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Felices ¿fiestas?

Lunes, Diciembre 24th, 2012

Me siento como Charlton Heston en Cuando el destino nos alcance mientras doy una vuelta por un centro comercial en el que suena de fondo un hilo musical que apenas serena a la marabunta porque, cuando ruge la marabunta, no hay Charlton Heston que valga sin Eleanor Parker a su lado.

Descubro algún rostro conocido entre la masa de rostros anónimo que se cruzan en mi camino pero antes de hacer algún movimiento apuesto por el síndrome Bartebly.

El de “preferiría no hacerlo.”

Me confundo entre los miles de rostros anónimos mientras me llegan ramalazos de  conversaciones (¡compra los langostinos!); gritos (¡Yeray, tate quieto!) y sobre todo el asombro en la mirada de niños y niñas.

No ven ven más allá de las piernas de los adultos.

Esos mismos adultos  a los que  invade el espíritu de la Navidad.

Naaavidaaad…

Vivo en una tierraaaa donde suenaaa el támbooor…

Durante todo el trasiego, dando codazos para hacerme un hueco, no dejo de pensar en un título del hoy olvidado Bukowski: La senda del perdedor.

Me pregunto mientras hago que veo libros y discos que venden al lado de bolsas gigantes de papas fritas, si encontraré algo que me espabile, que me distraiga de esta envolvente, empalagosa sensación de que pese a todo el chou debe continuar.

Klaatu se me apareció ayer en sueños.

“¿Eres de este mundo”

“¿Cuál es mi mundo?”.- pregunté.

El caso es que al abrir los ojos noto la mala hostia de haber tenido un mal sueño por eso me distraigo ahora en el centro comercial donde un tipo disfrazado de Papa Noel exclama un jo jo jo tan falso que da pena verlo, inclinado y mientras intenta entregarle un puñado de caramelos –¿Tirma?, los ladrillos de azúcar que siempre saben igual y que inevitablemente se quedan pegados en tus muelas– a una niña demasiado inteligente para su edad.

La niña huye aterrorizada.

Pero sus padres insisten con tirones en que coja los caramelos y de paso

- Dale un besito.

Una ñora habla, para hacerse oír, dando chillidos por el móvil mientras observa la escena.

La marabunta se traga a la ñora.

Una marabunta que entra y sale de un centro comercial que ha instalado un portal de Belén en la entrada.

Me detengo, pasa la gente a un lado y al otro, frente al portal de Belén.

Me fascina, pobre de mí, las representaciones de los portales de Belén.

En general todo lo que antaño se llamó maquetas y más tarde diorama.

Es decir. los que promocionaban colonias de adosados en los tiempos de vacas gordas.

Ya saben.

Y si no saben…

Que les den…

El fantasma de Klaatu me pide prudencia.

- Es algo normal.- le digo para quitarle dramatismo al asunto.

- ¿Normal? – responde Klaatu dándome cogotazos.

Permanezco como un náufrago, rodeado de personas a las que no conozco, mirando un portal de Belén en el que artesanos y pastores dan una resignada visión del trabajo en la que no viven los Reyes Magos de Oriente, que se acercan por un extremo de la recreación al establo.

Y mucho menos Herodes.

Un Herodes que debe estar encerrado en ese castillo colocado en una montaña de cartón y cuyas puertas custodian dos figuritas de barro vestidas de romanos.

Entonces siento como la ira sube de las piernas hasta mi garganta.

Y cierro los puños y hundo las uñas en las palmas de las manos mientras el fantasma de Klaatu me dice que me relaje, que “la reacción es lógica.”

Ahora quiero ser Godzilla.

Un chorrito de agua sale de una pequeña fuente instalada en uno de los lados de este gigantesco y apretado portal de Belén.

Pero no escucho el rumor del agua por el vocerío caótico que hay a mi alrededor.

El daño que me estoy haciendo en las manos me devuelve, sin embargo a la cruda realidad.

- ¿Paga en efectivo o con tarjeta? Nos queda poco cambio, mi niño.- me devuelve a la cruda realidad la voz chillona de una señorita que tiene la edad de quien podría ser uno mis hijos no reconocidos…

- En efectivo.- respondo sacando la cartera.

Al rato aparece una jamona que se desliza por el suelo con patines.

- ¿Quiere bolsa?

- Como que sí.- le contesto.

- Gracias por su visita.- recita la niña distribuyendo el efectivo de la jamona en los distintos cajetines de la caja registradora.

Me confundo con la marea humana….

Rostros anónimos a los que me sumo.

Caminando a un lado y al otro del centro comercial.

Por el hilo musical suena un villancico: Peces y peces vuelven a beber…

Quiero ser Godzilla.

Klaatu dice que la reacción es “lógica”

- ¿Lógica?

- Feliz Navidad.- grita otro tipo vestido de Papa Noel.

Saludos, ¡¡¡Gort, haz de una vez tu trabajo!!!, desde este lado del ordenador.

El ‘chou’

Sábado, Diciembre 1st, 2012

I.- LA ESPERA

El hombre se ajusta las gafas sobre la nariz mientras limpia con un paño grasiento la barra del bar. Lo recordaba más gordo y con un bigotito pero tras meses de baja ha regresado delgado y como recién afeitado.

