Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Libros = majara

Sábado, Abril 23rd, 2016

Cuatrocientos años de la muerte de Cervantes. Como es natural, el soldado, el dramaturgo, el novelista fallece sin que apenas doblen las campanas y cuatro siglos más tarde la sensación que siente es la misma porque mucho don Miguel por ahí, mucho don Quijote por allá… pero no flota en el ambiente ni el primero ni el segundo, lo que flota en el ambiente es otra cosa… Comercios abiertos, actividades por todas partes, más curiosos que no hacen nada en la calle aunque igual compran. 

A título particular, no ha tenido un buen Día del Libro, pero se obliga a salir a la calle y observar el ambiente… y que si patatín y que si patatán.  

Ya no quedan Quijotes –bueno, los niños son otra cosa– y tampoco Sancho Panzas, solo una nube de personas que da codazos para mirar ofertas en uno de los puestos instalado en la plaza del Príncipe de la capital tinerfeña. 

Después y al llegar a casa una, ay, amarga tristeza.

Y es inevitable ponerse a llorar pero lo rescata de la oscuridad un libro –toca, y más un día como hoy– en el que Juan Belmonte cuenta su vida y le presta su voz a un periodista de dimensiones insólitas en este país: Manuel Chaves Nogales.

Y lee la vida de un torero que es leyenda y él, que de niño asistió a alguna plaza, siente como le crece un respeto enorme por Belmonte. Un hombre que soñó lidiar con temperamento a la muerte. 

Y lo hizo.

Y escucharlo de su propia voz es un milagro, porque uno se hace una idea muy aproximada de cómo tuvo que ser el matador.  Y esto, se reitera, es un milagro y el milagro toma forma gracias a los libros. 

¡Ah, los libros!

Ya ni me acuerdo de cuándo me volvieron majara. 

¿Se han dado cuenta?

Libros = majara…

La misma fiesta que combinó don Miguel de Cervantes hace cuatrocientos años.

Saludos, qué cosas, desde este lado del ordenador.

“¿Seguro que estos libros son buenos, buenos de verdad?”

Lunes, Marzo 21st, 2016

El rastro de Santa Cruz de Tenerife es un hervidero de actividad cuando el sol cae a plomo. Este domingo, por ejemplo, el sol caía a plomo sobre la ciudad dormida y eso que a primeras horas de la mañana como cuando se llegó a las de inicio de la tarde, comenzó a llover. Una lluvia antipática, floja, de la que cala hasta los huesos sin que apenas te des cuenta…

El caso es que estaba patrullando por el rastro, deteniéndome en los puestos de siempre, tomando el pulso de los libros usados y de ocasión que se despliegan por el suelo cuando una voz gruesa, algo alterada imagino que por el alcohol o por sustancias más elaboradas químicamente, preguntó a una señora que qué libro de los que tenía dispersos por el suelo le recomendaba.

Eché un vistazo a los volúmenes sueltos, y todos eran grandes éxitos de venta. O literatura menor que diría ese amigo que tengo y que ama tanto a los lagartos. En la distancia, sospecho.

La buena señora no sabía qué responder y reconozco que durante unos minutos estuve a punto de socorrerla en plan asesoro al joven… pero no hizo falto porque le señaló El informe pelícano, de John Grisham, y otro título por el estilo al mozo que reiteró, ahora casi como una amenaza, “¿seguro que estos libros son buenos, buenos de verdad?”

Me dieron ganas de preguntarle al tipo que qué entendía él por libros buenos de verdad pero la prudencia me hizo sellar los labios mientras no dejaba de mirar al cielo, donde las nubes comenzaban a tapar los rayos del sol. Me alejé del puesto y paseé por otros sin dejar de mirar hacia atrás. El chico de estado alterado al final se llevó dos libros, los llevaba bajo el brazo, pero no pude leer de qué títulos se trataban…

El rastro es que tiene estas cosas.

