Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Wodehouse, mormones, ‘ñoras’ y el puto abismo

Martes, Junio 12th, 2012

Me tropiezo con dos mormones, gringos ellos aunque hablan un español de Valladolid que te espantas, que me prometen la salvación eterna. Les digo que una vez intenté leer el Libro de Mormón y que su padre fundador, Joseph Smith Jr., no deja de resultarme un extravagante producto del salvaje oeste americano.

Lo suelto sin ánimo provocador, más bien fascinado cuando descubrí su verdadera historia en un libro que compré de saldo titulado La epopeya del oeste. Lo firma Edward Goodman, pseudónimo tras el que se escondía el anarquista y escritor de novelas baratas Eduardo de Guzmán.

El capítulo que dedica a los mormones resulta demoledor, pero esto no se lo digo a los gringos de ojos que de tan azules casi parecen transparentes.

Me separo de los misioneros trajeados pese al calor africano que cae sobre la ciudad con un hasta luego conciliador. Ellos sonríen beatíficamente, e incluso quiero ver en esa mirada de azul casi transparente una ligera decepción por no haberme captado.

- Los que no han visto la luz continuarán mirando al abismo.- me dice el más bajo.- Pero aún hay tiempo para la salvación.

- Nos vemos un puto día de estos en la Ciudad del Lago Salado.- susurro mientras veo como se alejan y a la altura de la fuente de la Plaza de la Paz (¿se llamará así todavía?) se detienen ante una señora que los esquiva con la agilidad de un jugador de baloncesto.  

Ahora hablo por el móvil, y la voz que suena al otro lado del móvil me anuncia que un amigo se ha convertido al Islam y que otro se ha convertido a los Testigos de Jehová. Por lo que me pregunto, mientras llego a casa, si todas estas conversiones es signo de los tiempos.

Estos tiempos en los que “no han visto la luz continúan mirando al abismo.”

Tirado en la cama leo Niños feroces de Lorenzo Silva, que me parece una novela de quiero pero no puedo que por momentos llega a exasperarme. Dejo el libro y cojo en su lugar El inimitable Jeeves, de P. G. Wodehouse porque es un autor, y El inimitable Jeeves en concreto, una obra que me hace sonreír y por lo tanto olvidarme del puñetero abismo.

Jeeves lo consigue.

Hasta que suena el timbre.

Como le he dado el día libre a Jeeves me levanto y voy a abrir la puerta.

Me encuentro con dos ñoras algo entradas en carnes que me pregunta si pueden pasar. Mientras proceso si debo o no hacerlo, la pareja cruza el umbral y se introducen en el salón.

- No soy socio del Círculo de Lectores.- me atrevo a balbucear.

Las ñoras se ríen. Pero la risa resulto falsota.

- No, no venimos del Círculo de Lectores, hijo.- me suelta la más gruesa, que se sienta en mi sofá de terciopelo rojo. La otra hace lo mismo en mi sillón de orejas. La más gruesa saca unos folletos de una carpeta verde que deja sobre la mesa donde se amontonan esos libros grandes y encuadernados que nunca lees y que dejas en la mesita para que las visitas vean lo sensible que eres. También lo estúpido por gastarte el dinero en esas cosas inútiles.

- Bahaus.- Lee la ñora más gruesa leyendo el título de uno de ellos.- ¿Bahaus?

- ¿Bahaus?.- le contesta con una pregunta su compañera.

Me encojo de hombros.

- Bueno, hijo… -comienza la ñora más gruesa con uno de los folletos en la mano.- ¿es usté feliz?

- ¿Feliz?.- escupo.

Me miran las dos con inquietante ternura.

- Bueno… Yo…. Tal y como están las cosas… Claro que… Ya saben ustedes a lo que me refiero…

 - Hijo, se ve que  usté no es feliz. El camino a la felicidad lo encontrará leyendo este folleto. Ande, ande, coja el folleto.

Obediente cojo el folleto que me tiende con la mano. Una mano de las que me llama la atención las uñas pintadas de rosa.