Cuando se aproxima a mi lado, ramalazos de loción Floyd entran sin que nadie les haya dado permiso por mis orificios nasales que por esto del tiempo –deprimente, pluvioso–  no dejan de moquear.

Pido una cerveza fría y atrapo un puñado de millos de un platito que me llevo a la boca y mastico. Las muelas parecen querer pedir clemencia, pero hago poco caso porque como ya no se puede fumar dentro de un bar lo mejor que se puede hacer mientras pasa el tiempo es comer millo tostado y salado.

El chou debe continuar musita en un rincón del bar Patricia, que últimamente está sola. Ya casi nadie se acuerda de ella, quizá eso explique que se haya acostumbrado a vivir en su propio mundo. Encerrada en un pasado en el que no faltaron viajes, estrenos por todo lo alto –incluyendo siempre la alfombra roja, hoy bastante raída–  y la sensación de que estaba haciendo historia mientras repartía el dinero que no era suyo entre los que le hacían cosquillas.

Como todo bar que se precie, éste en el que me encuentro se caracteriza por su ambiente frustrante y frustrado. Casi parece que se puede coger entre las manos la desesperación, como si flotara en el aire.

Rompe mi tranquila meditación Alberto cuando coloca la botella de cerveza sobre la barra. Le pido un  vaso. Me mira unos segundos intentando recordar si me conoce de algo y tras sacudir la cabeza da media vuelta y se inclina y saca de un armario color violeta una jarra en la que se puede leer en letras descoloridas D R DA.

Encima de la máquina del millón, inservible, un retrato de Paulino Rivero me vigila. A la izquierda de la máquina del millón está la entrada a los cuartos de baño, un arco que conduce a un estrecho pasillo y a otra puerta que siempre permanece cerrada, y de la que sale un tufillo que se mezcla con el de la mierda que se escapa de los aseos de varones y hembras.

II.- AS TIME GOES BY

Acabo con los millos y saco el móvil con la esperanza de encontrar una llamada perdida, un mensaje en el buzón de voz, un ese eme ese o un WhatsApp, pero no hay nada.

Nada de nada.

Así que la espera se hace lenta, un poco más en el garito donde he quedado con el cineasta que esa misma tarde, con una voz enloquecida, me pidió que quedáramos en ese bar porque es el único sitio donde puedo sacar algo para poner en marcha mi proyecto.

Mirando a un lado y al otro me pregunto que de dónde va a sacar dinero en un sitio así, pero si él lo dice por algo será.

Por la puerta entra un viejo conocido que no me saluda.

Lo llaman Cristóbal y lleva clavada en una de las solapas de su chaqueta un pin de la bandera canaria. Supongo que con las siete estrellas verdes. Cristóbal, que me ve y desvía los ojos, se mete en el pasillo que conducen a los apestosos cuartos de baño. Comienzo a morderme las uñas cuando Alberto, acercándose, me anuncia que a las doce de la noche comenzará el chou.

- ¿Chou?, ¿qué chou?

Alberto se lleva un dedo a los labios en señal de silencio y hace un gesto señalándome la hora en el reloj que tiene encima de la cabeza. Se trata de un reloj con la silueta del Roque Nublo que marca todavía las once de la noche.

Aprovecho para pedirle otra cerveza.

Cristóbal entra de nuevo en el bar subiéndose la bragueta y soltando una risa falsa mientras se sienta en una mesa ocupada por dos parejas algo horteras. Deben ser artistas, pienso.

III.- BUENAS NOCHES, TRISTEZA

En alguna parte alguien está friendo cebollas. Y me doy cuenta, a medida que avanzan las manecillas del reloj, que entra más y más gente en el bar que mal iluminan tres bombillas que cuelgan del techo.

Solo falta el ventilador de hélice para que me imagine que me encuentro en el bar de Barman. El Barman fue un personaje literario que escribió una vez un aspirante escritor de provincias. El sujeto nunca salía del bar y escuchaba resignado los lamentos de los demás detrás de la barra.

¿Qué habrán sido de aquellos relatos?, pienso por pensar en cualquier cosa. Cada vez más aburrido y cansado por la espera. A mi lado se sienta un tipo que dice es escritor mientras me da la mano.

Lleva las uñas pintadas de púrpura y una peluca. Dos globos quieren hacerse pasar por tetas en la estrecha camisa azul celeste que lleva puesta.

- Ya falta menos para el chou…- me dice mientras se empolva la cara.

Me encojo de hombros.

- Albertito ponme un brandy y al caballero otra cervecita.

Le doy las gracias al escritor travestido.

- Todo sea por la cultura.- murmura bebiéndose de un trago el contenido del vaso.- ¡Albertito, otra!

Abre el bolso que tiene sobre las rodillas y saca un número.

-Tengo el 20. ¿Y usted?

- El cero.- respondo intentando ser ingenioso.

- ¡Cómo!, ¿es que no tiene número?

Niego con la cabeza.

