Archive for the ‘Literatura’ Category

Tarabas, una novela de Joseph Roth

Martes, Septiembre 23rd, 2014

“En realidad nunca has sido un héroe. Has demostrado valor, porque tu vida ni tiene valor alguno. Has sido un buen soldado en la guerra, porque en realidad anhelas la muerte, y la guerra es lo más próximo a la muerte. Es una vida echada a perder.”

(Tarabas, Joseph Roth, Acantilado, 2007. Traducción: F. Formosa)

Joseph Roth es un escritor al que conviene volver de vez en cuando. Lo descubrí hace años por mediación de un amigo que ya no está entre nosotros, un escritor también que tuvo la feliz idea de regalarme un día su novela más conocida, La marcha Radetzky, despertando desde entonces una relación que ha sabido envejecer como los mejores vinos.

Hay unos cuantos libros de Roth que no dudaría en llevarme a una isla desierta, pese a la melancolía que transpiran, uno de ellos es La marcha Radetzky y el otro un relato sencillo pero que esconde una turbadora complejidad redentora como es La leyenda del santo bebedor.

Hace algunas semanas y por casualidad, la casualidad es la madre de muchas alegrías, llegó a mis manos Tarabas, una de las últimas novelas de Roth, un escritor que terminó refugiado en París, Francia, mientras huía de los nazis y refugio en el que además de escribir se dedicó a agotar las existencias de absenta de los garitos que frecuentaba y que, finalmente, rayando la indigencia, lo condujeron a la muerte unos meses antes de que estallara la II Guerra Mundial.

Muchos creen que su delirio final fue el golpe de gracia, el último mazazo que la vida le daba a un hombre cuyas historias se inspiran fundamentalmente en el ocaso de un imperio, el austrohúngaro, y el desarraigo de un pueblo, como es el de los hijos de Israel que deambulan como sombras por una Europa que ya nunca volverá a ser la misma.

Tarabas, como La leyenda del santo bebedor, es el relato del perdón, que no es otra cosa que redención, de un hombre extremadamente vital y violento que solo se siente cómodo en la guerra. “La guerra que llamea en la frontera occidental del Imperio ruso en el momento de su disgregación.”

Cuenta Tarabas con momentos de conmovedora literatura. También de cruentas escenas como la de un progromo en el que víctimas y verdugos parecen confundirse en una orgía de sangre y violencia. Es una descripción vívida la que ofrece Roth, quien ahorra adjetivos y muestra con frases cortas la facilidad en que el ser humano se transforma en bestia.

Novela de un personaje, Tarabas más que un agudo estudio psicológico es un formidable retrato sobre un bruto ingenuo, “pozo profundo y oscuro”, al que las circunstancias ponen en el lugar equivocado. Un hombre que no se adapta a la paz porque está en guerra con todo el mundo, consigo mismo.

En Tarabas se resume el mejor Roth. La mirada tierna pese a todo de un profundo humanista al que los nazis intentaron silenciar arrojando sus libros a la hoguera.

La mirada de un hombre que escribía febrilmente sobre las mesas de los cafés mientras bebía tragos de absenta.

Saludos, ¡larga vida!, desde este lado del ordenador.

El viajero insomne: fallece Arturo Maccanti

Jueves, Septiembre 11th, 2014

Arturo Maccanti pese haber nacido en Gran Canaria en 1934 se había convertido en un personaje más de La Laguna, una ciudad que terminó siendo suya y en la que era habitual encontrarlo paseando por sus calles y plazas.

A raíz de la publicación del libro Vivir sobre la vida: poesía reunida (CajaCanarias, 2011) quedé con el poeta para entrevistarlo a propósito de la obra. La cita, no podía ser de otra manera, tenía que ser en La Laguna y en concreto, me especificó por teléfono mientras arreglaba unos asuntos en Santa Cruz de Tenerife, en la sala Conca. Así que  entre cuadros y esculturas comenzamos a charlar sobre su vida, su obra, el mar, la isla e Italia.

