Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Una coincidencia

Lunes, Julio 30th, 2012

Mañana dominguera en el Rastro de la capital tinerfeña, donde me encuentro a varios amigos finiquitando libros, discos y otras menudencias en puestos improvisados.

Comento con uno de ellos que qué tal le ha ido el día. “Fatal” me responde. Fuma un cigarrillo tras otro. Le pregunto que le parece que le lleve todos esos tratos que acumulo en mi vieja mansión y de los que quiero desprenderme. Podríamos ir a la mitad de lo que saque por ellos, sugiero mientras no dejo de sudar y él de fumar y fumar. No sé bien porque fuma tanto, igual es para tranquilizar una conciencia demasiado alterada en estos últimos tiempos donde todo se desmorona.

Mientras paseo por el Rastro sintonizo con mis orejas lo que va soltando la gente que pasa y se cruza a mi alrededor. Capturo frases sueltas, diálogos que ni nacen ni se terminan… En la mayoría de los puestos la queja es más o menos la misma: “esto ya no es lo que era…”

Un gracioso le suelta a un tipo que vende si le permite fumar. El tipo que vende se ríe. Sonrío, por lo menos no se ha perdido el sentido del humor. Aunque a mi me cueste encontrarlo en la mayoría de las cosas que me rodean. Me llega el agrio aroma de la cerveza, también el de perritos calientes.

Me detengo en un puesto de libros usados y comienzo a remover la montaña de ejemplares pasados de fecha. Detecto en la tonga de volúmenes que exploro con mano experta que alguien debe de haber liquidado una biblioteca. Cuando abro los libros descubro un sello en sus primeras páginas. Se tratan de aquellas ediciones de bolsillo de Alianza Editorial, la mayoría la serie de Historia que publicaron como si hubieran sido escritos por Isaac Asimov.

En otro puesto, que regentan tres tipos de mirada inquisidora, muchos de los títulos ante los que me enfrento son de novelas románticas. Así de insólito es el Rastro pese a que la cosa vaya fatal y apenas nadie se rasque el bolsillo.

Encuentro por casualidad un ejemplar algo estropeado de Mussolini. Análisis de un dictador (Bandama, 1990), firmado por el periodista grancanario Pedro Perdomo Azopardo.

Se trata de un libro singular porque el autor mezcla el relato de viajes con la Historia. En su caso, el itinerario que realizó por Italia siguiendo las huellas del dictador fascista. Cuanto menos es un trabajo original, en el que el escritor mantiene una discreta distancia y regala excelentes descripciones de los lugares donde una vez estuvo el capo fascista, il Duce.

En el volumen, Azopardo logra incluso hablar con uno de sus hijos, Romano Mussolini, y se aproxima pero apenas cruza cuatro palabras con quien fue la mujer del dictador, doña Rachele.  

Me gusta lo que leo, aunque no comparta algunas de las reflexiones que propone el periodista sobre Benito Mussolini, quien acabó colgado sin vida junto al cadáver, entre otros, de su amante, Clarea Petacci en la piazzale  Loreto, en Milán. O Milano que dicen los italianos.

Azopardo también recorre Predappio, pueblo natal de Mussolini, y escribe las sensaciones que recibe cuando baja a la cripta donde descansan sus restos mortales: un busto de mármol blanco enorme, a sus pies, una serie de urnas donde se guardan entre otras prendas su camisa negra.

Encontrarme con esta rareza no sería nada si hoy, a raíz de la lectura de un artículo publicado en El País, me entero que Benito Mussolini vino al mundo un 29 de julio de 1883 y que el cementerio se ha convertido en lugar de peregrinaje para nostáligicos que continúan rindiéndole tributo.

Por el artículo de El País me entero que se sirve un helado delicioso de chocolate que lleva su nombre, Benito. No sé si sabe el articulista que Mussolini se llamó así porque su padre, rabioso anarquista, lo hizo en honor de Benito Juárez.

Los nostálgicos aprovechan la visita a Predappio para comprar quincalla relacionada con ese calvo de cabeza romana que se metió a Italia en el bolsillo hasta que esa misma Italia se lo sacó del bolsillo para colgarlo como un pedazo de carne en la piazzale Loreto.

Alguien dijo una vez que la vida de Mussolini es lo más parecido a una tragedia shakesperiana en la convulsa historia del siglo XX.  Y pienso, mientras escribo estas líneas algo confuso por la curiosa casualidad que me llevó a comprar Mussolini. Análisis de un dictador el mismo día de su nacimiento, que las imágenes que recuerdo de capo son lo más parecido a la de un actor acostumbrado a sobreactuar.

