Archive for the ‘Reflexiones’ Category

¿Triste, solitario y final?

Sábado, Enero 3rd, 2015

Pues la criatura empieza mal el año porque abandona la lectura de La rubia de ojos negros cuando apenas le faltaban unas cien páginas para terminarla. Ya se lo habían advertido amigas y amigos de los que se fía bastante por coincidir en los gustos, pero eso no evitó que se enfrentara a una novela con la esperanza de recuperar la influencia de Raymond Chandler y agradecerle de paso los buenos ratos que pasó junto a Philip Marlowe mientras tomaban juntos y en cualquier bareto de Los Ángeles un gimlet tras otro.

Pero ná, de ná. La criatura no pudo terminar La rubia de ojos negros. Hacemos constar en el informe, no obstante, que entusiasmo y ganas no le faltaron pero…

 ¿Pero qué?

La criatura va por ahí diciéndole a quien quiera escucharlo que no le convenció leer cómo Benjamin Black (John Banville) intentó recrear el universo de novelas como El largo adiós o La hermana pequeña. Y que la lectura de este libro le ha resultado forzada aunque admite –mientras se enciende un cigarrillo con el dedo gordo revuelto de llamas– que si bien el estilo empleado por Black/Banville es una copia excelente, la novela en sí no supo  despertar a su dormido instinto chandleariano.

Que no encuentra eco ni la peculiar sensación que lo atrapaba cuando leía al autor original. Aquello de triste, solitario y final.

Anotamos que esperamos que se le pase la depresión. El año apenas acaba de iniciarse, así  que debe de estar agradecido por otras cosas, como la de haber tomado la decisión de no ver la última de Tim Burton y ahorrarse el dinero que le damos cuando lo sacamos de paseo.

Pero algo le pasa… Probablemente sea el frío que ha tomado por asalto la capital de provincias en la que vive porque la criatura detesta el frío. O quizá se trate de que apenas pueda dar sus zancadas habituales en una ciudad cuyas calles y plazas están repletas de peatones que compran los regalos de última hora porque un día de estos vienen los Reyes Magos del Oriente.

No llueve, afortunadamente.

Pero hace frío.

Pero a pesar de que hace frío, la criatura asiste a la presentación de Noches sin sexo junto a su autora, Yanet Acosta, y Ariadna Acosta, que ilustra con notables dibujos un libro que le desconcierta y en el que se reúnen más de cuarenta relatos breves y microrrelatos.

Hay queso y vino, que con queso y vino se hizo la Reconquista, cuando finaliza la presentación en la Librería de Mujeres, un espacio que se ha convertido en un oasis en una ciudad que, como ya dijimos en otra ocasión, se resiste a envejecer con dignidad. 

Más tarde, la criatura camina por las calles de aceras estrechas y se tropieza con hombres y mujeres que transportan paquetes cuando se detiene en un paso de peatones –lo que nos alarma al principio– y mira al cielo antes de seguir su camino.

¿Por qué se ha detenido?, nos preguntamos.

De momento, observamos a una criatura que no está nerviosa y que responde a un tratamiento que no va descaminado pero sí nos preocupa que todavía pronuncie Maaat Meeen mientras callejea sin sospechar que lo seguimos muy de cerca.

Y hace frío.

La criatura no deja de saludar a conocidos a los que no veía desde hace años y se suceden abrazos y las habituales palabras que se cruzan dos personas que no tienen nada mejor que decirse. Una de las que más se repite es “a ver si nos vemos”, un a ver si nos vemos al que responde la criatura con un: “Maaat Meeen.”

Muere la tarde y se despierta la noche, momento en el que la criatura se retira lentamente a sus aposentos en los que se apagan las luces y se enciende la del televisor.

¿Qué estará viendo?, nos preguntamos.

- Maaat Meeen.- responde la criatura.

Saludos, madre mía, qué viruje, desde este lado del ordenador.

¡La criatura vive! ¡Vive!

Miércoles, Diciembre 31st, 2014

Vive.

Este año que se va nos hemos esforzado en que la criatura se empachase de series pero no esperábamos tan inquietantes resultados.

Devoró en maratonianas sesiones The Wire, Los Sopranos, House of Cards, la tercera y cuarta temporada de Boardwalk Empire, que por razones que todavía estudiamos es la que más le entusiasma, y ahora mismo Mad Men.

Tanto Mad Men que ahora solo pide “Maaat Meeen“. Tanto, que a veces incluso se nos pone violento. Por el momento lo calmamos diciéndole que lo que le queda de cuarta temporada la verá en un 2015 que, carajo, nos parece ya año más que de ciencia, de ficción.

