Archive for the ‘Literatura’ Category

¡Muchas felicidades, Hemingway!

Martes, Julio 21st, 2015

INTRO

Ernest Hemingway pertenece a una estirpe de escritores que gusta o se detesta sin términos medios. También se trata de un personaje que estuvo por encima de su obra literaria, un escritor, en definitiva, que conocen casi todos sin haberlo leído. A ello contribuyó su poderosa presencia física, su sentido del riesgo y la necesidad de construirse un otro yo a través del cual relatar su vida imaginada como aventurero.

Se habla, de hecho, de su carácter para definir a un hombre bronco pero civilizado que quiere sentir la llamada de la selva pero se olvida, sin embargo, otras constantes que planean en su obra, léase el amor y el sexo, que son términos que en sus historias van inevitablemente unidos, así como las mujeres, la mayoría de ellas fuertes y en ocasiones apoyo inevitable de sus individualistas protagonistas masculinos.

Para los iniciados en la obra de Hemingway resulta muy difícil escoger una novela para invitar al profano a iniciarse en su universo aunque cuenta con títulos que no me canso –y no creo que me canse– de leer lo que me quede de vida. Uno de ellos es Adiós a las armas y otro Islas en el golfo. Me gustan, y mucho también, sus cuentos, que fue un territorio en el que se manejó bastante bien y menos, bastante menos, la novela que lo consagró durante un tiempo en su país: Por quién doblan las campanas, donde da una pobre visión de la Guerra de España, casi como si de un cartón pintado se tratara.

En cuanto a su España, una España ebria y violenta y lo suficientemente indómita para despertar el espíritu, apostaría por Fiesta, y no porque se desarrolle en Pamplona y en pleno San Fermín, sino por el grupo heterogéneo de personajes que presenta.

Encasillado en la que se conoce como Generación Perdida, y en la que compartió juergas de alcohol y sexo con escritores como Francis Scott Fitzgerald, de quien dibuja un atractivo retrato en su libro París era una fiesta pese a que dedique palabras maldicientes a la esposa del autor de El gran Gatsby, Zelda; la obra literaria de Ernest Hemingway dio origen a numerosas películas antes y después de que se pegara un disparo en la cabeza.

Abrupto final para un escritor que en los últimos años de su vida fue investigado por el FBI, abrazó con entusiasmo el triunfo revolucionario castrista e intentó vivir hasta el límite sus existencia. Y todo eso tras recorrer los campos de batalla de España y Europa; cazar animales salvajes en África y refugiarse del mundanal ruido en Cuba, isla a la que le regaló una de sus grandes obras: El viejo y el mar y en la tomó como modelo a un pescador de origen canario, Gregorio Fuentes.

La siguiente lista de películas no recoge todas las adaptaciones al cine que se han realizado sobre sus novelas –omitimos porque no la hemos visto Punto de ruptura  (Michael Curtiz, 1950),  y ningunea conscientemente todas aquellas que han querido inspirarse en algún momento de su vida o en las que aparece como discreto secundario (ver la irregular Los modernos, de Alan Rudolph y la deliciosa Medianoche en París, de Woody Allen, entre otras).

Se trata de un listado de filmes que dejaron huella a los escobilloneros y en muchos de los casos contribuyeron a que se refugiaran en sus libros tras haber disfrutado de su versión en celuloide.

LAS PELÍCULAS

Adiós a las armas (Frank Borzage, 1932).- Hay mucho que descubrir en el cine norteamericano rodado en los años treinta, una de sus épocas doradas y singularmente más revolucionarias. Entre los cineastas destacados de esa década está Frank Borzage, quien dirige una atractiva y romántica historia de amor ambientada en el frente italiano durante la I Guerra Mundial. Helen Hayes y Gary Cooper son la pareja protagonista. A finales de los cincuenta, Charles Vidor dirigiría una nueva versión con Rock Hudson, Jennifer Jones y Vittorio de Sica en el reparto.   