La manera en la que saca pecho y mandíbula, en cómo pone los brazos en jarras me hace soltar una inquietante risotada mientras pienso en Predappio, su pueblo natal. Y en esa carretera que conduce al cementerio donde descansan sus huesos.

 Saludos, una extraña coincidencia, desde este lado del ordenador.

¡Qué cosa tan rara!

Lunes, Julio 23rd, 2012

A MODO INTRODUCCIÓN

Me dejan, mientras veo en mi mansión por enésima vez M, el vampiro de Dusseldorf, este texto. Texto que desliza una mano anónima por debajo de la puerta sin que se percaten ni mi guardianes mormones ni los perros salvajes y rabiosos que velan por mi seguridad en esta gozosa soledad en la que he decidido encerrarme para respirar aire limpio, libre de bacterias. De enfermizos bacilos humanoides.

Abro pues con temblores nerviosos el sobre…

Y leo…

I.- ¿VAMOS A LA PLAYA?

La amiga consigue lo imposible. Me convence para ir a la playa.

“Coge una toalla, ponte las chanclas y el bañador que bajo a recogerte…” me ladra a través del móvil.

Intento buscar una excusa rápida, de esas por las que piensan que deberían de darte el Oscar al mejor actor pero no se te ocurre otra cosa mejor que decir: “Bueno…” Como si esa segunda mitad a la que mantienes maniatada en un apartado rincón de tu mente se hubiera librado e intentara convertirte en otra persona. Una persona sana, que rechaza los venenos que forman parte de tus hábitos de burgués en franca decadencia.

Ya en el coche y mientras suena la radio le pregunto si ha pensando donde vamos a comer.

- Hay un chiringuito donde sirven pescado fresco…

- ¿Tendrán lapas, camarones?

- Pues no lo sé, pero imagino que sí.- responde mientras se mete por una carretera de curvas peligrosas que sube una montaña.

Mi amiga se pone a hablar de lo mal que está el país. De la crisis, de cómo está afectando al sector cultural. De lo mal que están las cosas. Me confiesa que si pudiera dejaba la isla y se marchaba a otro sitio. Pero no puede, se lamenta mientras da golpecitos al volante y yo sudo más por miedo que por el calor mientras el automóvil atraviesa las curvas de una carretera que tiene solo dos carriles.

Miro por la ventanilla cerrada, para que al aire acondicionado refresque el interior, los barrancos que cada vez me parecen un poquito más a un abismo.

La amiga me pregunta que como me trata la vida mientras no deja de tocar el claxon para avisar a los coches que vienen en sentido contrario.

- Mientras no me canse de leer no puedo quejarme.- le contesto resignado, pero sin atreverme a preguntarle si me deja fumar. Mi amiga es una mujer sana. No hace pilates pero sí meditación y yoga.

En la radio un energúmeno está gritando prima de riesgo. Me entra algo de sueño pero no cierro los ojos alarmado por el abismo que se asoma más allá de la ventanilla; por la conversación de mi amiga, que ha tenido el acierto de cambiar de dial, y por el frío en conserva que se mantiene en el interior del coche.

II.- LA NIEBLA

- ¡Qué cosa tan rara!- dice de repente mi amiga.

- ¿Qué?

Con la cabeza me indica que mire al frente.

Estamos a punto de entrar en una niebla espesa, de un inquietante y siniestro color gris.

- ¿En julio?

Me encojo de hombros.

Reduce la velocidad mientras los faros del coche intentan dar algo de claridad a esa nada grisácea en la que nos hemos visto inmersos. Toca el claxon mientras se muerde el labio inferior.

- Igual es mejor que retrocedamos.- sugiero.

- ¿Y dónde doy la vuelta?- me pregunta con un tono en el que delata  preocupación.

Opto por cerrar la boca aunque al final doy un suspiro cuando salimos de la niebla.

- ¡Qué cosas tan rara!- repite mi amiga.

Afirmo con la cabeza mientras me doy la vuelta para ver como la niebla baja montaña abajo como si se tratara de una sábana sucia. Voy a soltar un chiste malo, de los míos cuando ella vuelve a exclamar: ¡Qué cosa tan rara!

III.- EL VILLORRIO

Miro al frente y observo que entramos en un pueblo. Justo en ese momento el coche comienza a quejarse y se detiene en medio de la calle que debe ser la principal.

- ¿Dónde coño estamos?- dice mi amiga.

Bajo la ventanilla y observo guirnaldas, banderitas tricolores que decoran las farolas y las fachadas de las casas. Un señor bajito sale de una de ellas y se acerca a nosotros.

- Bienvenidos…- dice con una sonrisa.

- ¿Bajamos?- le propongo a mi amiga.

- No se preocupen por el coche. Pronto vendrá alguien y lo llevará al taller. Ustedes son los primeros, pero esperamos más. Sean bienvenidos.