Y el tiempo pasaba…

Maccanti no ocultaba su satisfacción por la edición de Vivir sobre la vida, en especial porque reparaba un libro de similares características que años antes había publicado el Ayuntamiento de La Laguna y del que se sentía especialmente molesto.

Un año después, en 2012, leí que el poeta lamentaba haberse quedado fuera del sistema de cobertura social y sin pensión, tras haber trabajado durante 30 años, cinco meses y 25 días. “Una injusticia tan grande que no tengo palabras”.

Tras su muerte, deja, entre otros poemarios, Un viajero insomne, El eco de un eco de un eco del resplandor, San Borondón, El corazón del tiempo, En el tiempo que falta de aquí al día y, si las noticias no son erróneas, poemas inédito en lengua italiana: L´impalpabile sabbia (La impalpable arena).

Desde 1951 residía en Tenerife, periodos que alternaba con viajes a Italia, de cuya literatura fue traductor. Junto a Manuel González Sosa y Antonio García Ysábal puso en marcha la colección editorial La fuente que mana y corre y colaboró con la ya legendaria Editorial Taller de Ediciones JB, que dirigió el también poeta Manuel Padorno.

Al margen de su trayectoria como creador, Maccanti encendió la chispa de la celebración de La Laguna, Ciudad de Poesía, en mayo de 2001, y desde 2002 era miembro de la Academia Canaria de la Lengua. Recibió un  año después el Premio Canarias. Un reconocimiento algo tardío para un hombre que consideraba a los poetas “un viejo incluso cuando es joven… Medita y reflexiona sobre cosas no vividas.”

Saludos, fundimos a negro, desde este lado del ordenador.

Benito Pérez Galdós frente a los masones

Lunes, Septiembre 8th, 2014

NOTA: Reproducimos con la autorización de su autor, José Garcés, un artículo publicado en El Perseguidor, en la edición dominical (7-IX-2014) de Diario de Avisos.

Benito Pérez Galdós, que con toda justicia pasará a la historia como uno de los mejores novelistas españoles del siglo XIX, arremete con sentido del humor y aguda ironía contra los masones en la cuarta entrega de la segunda serie de sus Episodios Nacionales. El título de la obra ya advierte de sus intenciones: El Grande Oriente, relato donde su protagonista, un joven y alborotado Salvador Monsalud, toma conciencia de que todo cuanto hace en esta vida le irá, inevitablemente, mal. La acción de El Grande Oriente transcurre durante el Trienio Liberal, tiempos en el que se multiplicaron las sociedades tanto secretas como discretas, entre otras, las que representaba la masonería y los comuneros, ésta última con destacables y cómicas señas de identidad españolas.

El Grande Oriente es una novela desconcertante por varias razones. Por un lado, porque se trata de un texto que cuenta con algunas de las mejores páginas de humor que se han escrito en este país y, por otro, porque es un análisis afilado sobre lo oportuno que resultaba pertenecer a una sociedad más que discreta, secreta, durante el periodo convulso del Trienio Liberal, época en la que se mueven en las sombras dos grandes organizaciones: la masonería, en la que se reunirían los liberales moderados y la de los comuneros, que aglutinaría a los liberales radicales, escribe Galdós con una gracia y conocimiento del lenguaje y lo que se discutía en sus tenidas o reuniones que pone de manifiesto, una vez más, el obsesivo perfeccionismo que caracterizó sus Episodios Nacionales, volúmenes de obligada lectura para hacerse una idea de aquella España del XIX, un cuadro certero y demoledor sobre un país que se resistía a salir de su supuesta mediocridad y que leídas hoy, en pleno siglo XXI, saca el lector a modo de conclusión que apenas hemos avanzado algo para evitar cometer los mismo errores que marcan el pasado de esta nación.