- Albertito, ¡pensé que esto era una fiesta privada!- le grita a Albertito, que baja la cabeza. Luego me mira furioso a los ojos, da media vuelta y me deja igual de solo que cuando llegué.

Alguien grita en el otro extremo del bar: ¡Ya falta menos!

Así que miro la hora en el reloj que cuelga en la pared y son las 23.30.

Mientras me tomo la cerveza me pregunto si no va siendo hora de que me levante y me marche de este antro.

IV.- ¡¡¡¡CON LAS MANOS EN LA MASA!!!

Decido tomar la decisión en el cuarto de baño y con las manos en la masa.

Tomar tanta cerveza tiene estos inconvenientes… Uno se pasa la mitad del tiempo yendo de excursión al cuarto de baño.

El olor resulta más insoportable de lo que imaginaba. La luz apenas ilumina las tres tazas que cuelgan de la pared. Descubro puntos que se mueven en lo que alguna vez tuvieron que ser azulejos blancos. Probablemente sean cucarachas. Como la gente que en el bar espera el puñetero chou.

Cuando regreso a la barra descubro al cineasta, que abre falsamente los brazos al verme.

- ¿Te han dado un número?- me pregunta nervioso.

Niego con la cabeza.

En su boca se dibuja una mueca de decepción.

- ¿Cuánto falta?- ladra histérico alguien.

- Calma sobrino, apenas queda diez minutos.- responde Alberto detrás de la barra.

Intento localizar la mesa de Patricia entre el gentío pero resulta imposible dar con ella entre tanta gente.

- ¿Y tú por qué has tardado tanto?- le pregunto al cineasta.

- Estaba afinando un guión. ¿Has visto la última de Kim-ki Duk?

- ¿Kinki qué?- grito para hacerme oír entre el gentío.

V.- EL CHOU

Pero antes de que me responda se apagan las tres bombillas tristes que  flotan en el techo. Y una voz ruge a través del aparato de megafonía: “Damas y caballeros… Al filo de la medianoche la única, la inigualable ¡¡¡Inés!!!!”

Aplausos, algo tibios la verdad para aguantar la espera.

Un cañón de luz ilumina una cortina de la que sale una pata de pollo enfundada en una bota alta y con poderosos tacones.

Alguien silba entre el público.

- ¡Tá buena!- exclama quien debe haber silbado.

Alucinado, como si me hubiera tomado un trip observo que de la cortina sale otra pata de pollo enfundada en una bota alta con poderosos tacones.

Me pregunto mientras apuro lo que me queda de cerveza  si tendré estómago para ver lo que promete ser una criatura lovecraftiana.

- La únicaaaa, la inigualable ¡¡¡mama Inés!!!- suena como un trueno la voz del presentador en toda la sala.

Y entonces, al contemplar la visión espectral que sale de detrás de la cortina, la jarra que llevo entre los dedos de mi mano izquierda se desliza y cae al suelo, donde se hace añicos.

- Ay, mama Inés.- ruge el público. Pero más como un mantra diabólico que con entusiasmo.

La señora Inés, que muestra lo que la imaginación podría suponer sus encantos en poca discreta ropa interior, camina seguida por el cañón de luz. En una de sus manos porta un látigo que hace mover a un lado y al otro mientras pone cara como de me gusta…

- Ay, mama Inés.- ruge como un mantra, no como una marabunta, la audiencia.

Mama Inés hace que baila mientras se acerca a una urna de cristal donde hay amontonados una serie de papelitos.

Chas, chas, exclama el látigo cuando corta el aire.

- ¡Silencio, por favor! Comienza ahora la ceremonia de selección de miembros del Observatorio Canario de la Cultura….- chilla el presentador por la megafonía.

Música de chácaras y tambores.

La mama Inés semi desnuda dando chas, chas se acerca a la urna de cristal.

- El 51.- grita tras leer el primero que ha sacado de su interior con mano enguantada en lo que parece pelo de cabra.

- Mío, mío.- dice una pija de cabello lacio y pinta de abogada de entre el público.

- El 20.- Pronuncia mama Inés mostrando una cosa rosa que sale de su boca y que entiendo debe ser la lengua.

- ¡Míooooooo!- grita el escritor travestido dando saltitos como una ranita.

Le digo al cineasta, que mira su papeleta con ojos desorbitados, que me voy a orinar.

Ni se entera.

Me hago paso a base de codazos hasta el estrecho pasillo donde el olor ya no me parece tan nauseabundo.

Cuando salgo me encuentro a mi amigo cineasta sentado en el taburete con la mirada perdida. Hay grititos en la sala y según compruebo las tres bombillas tristes están encendidas otra vez, aunque de mama Inés ya no hay ni rastro.

No hace falta que le pregunte a mi colega, ya que está rompiendo su papelito en cuatro mitades.

- Dos cervezas más.-ordeno y mando a Alberto, que ahora está dándole palmadas a su sobrino de enhorabuena.

A mi amigo, mientras tanto, le ha entrado una tos seca y escalofríos.

- Cómo voy, cof, cof, a demostrar ahora que soy mejor que Kim-Ki Duk, que Kiarostami, que… que…

- A beber que son dos días.- intento consolarlo.