Le echo un vistazo al folleto. Un dibujo me muestra a un tipo de rostro bondadoso, barbita tipo candado bien recortada y halo alrededor de la cabeza. Está rodeado de niños. Encima de la ilustración y con letras grandes se puede leer: ¡Dejad que se acerquen a mí!

- ¿Y esté quién es?

Las dos ñoras se miran escandalizadas.

- Pues Jesús. Jesucristo, el hijo de Dios.

- Ustedes han venido a convencerme a que no me tire al abismo….

- ¿Abismo?… Dios –no nosotras– nos dice: No te tires de cabeza al infierno…

- ¿Qué es el abismo, verdad?

- Aún puedes salvarte… Ver la luz….- dicen las ñoras a la vez.

Me empiezo a abanicar con el folleto.

- Soy mormón.

- ¿Maricón? Eso se cura, hijo.

- No, no… que soy masón.

- ¿Un cabrón?

- Eso se cura también.- dice la ñora sentada en el sillón de orejas.

- Señoras, hagan el favor.- susurro poniéndome en pie e invitándolas a que abandonen la casa.

Cuando cierro la puerta, la más gruesa me deja un puñado de folletos en la mano.

- En Dios está la salvación.- dice.

- Y cuídese del Bahaus, cabrón, maricón.- grita la otra.

Regreso al salón, donde aún flota en el aire el perfume de las dos ñoras.

Me siento en el sillón de orejas desde donde miro al techo. Rompo, sin reparar en ello,  los folletos que tengo entre las manos.

Y pienso, sin que me importe demasiado esa es la verdad, si seré ateo gracias a eso que llama Dios.

LEED LA PALABRA DE WODEHOUSE

“Rocky era poeta. Por lo menos, cuando hacía algo, escribía poesías; pero la mayor parte del tiempo, por lo que sé, se lo pasaba en una especie de nirvana. Una vez me contó que podía pasarse horas enteras sentado en un seto siguiendo los movimientos de un gusano.

Su programa de vida estaba muy bien diseñado. Tres días al mes los ocupaba escribiendo alguna poesía; los restantes días del año, descansaba. Yo no sabía que la poesía diera tanto dinero como para mantener a una persona, aun del modo en que vivía Rocky. Pero parece que si se hacen poesías a base de consejos para la juventud, y se prescinde de las rimas, los editores norteamericanos se pelean por ellas. Rocky me enseñó una vez un poema suyo. Empezaba así:

 ¡Vive!

El pasado está muerto,

el futuro ha de nacer.

¡Vive hoy!

¡Hoy!

¡Vive hasta el último nervio,

hasta la última fibra,

hasta la última gota de tu sangre !

¡Vive !

¡Vive!

Seguían otras tres estrofas, y el conjunto estaba publicado en la contratapa de una revista, con una especie de orla alrededor, y un dibujo de un vistoso personaje desnudo, con músculos prominentes, que contemplaba el sol. Rocky me dijo que le dieron cien dólares por ese poema, y se estuvo en la cama hasta las cuatro de la tarde por espacio de casi un mes.”

Saludos, tarareando You are de top, desde este lado del ordenador.

Una aventura: “búscate la vida”

Lunes, Junio 11th, 2012

De pequeño se empeñaron en que me hiciera funcionario pero a mi me gustaban demasiado las historietas de Tintín, Superman y Spiderman para que, ya que no podía ser como ellos, al menos aspirara a trabajar en los empleos que sus álteres egos desarrollaban como gente corriente.

Clark Kent y Tintin eran periodistas. Peter Parker un fotógrafo free lance al que explotaba como un nazi el director de Daily Bugle, J. J. Jamenson…

A mi todo aquello me fascinaba.

Los gritos de Jamenson, la redacción del Daily Planet donde Kent suspiraba por Lois Lane pero sobre todas las cosas Tintín, ya que viajaba por el mundo acompañado de un perrito, Milú, que hacía de voz de su conciencia y un borracho mal hablado llamado Haddock, sin que tuviera que perder el tiempo escribiendo ni enviando –que yo recuerde– una crónica a quien tenía que pagarle sus servicios como informador. 

Cuando estudié la carrera y me puse a trabajar en un periódico me di cuenta que lo que hacía Tintín, Parker y Kent era mentira.

