Archive for the ‘Literatura’ Category

Avenida de los Gigantes, una novela de Marc Dugain

Lunes, Julio 21st, 2014

“- Eres un buen chaval, Al. No recuerdo que nunca me hayas montado una escena. Eres muy inteligente, incluso mi padre lo dice, eres bastante guapo y puedes ser tranquilizador cuando te tomas la molestia. Y ofrecer tranquilidad a una mujer es importante. Al, sobre todo para una mujer como yo que teme que su sombra se aburra menos que ella. Pero no tienes ningún deseo. ¿Por qué? ¿Cómo voy a saberlo? Cada vez que te hablo de deseo con mi cuerpo me hablas  de matrimonio con tus labios y te crispas como una estatua de cera. No soy tan intelectualmente sosa como parezco, Al.

- ¿Se lo has dicho a tu padre?

- ¿Qué?

- Todo esto.

- Ya te he dicho que no. Tengo la sensación de que es más importante para ti que yo. Sin él, te olvidarías de verme.

Pasamos una hora en silencio. Hay chicas en la que es fácil tomar el mutismo  por inteligencia y lamentarlo después. Wendy no era de ésas. Leía revistas de chicas de su edad, apacible, como si no se hubiera dicho nada esencial. La radio emitía música inglesa. Acabé marchándome.”

(Avenida de los Gigantes, Marc Dugain. Traductor: Joan Rimbau. Colección: Panorama de narrativas. Editorial Anagrama)

Hay libros que nada más abrirlos resulta imposible cerrarlos. Algo así pasa con Avenida de los Gigantes, de Marc Dugain, una novela turbadora y desconcertante, pero también insólitamente serena al abordar la mente de un asesino serial que está inspirado en un monstruo real. Cuenta la historia de Al Kenner,  un ogro de más de dos metros y con un coeficiente intelectual similar al de Albert Einstein.

No estamos, sin embargo, ante la clásica historia protagonizada por un asesino serial que se las sabe todas, una especie de atractivo Supermán del mal como Hannibal Lecter, sino ante un relato que bucea con insólita precisión en el cerebro de un hombre para el que no existe ni el bien ni el mal.

Un tipo carente de afectos y bastante miedoso que se ha acostumbrado a mimetizarse con su alrededor y a pasar desapercibido entre los demás pese a sus más de dos metros de altura.

La vida de Al Kenner, viene a decir Dugain, es la vida de un hombre que ilumina su oscuridad preguntándose si está o no loco. Un monstruo con una preocupada e insistente moralidad en la que no hay sitio para lo bueno ni lo malo. Un técnico depredador que abusa de los débiles para combatir su demoníaca desidia antes de ponerle él mismo, ¿quién si no?, punto y final cuando se convence que ya está harto.

Marc Dugain tiene la habilidad de narrar el relato desde su desconcertante punto de vista, dando voz al asesino en su patético deambular existencial. Tumbos por el sendero de la vida mientras va dejando detrás un reguero de cadáveres. Ejecuciones que, juiciosamente, Dugain sugiere y no describe.

Casi como si fueran puntos suspensivos en la memoria de su protagonista, un tipo, Al Kenner, nacido en una familia quebrada y cuyos odios y rencores libera haciendo el mal entre los más inocentes. De fondo, y como una cantinela mecánica de hilo musical, su madre. Probablemente igual de manipuladora y depredadora que su hijo.

Mientras leo Avenida de Gigantes recuerdo, es inevitable, El asesino de la carretera, de James Ellroy, solo que la voz que emplea Ellroy es furiosa, catatónica y provocativa. En la novela de Dugain, serena. Y esa desarmante serenidad convierte Avenida de los Gigantes en un relato todavía más estremecedor. De esos que hacen mirar a un lado y al otro, y que te recuerda que, antes de que te vayas a acostar, cierres muy bien la puerta de la casa.

El asesino en serie de Marc Dugain, Al Kenner, resulta creíble. Cuenta cómo nace su instinto depredador –que en la novela eclosiona en la localidad de Santa Cruz, Californoa, durante los primeros años de la década prodigiosa, los sesenta, los años del haz el amor y no la guerra mientras todo el mundo sabía situar en el mapa Vietnam– y que siga lector su gradual camino hacia ninguna parte porque para Al Kenner no hay un sendero de baldosas amarillas.