- ¿Dónde estamos?- pregunta mi amiga.

El hombre bajito no responde. Con la mano nos invita a seguirle al interior de la casa de la que ha salido.

- ¿Qué celebran?- Digo.

- Una fiesta.- responde el hombre bajito.

Nos sienta en una mesa, donde hay varios platos de carne. Una viejecita escancia vino blanco en unos vasos de plástico.

- ¡Beban, beban… Y coman….Estamos de fiesta!.- nos anima el hombre bajito.

Pruebo la carne y no está nada mal. Mientras mastico mi amiga vuelve a preguntar por el nombre del pueblo.

- Coma, coma usted.- le dice el hombre bajito.

Saciado y algo borracho me entra el sueño. Aunque intento no cerrar los ojos.

Oigo a mi amiga en volumen muy bajo sin embargo… Señal evidente de que fundo a negro.

IV.- ¡QUÉ COSA TAN RARA!

Abro los ojos en una cama de sábanas blancas. Un ventilador desde el techo hace como que me besa con su brisa fresca. Me levanto con un fuerte dolor de cabeza. Bebo tres vasos de agua de una jarra puesta sobre una mesa y, dando traspiés, salgo de la habitación tropezándome en un largo y estrecho pasillo con el hombre bajito. Lo acompañan, detrás, dos tipos que parecen campeones de Lucha Canaria. Pregunto que dónde está el baño y el hombre bajito abre una puerta. Entro, voy directo al lavabo y me enjuago la cara. El agua tiene un ligero sabor a salitre, pero sale lo suficientemente fría para espabilarme. Tras secarme con una toalla de papel, el hombre bajito y los luchadores me llevan a un salón coqueto, amueblado con antiguallas. Me dejo caer en una mecedora.

- ¿Dónde está mi amiga?.- pregunto.

- Shhhh.- me responde el hombre bajito.

- ¿Duerme?

- Shhhh.- vuelve a decir.

Estoy tontamente relajado. Escucho por una de las ventanas abiertas música de verbena que sigo con el pie y con las manos.

- Hay baile.- dice el hombre bajito con la oreja puesta fuera.

- Fiesta.- susurro.

- Casi siempre porque aquí nos preocupamos en que casi nunca pase nada…

- ¿Cómo se llama este pueblo?

- ¿No lo sabe todavía?

V.- LA TERRIBLE REVELACIÓN

Me levanto y salgo a la calle, atestada de magos y magas que bailan.

El olor de carne a la brasa llega a mis narices.

Un grupo de tíos vestidos con mantas esperanceras interpreta una cancioncilla que de pronto se me antoja diabólica.

- ¿Dónde está mi amiga?.- pregunto nervioso.

- Bailando…

Alguien me da una papa negra arrugada.

- Yo, yo quiero irme de aquí….- murmuro mientras otro me entrega un vaso de vino tinto.

- Nadie puede irse de aquí.

- Pero yo… yo quiero irme…

- Nadien.

Intento correr pero los pies los tengo como de cemento.

Oigo una risa, también un eructo… Miro al cielo y ahora, que es de noche, descubro que no hay estrellas.

- ¿Esto, esto es el fin?.- pregunto tartamudeando.

El hombre bajito se inclina y comienza a caminar hacia atrás.

- Quiero irme.- insisto mientras me rodean magos y magas que solo tienen una idea en la cabeza: convertirme en hamburguesa.

Suena, mientras tanto, la música de los tíos con mantas esperanceras. Y alguien que recita con voz quebrada y aguardentosa…

“Mi patria no es el mundo;

mi patria no es Europa;

mi patria es de un almendro

la dulce, fresca, inolvidable sombra.”

- Quiero irme…- reitero.

- “Mi patria es una isla,

mi patria es una roca,

mi espíritu es isleño

como los riscos donde vi la aurora.”

- Ayyyy, mamaíta, Ave María purísima y sin pecado concebida…- me atrevo a recitar…

(*) La imagen corresponde al filme Two Thousand Maniacs! (Herschell Gordon Lewis, 1964)

Saludos, a mi manera va por usté, don Nicolás Estévanez, desde este lado del ordenador.

Fue bonito mientras duró…

Domingo, Julio 15th, 2012

El debate, hace un puñado de años atrás, giraba en torno a ¿vas al cine o prefieres ver las películas en tu hogar? Yo era de los que levantaban el dedo y apostaba por ir al cine. Aunque el cine ya no fuera el cine que conocí sino multisalas decoradas como un puticlub de carretera. Y de tamaño tan reducido como el salón de mi casa, aunque la pantalla fuera un poco mayor que la del televisor que en el salón permanecía encendido casi todos los días.

