Jesús Hernández Verano: “Esta exposición es un intento de facilitar la intimidad entre cuerpos y objetos”
Miércoles, Abril 30th, 2025Temblando, me llevo el sol a la boca es un verso del poeta Eugenio Andrade que utiliza Jesús Hernández Verano para dar título a la obra que reúne en la exposición que hasta el 18 de mayo se expone en TEA Tenerife Espacio de las Artes, una experiencia inmersiva que hace que el espectador conecte enseguida con la propuesta que el artista tinerfeño ha diseñado.
La muestra forma parte del programa Filtraciones que desarrolla TEA, y en este marco, el trabajo de Hernández Verano indaga en una de las constantes de su producción plástica: los afectos y la piel, que según la especialista Isabel de Naverán constata la relación que mantiene “con su cuerpo y con el paisaje”.
- ¿Cuál es la razón del título de la exposición, ¿Por qué Temblando, me llevo el sol a la boca?
“Surge con la invitación de Isidro Hernández Gutiérrez, Conservador jefe de la Colección de TEA, para participar en el programa Filtraciones, y por supuesto de Sergio Rubira, director de TEA, aportando sugerencias, sensibilidad y mirada. Temblando, me llevo el sol a la boca es el título de la exposición, proviene de un verso de Eugenio Andrade al que he modificado. Me decidí por él, porque de alguna manera quería presentar este nuevo proyecto como un acontecer. En el propio título se vincula la idea de sentir con la idea de hacer. Y esto refleja muy bien la manera de mi proceso creativo, dos estados indisociables: uno interior y otro exterior, reflexión_ temblar, acción_llevar. Una palabra que, en ese pálpito, en ese movimiento de “tremor” que posee todo acto creativo, alude al movimiento involuntario del cuerpo que tiembla y que desafía la autoridad del “yo” y de todo deseo”.
- ¿Cómo fue el diálogo que mantuvo con Isabel de Naverán antes de la exposición?
“He seguido su trayectoria como escritora e investigadora, conocía su labor en el Museo Reina Sofía, pero es desde mi exposición de Treno, en Lanzarote, en 2021 cuando tenemos nuestro primer contacto epistolar. En ese momento, ella desarrollaba como investigadora asociada en el Azkuna Zentroa de Bilbao, la propuesta centrada en la escritura somática como forma de sanación: La ola en la mente. En el marco de esta exposición, hemos mantenido conversaciones donde me ha servido de muchísima ayuda al posicionarme y ubicarme en un lugar preciso, desde lo performativo: donde modular, expandir, rozar, abrir, en una resonancia donde solo cabe el enriquecimiento, tanto afectivo como intelectual. En los días previos a la inauguración, ajustamos juntos distintas posibilidades con las piezas, buscando una experiencia más intensa y precisa, acorde con el enfoque conceptual de la exposición.”
- ¿La sala de TEA se ajustó a sus fines o tuvo que ajustarla, prescindir de piezas para que así fuera?
“El espacio siempre es determinante. Aquí, en TEA, concebí la propuesta como una experiencia inmersiva, el espectador debe entrar en él para ocuparlo, ser partícipe. Conceptos implícitos al proyecto -como la levedad, la oscilación del cuerpo, el caminar en el espacio azul, liberar los límites que separan lo tangible de lo intangible, lo interior y lo exterior, lo propio y lo ajeno, lo poético y lo político- se entrelazan en la instalación como una totalidad que responde y canaliza. Un desarrollo que me ha permitido intervenir en el espacio en profundidad: actuar sobre los muros, cambiar el suelo, modificar la iluminación… para que todo forme una unidad: suelo, pared y cuerpo. Es una instalación sin principio y un final: se entra para quedarse. No hay cartelas ni un mapa que oriente. Todas las piezas son de nueva producción, han sido elaboradas en los últimos cuatro meses”.
-Entre los materiales utilizados está la ceniza, sábanas… ¿Cómo trabajó las piezas?, ¿y cuál es la relación de Jesús Hernández Verano con los materiales que ha ido trabajando a lo largo de todos estos años?, ¿qué emociones le transmite haber trabajado con madera, bronces… Ahora hilo dorado,latón, sábanas?