Para Benito Pérez Galdós los masones son un grupo formado mayoritariamente por arribistas, así como por gentes que tienen gusto por conspirar si se los compara con los  que se hacen llamar comuneros. Las reflexiones del escritor sobre unos y otros están narradas con respetuosa distancia, aunque también un nada escondido estupor por cómo solían ser sus encuentros secretos.

Describe así uno de estas reuniones:

“Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal), vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que estaba comúnmente a dos pasos de la Cámara de las Meditaciones. Daba él un golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las funciones de primer celador, decía con la voz más campanuda posible: ‘Venerable, llaman profanamente a las puertas del templo.’

El Venerable, aunque sabía bien quien llamaba y por qué llamaba, se hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: ‘Ved quien es.’ Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el guarda interino. Este salía en averiguación del profano forastero que a deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el hermano que acompañaba al neófito decía: ‘Es un profano que desea ser iniciado en nuestros secretos.’”

Al margen de masones y comuneros, que lo mismo dan para la pluma de Galdós, ya que viene a decir que ambos están cortados por el mismo patrón aunque los hijos de Padilla tradujeran a un españolismo igual de cursi las claves de la masonería, institución traída del extranjero, El Grande Oriente es sobre todo el relato del cúmulo de desgracias vitales a las que somete el escritor a su protagonista, Salvador Monsalud. Un joven de honor, marcado por un pasado tenebroso, que abandona por exigencias de su Venerable al amor de su vida y, más tarde, por ardides de los comuneros, la fe del anciano al que se esfuerza por rescatar de un calabazo en el que está preso, mientras mueve influencias de unos y de otros.

De fondo, siempre, el rey felón, un Fernando VII al que le importa un pimiento los destinos de la nación sobre la que gobierna.

Salvador Monsalud, de nombre simbólico Aristogitón, se rebela contra estos círculos que dicen operan en las tinieblas. Reproducimos otro fragmento:

“- Hermano Venerable –indicó Aristogitón–, si la condición de templo impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me lo han de oír a mi, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?… Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más los dicho que lo sentido; más las palabras que los hechos… Al proponer al Oriente que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El Instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente humanitario, debe proteger a los desvalidos sin pedirles cuentas de sus ideas, y aun sin conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación y en la filantropía. Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus símbolos, que o no representan nada, o representan una asociación de caridad y protección mutua. Lejos de practicarse estos principios en España, el Orden se ha olvidado de los menesterosos, constituyéndose en agencia misteriosa de ambiciones locas, en correduría de destinos y en…

Protestas y amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador.”

Galdós continúa pintando un fresco más que crítico, paródico, de la masonería y los masones españoles en el libro, con independencia de los grados o escalones de la misma. Más adelante, escribe:

“Duró la reunión de los padre graves bastante tiempo, porque además de que en ella trataron diversos asuntos de política elevada, hubo admisión de un hermano que había recibido aumento de salario, es decir, ascenso en la escala masónica. La ceremonia de recepción en los grados superiores no era más seria que en el grado de aprendiz, y se hablaba mucho de la Acacia, de la Sala de en medio, de la Luz opaca y otras lindezas. Para explicarlas sería preciso entrar con brío en la leyenda del Arte-Real; pero como ésta y cuánto a ella se refiere es fastidioso en grado sumo, nos guardaremos bien de incurrir en el pecado de erudición masónica, recomendando al lector se abstenga de perder el tiempo averiguando el significado de los millares de emblemas diversos usados por las doscientas o trescientas disidencias o desviaciones del primitivo francmasonerismo, y entre los cuales el rito escocés y aceptado, que parece predominante en nuestros tiempos, tiene por liturgia un enredado berenjenal de alegorías, entre místicas y filosóficas, donde fracasa la más segura y sólida cabeza.”

