Archive for the ‘Reflexiones’ Category

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Domingo, Marzo 9th, 2014

Joaquin manda a paseo su sistema operativo porque Samantha tiene la voz de Gracita Morales. Piensa que otro gallo cantaría si quien levanta el ánimo tuviera el timbre de Scarlett Johansson… Da igual que fuera en idioma de bárbaros.

Se estremecen los cimientos de su dolorido cuerpo pensando en cómo sería abrir los ojos escuchando un “good morning, darling…”  de Samantha con la voz de Scalertt Johansson.

Va a la tienda Naranja a devolver el aparato pero la chica que atiende de pie y en el mostrador le recomienda pensárselo dos veces.

- Se puede solicitar otra voz.- avisa ella.

- ¿Tienen un catálogo o algo así?- pregunta Joaquín.

La chica le muestra en pantalla varios nombres y voces mientras él se pellizca la barbilla como quien se toma su tiempo. Finge que reflexiona seriamente sobre el asunto.

- Penélope Cruz o Javier Bardem siguen estando de moda.- dice la chica.

Joaquín niega con la cabeza y apunta la mirada pero no las orejas en la lista de nombres y voces que aparece en la pantalla.

- Los tenemos en varios idiomas.- advierte la chica observando la cola de potenciales clientes que empieza a formarse en la tienda.

- ¿No tendrá la de Scarlett Johansson?- pregunta Joaquín muy tenso.

- Solo en inglés y usted solicitó el español cuando firmó el contrato.

¿Nota ironía en la voz de la chica?

- Pero no la de Gracita Morales.

¿Nota ironía en su voz?

- Ah, pero al no pedir la de nadie la máquina escogió la que iba mejor con su perfil.

- No sabe nada la máquina.- dice Joaquín.

- ¡¡¡Señorita, señorita!!!–grita una tía detrás de la pareja– no me han puesto el Wi-Fi en casa.

- Eso lleva su tiempo.- dice la chica desatendiendo a Joaquín un momento.

– Pero es que lo mandé a pedir hace dos años…

- No desfallezca. Paciencia.- contesta volviéndole a prestar atención a Joaquín– Entonces ¿se queda usted con Scarlett Johansson?

- Dicho así…

- Nada, nada, déjemelo a mí.

La chica desliza las yemas de los dedos por la pantalla.

- Hecho.- dice devolviéndole el sistema operativo.

Joaquín abandona la tienda no muy satisfecho pero se coloca el auricular en la oreja derecha y oye a Samantha con la voz de Scarlett Johansson diciéndole algo que apenas entiende aunque por el tono… por el tomo la piel se le pone de gallina.

Por la calle casi todo el mundo va con su auricular puesto en la oreja gesticulando con los brazos o bien con una sonrisa en los labios. Samantha continua con su dulce perorata de la que él no se entera palabra del niño Jesús aunque a todo, a todo le contesta con un cariñoso “yes, yes, yes”.

A la puerta de la oficina y mientras apura su último cigarrillo un compañero le guiña el ojo mientras le señala el micro que lleva pegado a la oreja.

- A gusto ¿no?- dice.

Samantha susurra algo que debe ser muy excitante cuando Joaquín se quita el micro y aprovecha el momento para quemarse los pulmones con el cigarrillo que le ofrece el compañero.

- ¿Se puede saber quién es?- pregunta.

- Es largo de contar…- Joaquín se hace el remolón-… Por cierto, y ¿el tuyo?

- Lo compré hace dos días.- dice el compañero y saca su micro.- pero lo voy a cambiar porque Samantha tiene la voz de Antonia San Juan.

- Eso es un defecto del sistema –informa Joaquin con pose de catedrático–. Pide que la voz de Samantha sea la de  Scarlett Johansson.

- Pero es en inglés y yo solo sé lo que sé.

Joaquín no hace caso y entra por la puerta rumbo a la oficina.

- Darling?- despierta en ese momento Samantha con la voz de Scarlett Johansson…

- Yes?

Saludos, vivere, desde este lado del ordenador.

¡Está vivo!