En otro puesto, al que llegaba débil pero llegaba, la música que tocan unos indios, pero unos indios de Latinoamérica, bien en directo o en grabación, y en la que reinterpretan temas como My Heart Will Go On pero a golpe de charango, quena y tambor, me encontré con que alguien había liquidado o cedido su biblioteca a los señores que llevaban el kiosco porque la mayoría de los volúmenes estaban firmados por su anterior propietario, y la mayoría versaban de gastronomía y erotismo, que son dos ideas, o mejor dos conceptos que están más unidos de lo que parece.

Me llevé por un precio de risa, y en cuestión de precios el rastro de la capital tinerfeña aún es un notable escaparate en el que toparse con gangas, un texto sobre vinos firmados por Xavier Domingo, y no porque sea aficionado al vino –lo mío es más germánico, ya saben, cervecero– sino porque hubo un tiempo en el que leía a Domingo como a Eduardo Chamorro, autor de Galería de borrachos, volumen que también se viene conmigo y en el que rinde homenaje –hoy políticamente incorrecto– a los dipsómanos que dicen los cultos.

El caso es que callejeo por ese rastro desorganizado, lo que implica uno de sus encantos, en el que además de tropezarte con toda clase de gentes, te llega en oleadas aromas que van desde pescado fresco, hasta hortalizas, frutas y tamales que se venden en el mercado negro… Y perfumes variados, como el de alguna chica que se cruza a tu lado o el fétido sudor que además se adivina por irregulares manchas en los sobacos de personajes que parecen ora sacados de una película de terror, ora de una comedia…

Al final, y tras hacerme con algunas capturas en otros puestos que se encuentran en ese pequeño laberinto de calles, ventas improvisadas en las que encuentro algún título canario que se mete en la cabeza y termina compartiendo espacio con los gritos que gitanos y gitanas lanzan al aire para promocionar sus mercancías (bragas, calzoncillos, sábanas y mantas…) alcanzo la frontera de la entrada principal de TEA Tenerife Espacio de las Arte y me digo a mi mismo que el arte probablemente se encuentre más en esa caótica arteria de calles donde uno venden sus cosas y otras las compran, a la puerta del hermoso arco de entrada del Mercado Nuestra Señora de África, que dentro de ese contenedor que acoge biblioteca, sala de lectura y museo que nació con el nombre de Óscar Domínguez y hoy se le conoce a secas como TEA.

Me dejo llevar por la marabunta que se aleja y se acerca al rastro, y casi siento que nado en contra de la corriente.

Y del cielo, maldita sea, comienza a caer nuevamente gotas de lluvia.

(*) En la imagen James Mason en Larga es la noche (Carol Reed, 1947)

Saludos, de lunes, desde este lado del ordenador.

Un parpadeo en la eternidad

Miércoles, Febrero 3rd, 2016

Al final terminó leyendo biografías. Biografías no solo de personas sino también de animales (hay que ver lo curiosa que fue la existencia de Flipper, Furia, Rin Tin Tin, Lassie…) y cualquier cosa que fuera susceptible de ser biografiada… como un edificio ruinoso, una selva antes de desaparecer por la mano del hombre… Cualquier cosa que contara una vida real aunque, y es una cuestión que planea sobre su cabeza con insistencia obsesiva, esas palabras solo reprodujeran con datos la vida de esa mujer, ese hombre, ese animal que acarició la fama entre la especie humana, esa cosa que estuvo allí y que puede aún permanecer allí…

Lo escribo porque leo una reseña sobre la obra literaria de un amigo querido, uno de esos amigos que cometió la equivocación de hacerse periodista y asumir el periodismo como se asumía antes: una profesión que fue sinónimo de malgastar toda tu vida bajo el techo de una redacción iluminada de tubos fluorescentes, y cuando te evadías, pensar ya en la calle en la mejor manera de romperte el cuerpo y la cabeza consumiendo sustancias prohibidas con el fin de escapar de la inevitable realidad del día siguiente y que no era otra que entrar en esa misma redacción y vivir un día de adelanto con respecto al resto de los mortales porque en prensa hoy es ayer y mañana es hoy…

y descubre que otros hablan de Ezequiel Pérez Plasencia sin haberlo conocido personalmente aunque sí a través de la producción que dejó detrás antes de que la muerte, terrible cuando se pone caprichosa, y con Ezequiel fue terriblemente caprichosa,  se lo llevara no sé a dónde.