“La convivencia de materiales heterogéneos en mi trabajo, parte de un engranaje visual tanto por su existencia física como por la energía que portan. Son el punto de partida, material y conceptual de mi práctica artística. Sábanas, hierro, piedras, espejos, caucho, bronces, ceniza, oro, madera, grafito, papel, telas… todo remite a cierta interioridad. Poseen la capacidad de hablar por sí mismos. Todo está al servicio para activar huellas, índices, rastros intensamente significativos, no para ocupar una representación explicita, sino para sugerir el inevitable tránsito de las cosas, del deseo, de la identidad como aberración frágil: un reflejo que no se corresponde con nada. El arte produce reflejos errantes, en busca de una referencia”.
- ¿Y cómo es la manera de trabajar de Jesús Hernández Verano?
“Hay algo rumiante, percutiente, giróvago en mi proceso. Lo que conocemos nos inquieta en cuanto oculta algo que no somos capaces de anticipar. Avanzo lentamente, en la medida en que descubro formas eficaces de definir mi trabajo -y eso lleva tiempo, porque implica transitar caminos inexplorados. En el desarrollo del proceso creativo, debo ante todo sorprenderme. Y muchas veces son únicamente los errores, los que me indican sendas no consideradas previamente. La condición de lo secreto reside en esa posición intermedia, casi lasciva, en que algo se nos muestra, nos invita y nos incita a seguirlo. Y es a través del deseo –o de la ansiedad– que se mantiene viva la suposición de que algo puede aparecer… Algo que, como sabemos, nunca se presentará del todo”.
- Y qué es lo primero que se le pasa por la cabeza cuando prepara una exposición: ¿el nombre de la misma?, ¿una vez hechas las piezas es cuándo se le ocurre el título?
“Todo pasa por un proceso lento, en el que te vas sumergiendo cada vez más adentro. Voy incorporando anotaciones, pensamientos, citas, al tiempo que trabajo físicamente las piezas. Así se va configurando ese corpus final. Cuando esto ocurre, aparece el título: ese que logra englobar todo el proceso al que fuiste dando forma, precisamente porque no existe un lenguaje codificado, listo e insertado según un guion preestablecido”.
- Ha dicho que uno de los temas que investiga con mayor entusiasmo es la superficie, la piel. ¿De qué manera cree que queda reflejado en Temblando, me llevo el sol a la boca?, ¿y por qué este gusto por las superficies, por la piel?, ¿pueden tocarse sus piezas?
“La piel es uno de los órganos más complejos del cuerpo humano. ¿Cuáles son las condiciones necesarias para crear intimidad en la superficie? Puede que está exposición sea un intento de facilitar una situación de intimidad, de proximidad entre cuerpos y objetos, que en su cercanía sea capaz de generar nuevos afectos. Una imagen reversible -en telas y sábanas-, la resonancia de la tactibilidad de la piel, la posibilidad de un cobijo, de entrar, de penetrar, pero a la vez la posibilidad de estar en la intemperie, en estado de espera. La materia y la forma como herida (intervención en las paredes de la sala), como erosión corporal, conformado por impurezas, oscuridades (agujeros en sala): una búsqueda de aquellas zonas indescifrables que desestabilizan lo normativo y lo transforman en algo perturbador o alienante”.
- Su primera individual se produjo en la sala Arte Joven, en Madrid, en 1994, ¿hasta qué punto ha evolucionado desde entonces como artista?
“Hay una evolución, sí, pero he mantenido ese interés por un espacio liminar, amplio y común, en el que el arte -la experiencia artística- se concibe ante todo como un modo de situarse, de ser y estar en el mundo. Desde allí, desde aquella muestra: Sombras breves en la Sala de Arte Joven, ya aparecían materiales como el oro, el terciopelo, el pelo, bordados, tejidos… elementos que entonces como ahora configuran un espacio de reflexión sobre aquellos aspectos inmanentes a la existencia que a menudo tornan opacos, ambiguos, velados, desconcertantes, extraños. Experiencias que, en su complejidad determinan y conforman nuestra subjetividad”.
- ¿Cómo mira Jesús Hernández Verano al Jesús Hernández Verano de aquel entonces?, ¿de qué se ha despojado y con qué se ha quedado de sí mismo?
