Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Recordando a Bob

Sábado, Mayo 11th, 2013

Es probable que alguno todavía tararee sus canciones pero también es probable que desconozca que lo que le sale de su boca es un tema de Bob Marley. Un caballero, el señor Marley, que contó con numerosos seguidores en esta isla en la que vivo. Vamos, que cuando comenzaba a declinarme por el lado mods de las cosas muchos compañeros de generación se decantaron por el rastra.

Llevar la melena trenzada, collarines y pulseras con la colorida bandera de Jamaica y un porro de hierba en la mano mientras intentaba comunicarse con ese cosmos que no iba más allá de las sensaciones que le provocaba la maría, eran algunas de sus gloriosas señas de identidad.

Pese a que fuera por la vida con parca verde y un peinadito resultón calcado de la portada de un disco de los Small Faces, y sin vespa a la que despeñar por los acantilados de Dover, tuve muchos amigos que iban de rastafaris con notable acento canario. Buena gente, aunque a veces sospechara que la mayoría de ellos le había declarado la guerra al agua y el jabón, aunque cuando se ponían a hablar, te liaban y te liaban de verdad.

El más auténtico de aquellos rastras vivía en una de las ciudadelas que se distribuían por esta capital de provincias. En concreto la situada en una de la calles paralelas al cine Víctor y hoy cerrada a cal y canto en la que ocupaba una habitación que hacía vecindad con otras habitaciones en la que residían familias con escasos recursos económicos.

Todos ellos hacían una vida en común cuya metáfora más objetiva era el retrete que se encontraba al final de aquel estrecho callejón, un agujero de forma cónica por el que cuando ibas a orinar solías tropezarte con cucarachas del tamaño de un escarabajo.

Pero regresabas a la habitación y te sentabas en el suelo y se te iba el miedoo y el tiempo charlando con ese tipo mezcla de rastra y hippie que no paraba de escuchar música reggae a todo volumen en un transistor de fabricación japonesa.

Bob, voy a llamarlo así en homenaje a su dios Marley, nos desentrañaba entre calada y calada de porro de maría la filosofía de ese movimiento.

Nos hablaba de que el mundo de aquel entonces era la nueva Babilonia y que solo el espíritu de Haile Selassie nos liberaría del caos.

Como es natural, Bob había adaptado a su planeta nebular las creencias rastras, pero resultaba atractivo escucharlo en su largo monólogo porque el tipo transmitía una paz y una serenidad que desde ese entonces he encontrado en muy pocas personas.

Se trataba además de un individuo desprendido, de los que apenas acumulaba cosas. Su equipaje lo formaba un solo libro, el I-Ching, que consultaba –nos dijo– cada mañana; dos camisetas, un pantalón vaquero y su ración de maría y papelillos para liarse unos cigarrillos que fumaba no con adicción sino desconcertante filosofía.

Cuando lo dejaba en su habitación de la ciudadela y regresaba a casa pensaba que Bob era demasiado transparente para resistir el paso implacable del tiempo.

Un día, en el que junto a dos amigos fuimos a visitarlo, la señora que vivía al lado nos comunicó que se había ido.

- ¿A dónde?, le preguntamos.

La señora se encogió de hombros y volvió a lo que estaba haciendo, un poco harta de aquellos tres chavales. Uno vestido con parca verde olivo, el otro con una chupa de cuero y peinado rockero y el tercero como un modernillo que ya entonces empezaba a ponerse de moda.

No he vuelto a ver desde ese día a Bob. Pero cada vez que escucho a Bob Marley o me hablan de reggae e incluso de las acotadas y vigiladas playas jamaicanas solo para disfrute del turismo extranjero, recuerdo a Bob sentado en la habitación de la ciudadela mientras lo ilumina la luz amarilla de la bombilla que cuelga del techo y desgrana con voz serena su discurso sobre la nueva Babilonia.

El humo de la hierba desdibuja su cara y nosotros, los que lo escuchamos, reímos como discípulos traviesos y algo colocados.

