Archive for the ‘Literatura’ Category

El caso Fonseca

Sábado, Agosto 16th, 2014

“Yo cada vez me volvía más egoísta. Pensaba: no aguanto más esta vida, pero no tenía valor para abandonar a Cristina. Eso no se debía a ningún sentimiento de generosidad. Apenas a que no soportaba la idea de que alguien se fuera a vivir con ella. Para decir la verdad, no tenía el menor interés sexual. Después de diez años de casado todo se acaba. Es una pena, pero se acaba. De nada sirve tratar de seguir las instrucciones de los manuales que procuran garantizar la supervivencia del matrimonio por medio de ejercicios sexuales, recetas de comprensión y autoanálisis, y demás. Yo no había dejado a Cristina tan solo porque la consideraba mi propiedad privada.”

(El caso Morel, Rubem Fonseca, colección Narradores de hoy, editorial Bruguera, 1978. Traductor: Carlos Peralta)

Entre los escritores intocables que han navegado con fortuna en la novela policíaca se encuentra Rubem Fonseca, un autor que casi todo el mundo conoce aunque casi nadie ha leído.

No es dado el señor Fonseca a dar entrevista ni a que se le fotografíe. Es un tipo muy celoso de su intimidad, uno de esos escritores que como los norteamericanos J. D. Salinger y Thomas Pynchon, huyen de una fama que sus lectores reclaman tras haber leído algunas de sus novelas.

Empecé a leer a Fonseca sin saber cómo era físicamente aunque en los últimos años sí que pude verlo en algunas fotografías y la decepción fue grande ya que sin haberme creado una imagen del escritor la real, la que se mostraba no tenía nada que ver con la que sospechaba. Pero esas cosas pasan.

Antes de ser escritor Rubem Fonseca fue, entre otras cosas, policía. Un policía de despacho pero policía al fin y al cabo, así que no resulta nada extraño que terminara dedicando algunas de sus mejores historias a lo criminal. Aunque lo criminal en manos de Fonseca son más cosas que lo criminal en sí.

Entiendo pero no asumo que los libros de Rubem Fonseca resulten tan extraños para algunos seguidores del género negro. Claro que las novelas de Fonseca van más allá de un relato criminal. De hecho, lo criminal es más bien una anécdota en sus historias. Historias de necesaria lectura para tomar el pulso no solo de ese gran país que es Brasil sino de cómo poco a poco estamos los humanos evolucionando como especie.

El escritor cuenta entre otras novelas con dos títulos que considero de obligada lectura no solo a lectores negros sino también de otras lagunas. Me refiero a El gran arte y Vastas emociones y pensamientos imperfectos. También a El caso Morel, un extraño y laborioso viaje a lo que somos y un estudio sobre quien toma conciencia y quiere ir más allá de esos límites.

El caso Morel comienza con la visita a la cárcel de un agente de la policía al protagonista de la historia, Paul Morel, un fotógrafo de éxito que cumple condena acusado del brutal asesinato de una mujer. En otras visitas, Morel le irá entregando una serie de páginas en las que narra el relato de su vida, aunque la novela no se queda solo en este plano sino que salta a otros espacios para contar otras historias que, inevitablemente, tienen que ver con la de Morel.

Fonseca ata y desata la trama, lo que en un principio produce cierto desconcierto en ese lector demasiado acostumbrado al sujeto-verbo-predicado, pero aquí respira uno de los pulmones de esta novela, que se disfraza de sencillez.

En contra de otros relatos de Fonseca, El caso Morel es el retrato de un hombre normal y corriente cuyas costumbres dejan de ser normales y corrientes en una sociedad demasiado cómoda y embriagada en sus límites. Claves morales que están ahí para que no te salgas del camino.

Morel hace todo lo posible para salir de ese camino. Vive con cuatro mujeres de condiciones sociales diferentes, con quien se relaciona con una sinceridad que no es crueldad aunque pudiera parecer lo contrario.

Es el juego. Un juego que averiguará si lee esta novela.

Al margen de la historia e historias que se van diseminando por El caso Morel, Ruben Fonseca reflexiona sobre su país y sus gentes como si lo observara desde un microscopio.

Y algunos de sus párrafos te hacen levantar la mirada del libro.

