimonio sobre la guerra como un manifiesto antibélico que muestra hasta donde podemos ser capaces de llegar para sobrevivir. En el caso de los protagonistas, forzados a entregarse a la corrupción para que no lo maten sus “amigos”, el mercado negro y la falsificación.

Y todo este drama, relato de pesadilla, de horror extremo, aliñado para que no se indigeste con un sentido del humor que desarma pero que al mismo tiempo hace que se asuma esta vivencia en el infierno. Infierno que va de Leningrado a Moscú, y de Moscú a Kiev y Odesa, ciudades en la que el protagonista no deja de vestir su frac e irse de gira o trabajar como croupier mientras todo a su alrededor estalla en pedazos.

Y ello sin perder en ningún momento, y frente a la esquizofrenia de estar trajeado ante los blancos y ser un pordiosero frente a los rojos, coherencia.

La coherencia de “los hambrientos” porque la guerra, subraya Martínez/Nogales, no la provoca tan famélica legión.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

Memorias de un perro sarnoso: El asunto N’Gustro

Lunes, Agosto 3rd, 2015

“Y no es precisamente que me ande con chiquitas. La experiencia me ha enseñado que con las intelectuales, todas las maniobras de aproximación deben iniciarse a nivel espiritual y con labia. ¿Quiere meter en el bote a una intelectual? No se le ocurra meterle mano. Pondrá el grito en el cielo. Lo que se debe hacer es observar un tiempo de silencio, sin tocarla ni nada parecido, a tres metros de distancia, es la distancia adecuada, y luego preguntarle, sin mover ni un dedo ni nada, algo bastante concreto, sexualmente hablando, pero todo dentro de un marco muy intelectual.”

(El asunto N’Gustro, Jean Patrick Manchette. Traducción: Janine Muls de Liaràs. Editorial Laia, 1975)

Estas son las memorias de un tal Butron Henri, un anarco fascista que en los años sesenta se lía en una oscura conspiración para asesinar, en territorio francés, a un representante de izquierdas de un país africano. Butron Henri, extremadamente individualista, seductor a su manera e hijo de perra sin conciencia, graba su historia antes de ser asesinado por la reacción para la que trabaja. Recuerdos demoledores, desconcertantes, cargado de un humor soterrado y sin asomo de épica que escribe –no creo que a regañadientes– uno de los mayores escritores europeos de la segunda mitad del siglo XX.

Po su nombre lo conocerán los iniciados. Los que no, están tardando en hacerse con algunas de sus novelas. Baste decir que lo agradecerán.

¿Nombre?

Jean Patrick Manchette.

Los especialistas de la novela criminal, aunque los cursis digan noir, colocando el acento en la o, dirán que es uno de los creadores del polar. Otros, entre los que nos encontramos, diremos solamente que Manchette es un escritor a secas que utilizó la novela criminal para hacer con ella lo que le venía en gana. Vamos, que el género se le quedaba muy corto. Y en El asunto N’Gustro, que es el título que reseñamos y se inspira vagamente en el caso Ben Barka, eleva al cubo esta reflexión. Porque aquí, aquí, crimen hay al principio y al final, y descripción social poca, salvo la de un grupo de chalados y buscavidas. Gente de bien o de mal, según se prefiera, acostumbrada a sacar pasta, parné, dinero, a multimillonarios y militares de países africanos que solo tienen una idea en la cabeza: cazar rojos y cepillarse blancas en París.

No lo decimos nosotros sino el deslenguado de Butron Henri. Un personaje desalmado, un facha que coquetea con la prensa de izquierda si cobra por contar su historia. Una historia fantástica en las que rememora su experiencia como soldado en la Argelia francesa antes de regresar a Francia y repartir leña con sus camaradas de derechas contras los camaradas de, precisamente, esa izquierda que paga por su historia.

Y parte de la novela, que está narrada en primera persona por Butron Henri, se ríe del sesenta y ocho, ridiculiza a los popes del existencialismo y la nouvelle vague con ventosidades sonoras y, comenta deslenguado, bastante olorosas.