No sé cuanto tiempo transcurrió desde que Bob se fue sin decir nada cuando otra noche me tropecé con otros dos rastras chicharreros que se empeñaron en contarme que vivimos en “la nueva Babilonia, tío…” y en la esperada llegada de Haile Selassie para poner orden ante tanto desorden.

Pero ya conocía la historia, y la velada se interrumpió abruptamente cuando una pareja de policías nacionales nos exigió –no solicitó– nuestros respectivos carnés de identidad.

La verdad es que no sé porqué escribo todo esto, pero digamos que es una forma a través de la cual liberar recuerdos que creía dormidos y que hoy se han despertado al conocer que este mismo día, pero en 1981, falleció el original Bob Marley.

Un músico que no forma parte de mi lista de favoritos pero por el que siento simpatía. No tanto por sus canciones sino por lo que influyó en aquellos tres personajes que conocí en unos años donde salir a la calle significaba tropezarte con gente así.

Sin malos rollos. Solo ganas de hablar y soltar su discurso sin pretender convencer a nadie.

Es inevitable por eso que lo compare ahora con estos tiempos en lo que lo más inteligente que me cuenta un conocido es el dinero que está ganando y otro, mientras pega chillidos como si pretendiera hacerse oír –no que lo oigan– defienda la reencarnación de los cangrejos como verdad suprema.  

Arrugo el ceño y pienso entonces que Bob tenía razón.

Solo que se adelantó en el tiempo mientras viajaba en la alfombra mágica de la maría: Ya habitamos la nueva Babilonia, solo que no me creo que el espíritu de Haile Selassie descienda sobre la tierra para poner orden entre tanto desorden organizado.

Sea como sea, recibe amigo Bob –esté entre los vivos o entre los muertos– un invisible pero fortísimo abrazo desde este lado del ordenador.

El desorden de un día

Viernes, Abril 5th, 2013

El cuaderno de tapas amarillas lo encuentro en la trasera de la Plaza de Toros, delante de la puerta donde antes se encontraba un pub que se llamaba Arena, lugar de reunión hace años de noctámbulos extremos.

Si me inclino para recogerlo en porque no tengo nada mejor que hacer en una mañana en la que espero una llamada que no se producirá cuando termine el día.

Mientras cruzo la calle para sentarme en uno de los bancos de la plaza de la Iglesia, un coche a toda pastilla casi me atropella en el paso de peatones. Una señora mayor que pasea al perro le grita ¡malcriado! al conductor del automóvil que desaparece como una centella rumbo a Salamanca.

Con el corazón galopando, llego a la plaza y a la sombra de las ramas de un árbol frondoso abro el cuaderno y leo, en una letra pequeña, apretada y casi infantil, lo siguiente:

“En la barra de un bar alguien le cuenta que Francisco Pimentel le mostró a sus compañeros de Fetasa el argumento de su primera y única novela en varias hojas de papel que todos elogiaron pero pasado un mes, o dos, o quizá tres de aquella lectura y cuando alguien le preguntó si la había finalizado, Pimentel respondió afirmativamente con un “Ya está escrita… en mi cabeza.”

Sin embargo, esa novela que tuvo en la cabeza el autor de los artículos de Santa Cruz, la nuit nunca se publicó, cuenta un tipo de la barra que pide otro vaso de ron.

Por el contrario, prosigue, Eliseo Izquierdo narra en su Periodistas canarios, siglos XVIII-XX que Pimentel sí que llegó a escribirla aunque arrojó el original al cubo de la basura donde sus páginas terminaron mezcladas –no lo dice Izquierdo sino yo, subraya el hombre que bebe ron– entre latas vacías de sardinas, cáscaras de papas y piel de plátanos.

Mientras observa al hombre que pide otro vaso de ron, la anécdota que acaba de contarle no deja de resultarle agria y también divertida.

Por un lado, lamenta que no pueda jamás leer esa novela que supuestamente tuvo en la cabeza o que supuestamente tiró al cubo de la basura Pimentel.

Por otro, quiere entender que ese acto estuvo dictado por franca indiferencia ante lo que significa literatura o bien por respeto al trabajo que realizaban en aquel entonces los otros miembros de ese grupo literario que ‘al menos a este lado de las islas están más allá del bien y del mal’, concluye el tipo del ron, quien luego eructa y se alisa el pelo frente al espejo que está justo detrás de la barra del bar.”