“- La mayoría de los hombres de nuestra clase social –le dije a Gigi– inicia su vida sexual con putas o criadas, chicas importadas del norte o traídas de las favelas, en su mayoría mulatas a las que el hijo de la familia jode con desdén. Sabes, Laura, ayer mi marido pescó a Eduzinho en la cama de la criada: una frase dicha con gracia y alivio por las madres, el chico aprende a ser hombre  y no es necesario darle más dinero. –Gigi me miraba asustada–. El chico crece con la idea de que el acto sexual es una experiencia indigna y subterránea, y que las mujeres que se someten no pueden ser nunca dignas de respeto; se las culpará de todo lo malo que pasa en la Casa del Patriarca y se las considerará débiles mentales porque solo así, por la falta de respeto del hombre a la mujer podrá subsistir el matrimonio. El gran mito brasileño de la mulata como diosa sexual deriva de esta contingencia cultural. La mulata tiene la piel bastante oscura para parecer inferior a las mujeres de la familia del macho blanco, lo que le permite a éste rehacer las deseables condiciones de la primera experiencia sexual sin la menor ansiedad. Nada mejor que una mulata para la sodomía, es un tópico en todo el país.”

Saludos, y la nave va, desde este lado del ordenador.

El libro que inspiró Érase una vez en América

Lunes, Agosto 4th, 2014

“Me tendí boca arriba, con los brazos bajo mi cabeza. Todos los dolores y todo el cansancio desaparecieron de mi cuerpo. Me sentí seguro y en paz, en este santuario. Sí, la paz es maravillosa.”

(¡Gángsters! (The Hoods), Harry Grey, Editorial Constancia, S.A., 1953. Traducción: José Manuel Ramos. Supervisión: Jorge Turner Morales)

El éxito de la película no acompañó al de la novela original, un relato autobiográfico y posiblemente maquillado escrito por Harry Grey, pero con muy contadas traducciones al español. Insólito, si tenemos en cuenta que inspiró la obra redonda, más acabada, de ese cineasta italiano excesivo y a ratos genial llamado Sergio Leone.

Descubrí The Hoods a través de Érase una vez en América y fui de los que aplaudí, una buena costumbre hoy prácticamente desaparecida en las salas, tras ver la primera parte de la película porque este inmenso retrato sobre el gangsterismo en los Estados Unidos de Norteamérica en los años treinta se estrenó en dos mitades, como Novecento y alguna más que se me escapa. La memoria, que es caprichosa, tiene esas cosas.

Encontré un ejemplar de The Hoods en la Cuesta de Moyano, en Madrid. Una especie de lugar sagrado para los buscadores de títulos raros y prácticamente olvidados. Se trata de un libro editado en 1953 por la Editorial Constancia S.A., Méjico y la portada tiene el estilo de aquellos años. Es decir, arrolladoramente pop cuando el pop todavía ni se había inventado.

Esta es la frase que se puede leer en la cubierta: “El tenebroso mundo del crimen y del vicio desenfrenado descrito con acento único, al rojo vivo, por uno de sus más feroces protagonistas.”

Apenas cuenta, sin embargo, con información sobre el autor en las solapas, salvo una descripción del contenido del libro en la que se cuenta la historia del Noodles del filme, en la versión mejicana Sesos.

Como curiosidad para seguidores del largo, del largometraje de Leone ¡Gángsters! tiene algo, aunque por una vez la versión cinematográfica supera al material literario porque donde el cineasta italiano pone sentimiento en el libro de Grey se cuenta la relación de unos hechos vistos desde el otro lado.

Sin embargo, ¡Gángster! continúa funcionando como retrato de una época y cómo afectó a una pequeña banda de delincuentes de origen judío.

Es muy curioso, y ha dado origen a numerosos estudios y novelas, cómo se crearon estas bandas en los barrios marginales de las principales capitales de Norteamérica en los años de la Depresión. Por un lado judíos, por el otro italianos, más allá irlandeses e incluso algún holandés al que se le había ido la cabeza como Dutch Schultz, un personaje que fascinó al escritor William S. Burroughs, quien escribió una de sus mejores obras fabulando sobre las últimas palabras que pronunció mientras agonizaba cosido a balazos.