Por quién doblan las campanas (Sam Wood, 1943).- No, no es una de las mejores películas de su director, el siempre correcto Sam Wood, ni un título a destacar en la filmografía que se ha realizado sobre la Guerra Civil Española, aunque cuenta con dos actores protagonistas –Gary Cooper e Ingrid Bergman–  que forjaron sus leyendas en este filme que nos revela que cuando suenan las campanas, es que suenan por ti. 

Tener y no tener (Howard Hawks, 1944).- La leyenda cuenta que Hawks desafió a Hemingway al sugerirle que rodaría una gran película de una de sus peores novelas. La novela resultó ser Tener y no tener, y en el guión se encuentra, entre otros, William Faulkner. Tener y no tener es una de las grandes películas de su director, también de su pareja protagonista: Humphrey Bogart y Lauren Bacall, sin olvidarnos, claro está, de ese colosal actor de reparto que fue Walter Brennan. Una frase legendaria de la película: “Si me necesitas… silba”. 

The Killers (Robert Siodmak, 1946).- Nunca un relato corto, Los asesinos, ha resultado tan explotado, y para bien, cinematográficamente hablando. The Killers es una versión en clave negra de un cuento muy corto y contó con Burt Lancaster y Ava Gardner para dar credibilidad y consistencia a la historia de un errante. Donald Siegel rodaría en los años sesenta su peculiar versión. Versión en la que da más protagonismo a los asesinos en su impecable e implacable Código del hampa (1964). El filme está interpretado por unos sobrios Lee Marvin y Clu Gulager con traje y corbata. Uniforme profesional que inspiró a Quentin Tarantino para vestir a su pareja de liquidadores (Travolta-Jackson) de Pulp Fiction. Mención especial a Angie Dickinson, John Cassavettes y Ronald Reagan en el que quizá fue el mejor papel de su irregular carrera cinematográfica. 

Las nieves del Kilimanjaro (Henry King, 1952).- Basada en un relato del escritor norteamericano, quien apuntó que lo mejor de esta película era una de sus protagonistas, Ava Gardner, actriz por otra parte tan unida a Hemingway, Las nieves del Kilimanjaro propone un largo flash back en el que un escritor norteamericano que ha sido herido en África reflexiona sobre las mujeres que conoció y las batallas en las que luchó, entre otras alguna de la Guerra Civil Española defendiendo los colores de la II República. Junto a Gardner y a ese actor tan fundamental en la filmografía por otra parte excelente de King, Gregory Peck, trabaja Susan Hayward. 

El viejo y el mar (John Sturges, 1958).- La película no es la novela. Una novela, por otra parte, muy compleja de adaptar al cine pese a que su protagonista fuera Spencer Tracy. Como ya adelantamos, Ernest Hemingway se inspiró en Gregorio Fuentes para su pescador que lucha solo contra los poderes del mar.

Cuando se tienen veinte años (Martin Ritt, 1962).- La película reúne las historias que Hemingway dedicó a su alter ego literario, Nick Adams y cuenta con una legión de seguidores entusiastas. Mucho encierra esta historia de iniciación en la que se recorre la juventud de un joven inquieto e hijo único que viaja a Nueva York para conseguir trabajo y termina alistándose  en el ejército italiano para enamorarse y conducir una ambulancia. ¿Les suena?

La isla del adiós (Franklin J. Schaffner, 1977).- La película está basada en una de las novelas más injustamente olvidadas del escritor norteamericano, Islas en el golfo, y contó con George C. Scott como protagonista en esta aventura que se desarrolla en los cayos que salpican las costas de las islas del Caribe durante la II Guerra Mundial. No he vuelto a verla desde que recibí la revelación, allá por los setenta, pero en lo que me queda de de memoria la recuerdo con agrado, casi el mismo que me ha animado a escribir este listado de sugerencias, de películas con las que combatir el calor que nos invade y de paso –y a modo de excusa– celebrar el cumpleaños de tan formidable como vilipendiado escritor norteamericano. 

Saludos, larga vida, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Detengan a esa mujer!!!