Martes, Diciembre 31st, 2013

No llegas al libro, llegas al autor de ese libro. A lo largo de mi vida me he tropezado con escritores que me señalaron el camino y que desde entonces me acostumbraron a que no estaba solo en su compañía.

Puedes soportar traiciones, que se desmorone el mundo, que se queme la vida… Pero ahí están los autores de esos libros para recordarme que ellos pasaron por un infierno parecido.

Tuve la fortuna de despertar entre los libros, sin embargo, con una obra coral, de autores anónimos, aunque se desplegó entre mis manos reducido a seis estupendos cuentos, todos ellos con excelentes ilustraciones a color. Se trataba de una versión de los años treinta, y que aún huele a viejo de verdad. Unas Mil y una noches que descubrí más adelante que contenía más cuentos cuando en el cumpleaños de una amiga le reglaron otra versión del Libro que incluía una veintena de relatos.

Mientras mis amiguitos jugaban a darle a la piñata y antes de que pasáramos al Verdad y Consecuencia, comencé a leer aquel libro que olía a nuevo pero que incluía aquellos seis relatos que a mi me sabían a viejo.

El hechizo fue instantáneo. Me olvidé del Verdad y Consecuencia.

Más tarde, y por mediación de uno de mis hermanos que tenía que estar harto de verme releer aquellas Mil y una noches reducida a seis cuentos, me pasó La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.

Y el flechazo fue definitivo.

Tanto, que solo quería leer a Stevenson.

El primer autor que me mostró el camino.

Más tarde apareció H. P. Lovecraft, Eric Ambler, Graham Greene e  Ian Fleming. Escritores que no podías mencionar cuando la gente se ponía a hablar frente a la puerta del instituto. No era gente seria, decían.

¿Y Bradbury?

Ese tampoco.  Y ni se te ocurra decir Stephen King. Ese tipo apesta a millonario… Y es facilón.

Leía compulsivamente. Y a cualquier hora del día. Cualquier cosa que llegara a mis manos. Aventura, policiaco, fantástico, ciencia ficción, bélico, novela épica y sagrada… Cualquier cosa…

Todo lo que caía en mis manos.

Apareció Borges y me dijo que no estaba equivocado. Cortázar en brumas de humo y jazz que tampoco…

Rechacé El camino y preferí andar por En el camino.

Me había iniciado antes con A este lado del paraíso, después con El gran Gatsby, Hermosos y malditos, Suave es la noche… del alcoholizado maestro Francis Scott Key Fitzgerald.

A través de él me adentré en la sobriedad de Steinbeck, en el romanticismo desesperado de Hemingway y en el realismo poliédrico de John Dos Passos. También en el canto al derrotado de Nathaniel West.

Cuando temblaba, recurría a Jim Thompson y David Goodis. Y Bukowski, esa agrietada encarnación de que se puede triunfar cuando lo viejo es nuevo tras pasar miles de épicas batallas contra ti mismo.

Todos ellos y alguno más me enseñaron que los libros muestran caminos. Y que conocer la obra completa o casi completa de un autor que te ha señalado tiene su inquietante recompensa.

Apenas los releo. Pero cuando mis ojos se cruzan con algunos de sus títulos hace que me sienta bien conmigo mismo y cuando descubro algo que se me ha escapado, que la piel se ponga de gallina al sentir una emoción tontamente luminosa.

Afortunadamente, este ejército de fantasmas crece a medida que camino. También cuando me detengo y miro hacia atrás sin ira.

Siento aún escalofríos, es verdad, pero me esfuerzo por combatirlo.

Solo lamento dejar tantos nombres en el sendero que he trazado en este post.

Evoco a Max Aub, Arturo Barera, Ramón J. Sender, Agustín de Foxá… El buscón de ese sublime canalla que fue Francisco de Quevedo… La fascinación por el mal que emana de Patricia Highsmith, el sutil humor de Evelyn Waugh, la grandeza de Stoker, los relatos de Maupassant, Chéjov, O’Henry… La violencia de Dostoyevsky, el perfume sórdido de Fonseca…

Son demasiados los amigos que no menciono.