La pregunta, no obstante, circula por mi cabeza. ¿Por qué no se ha vuelto a traducir The Hoods? Ningún editor entonces, coincidiendo con el estreno del largometraje de Leone, aprovechó el gancho comercial para dar a conocer un trabajo que con todos sus peros, que los tiene, cuenta con haber inspirado la mejor película de su, insistamos, excesivo y a ratos genial director.

Incomprensible, más si tenemos en cuenta que el mismo Leone no se cansó de elogiar The Hoods, el relato de un hombre que lo tuvo todo pero que al final terminó sin nada.

Uno de los muchos atractivos de The Hoods es que cuenta la vida de un gángster desde dentro. A través de sus ojos. El cineasta italiano supo captar muchos de estos elementos en su película, en especial la adicción de Sesos/Noodles por el opio, aunque Leone usa la droga al final para subrayar el carácter sedado que mantiene la película sobre todo cuando pega el salto a unos artificiales años sesenta. En el libro de Grey, fumarse una pipa es para su protagonista tan habitual como atiborrarse de alcohol en un garito clandestino.

“Max me dirigió una mirada de reproche. Sabía que yo no le estaba prestando atención y no le parecía bien. Sabía que yo estaba soñando despierto. ¿Cómo demonios había yo llegado con mis pensamientos hasta Dominico y hasta las maniobras secretas de la Liga? Debía de ser el sueño que me inspiró la pipa. Un espléndido sueño.”

The Hoods fue escrito por el autor mientras cumplía condena en la cárcel de Sing Sing y ayudado por su esposa, una maestra de escuela. A lo largo del libro, Grey narra además de sus correrías al margen de la ley como untaban de dinero a “tipos que completaron su educación”. Es además, y aquí está lo más importante, la historia de una amistad que se forja en un barrio de inmigrantes judíos en Nueva York, y el recelo que va brotando a medida que van creciendo y haciéndose un nombre en el mercado del hampa neoyorquino entre el protagonista y uno de sus compinches, Max.

Pero esa desconfianza es fruto del trabajo que hacen. En ese ambiente la amistad es una cuestión de negocios. La traición inevitablemente también.

Harry Grey dejó escritos dos libros más antes de morir.

Presumo, aunque es una especulación, que The Hoods fue el primero de una trilogía sobre sus experiencias cuando transitaba por el mundo del crimen. Al parecer, Sergio Leone llegó a conocer al escritor, aunque lamentablemente falleció antes de que comenzara el rodaje. Describe a Grey con cierto parecido a Edward G. Robinson. Claro que Robinson probablemente fue la idea más aproximada que Leone tuvo de un gángster norteamericano de los años treinta. Un tipo rudo, que más que fumar masca un habano mientras rocía a balazos con su ametralladora un local de la competencia.

Érase una vez en América es otro cuento de Leone solo que resulta más humano que sus anteriores películas.

Ahí su desconcertante y aún atractivo doble final.

Estas son palabras de Leone:

“Este flashback final puede sugerir la posibilidad de creer que el personaje no se ha movido de 1933, que todo lo que ha visto es fruto de su imaginación, del mismo modo que el filme es fruto de la mía.”

* Las citas de Leone están recogidas del estudio Sergio Leone (Pablo Mérida de San Román. Colección La vela latina, Ediciones Júcar, 1988

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

Arte salvaje, una biografía de Jim Thompson

Jueves, Julio 31st, 2014

Esta misma semana y en un artículo dedicado al cincuenta aniversario de la publicación en los Estados Unidos de Norteamérica de 1280 almas de Jim Thompson, mencionábamos la biografía que el escritor y periodista Robert Polito escribió sobre su autor bajo el título de Arte salvaje. Avisábamos entonces que apenas nos quedaban un puñado de páginas de la biografía, más se seiscientas trufadas de fotografías personales del escritor, y tarea que finalizamos esta misma mañana con gran dolor de nuestra parte.

¿Dolor?, sí, esa es la palabra exacta, dolor porque Arte salvaje es un retrato muy aproximado no solo a la vida sino también a la obra de este francotirador que quemó sus pulmones consumiendo cajetillas de Pall Mall y envenenando la sangre con litros de alcohol mientras se sentía el hombre más miserable del universo.