Lunes, Julio 13th, 2015

No solo de Patricia Highsmith vive el lector de la turbia literatura criminal. Hay otras señoras que lidiaron con género tan aparentemente masculino y que publicaron y alcanzaron el reconocimiento que se le debía en lo que fue su época dorada –los cuarenta– y, dicho sea de paso, en territorio entonces solo abonado para hombres.

Pero ellas están ahí, y metieron la cabeza como pudieron hasta alcanzar una notoriedad que, paradójicamente, casi nadie admite en la actualidad. Su éxito logró, sin embargo, que algunas de sus obras se tradujeran al español tras haber sido adaptadas al cine.

La lista de estas mujeres es larga, pero solo citamos unos pocos nombres para que los interesados, a todos aquellos a los que pueda morder la curiosidad, se hagan rápidamente con cualquiera de sus novelas.

Ahí van las tres escogidas:

Margaret Millar

Vera Caspary

y Dorothy B. Hughes

Y no, no nos hemos olvidado de las damas del crimen, pero en este artículo que solo quiere ser orientador nos centramos en las mujeres que se sumergieron en las aguas, ya se ha dicho, turbias de la literatura criminal. Esa que se escora más hacia lo social, presta atención a los personajes –paradójicamente perdedores y masculinos– y olvida el profiláctico crimen de salón.

La labor que Margaret Miller hizo al género ha quedado oculta por la sombra alargada de quien fue su marido, Kenneth Millar alias Ross McDonald, pero deberían de buscarla para que se hagan una idea de cómo hay que tratar a los protagonistas de una novela y de cómo sus acciones equivocadas les conducen a la perdición. Atención a una de sus obras: Pagarás con maldad. El título, como se observa, lo dice todo.

A Vera Caspary habría que hacerle un monumento. Un monumento por su novela más popular y que dio nombre a una de las mejores películas negras de Otto Preminger, el cineasta irascible. ¿Título?, Laura, por el amor de Dios. Un personaje al que la actriz Gene Tierney contribuyó a hacer eterno.

La tercera de la lista, y no por último la peor de ellas, es Dorothy B. Hughes. Una mujer de armas tomar, nacida en una familia de clase media y en un ambiente bastante progresista para su época. Estudiante de periodismo, en la década de los cuarenta comenzó a escribir novelas criminales en las que pronto se distinguió por sus afilados y crudos relatos protagonizados por perdedores algo románticos. El caso es que estos libros alcanzaron notable éxito de público, algunos de los cuales fueron adaptados al cine.

Entre otras versiones se encuentran títulos como En un lugar solitario, Persecución en la noche y El gorrión caído.

En un lugar solitario se ha convertido en un clásico del cine negro y en una de las mejores películas de su director Nicholas Ray, y de sus dos actores protagonistas: Humphrey Bogart y Gloria Graham.

Persecución en la noche es además de una novela a reivindicar un título clave en la filmografía como cineasta de Robert Montgomery, un actor a quien debemos una deliciosa extravagancia con cámara subjetiva que responde al nombre de La dama del lago. En esta ocasión, rodó una convincente y sobre todo muy lírica versión de la novela de Hughes que todavía resplandece.

La tercera adaptación, El gorrión caído, es una desoladora huida hacia delante que realizó Richard Wallace y que contó con una de las grandes estrellas del Hollywood de aquellos años, John Garfield, quien en el filme interpreta a un ex combatiente del batallón Lincoln en la Guerra de España, razón que obligó a que su estreno en España  se retrasase hasta la muerte del general Franco.

¿Hay puntos en común en estas tres novelas?

La respuesta es afirmativa. El inconfundible sello Hughes. Tan inconfundible que todavía se mantiene sin que apenas haya hecho mella en ellas el paso del tiempo. Respiran, como respiran las novelas de la señora Millar y Caspary. Solos tres mujeres, entre otras tantas mujeres, que aportaron una lúcida mirada a las turbias aguas del género criminal.