Esa gente que siempre ha estado ahí y que me acompañan cuando escribo para este su blog.

El Escobillón.com.

¡Está vivo!

¡Estamos aún vivos!

Saludos, la esperanza me mantiene, desde este lado del ordenador.

El fondo de los barrancos

Sábado, Diciembre 14th, 2013

En la ciudad en la que vivo ves los barrancos desde los puentes.

Para los que desde las alturas los contemplamos, los barrancos de esta ciudad son territorio comanche.

Inexplorado, del que no se quiere saber nada. Una zona prohibida para los monos.

Mientras, observo los contornos del barranco desde los puentes. Y exploro con la mirada una belleza agredida y salvaje.

Allí una vivienda labrada en la roca, o aprovechando el recoveco de una pequeña cueva, en medio de piedras escarpadas y cubiertas de maleza y basura.

La basura se desparrama por las laderas de los barrancos aunque cuando llueve la arrastran ríos y cascadas de lodo. Yo lo miro entonces como un  provinciano y castigado Gran Cañón del Colorado.

Cuenta Jesús Castellano que en estos puentes solía tirarse la gente. Y recuerdo algo de eso. De ver a policías y algún histérico pegando grititos porque alguien se había tirado. Hoy, en uno de esos mismos puentes, suele haber un control de seguritas y chaquetas rojas en la parada del Tranvía para velar que nadie viaje gratis.

En otro de los puentes, y en el que casi no te puedes alongar para ver el fondo del barranco, la cosa es más elemental.

Tiene colgado una ristra de candados cerrados.

Y se supone que las llaves parar abrirlos están en el fondo del barranco…

… O eso dicen, cuentan…

Yo a veces miro para ver si encuentro alguna llave que abra uno de los candados pero hasta ahora no me ha cegado ninguna con el resplandor.

Recuerdo pocas incursiones por los barrancos.

En una de ellas acompañaba a dos amigos con nuestras respectivas escopetas de balines.

La idea era jugar a que uno se escondiera y los otros dos lo encontraran para pegarle tiros.

Escondido en una cueva y con mi escopeta entre las piernas esperé como un apache a que aparecieran los que iban de vaqueros.

Y entonces apunté

(*) En la imagen: Charles Bronson como Chato, el apache (Michael Winner, 1972)

Saludos, bonus track, desde este lado del ordenador.

¿Libro prestado, libro robado?

Viernes, Noviembre 15th, 2013

En la capital tinerfeña existió hace mucho, mucho tiempo una librería de viejo que respondía al nombre de Sonora.

El establecimiento se mantiene todavía, aunque no ya como librería de viejo y libros usados sino como tienda de discos que es otra forma de resistencia en estos tiempos de transformaciones radicales, de novedades que no cambian nada, de silencios en extremo ruidosos.

El caballero que llevaba la librería tenía un extraño parecido, así lo quiero imaginar mientras escribo estas líneas apresuradas y con algo de jaqueca, a Walter Pidgeon, pero con bigote canoso y manchado de nicotina.

Lo recuerdo como un tipo amable, no sé si asombrado tras sus gafas oscuras de que un renacuajo sacara y metiera libros de entre los estantes y ojeara los colorines que se amontonaban en un rincón y que, por aquello de la edad, le estaba vedado adquirir en los kioscos que todavía riegan las ramblas. En aquellos días del general Franco.

Compré y vendí libros y colorines en Sonora. Y me pasé muchas horas muertas en aquella pequeña y apretada librería mientras escuchaba retales de las conversaciones que mantenía el librero con algunos de los clientes.

Recuerdo a uno de espesa melena blanca y barbita perfectamente recortada a lo candado. Es una pena que no sepa su nombre, ni siquiera el de pila. Sí que recuerdo mi bicicleta Chopper de cinco cambios y fabricada en Taiwán esperándome resignada en la fachada mientras, ya digo, perdía el tiempo y me ensuciaba los dedos rebuscando entre tanto libro, entre tanto colorín.