Arte salvaje despeja muchas de las dudas que rodean a Thompson, y se agradece la edición española de este colosal trabajo que rastrea su existencia y valora su literatura porque revela los vasos comunicantes que hubo entre una y otra. Es un ejercicio biográfico a través del cual Polito rinde justicia a un genio incomprendido en su tiempo aunque siempre tuvo la certeza de que algún día, cuando ya estuviera muerto y enterrado, se recuperaría su literatura para colocarla en el lugar que se merece.

No hace falta decir a los lectores iniciados que las más de veinte novelas que escribió Jim Thompson son en la actualidad títulos de culto. La mayoría de ellas, sobre todo las que publicó en la editorial Lion, especializadas en sacar adelante trabajos destinados a lectores con manos sucias y en la que Thompson compartió catálogo con otros célebres hombres de letras norteamericanas como David Goodis, un escritor que en vida militó también en la nómina de los despreciados.

La biografía de Polito reconstruye la vida difícil y compleja de Thompson, un autor maldito, mestizo –por sus venas corría sangre Cherokee–, tremendamente marcado por una inestable vida familiar que definió una adolescencia y juventud en la que se dedicó a vagabundear y descender a los infiernos de las más extrema pobreza.

Trabajador en pozos de petróleo, vagabundo, periodista y escritor, y hombre con fuertes convicciones de izquierda cuyo ideario trató de filtrar en algunos de sus más celebrados títulos, la gran pregunta que plantea esta absorbente biografía es cómo un tipo generoso y amable fue capaz de escribir las terribles novelas que conforma el conjunto de su obra.

Polito se mantiene al margen y deja que sean otros los que proporcionen ciertas pistas sobre esta cuestión. La mayoría coincide en que trató de exorcizar sus demonios particulares en historias protagonizadas por personajes con dobleces que aparentan ser lo que no son. Psicópatas que esconden su verdadera identidad mientras van dejando tras de sí un reguero de cadáveres.

Arte salvaje es un libro destinado a los incondicionales de Thompson, pero también podría caer en manos de aquellos lectores que continúan mirando de reojo no ya solo su obra sino el género en el que se le ubicó: la novela negra y criminal.

Resulta muy interesante, en este sentido, la reconstrucción que hace Polito de en qué consistió el proceso de creación de Thompson pero también sus tanteos, frustrados, con el cine.

Como sabrán algunos, Jim Thompson estuvo detrás de los guiones de dos de las mejores películas del cineasta Stanley Kubrick (Atraco perfecto y Senderos de gloria) aunque su relación con el director de Barry Lyndon fue de todo menos bonita. Orson Welles también acarició la posibilidad de llevar a la pantalla grande Una mujer endemoniada, pero se quedó en otro proyecto frustrado del cineasta que nos mostró la otra cara del Ciudadano Kane. La adaptación que Waletr Hill hizo de La huida (Sam Peckinpah, 1972) no tiene nada que ver con la novela, una reflexión sobre el purgatorio en la tierra, entre otras.

La vida de Jim Thompson fue una carrera contra reloj y condenada al fracaso. No le trató bien su tránsito por este valle de lágrimas, lo que explica, sugiere Polito, que el desencanto se transformara en virulento furor en sus novelas. La literatura de Thompson se convierte así como en la otra cara del escritor. El saco donde arrojar sus más amargas frustraciones. Un medio a través del cual volcar sus inquietudes y sus miedos. La rabia profunda que sentía por vivir.

Arte salvaje resulta un libro demoledor porque Jim Thompson fue un tipo característicamente autodestructivo. Parece que todo le salió mal para sacar adelante a los suyos. La falta de dinero y trabajos humillantes y alimenticios minaron poco a poco la salud de ese gigante que ahogaba sus penas en alcohol y fumando cigarrillo tras cigarrillo.

Termino de leer Arte salvaje con un sabor amargo en la boca, pero también con el entusiasmo de volver a leer los libros que a lo largo de mi existencia he ido recopilando de Jim Thompson Un escritor que hoy está perfectamente instalado en el paseo de la fama de aquellos cuya literatura es eterna.

Son muchas las sensaciones que en este momento recorren mi cabeza y mi corazón para hacer justicia, con discreta distancia, de lo que me enseñó su obra. Pero sí tengo claro que cuando caía en mis manos algún nuevo libro del autor, editado en su día en español por Bruguera, Júcar, Ediciones B, Plaza y Janés, me reencontraba con su universo.