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

Fallece el poeta y escritor Carlos Pinto Grote

Miércoles, Junio 3rd, 2015

Ha fallecido el poeta, escritor y médico Carlos Pinto Grote (San Cristóbal de La Laguna, 1923-2015).  Detrás deja un atractivo trabajo literario que lo hizo merecedor, entre otras distinciones, del Premio Canarias de Literatura, galardón que recibió en 1991.

Autor de más de veinte libros de poema y un conjunto de trabajos en prosa en el que destaca, entre otros, la novela Los papeles de Abilio Santos, un retrato de un político caído en desgracia no por la política sino por su propia personalidad, la poesía fue sin embargo la gran pasión literaria de toda su vida.

En el libreto adjunto al disco Antología de Carlos Pinto Grote, en su propia voz, musicalizado por Rubén Díaz, el escritor se definía como “un poeta provincial. Desde que comencé a escribir poesía, el problema de la comunicación no fue nunca importante. Lo que realmente me interesaba y me interesa es el descubrimiento del mundo poético por medio de la palabra. La poesía fue, desde el principio para mí, un sistema de conocimiento, un modo de llegar a saber algo sobre el ser y el estar en la existencia y descubrir la belleza a través de la escritura, interpretando los signos.”

Carlos Pinto Grote publicó sus primeros poemas en la revista Mensaje dirigida por su padre, el poeta Pedro Pinto de la Rosa y desde los años cincuenta era colaborador habitual en algunos de los periódicos de las islas, artículos en los que reflexionó sobre literatura, pintura y filosofía, entre otros.

Su obra poética consta de títulos como Las tardes o el deseo (1954); Las preguntas al silencio (1956); Elegía para un hombre muerto en un campo de concentración (1956); El llanto alegre (1957); Muda compasión del tiempo (1963); Siempre ha pasado algo (1964); Como un grano de trigo (1965); En este gran vacío (1967); Sin alba ni crepúsculo (1967); Oneirón (1973); Unas cosas y otras (1974); Los habitantes del jardín (1978); Tratado del mal (1981); De los días perdidos (1982); Poemas a un cultivador de opio (1983); Tienda de antigüedades (1997); Cantos para una desolación (1998) y Aprendizaje del silencio (2003) mientras que en prosa destacan los cuentos reunidos en Las horas del Hospital, Un poco de humo y otros relatos y la biografía dedicada a Juan Ismael. Ocultaciones.

Entre otros reconocimientos, Carlos Pinto Grote era Hijo Predilecto de San Cristóbal de La Laguna e Hijo Adoptivo de Santa Cruz de Tenerife.

“Es usted bueno porque no sirve para lo contrario”

Martes, Mayo 19th, 2015

- Entonces…, ¿cree usted tan desdeñable mi angustia?

- No; desdeñable, no. Pero…vulgar. Su caso de usted es el mismo de centenares de millones de hombres. ¿Qué es lo que ha sucedido? Perdió un empleo y una novia. Bien. Todo el mundo ha perdido una novia y un empleo.

- No, no razone usted así. La verdad es que perdí cuanto tenía, y que todo lo que tenía era bien poco. Pero mi tragedia consiste, más que en la calidad de lo perdido, en la ausencia de todo bien presente. Hasta hoy hemos vivido de los ahorros hechos milagrosamente por mi tía. Se han acabado ya. Desde hoy contamos únicamente con su pensión, diez duros mensuales, y con las cien pesetas de la renta de una casita que posee en el pueblo. ¿Y mi fe? ¿No era lo más importante entre todo lo que se llevó la malaventura? Me han expulsado del Banco por haber impedido, aunque inconscientemente, una canallada, y mi novia no me aleja de sí por ser malo, sino por ser desgraciado… Porque yo he sido siempre un hombre bueno…

- Eso no es decir nada, Carabel. Se es bueno como se es moreno o rubio, y jactarse de ello resultaría estúpido. A usted le es imposible proceder de otra manera. Es usted bueno porque no sirve para lo contrario.