El caso es que lee ese artículo que está cargado de buenas intenciones pero no encuentra primero al amigo, luego al periodista y después al escritor que conoció hace ahora no sé cuántos años… Y eso le produce una sensación de vértigo, pero también la idea de que todas esas biografías que devora y en las que se cuenta la vida de hombres, animales y cosas solo es un retrato, a veces muy vago, de desconocidos si no se ha tenido la suerte o la desgracia de haberlos conocido.

Y se pregunta entonces cuánta verdad hay en esos libros que narran la vida de otros.

Y de quién escribe esa biografía de otros que, es un suponer, también tendrá las preocupaciones habituales de esa existencia que apenas dura un parpadeo en la eternidad… Y si bien no es tristeza lo que siente, digamos que sí una poderosa melancolía porque todo es finito. Todo está acotado. Todo tiene un fin. Y que tras ese fin, igual hay uno que escribe sobre otro. Aunque sea un obituario… que es una fórmula muy periodística de resumir en unas cuantas líneas lo que fue alguien que ya no está. Y a quien se le perdona oficialmente todos sus pecados porque cuando te muere estás más allá del bien y del mal.

En fin, que le produce escalofríos que alguien que no conoció a Ezequiel en vida escriba ahora sobre su obra y saque sus conclusiones que no tienen nada que ver con el personaje real sino con lo que sus libros ha despertado en su espíritu que no sabe que está vivo pero también muerto.

Esa es la condena de la biografía, algo menos cuando se trata de autobiografía porque ahí está permitido o ser sincero con uno mismo o un tremendo mentiroso. Le dan más gracias esos relatos extensos repletos de mentiras que se inventa quien escribe sobre su vida porque en ese caso apuesta por la leyenda que seguro que es mucho más interesante y entretenida…

Pasea con estas reflexiones por las calles de una capital de provincias y escucha la campanilla del tranvía y sube y baja las cuestas consumiendo segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años… echando de menos tropezarse con los familiares y amigos ausentes pero descubre como la ciudad se prepara para el carnaval que es una fiesta que se vive en la calle en una geografía, como es en la que vive, tan poco dadoaa que la gente salga a la calle.

Una ciudad con demasiado miedo, demasiado lastre, y poco reconocimiento a una historia donde el heroísmo se confunde con la vergüenza. Y se pregunta ahora ¿por qué?

Pues por sus fantasmas.

Y Ezequiel Pérez Plasencia es uno de ellos y, mucho me temo, que yo también.

Saludos, que los dioses repartan suerte, desde este lado del ordenador.

Tipos de toletes

Martes, Noviembre 17th, 2015

INTRO

Rosi me hace llegar este documento, pero antes me regala una caja de galletas danesas, que abro y que devoro con una taza de te. Rosi, que se sienta delante de mí, me cuenta entonces que en los últimos carnavales, disfrazada de diablesa, se topó a la altura del Platillo Volante con un tipo disfrazado de ángel. Un ángel que pretendió meterle mano, aunque Rosi defendió su honor, asegura con pose de princesa Guayarmina.

Tras la trifulca –que ese Carnaval se olvidó con la misma rapidez que una piedra de hielo se disuelve en un vaso plástico con ron de garrafón– y llegar a su casa se encontró entonces en el bolsito colorado que alguien dejó “por casualidad” la siguiente tipología que, ahora que lo pienso, solo puede obedecer a una mente ociosa y algo enferma.

A un hombre o a una mujer aburridos y que no tiene nada mejor que hacer.

Rosi se ríe y mientras me entrega el papel no deja de repetir cómo le sorprenden “las artes”, dice “artes” y no otra cosa, de los papanatas….

TIPOS DE TOLETES

EL CULTO.- Ese que escribe solo a gente (no lectores) cultos. No me atrevo todavía a preguntar a qué se refiere con eso de gente (no lectores) cultos.