Se puede leer Avenida de los Gigantes como una novela negra y de carretera, pero también como una novela a la que no hace falta ubicarla en un género por la regular hondura psicológica con la que Dugain arma a su protagonista. Un maníaco que a ratos es consciente de su locura, aunque esos destellos de lucidez no le quiten el sueño.

Al Kenner vive porque tiene que vivir, es un aburrido, y hace lo que hace por aburrimiento. Detesta muchas cosas pero sobre todo se detesta a sí mismo aunque al final de la historia ese quejica aburrido que no se cansa de hablar consigo mismo encuentre su lugar en el mundo. Un lugar en el mundo que no es otro que un espacio donde están empeñados en explorar su cerebro.

Avenida de los Gigantes es una novela que no se preocupa en preguntarse los por qué sino en contar el qué.

Marc Dugain evita juzgar moralmente a su protagonista, para eso escribe la novela desde dentro del monstruo, así que no propone ninguna negociación con el lector para que continúe adentrándose en la mente de un depredador que, pese a ser un aburrido, hace lo que hace. Impulsos asesinos que resuelve literalmente y no fragmenta en su imaginario particular.

Un hombre que solo se pone en acción cuando hace el mal. Un mal que sabe que es mal, aunque para él bien y mal sean solo estados de la conciencia que tienen los demás.

No sé si Avenida de los Gigantes es la gran novela que un escritor francés intenta escribir sobre el crimen en la cuna de la moderna democracia occidental, los Estados Unidos de Norteamérica, pero por intentos que no sean. Exploraba con otras claves, a veces coincidentes, el carácter de otro depredador en su biografía novelada sobre John Edgar Hoover (La maldición de Edgar), pero mejora en su retrato de Al Kenner –muy inspirado en el asesino serial Ed Kemper– al no desbordarle los acontecimientos personales y políticos que rodearon al fundador del FBI.

Ambos personajes, Hoover y Kenner, tienen sin embargo más de una cosa en común, como su enfermiza habilidad para el camuflaje

La novela de Marc Dugain se lee de un tirón, y son más de trescientas páginas de un largo monólogo interior que interrumpe en ocasiones por la tercera persona para devolver al lector a que sea, precisamente, un lector distanciado. Que contemple desde fuera a quien ahora conoce por dentro.

La lección solo provoca desasosiego y no sabes donde poner las manos. El retrato que Dugain hace de Kenner hipnotiza, descoloca, te obliga a que entiendas que ese monstruo de más de dos metros y un coeficiente similar al de Einstein es un hombre.

Y que te preguntas qué hacer con todos esos hombres y mujeres.

Esos hombres y mujeres que son un lobo para el hombre.

Según Marc Dugain,  Al Kenner tiene la respuesta.

Y a ti no te gusta.

Saludos, preferiría no hacerlo, desde este lado del ordenador.

Damos la nota con Rezzori, Periplo y MiradasDoc

Viernes, Julio 18th, 2014

* Gregor von Rezzori es un escritor de cabecera para una inmensa minoría de lectores que, por una u otra razón, descubrieron sus libros. Desde hace unos años el traductor y también escritor José Aníbal Campos lidera un cruzada personal que pretende poner en su sitio la literatura de Rezzori en español. Así que merece el esfuerzo iniciarse en esta sociedad mixta, de damas y caballeros. La revista Crítica de la Universidad de Puebla, Méjico, publica bajo la coordinación de Campos un número especial, un monográfico dedicado al autor de, entre otras novelas, Edipo en Stalingrado. La publicación coincide además con el centenario del nacimiento del escritor, un tipo con un desconcertante sentido del humor, y en la que colaboran entre otras firmas la del cineasta alemán Volker Schlöndorff, Claudio Magris, Emanuelle Carrère, Jorge Herralde, Mario Domínguez Parra, Bruno Mesa y Ana Lina. Y no, no nos olvidamos el enlace para explorar las luces y sombras que dibujan el perfil de este escritor. Un referente, ya se ha dicho, para una inmensa minoría de lectores.

* Periplo, el Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventuras de Puerto de la Cruz, celebra su segunda edición del 15 al 21 de septiembre. Periplo es el único festival dedicado a la literatura de viajes y a las otras artes que han creado un lenguaje particular en torno al viaje y la aventura. Es una manera de rendir homenaje “al pasado cultural y de destino de viajes que son señas de identidad de Puerto de la Cruz”, destaca la concejala de Cultura del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, Verónica Rodríguez. En esta segunda edición, el festival mantiene las secciones creadas en 2013, entre las que se encuentran Nada que declarar. Mujer viajando sola y Conversaciones en La Ranilla, en las que los autores mantienen un encuentro con un interlocutor especial. Además, entre estas secciones se encuentran Tan lejos, tan cerca y Derribando murallas. Itinerarios vitales.