- ¿De suerte que para usted no tiene ningún mérito conservarse puro y honorable aun en medio de las tentaciones que la miseria desliza en nuestro corazón?

- Ningún mérito. Se trata tan sólo de tentaciones frías, de deseos que no corresponden a una aptitud, que germinan baldíamente. Entonces se dice: «Yo no quiero ser malo», cuando debiera reconocerse: «Yo no puedo hacer el mal.»

- Nada hay más fácil.

- Para usted o para mí nada habría más difícil.

(El malvado Carabel, Wenceslao Fernández Flórez)

(*) En la imagen Fernando Fernán Gómez en El malvado Carabel, (Fernando Fernán Gómez, 1956)

Los ‘hunos y los hotros’

Lunes, Mayo 18th, 2015

“La tesis general de este libro y de otros escritos que fueron apareciendo poco después es que aquella no fue una guerra civil entre dos Españas, como erróneamente creímos muchos durante tantos años, siguiendo la idea de hombres perspicaces como Machado y Unamuno, sino la determinación de dos Españas minoritarias y extremas para acabar con otra, la mayoritaria tercera España en la que podían haberse integrado gentes de toda condición, edad, clase e ideología, excluyendo de ella naturalmente a aquellas otras dos, la fascista, por un lado, y la anarquista, comunista, trotskista o socialista radical por otro, tratando de ensayar a toda costa aquí revoluciones que ya habían salido triunfantes en la URSS, en Alemania o en Italia.” 

(Las armas y las letras. Literatura y Guerra Civil (1936-1939), Andrés Trapiello, Ediciones Destino, 2010) 

El 18 de julio de 1936 un país llamado España despertó en la que sería su peor pesadilla. El amargo sueño duró tres largos años y significó el enfrentamiento en una cruenta guerra (in)civil de hermanos contra hermanos y vecinos contra vecinos cuyas heridas aún hoy permanecen abiertas por los nietos y bisnietos de quienes lucharon en los campos de batallas o fueron brutalmente asesinados en retaguardia con espontáneo fervor revolucionario o bajo la fría burocracia militar. 

Casi ochenta años después de que se iniciara el conflicto que anegó de sangre la superficie de España, son muy pocos todavía los que estudian con la objetividad que se requiere aquellos días de llamas. La Guerra (in)Civil continúa siendo territorio abonado para que tanto las izquierdas como las derechas reinterpreten la Historia a su manera, lo que reduce el análisis a un enfrentamiento entre gentes de bien y gentes de mal. O de ángeles contra demonios según sean las versiones. 

El problema es que está visión contamina incluso a personas muy respetables y hasta cierto punto sensatas. La semana pasada sin ir más lejos, comentaba con un escritor al que respeto sobre lo difícil que es escribir sobre la Guerra (in)Civil sin caer en maniqueísmos, y que si tiempo atrás resultaba cansino que los que la perdieron fueran representados como una manada de sádicos gañanes ordinarios, es cargante que en la actualidad los hijos, nietos y bisnietos de los que la perdieron representen a los que la ganaron como un puñado de asesinos de pelo engominado y bigotillo ridículo bajo la nariz… 

El resultado es, en cualquiera de los dos casos, una indignante e indigente visión acerca de unos hechos macabros que, sin embargo, ha calado entre los hunos y los hotros. Lo de los hunos y los hotros es una frase acuñada por Miguel de Unamuno –”Entre marxistas y fascistas, entre los hunos y los hotros, van a dejar a España inválida de espíritu”– que es uno de los protagonistas del libro Las armas y las letras. Literatura y guerra civil de Andrés Trapiello, imprescindible relato para conocer las grandezas y miseria que jugaron los intelectuales españoles y extranjeros durante aquellos años en el que desaparecieron, entre otros, poetas como Federico García Lorca, y pensadores como Ramiro de Maeztu. 

Uno asesinado por orden militar y el otro por milicianos apenas iniciada una guerra que iba a costar cerca de un millón de muertos y que desató, a modo de consecuencia, posturas irreconciliables que han alimentado un odio que casi ochenta años después continúa latente entre sus herederos. 