Con la irrupción del vídeo, modelo VHS frente al Betamax y el 2000 que tenían otros, reconozco que comencé a ir menos al cine y a ver más cine en casa aunque no fuera lo mismo ya que el cine, quiero entender, tiene que verse rodeado de desconocidos, todos con la mirada tonta en pantalla.

Si se sentaba –y aún se sienta– algún idiota devorador de cotufas y bebedor de refrescos, hoy termino por recordar la tortura como una anécdota más de la sala oscura.

Y es que en un cine, si lo ves en casa, insisto no es lo mismo, porque casi siempre sales de la función con una historieta que contar.

En las sesiones de a las cuatro de la tarde, las célebres matinés, la peña aplaudía cuando al final irrumpía la caballería para rescatar a los colonos blancos rodeados de feroces pieles rojas… A las seis y ocho de la tarde, con suerte te tocaba al lado una ñora que no paraba de preguntarte cuando aparecía un personaje sospechoso en pantalla: “¿y ese quién es?” o “esa mosquita muerta seguro que esconde algo…”

En el mejor de los casos, interrumpían tu concentración cuando se sentaba en la butaca de al lado para informarse con el ya clásico: “¿Hace mucho que empezó?”

Si resultabas amable, solía invitarte a que cogieras una pastilla de goma. Cosa curiosa, nunca te ofrecían las cotufas que llevaban en un cartucho. Porque en aquel entonces no existían las cajas de cartón de ahora… Asocio por eso ir al cine con el inconfundible aroma de las cotufas. Solo de pensarlo la barriga comienza a dar ronroneos…

Contaba antes que el debate giraba entonces en torno a ver o no cine en el cine.

En los últimos años –y es un lamento que por activa y por pasiva no he dejado de dar constancia en este blog– cada vez voy menos al cine.

Y no ya por la oferta que me ofrece la cartelera sino por el dineral que cuesta la entrada y la sensación de que me han estafado cada vez que decido gastarme los pocos euros que me quedan en mi cuenta bancaria.

Las últimas tonterías por las que pagué el dinero que no tengo fue por ver Los vengadores y Spiderman. La nueva versión de Spiderman.

La culpa, lo escribo para que se sepa, es que todavía me tira la afición a los súper héroes que me hicieron tan grata mi adolescencia. Y en concreto las aventuras del increíble hombre araña aunque al final terminé por malvender la colección por dos mil pesetas de la época y un póster del soldado simio. No sé donde acabó el póster del soldado simio. Las historietas en casa del tipo que me estafó como hoy me estafan los dueños de los cines. Dueños que han puesto el grito en el cielo ante el anuncio del Gobierno de aumentar el IVA del precio de las entradas del 8 por ciento actual a un 21 por ciento.

El IVA es un impuesto que en el territorio en el que vivo suena a chino pero mucho me temo que va a afectarnos de otra manera. Luego de esta tampoco escapamos. Así que me estoy viendo ir al cine solo cuando se proyecte uno de esos cortometrajes canarios en los que puedo echar una cabezada sin que me cueste un euro.

Lo que es de agradecer.

Y para crear precedente: Viva el cine canario.

Con la que nos está cayendo auguro el final de un tiempo en el que no sé si fui más feliz pero sí más persona. Y fui más persona porque el entretenimiento estaba al alcance de cualquiera. Mataron aquel tiempo con la política del todo gratis, eso también es verdad, pero es otra historia en la que no quiero entrar. De hecho, me duele la cabeza tener que escribir sobre estas cosas… Adelantarme a mi renuncia a ir al cine. A perder el tiempo en un cine. A dejar pasar las horas viendo la historia de otros.

Un amigo me comentaba el otro día que el cine que conocimos ha muerto. Que me preparase para una nueva forma de hacer películas en las que el espectador será el protagonista del filme. Una especie de Desafío total –en breve se estrena un remake que no iré a ver al cine pero sí en casa imagino, ¡policía!, pirateada–  en las que estarás ahí…

Mi amigo, que es un visionario y mucho más joven que yo, estaba entusiasmado con esta idea pero no me convenció.

- Será como Avatar pero de verdad.- me dijo.

- No me gusta el 3D.- respondí.

- Es que no será 3D sino otra cosa.- insistió.

- El problema es que a mi me gustan que me cuenten historias. Bastante tengo con mi aventura diaria, esa en la que parece que tengo que hacer oposiciones todos los putos días.

- Bueno… ¡Será otra cosa!

No.

No me convenció. ¿Resulta tan difícil explicar que prefiero sentirme como Steve McQueen en La gran evasión y no ser Steve McQueen?

¿Que para realidades virtuales me quedo con la imagen que me devuelve el espejo todas las mañanas porque me recuerda que todavía estoy vivo?