Puñeteras series.

Intentamos explicarle a la criatura que las escapadas que hizo al cine en 2014 no fueron afortunadas pero se pone bravo, sobre todo cuando se mete la mano en el bolsillo y saca unos pocos centavos.

Logramos calmarlo cuando le pedimos que haga repaso a los libros que ha leído. Al menos sonríe como un bobo cuando dice que no recuerda ahora si dejó alguno sin terminar. Sí que terminó hoy mismo –ladra– Las flores no sangran de Alexis Ravelo, y que espera hablar de ella próximamente.

“El añooo que vieeene”, dice con la misma sonrisa boba.

Pero no sabemos aún qué quiere decir.

Pero sí que sabemos que la criatura no soporta el frío ni la lluvia ya que está acostumbrado a asfixiarse con la calima, que es una especie de niebla cargada de partículas de polvo sahariano.

Recomendamos por cautela no llevarlo a pasear por el muelle ya que suele detenerse para observar las plataformas que están atracadas y exclamar mientras las señala: “Maaat Meeeen.”

Tampoco a que camine por las estrechas aceras, plazas y alargadas alamedas porque se pone pesado con la basura que cada día se acumula en cada rincón de una capital de provincias que parece que no quiere envejecer con dignidad.

Sí que recomendamos la visita a librerías y bibliotecas. Esta misma mañana soltó una sonora carcajada cuando compartió espacio con un agente de la Policía Nacional en una de ellas mientras ambos echaban un vistazo a las novelas que se exponían en la sección Negra y Criminal.

El informe concluye que la criatura vive pese a que el cielo esté encapotado y que circule algo de aire frío.

La criatura parece serena aunque no para de repetir –anotamos– que las uvas de esta noche son la cuenta atrás de un año que se suma a un nuevo capítulo de su existencia.

Luego murmura:

“Maaat Meeen“.

Saludos, a iniciados y profanos, desde este lado del ordenador.

Vías de escape

Domingo, Noviembre 30th, 2014

Me encuentro, porque insisto que uno se encuentra con algunos libros, con Vías de escape, un volumen imprescindible para los que nos confesamos sin rubor leales lectores de Graham Greene. En este librito el autor hace repaso sin molestos egos a su producción literaria y ofrece un relato periodístico sobre la creación de sus novelas, muchas de las cuales me han acompañado a lo largo de la vida porque Greene es uno de esos autores que te acompañan en los momentos duros y relajados de una existencia que estos días ha estado ensombrecida por un tiempo que no le deseo a nadie.

El viento y la lluvia que a lo largo de dos días ¿o fueron tres? ha tomado las islas me hizo pensar que vivía en las gélidas tierras del norte. No me acostumbro a esas voces que arrastra el aire cuando se vuelve frenético, ni al brusco cierre de puertas y ventanas que, caprichosamente, agitan las corrientes enfurecidas. Sin embargo, finalizo Personal, de Lee Child que al final me decepciona, aunque en su lugar absorbe las Vías de escape que propone Greene, de quien subrayo un largo párrafo lo que me sorprende porque llevo unos meses sin coger el lápiz y rubricar fragmentos en esas lecturas que llaman la atención.

Termino de ver la serie británica House of Cards y descubro un actor, Ian Richardson, a quien ya había detectado en Calderero, sastre, soldado y espía, aquella en la que sir Alec Guinness se disfrazaba con inteligente convicción en el papel de George Smiley, el espía de John le Carré y cuya novela se publicó en España con el título de El topo. Recuerdo preguntarle a mi padre porque lo de El topo y su respuesta: calla y mira. Una excelente lección porque desde ese día sé a que se refieren con eso de El topo.

Hace unas semanas y tras devorar golosamente la tercera temporada de Boardwalk Empire me entra la adicción de ver la cuarta. Pregunté si la tenían en uno de esos grandes almacenes donde comprar un disco, un libro o una película es tan despersonalizado como adquirir un suéter, pero el precio que me anuncia el dependiente resulta tan abusivo que tengo que dejarlo pasar por mucho que sufra mi raquítico saco intelectual aunque la providencia hace al final que me llegara la dichosa cuarta temporada por mediación de uno de esos amigos que se han transformado en oasis entre tanta desolación.

Como es domingo y parece que el sol está empeñado en asomarse por entre las nubes, me decido y bajo al Rastro, aunque la amenaza de lluvia ha encogido los puestos, muchos de ellos improvisados, que habitualmente se instalan en los alrededores del Mercado Nuestra Señora de África.