- Patricia… ¿ónde está mi Patri?

Ahora suena en todo el bar y a todo trapo algo de Los salvapantallas. La gente corea la letra de la profunda y filosófica Borrachos hasta el amanecer.

- Vamos a tomarnos la penúltima en otro sitio.- le digo al colega.

- Albertito, Albertito otro brandi.- grita el escritor travestido que me mira ahora como quien perdona la vida.

- No.- tarda en pronunciar el cineasta.- Solo me queda un sitio al que ir.

- ¿Kim-Ki Duk…?

El cineasta se hace paso entre el gentío hasta entrar en el pasillo que lleva a los cuartos de baño.

Le sigo, como puedo, dando empujones.

Al entrar en el estrecho pasillo observo una fila de hombres y mujeres, entre los que se encuentra mi colega, que resignadamente hace cola ante la puerta cerrada.

- Ehhhhh.- grito para llamar su atención.

Ni caso.

Y solo entonces, cuando la puerta que estaba cerrada se abre llega hasta mí el espantoso olor de la miseria.

- Ehhhh.- repito pero con menos entusiasmo.

Entonces algo o alguien me golpea en la cabeza.

VI.- TODO CUANTO VEMOS PUEDE SER DISTINTO

Y cuando abro los ojos lo primero que siento es olor a petróleo que derraman los barcos atracados en el puerto.

Dos seguritas que juegan con sus porras se acercan hasta donde estoy.

Me duele mucho, ¡ay!, la cabeza.

-Circule.-me dice el que parece más joven.

Saludos, ¿esto es el fin?, desde este lado del ordenador.

Confesiones de un payaso: ¡Siguiente!

Viernes, Noviembre 30th, 2012

“Toda nostalgia es un fervor decaído.” (André Gide) 

Alguien me dijo una vez que en esta tierra si levantas una piedra salen tantos poetas como hormigas. La frase se ha convertido ya en un tópico, y podría extenderse a otras áreas creativas: si levantas una piedra volcánica te sorprenderá la cantidad de escritores, pintores y cineastas que salen de debajo corriendo como si fueran hormigas.

Desgraciadamente, y a los hechos me remito, la mayoría de estas hormigas con inquietudes artísticas terminan convirtiéndose en funcionarios, olvidándose de sus pecadillos de juventud, aunque hay otros, probablemente porque estuvieron en el momento justo y en el sitio adecuado, que lograron acariciar el sueño.

Escribo todo esto porque en contra de otras comunidades autónomas, en esta en la que vivo y con todos sus defectos, brota junto a los artistas y creadores gentes de buen y mal vivir que se dedican a escribir sobre lo que hacen ellos. Sobre lo que cocinan los que van de creadores y artistas.

Es verdad que casi siempre en un tono blando y amable, pero es  entendible si tenemos en cuenta que quien lo escribe es, por norma general, uno de sus amigos. O un conocido con algo de estudios.

Esta mañana, mientras tomaba un café con una amiga, se sentó a nuestra mesa un escritor lagunero con una pequeña bolsita donde llevaba ejemplares de su último libro publicado: una compilación de relatos que olían todavía a tinta fresca.

Después de pedir un vino, el escritor soltó una de esas verdades que también se han convertido en tópico en la tierra en la que vivo.

Se quejó de los grupos, las camarillas culturetas que se han acostumbrado a mirarse solo el ombligo y que solo se dedican a liquidar lo que hace la otra tribu.

Tribu  que cae en lo mismo: reírse de los defectos que hace quienes considera sus contrarios.

Le respondí entonces que si no fuera así no viviríamos en Canarias.

Mi amiga, sin embargo, fue de la opinión que es un mal que también sacude la conciencia de este país que aún me atrevo llamar a España, aunque cada vez más con la boquita pequeña.

Soy de los que cree, no obstante, que en islas esta forma de ser se amplifica porque habitamos un territorio demasiado pequeño, en el que casi parece que nos conocemos todos y en el que cada día parece que casi no cabemos todos.

Somos, además, espíritus domésticados.

Claro que, objetivamente, hay que tener en cuenta que la existencia en este archipiélago nunca ha sido fácil. Yo lo justifico –como quien no quiere la cosa– porque los primeros pobladores de Canarias tuvieron miedo al renunciar enfrentarse al mar.

También porque después de la conquista las islas fueron continuamente asaltadas por piratas que venían, precisamente del mar.

Y solo en los años treinta, cuando parecía que la paz podía ser una realidad tras la sangría de la I Guerra Mundial, un grupo de adelantados descubrieron que no todo lo que venía del océano tenía que ser malo. O invasor.

Esa gente, marcianos más bien, formaron lo que más tarde se conoció como facción surrealista de Tenerife. Facción a la que diezmó la inevitable Guerra Civil que dividió nuestros corazones y cuyo eco, ya legendario, todavía alimenta el entusiasmo de muchos de los amigos que conozco, ese aliento para reconocerse en un pasado del que quieren huir.

Pero huir no es renegar.

El problema es que, salvo la dichosa facción surrealista, apenas se reivindica más de unos tiempos pretéritos que, inevitablemente, nos han marcado como personas.