Pero esa mentira, por dulce y adolescente, aún me la creo.

Y la creo porque la primera y única regla que me enseñaron en este negocio cuando entré a trabajar de verdad en una redacción fue la de búscate la vida.

Una aventura.

Nadie me indicó entonces cómo había que enfocar una noticia. Cómo titular, cómo comprimir lo más atractivo de una información en una entradilla.

Tampoco cómo ganarte a una fuente…

El  búscate la vida se convirtió así en una especie de mantra.

En el camino, afortunadamente, me encontré con compañeros que hoy más que amigos son hermanos de sangre.

Gente que contribuyó a que efectivamente me buscase la vida.

Otros, por el contrario –pero eso pasa en las mejores familias y también en el mejor oficio del mundo– a que aprendiese a esquivar a quien se dedica a poner zancadillas sin darse cuenta que ellos mismos caen en la trampa de lo que no es sino una pista de carreras.

Un excelente redactor jefe para quien no trabajé y que ya no está entre nosotros me dijo en una ocasión que el periodismo era como una carrera de galgos.

- ¿Cómo que una carrera de galgos? – le pregunté impertinente.

- Sí, una carrera de galgos… Todos vamos detrás de la misma liebre solo que nunca llegamos a verla. El periódico salió ayer, también hoy, pero nos espera la edición de mañana y de pasado…

Nunca hay fin.

Bueno, sí que hay fin.

Hay fin cuando el periodista se muere o se retira.

Cuando abruptamente decide apagar el interruptor y desaparece…

Claro que el periódico, o lo que aún entendemos como periódico, saldrá al día siguiente.

Yo me hice periodista porque creí en John Reed.

John Reed es un clásico del oficio.

Una especie de Tintín pero de verdad.

Tiene libros magníficos sobre la revolución mexicana y rusa. También un excelente reportaje sobre la I Guerra Mundial en el frente oriental…

Reed mostró además que un periodista puede escribir y firmar con nombres y apellidos por mucho que el oficio marque unas reglas para uniformizar estilo y hacer desaparecer firmas…

Ya casi nadie se acuerda de ese estadounidense comunista.

Yo casi todos los días me acuerdo de él.

Los que se sacaron de la manga el nuevo periodismo creo que también. Aunque muchos no sepan quien fue John Reed.

Para evitarme problemas, siempre respondo que Warren Beatty lo interpretó en Rojos.

La mayoría reconoce a Beatty pero continúa sin saber quién fue John Reed.

¿Por qué cuento todo esto?

Digamos que tengo mis razones, ahora que me rasco la cabeza.

La misma cabeza que desarmó una señora, viuda de un periodista de la provincia en la que vivo, cuando me soltó nada más enterarse que me dedicaba al mismo oficio que su marido fallecido: “¡pobrecito!”

¿Pobrecito?

Gracias a este oficio vivo en una mansión con dos piscinas. Tengo un Rolls Royce con chófer y entro gratis en cualquier sitio…

Eso cuando sueño.

Cuando despierto me doy cuenta de la pesadilla.

Y de mi empeño en guarecerme en una trinchera donde soy feliz con cosas tan absurdas como ver películas, escuchar música, leer libros, visitar exposiciones, asistir a conciertos y perder el tiempo hablando de películas, cineastas y escritores…

Así que maldita la hora en la que no oposité para ser funcionario…

¿Lo piensas de verdad?

No.

Afortunadamente.

Saludos, hermano Sol y hermano Luna, desde este lado del ordenador.

Búscame en ‘Sesamo Street’, en Guantánamo Bay

Sábado, Junio 2nd, 2012

El documental Songs of War de la cadena árabe Al Jazeera denuncia que las canciones de Barrio Sésamo fueron utilizadas en Guantánamo –ese gigantesco y siniestro complejo carcelario que el presidente del yes, we can, Barak Obama prometió cerrar — para torturar a los presos. El compositor de estas canciones, Christopher Cerf no se ha tomado, como era de esperar, con deportividad la noticia.

“Mi primera reacción fue decir: esto no puede ser verdad”.