* La novena edición del Festival Internacional de Cine Documental de Guía de Isora (Tenerife), MiradasDoc, se celebra del 1 al 8 de noviembre. Esta edición incluye en su agenda un programa en tres líneas: el festival, el área de mercado y el área formativa. La inscripción se gestiona a través de la página web del festival, en la dirección  www.miradasdoc.com (pestaña Market/Inscripción). Pueden presentar proyectos al pitching productoras de Asia, África y América Latina, así como productoras de otros países cuyo proyecto vaya a ser realizado en los llamados países del Sur o aborden temática sobre relaciones Norte-Sur. Para los documentales producidos desde Canarias, MiradasDoc Market mantiene la temática libre.

Saludos, pegado al paraíso, desde este lado del ordenador.

La estrategia del pequinés, de Alexis Ravelo, premio Hammett a la mejor novela negra 2013

Viernes, Julio 11th, 2014

“En este mundo solo hay dos tipos de personas: los ganadores y los perdedores. Y tú y yo no somos ganadores. La gente como tú y como yo pierde siempre.”

(La estrategia del pequinés, Alexis Ravelo, Alrevés)

La estrategia del pequinés (Alrevés) continúa siendo hasta la fecha la mejor novela de Alexis Ravelo. Ya comentamos en su momento las impresiones que nos provocó este título, un punto y aparte en la carrera de un escritor que hasta ese momento buscaba un lugar en el mundo con su peculiar investigador Eladio Monroy, un personaje interesante y honesto, sí, pero que se movía y gastaba entre los límites demasiado estrechos de las cuatro historias que, hasta el momento, le ha dedicado Ravelo.

La publicación de La estrategia del pequinés significó, en este sentido, un revulsivo. Un revulsivo no solo para el escritor grancanario sino para los lectores iniciados en novela negra y criminal que esperábamos que su autor se soltara por fin el pelo –esto del pelo es metáfora cuando se habla de Alexis Ravelo– y volcara todos sus conocimientos como lector del género en un relato, La estrategia del pequinés, que tiene tan grato sabor a los grandes clásicos. Los grandes clásicos de la línea cruda y dura de la literatura criminal.

Antes de que recibiera el premio Hammett, galardón que otorga la Asociación Internacional de Escritores Policíacos en la Semana Negra de Gijón a la mejor novela negra, en este caso publicada en 2013, Alexis Ravelo nos comentaba en las Jornadas de de Novela Negra de Arona que ya estaba satisfecho con estar en la lista de los cinco finalistas. Pero no sé, no sé… porque a mi eso de que lo mejor es participar me suena más a frase hecha por quien cree ser un perdedor que esconde sus ansias de ganar. Y fuera así o no en el caso de Ravelo, estaba claro que éramos muchos los que confiábamos en que obtuviera el Hammett porque La estrategia del pequinés es, sin duda alguna, la mejor novela negra escrita en español en 2013.

Con esta historia de y sobre perdedores, Ravelo se adelantaba a muchos escritores del género presentando personajes del otro lado. Hombres y mujeres del arroyo para lo que lo importante no es participar sino ganar.

En la novela no gana sin embargo casi nadie, pero sí un lector que, como fue mi caso, quiso encontrar en esta historia notablemente crepuscular influencias muy bien digeridas de William R. Burnett, James M. Cain y Jim Thompson, entre otros gigantes del género. Género que, como todo el mundo sabe, es tan norteamericano como el western.

Explica Alexis Ravelo a El País que con esta novela lo que quiso hacer fue contar una historia de “perdedores, que son las que escribo yo. Una historia sencilla sobre gente sencilla que tiene que hacer golferío para salir adelante”. Y no le falta razón a nuestro primer escritor canario de literatura negra y criminal con permiso de los demás; ya que tanto en La estrategia del pequinés como La última tumba (Edaf). por la que obtuvo el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe, son historias protagonizadas por parias de la tierra que se atreven a ponerse en pie en tan famélica legión.