Un universo con firma.

La firma de Jim Thompson, uno de los nuestros.

Saludos, transgresores, desde este lado del ordenador.

Marc Behm, la mirada del observador

Miércoles, Julio 30th, 2014

“Luego vieron a la chica andando por el blanco camino, apresurándose probablemente por ir al encuentro de algún zagal en un establo. Cora la siguió lentamente, deslizándose justo a sus espaldas, pisando en el aire, ligera y dotada de alas con el arrebato de la caza. Y cuando la muchacha se dio la vuelta y vio aquella cosa horripilante que se abalanzaba sobre ella, se puso a gritar. ¡Ah, que chillido! ¡Wagneriano! Cora lo distinguía entre sus recuerdos como algo conmovedor, un crescendo de trompetas y címbalos, que la empapaban con su dulzura. Se apoderó de la muchacha y la arrojó a la fría hierba; desgarró el vestido y devoró sus hombros y su pecho. No sabía como iba a enfrentarse a aquello, pero hasta su propia torpeza resultó sublime; la hizo incluso sentir punzadas de placer.”

(La doncella de hielo, Marc Behm, colección Etiqueta Rota, Ediciones Júcar, 1988. Traducción: Jorge de Lorbar)

En la república de las letras Marc Behm continúa siendo un injusto desconocido aunque existe un puñado de seguidores que aún lo recuerda con agrado y que de tanto en tanto relee sus novelas para partirse de la risa porque Behm diseminó con habilidad un notable sentido del humor en algunas de sus historias.

Casi parece que Behm, que fue también guionista de deliciosas extravagancias como Help! (Richard Lester, 1965) y Charada (Stanley Donen, 1963), observa la vida a través de sus relatos con gruesa ironía, aunque sus dos primeras novelas, La reina de la noche y La mirada del observador, augurara otro destino a una literatura que tras la publicación de La doncella de hielo apostó por el humor.

Un humor salvaje, loco, desmadrado, aunque respetara muchas de las constantes y tropelías que ya había reflejado en sus dos primeros títulos: personajes femeninos conscientes de su sexo, casi retratados como deliciosas y excitantes mantis religiosas. Radicales vampiresas que no tienen mucho que ver con la tradicional mujer fatal porque sus protagonistas se mueven más por el instinto de la vida, aunque sean no muertos como sucede en La doncella de hielo, y una festiva y culta exaltación de los placeres.

El problema, el grave problema de Marc Behm para quienes nos sentimos miembros de la gran hermandad que configuró a su alrededor, es que dejó muy pocas novelas tras sus espaldas, seis y un puñado de relatos que publicó en su momento la Semana Negra de Gijón bajo el nombre de Aullidos. Un empeño personal de su ex director, Paco Ignacio Taibo II, confeso admirador de su obra.

Una obra rara, difícil de ubicar en un género porque Behm se servía de ellos para contar sus propias historias. Relatos que transitan casi experimentalmente por la novela de carácter negra y criminal (La mirada del observador, Un hombre al margen); la comedia, La doncella de hielo, y el erostimo travestido de nazismo en La reina de la noche, entre otras.

Es una lástima, sin embargo, que Behm no fuera traducido con el esfuerzo que se merecía al español, aunque aún con esas, se aprecia un estilo travieso que volcó en historias aparentemente excéntricas donde los hombres resultan de usar y tirar y sus mujeres personajes, la mayoría de ellos coherentes en su necesidad de caminar siempre hacia delante, aunque sus pasos solo dejen como rastro huellas con manchas de sangre.

Creo, de todas formas, que Behm se sentía particularmente cómodo con sus novelas escritas en clave de humor. En sus comedias corales pese a que vibra, ¡y cómo vibra!, en sus historias pesimistas como La mirada del observador, el relato de una fascinación. La fascinación que siente un detective, Ojo, por una mujer que está dejando tras de sí un reguero de cadáveres masculinos mientras el investigador se dedica a eliminar las pruebas del escenario del crimen, al modo de un rendido protector. De un ángel de la guardia.