También: “por supuesto no me gustó saber que yo mismo estaba ayudando a acabar con la moral de los prisioneros, pero fue mucho peor cuando me enteré de que además utilizaban la música para los interrogatorios más largos, para provocar tal dolor en los detenidos que al final tuvieran que hablar”.

Imagino a uno de esos prisioneros encapuchados. Y como le instalan los auriculares en los oídos para que suene la música de Barrio Sésamo día y noche, noche y día dentro de su cabeza.

- ¿Vas a hablar?- le pregunta hostil el carcelero.

- Sí, claro que sí.- responde el preso desquiciado.- Pero apaguen esa música de una puta vez…

En la guerra cualquier arma es buena para reventar la moral del enemigo. El problema es que en esta guerra fantasma nadie sienta en el banquillo de los acusados a los que están machacando el cuerpo y el espíritu de los presuntos enemigos de la democracia.

No sé si inspirándose en un caso real, Francis Ford Coppola recurrió a la música como arma psicológica en una de los mejores momentos de Apocalipsis now! Me refiero a aquel en el que el teniente coronel Bill Kilgore alienta a sus tropas aerotransportadas con La cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner a todo volumen…

El caso es que Kilgore recurre a Las Valkirias para infundir valor a sus hombres y aterrar al vietcong. La música como arma psicológica.

Pero imaginen ustedes lo que es oír día y noche, noche y día la misma canción.  

Imagen también que esa música le acompañó durante su niñez.

Niñez que ahora constato fue zombificada por cancioncillas no tan inocentes y a las que hoy se recurre para sacar de sus casillas a los presuntos malos de la película.

Malos que son capaces de confesar cualquier cosa siempre y cuando les quiten esa puñetera música de la cabeza.

Si como occidental soy ya cómplice de una guerra en la que nunca quise meterme, que recurran a mis idiotizantes señas de identidad para debilitar a ese enemigo que me han buscado solo puede provocar mi mayor rechazo y cabreo.

Es como si usaran las inspiradas canciones de los Payasos de la tele para demoler un poquito más la moral del preso que no se doblegó con las de Barrio Sésamo.

Imaginen como día y noche suena en la cabeza del preso una letra extraña que canta cosas tan profundas como Hola, don Pepito… Susanita tenía un ratón o Como me pica la nariz…

Da viruje viejuno el solo pensarlo.

El reportaje Songs of War de la cadena árabe explica que fue en 2003 cuando se desveló que los servicios de inteligencia de Estados Unidos torturaban a los detenidos en Guantánamo y Abu Ghraib con esta música.

La de Barrio Sésamo.

Moazzam Begg, un expreso de Guantánamo, explica que “fue probablemente una de los peores torturas a las que nos sometían”.

¿Gritaría el preso mientras la escuchaba a todo volumen dentro de su cabeza?

¿Continuará tarareándolas hoy día, mientras intenta llevar una vida normal tras soltar todo lo que sabía sobre esa presunta y paranoica conspiración islámico terrorista que quiere acabar con el mundo libre?

Yes, we can.

Alguien se ha puesto a pensar en qué pensarán los protagonistas de Barrio Sésamo de todo esto.

¿Y los que usaron sus canciones para demoler la moral del enemigo fantasma? Cafres, quiero pensar, cuya banda sonora es la de Sesamo Street.

Lo dicho, viruje viejuno.

Si fuera terrorista, que aún no lo soy, les pegaría entonces dos tiros a Epi y Blas. Y a los tontos de Don Pimpón y Espinete en su pastelosa versión española.

Si fuera Epi y Blas –descarto a los pastelosos de Don Pimpón y Espinete– haría que Epi le preguntara a Blas:

- Blas, Blas, ¿a quien le pego un tiro?

- Epi, al cabezón que está subiendo el volumen a nuestra canción noche y día y día y noche, Epi.  

Bang.

- Epi te has vuelto a equivocar. Nos vemos en el infierno.

- Blas, Blas…

Bang.

Saludos, cuerdo o loco, lo mismo da, desde este lado del ordenador.

