Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Odio el frío

Martes, Enero 30th, 2018

Odio el frío, no lo soporto… Me fastidia la lluvia y las calles mojadas y los cafés repletos de personas que aprovechan para tomar chocolate con churros. Esto último en La Laguna, que probablemente sea una de las ciudades más frías del planeta.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, me tiembla el cuerpo.Y eso que estoy en Santa Cruz que es una capital de provincias de clima bastante generoso. Pienso en el cuento de Lovecraft, Aire frío, y me gustaría cerrar los ojos y estar en verano, donde además de más horas de luz hay calorcito, calorcito, calorcito.

Odio, odio, definitivamente el frío. Los dos Polos no son destino de mis vacaciones, turista accidental que prefiere el cobijo de países con altas a baja temperaturas.

Definitivamente, si el infierno existe es frío, frío, frío…

Saludos,anoche sí que luché contra mis demonios, desde este lado del ordenador.

Papo, papo

Martes, Enero 23rd, 2018

Al final el virus, o lo que sea que llevo dentro, se ha instalado con cierta comodidad en el organismo para marcar unos tiempos de actuación y dejarme otros para mi solo.

Sobre las seis de la tarde me sube la temperatura, no sé cuántos grados, pero me tumba literalmente y me deja como una marioneta sin hilos sobre la cama mientras pasa el tiempo, inexorable, que no admite pausas sino avance, avance…

Me da tiempo de ver mientras bebo un tazón de menta poleo regado con miel y varias gotas de limón, un remedio que es mano de santo me asegura una amiga que se sacó el título de Medicina en la prestigiosa universidad de la vida, La noche de San Lorenzo, de Paolo y Vittorio Taviani.

La película transcurre durante la guerra de liberación, y no he visto una metáfora que represente mejor el fascismo en el cine que en esta película de eminente carácter social.

El fascismo lo representa un padre camisa negra y su hijo de quince años, también camisa negra, balilla, como se les conocían, y que no deja de llamar a su padre, papo, papo, para que vea lo bien que hace las cosas: engañar, torturar, recoger la cosecha…

Junto a otros fascista recorren la región para “limpiarla” de guerrilleros mientras colaboran con las tropas alemanas.

No se revelará que pasa con estos dos personajes, padre e hijo unidos por la sangre y una misma idea que se inspira, dicen, en la patria pero la conclusión es muy amarga.

Los hermanos Taviani necesitan solo de estos dos personajes para contarnos en dos o tres escenas lo que Bertolucci necesitó en un centenar con miles de extras en Novecento, una película que ha dejado de ser lo que fue con el paso del tiempo.

Papo, papo resuena en mi cabeza una vez finaliza la película de los hermanos Taviani, cineastas que cuentan con una filmografía muy irregular pero entre las que destacan obras poderosísimas, inmunes al esclavista paso del tiempo.

Una vez la sensación de calor se atenúa, y que el tazón vacío me recuerda que debo de encontrarme mejor, continuó con la biografía de Bram Stoker, el autor de Drácula, un libro que me resulta fascinante no porque la vida del escritor lo fuera especialmente, sino por las vicisitudes que tuvo que sufrir como burgués –antaño te acusaban de pequeño burgués, nunca gran burgués– y que lo arrastraron a escribir primero informes y más tarde cuentos y novelas con el fin de aportar algo más al esquelético saldo de su cuenta corriente.

El resfriado que me acompaña desde las últimas semanas de 2017 y que continúa ahí, aferrado a mi persona como una lapa me ha hecho pensar mucho en mi vida, mis relaciones y el paso de los años. Y las conclusiones en contra de lo previsto no son malas.

Voy a la cocina en busca de un vaso de agua y me detengo en el pasillo cuando suena dentro de mi cabeza otra vez la cantinela del niño fascista: papo, papo…Y chasqueo los dedos porque así, de pronto, como quien no quiere la cosa, conozco el nombre del invitado que llevo dentro…

Papo, papo... maldita sea tu espampa.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador,.

Fantasías canarias de ayer y hoy

Miércoles, Abril 5th, 2017

El paseante cruza las piernas y observa cómo la gente pasea la rambla. Unos con prisa y otros pachorrones. Una tranquila mañana cualquiera en la capital de provincias que estropea una turba en la que algunos de sus miembros enarbolan entre las manos trozos de tela.