Paso las hojas del cuaderno amarillo. La mayor parte está en blanco hasta que me tropiezo con el siguiente fragmento:

“Esto le hace pensar en otra novela que nunca leerá. El hombre del ron pronuncia un nombre: Antonio Bermejo, quien obtiene con la novela La lluvia no dice nada el premio Benito Pérez Armas aunque su original se perdió.

Desapareció no se sabe la razón.

Que el manuscrito forme parte de la leyenda le hace pensar en Malcolm Lowry. Lowry perdió también el original de Bajo el volcán, original que, cuenta la leyenda, reescribió gracias a una memoria en aquellos días demasiado empapada en alcohol.

Piensa que la vida de Antonio Bermejo supera a su propia leyenda como escritor.

Dicen de él que fue un excelente hombre de ciencias exactas pero que se decantó por la vida bohemia que es una ciencia inexacta.

Durante un tiempo vive en una de esas cuevas que salpican los barrancos que atraviesan la capital donde se encuentra. Y sabe, no sabe el porqué lo sabe, que Bermejo fallece un día de mayo de 1987.

Una extraña coincidencia, porque hoy es también un día de mayo, pero de 2013.”

¿Un día de mayo de 2013? pienso extrañado mientras aparto la mirada del cuaderno de tapas amarillas. Sacudo la cabeza y vuelvo a depositar la mirada en las páginas del cuaderno.

“La carcoma del perdedor le sube por la garganta cuando se detiene frente a la ruinosa fachada del antiguo templo masónico de la calle de San Lucas. 

Es un día extraño. Confuso, algo pedante también. Pero de una pedantería triste, como esas incómodas nubes oscuras que salpican el azul del cielo.

Camina por la ciudad esperando una llamada prometida que no suena y traga saliva. Y se le quitan las ganas de leer mientras se apoya en la barandilla de un puente y asoma la cabeza y se pregunta, tras barajar muchas ideas locas, si en algunas de esas cuevas que ve abajo residió alguna vez Bermejo.”

Levanto una vez más la mirada del cuaderno de tapas amarillas, más confuso si cabe de cuando la abrí. Un ligero escalofrío recorre mi espalda.

Primero esa fecha adelantada en el tiempo: un día de mayo de 2013. 

Luego que el autor de esas páginas espere una llamada como yo, que a estas horas de la mañana ya doy por perdida pese al anhelo que me devora por recibirla. 

Paso las páginas que restan, pero la mayoría están en blanco.

Las que no, muestran extraños símbolos que dan algo de viruje.

Será porque no los reconozco. 

Me levanto del asiento de piedra y atravieso las rambla con rumbo incierto.

Quiero pensar que como un barco a la deriva que se mezcla con otros barcos a la deriva que circulan en esta capital de provincias que se sume en su ya típìca, antipática, pegajosa soledad.

Miro el móvil y no registra la llamada que espero.

Miro entonces al cielo y tengo una revelación.

La lluvia nunca dice nada.

Dejo en una esquina, en la que rebosa la basura de las bocas abiertas de varios contenedores, el cuaderno de tapas amarillas. 

Saludos, el desorden de un día, desde este lado del ordenador.

Los euros nunca caen del cielo

Sábado, Marzo 9th, 2013

Creo que el centenar de personas –así informa un despacho de la agencia Efe– que este viernes, 8 de marzo, sacaron dinero de esos contenedores que responden al nombre de cajeros automáticos tuvieron que ser codiciosamente felices no solo por el puñado de euros que, presuntamente, daba la máquina sin computar en su cuenta corriente, sino también porque en unos momentos debieron de sentirse como ese desgraciado al que un día le toca la Lotería.

Leer la noticia no ha dejado sin embargo de conmoverme en estos tiempos que corren. Pienso, de hecho, que es un tema excelente –ese de largas colas frente a un cajero automático porque, supuestamente, regala dinero– para ser llevado al cine por la tribu de los leves que son, duela a quien duela, los únicos que han seguido haciendo cine en Canarias; como al gang de escritores que espero no pierdan el tren de fusionar su obra a la excéntrica y esquizofrénica realidad que nos ha tocado vivir como protagonistas.