Es una gratísima noticia que Alexis Ravelo haya conseguido el premio Hammett y es una gratísima noticia, entiendo, no ya solo para los que cultivan en la actualidad el género en este archipiélago –tres de cuyos narradores, incluido Ravelo, estuvieron este año en la Semana Negra de Gijón reivindicando el espacio que se merece esta literatura que se escribe en Canarias– sino también para los otros escritores que, nacidos o residentes en las islas, tienen sus expectativas puestas más allá de las fronteras que impone este mar que nos rodea.

A partir de este año, Alexis Ravelo forma parte de ese camino tachonado de grandes nombres de la literatura negra y criminal que se escribe en español. Cito solo a unos pocos: Francisco González Ledesma, Paco Taibo II y Leonardo Padura.

E intento imaginarme como debe de sentirse Alexis Ravelo.

Y escucho su peculiar carcajada. La generosa carcajada de un tipo que, vaya como son las cosas, hoy será cualquier cosa menos un perdedor.

Saludos, levanto mi copa de ron Aldea, desde este lado del ordenador.

Santa Cruz de Tenerife visto por Blasco Ibáñez

Jueves, Julio 3rd, 2014

Una de las descripciones más hermosas de la capital tinerfeña está firmada por Vicente Blasco Ibáñez en su novela Los Argonautas (1914), el relato de un grupo de pasajeros encerrados en un trasatlántico que hace escala en el puerto de la capital de la isla, y barco que a modo de microcosmos emplea el autor de Cañas y Barro para presentar a una serie de personajes –multimillonarios europeos y nuevos ricos americanos, emigrantes italianos y españoles– que se mueven arrastrados por folletinescas ambiciones y anhelos.

“Tenerife. Miró Fernando por entre las cortinillas, y sólo vio un mar azul y tranquilo: las aguas unidas y luminosas de una bahía en calma. La tierra estaba al otro costado del buque. Y como conocía la isla, por haber bajado a ella en anteriores navegaciones, volvió a acostarse para gozar despierto del regodeo de la pereza, mientras en los camarotes inmediatos chocaban puertas, se cruzaban llamamientos en distintos idiomas, y sonaba en los corredores un trote de gentes apresuradas, atraídas por el encanto de la tierra nueva.”

Vicente Blasco Ibáñez es uno de los escritores españoles más traducidos a otras lenguas, aunque su relación con el país en el que nació no deja de resultar extraña. Extraña porque tras largas etapas de silencio, se pone de moda momentáneamente para volver a ser enterrado en el pantano del olvido.

Domingo Pérez Minik, un entusiasta en la obra de Blasco Ibáñez, escribe en Blasco Ibáñez no ha llegado al valle de Josafat, texto incluido en su Entrada y salida de viajeros: “la gente que ha vivido a orillas de este puerto de Santa Cruz de Tenerife estaremos en deuda con Vicente Blasco Ibáñez”.

En deuda, matiza Pérez Minik, precisamente por la colorida descripción que hace de la vida del puerto de la capital tinerfeña apenas iniciado el siglo XX:

“Alzaba la isla en el fondo su escalonamiento de montañas volcánicas, con cuadriláteros de tierra cultivada moteados de blancas casitas. En la parte inferior, junto a la masa azul del mar, extendían las fortificaciones españolas sus viejos baluartes, rematados los ángulos por garitas salientes de piedra. La ciudad era de color rosa, y sobre ella se erguían los campanarios de varias iglesias con cúpulas de azulejos. Cuatro torres radiográficas marcaban en el espacio las líneas de su cuerpo casi inmaterial, dejando ver el cielo a través del férreo tramaje.

Más arriba de la ciudad, en una arruga de la montaña, ondeaba la bandera de un castillo moderno: un hotel elegante al que venían a respirar los tísicos septentrionales. Entre el muelle y el trasatlántico, un anchuroso espacio de bahía con gabarras chatas para el transporte del carbón abandonadas sobre su amarre y cabeceando en la soledad; vapores de diversas banderas, en torno de cuyos flancos agitábase el movimiento de la carga con chirridos de grúas y hormigueo de embarcaciones menores; veleros de carena verde, que parecían muertos, sin un hombre en la cubierta, tendiendo en el espacio los brazos esqueléticos de sus arboladuras; rugidos de sirenas anunciaban una partida próxima y otros rugidos avisaban desde el fondo del horizonte la inmediata llegada; banderas belgas que en lo alto de un mástil iban a las desembocaduras del Congo; proas inglesas que venían del Cabo o torcían el rumbo hacia las Antillas y el golfo de Méjico; buques de todas las nacionalidades que marchaban en línea recta hacia el Sur, en busca de las costas del Brasil y las repúblicas del Plata; cascos de cinco palos descansando en espera de órdenes, de vuelta de la China, el Indostán o Australia; vapores de pabellón tricolor en ruta hacia los puertos africanos de la Francia colonial; goletas españolas dedicadas al cabotaje del archipiélago canario y las escalas de Marruecos.”