Aquella librería olía a viejo y a libro usado. Es decir, tenía aroma venerable.

Solo en una ocasión, Sonora, llamemos a Pidgeon así, me felicitó por una de mis compras. Se trataba de una novela que aún conservo, Port Arthur, no la de Emilio Salgari sino otro título firmado por un escritor, presumo ahora que no la encuentro, francés.

Había un letrero en Sonora en el que inevitablemente siempre descansaban mis ojos.

El texto tenía impresa la leyenda: Libro prestado, libro robado.

Pasado los años y reconvertida ahora en tienda discos, me doy cuenta de esa gran verdad. Prestas o te prestan un libro y es como si cambiara, a partir de ese momento, de dueño. No sé cuántos libros habré perdido así por cederlos en un momento de ¿flaqueza? Tampoco me he puesto a contar los volúmenes que forman parte de mi biblioteca y que fueron prestados en su momento.

¿Es un libro prestado un libro robado?

El caso es que los libros que dejé y que me dejaron se han convertido en leyenda. Los primeros porque no los volveré a ver y los segundos porque me recuerdan que fueron prestados y nunca devueltos.

Me duele el pecho de tanto fumar y observo la biblioteca atestada, con muchos de los libros desparramados por el suelo y me doy cuenta que aquella librería pequeña y apretada que fue Sonora fue algo así como un oasis en tiempos donde necesitaba abrevar agua fresca y clara, sin aditivos.

Quiero verme así como un cuatrero deambulado encima de la Chopper mientras el tiempo pasa y ya dentro de ese refugio que fue la librería, observar un cartelito mientras Sonora habla con un visitante y da profundas y lánguidas caladas a un cigarrillo.

El bigote manchado de nicotina y los ojos ocultos tras unas gafas.

Pienso en todo esto y en lo de más allá y me asaltan mil historias con las que componer un retrato de esta capital de provincias en la que vivo. Piezas de un mismo rompecabezas. Asideros sentimentales a los que recurro cuando el terreno sobre el que piso parece que se reblandece a medida que se suceden los días.

De tanta usarla, la Chopper quedó despedazada literalmente un día, mientras bajaba como una centella por una de las cuestas de la ciudad y se estampó conmigo encima cabalgándola, contra un muro de cemento.

Me fracturé la rodilla pero los libros que había adquirido en Sonora resistieron el golpe. Deben de estar en algún lado, pero ¿quién demonios se atreve a trastear en las estanterías de una biblioteca que, probablemente, ilustre mi propio desorden?

Me acuerdo de libro prestado, libro robado porque ayer mismo, cuando cae esa tarde que ahora es noche, un amigo me devuelve un volumen al que ya daba por perdido.

No le pregunto la razón de la devolución sino que cojo entre mis manos ese ejemplar que fue mío y que ahora me parece que ya no es mío.

Lo abro al azar, contemplo párrafos subrayados que no recuerdo haber subrayado y no sé, pero quiero pensar que sí, que ese libro con las tapas ya arrugadas y a punto de reventar, lo encontré hace mucho, mucho tiempo en una librería de viejo y libros usados que respondía al nombre de Sonora.

Saludos, lo que está arriba, está abajo, desde este lado del ordenador.

Cuando suena la trompeta

Martes, Noviembre 5th, 2013

A la sombra de unos árboles en la plaza de Weyler, en el corazón de Santa Cruz de Tenerife, alguien me recuerda que Burt Lancaster y Vivien Leigh hubieran cumplido, este mes que apenas da sus primeros pasos, cien años.

Me pregunto cuáles fueron las últimas palabras del protagonista de El halcón y la flecha y de la protagonista de Lo que el viento se llevó. Esto de las últimas palabras es una idea un tanto descabellada que itinera por mi cabeza de un tiempo a esta parte.

William S. Burrouhs escribió una de sus mejores obras planteándose también esta misma cuestión en Las últimas palabras de Dutch Shulz. Shulz fue un famoso gángster neoyorquino a quien acribillaron a balazos en una cafetería.

Se cumple el centenario del nacimiento de Burt Lancaster y Vivien Leigh.