No es la masonería ni los comuneros el tema central de la novela, aunque sí que son pilares fundamentales que la sostienen. El escritor más que arremeter, se burla con distanciada sorna de lo que, a su criterio, es un carnaval y un club en el que sus miembros hacen relaciones, ésta y no otra es la masonería española que retrata Galdós del Trienio Liberal, Orden a la que acusa de impostora y no solo por el recato con el que celebran sus ritos.

Como fotografía distorsionada de la Orden, El Grande Oriente funciona, digámoslo vulgarmente, con bastante mala leche. Un microcosmo, parece que quiere decir Galdós, no solo de aquella España sino de la suya y, muchos nos tememos, la nuestra.

La logia a la que pertenece Salvador Monsalud intenta promocionar con trabajos profanos y bien remunerados al protagonista, aunque éste los rechaza porque es un hombre de honor, lo que hace decir al maestro, de nombre simbólico Cicerón:

“Es el primer caso que veo en España, querido Salvador –dijo Cicerón con la malicia escéptica que le era habitual–; es el primer caso que veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres hombre, tú no eres español.”

La novela continúa narrando las vicisitudes sobre todo sentimentales de Monsalud, vicisitudes que se aceleran a medida que se aproxima el fin del relato. Es vigoroso el perfil psicológico que el escritor ofrece del protagonista, un hombre a la deriva, pusilánime, que obedece más a sus impulsos y a una concepción del honor algo arcaica, que a una conspiración de los hijos de la viuda.

La tragicomedia está servida, por lo que los sacrificios que realiza Monsalud de poco le valen: pierde al amor de su vida, pierde su hacienda y pierde la oportunidad de limpiar su nombre… claves que Benito Pérez Galdós irá resolviendo en las nuevas entregas de la segunda serie de sus Episodios Nacionales, la mejor junto con la primera, de su ambicioso, colorista y crítico fresco de un país poblado de ineptos por obra y gracia de la servidumbre.

Escribe Galdós iracundo: “En la uña del dedo meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia gobernadora que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo XIX.”

Y añadimos nosotros que del XX y, sospechamos, lo que llevamos del XXI.

Saludos, otras voces y otros ámbitos, desde este lado del ordenador.

La Isla de Robayna… punto final

Domingo, Agosto 31st, 2014

El reloj marca las doce de la mañana del sábado 30 de agosto. Y sigo sin moverme del sitio que ocupo, como si me costara esfuerzo entrar en la librería La Isla de la calle Robayna. Deber ser porque es el último día que abre sus puertas, unas puertas que ahora ponen el cartel de cerrado tras 43 años en que permanecieron abiertas.

Me entretengo en la calle hablando con amigos y conocidos, una excusa para prolongar la espera. Son demasiadas las emociones y los recuerdos que almaceno de este sitio. Un refugio que desaparece.

La Isla pese a todo, y como no se cansa de repetir la familia Celis, continúa abierta en la calle de Imeldo Serís, en pleno corazón de un viejo Santa Cruz hoy más que nunca descuidado. Mientras tanto, asisto impotente a la disolución en mi imaginario de una de las señas de identidad de esta capital de provincias.

Una librería más que se va entre otras tantas que, por una u otra razón, colgaron hace tiempo el cartel de cerrado.

Goya, Rodin, Sonora, Jarama, Internacional, El escribidor, Tenerife…

Frente a la fachada de La Isla de la calle de Robayna me tropiezo con algunos conocidos. Charla de dos minutos mientras prolongo la espera.

Aunque entrar, haya que entrar.

Entra y sale gente. Incluso el alcalde de la capital, José Manuel Bermúdez, se deja ver por ahí. Una pena que no estuviera presente para reflejar con palabras el momento. Me cuentan que Bermúdez aprovechó para sacarse fotos con los vecinos. Muchas de ellas están colgadas en esas redes que dicen son sociales.

Pregunto si el alcalde adquirió algún libro.

Pero nadie sabe responderme.