“Quiero contestarte a esta pregunta, con las palabras de Isabel de Naverán que suscribo palabra tras palabra: “¿Qué queda de todo aquello que nos ha impresionado, esto es, que ha dejado una impresión física en nuestros cuerpos? Quedan los huecos, esos espacios donde se encapsula la memoria viva de lo sucedido. Permanecer en conexión con estas cavidades requiere ejercer cierta resistencia, no entendida como la acción de oponerse a algo, sino como la capacidad de un cuerpo de aguantar el peso (físico, psíquico, emocional) de aquello que se desea que perviva”.
- Además de la superficie, la piel, qué otros temas le preocupa mostrar y reflexionar en el conjunto de su obra.
“El esfuerzo en este proyecto expositivo que planteo es poner aprueba la efectividad de cualquier intento por atrapar la ausencia del cuerpo deseado. Y, de nuevo, surge la tensión: entre la huella y la presencia. Es una relación con el otro y con uno mismo, a través de la tensión entre la aparición y la desaparición, derivada del ritmo de la contemplación de quien observa la imagen de su reflejo, un intercambio sostenido entre la transparencia y la opacidad. De ahí las superficies doradas, pulidas como espejos.
Las piezas Entredós, o Desposorios marcan esa relación con el otro y con uno mismo. Es el cuerpo que se interroga por su desborde, por aquello que se derrama, vierte, por lo que se escapa, por sus agujeros que se penetran. La mirada que excede, las cuencas de ojos y boca, taladrados, horadados o perforados en la pared. Me interesa el flujo, esa continuidad entre lo que está dentro y lo que está fuera. Las obras en la exposición se señalan como una herida que no sana, una contusión siempre abierta. Lo que persiste y se visualiza, son los restos, las huellas leves casi borradas, los signos de la ausencia y la vulnerabilidad, de la barbarie. La idea de transformación es fundamental: la intención no es atrapar una forma, sino observar lo que acontece en torno a ella y sea el tiempo quien decida”.
- Isabel de Naverán escribe en la tarjeta de la exposición que su hacer “abraza su condición insular”, ¿hasta que punto le afecta la insularidad a su obra?
“Llevo más de quince años reflexionando sobre mi relación con el paisaje. No se trata de recoger ceniza repentinamente tras una erupción, ni de trabajar en los bosques de pinos después de un incendio. No es ése mi caso. Mi vínculo con el paisaje responde a una acuciante interrogación constante, urgente y primordial: su dimensión física, espiritual y amenazada. Es una interpelación a la naturaleza y la sensibilidad, al origen, a la identidad, a la memoria, a las utopías, a las imágenes del deseo, a las “extrañezas insulares”. Estoy en el paisaje; el caminar es para mí una experiencia directa sobre la relación cuerpo-territorio-paisaje. Mi objeto mismo de estudio e investigación es la huella, en el doble sentido de vestigio y de estado naciente. En este proceso, la impronta técnica (frottage) se despliega en la preocupación escultórica por trabajar, las marcas, las huellas, los incisos, y desarrollarlo, como si de pieles se tratara. Las cortezas se convierten en un cuerpo más. las superficies revelan su historia al mostrar la más mínima incisión del tiempo, hasta el punto de fundirse con el propio cuerpo. Identidad y no-identidad, lo cognitivo y lo perceptivo se retroalimentan hasta tal punto que no puedes escoger entre un modo u otro, sino abrazarlos simultáneamente y de un mismo golpe. Es un desnudamiento en el que la apertura es un afuera o un adentro más íntimo, cuya profundidad se oculta siempre. Como decía Valery, “lo más profundo es la piel”. Lo insular, de una u otra manera me atraviesa: porque es mi paisaje natural. Sin embargo, lejos de aislarme, lo percibo como un vínculo con el exterior, con lo cósmico y con la belleza”.
- ¿Habrá catálogo de la exposición?, ¿quiénes colaboran y cuándo crees que estará a disposición del interesado?
“Si, lo habrá como se ha venido desarrollando en este ciclo. Para mí, la publicación tiene igual importancia que la propia exposición. Nunca me he desligado de ella, siempre la he cuidado con la misma perseverancia y detalle, considerándola una obra más. He consolidado una trayectoria profesional siempre en equipo relacionada con el diseño de publicaciones, tanto para las instituciones, como a nivel privado, pero también colaboro con diferentes poetas en sus ediciones con mis obras, por eso nada me es ajeno. En esta ocasión, no será menos y estoy encantado con lo que viene, la colaboración con Isabel de Naverán, Sandra Santana y con María José Arce”.
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