Desgarrador

Viernes, Mayo 14th, 2010

Stephen King es un escritor al que recurro en los momentos bajos, esos que te envuelven como si se tratara de plástico y de los que parece imposible salir. Con el paso de los años, y llevo siguiéndole la huella a este escritor desde la noche de los tiempos, me he dado cuenta que hundiéndome en sus historias la losa de la depresión unida a un cansancio existencial de manual, suelen sanarme periódicamente. Quizá porque tengo la cabeza y el alma dispuesta para sumergirme en sus ocasionales tenebrosas pesadillas.

Algunos podrán llevarse las manos a la cabeza intentando explicar cómo para salir del pozo recurro a la obra de un escritor que ha sabido modernizar como nadie las claves del género, pero así son las cosas. Justifico este seguimiento además porque es un hombre que cuando está inspirado escribe muy bien y para todos los públicos, y conociendo como conoce las reglas de cómo atrapar el interés del lector en novelones que ocasionalmente sobrepasan las 700 páginas, tiene lo que se dice su mérito.

Entiendo aunque no comprenda el rechazo que rodea a King entre algunos aficionados no ya al género que tan bien cultiva sino entre los que van por la vida vendiendo seriedad en sus momentos de entretenimiento. Y leer es un entretenimiento que, desgraciadamente, muchos están empeñados en monopolizar cuando el escritor que se menciona pertenece al ejército de los que venden libros. Y King vende libros. Muchos libros. De hecho, la gente como yo no suele comprar sus libros por el título sino porque están escritos por él. Stephen King se ha transformado así en una marca que hace dinero independientemente de lo que escriba.

Como muchos aficionados me inicié en su universo leyendo Carrie y más tarde La hora del vampiro, ambas editadas en Chile por Pomaire. Devoré a continuación Insólito resplandor, también en Pomaire y la recopilación de relatos agrupados en el volumen El umbral de la noche.

A medida que iba produciendo, cada vez con más endemoniado entusiasmo, reconozco que empecé a perder interés por sus nuevas novelas (La zona muerta, Christine, Ojos de fuego, Cujo…) porque me daba la sensación de que eran nuevas vueltas de tuerca de sus primeras historias (adolescentes con poderes, entidades maléficas con reminiscencias lovecraftianas) hasta dejarlo aparcado –pensaba entonces que definitivamente aparcado– tras devorar obras magnas como La danza de la muerte e It. No obstante, y cuando la pesadilla de la realidad volvía a amenazarme desde su escondite, me procuraba algunos de sus nuevos libros en ediciones de bolsillo con la esperanza de superar esa fase en la que parece que una mano quiere tirarte definitivamente al abismo.

Me encontraba al borde de caer en la trampa por esa broma que son los golpes de la vida cuando descubro Duma Key, y la leo mientras dejo que la noche y los días pasen porque logra algo que parecía imposible en esta extraña relación de amor y odio que mantengo con el escritor. En especial desde que inició el para mi incomprensible ciclo de La torre oscura.

Con Duma Key he sentido algo que no sentía con sus novelas desde su ya clásica La hora del vampiro (Salem’s Lot): me atrapó y, lo que es mejor, sentí miedo y preocupación por lo que podría sucederles a sus protagonistas. También me envolvió esa extraña sensación que me pasa a veces de ir demorando la lectura –casi como si viajara a 20 kilómetros por hora por una autopista– con el objetivo de no llegar con prisas a su the end.

Será porque mientras la leía tenía los cinco sentidos puesta en ella y estaba sumido en la inquietud. Gracias a ello logré escuchar amplificado el ronroneo de la nevera y las gotas del grifo de la cocina caer contra el fregadero.

Así que percibir esa sensación de miedo es un aliciente para quien está iniciado en entretenerse con estas cosas. Sensación que se multiplica cuando se trata de la novela de un escritor que ha escrito tanto (y entre tanto, tantas cosas tan malas) que me sorprende y entusiasma.

Y entusiasma porque una vez más King usando sus mecanismos habituales (tener talento implica un precio, el mal es una entidad muy vaga, personajes de clase media alta relativamente liberales y la necesidad de contar con amigos cuando la familia se deshace) escribe un relato francamente bueno con ecos de William Hope Hogdson (el terror procede del mar) y desarrollar su acción en un escenario aparentetemente paradisíaco como es uno de los tantos cayos que bañan la costa de Florida. Sus personajes principales, además, rondan los 50 años de edad.

Terminé de leer esta novela hace unas horas con la pretensión de que sedimentara dentro de mi cabeza. No sé cuanto tiempo aguantará en ese rincón del cerebro donde escondo mis tesoros aunque intuyo que poco. Pero estas cosas me pasan con casi todas las grandes novelas de King, las disfruto muy mucho cuando las leo y las olvido con asombrosa facilidad cuando las dejo. El mismo escritor ha dicho a propósito que escribe para que sus libros sean leídos lo que dura un trayecto largo de avión. Puro entretenimiento. Delicioso entretenimiento, añadiría.