Mientras tanto, ojeo los volúmenes que se exponen en una mesa situada en la calle, frente a la señorial Casa Elder,  y entre los títulos descubro La gran evasión, la novela que inspiró esa película que suelo ver todas las navidades…

Un conocido me anima a que recuerde cuántos libros robé, no apropié, de la Librería La Isla de la calle Robayna y lamento contestar que ninguno. Pongo entonces pose del abuelito Cebolleta y le cuento que cuando la librería  se llamaba Rexachs lo habitual era que un tipo o una tipa rondara detrás de ti como un moscardón para que no te llevaras ningún libro, digámoslo así, por descuido.

También, continuo, que si ya era irritante que sospecharan de ti, no resultaba agradable sentir cómo dos ojos te taladraban por la espalda mientras perdías el tiempo mirando, precisamente, libros.

Pero estas historias, igual de tontas que esas gotas que se pierden en la lluvia, no las entiende el que hace la pregunta. Y terminas por disculparlo porque resulta complicado explicarle la frustración de no poder adquirir los cuentos de Edgar Allan Poe, traducción de Julio Cortázar y publicados en Alianza Editorial, porque por aquel entonces eras menor de edad…

Nunca más, nunca más, exclamabas cuando salías de Rexachs aunque dos o tres días después, inevitablemente, terminabas por regresar para despistar al personal con La cruzada de los niños, de Marcel Schwob.

La Isla entonces no era La Isla sino Rexachs, nombre que a mi me sonaba a jugador del Fútbol Club Barcelona más que a librería.

Después fue La Isla, donde por cortesía te entregaban un marcador con el libro. Debo de tener la colección completa entre los volúmenes que se distribuyen en mi biblioteca.

El sábado resultó un día extraño. Extraño por el cierre de La Isla de la calle de Robayna y extraño porque me encuentro con un amigo de los viejos al que no veía desde hacía tiempo.

Tiempo, siempre el tiempo.

El encuentro sirve, no obstante, para que me anime a entrar en La Isla que ya no será La Isla de la calle de Robayna.

¿Cuál será el destino que tendrá el local a partir de ahora?

Una voz dice que la MAC piensa ampliar el salón de actos y otra que quizá termine como sala de exposición o de oficinas de la Mutua…

Ya dentro de la  librería se encienden las alarmas cuando observo las estanterías, casi todas ellas vacías, y la escalera que conducía a la sección de bolsillo, ahora con una cinta para que nadie suba por los escalones.

Recorro un escenario prácticamente desnudo en el que parece que ya no quedan ni los fantasmas que reconocía.

Cuando salgo a la calle me despido de los conocidos y doy una vuelta con el amigo viejo hablando de las mismas cosas que la última vez. Como si el tiempo, un escalofrío, se hubiera detenido.

Paseamos por una ciudad abandonada. Lo que hace que me pregunte dónde se encuentra ese patio de naranjos rodeado de bares en el que los viejos juegan al dominó. Lo escribre un periodista de The Guardian sospecho que jarto de vino..

Brilla el sol y hace calor…

Detenemos el deambular en El Puntero de toda la vida.

El Puntero de toda la vida es una casa de comidas que no ha variado su carta desde que tengo uso de razón. Prácticamente sigue siendo el de siempre solo que ahora hay dos filipinos en la cocina que no paran de guisar pulpos, freír chocos y sacar platos de tollos.

El viejo amigo y yo charlamos aunque la verdad es que pienso en otra cosa.

Una tontería.

¿Cuál fue el último libro que me llevé de la librería La Isla de la calle de Robayna?

¿Y el primero?

(*) El Escobillón agradece la generosa colaboración de Luis Adern al ceder las imágenes que ilustran este post.

Saludos, la gran evasión, desde este lado del ordenador.

Cierra La Isla de la calle de Robayna

Martes, Agosto 26th, 2014

El próximo sábado, 30 de agosto, la Librería La Isla de la calle de Robayna en Santa Cruz de Tenerife cerrará sus puertas “por causas ajenas a nuestra empresa”, se anuncia en una nota.