Pérez Minik se pregunta, como nosotros, las razones por las que Blasco Ibáñez continúa considerándose en España “un mediano narrador regionalista, mientras que Baroja, Pérez de Ayala o Zunzunegui, por citar tres ejemplos indiscriminados, adquieren una valoración extraordinaria”.

Y es probable, añadimos, que por ser un tipo que supo venderse más allá de un país  que está acostumbrado a humillarse a sí mismo.

Las novelas Los cuatro jinetes del Apocalipsis (Rex Ingram, 1921) y Sangre y arena (Fred Niblo, 1922) contribuyeron al estrellato de su protagonista, Rodolfo Valentino, dos historias que han contado con otras versiones cinematográficas que reflejan con mejor o peor fortuna su espíritu.

Escribe Pérez Minik: “No sabemos exactamente cuál fue el motivo de su fama internacional, ya bien asentada antes de las películas de algunas de sus novelas; si la representación de una España distinta de los otros países europeos, que hay que reconocer no se les ofreció nunca como una España de pandereta, si sus personales valores de escritor progresista que sabía mezclar trágicamente arte y política, o si el mensaje de su creación fue de tal naturaleza que supo elevar el provincianismo nacional a una escala media de valores, inteligible para todo el mundo, incluso para las clases más humildes. Este valor medio o popular ha sido en toda ocasión la brecha por donde le atacaron todos sus enemigos, los hidalgos, los popes, los señoritos de nuestra historia literaria. Porque en este aspecto de nuestra vida intelectual también ha habido castas.”

Lo que no resuelve, pero sí hace más atractivo, el enigma Vicente Blasco Ibáñez.

La primera vez que me encontré con el escritor fue a través de dos dignas series de televisión de producción española: Cañas y barro y La barraca. Después por Blasco Ibáñez, la novela de su vida que no es, sin embargo, uno de los mejores trabajos de su director, Luis García Berlanga.

Más tarde, mucho más tarde, leería algunas de sus novelas… Y releo, por un imperativo que no viene al caso, Los Argonautas, donde escribe: “La isla, risueña e indolente en mitad de la encrucijada de los grandes caminos que llevan a África y América, parecía contemplar impasible este movimiento de la navegación mundial, mientras proporcionaba por unas horas el alimento negro del carbón a los organismos humeantes, que llegaban y partían sin conocerla; festoneada en su costa por una áspera flota de chumberas y pitas; guardando tras las volcánicas montañas de su litoral el secreto de sus ocultos valles tropicales; escalando el cielo con una sucesión de cumbres sobre las cuales flotaban las blancas vedijas de las nubes, y ostentando sobre esta masa de vellones el pico del Teide, un casquete cónico estriado de nieves, que era como la borla o botón de este inmenso solideo de tierra emergido del Océano.”

Y es inevitable que piense en las fotografías en blanco y negro de una capital de provincias que apenas reconozco. Tengo la sensación de que no se ha preocupado por su pasado.

Un pasado que marcó, como entrada y salida natural de la isla, el puerto.

Saludos, palabra de Argonauta, desde este lado del ordenador.

Acosando al viejo Jim

Miércoles, Julio 2nd, 2014

“Salí de aquellas oficinas con una maltrecha máquina de escribir en una mano y un cheque en la otra. Me fui del hotel, alquilé una habitación por tres dólares semanales en Seventh Avenue y empecé a trabajar. Terminé el libro en diez días, con un promedio de veinte horas de trabajo diarias.”

(En Bruto, Jim Thompson. Traducción: Rosalía Vázquez. Colección: Black, Plaza & Janés, Barcelona, 1991)

Hace mucho tiempo, tanto que la memoria ha terminado por confundirme, descubrí en una librería próxima a los institutos una biografía de H. P. Lovecraft editada por Nostromo y escrita por L. Sprague de Camp. El libro estaba a buen precio y  quien les escribe se encontraba abducido entonces por la literatura de un escritor que “haces de los tuyos” a una edad donde gente así termina por marcarte hasta que te mueres. Aunque no lo vuelvas a leer. De hecho, creo que hay autores que no deberíamos de recuperar porque el paso de los años los convierte en perfectamente prescindibles, y algo así me pasó hace unos meses con Lovecraft, lo que me obligó a olvidarlo para que su influencia continuara cómodamente enlatada en mi cabeza.