Del primero me viene a la cabeza películas como El temible burlón, El halcón y la flecha y El gatopardo. De hecho, son tres películas que he vuelto a ver recientemente y que no envejecen. De hecho, se ríen del puto paso del tiempo.

De Vivien Leigh recuerdo a la rebelde y caprichosa Escarlata O’Hara (así, en crudo español) en Lo que el viento se llevó; la desgarradora Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo y a Lady Hamilton en, precisamente, Lady Hamilton, la mujer que casi derrotó al almirante Nelson. En el filme de Alexander Korda, Horacio Nelson es interpretado por Laurence Olivier.

No deja de resultarme curioso que recuerde los nombres de los tres personajes femeninos que encarnó la actriz en estas películas. Eso me demuestra que su huella es profunda en lo que me queda de memoria cinéfila.

Me encuentro con Sabas Martín esta misma mañana. Presenta este miércoles, 6 de noviembre, su última novela, El farallón. El acto contará con el escritor y profesor Juan José Delgado y tendrá lugar en la MAC a partir de las siete de la tarde.

Deambulo por Santa Cruz de Tenerife, una ciudad que no es que muera en soledad como cantó Eduardo Bercedo, sino que parece que se hunde en suciedad.

En la Librería de Mujeres de Canarias espero a que se acerque Nieves Herrero para entrevistarla a propósito de Lo que escondían sus ojos, una muy cuidada novela histórica en la que se recrean los amores –no tan clandestinos para la aristocracia española de la época– que mantuvieron Ramón Serrano Suñer con Sonsoles de Icaza, marquesa de Llanzol.

Mientras espero en la Librería de Mujeres, mis ojos se detienen en la portada de un libro.

Un libro editado con mimo, elegante: El chico de la trompeta se llama.

Izaskun Legarza Negrín, que es el alma de este pequeño y generoso oasis en el desierto, me la recomienda con vivo entusiasmo y cuando la cojo entre mis manos, intentando imitar el mimo con el que ha sido editado el libro, descubro que es la novela que inspiró la película El trompetista.

Y se me encienden las alarmas.

El trompetista es una de esas películas que guardo en un sitio muy especial en lo que aún me queda de memoria cinéfila.

Y habla, entre otras cosas, de jazz.

La escribe Dorothy Baker y se publicó por primera vez a finales de los años treinta.

Quiero leer la novela que dio origen a una de las mejores películas rodadas sobre el mundo del jazz.

La dirigió Michael Curtiz, y en ella están Kirk Douglas, Doris Day y Lauren Bacall, siempre turbadora.

De pronto, suena la molesta campanilla de los mensajes del móvil para dar aviso que ya puedo pasar a recoger El exterminio de Jim Thompson. Una novela por la que llevo esperando hace algunas semanas.

Claro que estas cosas pasan cuando vives en provincias.

Tras la entrevista con Nieves Herrero, pongo rumbo a casa y pienso en Burt Lancaster y Vivien Leigh.

Se mezclan ambos dos en mi cabeza cuando subo una de las cuestas de esta ciudad de cuestas.

Casi parece que oigo “¡señorita Escarlata, señorita Escarlata!” y a Burt Lancaster como Dardo lanzando flechas.

Todas ellas dirigidas al halcón.

Saludos, es noviembre, desde este lado del ordenador.

Érase una vez en el oeste…

Domingo, Mayo 12th, 2013

Mientras rebusco en la pila de libros usados, algunos incluso maltratados, el tipo de rostro barbado que atiende el puesto me dice, cuando comienzo a dar media vuelta, que hoy es un día malo.

- ¿Un día malo?- respondo con la camiseta bañada en sudor.

 - Pocos clientes.- informa el tipo que atiende el puesto mientras se frota la frente con un pañuelo de papel.- Debe ser que están en lo de Expolsados…

Expolsados reproduce mi cerebro achicharrado.

Ni puta idea de que es eso del Expolsados.

Pero asiento con la cabeza y me confundo entre el gentío que sube y baja por el Rastro de la capital tinerfeña un poco como a la deriva, como pez que se deja llevar por la corriente.