Esto no es un puto chiste

Viernes, Junio 1st, 2012

“Debería usted reírse. Eso relaja y es tomarse las cosas en serio”

(Boris Vian)

Escucho con paciencia el monólogo que suelta un amigo a través del teléfono.

A ratos hago que lo escucho.

A otros dejo el teléfono a una distancia de unos diez centímetros de la oreja, lo que hace que escuche su perorata amortiguada aunque el tono de voz resulte tan alto que como olas que arrastra la marea hasta la orilla me lleguen palabrejas como:  Bankia, Gobierno de España, Canarias, Prima de riego, políticos, corralito y otras cosas de la que tanto se habla en estos días aciagos y que parecen que son piezas de un oscuro rompecabezas que solo tiene como objetivo confundirnos un poco más de lo que estamos.

No le digo al monologuista que busco escapatoria en mis paraísos artificiales, aunque aprecie últimamente que los dados de la desesperación son tan opacos que ya no vale la pena jugar en una partida en la que parece que todo se confabula para que no me concentre en ser yo mismo.

Es decir, que cada vez me cuesta más identificarme con mis lecturas escapistas, mi música y todas esas películas que hasta hoy han hecho que continúe abriendo el ojo cada mañana esperando, como la señorita Escarlata, que sea otro día…

Últimamente me miro en el espejo del cuarto de baño y hay demasiada resignación en el rostro que encuentro. Y tengo miedo de poner los pies en la calle porque el ambiente que respiro empieza a hacerse demasiado enfermizo y las malas noticias algo así como el pan nuestro de cada día.

Me encuentro en la Rambla de Pulido con un conocido que me suelta –casi como si quisiera él mismo darse cuenta de la realidad que le hace añicos la cabeza– que lo han puesto de patitas en la calle.

Más adelante, a la altura de la Plaza de los Patos, una amiga que viste de escandaloso rojo me escupe el mismo mensaje –“estoy en la puta calle”– solo que ella quiere, para volver a encontrarse, irse a la India.

Cuando nos dejamos, un tipo que podría ser yo me pide argo para comer y más allá, en un establecimiento que pertenece a una cadena de supermercados donde compramos los que aún podemos, un segurita me obliga a que deje la bolsa que tengo en una de las taquillas.

- Solo llevo libros.- Le informo al poli privado.

El segurita mira dentro de la bolsa antes de dejarme entrar aunque me quedo con su mirada rara.

- Pase, pase usté.- susurra mientras agita la mano preocupado. Casi como si temiera que los libros que llevo en la bolsa pudieran pudrir la botella de leche que he ido a comprar.

La cajera me pregunta si quiero una bolsa antes de teclear los productos de la compra y le digo que no mostrándole la que llevo encima. Me pide ver su interior.

Pone ojos raros mientras el segurita se acerca y vigila como instalo la leche, la margarina, el zumo de naranja y las galletas María entre Moll Flanders, Alabama Song y El escándalo.

- La vida es un escándalo.- me dan ganas de cantar.

Subo hasta mi casa con la bolsa de plástico y de pronto me pongo a reír. Una risa salvaje, diabólica, demasiado nerviosa para mi gusto.

Los que pasan a mi lado se quedan mirando a ese marciano descojonado. Tan descojonado que su risa desesperada quiero pensar que se parece a la del Joker.

Abro la puerta de casa y continuó riéndome.

Tanto, que me duele el estómago, lo que hace que suelte la bolsa y que la leche, la margarina, el zumo de naranja y las galletas María junto a los tres libros se desparramen por el suelo…

… Lo que me hace más gracia, así que la risa continúa y temo, entre carcajadas, que se me pare el corazón al sentir un dolor fortísimo en el pecho… Pero qué coño, continúo soltando la risa.

Una risa que no sé de donde sale pero que agita todo mi cuerpo que, alarmado, comienza a enviarme señales de alerta a un cerebro incapaz de parar la carcajada que sigo vomitando.

Al final me tranquilizo, aunque escupo algo de risa al llegar al cuarto de baño y lavarme la cara con agua fría.

Suena el móvil.

Es el amigo que suelta monólogos, así que dejo pasar la llamada.