Tanto, que siento que todavía me encuentro en las fantásticas y solitarias playas de Duma Key esperando encontrarme a…

En fin.

Saludos, kingneanos, desde este lado del ordenador.

En la carretera

Martes, Abril 27th, 2010

Me desarma y desconcierta esta novela. Así que termino de leerla y quiero más. ¿Se debe a que su historia me parece demasiado corta porque apenas se narra en 130 páginas? ¿Por qué quería más? Las emociones dejan a veces como rastros tan incómodas preguntas.

Recibo h., novela del notable bloggero Carlos Cruz (Los Realejos, 1977), publicada dentro de la colección Narradores XXI de Dilema Editorial. Y la leo primero con un principio de curiosidad que se va transformando poco a poco en vivo interés.

Planteada como un largo y casi apocalíptico monólogo de su joven protagonista, un chico de apenas diez años, y como una historia de carretera con ocasionales paradas en estaciones de servicio, h. es un relato extremadamente complejo escrito con sencillez sobre la pérdida.

Su protagonista es un niño. Y su padre. Y carreteras desconocidas que atraviesa un automóvil con tan peculiares personajes. Y los recuerdos. Una catarata de recuerdos para los que parece no existen estaciones de servicio. Zonas de descanso.

Tras dejar aparcadas otras lecturas, h. me atrapa porque crea  atmósfera y empatas con su personaje. Un niño que emprende una extrañísima aventura iniciática que deja huella.

Quizá sea porque está contada con resignada melancolía. O con esa necesidad que tenemos los monos sin pelo de aprehender cosas que son inaprensibles.

Tiene h. también un poso de angustia que descoloca, y un final que te raja por dentro.

Una novela, a mi juicio, donde está muy bien descrito el asombro y desconcierto que siente su joven protagonista ante el mundo de los adultos. Un universo, parece que dice, repleto de confusión y rencor. Nada tentador pese a que…

En unos tiempos donde casi todo lo que leo, veo y escucho me revela que inevitablemente asistimos al final de una época  y por lo tanto se muestra ansioso por contagiarnos su miedo ante lo que nos puede caer encima, creo que h. es uno de esos títulos que se anticipa al nuevo caos en el que quizá ya nos encontremos sumergidos.

Quizá sea por eso que piense que esta novela es un afortunado salvavidas que invita a que soñemos. Claro que  ¿vale la pena flotar solo en la inmensidad del océano?

Saludos, gratamente sorprendidos, desde este lado del ordenador.

Dos recomendaciones

Jueves, Abril 22nd, 2010

UN EXCELENTE TRIBUTO NEGRO

Ese gran escritor que fue David Goodis y a quien ya le dedicamos un post en esta misma bitácora en septiembre de 2007, cuenta desde hace relativamente poco tiempo con una página web dedicada en exclusiva a su vida y producción literaria.

Es probable que a los profanos Goodis no les diga nada, así que les recomiendo en vísperas del Día del Libro que se hagan con algunas de sus historias para que entiendan que el género de la novela policiaca trasciende precisamente esas fronteras genéricas cuando cuenta con narradores como Goodis. Un escritor de vida errante y empañada en alcohol que terminó echando pestes de su breve etrapa como guionista en el Hollywood dorado de los años 40 y cuya producción literaria dedicó casi enteramente a retratar la retorcida poesía del arrabal.

Cineasta como François Truffaut (Disparen sobre el pianista);  Delmer Daves (La senda tenebrosa, imagen que acompaña estas líneas) y Samuel Fuller (Calle sin retorno), entre otros, intentaron traducir al cine su universo poblado de tinieblas aunque no supieron mostrar, mucho me temo, ese desencanto que produce descender a los infiernos que padecen los antihéroes protagonistas de sus hoy tan necesarias novelas.

PARA ACLARAR LAS IDEAS

El catedrático en Ciencias Políticas argelino Samï Nair y el crítico búlgaro Tzvetan Todorov (en la imagen) protagonizan, este viernes 23 de abril, a las 20.30 horas, el segundo coloquio del foro Ideas para cien años, organizado por la entidad con el objetivo de conocer y compartir las ideas, experiencias y perspectivas entre diversos pensadores, científicos y escritores protagonistas del siglo XX, sobre temas tan variados como la ciencia, la humanidad, el papel de la mujer en la sociedad y el futuro que le espera a las generaciones venideras en todos estos asuntos.

Saludos, animándoles a que conozca a Goodis y esperándoles ver mañana en CajaCanarias, desde este lado del ordenador.