El otro día un amigo que no pierde sus ojos asombrados me dijo: “lo lees todo, lo ves todo, no paras…”

Pero no había asombro en su voz.

- Si no es por esas películas, por esas lecturas, hace tiempo que se hubiera cortado las venas.- le respondió otra voz que no era la mía.

Mientras tanto imagino las supuestas largas colas frente al cajero automático que, dicen, escupe dinero gratis.

Las entusiastas conversaciones que se generan mientras se espera.

Lo que imaginan los que no hablan.

El cajero automático que vomita dinero gratis.

- ¿Cuánto has sacado?

- Seiscientos euros. La puta máquina se ha vuelto chalada. Mira el estracto. ¡Continúo en números rojos como hace meses…!- carcajada infernal.

Le muestro a la persona que más quiero en este planeta la pitillera Chesterfield, porque ahora fumo Chesterfiled como si fuera un Phillip Marlowe de provincias.

La persona que más quiero en el mundo la observa, la mira por delante y por detrás. Abre la caja donde descansan los cigarrillos que pronto se convertirán en humo.

Lee las advertencias que tanta puta gracia le hace al fumador.

Fumar mata.

Fuma perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor.

Fumar mata.

Detrás de la cajetilla las divertidas imágenes gore.

La de una colilla flácida.

O la de una garganta abierta en carne viva.

O la de un pulmón hecho una pasa.

O la de una pandilla de espermatozoides que han dejado de ser fértiles hasta llegar a la que más me gusta:

un rostro mujer cuyo doble es un cráneo porque “fumar provoca el envejecimiento de la piel.”

La persona que más amo en el mundo me mira a los ojos.

- La pitillera es bonita… pero fumar mata.

El tipo que sacó seiscientos euros se lo gasta en botellas de ron y en invitar a unas chicas que no se creen que le haya tocado los Ciegos, como grita a quien le quiera oír.

Entonces, uno de sus amigos le pide dinero para comprar polvos para la nariz y otro costo, porque tiene acento peninsular; y el de más allá, al que apenas conoce: ¡otra ronda!

La noche es joven y por una vez los billetes engordan su cadavérica cartera.

Veo en casa Gettysburg.

Es probable que a casi nadie le diga nada ese nombre ni esa película, pero me emociono al volver a verla.

Y no porque sea una película que te llevarías a una isla desierta sino porque esa batalla está dentro de tu cabeza desde que tienes uso de razón.

Para otros será Waterloo, Stalingrado, Las Termópilas, Lepanto, La Matanza/Victoria de Acentejo. Yo-qué-sé.

El tipo de los seiscientos euros, jarto de coca y alcohol, sale del pub a cuatro patas.

Su cabeza apenas responde.

Dentro de ella se cruzan mensajes que no terminan por aclarar.

Uno de ellos le informa que de los seiscientos euros debe de quedarle como la mitad.

Una de las chicas sale del pub.

La piba parece preocupada por su estado.

El tipo intenta hacer equilibrio sobre la acera mientras la cena sube por la boca de su estómago hasta su garganta.

Mientras vomita, observa por el rabillo del ojo como la chica da dos discretos pasos hacia atrás y se mete en el mismo pub donde suena una música escandalosa e inquietantemente militar.

Chumba, chumba, chumba…

Esta mañana aproveché para dar una vuelta por la ciudad.

El cielo permanecía encapotado y eso me cabreó.

- Va a llover.- me dijo un policía.

No, no va a llover, pensé.

Los euros nunca caen del cielo.

Saludos, pues va a ser que no,  desde este lado del ordenador.

Con-fusión

Jueves, Marzo 7th, 2013

I.-

En uno de mis tradicionales paseos por el lado salvaje de la ciudad, que aún existe aunque boquee como un pez sacado del agua, paseo con una idea fija en la cabeza mientras de oscuros zaguanes me invitan a entrar voces de todos los sexos conocidos, así como evito dando saltos ridículos los charcos que salpican una calle estrecha y por la que solo puede circular un automóvil que justo en ese momento, cuando un tipo embutido en un abrigo grueso que se va a tropezar conmigo, desaparece como por encanto cuando de un coche que se desliza a mi lado irradia una luz azulada y suena el canto de una sirena.