Me siento frente al televisor mientras repaso la deuvedeteca.

Me topó con La última tentación de Cristo.

Pongo la película.

Y siento como la risa sale del estómago, cruza la garganta y rompe en mi boca…

No paro de reírme.

Casi me parto en dos con una película que de graciosa tiene poco.

Pienso, mientras el corazón vuelve a darme otro aviso en forma de puntadas, que igual lo que necesito es ver una comedia…

“Busca, busca rápido”.- me exige el cerebro bastante mosca mientras me doblo con tanto jajajajajajajaja…

El regreso de la Pantera Rosa nunca falla…, pienso.

Cambio el dvd.

Suena la inolvidable banda sonora de Henry Mancini. Y descubro a Closeau.

Y dejo de reír.

Abruptamente.

Adiós al jajajajajajaja.

Porque me pongo a llorar.

Lagrimones gruesos.

Así que vuelvo a La última tentación de Cristo.

Y veo al Judas y al Cristo, y al Pedro, y a María Magdalena y me parto en dos porque la risa ya no es risa sino una portentosa cascada de carcajadas.

Suena el móvil y veo en la pantalla el número del amigo aficionado a los monólogos.

Dejo que suene el móvil.

Móvil que zumba y zumba.

Y yo ahí roto de tanta risa.

Tanta…

… Tanta risa.

Saludos, esto no es un puto chiste, desde este lado del ordenador.

Mi tesorooo…

Lunes, Mayo 28th, 2012

“El banquero es un señor que nos presta el paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover.” (Mark Twain)

A lo largo de mi vida he ido acumulando libros, discos, historietas y películas que han convertido mi espacio vital en un lugar desordenado y cubierto de telarañas.

Los libros, los discos, las películas y las historietas acumulan polvo en los estantes y en una esquina de lo que debió haber sido como un despacho se acumula una montaña de trastos que peligrosamente crece sin que me dé cuenta de su porqué. Bueno, la razón la sé aunque la evite como suelo evitar las molestas incomodidades cotidianas que salpican mi tránsito por esto que llamo vida: prefiero ignorarlo pese a que el problema se vaya haciendo cada día un poquito más grande.

Lo que voy a exponer a continuación no tiene nada que ver con la apurada reflexión que acabo de escribir hace apenas un instante. No, no tiene nada que ver. Sin embargo, y perdonen la contradicción, sí que sospecho que tiene algo que ver. Argo que ver para que me entiendan.

En estos tiempos negros que vivimos, en los que acuciado observo como el volumen de mi cuenta corriente desciende cada mes sin que apenas perciba un chorrito de ingreso, me entero por mediación de un amigo de la última payasada de las listas Forbes, una publicación que conozco porque ¿quién demonios no conoce las celebérrima listas Forbes a pesar de que nunca haya ojeado un ejemplar de la revista?

La última lista selecciona a los personajes de ficción más ricos. En la clasificación ocupa el primer puesto el dragón Smaug, una creación de J. J. R. Tolkien para su novela El Hobbit.

Forbes calcula en unos 62.000 millones de dólares la fortuna de este residente de la Montaña Solitaria, un dragón que, permítanme ustedes ahora que nadie nos lee, me parece una metáfora perfecta con la que poner cara a los multimillonarios que en la vida real nos aplastan como si fuéramos insolentes cucarachas.

El segundo puesto de la lista es para Flintheart Glomgold, o la némesis del Tío Gilito –personaje que al parecer encabezó el ránking del año pasado–. El tal Glomgold ha logrado reunir unos 52.000 millones de dólares con artes muy poco transparentes. Al igual que Gilito es un huraño, pero no se baña en una piscina repleta de billetes como sí hacía el tío de ese histérico y siempre sobreactuado –ahora lo entiendo– de Donald.

La lista continúa.

En la tercera casilla aparece Carlisle Cullen, el patriarca del clan de los vampiros de la saga Crepúsculo, y a quien no tengo el gusto de conocer. Le sigue Jed Clampett, protagonista de la serie de televisión Los nuevos ricos que era aquella en la que un paleto descubre petróleo en sus tierras y se traslada a vivir con los suyos a un barrio de señoritos y en un honroso quinto lugar Tony Stark, a quien conocerán como Iron Man y que en pantalla grande ha inmortalizado con irónica gracia Robert Downey Jr.