Bajo el arco de las puertas del Mercado de Nuestra Señora de África me encuentro con un amigo que me comunica nada más verme:

- Ha muerto Darth Vader.

- ¿Darh Vader?- Pregunto en un día que parece va estar plagado de preguntas.

- Sí, el que le ponía voz.

- ¿James Earl Jones?

- ¿Cuálo?

- James Earl Jones.

- No, no, el que presentaba concursos.

- No jodas, el gran Constantino Romero.

- Ese tiene que ser.- dice el amigo no muy convencido.

- Puso la voz a Terminator, a Clint Eastwood, a Rutger Hauer en Blade Runner, a…

- Ese, ese mismo.- dice el amigo desapareciendo entre la gente que entra y sale del Mercado de Nuestra Señora de África.

Algo conmocionado porque esta semana que termina está repleta de nombres de ausentes me detengo en puestos atiborrados de libros y encuentro la acariciada edición que Planas de Poesía publicó en 1981 de los cuentos de Antonio Bermejo, el escritor que ha recuperado y reivindica un grupo de narradores canarios y el mismo escritor que inspira la que será la próxima novela de Javier Hernández Velázquez.

El librito, que apenas llega a las cincuenta páginas, está prologado por Víctor Ramírez e incluye una imagen de Bermejo que esa tarde, cuando se lo muestro a mi madre y a uno de mis hermanos reconocerán.

De hecho, yo mismo creo reconocerlo si doy marcha atrás en mi memoria, cruzando la calle de Salamanca y a mi padre señalándomelo.

Cae un sol de justicia sobre Santa Cruz de Tenerife.

Y hay un cielo sin rastro de nubes. Un día perfecto, no malo, para quien les escribe.

Tras dejar el mercadillo y su sinfonía de colores y aromas, enfilo a la parada del tranvía donde leo los relatos de Bermejo. Hay uno en concreto que me desconcierta, La busca.

“No había aprendido a odiar. Para encontrar lo que anhelaba era condición previa odiar ferozmente. Odiar a todos y amarse a sí mismo con la adoración de un dios. Encendería su lamparilla en el templo de su persona y el odio respondería. El odio y el amor.”

Así lo escribe Bermejo, un autor que apenas dejó textos escritos y cuya errática existencia casi parece devorar al hombre que, ahora que observo su fotografía, tiene unos ojos inconfundiblemente tristes.

Es un domingo de un día cualquiera en una pequeña capital de provincias que a lo largo del día de hoy se me antoja un pueblecito del lejano oeste. No solo por el calor que se desparrama por su caprichosa geografía sino también porque respiro un aire que siendo el mismo de todos los días me resulta diferente.

¿Un mal día?

Un domingo distinto en todo caso, reflexiono mientras le doy al pedal de la Dakota rumbo a Las Teresitas…

El viento caliente estampándose contra mi rostro y haciendo equilibrio sobre dos ruedas que se deslizan sobre la carretera mientras en mi cabeza, como a latigazos, se repite un fragmento de La huida de Antonio Bermejo pero a toda velocidad, lo que hace que resuene en mi cabeza con la vocecilla de un Pitufo:

“Era preciso huir. Aquella noche marcaría el punto de partida. Salir del castigo de vivir entre unos hombres que remueven torturados oleadas de inmundicia. Apartarse, con la mansedumbre del elegido, de entre unos hombres que chillan como simios, que sienten como simios y que no creen ni en ellos mismos. Huir del contagio poderoso que apaga o anula el pensamiento y la voluntad.”

¿Un mal día?

¿Un mal día un día de revelaciones?

- ¡¡¡Alabado sea el Señor!!!- grita el grupo de Evangelistas que se reúnen en el templo que han montado frente a mi casa. 

- Alabado sea.- murmuró observándolos desde la ventana.

(*) La imagen corresponde a The Crowd, Y el mundo marcha (King Vidor, 1928)

Saludos, érase una vez en el oeste…, desde este lado del ordenador.