Me detengo en un puesto repleto de libros antiguos con títulos llamativamente anticomunistas mientras una chica le explica a su madre que no entiende Un mundo feliz, de Huxley y mucho menos Hambre, de Hamsun. La madre no le responde sino que escarba en la montaña de novelas anticomunistas. Me retiro en silencio y sorteo a la gente que se ha animado como yo a bajar al Rastro, pero no encuentro demasiadas cosas que despierten un interés que se ha dormido probablemente por la tormenta que estos días pasados estropeó la calma habitual que se vive en estas islas tan cercanas al continente africano.

Busco en ese deambular sin sentido nuevas vías de escape pero no hay manera porque el viento continúa murmurando con insistencia. Camelot no existe, de eso me doy cuenta cuando entro en la librería que está cerca del Mercado, donde rodeado de volúmenes usados respiro un aroma que me sabe a hierba buena. Uno de los clientes dice que va a llover y yo espero que no porque ya está bien de lluvias aunque resulte fascinante observar como corre el agua por los barrancos.

El paisaje de la ciudad después de la tormenta resulta cuando menos inquietante. Las ramas arrancadas de los árboles invaden las ramblas, así como el tronco de algunas palmeras. Un grupo de personas contempla una fachada de la que el viento se llevó varios ladrillos, así como letreros que cuelgan como un péndulo. Con todo, parece que la ciudad se recupera de la ventolera.

Subo por esta capital de provincias hecha cuestas sin dejar de mirar a un grupo de nubes ligeramente negras que parece que van a descargar de un momento a otro una tromba de agua. El aire, con todo, está limpio e incluso se respira un agradable olor a humedad. Se puede cruzar además con facilidad porque apenas transitan coches y el césped del tranvía ha recuperado un verde que ya creía olvidado… Es inevitable que en este paseo en plan vía de escape evoque la novela Los ojos del puente, de Javier Hernández Velázquez, en la que retrata a esta misma capital de provincias solo que mojada, una ciudad sobre la que cae una eterna llovizna que es otra manera con la que su autor rinde homenaje a la novela que desapareció de Antonio Bermejo: La lluvia no dice nada.

La lluvia no dice nada es uno de esos misterios con acento cultural que adorna la historia de Santa Cruz de Tenerife. Una leyenda que se suma a la copia que presuntamente se escondió de La edad de oro, de Luis Buñuel, al estallar la Guerra Civil.

Me pregunto, si existen, dónde estará el original de La lluvia no dice nada así como de esa Edad de oro… ¿tras una pared? Tras la pared quizá de esa casa terrera abandonada cuyo techo se ha venido al suelo por causa de la tormenta… Dan ganas de entrar y explorar entre las ruinas, aunque solo veo gatos que entran y salen por la puerta y las ventanas…

Llego por fin a mi castillo. Y no, no ha caído una gota de agua del cielo pese a que las nubes se vuelven cada vez más negras y sopla el viento, pero con menos entusiasmo, por las calles y avenidas de una ciudad en la que por mucho que lo intente no encuentro vía de escape.

Vías de escape…

Gracias a los dioses, Graham Greene siempre está ahí.

Saludos, eso es todo, amigos, desde este lado del ordenador.

Érase una ven en Santa Cruz de Tenerife…

Sábado, Julio 26th, 2014

El fantasma de Nelson y quien les escribe visitamos esta mañana las instalaciones del Museo Militar de Almeida donde mantuvimos una agradable conversación observando las maquetas que reproducen su frustrado ataque a la capital tinerfeña hace ya más de doscientos años. Nelson, que ya se había tomado unos vinos,  casi me obliga a reventar la vitrina donde se guarda la bandera de la Union Jack, esa misma en la que se lee Emerald, uno de los navíos británicos que participaron en la batalla.

- ¡Soy un fantasma y no puedo!.- exclamó el héroe de Trafalgar.

- Y no le parece mejor que nos tomemos una cerveza con un plato de queso amarillo.- respondí llevandómelo a la salida.

- ¡Vino!.- sentenció Nelson apresurando el paso.

Dimos un largo paseo por las inclinadas calles de Santa Cruz de Tenerife hasta llegar a la  plaza de España, donde me encontré con muchos amigos de la Asociación Histórico-Cultural del 25 de julio de 1797. Dos cañones bajo el arco de la Alameda del Duque de Santa Elena custodiaban la entrada a un campamento en el que soldados españoles y británicos vestidos de la época confraternizaban. El público se mezclaba en esa recreación que me hizo retroceder en el tiempo y a Nelson le hizo gracia. Tanta, que se llevó la mano al muñón que perdió por algún lado.

- ¡Vino!.- gritó.