¿Un personaje repugnante? Si leen El asunto N’Gustro sin pellizcarse la nariz terminarán por entender a este jeta que no entiende de ideologías. Y que si termina en la extrema derecha y no en la extrema izquierda es por casualidad y causalidad porque el lector tiene la sensación de que milite en el bando en el que milite será siempre el mismo hijo de puta. Repartir leña y cachetones no entiende de ideologías.

El caso N’Gustro se asume entonces como una salvaje novela de humor. Un humor rocambolesco, delirante, en ocasiones políticamente incorrecto. Una lectura agradable, vamos, para pasar estos calores que adormecen el alma.

Será cosa que su protagonista, el tal Butron Henri, es un canalla redomado que no esconde que es un canalla redomado. Y esa sinceridad aplastante, esa manera tan personal y repugnante de observar la realidad que lo rodea, lo que desarma al lector pero engrandece a tan, insistamos, detestable personaje.

Jean Patrick Manchette se formó, antes de dar la vuelta como un calcetín a la novela policial francesa, sobre todo por la literatura policiaca norteamericana. Y si hay un autor negro estadounidense que marca –al menos en ésta y otras de sus historias– su obra se llama Jim Thompson, que fue uno de los grandes especialistas en contarnos relatos de hijos de perra en primera persona. Solo que Manchette lo adapta a la Francia de su tiempo.

Se ha traducido, y bien muchas veces, a Manchette en español. Yo me encontré con sus novelas hace tiempo en editoriales como Bruguera y Laia, hoy lo reedita RBA e incluso Anagrama, que publicó este año Caza al asesino, aunque en los ochenta la titulara Cuerpo a tierra. Cosas de la reciente versión cinematográfica, una película que protagoniza Sean Peen y Javier Bardem a las órdenes de Pierre Morel.

Ya le dedicamos en este mismo su El Escobillón.com un artículo a Manchette. Autor que ha sido versionado al cine y al cómic, pero es en los cómic donde se respira su grandeza si es ilustrado por Jacques Tardi. Tardi es compatriota y conoce el universo enloquecido de Manchette. Un autor que cuenta con un puñado de novelas imprescindibles.

A mi encantan la realista Volver al redil, la fantástica De balas y bolas, la gótica La lunática en el castillo, la terrorífica Fatal y la anarquista Nada (llevada al cine por Claude Chabrol) y, no iba a ser menos, la salvajemente divertida El asunto N’Gustro, entre otras.

Leer a Manchette deja k.o.

Y no por agotamiento sino porque quieres recibir más. Zumba que te zumba a derecha y a izquierda.

Solo un problema, y que se froten las manos los loqueros, leer a Manchette provoca adicción.

Así que es una lástima que muriera tan joven. Su máquina de escribir enmudeció al cumplir los 53 años. Sucedió en junio. Hace ahora veinte años.

“Los que querían convencerme, Jacquie, Anne, más tarde otros, jamás cayeron en la cuenta: me creían semejante a ellos, y ellos se creían semejantes a todo el mundo. Todos sus razonamientos se aplicaban a la gran masa. Y a mi la gran masa me importa tres pepinos. Butron Henri es el único que me interesa, y no será la gran masa quien le saque las castañas del fuego. ¿Qué podría yo tener en común con los tipejos que pencan en las oficinas y en las fábricas?”

Saludos, dejad que los cadáveres se bronceen, desde este lado del ordenador.

La llamada de África

Sábado, Julio 25th, 2015

William Walker fue un mercenario norteamericano que en la segunda mitad del siglo XIX logró ser presidente de Nicaragua respaldado por un ejército de heterogéneo de soldados que se denominaban así mismos Los inmortales. La primera vez que llegué a este personaje fue a través de la película Walker (Alex Cox, 1988), protagonizada por Ed Harris, pero el filme resulta muy irregular sobre un personaje que es fruto del capitalismo más salvaje. Para una mejor aproximación al mismo, recomiendo la lectura de Pura vida, de Patrick Deville, en el que la sombra de Walker resulta bastante alargada y justifica el esfuerzo de este escritor y viajero francés ya que ofrecer un peculiar retrato de Latinoamérica como continente mestizo e indómito.