Stark, que tiene tiempo para ejercer de play boy y salvar el mundo de cualquier tipo de amenaza, se ha hecho con los 8.300 millones de dólares que, según calcula Forbes, ha llegado a su bolsillo gracias a la venta de armas. Lo que no explica es cómo quien se preocupa por salvar al mundo lo haga negociando con lo más de lo más para arrasar ese mismo planeta que dice proteger.

Claro que es un personaje de ficción y la contradicción no le quita el sueño.

Como no le quita el sueño a los banqueros que han diseñado la estafa perfecta ni a los empresarios que se lamentan de que el paquete de reformas laborales que sacude a la Europa de mercaderes en la que vivo les resulte aún enojosamente tibio…

Pero continuemos con la lista.

Tras Stark nos encontramos con un personaje de dibujos animados, Richie Rich, con casi 9.000 millones de dólares, y también con Charles Foster Kane, el magnate de la prensa que perdió la infancia (Rosebud) que inmortalizó Orson Welles en Ciudadano Kane.

Entre tanto listo sin alma, Forbes coloca a un tonto con buen corazón: Forrest Gump, aquel que decía estirando las vocales que la vida se parece a una caja de bombones…y muy cerca de él a Bruce Wayne, el multimillonario cuyo lado oscuro muestra disfrazado de murciélago.

Wayne, que guarda celosamente en su armario el traje de Batman o Batmán como se acentuaba en los inolvidables cuadernos de la editorial mejicana Novaro, al contrario de Stark tiene el corazón partío por ser testigo del asesinato de sus padres tras haber visto en el cine La marca del Zorro, cinta en la que el héroe enmascarado para no ser descubierto como el as de la espada que era simulaba ser un afeminado…  

El top ten de los más ricos de la ficción lo cierra un clásico: Mr. Monopoly, el gordito vestido de frac, sombrero de copa y bastón en mano, y con cuyo juego de compra y venta de casas contribuyó a desgraciar más de una infancia.

No, no guardo buenos recuerdos de mis partidas de Monopoly, quizá porque siempre me quedaba arruinado y quien tenía la banca se negaba a darme crédito por mucho que hipotecara mis escasas propiedades. El juego, como observarán, resulta ahora inquietantemente parecido con la siniestra realidad actual.

Fuera de la lista, Forbes incluye a Lisbeth Salander, Tywin Lannister o el Señor Burns, el dueño de la central nuclear y de medio Springfield en Los Simpsons, entre otros.

Y aquí no pasa nada…

Lo que me anima a recomendar a los responsables de Forbes a que el próximo año elaboren una lista pero está vez con los diez hijos de puta más ricos del planeta.

Ojo, porque no me valen políticos sino precisamente los diez multimillonarios y/o banqueros que nunca aparecerán en los ránking de esa revista…

¿O es que alguien se cree a estas alturas que Bill Gates o Marck Zuckerberg son realmente los marcianos más poderosos económicamente de esta canica llamada Tierra?

Saludos, navegando en mi Titanic particular en el que aún toca en cubierta la orquesta, desde este lado del ordenador.

Gran Hermano

Miércoles, Mayo 23rd, 2012

No acostumbro a ver la televisión por una cuestión de higiene mental. Prefiero encender mi gastado dvd y perder (o ganar, según se mire) el tiempo con una película aunque hay ocasiones en las que, por motivos varios, me encuentro contemplando la pantalla por, empiezo a creer, puro y descarnado sadomasoquismo.

El último castigo visual se lo debo a Gran Hermano, un concurso que lleva ya tantas ediciones como la serie Viernes 13 solo que si en las películas hay un único psicópata destripando a quien se le ponga por delante, en este certamen de encefalograma plano todos, absolutamente todos, son algo así como el mismo Jason pero sin su instinto asesino aunque sí depredador.