Son los lienzos del Parlamento de Canarias, dice un joven que le invita a unirse a la fiesta.

Un tipo con pintas de bregado reúne los trozos de tela y hace un círculo con ellas en el suelo. Con gestos le pide a un amigo que le dé una pequeña lata de gasolina, esas que se usan para encender los Zippo, y riega su contenido sobre los restos de los lienzos que, se entera ahora, deshonran la memoria de las Canarias.

“Uno representa, bueno mejor representaba a una princesa guanche que recibe el conquistador español, y el segundo la fundación de Santa Cruz de Tenerife no sé si por ese mismo conquistador”.- me informa un tipo enterado de que va la cosa. Le doy las gracias al caballero mientras observo como el que tiene pintas de bregado enciende un fósforo, un fósforo, que deja caer sobre las telas rotas.

Se produce una ligera explosión y luego arden. La gente exclama ohhhh, y se disuelve en una mañana que ha dejado de resultar luminosa y que ahora apesta a gasolina.

Y se pregunta  ”pero ¿quén carajo es el autor de las telas?”

“Un tal Manuel González Méndez, ahora dicen que el más grande de los pintores canarios del XIX”, le responde una señora que pasea al perro, quien añade susurrando: “Tenía bigote, era de otra época.”

Saludos, amén, desde este lado del ordenador.

Calima

Viernes, Marzo 10th, 2017

Dicen que lo vieron paseando sin rumbo por ahí, “como un membrillo” comentó alguien en la cafetería mientras se apreuraba a dar un buche a su agua con bolitas. Sobre la barra descansaba un periódico bastante maltratado ya a esa hora de la mañana y se puso a mirarlo, más que leerlo, mientras esperaba su té rojo con una paciencia digna del santo Job.

Alguien dijo adiós cuando salía por la puerta del bar, y se dio la vuelta creyendo que la despedida iba dirigida a él pero no, se equivocaba como casi siempre, porque quién atravesaba el umbral era un perfecto desconocido. Uno de los camareros si que correspondió al saljudo agitando la mano.

Tuvo calor de repente y la tos continuaba, ahora más fuerte por culpa de la dichosa calima que se cernía sobre la ciudad. La calima, pensó al tiempo que pasaba las páginas del periódico maltratado, esa espesa niebla de polvo que de tanto en tanto se adueña del cielo y complica la respiración.

Polvo eres y en polvo te convertirás, pensó en un día rutinario, solo roto por esa parada en un bar a tomarse un té. Un té con limón, por favor, le dijo al camarero cuando le dejó la taza a su lado. El camarero cortó un limón y le puso en el platito la rodaja.

Tras tomarse el brebaje y pagar, salió a esa calle tomada por el polvo en suspensión y descubrió que quienes lo perseguían habían desaparecido, casi como si se hubieran volatilizado en el aire. Una nube más en esa siniestra visión de una calle en la que domina un color sobre los otros: el canelo sahariano

Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ordenar muchos de los libros de su biblioteca y preguntarse qué es la vida, si un frenesí o una ilusión, pero esas cosas le pasan cuando coloca y desplaza libros. Vaya, exclama en silencio, ese lo tengo repetido y ese también…

(*) La imagen que ilustra estas líneas es Calibán segúnFranz Marc

Saludos, calima, desde este lado del ordenador.

Mientras espero ver lo que más quiero

Jueves, Septiembre 29th, 2016

Uno tarareaba la melodía del tema principal de una banda sonora y la cosa estaba en descubrir quién era el primero que la adivinaba. La sintonía de La Guerra de las Galaxias y Supermán, las originales claro está, eran las más fáciles porque casi todos las habíamos visto. 

La cosa se complicaba cuando se tarareaba la de largometrajes como Lo que el viento se llevó o Ben Hur, no tanto con los 7 Magníficos y sí con La gran evasión, que esa era la que solía interpretar con resultados mediocres porque nunca he tenido buen oído aunque le debo a muchas películas quedarme con una canción o con un grupo que, probablemente, nunca hubiera conocido si no es porque al verla un acento sonoro conmovió ese corazón partío que los dioses me dieron…

Paso por la mañana ante el teatro Guimerá y veo un montón de chiquillos.