Veo dentro del vehículo el rostro malencarado de un hombre que me muestra una placa donde se lee policía y me ordena con un gesto que me pegue a la pared para que el coche pueda continuar con su patrulla en este extraño callejón donde todo lo que se promete tiene un precio.

¿Un precio?

Continúo con mi paseo mirando a un lado y al otro.

Las mismas voces que escuché momentos antes vuelven a sugerirme experiencias desde los zaguanes oscuros cuando me doy de bruces con el hombre del abrigo que nada más verme me muestra un disco y sonríe enseñando los dientes ennegrecidos por la nicotina.

- ¿El conseguidor?- pregunto mirando a un lado y al otro.

El tipo asiente y me entrega el disco, una copia pirata con la tercera temporada de Boardwalk Empire anuncia escrito en tinta azul sobre su superficie circular y plateada.

- ¿Cuánto?- digo tragando la poca saliva que me queda.

La boca del hombre se transforma en una mueca y murmura una cantidad que, inevitablemente, tengo que negociar hasta alcanzar un acuerdo.

- ¿Se trata de la versión original con subtítulos en español?- susurro.

- Doblada, nadie es perfecto.- responde el hombre del abrigo al que se tragan las sombras del callejón.

II.-

El tranvía me deja cerca de casa.

Salto a la calle donde me abraza el calor húmedo de la noche africana y llego a la cueva donde con mano nerviosa pongo el disco en el deuvedé mientras me dejo caer en el sofá.

III.-

Me hago un lío con el orden de los episodios, pero pulso el que pone primero dándome cuenta que asesinan a uno de los protagonistas que, caramba, reaparece en el episodio que dice segundo vivito y coleando. Me doy cuenta al llegar al capítulo cuarto que es supuestamente el primero porque en mi cabeza se mezclan acciones pasadas con presentes, y presentes con pasadas porque no hay orden sino un desorden que obliga a que mi mente trabaje y dé algo de coherencia a un relato que parece que quiere jugar conmigo a la Rayuela.

Creo, me digo a mi mismo, que lo que aquí figura como tercer episodio debe ser el segundo y el cuarto, el primero, y el tercero, el sexto, y el quinto, el tercero…

Un lío que se me antoja delicioso por su caos, al obligarme a reconstruir una y otra vez historias que observo sin orden ni concierto y en las que, como ya digo, personajes que mueren, reaparecen vivos y coleando en el siguiente episodio por lo que las estrategias para hacerse con un cargamento de alcohol ilegal o quitarse de en medio a alguien inoportuno pasa a segundo plano porque ya tuve noticia de ellas antes de averiguar cuál fue su origen.

He aquí la clave de este aparentemente confuso visionado: el antes es después y el después es antes.

En contra de lo que pudiera parecer, ver de esta manera Boardwalk Empire ha sido como un ejercicio intelectual. Algo así como comenzar a leer un libro por la mitad y luego continuarlo por el final para terminar con el principio.

El notable esfuerzo para dar coherencia a lo que solo parece un aparente caos ha sido, en este caso concreto, divertidísimo y extraño a la vez. Casi como si empezara la casa por el techo, o armar un rompecabezas por el final.

Un proceso en el que te preocupas por darle inquietante coherencia caótica a esa estupenda serie de televisión que es –doblada o en versión original– Boardwalk Empire.

Saludos, con-fusión, desde este lado del ordenador.

¿No es carnaval?

Viernes, Febrero 15th, 2013

Tras salir del dentista algo me cuenta que la ciudad vive en carnavales.

Eso cantan los escaparates de las escasas tiendas que todavía se resisten a  cerrar pese a la crisis que hunde la ciudad en la que vivo.