Contemplando el programa, y para dar ideas al Big Brother, se me ocurre que podrían poner como prueba a los concursantes la de leer un libro. Un libro con más de quinientas páginas en apenas tres días como máximo. La obra, que dejo a la elección de los responsables, podría ser de caza mayor o caza menor, y al final y en eso que llaman confesionario, acribillar a preguntas al chico o la chica sobre la lectura.

La cosa podría dar juego. Me imagino a unos acostados leyendo en la cama. A otros sentados en la taza del váter con la mirada atenta en las páginas del libro o en la cocina mientras hacen tiempo para que se caliente el agua de los espaguetis.

No sé a ustedes, pero a mi me fascina ver a alguien leer un libro. Procuro, además, intentar descubrir de que libro se trata mientras el desconocido o la desconocida está metido en ese mundo al que no tengo acceso. Me suele pasar cuando viajo en el tranvía, antes de que irrumpan en el vagón la gestapo de chaquetas rojas exigiendo el billete para clavarle una multa al listo la lista que viaja de gratis.

Esta misma mañana, sin ir más lejos, mi mirada tropezó con tres personas que leían libros ajenos a la penosa realidad que había a su alrededor. Los que no leían, o bien observaban por la ventana o enviaban mensajes por el móvil. Apenas vi a nadie con un periódico y mucho menos con una de esas tabletas que amigos y enemigos me restriegan por las narices como si quisieran decirme –sin decírmelo con palabras– te estás quedando anticuado.

Ahí no queda la cosa para quien se está quedando tan anticuado.

En el Gran Hermano veo y escucho alucinado como una chica suelta emocionada que entrar en el concurso ha sido lo mejor de su vida. “Cumplir el sueño de mi vida”, dice.

Intento entonces averiguar cuál fue el sueño de mi vida cuando tenía la misma edad que esa mujercita y automáticamente pienso: la colección completa de Tintín.

Gran Hermano hace que recuerde también la primera vez que leí 1984 de George Orwell, que fue precisamente en 1984. Tras 1984, devoré Rebelión en la granja y más tarde uno de los libros más emotivos escritos por un extranjero sobre la Guerra Civil española:  Homenaje a Cataluña. Hay una fotografía de miembros del POUM en la que se puede ver a Orwell al fondo. A mi esa imagen todavía me emociona. También porque fue en tierras de España donde ideológicamente se quebró el espíritu de este excelente narrador británico.

A Gran Hermano me suena también la campaña que le ha entrado al Partido Popular en la Cámara regional en cuanto a la cultura se refiere. Leo que el diputado Felipe Afonso El Jaber critica al Gobierno regional por destinar casi 80.000 euros al documental Cubillo, historia de un crimen de Estado.

Para El Jaber el documental ofende a muchas personas y censura que mientras que el autor del intento de asesinato de Antonio Cubillo le pide perdón, el segundo no hace lo mismo con sus “cientos de víctimas.”

Concluyo que El Jaber no ha visto todavía el documental.

Concluyo que la consejera de Cultura, Inés Rojas, tampoco lo ha visto cuando responde que este trabajo recibió 7,75 puntos sobre 10 de la (des)comisión audiovisual. Puedo entender, sin embargo, que Rojas asegure que este notable alto no se dio por razones “ideológicas.” Y que más allá del personaje y su aventura independentista, rota desde dentro y mucho antes de que fuera objeto del frustrado atentado, a mi juicio continua pareciéndome un título necesario para entender el pasado y presente de este archipiélago que vive todavía con tanto miedo.

Miedo ¿a qué?

Pues al Gran Hermano.

Circula en la red un vídeo en el que se puede observar al viceconsejero de Presidencia, Jorge Rodríguez, reclamar en un estado de digamos sospechosa alegría: “una, grande y libre Canarias.” Lo suelta en un acto homenaje a Secundino Delgado, de quien ahora se cumple el centenario de su fallecimiento.

Y comparto mi miedo, que es la mejor manera de aligerarte el miedo, al comprender que el Gran Hermano nos vigila a casi todos porque casi todos servimos, efectivamente, al puñetero Gran Hermano.

 Saludos, está ahí ¡detrás!, desde este lado del ordenador.