Con esto quiero decir que a veces tengo tendencia a leer biografías, no tanto autobiografías, y que gracias a estas lecturas –algunas objetivas y otras no tanto–, me encuentro con personajes que de una u otra forma contribuyeron a formarme como persona. No por las experiencias vitales que, según el biógrafo, dejaron huella en su existencia, sino por conocer situaciones y momentos que, supuestamente, fueron claves en la vida de todos esos hombres y mujeres cuya obra ha formado, y espero que formen, parte de mi vida.

No hay vida, en este sentido, más anodina que la de Lovecraft. Un bicho raro que escribió sobre el miedo. Ese miedo que alimenta algunas pesadillas pese a que los sueños tenebrosos ahora tengan tan poco que ver con dioses primigenios y libros prohibidos…

Escribo todo esto porque una editorial presenta en español una biografía por la que estuve detrás hace mucho, muchísimo tiempo, y pese a estar escrita en idioma de bárbaros.

Se titula Arte salvaje: una biografía de Jim Thompson (Es Pop Ediciones, 2014) y la firma Robert Polito.

Si no saben quien es Jim Thompson dejen de leer de inmediato estas líneas y preocúpense en buscar algunas de sus novelas. Es probable que muchos me lo agradezcan y es probable también que muchos otros me condenen al infierno por insistir en un autor cuya vida fue igual de salvaje que las que reflejó en sus novelas.

Eso lo convierte en un escritor único, un punto y aparte no solo en el género negro, en el que ha terminado ocupando un capítulo importante, sino en la prodigiosa literatura estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.

Sin embargo, y como la felicidad es una noble juerguista, pronto me di cuenta que conseguir Arte salvaje en las librerías de esta región desestructurada y narcótica iba a ser algo así como una tarea de titanes. Su precio resulta, además, escandalosamente prohibitivo. Una cifra que bien invertida puede llenar mi nevera un par de semanas.

No obstante, se trataba del viejo Jim. Y cuando leí al viejo Jim hace ya mucho, mucho tiempo, llegué a la conclusión que hoy merece el sacrificio. Hacerme con el relato de su vida contado por otro.

Los iniciados en la literatura de Thompson, un individualista de izquierdas, alcohólico y superviviente,  saben de los que hablo. También que el mismo Jim escribió una especie de autobiografía sobre su turbulenta vida en los años treinta, En Bruto, mientras dispersaba por sus novelas –muchas de ellas crudas y de una violencia extrema– retazos de una vida cuya literatura hizo que trascendiera y ocupara espacios más elevados tras su muerte, ya que hasta entonces había estado relegado a la categoría de escritor industrial. Ese que publicaba novelas como chorizos en editoriales populares destinadas a lectores con las manos sucias.

Es más que probable que reciba Arte salvaje la semana próxima. Y es más que probable, eso espero al menos, que cuando lea su biografía me dé por recuperar los libros que tengo del viejo Jim, un tipo que me acompaña en los buenos y malos ratos.

El viejo Jim.

“Me encontraba casi arruinado de nuevo. Esperaba vender el coche y sacar el dinero suficiente para ir tirando hasta que lograra algún trabajo. Entretanto, como aún no era de día, me adecenté en el lavabo de caballeros de un restaurante y luego devoré con tranquilidad un abundante desayuno. Más o menos una hora después, cuando calculé que los negocios de compraventa de vehículos estarían abiertos, volví junto a mi coche.

En ese preciso momento, una grúa de la Policía lo estaba enganchando. Al parecer estaba prohibido el estacionamiento durante toda la noche, y no hacían excepciones con los forasteros. Me devolverían el coche mediante el pago de una multa, más los gastos de la grúa y el depósito.

Escuché ese ultimátum embargado por toda una serie de emociones, y, de repente, me apoyé contra un poste de teléfonos, riendo como un demente. Los del equipo de la grúa me miraron aprensivos. Subieron al camión y se alejaron, llevándose mi coche. Entonces me senté sobre mi maleta, sin dejar de reír hasta que me dolió el estómago.”