También, qué cosas, que a mi lado cruce gente disfrazada de gatitos, enfermeros, soldados, extraterrestres, policías y de tipos con albornoz que me hacen recordar a Hugh Heffner, el envidiado libertino capitalista fundador de la revista Play Boy.

Pero no.

Porque a los malandros les falta la pipa de la paz.

En una esquina de una de las calles más transitadas de la capitá me encuentro a un tipo subido a una columna que grita para a todo aquel que quiera escucharlo.

El disfraz me parece original y hay un grupo de personas que deben pensar lo mismo porque lo rodean.

Unos turistas, incluso, le arrojan monedas.

- ¡¡¡Soy Simón, el del Desierto!!!- suelta con voz aguardentosa el que está arriba de la columna para darse a conocer….

Me detengo y pienso que solo hace fatal un demonio con forma de la venerada Silvia Pinal para que lo y me tiente cuando de pronto el que va de Simón señala…

- ¡Esto es solo el principio del fin del mundoooo!

Saco un cigarrillo y lo enciendo con mano temblorosa.

- ¡¡¡Er meteorito, er Papa que se va… ¡Señales!, ¡Señales!.- grita el que va de Simón cada vez más metido en su papel.

- Tamos condenados…. ¡Er fin!.- sentencia.

A muchos que están junto a mí les aburre la broma y se marchan a buscar algo más interesante por otro callejón de los presuntos milagros.

- ¡¡¡Pibe, tómate un ron!!!.- le grita un caminadelado.

-Vétete y haz mala vida.- responde otra voz, afeminada.

- ¡¡¡Olvido Hormigos deja la política para concursar en un programa de televisión!!!- exclama el que va de Simón.

- ¿Olvido?.-me pregunta una chica que está a mi lado.

- Sí, mujer, la ñora que…

- Hugo Chávez Frías vive…- grita ahora el que va de Simón del desierto.

- Y en Portugal le cantan a sus diputados el himno de la Revolución de los Claveles.- suelta un caballero bajito que quiere ir de rojo.

- Pollo, deja de hacer de Colón y tómate una garimba.- le suelta un pibe que está a mi lado y  al que le gusta dejar claro que es de barrio.

- ¡¡¡Esto solo es el principio del fin del mundoooo!!!

-Si lo ves, díselo a Paulinoooo.- contesta alguien.

El que va de Simón continúa aullando.

Dos chicos y una chica disfrazados de pitufos hablan de cine tomando cubalibres mientras hacen que ven y que escuchan al que va de Simón del desierto.

- Según la Soraya el cine debe ser lo principal en los Goyas.

- ¿La Saroya?, ¿los Goyas?

- Sí, coño, esos premios en los que cada vez se habla mejor inglés.

- Es más bonito el alemán.- opina la chica que debió de estudiar en el Colegio Alemán.

- Pues follón.- dice el otro pibe mezclando el ron con cola.

Y como oyente pienso en La mandrágora, la novela de Hans Heinz Eiwers que justo en ese momento llevo bajo el brazo.

El que va de Simón del desierto sigue desgañitándose desde su inestable altura hasta que veo, entre la gente que sube y baja, a un tipo vestido de demonia.

- Chacho, déjalo ya… Arranca pa’ya.- le grita desde su sólida bajura.

- ¿El fin del mundo?.- duda entonces Simón.

- Que te calles.

- ¿Pero no es carnaval?.- grito a quien quiera oírme.

Saludos, duermo, luego estoy despierto, desde este lado del ordenador.

Cada domingo, cuando me despierto…

Domingo, Diciembre 30th, 2012

“Hay mayor número de metástasis en la culpa que en el mismo cáncer.” (El fantasma de Harlot. Norman Mailer)

I.- ESCUCHO GLORIAS AL SEÑOR

Me pregunto si año nuevo vida nueva mientras escucho los cantos de los evangélicos debajo de mi cueva. Han instalado en un localcito los evangélicos un templo donde todos los domingos les da por rezar a partir de las nueve de la mañana. Son algo así como un reloj, mientras parecen invitar a este aprendiz frustrado de Lucifer a que se una a la fiesta. A los cánticos de Gloria a Dios, no a adiós…

Adiós… Adiós… Gloria a Dios…

Cuando duermo en la cueva siempre me despierto la mañana de los domingos con la banda sonora de los evangélicos. Y no cantan mal, que conste en acta.