Soplaba algo de brisa y nos sentamos en la terraza de una tasca donde el fantasma de Nelson además de vino se empeñó en un plato de camarones.

- Me saben a mar.- dijo bebiéndose de un trago el segundo vaso de tintorro. Cuando ya iba por el quinto se levantó y se puso a caminar como si andara por la cubierta de un barco.

- Ups.- dijo entonces llevándose la única mano a la boca.- Creo que voy a vomitar.

- No hombre, no… cómase los camarones.- le dije con mala leche.

Nelson continuaba dando eses aunque tuvo tiempo de mascullar algo así como una palabrota pero como la dijo en inglés no me di por enterado.

Al final me dio pena verlo vomitar en uno de los hitos que se han colocado recientemente por la plaza de España. Pero qué demonios, de repente se me había encendido el espíritu patriótico y pensé que si una vez le arrancamos el brazo no quedaba mal hacerlo vomitar, aunque Nelson, limpiándose la boca pidió otro vaso de vino.

Al final perdí el cálculo, pero creo que fue por el cuarenta y tantos cuando se levantó de la silla, se frotó satisfecho la barriga y dando un sonoro eructo dijo que se iba.

Lo acompañé hasta un lugar que no puedo revelar por razones de obvia discreción. Y allí se detuvo, miró a su alrededor y soltó otro eructo.

- En fin, hasta el año que viene.- dijo acariciándose el muñón.

Torpe me cuadré para saludarlo militarmente y casi se parte de la risa el fantasma de Nelson. El espectro se plegaba a un lado y al otro mientras soltaba la carcajada.

- ¡Vino, más vino!.- gritó hasta desaparecer en el aire.

En la ilustración Laurence Olivier como Horacio Nelson en Lady Hamilton (That Hamilton Woman, Alexander Korda, 1941)

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.

Un mensaje dentro de una botella

Domingo, Junio 8th, 2014

Paseando por la playa de Las Teresita, una playa larga y de arena dorada traída del Sahara, me encuentro con un mensaje en una botella. Una hoja que saco con dedos temblorosos. Firma al pie de un texto escrito a mano y con letra menuda y nerviosa, José Garcés. Me siento en una de las rocas del brazo de la barra que separa el océano del trozo de mar de la playa. Y leo:

“El cine me aburre. Y mira que he perdido, y pierdo el tiempo, viendo películas que, últimamente, me aburren. Sea frente al televisor o la pantalla cada vez más reducida de una sala. Sea en dos dimensiones como en tres… tenga un sonido que te parta los tímpanos como que no… Cuente una historia sencilla como compleja que se resuelve en una, dos y tres o cuatro horas que es lo que actualmente dura una película.

Me anima una amiga a que vea cine europeo, asiático y de otros continentes pero los intentos que he realizado hasta ahora han concluido también en sonoros fracasos. Me quedan, no obstante, un puñado de películas de las de antes… pero procuro no verlas demasiado no vaya a quemarlas o a decepcionarme como me ha pasado con algunas…

¿Qué me pasa, doctor?

Yo antes no era así, más que ver consumía todo lo que llegaba ante mis ojos y, fruto de la generosidad, solía ser bastante benévolo con lo que solo eran inevitables tomaduras de pelo y una manera poco elegante de quitarme el dinero.

Recuerdo que en mi adolescencia apuntaba las películas vistas en un cuaderno ya perdido. Cuaderno en cuyas páginas anotaba la ficha técnica y artística, y que las valoraba con el sistema de las estrellitas. Estrellitas que más tarde comparaba con un amigo para comprobar si nuestros pareceres coincidían o no.

Nos decantábamos por las películas de terror, que fue un género que estuvo de moda en los ochenta y que fabricó todo tipo de monstruos. Ninguno real aunque fuera esa la intención con algunos, que iban de psicópatas enmascarados que revivían y revivían en interminables entregas.

Abandoné el género cuando comenzó a derivar al tremendismo. A la sangre y tripas porque ya no se trataba de asustar sino de meter el miedo en el cuerpo mostrando con todo lujo de detalles mutilaciones varias.

Con el paso de los años me he acostumbrado a fabricar mi propia película en la cabeza a través de novelas. Da igual que sean mediocres. Si la cosa funciona es que tiene algo. Ese algo que engancha, que te hace devorarla con velocidad de crucero, ajeno a la realidad que se mueve a tu alrededor.

Ese efecto ya no me pasa con el cine. El cine que veo y que se estrena este año, y el pasado y el otro es como repetir la misma historia pero con actores diferentes. Se ruedan además demasiadas nuevas versiones de títulos que se consagraron en aquellos tiempos donde era joven y no sé si más feliz que ahora.