Imagino que debe ser una de las actividades que organiza Fimucité, que ya inició una andadura que continuó esta tarde porque, al volver a pasar ante el teatro Guimerá, vi a gente, adultos muchos, esperando ante la puerta.

Hoy ha sido uno de esos días en los que cualquier cosa se transforma en sorpresa.

Leo los periódicos mientras espero ver a lo que más quiero y muy de mañana hasta me tomo con cierta filosofía que me hagan el clásico vuelva usted mañana mientras cuelgo el teléfono sin hablar con la persona que reclamaba.

Debe ser cosa que el día amaneció con un cielo blanco y cambió a medida que danzaba el sol hacia un cielo azul, no ese azul limpio que rompe los ojos, pero sí bastante celeste.

Mientras, leo a trompicones y mientras puedo La dama de Zagreb pero se trata de una lectura premeditadamente lenta porque, de momento, me lo pide el cuerpo.

Todo resulta algo extraño pero debe ser porque la rutina está mostrándose esquiva.

Cambios.

Los mismos cambios que animaron a dejar de tararear bandas sonoras. Aunque hoy, al pasar frente al Guimerá me encontré silbando La gran evasión.

Qué cosas.

Saludos, bastante indignado, desde este lado del ordenador.

Durante un viaje en tranvía

Viernes, Septiembre 9th, 2016

Durante un viaje en tranvía me encontré hace unos días con un desconocido de aspecto cadavérico que me preguntó muy educadamente si tenía un céntimo. Le dije que no mientras me contaba que no tenía agua en su casa porque se le habían roto las cañerías y que necesitaba llamar a alguien. Antes de bajarse en una parada me entregó un cuadernito que recogí por inercia. 

No se despidió.

El cuadernito, de tapas amarillas, consta de nueve páginas y lo que está escrito en trazo grueso y bolígrafo azul es el enigmático contenido que reproducimos a continuación.

“El payaso lo despierta y abre los ojos al fin de los tiempos lo que le produce ácidez de estómago y que la bilis le queme la garganta.

Las cartas del Tarot tampoco le dictan nada y lee los libros que caen en sus manos porque es un lector compulsivo que busca, cada vez con más desespero, un libro que lo aisle de la realidad durante un rato. No le pasa con lo que más que degustar, devora últimamente. Novelas y ensayos que pasan y se olvidan con rapidez. 

Le aburre, para escándalo del infante, seguir las películas de estreno porque las que observa son millonarias basuras que contempla rodeado de un público iluminado que está más preocupado en beber su refresco y chupar golosinas…

Entiende entonces que las evasiones que han contribuido a que sobreviva ya no le estimulan como antes.

Un estímulo que apenas se despierta cuando ve series de televión porque sabe que ninguna de ellas va a mitigar el impacto que en su día recibió –una afortunada bofetada espabílate– con Hacerse malo.  

Es consciente, quizá peligrosamente, que esto se acaba, y que el tiempo es una broma macabra.

Que es un chiste que está rodeado de otros chistes, algunos realmente hilarantes y otros para darles de comer aparte.

Se levanta mientras el payaso, detrás de su espalda, le engatusa con malabarismos de feria y trucos que no tienen nada de magia, y se acerca a  la puerta de la calle que tiene todos los fechillos puestos y abre y sale y recibe una cachetada de calor pegajoso que le hace sudar como un puerco y da un paso y otro más y termina caminando sin rumbo fijo por las calles de una ciudad tan difícil, que solo puede pasearse arriba y abajo. Y abajo y arriba pero que apenas tiene temblor.

Ese temblor que golpea su pecho y que ahora está empeñado en pararse.

Descubre cuando llega a la plaza que el payaso no está por ningún lado y que quizá lo demás no cuenta.”

Desde entonces y en cada uno de los viajes del tranvía que realizo, voy con la esperanza de toparme con el tipo cadavérico pero hasta la fecha ha sido inútil. El otro día, sin ir más lejos, me bajé en la misma parada que él y recorrí las calles de aquel barrio que pertenecía a mi ciudad y que no  había visitado.

Pensé durante unos momentos que estaba en otro lugar y en otro país pero la realidad pudo contra la fantasía.

Ni rastro, además, del tipo cadavérico.   

Saludos, ¿y?, desde este lado del ordenador.