Hace apenas unos días terminé Ecuatoria, libro en el que Deville plantea más o menos los mismos objetivos que en Pura Vida solo que en esta ocasión centrado en el continente africano y en los blancos (Stanley, Brazza, Livingstone, entre otros) que recorrieron su geografía en un fascinante intento de recrear las vida paralelas de Plutarco, aunque el carácter de estos personajes reales, que en manos de Deville se convierten en carne de ficción, resultasen en muchos de los casos radicalmente diferentes y opuestos en sus fines e intenciones.

Guste o no guste, se quiera o no, entiendo los libros de Deville más como novelas que como libros de viajes en su sentido más estricto y si quieren comedido. El escritor juega con los tiempos, al viajar al pasado para narrar las aventuras de esos hombres blancos que abrieron caminos al andar, y en tiempo presente, momento en el que cuenta cómo son los escenarios que en su día recorrieron estos exploradores. Heterodoxos a los que animaba el espíritu de la fortuna en muchos de los casos y en otros un desarmante humanismo.

En este aspecto, algunos de los capítulos de Ecuatoria son de una belleza que hace salivar el paladar del lector porque participa junto a ellos en su itinerario por una selva densa y rodeada de peligros detrás de un sueño. Un sueño que puede ser el de conquista o el de dar pasos hacia adelante porque no existe en su diccionario la palabra retroceder.

El eco de Conrad resuena en cada una de las páginas de esta novela sobre iniciados. De hombres que forman parte de la historia de una geografía que a lo largo del siglo XIX se repartieron las potencias europeas al dibujar con tiralíneas sus fronteras.

Deville combina estas intrahistorias para configurar un fresco en que se confunde política colonial, biografías e incluso apariciones estelares como la de Che Guevara, quien apoyó los movimientos revolucionarios congoleños en 1964 y vivió ahí, en pleno corazón africano, el primero de sus fracasos guerrillero apenas unos años antes de su muerte en Bolivia.

El resultado es un texto en el que algunos de sus visitantes más famosos se fusionan con aquel entorno y en el que se defiende la idea de que cualquiera “se puede convertir en Kurtz o en Schweitzer”.

Entre los mensajes que se desparraman por Ecuatoria es que hoy apenas queda nada de aquellos hombres y sí bastantes de esas fronteras que tanto contribuyeron al caos africano. Otro de los resultados funestos de una colonización en la que participaron gentes con honor y otras gentes que jamás entendieron el sentido de esta palabra.

Conquistadores, al fin y al cabo, por su tenacidad en alcanzar metas mientras se introducían en una jungla espesa e inhóspita para expoliar sus riquezas o con la intención de protegerla del  espolio de los advenedizos. Todos, sin embargo, unidos en su búsqueda de un destino.

¿Destino?

En Ecuatoria el destino se convierte en una realidad que tejen los sueños. Y ese sueño tiene un nombre: África, un extenso territorio que aún contaba con zonas en blanco en los Atlas del XIX, y que escritores que apenas tocaron con sus pies, utilizaron como paisaje de algunas de sus novelas.

¿Un nombre? Julio Verne.

Verne, de hecho viene a decir Patrick Deville fue uno de los involuntarios culpables que empujaron a muchos de sus lectores contemporáneos a explorar aquellas manchas ignotas para descubrirlas a una civilización que como la occidental se abría camino en nombre del progreso. Ese mismo progreso, escribe Deville, responsable de matanzas y generar una complejísima miseria que aún hoy se ceba en el continente.

Para el hombre blanco la llamada de África –escribe Patrick Deville– es una llamada individual.

O una llamada existencial.

Conrad lo puso en boca de su misterioso Kurtz:

“El horror, el horror”.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

A sangre y fuego

Jueves, Julio 23rd, 2015

“Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban en España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos lo sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtibérico los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.” 

(A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, Manuel Chaves Nogales, Prólogo del autor. Espasa Libros, 2011)