Paco Ignacio Taibo II describe a Behm como un tipo simpático, tranquilo y de sonrisa triste. Otros como un  hombre extremadamente tímido, quizá porque no se acostumbró a tomarse en serio. Todos coinciden en que fue un innovador acostumbrado a romper los géneros. Una excusa, los géneros, en las novelas que dejó escrita.

El caso es que yo solo sé que no sé nada, aunque gracias a sus novelas y en particular a  La doncella de hielo, se despejan las tristezas que no son cretinismos elevado al cubo, y suelto intermitentemente la carcajada mientras la sonrisa no abandona mis labios a medida que avanzo en su ahora relectura.

Una relectura voraz, muy divertida y desinquieta, que vuelve a seguir las aventuras de tres vampiros, Brand, Tony y Cora, que planifican el gran robo de su no vida con el fin de estar en paz todas las noches que tienen por delante. Noches que serán eternas fiestas caracterizadas por un enérgico y desenfrenado hedonismo.

Es inevitable sentirse identificados con los tres protagonistas de La doncella de hielo, en especial con Cora, la doncella de hielo del título y nombre con el que la bautizó Francis Scott Fitzgerald en una de aquellas locas jaranas de los años veinte. Es una lástima, sin embargo, que Cora no vampirizara al autor de El gran Gatsby, pero hay que tener en cuenta que los tres vampiros de la novela son gente que respeta demasiado a los grandes artistas que a través de los siglos tuvieron la oportunidad de conocer mientras escondían su condición de no muertos. Unos no muerto que solo beben la sangre de aquellos a los que desprecian porque se lo merecen.

La doncella de hielo es una novela construida como una comedia en la que todo está permitido, y uno se pregunta mientras la lee cómo es que nadie se ha preocupado en llevarla al cine, porque resulta extremadamente cinematográfica, sobre todo a medida que vamos llegando a su final. Imagino a Blake Edwards, el maestro de la payada cinematográfica con películas como El guateque o la serie La pantera rosa, llevando al cine este clásico del humor grueso y negro.

No se confabularon los dioses para que esto fuera posible pero nos quedan sus novelas y un volumen de relatos cortos, Aullidos, que editó la Semana Negra de Gijón en 2008 y volumen por el que estuve detrás hasta hace apenas cuatro años, cuando charlando con el librero Paco Camarasa le pregunté cómo podía hacerme con un ejemplar. Camarasa tuvo que leer mi devoto entusiasmo porque me lo envío generosamente a casa tras regresas a su librería Negra y Criminal de Barcelona.

No pretendo saber más de Marc Behm. Me doy por satisfecho con sus historias. El mundo está hoy lo suficientemente loco, loco, loco, como para perder el tiempo esforzándote en fingir que estoy lo suficientemente bien informado. Lecciones como éstas son las que saco tras leer a un escritor de este calibre, sea o no una criatura de la noche.

Saludos, de un hombre discretamente al margen, desde este lado del ordenador.

1280 almas de Jim Thompson cumple 50 años

Martes, Julio 29th, 2014

“Siguió murmurándome cosas y restregándoseme, alegando que iba ser una noche que yo no olvidaría jamás. Dije que apostaba a que ella tampoco y lo dije de veras. Porque tal y como me sentía, vacío como una flauta y con los riñones hechos polvo, me temía que no hubiera fiesta cuando llegáramos a casa de Rose. Lo que sigificaba que ella sabría que yo había estado con Amy. Lo que también significaba que podía coger la pistola que había comprado aquel mismo día y disparame en la zona culpable. Y con un recuerdo así, seguro que no me olvidaba jamás de aquella noche.”

(1280 almas, colección Novela Policíaca, Editorial Bruguera, 1980. Traducción: Antonio Prometeo Moya)

Cuenta su biógrafo Robert Polito que 1280 almas fue la última gran novela que escribió Jim Thompson, autor de vida tormentosa, ahogada en alcohol, y escritor que malamente se ganó la vida con una serie de historias que tras su muerte –estas endemoniadas ironías suelen producirse habitualmente– alcanzó la categoría de grande mientras su cuerpo se disolvía bajo tierra.

Ya hablaremos de Arte salvaje, el ambicioso y más que recomendable retrato biográfico que sobre Thompson elabora Polito, pero aún nos quedan unas cuantas páginas para poner punto y final a su absorbente y documentado retrato sobre la vida y obra de un escritor que desde los años ochenta es objeto de culto así como de comparaciones francamente odiosas.