Dentro de este debate colosal solo saco una idea clara.

Dejaré de ir al cine por una cuestión apestosamente material.

Aunque seguiré viendo cine en la soledad de mi mansión.

Solo me falta el loro y el parche en un ojo para entonar “ron, ron, la botella de ron”.

Así que echo un vistazo a mi vida como espectador de salas cinematográficas para terminar encogiéndome de hombros y susurrar con el aguardentoso vozarrón de Bogart: “Fue bonito mientras duró.”

 Saludos, ende, desde este lado del ordenador.

Mi primer gran beso de cine…

Domingo, Julio 1st, 2012

Leo la última entrada del blog Algo que se parece a cine que firma Daniel León Lacave. Una de esas bitácoras, junto a La flor y la mierda que cultiva El Cuervo, que se han convertido en cita imprescindible por su profundo carácter individual. Por su retrato cotidiano en el que, intuyo, sus respectivo autores dan rienda suelta y sin censuras a lo que mascullan en el calvario de su existencias…

Pese a tanto pirata…

Tanto piraaata….

Con el título de La primera película que vi contigo, Lacave construye un relato emocional y emocionado en el que no solo hace comunión con el cine sino también con las personas con las que compartió intimidad en la sala oscura…

Me ha llegado tanto su post que me ha hecho recordar experiencias parecidas en mis ya cada vez más esporádicas incursiones por las multisalas en que se han convertido los cines de mi ciudad. Una ciudad a la que, curiosamente, le separa una lengua de mar de la que habita Lacave.

En la calle, mientras tanto, todo el mundo está atento a un partido de fútbol que ignoro porque nunca fui aficionado a ese deporte que dice es Rey.

Oigo por el patio interior alguien que toca un cencerro.

Y un grito: ¡van cuatro!

Pero me resbala.

No soy un aficionado a ver deportes y, por lógica, a practicarlos.

Eso explica mi descuido físico. La barriga que cada día aumenta de tamaño… Mis bostezos cuando se empeñan en atraerme a un espectáculo en el que no encuentro otra magia que la de veinte tipos corriendo en calzones cortos detrás de un balón…

Claro que todo puede tener una explicación.

Cuando hacía que jugaba siempre me tocó ser el guardameta.

Aunque no tuve que hacerlo mal cuando los colegas del barrio me conocían como El pulpito porque solía parar la mayoría de los balones que tiraban a puerta.

Es verdad que no con las manos sino con la cabeza.

Y fue con la cabeza cuando detuve el segundo penalti que me otorgó el apodo que mencionaba unas líneas más arriba.

Creo que esa parada, o paradón como aún me recuerda algunos de los colegas con los que formaba equipo, fue responsable de que hoy lleve gafas. Que forme parte del club de los gafotas.

Aunque llevar gafas me ha librado de algún encontronazo callejero.

En cierta ocasión le recriminaron sus propios compañeros a un gorila que me iba a machacar que no fuera cobarde. Que no sacudiera a un tío que llevaba gafas.

En otra, por el contrario, y mientras me liaba a patadas furiosas, un hijo de puta al que espero que los dioses tengan en su gloria me las rompió con las manos.

¿A qué viene todo esto?

Ah, al último post que sube León Lacave en su blog.

Decía que me ha conmovido su lectura. También que ha despertado fantasmas que creía enterrados en mi memoria. En definitiva, que ha abierto la llave de la nostalgia.

Esa llave que siempre dejo medio abierta. Como la del gas de mi mansión.

Soy un animal de costumbres solitarias. Una especie de caminante que hace camino al andar sin otra compañía que la de su sombra.

Durante un tiempo, y ya lo he contado en este mismo blog, iba al cine cuando el cine era cine en compañía de amigos de sospechosas costumbres.

Más que ir al cine pues, la cosa era hacer el gamberro aunque yo lo que quería era ver la película.

Con esa pandilla de gamberros a la que pertenecía me colaba en las sesiones que proyectaban películas clasificadas S porque entre tanta marabunta, el portero –guardameta– era incapaz de detener a los menores de edad que entrábamos como una lluvia de goles mientras le dábamos el billete sin mirarlo nunca a los ojos.

“No lo mires nunca a los ojos. Manten la cabeza baja” era la consigna revolucionaria.

Así vi –nunca mirando a los ojos, manteniendo siempre la cabeza baja– entre otras producciones de soft porno las que firmaba Max Pécas.

Yo soy ninfómana fue una de ellas…

También cayó Las aventuras de Flesh Gordon, una parodia de las historietas bizarras del héroe creado por Alex Raymond…

Más tarde –adulto que se dice– vi estas dos cintas que para mi fueron capitales en aquel periodo de mi vida. Y fue como reencontrarme con aquel chaval gafudo que de puro nervio –el mismo nervio quiero pensar de los que ahora mismo están celebrando la victoria de la selección española– imaginaba que aquel pírrico éxito haría que le fuera mejor en la vida.