Esta misma semana, un profesor canario de inglés se quejaba del carácter aplatanado del canario.

Explicó que había quedado a las tres de la tarde con un concesionario de coches usados con el fin de preguntarle si podía conseguirle el modelo que buscaba. Cuando llegó a la cita, el vendedor no estaba presente en el lugar.

El profesor de inglés hizo la pertinente llamada y tras sonar varias veces el teléfono, el caballero le respondió que hiciera tiempo porque estaba terminando de comer.

La reacción lógica del profesor canario de inglés fue mandarlo a paseo y  buscar en otro concesionario con la esperanza de que el trato que recibiera fuese, fuera más profesional.

No dijo si tuvo suerte.

Aunque durante su explicación a mi me entró la risa tonta.

Una risa que me vino de muy dentro quizá porque estoy acostumbrado a esta forma de actuar.

Es decir, al inconsciente y aplatanado desprecio con el que me topo todos los días.

En una cafetería, sentado en la barra mientras ojeo el periódico, se está convirtiendo en habitual en que no se acerque el camarero a preguntar qué me apetece tomar.

Por mucho que levanto el brazo y hago llamar la atención, el individuo va a la suyo.

O igual aprovecha ese momento para limpiar la barra con un paño grasiento o conversar con otro cliente del partido de fútbol que televisan esa tarde.

Al pasar unos quince minutos hace como que te ve / hace que toma nota y al final, para desgraciarte un poco más el consumo, te pone un cortadito en vez del barraquito que pediste.

Entonces, solo entonces, es cuando te atreves a pedirle “si es usted tan amable” que te sirva un vaso de aguas de bolitas.

A veces tengo suerte.

Otras me explican, mirando a otra parte, que si quiero agua con bolitas debo pagar una botella pequeña de agua con bolitas…

Con esto quiero decir que me he acostumbrado a la endemoniada pachorra que nos ahoga.

Y que esa pachorra también forma parte de mi.

De hecho, sostengo que ha contaminado a todos los que vivimos en estas islas tan infelices.

Es como una desgana agridulce y resignada. Casi como si te invitara a que asumas que es imposible que las cosas se hagan de otra forma.

Entiendo por eso la queja del profesor canario de inglés aunque no creo que él haya entendido mi risa, más cómplice que burlona ante lo que denunciaba con inquietante mirada de loco.

El caso es que esta triste forma de hacer las cosas se ha extendido a otras áreas en las que me muevo.

En una de las actividades que más detesto como es hacer cola frente a una ventanilla de la administración pública en la que te dan un número como si fueras a la carnicería, continuamente interrumpo la lectura del inevitable libro que llevo siempre conmigo para observar el letrero que avisa que llega tu número.  

Sí, es verdad que logro avanzar algo en la novela pero el ring, ring, ring antipático me hace levantar la mirada una y otra vez al panel donde se avisa de los turnos hasta que, dos horas después, ¡por fin! te toca.

- Buenos días, señorita, vengo a entregarles estos papeles…

La señorita, que tiene una maltratada belleza, coge los papeles sin mirarte a los ojos.

Teclea en el ordenador tras pedirte el DNI que es como se te conoce en ese universo burrocrático con olor a pies kafkiano.

De pronto, levanta la cabeza y sus ojos de un turbio color marrón se tropiezan con los tuyos.

-¿Ha traído el formulario 2040?

- ¿Cómo?, ¿qué?

- Sin el formulario 2040 no podemos hacer nada…

Debe ver mi cara descompuesta.

- Nadien me dijo nada….- pronuncio como un cabrito degollado.

- ¡Siguiente!

Encima de mi cabeza suena la insufrible campanilla y el tipo que tengo detrás ocupa mi espacio, dejándome con mis puñeteros papeles en la mano al tiempo que maldigo por no haber llevado conmigo el puñetero formulario 2040.

Me quedo un rato atontado, pensando en el larriano Vuelva usted mañana.

- ¡Siguiente!- ladra a mis espaldas la funcionaria de belleza maltratada.

Giro entonces la cabeza y observo a quien me seguía en la cola con la misma expresión atontada que debía de haber tenido yo apenas minutos antes.

Entonces me entra una conmovedora solidaridad ante el pobre y desamparado.

Y aunque basta que nos miremos a la cara,  me pregunto si coincide conmigo en que Kafka tuvo razón: El mundo es una Kafka.

Alguien me dijo una vez que en esta tierra si levantas una piedra salen tantos poetas como hormigas. La frase se ha convertido ya en un tópico, aunque olvidó que entre tantas hormigas con aspiraciones creativas también hay hormigas frustradas de belleza maltratada que al final se hicieron funcionarios.

Algunos de estos insectos siente incluso un extraño placer, quiero creer que incluso un diminuto orgasmo estando detrás de la ventanilla cuando exclaman: ¡siguiente!

No sé si el canario profesor de inglés lo entenderá.

Pero a mi me basta.

¡Siguiente! 

Saludos, ¿volveremos mañana?, desde este lado del ordenador.