La titánica labor que desarrolla Trapiello para notariar a aquellos escritores que de una manera u otra asumieron su parcela de protagonismo durante la Guerra (in)Civil es fundamental, con sus luces y sus sombras, para hacerse una idea sobre lo que se escribía y sobre lo que pensaba cuando se obligó al país a desgarrarse en dos mitades, dejando a una tercera soltera y sin novio hasta la actualidad. Afortunadamente, hoy hay entusiasmo y esfuerzo –calificado por hunos y otros como revisionista– por estudiar aquellos hechos con la perspectiva y la objetividad que  da el tiempo.

Lamentablemente, y por ser aún un período delicado en la Historia de España, son muy pocos todavía los que se atreven a investigarlo con ese mínimo de rigor, por eso el libro de Trapiello emerge como una especie de isla independiente, aunque se pueda acusar a su texto de “demasiado literario.”

Aunque a nuestro juicio, una de las grandezas de este volumen (de más de seiscientas páginas) sea precisamente su carácter literario y la sinceridad, en ocasiones desconcertante, con la que su autor comenta la vida y obra de los escritores que utilizaron sus letras como arma.

Hay casos realmente singulares de heroísmo intelectual, pocos a decir verdad los que recoge Trapiello, pero también hay muchos, demasiados, de repugnante connivencia con el poder de un lado como del otro. Resulta en este sentido muy revelador como son retratados en estas páginas poetas hasta hoy intocables como Rafael Alberti y Pablo Neruda y el cuestionable protagonismo que asumieron en aquellos años de plomo y sangre.

Es probable que desagrade e incluso se cuestione como Trapiello refleja la actitud de otros escritores e intelectuales. Y que desmonte el altar donde algunos de nosotros aún les rendimos pleitesía. Y pienso en Max Aub, pero no es obstáculo para que considere esta obra como esencial para el conocimiento de la vida y la producción literaria en el periodo que comprende la Guerra (in)Civil española precisamente porque se trata de un libro que no debiera leerse como un manual de Historia sino como crónica literaria, erudita, pormenorizada y muy documentada de unos años que ya exigían un análisis que tuviera presente su vocación de paz, perdón y piedad.

Esa misma paz, perdón y piedad que exigiera Manuel Azaña, otro de los grandes protagonista de unas páginas que no están escritas con rabia sino con distancia y mucho dolor porque los hunos y los hotros forman parte del mismo potaje que se cocinó en España. Potaje que aún hoy, ya se ha dicho, algunos pretenden que siga cocinándose a fuego lento.

Se lee con entusiasmo Las armas y las letras porque, este ha sido al menos mi caso, la literatura que se fraguó en aquel entonces me ha acompañado a lo largo de mi vida. Es un libro, además, en el que se aprecia que Andrés Trapiello está íntima y decididamente posicionado contra la feroz sublevación militar del general Franco, pero en el que se destaca también que el desastre al que llegó la II República fue trabajo de una izquierda incompetente, dividida, desorganizada, lastrada por sectaria y plagada de caraduras y canallas.

La lectura del libro resulta así desalentadora y contribuye a hacerse una idea de España que aún permanece: la de los hunos y los hotros, aunque en los tres años que duró la contienda fueron las circunstancias las que obligaron a muchos de los escritores a posicionamientos, renuncias, cobardías, silencios e incluso bajadas de pantalones y adhesiones fingidas para medrar y de paso saldar cuentas personales.

Por Las armas y las letras, que cuenta con una abundante y atractiva documentación gráfica, desfilan poetas y escritores de aquel tiempo crucial como Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Manuel Machado, José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Pío Baroja, Luis Cernuda, Rafael Sánchez Mazas, María Teresa León, María Zambrano, Gonzalo Torrente Ballester, Rafael García Serrano, Manuel Chaves Nogales, Pedro Muñoz Seca, Agustín de Foxá, Arturo Barea, Clara Campoamor, Ramón J. Sender, Rosa Chacel, José Bergamín y personajes tan turbios y extravagantes como Ernesto Giménez Caballero y Pedro Luis de Gálvez, este último un bohemio que fue de los primeros en vestirse el mono de miliciano, lo que convenció al creador de las greguerías, Ramón Gómez de la Serna, a abandonar rápidamente Madrid y España.