De hecho, mientras miro al techo pensando en si en levantarme o en cerrar los ojos e intentar recuperar el sueño perdido pienso en tres películas donde sacerdotes de pacotilla se meten en el bolsillo a sus feligreses que podríamos ser todos en estos tiempos enfermos.

II.- HAGO UNA LISTA INEVITABLE

Primera película, El fuego y la palabra. Está basada parcialmente en la novela Elmer Gantry de Sinclair Lewis, que es un escritor que me pegó fuerte. Además, dicen que fue el primer norteamericano en recibir el Nobel de Literatura.

Carajo.

Lewis se caracterizó por escribir novelas generosas en páginas. La película dirigida por Richard Brooks solo recoge un trozo, el más apetecible del libro original. A mi juicio, la versión cinematográfica es, por una vez, infinitamente mejor a la novela.

Segunda película, Sangre sabia. La dirige John Huston cuando entraba en el crepúsculo de su carrera y a mi me sigue pareciendo uno de sus trabajos más interesantes y una cinta que los levelistas –gente que debe rodar un musical con canciones leves a lo largo de este 2013 que nos espera a partir de mañana– ver de rodillas mientras reza el Rosario.

Por una vez, y sin que se entere nadie, los levelistas pueden prescindir de la obra que dio origen a esta extraña, mefistofélica y necesaria reflexión sobre el pecado que es Sangre sabia.

Tercer título, Touch. No sé el porqué, pero las novelas de Elmore Leonard no gozan de buena aceptación entres los lectores negro criminales. Debe ser cosa de que el señor Leonard vende y que lo suyo, como también hizo con las novelas del oeste, es adaptar las claves del género a su manera de entender las cosas que, siempre, resultan la misma aunque los escenarios resulten diferentes.

En Touch, la película que dirige el casi siempre interesante Paul Schrader, un hombre que hace milagros es utilizado por unos y otros.

Por otros y por unos…

Pienso en estas tres películas cuando los evangélicos me despiertan las mañanas de domingo que duermo en la cueva.

Me visto. Tomo café y me contemplo en el espejo con el runrún de Gloria al Señor que está en los cielos y me enfrento a una calle donde veo a los miembros de esa iglesia salir con una sonrisa indescriptible, no sé si beatifica, dibujada en los labios.

Confieso que me da miedo entonces que mi mirada se tropiece con la de algunos de ellos.

No sé si temo que me señalen y griten ahí va un discípulo de Satanás o que me intenten convencer de las bondades de su revelación. 

III.- EL TESTIGO DE JEHOVÁ 

Tuve un amigo hace muchos, muchos años, con el que compartí experiencias muy golfas y al que al cabo del tiempo dejé de ver por eso de que las amistades golfas si no se cultivan se vuelven elásticas, como un chicle.

Un día, paseando por la plaza de Weyler –es curioso como recuerdo algunos hechos banales de mi olvidadiza existencia y como se borran otros que, seguro, pudieron marcarme– tropiezo con él y la reacción inmediata es la de darnos un abrazo.

Él va trajeado y lleva un libro bajo el brazo.

Le pregunto que cómo le va.

-Soy pastor de los Testigos de Jehová.

- Vaya.- exclamo.

Se ajusta el nudo de la corbata barata mientras me enseña la solapa del libro.

La Biblia.

- No echas de menos… ya sabes.- tartamudeo.

-Ahora soy un hombre nuevo.- responde.

En ese momento la conversación queda muerta.

No nos damos un abrazo.

Ni siquiera las manos. 

IV.- A LOS MORMONES 

Bajo al Rastro tras escabullirme de los evangelistas. Pienso, también, en otro amigo que fue pastor de los mormones.

Por su apariencia reconocerán a los mormones.

Los que hacen misión suelen ir en pareja con camisas blancas, corbata y pantalones negros que recorren las calles de ciudades aparentemente descarriadas como la que me encuentro.

Cuando te asaltan, hablan en un castellano con acento anglosajón para convencerte de su verdad.