Mientras que para unos es un Céline de la literatura negra y criminal y para otros una especie de Dostoyevski de baratillo, se encuentran entusiastas que lo equiparan incluso con un Faulkner. Un Faulkner del arroyo.

No hagan caso sin embargo de ninguna de estas categorías y descubran a Thompson. Ojalá, pienso mientras escribo estas líneas, sirva este artículo para encender su interés en torno al trabajo de un peso pesado no ya dentro del género donde se le ha encajonado, sino de la literatura con todas sus letras. Ya saben, esa literatura de verdad que está escrita con la cabeza y sobre todo con las tripas.

Más de diez años separan las que, a mi juicio, son las dos obras redondas de Thompson. El asesino dentro de mi (1952) y 1280 almas (1964), novela esta última que celebra este año su cincuenta aniversario y razón que nos obliga a redactar un post que se mueve más por la rendida admiración del lector aficionado que por un análisis forzado y papanata de crítico literario. O de lo que sea, que lo mismo da.

Lo que desconcierta de 1280 almas es que cincuenta años después continúa agarrándote por el cogote y que el volumen tiemble entre tus manos porque el relato en primera persona que ofrece Nick Corey, sheriff de Pots Country, es de una virulencia extrema no apta para estómagos delicados. Una fotografía siniestra, narrada con sobresaliente tono burlón, en torno a una comunidad que su protagonista protege aparentemente aunque en verdad sea su demonio vengador.

Políticamente incorrecta para estos tiempos de fascismo dulce que vivimos, la ironía que late en cada una de las páginas de esta novela sirve de lección nihilista para enfrentarse a la realidad de todos los días. Más que ironía, y esto fue una característica de la mayoría de los personajes masculinos y femeninos de Thompson, Corey es un cínico psicópata por las circunstancias que le rodean. Siente demasiado asco de sí mismo y por lo tanto, sugiere Jim Thompson, asco por sus semejantes.

Con un personaje tallado así, lo natural sería sentir distancia pero el caso es que 1280 almas está narrada desde la perspectiva de Corey, y si bien no se está de acuerdo con lo que hace  ni comparte sus bajos instintos, digamos que el lector abrumado admite sus estrafalarias justificaciones, lo que lo convierte en un involuntario cómplice de las andanzas criminales ya que observa la realidad a través de su retorcido y estropeado punto de vista.

Como personaje, Nick Corey transmite a los pobladores de Pots Country una apariencia inofensiva y una actitud holgazana, pero esconde una inteligencia aguda que le ayuda a pergeñar sin descanso planes que le permitan ser reelegido frente a un contrincante sin trapos sucios y con principios. En su vida privada mantiene relaciones con tres mujeres muy distintas, y actúa en un entorno racista, clasista, puritano e hipócrita.

Sin embargo, cuando decide tomar atajos, la violencia no será un simple instrumento, sino una extensión de una manera de pensar y de sentir que considera inevitable en el entorno en el que le ha tocado vivir, revelándose como un psicópata muy alejado del tipo simple y anodino que pretende ser. Tampoco dudará en dejar que otros, inocentes o culpables de otros crímenes, carguen con las muertes que sus enmarañados manejos van dejando por el camino.

Novelas como ésta instalaron a Jim Thompson en el paseo de la fama de los escritores que pese a militar en las enlodadas aguas del malditismo hoy se codea con los gigantes que jamás metieron sus pezuñas en el cenagal.

Lo paradójico de su producción –irregular pero con destellos fulgurantes como 1280 almas– es que aún respira de extraordinaria buena salud. Será, pienso, porque la mayoría de sus historias más que despertar, agita conciencias.

Un fuera de serie, el viejo Jim.

En la ilustración la portada original de Pop. 1280, publicada hace cincuenta años en Golden Medal Books.

Saludos, un alma más, desde este lado del ordenador.

Bret Harte, un escritor de cuentos del oeste

Martes, Julio 22nd, 2014

“Cuando un hombre tiene una racha de buena suerte del todo inesperada,  no se cansa. La suerte se rinde antes.  La suerte –continuó el jugador pensativamente– es una cosa de lo más curiosa. Lo único que sabes seguro sobre ella es que cambiará. Lo que te sirve es saber cuándo va a cambiar.”