Saludos, levanto los brazos, desde este lado del ordenador.

La huida, una novela de George Simenon

Lunes, Junio 23rd, 2014

“Las lágrimas brotaban de sus párpados cerrados, que cada vez se hinchaban más a su paso. No eran lágrimas corrientes. Brotaban sin fin, tibias y perfectamente fluidas, de un profundo manatial, se agolpaban en la reja de  pestañas y rodaban por fin, liberadas, a lo largo de las mejillas, no en gotas aisladas sino en arroyos zigzagueantes, como se ve en las ventanas los días en que llueve a cántaros; y la mancha húmeda junto a la barbilla seguía  extendiéndose por la almohada.”

(La huida, George Simenon. Traducción: Javier Albiñana,  Colección Andanzas, Tusquets Editores, 2005)

Conocido sobre todo por las novelas que dedicó al comisario Maigret, muchos lectores ignoran que George Simenon cuenta con un puñado de historias que nada tienen que ver con su sagaz, pero siempre tranquilo policía.

De hecho, la mayoría de estos títulos han quedado relegados a territorios marginales, desechando una producción que se caracteriza por consistente, sólida y sobre todas las cosas, por su aguda penetración psicológica.

Aguda penetración psicológica es la que viste y corona La huida, a mi juicio una de las más sobresalientes novelas de Simenon, un relato aparentemente lineal que gira en torno a un hombre que tras cumplir su 48 aniversario decide desaparecer de su casa y de la vida que ha construido obedeciendo a un impulso netamente existencial.

La huida, como la mayoría de los libros de Simenon, es una pequeña gran novela que está escrita con un estilo aparentemente sencillo, que usa el escritor para diseminar por el texto y con delicada sutilidad elementos perturbadores.

La novela resulta así un retrato con profundo calado intimista y crítico. Una historia que, narrada en tercera persona, permite a Simenon describir una serie de hechos que muestra sin pudor, siempre desde la distancia del observador.

Narración pulcra y directa, la extraña aventura vital  que emprende su protagonista, un burgués que responde al nombre de Norbert Monde, se cuenta con serenidad y, sin superar las doscientas páginas, el autor logra dotar de entidad a un personaje, un hombre antipático, frío y pusilánime que no deja de ser uno más de ese montón en el que se ha empeñado –unos y otros– enterrarse en vida.

Su evasión, porque se trata a fin de cuentas de una evasión, se nos narra con sosegado aliento tragicómico. El drama, y la presunta victoria, de un hombre que se siente ridículo.

La huida supone, entre otras lecturas, una escapada. Una marcha hacia delante en la que su protagonista, paradójicamente, se reencontrará con un pasado frustrado pero que forma parte de su mitología personal. Ese pasado no deja de resultar grisáceo, pero lo pueblan algunos recuerdos de besos y abrazos que entonces y ahora le parecen de verdad.

Para contar la historia de Monde, George Simenon no se separa jamás de su personaje, y revela con pequeñas y delicadas pinceladas sus reacciones con natural desapego, sin salirse nunca –y ésta fue una de las características más notables del inimitable estilo de Simenon– del camino por el que transita su relato.

Su Norbert Monde es un hombre que puede ser cualquiera. Y por eso tan cercano. El lector asume, y hasta exige, su huida porque mastica el mismo desencanto. Ese hartazgo ante el miserable entorno que le rodea y sus gentes.

El retrato que ofrece de la clase media no deja de ser refinadamente realista. Y hace entender y padecer unas relaciones prácticamente ausentes que sobreviven, sin embargo, por rutina: el desayuno, el trabajo, una mujer y unos hijos que reconoce pero que le son prácticamente desconocidos…

Él mismo, y mientras se observa en el espejo, intenta encontrar a ese otro yo mientras su imagen le devuelve un rostro transformado, distinto… Casi como si fuera el de otra persona.

¿Se eleva Monde cuando huye de esa realidad que parece narcótica?

Simenon, siempre desde discreta distancia, parece sugerir lo contrario ya que bajo otra identidad y en otra ciudad, Monde continúa siendo el mismo hombre gris de siempre. Aunque germina un cambio, un paulatino proceso de transformación cuando llegamos a las últimas páginas de una novela que obliga a la reflexión y a mirarte en el espejo.

¿Reconoces a esa persona?

¿Es la misma de veinte años atrás?

¿No es momento de hacer la maleta?

Saludos, estupefacto, desde este lado del ordenador.