Hace tiempo leí en un libro extraordinario, uno de esos títulos de cabecera en mi caótica biblioteca, la historia de los mormones.

Intenté de hecho leerme El Libro de Mormón pero no pude pasar de unas pocas páginas.

Suelo contarles toda esta milonga a los vitaminados mormones con los que me tropiezo.

Que si Jonh Smith, que si más tarde Brigham Young, que si la larga trayectoria por el desierto hasta encontrar la tierra prometida en la ciudad del Lago Salado… Que si uno puede tener no sé cuántas mujeres y esas cosas…

Los geyperman de Utah, educadamente, me apartan entonces a un lado y me dejan flotando como una ameba en la avenida de la ciudad en la que habito.

Mi amigo, el que fue pastor mormón, dejó de serlo porque se cansó. Nunca jamás, sin embargo, me habló mal de aquella experiencia mientras tomábamos cervezas en uno de aquellos bares corruptos y siniestros que tanto hecho de menos en la ciudad en la que vivo.

Llego al rastro con el Gloria a Dios y todo eso sonando dentro de mi cabeza. 

V.- MI RELIGIÓN

Rebusco entre los libros, pero hay demasiada gente y uno tiene que hacerse paso dando codazos entre la marabunta… ¿Dónde estás, Eleanor Parker?

Encuentro La romana, de Alberto Moravia.

La portada me alegra la vista: Gina Lollobrigida en la estupenda película dirigida por Luigi Zampa basada en la novela de Moravia.

En otro puesto de libros desordenados, revueltos, como si se trataran de la mercancía que es, descubro Vidas, aventuras y peripecias del famoso capitán Singleton, de Daniel Defoe.

Defoe es uno de esos escritores que me salvan, como puede salvar el Gloria a Dios que cantan los evangélicos, en los momentos malos, bajos, de esta extraña vida en la que hago que camino.

Camino y camino por el rastro.

Un rastro repleto de paseantes que, algunos de los que tienen puestos, aprovecha para elevar ligeramente los precios de la mercancía que expone.

- Dos euros.- Le dice una señorita a un caballero con mirada perdida.

- Eso es muy caro.

- Lo que tengo aquí no lo encuentra en ningún lado.

Paseo y paseo con mi Moravia y mi Defoe bajo el brazo. 

VI.- LOS QUE VAN DE CIENCIÓLOGOS

Luce un sol espléndido. Casi parece un día de verano aunque hay un viruje tremendo.

Tremendo.

Subo la rampa que me lleva a la cueva cuando pienso en un amigo que tuve en Madrid y que se murió al estamparse con su ciclomotor contra una furgoneta.

La noticia salió en los periódicos.

Recuerdo, de hecho, haber leído una reseña del accidente en el hoy desaparecido diario Ya.

Aquel amigo pertenecía a lo que se conoce como iglesia de la cienciología. Esa iglesia en la que, entre otros, pertenecen John Travolta y Tom Cruise.

La madre repartió entre todos sus amigos los libros que formaban parte de su biblioteca.

A mi me tocó Dianética, escrito por el fundador de este movimiento, Ronald L. Hubbard; y Gilles, de Pierre Drieu La Rochelle.

De Dianética no saqué nada en claro salvo lo que su autor denomina engramas pero no me pregunten qué demonios son los puñeteros engramas.

De Gilles casi escribo hasta un poema.

Debe ser cosa de la atracción que siento por los malditos.

VII.- HASTA REGRESAR A LA CUEVA CON UNA IDEA 

Regreso a la cueva, cansado y con dolor de cabeza.

Así que pienso que ha sido extraño este último domingo del 2012.

Me pregunto, mientras tanto, si tendré déjà vu el primer domingo del 2013.

¿Me levantaré con los mismos cánticos que dan gloria al Señor?

¿Repetiré la lista de películas?

¿Navegaré rumbo al rastro?

¿Escribiré estas sensacionales sensaciones en el blog?

Me da un escalofrío.

Y no es de miedo, precisamente. 

Saludos, cosas del fuego y la palabra, desde este lado del ordenador.