Cuatro goles, grita el vecino del puñetero cencerro.

Comencé a ir al cine gracias a mi padre.

Más tarde con mis hermanos y después con amigos.

Con chicas vino mucho tiempo después. Y nunca las tuve todas conmigo.

Tras ver Apocalipsis now! en un cine llamado Numancia salí de la sala haciendo que estaba en un helicóptero matando vietcongs.

Tatatatatatata…

Cuando vi que la chica me miraba con ojos de morsa le pregunté qué le había parecido la película.

- Un horror.- me respondió.

 Aquella relación estuvo condenada al fracaso desde el principio.

¿Qué hacía un tipo que solo sabía decir tatatatata con una chica tan sensible como ella?

¿Dónde estará ella?

Tatatatata.

Más tarde, y residiendo en Madrid, me dio por el cine que llamaban de arte y ensayo.

Solía aburrirme bastante cuando entraba en los Alphaville pero la moda era así y yo, que siempre fui esclavo de la moda juvenil, claudiqué.

En aquel tiempo casi todo el mundo gafota que conocía ponía por las nubes a un cineasta norteamericano del que hace años no se habla: Alan Rudolph.

Me tragué con bastante dolor de estómago muchas películas del señor Rudolph. Pero hay una en especial que detesto: Los modernos.

Y la detesto porque por ahí aparece un actor que hace de Francis Scott Fitgerald que no dice nada en la película salvo la de tomar lingotazos de ginebra.

- Fue un borracho.- me dijo la chica con la que fui.

- Bueno, sí… Un borracho, pero escribió El gran Gastby, A este lado del paraíso, Suave es la noche y…

No me dejo terminar.

Con ella fui a ver –me invitó ella– Bagdad Cafe.

En pantalla aparecía haciendo de secundario un viejo amigo: Jack Palance.

Cuando salimos, la amiga me exigió la valoración de rigor.

- Es bonita la canción.- respondí.

No sé si al día siguiente –o al otro del otro– me metí en una sala de sesión continúa próxima a la glorieta de Quevedo en la que se reponía En compañía de lobos junto con Lifeforce. Y ahí estaba sentado observando como los zombis vampiros tomaban la ciudad de Londres cuando un viejo comenzó a rozarme con los dedos la entrepierna.

El caso es que estaba tan metido en la película que mis alertas comenzaron a sonar cuando los dedos se transformaron en una mano que, presuntamente, acariciaba mi entrepierna.

- Pero ¿qué coño hace?.- exclamé poniéndome de pie.

Alguien del fondo soltó una risita.

El viejo lanzó un grito enojado y yo me cambié de lugar.

Me puse al fondo, donde las parejas más que ver la película aprovechaban para darse besos tan sonoros como los chillidos de los vampiros zombis.

Cuando volví a quedar con la amiga para ver una película le sugerí acudir a ese mismo cine que se encontraba próximo a la glorieta de Quevedo.

- No ponen nada interesante… pero en los Alphaville han estrenado Yo te saludo María, de Godard.

Malditas las ganas que tenía de ver una de Godard. Claro que…

- Vamos a verla, pero nos ponemos al fondo de la sala.

Desde ese día, y a pesar de que cordialmente detesto las películas de Godard, reconozco que le debo mi primer gran beso en la sala a oscuras.

Un beso producido, lo sé bien, por el aburrimiento de lo que estábamos viendo en pantalla.

Primero nos tocamos las manos como quien no quiere la cosa. Después, imitando al viejo, dejé caer mi mano sobre su muslo pese a que ella cruzara las piernas. Luego apoyé la cabeza sobre su hombro musitando algo así como que tenía sueño.

Cuando salimos de la proyección, un corro de ultraderechistas protestaba contra Yo te saludo, María.

María…

La del dulce beso.

Yo, desde ese día, defiendo y elevo a un altar la dichosa película de Godard.

Claro que no la vi.

Pero me sabe a mi primer beso en un cine…

 Saludos, han comenzado a sonar las putas vuvuzelas, desde este lado del ordenador.

M de Mezquino y C de ‘Carpanta’

Sábado, Junio 30th, 2012

Leo la entrevista con el director del Museo Néstor, Antonio Daniel Montesdeoca, que publica La Provincia con el titular de: “El canario ha sido mezquino con los propios que despuntan”. Y me pregunto, han de permitirme, si el señor Montesdeoca, como canario, forma parte de esos canarios que son mezquinos “con los propios que despuntan.”