No estoy en contra de estas nuevas versiones, a su manera actualizan aquellas películas de hace unos años a una realidad que avanza tecnológicamente pero poco en lo espiritual y moral. Sé que suena a doctrina religiosa esto de moral y espiritual pero fueron señas de identidad de producciones de antes, cuando las películas se exhibían en un blanco y negro que a veces resultaba tétrico y otras luminoso y también en resplandeciente technicolor.

Me cuesta ir al cine y me cuesta ver películas de estreno que no vi en su momento sentado cómodamente en el salón de mi castillo.

¿Tengo remedio, doctor?

¿Existe cura?

No contesta y sí que agita la cabeza en premonitorio silencio…”

Los rayos del sol caen con justicia sobre la playa de Las Teresitas. Observo la raya del horizonte y unos mercantes anclados fuera del muelle y, a la derecha, la silueta de la isla de Gran Canaria. En la arena dorada sahariana de la playa unas parejas toman el sol, unos niños juegan dentro del agua y damas y caballeros de mediana edad pasean por la orilla arriba y abajo como si se tratara de un péndulo humano. No veo gaviotas aunque sin las gafas toda la visión está desenfocada. Me pregunto si también el cine ha terminado por aburrirme. Si ya no aguanto ver una película completa mientras me levanto de la roca y camino por la barra.

Llevo la botella en mano y en la otra la hoja arrugada que firma Garcés.

En un gesto de urbanidad, deposito la carga en una papelera repleta de basura.

Encajo la botella como puedo, aplastándola entre envoltorios vacíos de helados y mulatos, de polos de limón y naranja. Pocas colillas de cigarrillos y sí papel de plata repleto de moscas que devoran los restos de un almuerzo o merienda que me resulta difícil de identificar.

Pedaleo con la bicicleta rumbo a la capital y mientras las piernas suben y bajan noto que se disuelve en mi memoria ese día de playa pero no el encuentro de un  mensaje dentro de una botella.

¿Hay cura? pregunta José Garcés, quien quizá sea un marino de uno de los barcos mercantes anclados más allá de la barra de la playa… Y no tengo respuesta. Las sensaciones son encontradas mientras el sudor corre por mi cara y empaña el cristal de las gafas.

Saludos, un día de playa, desde este lado del ordenador.

Las cosas del Rastro

Domingo, Marzo 16th, 2014

Un libro sobre talibanes y otro de los Balcanes.

Ojeo los dos.

El primero cuenta la historia de este grupo, y parece atractivo aunque lo firma un periodista occidental. El segundo es una edición de los años cincuenta donde un croata narra la historia de ese rincón nebuloso de Europa que son los Balcanes.

Miro a un lado y a otro para ver si está el responsable del puesto, una manta tirada en el suelo repleta de libros usados… Pero no encuentro a nadie en el bullicioso caos que tiene el Rastro esta radiante mañana de domingo.

Hago gestos en el aire pero no aparece el tío y los que venden mercancía a su lado poco hacen para informarme de quién, o dónde coño, está el tipo…

… Pero no hay manera, así que dejó los volúmenes sobre la manta y continúo mi periplo por el Rastro mirando de vez cuando hacia atrás por si aparece el vendedor.

El vendedor de la manta.

Nada.

Y eso que doy dos vueltas como un tigre enjaulado por la plazoleta pero con resultados negativos.

Las cosas del Rastro.

En otro lado me encuentro con alguna sorpresa y detrás de una mesa en la que se amontonan otros libros, un viejo cascado y con un tremendo tatuaje en el brazo vende la mercancía mientras fuma y fuma sin parar.

El bigotillo canoso lo tiene manchado de nicotina y pienso, no sé por qué, en Ítaca.

- Vasco, vasco.- le dice el viejo cascado a un compañero que parece que quiere confundirse entre el gentío.- recoge esos libros.

Continúo el deambular por el Rastro…

Gritos.

Los gitanos venden ropa; sudamericanos cachivaches y conocidos del barrio colecciones de crucigramas y autodefinidos y deuvedés y juegos de ordenador. Suena una versión india de Bailando con lobos y negros y blancos, blancos y negros, saldan sus cosas mezclándose en ese agradecido caos que es el Rastro.

El alma donde duerme también la ciudad.

Eso sí, me quedo sin talibanes y las tribus de los Balcanes.

Las cosas del Rastro.

(*) En la imagen que ilustra este post Nino Manfredi en El verdugo (Luis García Berlanga, 1963)

Saludos, Paz y Prosperidad, desde este lado del ordenador.