Por el tono del escrito, el cierre parece definitivo para el que fue el establecimiento más emblemático de La Isla, una librería la de Robayna que llevaba abierta en esta calle hace ahora 43 años, primero con el nombre de Rexachs.

A la tutela de José María Celis en sus inicios y más tarde de su hijo Juan Celis y en la actualidad de sus nietas, La Isla cuenta hoy con otros dos establecimientos en la calle de Imeldo Serís.

A modo de despedida, desconcertante para los que nos acostumbramos a buscar refugio en la de la calle de Robayna, el sábado 30 de agosto la librería pese a todo continuará con su actividad antes de colgar el cartel de cerrado aplicando un descuento del 10 por ciento, también en las de Imeldo Serís.

La nota dice: “Nos hubiera gustado celebrarlo con la magnitud que se merece pero hemos optado por algo sencillo que premie sobre todo la fidelidad de nuestros clientes, y que sea lo menos sentimental posible para la familia de La Isla.”

Estaré en La Isla de Robayna el próximo sábado, aunque sea con la cara larga.

Así son los funerales, y el cierre de La Isla es como un funeral porque son demasiadas las emociones y muchas las anécdotas que compartí en este espacio.

Y libros, libros y más libros.

Siempre libros.

(*) La imagen está tomada de la página web Zona Comercial Tranvía.

Saludos, continuará…, desde este lado del ordenador.

Nicolás Estévanez según Secundino Delgado

Miércoles, Agosto 20th, 2014

El pasado 19 de agosto se cumplió el centenario del fallecimiento de Nicolás Estévanez, entre otros oficios poeta y militar que, retratado por Secundino Delgado, fue el único en una tierra, las Canarias, que solo produce “entecos, esclavos y eunucos al nacer.”

Se trata pues del retrato emocionado de un paisano que cumplía por aquel entonces pena de prisión, experiencia que recoge Delgado en Vacaguaré (Vía-crucis), un texto que pese a sus licencias y olvidos, resulta aún poderosamente atractivo por su desconcertante cercanía.

“¿Quién podía ser? Forzosamente había que ir. Bajé de mala gana dispuesto a despachar pronto al curioso que violentaba mi paz a tanta cosa adquirida.

Lo vi y lo amé. Es un anciano corpulento, nervudo, de mirada franca; revela una voluntad poderosa, como poderosa es su naturaleza física, tiene grandes bigotes blancos y retorcidos, una perilla larga exuberante y también muy blanca. De ademanes desenvueltos, como los de un gran jefe; noble a veces y fiero a ratos. Viste de negro y cubre su traje un abrigo oscuro.

Me espera en el interior de la reja. Sus palabras penetran dulce y amorosamente en mi corazón sediento de cariño. Es canario: el más grande de la época; el único. Mi tierra hoy solo produce entecos, esclavos y eunucos al nacer. El que me habla no es de éstos, tiene la arrogancia de los grandes de antaño. Y si no lleva la sangre de aquéllos se ve que mamó en el mismo ambiente.

Antes que me diga su nombre lo adivino; es Nicolás Estévanez. Los canarios de hoy somos ¡tan pequeños!…No hablemos de esto…

Me pregunta por sus peñas, por mi familia, por mi prisión.

Me cuenta, riendo buenamente, que Millán Astray trata de asustarlo, y le contesta siempre riendo, que sus recuerdos más gratos son los procesos y persecuciones del gobierno español; y añade:

- Estaría aquí, contigo, todo el día, hablando de allá… de mi hermano Patricio, de mis amigos, de mis almendros… pero están ahí detrás; no nos dejaron solo; nos están oyendo.

Se despidió. Me dio un mazo de cigarros, me aprieta la mano fuerte y nerviosamente, con su gran manaza blanca, musculada y carnosa.”

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.