(Los proscritos de Poker Flat, Bret Harte. Traducción: Cruz Rodríguez)

La literatura norteamericana ha producido excelentes cuentistas. Un género, el de los cuentos, aparentemente menor para lectores y críticos que no ven más allá del número de páginas pero sin embargo clave para medir la talla de un escritor. Descubrir si deja huella profunda en la arena o en la nieve que se posa en la memora.

Bret Harte no es un autor reconocido hoy ni tampoco lo fue en su tiempo pero posee una obra, sobre todo sus relatos, que ha ido creciendo con el paso de los años.

Llegué a Harte por recomendación, entre otras muchas lecturas, de Jorge Luis Borges, quien no se cansó de reivindicar el espíritu de frontera y el humanismo del escritor norteamericano. Así que atrévanse y lean a Harte. Circulan en español traducciones más que correctas que recopilan los cuentos que escribió ambientados en el lejano oeste, relatos que han contribuido a cimentar esa aureola épica que más tarde se preocuparía en reflejar el cine y que tanto debe a delicados y vigorosos narradores como Harte.

Hombre del este, Harte se trasladó al oeste, a una California enferma por la fiebre del oro.

Días duros y crueles, el escritor los describió aportándoles color y calor a través de una galería de personajes inolvidables. Le debemos a Harte además que animara a escribir a un tipo que firmaba como Mark Twain…

Algunos de los mejores relatos del oeste escritos por Harte están reunidos en el volumen Cuentos del oeste o Bocetos californianos. Volumen que recoge un conjunto de historias que como La suerte de Roaring Camp, Los proscritos de Poker Flat o La Ilíada de Sandy Bar son piezas redondas, que saben transmitir emociones y dejar un sabor amargo en la boca por medidamente sentimentales.

Harte se preocupaba de su personajes y a través de ellos narraba con estilo directo historias en las que sus protagonistas resultan vencidos por las fuerzas de la naturaleza.

La violencia es un tema característico en los relatos californianos de Harte. Eran tiempos duros y crueles, pero esa violencia es original en unos hombres y mujeres que se han curtido luchando ferozmente contra las adversidades. Un grupo de invidivuos ambiguos moralmente, pero ejemplares en muchos de sus actos.

En esa obra redonda que es Los proscritos de Poker Flat, un experto jugador de cartas, “una joven familiarmente conocida como la Duquesa, otra que se había ganado el título de Madre Shipton y tío Billy, presunto ladrón de minas y borracho confirmado“, a los que se une una pareja de quinceañeros tontamente enamorados, aprenden a conocerse en una cabaña perdida en el bosque.

Mientras la nieve va cubriendo todo a su alrederdor, el grupo sobrevive compartiendo sus escasas provisiones y a permanecer unido alrededor de la hoguera mientras el más joven les cuenta de memoria los hechos de Ardides, por Aquiles, entre otros fragmentos de La Ilíada.

Lo que hace épico este relato, y lo que hace épico otros relatos de Harte, es que pese a que el fin es inevitable, en vez de provocar divisiones une a los individuos.

La aventura consiste en narrar ese proceso mientras la muerte los acecha. Y en cómo se hacen mejores personas.

Lo que importa, viene a decir Harte, son los hombres.

Y que todos los hombres tienen derecho a ser personas.

Otro gran cuentista norteamericano, O’Henry, bebió de las aguas del río que cultivó Harte. Un personaje igual de contradictorio que los de sus relatos, historias que observa siempre con prudente ironía.

Bret Harte terminó siendo nombrado cónsul en varias ciudades europeas y pasó los últimos años de su vida en Gran Bretaña, donde pasaba el rato disfrutando de la amistad de uno de los más grandes escritores del siglo XIX, Charles Dickens.

El escritor norteamericano falleció a principio del siglo XX. Más o menos al mismo tiempo que expiraba el oeste californiano que conoció.

Alguien escribió que en Harte late “el espíritu conquistador y aventurero de los pioneros y el temperamento inquieto y severo de los puritanos con un sentimiento de ambigüedad inherente“.

Yo iría más lejos, en los cuentos californianos de Bret Harte toda victoria recela una derrota.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.