Si esta afirmación fuera verdad, pienso en todo caso que es un mal no solo canario sino español. Por lo que si el canario y español que despunta es por encima de todas las cosas en el terreno del arte y la cultura, digamos que su futuro está sentenciado porque a su alrededor solo le crecerán los enanos que lo adoran y esos que Montesdeoca conoce como mezquinos.

Siniestra conclusión: nunca hay espacio para los que apuestan por una tercera vía. Ese grupo de indeseables que se posiciona en un término medio.

Habitamos una tierra que como cualquier tierra de España solo entiende de divisiones, de recelar del vecino. De darnos garrotazos con gusto.

Esto es resultado, decía mi padre, de una historia cuyos siglos han estado  marcados por el hambre y el miedo. Nos reímos de Carpanta precisamente porque aún no hemos olvidado lo que nos une al genial muerto de hambre creado por Josep Escobar.

País de pícaros y ladrones…  En este territorio en el que habito y en el que tanto se reclama ”la condición insular”  observo los idénticos males de una España al menos genial cuando se nos pone poeta.  

Lo otro, lo que cocina los que adoran y desprecian, me pone la piel de gallina. Así que observo que hasta al pobre de don Benito Pérez Galdós están intentando meterlo en ese saco de fantasías animadas de ayer y hoy por una caprichosa manía revisionista y reivindicativa que resulta tan de provincias.

Tan…, tan…, que al mismo don Benito le hubiera sacado los colores.

Galdós, o mejor, la marca Galdós, debe estar por encima del escritor y del hombre que todos los días, cuando gozaba de buena salud, iba a al baño por las mismas razones por las que todos los que nos somos Galdós nos sentamos en la taza del váter.

Por eso pienso que cuando el señor Montesdeoca habla de mezquinos –qué palabra– con una generalización, presumo que lastimosamente provocadora, debe de saber que cerca de ese 90 por ciento de canarios que “desconoce a Néstor”, incluido taxistas, no es por mezquindad sino por una cuestión de cómo se ha construido desde tiempos en los que es mejor perder la razón, las sociedades que en la actualidad vertebran este archipiélago sin cabeza en el que nací, vivo y mucho sospecho desapareceré. 

Recomiendo por ello el señor Montesdeoca que reflexione sobre lo que va a decir. Lamenta y asocia cultura en Canarias con cierto elitismo de cartón piedra que  “ni el museo ni el teatro deben de ser”, y exige por ello abrir un abanico en la cultura siempre y cuando “guarde calidad.”

 ¿Qué calidad?, pregunto.

 La que marca usted. O usté.

Reconozcamos los notables esfuerzos que hace el señor Montesdeoca para que no peligre el Museo Néstor pero también que alguien le sugiera medir sus palabras. Ese  “mezquino” dicho, a mí me apesta a elitista aunque no fuera o fuese esa su intención.

ABRE PARÉNTESIS

El lagarto, el animal que debería formar parte de nuestro escudo y no esos puñeteros y amaestrados perros, es un reptil al que le gusta tumbarse al sol y figurarse un príncipe de las mareas…

Pero ¿a qué viene lo del lagarto?

CIERRA PARÉNTESIS

La tarde de un ayer que fue viernes, mientras se charlaba en la calle al finaliza la presentación del libro No es la noche de Carlos Cruz, alguien lamentó que no haya crítica y mucho menos interés por parte de las dos universidades canarias de lo que se está escribiendo a este lado del Atlántico. 

Y solo pude encogerme de hombros mientras me preguntaba qué tipo de crítica reclamaba esa voz. 

¿Una crítica cautiva y ombliguista?

¿Una crítica feroz y jacobina?

¿Un ensayo cuyas claves herméticas solo es apta para iniciados?

Cuando me iba a casa, alguien me recomendó que no me mordiera la lengua si tengo que escribir sobre lo que otros hacen con todo el amor del mundo…

Me pregunté, en un día de preguntas sin respuestas, ¿por qué no lo haces tú?

A mi, y debo de ser un mezquino, por quedarme ya no me queda ni lengua.

Terminé por la noche con un amigo en una terraza donde el servicio resultó pésimo. Me cabreé. Me levanté de un golpe sin terminar de derrumbar la silla y me largué justo cuando el camarero, alarmado, se acercaba a nosotros para tomar nota.

- Mi nombre es Néstor. Y no me conocen ni los taxistas.- le dije al tipo mientra subía rumbo al García Sanabria.

- Y a mi qué coño me importa.- contestó el camareno.

- Pues entonces a callar y a pagar impuestos.- Respondí pensando en cuando llegaríamos a las manos.

La sangre no llegó al río, así que ya no debemos de ser tan mezquinos. 

Saludos, no, no fue la noche, desde este lado del ordenador.