EL NARCISO.- Al que le encanta salir en la foto. O estar en todas partes, siempre figurando. A fuerza de dejarse ver, casi todo el mundo lo reconoce que no es lo mismo que conoce.

EL POSTURAS.- El que hace ver que está consagrado. Y es sensible, eso dice, al efecto que produce (¿?). Como en botica, existen varios tipos aunque destaca el que simula que todo se la resbala y el que parece que se toma todas las cosas en serio. Ni uno ni otro resuelve nada.

EL MERCENARIO.- El que escribe porque es su trabajo. Apenas come pero sí que deja comer y gruñe, pero con el estómago porque suele tenerlo vacío. Y el estómago, ya se sabe, es la antesala del alma.

EL POLÍTICO.- Se dice de aquél que tiene la capacidad de adaptarse a cualquier circunstancia. También del político que, tras finalizar su carrera se ha reciclado en otra cosa o permanece en la tumbona del servicio público siendo consciente de que aún le quedan tres padresnuestros. En ambos casos, lo suyo, ahora, es escribir.

EL FESTIVALERO.- En esta categoría pueden entrar los que gustan de organizar festivales y perder la piel en ellos, todo sea por el mambo, o aquel que no se pierde un encuentro porque es una ocasión para conocer gente. Gente con los mismos intereses y gustos, sobre todo cuando toman juntos copas en la barra (a veces libre) del bar.

EL PROGRE.- El que responde a este tipo mantiene un gran activismo político. Hace causa y no se pierde una manifestación ni el entusiasmo por agitar e intervenir en las redes sociales. Por norma, suelen estar a la contra de la mayoría, porque la mayoría son rebaños de cabras y de pensamiento plano o totufo. En las distancias cortas son igual de pesados que en las largas y, eso sí, cuidadín con todos ellos porque cuando huelen sangre hacen unión. Se despedaza mejor en comunidad, más si se trata de un apóstata.

EL FACHA.- En contra de lo que parece, sí que cuenta con las mismas características del progre aunque en el caso de El Facha grita ahora y no se cansa de repetir a los cuatro vientos que es víctima de una persecución. Y esa presunta persecución de la que es objeto le permite, según su parecer, repartir cachetones a diestro y siniestro en nombre de la Libertad de Expresión.

EL FOLCLÓRICO.- Los tiempos cambian y esta subespecie sobrevive gracias a su caparazón, que casi los hace invencibles. Se adaptan, además, muy bien a los tiempos que corren. Y todo en nombre de la tradición.

EL PAISANO.- Dice que solo consume lo que produce su tierra. Yo no me lo creo.

EL RENEGADO.- El que desprecia cordialmente lo que produce su tierra. En este caso, sí que me lo creo.

EL JAMESJOYCE DEL CARAJO.- El que escribe y no se le entiende una papa. Lo llama, con presunción, literatura que experimenta o, en otros casos, divertimentos literarios. Pero seamos francos, sus libros que ya son de naturaleza indigesta, no son resultados de una temprana y equivocada lectura del Ulises de Joyce.

Otro día, si nos animamos, continuamos sacando otros tipos de esta tan extravagante lista.

Saludos, permanezcan en sintonía, desde este lado del ordenador.

Sospecha

Miércoles, Octubre 14th, 2015

Uno se acostumbra a visitar hospitales y a que médicos que apenas conoce se interesen por su persona. Persona que tiene un sospechoso bulto en el cuello y que como puede cuenta los días que no fuma como victorias, pequeñas, tras tantos intentos fallidos.

Las horas de espera en el hospital las entretiene con la lectura de El Reino, de Emmanuel Carrère, que se trata de un libro necesario sobre Lucas, el evangelista, y de manera tangencial de los otros tres que escribieron sobre Cristo.

Así que mientras sus ojos se pierden por entre las frases que se construyen en las páginas y atenúa el sonido y el olor que tienen todos los hospitales, solo sabe que no sabe nada hasta que alguien dicta su nombre y se pone en pie y entra en la consulta donde un médico, hombre o mujer, le hace preguntas y le indica que se tumbe sobre la camilla, y explora ese bulto sospechoso y tras teclear los resultados en el ordenador, se le ordena: hágase unos análisis, radiografías y no olvide pasar por el escáner.