El show debe, aún tiene, que continuar…

Sábado, Noviembre 24th, 2012

Loado sea Achamán…

El miércoles pasado recorro las calles de una ciudad de provincias mojada por la lluvia invernal que amaneció ese  mismo día con un cielo azul que castigaba hasta la vista. Por hermoso. Por impoluto. Porque estaba lavado, pensé, con jabón.

Miércoles noche. Salgo de la presentación de la novela El corsario de Lanzarote, de Francisco Estupiñán, título por el que obtuvo el premio Benito Pérez Armas 2011. Antes de entrar en el acto me encuentro con el escritor Jesús Castellano que a mi cada día me parece más a un personaje salido de una película de John Huston. Un superviviente de Fat City.

Lean, puñetas, su blog, para darse cuenta de lo que escribo…

Me invita Jesús a que me tome algo.

Un vaso de agua con gas, sugiere.

Y le hago caso, ya que me tomo una caña de agua de bolitas antes de entrar en la sede central de CajaCanarias/La Caixa.

Toca presentar la intensa novela de Estupiñán, con quien procuro mantener un diálogo abierto en una sala con buena presencia de público. Detesto cordialmente las presentaciones literarias donde solo se habla y habla, y se gruñe y gruñe, con un impudoroso placer onanista que lo único que regala es que la audiencia se duerma. O cierre plácidamente los ojos.

Más en unos tiempos donde el cóctel ha pasado a la historia porque hay que apretarse el cinturón. Cosas de la crisis.

Puta crisis.  

Descubro, no obstante, a arguien con los ojos cerrados entre el público mientras conversamos pero hay que perdonárselo porque este personaje sí que parece salido de una película mejicana de aquellas que se conocían como jaliscazos. Lo mejor pues es que ese individuo de bigotes y barriga generosa descanse y sueñe que canta corridos y come  enchiladas.

Javier Hernández Velázquez –que este viernes, 23 de noviembre presentó en la MAC su última novela, El sueño de Goslar– me acompaña hasta casa y mientras atravesamos las solitarias calles de una capital de provincias que tiene un alcalde hobbit no por corazón sino por estatura, hablamos y hablamos sobre esas cosas tan intrascendenteles pero que tanto nos gustan como son los libros y el cine.

- Todo lo que hizo Paul Newman es bueno.- exclamo.

Y Javier, que es como un justiciero pero de provincias, asiente con la cabeza como quien dice ”nadie se atreva a llevarme la contraria.”

Porque, efectivamente, coincide conmigo en que nada de lo que hizo Newman fue malo.

Cuando frena el coche para que me baje, pienso que solo hace falta calarme el sombrero a lo Manolo Escobar para enfrentarme a la humedad que espera afuera.

Una humedad que no provoca ni frío ni calor, sino una empalagosa sensación de sentirte antes de tiempo un zombi.

Pero no llevo sombrero. Así que me lo calo en sentido figurado.

En casa me esperan las cucarachas, el bonsái y un sándwich de jamón y queso.

Veo en la tele la segunda temporada de la serie Boss con la boca abierta cuando la imagen se me pone tonta en el cuarto episodio.

Murmuro un no, no, no como lo podría murmurar cualquier cuatrero sentenciado por Sentencia (Lee Van Cleef, of course) cuando me doy cuenta que el disco que contiene Boss ha quedado game over.

Afortunadamente, tengo el dvd prestado de El dictador, la última gamberrada de ese bufón aún con suerte que es Sacha Baron Cohen.

Suelto la risa. Y a veces incluso la carcajada cuando la veo.

El discurso que pronuncia su estrafalario dictador es tan clarificador como el que soltó Charles Chaplin en El gran dictador. Solo que su percepción de esto que llamamos democracia es, con respecto al filme de Chaplin, como las dos caras de una misma y envenenada moneda.

Barak Obama no es Franklin D. Roosevelt.

Y Roosevelt, por supuesto, no es Obama.

El nuevo dictador de Cohen no deja de ser una reinterpretación provocadora de aquel filme de Chaplin que tanto tiempo tardamos en ver en las Expañas. Solo que el mensaje del judío Cohen da palos de ciego.

Tantos palos de ciego que al final se lía porque es un engreído bufón, más que payaso, de este mundo de engañosas apariencias en el que vivimos.

Pero escribo estas cosas porque son días en los que solo he visto películas de Robert Aldrich y Richard Brooks.

Así que en la rambla, antes de bajar a la presentación de la novela de Francisco Estipiñán me topo con un fantasma que una vez quiso ser Ella. 

Me tropiezo con Dulce Xerach Pérez y pienso de manera automática que es una especie de Morticia Adams pero sin la clase ni el encanto de Carolyn Jones.

Lleva la cara lavada con jabón y no creo que nadie discuta que sin ser Carolyn Jones, al menos parecía más Dulcinea que la actual consejera de Cultura, Inés Rojas.

Ella por lo menos hacía que luchaba contra molinos de viento en la época de las vacas gordas. 

Todo apariencia. Vale, pero es que ni con el escudero de Inés Rojas en los asuntos de la cultura, Alberto Delgado, ya nada tiene el color de antaño… Ayyy, cuanta verdad hay en que la nostalgia es un error.