Hay más escritores, e incluso se toca pero muy de pasada, los que desde Canarias quedaron rápidamente anulados tras triunfar la sublevación militar apenas iniciado ese nefasto verano de 1936, y todos ellos, con sus proezas y miserias, quedan reflejado en una obra que, con todo lo criticable que pueda ser, es un título necesario para conocer quiénes pusieron su pluma al servicio de la espada.

Esa misma espada que hoy los nietos y bisnietos de los hunos y los otros deberían de transformar en unas tijeras e hilo para cerrar de una vez la herida que provocó aquella pesadilla.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

Perfidia, una novela de James Ellroy

Jueves, Mayo 7th, 2015

“- Yo soy inspector –dijo Dudley–. Bill Parker es un chupatintas. Yo necesito un criminalista brillante, y lo necesito a largo plazo; Bill Parker, no. Yo soy inmune a las normas frívolas; Bill Parker vive atado a ellas. Sospecho que, en ese sentido, usted y yo nos parecemos mucho.

- Gracias a él conservo mi puesto y mi madre no ha acabado en la cárcel –dijo Ashida–. De momento, garantiza nuestra libertad.

Dudley le tocó el brazo.

- Dígalo, muchacho. Sé que está pensándolo. <<¿Qué puede hacer usted por mi?>>”

(Perfidia, James Ellroy. Traducción: Carlos Milla Soler. Literatura Random House, 2015)

La primera novela de James Ellroy que cayó en mis manos fue La Dalia Negra, un libro que devoré  en un viaje mientras me preguntaba de dónde salía aquel tipo. Un tipo en el que creí atisbar ecos de un bronco David Goodis.

De vuelta a la provincia, los ecos se quedaron en eso, voces que se disolvían en el vacío cuando me enfrenté a L. A. Confidential y más tarde a El gran desierto y Jazz Blanco, a mi juicio novelas que no alcanzan el furor ni la sangre de sus dos obras anteriores, pero en las que aparecían como protagonistas o secundarios algunos de aquellos personajes para recordarnos que, las ahora cuatro novelas, formaban un grandioso fresco sobre una ciudad en la que sus presuntos ángeles custodios –entiéndase la policía– son en verdad agentes corruptos y generadores de corrupción.

La literatura de James Ellroy ha sido calificada desde entonces como ladrido de un perro rabioso, chifladura de un enfermo mental, quisquillosa voz de la conciencia e incluso como el hombre que puso patas arriba la recuperación del género, al que trascendió no solo a través de bastardos que trataron de imitarlo sino también en lo policíaco, ya que si bien muchos de los personajes de sus historias son aparentemente defensores de la ley, lo que le importa a Ellroy es mostrar descarnadamente cómo transforma la corrupción a su legión de antihéroes.

Una corrupción –la corrupción es el gran tema en torno al cual giran sus novelas– tanto física (drooogas, alcooohol, seeexo feeebril) como espiritual (saltarse las reglas, el asesinato) y medio para justificar un fin: ganar dinero porque el dinero es poder.

El caso es que James Ellroy escribió un fresco muy vivo –y realista por su maldad, una maldad en la que a veces asoma la ternura– de una ciudad, Los Ángeles, que  tras finalizar la II Guerra Mundial observa como transita por sus calles agentes de la ley que aprovechan la placa para ejercer su ley, taimados leguleyos, mafiosos, periodistas bajo cuerda, prostitutas, traficantes, alcahuetes y estrellas de Hollywood que, vistos a través de la acerada mirada del escritor, forman parte de la misma basura.