Media mañana en ese hospital leyendo El Reino, que devora porque lo disfruta como hace tiempo que no devora ni disfruta un libro, mientras sube y baja ascensores y se encuentra con amables sanitarios que le hacen despertar la señal de alarma precisamente por resultar tan amables porque piensa –paranoico el protagonista de esta historieta– si no tendrá en verdad algo grave y nadie, absolutamente nadie, quiere decirle la verdad.

Una verdad cruda, y un nombre crudo: cáncer.

Y subraya una frase de San Pablo que Emmanuel Carrère reproduce en el libro: “No hago el bien que amo sino el mal que odio” y otra, del mismo Carrère, de esa novela y ensayo que ha despertado tan poderosamente su atención: “la verdad  siempre tiene un pie en el campo del adversario.”

Piensa en todo esto cuando baja en el tranvía. Un tranvía donde una chica canta ópera seguido por dos cámaras. Promocionan Las bodas de Fígaro, de Mozart, cuyas representaciones forman parte del programa del Festival de Ópera. La chica canta ahora con un chico otra pieza y agradece en silencio que la bajada a la ciudad en ese tranvía que solo sabe subir y bajar sea al menos distinta…

Como distinto se siente él mismo, ese tipo que mira por la ventanilla la ciudad.

Saludos, oro parece, plata no es, desde este lado del ordenador.

Pasan los días

Martes, Agosto 25th, 2015

Llego con retraso, mi vida es una gigantesca cadena de retrasos, a esa serie que responde al nombre de Breaking Bad. Y soy víctima, como tantos otros, de la adicción aunque ya en su tramo final me molesta acercarme, precisamente, a su final. Un final que parece inevitable por como le llueven los problemas a sus protagonistas. En lista de espera, House of Cards, la versión norteamericana, aunque necesito primero un respiro porque uno no debe de vivir solo de series. Me esperan varias películas, largometrajes de los de siempre y revisar, entre otras, La sombra de una duda, de Alfred Hitchcock. Con Hitchcock de todas formas hace tiempo que perdí cualquier asomo de duda…

Estamos en agosto, que entra también en su recta final. Un mes extraño, en el que además de calor hubo lluvias. Nubes negras. Recupero, mientras tanto, los cuentos de Guy de Maupassant y leo novelas que escriben por esta tierra en la que habito, en la que ando, en la que duermo y en la que me despierto todas las mañanas con la sensación de que es un milagro abrir los ojos.

Encuentro El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell, en el Rastro y quien me lo vende, una señora entrada en años, me guiña el ojo cuando hacemos el intercambio. Ese gesto implica una complicidad que no tiene nada de seducción sino de señal de reconocimiento. ¿A qué?, lo voy entendiendo a medida que me informo sobre Gould y Mitchell.

Mientras tanto subo y bajo por esta capital de provincias de cuestas imposibles y a veces hasta tomo el tranvía que, últimamente, es asaltado por parejas de revisores que te exigen como parejas de la Gestapo que les muestres el billete. Su presencia rompe la monotonía de los viajes y pone una nota hostil a un paisaje que cada día me resulta menos sosegado y sí más antipático.

Aprovecho y me voy de viaje con Guy Delisle y viajo a la capital de Corea del Norte, a una ciudad inhóspita de China y a esa Jerusalén que visité hace ahora tantos años. Me sorprende la capacidad de observación de este guionista y dibujante, y la facilidad que tiene para introducirte en paisajes a través de sus esquemáticas ilustraciones. Nunca imaginé que…

En fin, pasan los días y como dice un amigo, voy contando hacia atrás aunque me tranquiliza, y no sé la razón, contemplar los dibujos de José Guadalupe Posada. Esos dibujos con calaveras sonrientes, que casi parecen celebrar su vuelta a la vida con la forma de esqueletos…

Saludos, game over, desde este lado del ordenador.