En el acto de presentación estrecho manos de amigos, conocidos y desconocidos.

Unos me recuerdan a personajes salidos de una película italiana de los años cincuenta. Otros a personajes de Berlanga e incluso de Ingmar Bergman. Ninguno de ellos, sin embargo, a los que muestra ese entusiasta, y todavía tontorronamente adolescente y tan poco pegado a la realidad, que algunos conocen (no reconocen) como cine canario.

En la televisión mientras tanto no dejan de exhibir un vídeo clip en el que Pepe Benavente junto a aquellos que se hicieron famosos en esta región desestructurada cantando al higo pico flower hacen ahora chanson con la chuletada… Que es una manera que tenemos en esta comunidad autónoma pegada a África de irnos al campo para asar chuletas y beber mucho tintorro.

Pero es justo en ese momento, cuando la pantalla del televisor la ocupan estas hormigas canariensis tan parecidas a las hormigas catalaniensis,  cuando hecho de menos los dibujos animados de la Warner Bros que alimentaron y contribuyeron a forjar mi carácter en esa ya lejana niñez y adolescencia.

Es decir, noto en falta el individualismo nihilista de Bugs Bunny.

Y la tozudez del perdedor nato: pato Lucas, el gato Silvestre y el Coyote.

También la alegre ingenuidad del gallo Claudio y la obstinación por el fracaso de Elmer.

Y cómo no, a ese cerdito que como Scheherezade quiere escapar a su destino (que lo conviertan en chuletas) que encarna Porky.

De ahí, lo supe siempre, su tartamudeo antes de tiempo de:  ¡Es-es-esto to-to-do amigos!

En El Puntero, un bar de referencia en esta capital de pronvincias en la que nací y vivo, esta misma noche tomo unas cervezas con el hustoniano Jesús Castellano y con Ramón Herar (consulten su blog, por Dios) que a mí me parece, en este día de apariencias traicioneras, a un personaje salido de una película de nouvelle vague.

Hablamos de literatura, historia de Canarias, asesinos en serie y prostitución. Que es casi lo mismo.

En la plaza de Candelaria hay –no suena, sospecho– un concierto de los 40 Principales. En La Laguna, ¿la noche en blanco?

Blanco me quedo cuando subo a casa con paso marcial mientras silbo la marcha del Coronel Bogey.

Me siento Porky, el camaleónico Peter Sellers, el camarero borracho de El Guateque, Jimmy Stewart en Qué bello es vivir, John Wayne en Centauros del desierto, Burgess Meredith en Rocky, Michael Caine en El hombre que pudo reinar, Max von Sydow en El séptimo sello, Cassen en Plácido… También un miembro de la orquesta del Titanic. 

Y es que el show debe, aún tiene, que continuar…

Saludos, obladi, oblada, desde este lado del ordenador.

Fantasías animadas de ayer y hoy: El contrato (pesadillas para unos, sueños para otros)

Sábado, Noviembre 17th, 2012

Cuando salió el artista le pegunté cómo era el Diablo. El artista me dijo que un tipo delgado, vestido de frac… Sombrero de copa incluido.

- ¿Y los cuernos?

- No, no lleva cuernos… Se parece de hecho a Fred Astaire.

Delante de mi iba una chica que se comía las uñas. Por los dedos manchados imaginé que podía ser una pintora. O una asesina, porque en esta fila todos teníamos algo que declarar.

La luz roja que estaba encima de la puerta dio paso a la verde por lo que la chica que podía ser pintora o asesina entró.

Me puse un cigarrillo en la boca y lo encendí con el Bic de color violeta que me había dado el personaje siniestro que tenía detrás. Escribo siniestro porque su cara era la de un bebé. Un tipo de cincuenta años con cara de bebé siempre resulta inquietante en la cola del paro.

- ¿Un lingotazo?- me preguntó mostrándome una petaca plateada.

Hice un gesto de rechazo con la mano.

- Usted se lo pierde.- respondió pegándole un lingotazo. Por el olor debía de ser algo así como ron… Ron, la botella de ron…

Eché un vistazo a la larga y sinuosa fila que estaba a mi espalda.

Creí detectar cinco o seis personas detrás a Mel Gibson pero no estoy seguro porque esto que cuento es un sueño.

O una pesadilla.

- Su turno.- me dijo el tipo de la petaca. Me hice a un lado para dejar pasar a la pintora o asesina y entré.

La habitación estaba iluminada con fluorescentes y el Diablo estaba sentado tras una mesa repleta de papeles. El primer pensamiento que tuve mientras me sentaba es que aquel tipo más que Fred Astaire tenía un aire decadente a lo Orson Welles.

Y sí, si que tenía dos hermosos cuernos saliendo de su frente.

- Usted dirá.- dijo Orson/Diablo mientras encendía un cigarro puro.

- Pues yo… Ya sabe, vengo a vender mi alma y todo eso.

- ¿Todo eso?- contestó Orson/Diablo soltando de su boca O perfectas de humo que desaparecían en el aire…

- Sí, sí… Ahórreme el papeleo por Dios…

Orson/Diablo se puso serio.