Imagino que con ganas de volver a ubicarse en las listas de los libros más vendidos, y tras su titánico y anfetamínico cuadro sobre los años sesenta, Ellroy regresa a su escenario original, Los Ángeles, reuniendo al personal de sus primeras cuatro novelas angelinas para narrarnos ahora qué hacían cuando despertaron la mañana en que la aviación  japonesa  bombardeó la base naval de Pearl Harbor.

Perfidia ofrece, en este sentido, una buena oportunidad para conocer cómo se desenvolvían parte de los personajes que recordamos ya maduros en L.A. Confidential, La Dalia Negra, El gran desierto y Jazz blanco, solo que ahora son más jóvenes pero igual de enfermos, manipuladores y violentos.

Perfidia es la primera entrega de una serie que constará de otras tres novelas en las que el escritor pretende narrar cómo cambió a toda una nación, pero en concreto a una ciudad como Los Ángeles, California, la irrupción de una Guerra que hasta ese momento fragmentaba las maltratadas tierras de Europa.

Se trata así de una novela de retaguardia en la que pesa, y bastante, el fondo bélico, pero que no olvida el crimen, en esta ocasión el que liquida a una familia japonesa presuntamente quintacolumnista y, sobre todo, la corrupción que alimenta y al parecer da razón de ser al corazón de esa ciudad.

Una ciudad sumida en la oscuridad por la guerra, paranóica ante la amenaza de ataques de submarinos japoneses, y ocupada por el ejército.

Sin embargo, si hay un personaje central en esta compleja novela coral es el duro pero también tierno Dudley Smith, una de las creaciones más logradas de Ellroy, y de quien conocemos algo de su pasado en Irlanda, lo que opina de Ciudadano Kane y el amor que siente por su hija ilegítima, Beth, un personaje que existió realmente y que alcanzó una popularidad no deseada cuando apareció su cadáver troceado en un descampado de Hollywood. Beth no es otra que Elizabeth Short, la famosa Dalia Negra, víctima de uno de los crímenes más horrendos de cuantos han sucedido en la Meca del Cine y que nunca se resolvió.

Hay mas protagonistas en esta novela repleta de hombres y mujeres de acero como William H. Parker, Hideo Ashida, policía de origen japonés e inclinaciones homosexuales, Kay Lake, Claire de Haven, musa de la comunidad izquierdista de Hollywood, que se cruzan con hombres y mujeres cuyos nombres nos suenan: la actriz Bette Davis, con la que Dudley Smith mantiene un tórrido romance; Joan Crawford, Harry Cohn, Mickey Cohen, Ben Siegel y otros que en manos de James Ellroy se convierten en personajes de su ficción.

Se trata Perfidia de una novela que recupera a un escritor que sabe manejarse muy bien por la geografía angelina de los años cuarenta. Y si el lector se muestra cómplice de su propuesta, las más de setecientas páginas de la novela le sabrán a poco. Cosas de la corrupción o, mejor dicho, de la tentación en caer en la corrupción.

Como en otros títulos de Ellroy, Perfidia implica sin embargo una digestión dolorosa ya que cuesta seguir su complicada trama policial aunque lo de menos, en las novelas de este escritor, suela ser los misterios por resolver. Casos que se olvidan tras la afortunada y amplia galería de personajes con los que suele apuntalar sus novelas.

Todos ellos, los cínicos y duros, los débiles y cobardes, hacen que el lector deba dar un paso al frente para que caiga sin red en el universo oscuro, tenebroso y violento de una cabeza que no entiende el espectáculo sino es provocándolo e ir de políticamente incorrecto. Un feroz individualista que viste camisas floreadas.

En las novelas de James Ellroy lo que funcionan son sus retratos humanos y las dobleces humanas que los caracterizan. También el paisaje urbano en el que los ubica: una jungla en la que nadie, nadie, es inocente y en las que el Mal –Ellroy no deja de ser un moralista pese a su crudeza– casi nunca paga.

Saludos, aún noqueado, desde este lado del ordenador.