Las autoridades sanitarias advierten…

Sábado, Junio 16th, 2012

 

Me encuentro esta mañana que pudo ser la de ayer con uno de esos conocidos con los que apenas cruzo palabras salvo para desearle buenos días o inclinar levemente la cabeza en señal de reconocimiento.

Estoy en una cafetería. Y el conocido se sienta en la butaca que tengo a mi lado y tras observar lo que estoy tomando, pedir lo mismo al camarero que se acerca para atenderlo.

- Un cortadito natural y una caña de agua con gas.

Cuando el camarero se retira, el conocido me dice : “buenos días.”

- Buenos días.- le respondo.

- ¿Interesante lo que está leyendo?- me interrumpe.

- La verdad es que no.- contesto dejando a un lado el periódico local.

- ¿Cómo le va la vida?- digo.

- Fatal.- escupe tomando un buche del cortadito que el camarero acaba de dejar sobre la barra.

Me quedo un rato mirando un calendario clavado en la pared. No distingo bien el dibujo.

- ¿Podría invitarme al cortadito?- me dice el caballero.

Cuando el no puedo parece salir corriendo de mi garganta respondo, sin embargo, algo así como un “faltaría más.”

Mi cabeza procesa de qué conozco a este individuo. Mi cabeza me plantea –entre otras muchas cosas– cómo se llama ese individuo y qué coño hace en la vida además de su notable capacidad para beberse un cortadito a costa de mi maltrecha economía.

Solo sé que se trata de uno de esos tantos tipos a los que conozco de vista en la ciudad en la que vivo, y que por conocerlo de vista, es de esos a los que saludo cuando me lo cruzo por la calle…

- Estoy pensando en suicidarme.- comenta el tipo como quien dice que se va de vacaciones a La Gomera. – El problema es que no encuentro un método que me convenza.

No me apetece hablar de suicidio a horas tan tempranas de la mañana. Es algo que me descoloca. Sobre todo porque es una idea que últimamente se plantean demasiados conocidos. Esto del suicidio, además, me quema por dentro. Son ya demasiado los amigos que me dejaron cometiendo su propio asesinato.

- Me cuesta pensar cuánta gente podría acudir a mi entierro.- reflexiona el conocido.- Aunque estando muerto poco importa ¿verdad?

Me encojo de hombros, llamando al camarero que hace que no me escucha porque está hablando con una atractiva señorita.

- ¿Cortarme las venas?, ¿asfixiarme con gas?, ¿tirarme de un puente?- enumera el conocido.

- ¿Por qué no se compra un perro?

- Tuve uno. Pero se lo llevó mi mujer.- me contesta.- El perro y los niños.

Aprovecho para gritar ¿cuánto le debo? al camarero que acaba de dejar de hablar con la atractiva señorita.

- No se llevó mi trabajo porque no pudo. Aunque me aguantó otros cuatro años mientras me buscaba la vida con apañitos. Tengo buenas manos para los apañitos, ¿sabe? Buenas manos, sí señor.

- ¿Cuánto le debo?- le repito al camarero no sé si delatando el miedo nervioso que me sale con forma de voz.

Cuento las monedas y hago un gesto para indicarle al camarero que invito al señor que tengo a mi lado.

- Bueno.- digo aliviado mientras me levanto de la butaca, que gira un ratito.- Que tenga usted un buen día.

El conocido ni me contesta. Tiene la vista fija en un cartelito pequeño colocado justo al lado del calendario que antes me quedé mirando embobado.

- Las autoridades sanitarias advierten que fumar perjudica gravemente la salud….- lee en voz alta.

- Yo nunca he fumado.- me dice mientras juyo en dirección a la salida.- Pero hoy puede ser un buen día.- concluye.

El sol de la mañana no tarda en humedecer mi cuerpo. Me quedo un rato pensando a dónde ir.

En la acera de enfrente veo a otro conocido que me saluda con la mano. Respondo al saludo de forma automática, preguntándome si verá en mis ojos la misma mirada de loco que creo encontrar en los suyos.

Comienzo a caminar sin rumbo fijo mientras mi cabeza comienza a ser asaltada por ideas monstruosas.

De repente tengo frío.

Un tipo desgreñado me pide un euro pa’ comer.

Más arriba, a la altura del puente Zurita, una vieja que parece rumana me tiende la mano mientras dice en un mal español que Dios lo bendiga…

… En la parada del tranvía, los chaquetas rojas exigen billetes a los que descienden.  Un jovencito sale corriendo mientras un chaqueta roja le grita: “párate cabrón…”

Me tropiezo con otro conocido.

- ¿Ha visto eso? – me pregunta.

Y riendo para no llorar le contesto:

- Buenos días.

Saludos, trago saliva, desde este lado del ordenador.