- Ni lo miente…

- ¿Miente?

- Al Padre, cojones… – dijo Orson/Diablo abriendo un cajón, del que sacó una botella de güisqui DYC y dos vasos.

- ¿Bebe?

Iba a decir que no pero dije que sí con la cabeza. Cuando terminó de llenar los vasos, me invitó a que tomara un trago.

El líquido en vez de quemarme me bajó cómodamente por la garganta seca.

- ¿Y ahora?- pregunté.

- Firmamos el contrato.

Me entregó un papel en blanco.

- No leo la letra pequeña.- bromeé.

Orson/Diablo sonrió.

-Usted firme.

- ¿Y ya está?

Orson/Diablo se encogió de hombros.

- ¿Tiene un bolígrafo?

- Utilice el dedo…

- ¿El dedo?

- Un simple corte, algo de sangre derramada…

- ¿Y ya está?

- ¿Es que no sabe decir otra cosa?

Cogí un abrecartas que estaba sobre la mesa.

- Así que esto es así… Sin cláusulas de la parte contratante…

- Hay mucha gente que espera… ¿Quiere firmar el contrato?

- Es que yo… Yo imaginaba esto de otra manera.

Orson/Diablo acabó su segoviano y soltó un grosero eructo para manifestar su  aburrimiento…

- ¿Quiere hacer el favor o no?

- Es que yo…

- Yo, yo, yo…

- No se me ponga así…

La punta del abrecartas temblaba sobre la yema de mi dedo índice.

-Firme… Firme de una vez, carajo.

Las manos me temblaban tanto que el abrecartas se cayó al suelo. Recordé entonces Apache, una vieja película del oeste dirigida por Robert Aldrich. No sé porqué pensé en ese Apache que tenía la forma de Burt Lancaster en la película de Robert Aldrich pero así fueron las cosas en el sueño.

- Preferiría no hacerlo.- le dije levantándome tan bruscamente que tiré la silla al suelo.

Orson/Diablo lanzó una carcajada que, a mi juicio, nacía de sus tripas…

- ¡Otro!- escupió.

Yo, mientras tanto, y como si tuviera las piernas dormidas me dirigí a la puerta pero Orson/Diablo me señaló la de servicio.

- ¿Eh?- dije.

- ¿Eh?- me respondió burlón Orson/Diablo.

Luego me desperté.

Y Orson/Diablo ya no estaba allí. 

Saludos, esto me pasa por salir por la puerta de servicio, desde este lado del ordenador.

Cualquier parecido con la realidad…

Martes, Octubre 16th, 2012

Querida Inés,

Supe desde un principio que no te olvidarías de nosotros. Así que imagina lo contento que estoy.

Premias, soy consciente, nuestra larga y ardua labor como gestores de eso que llaman cultura.

Y ahora que la cultural no va a tirar de los presupuestos que anualmente se repartía entre sus honorables servidores has buscado una salida para unos y otros. Es decir, los que todavía viven de la cultura en el ámbito privado y público a través de ese fabuloso invento que será el Consejo Canario cuyo parto –descuida– resultará  indoloro las primeras semanas del próximo año.

Todo con el fin, querida Inés, de que continuemos haciendo lo que mejor sabemos hacer: administrar el dinero público –ahora escaso, somos conscientes– con el que poder continuar viviendo sin hacer nada. Solo que el cuento se acabó, aunque nadie va a protestar en estas islas con tan poca memoria, afortunadamente.

Se me hace la boca agua cuando pienso en los almuerzos que compartiremos. Conozco algunos excelentes restaurantes en las dos capitales canarias. No son caros ni excéntricos como los de antaño, aunque sí he procurado que pasen del término medio porque debemos cuidar de nuestros estómagos y sobre todo de nuestros hígados… Tú ya me entiendes…

En cuanto a los viajes doy por hecho que correrán a cargo del erario público, pero no te preocupes en pagarme la estancia porque probablemente me quede en casa de un buen amigo cuando toque reunirnos en Santa Cruz de Tenerife o en Las Palmas de Gran Canaria.

No sé Inés, la verdad, para qué demonios servirá esto del Consejo, pero me parece muy bien como has vendido el invento. Yo ya estoy dando aviso a los pocos que quedamos para que se vayan poniendo las pilas y trabajen. No demasiado, que ya los conoces.

No sabes lo emocionado que estoy. Cuento los días para nuestro próximo encuentro, que será este miércoles, 17 de octubre.

Te prometo que iré con mis mejores galas y la lección bien aprendida.

Ya sabes, no abrir la boca, poner mirada interesante y pensar que, pese a la crisis, voy a continuar viviendo –ahora más que nunca– sin hacer nada.

Porque… ¿Me concederás el próximo baile, verdad Inés?

No te olvides de mí.

Piensa en quien te escribe cuando selecciones a los diez empresarios privados del sector que han vivido hasta ahora haciendo, y dándole siempre gracias, a la gestión pública…

El Consejo Canario, Inés, necesita gente como yo.

Te quiere

Uno de los diez…

Saludos, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, desde este lado del ordenador.