Archive for the ‘Cine de allá’ Category

¡Bosambo!

Sábado, Enero 31st, 2015

Durante los años treinta el cine británico produjo una serie de películas que contribuyeron a justificar su política colonial. Uno de los grandes productores de ese cine, un cine que ensalzaba el patriotismo y el paternalismo que el hombre blanco ejercía sobre los pueblos en los que descansaba su férrea y civilizadora mano es Alexander Korda. 

Vistas hoy, la mayoría de estas películas no pasan la prueba de lo políticamente correcto pero son obras adecuadas para ilustrar a iniciados lo que significó el proceso colonial si se observa más allá de lo anticuado en que han quedado estas historias.

Bosambo (Sanders of the River, Zoltan Korda, 1935) es uno de estos títulos, un filme hondamente politizado y racista pero perfecto para comprender cómo era el mundo hace ahora ochenta años, época de conquistas y adelantos en los que ya se vislumbraba el inicio de la II Guerra Mundial.

No es Bosambo una de las mejores películas exóticas de los hermanos Korda, quienes arañarían el cielo con ese monumento al Imperio que sigue siendo Las cuatro plumas (1939), hasta el momento la mejor adaptación cinematográfica de la novela del mismo título de A. E. W. Mason, pero sí que resulta un filme que debido precisamente al paso del tiempo ha crecido por, digámoslo ya, raro por extraño e insólito.

Basado en un relato de Edgar Wallace, el padre del thriller moderno, Bosambo mezcla en la misma historia imágenes reales –tomas documentales de los lugares más remotos de Nigeria– con las rodadas en estudio para narrar un relato en el que su protagonista, un negro nigeriano llamado Bosambo, se autoproclama jefe de la tribu de los ochori e, inexplicablemente, los ingleses apoyan. En otras circunstancias, se destaca en el filme, esto le hubiera costado la pena capital aunque ahora Bosambo es aceptado por la alta autoridad colonial  sin el menor reparo. La razón de este extraño proceder es que el legítimo rey de los ochori, Mofolba, se ha declarado en rebeldía.

La película muestra a Bosambo como un rudo bonachón, pero también un hombre inteligente que aprovecha el respaldo británico para consolidar su poder. El Comisario Sanders, papel que interpreta Leslie Banks –el conde Zaroff en ese indiscutible clásico del cine de aventuras que es El malvado Zaroff (Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack, 1932)– dinamita pues la tradición ancestral del territorio que gobierna para colocar en su lugar a un plebeyo de su absoluta confianza: Bosambo, al que interpreta el actor y cantante Paul Robeson.

No deja de resultar interesante esta película, bastante dinámica como fueron todas las aventuras africanas que rodaron los Korda, porque su protagonismo lo asume un jefe que ha sido impuesto por los blancos y que como tal trabajará por y para los blancos.

En el filme los blancos, salvo los traficantes de ginebra y armas, son hombres civilizados, honestos y entregados a su trabajo, tanto que el mismo comisario Robeson aplaza su matrimonio para resolver con la ayuda de Bosambo la revuelta.

Otra curiosa característica de Bosambo es que aprovecha las cualidades como barítono de Robeson para incluir algunos números musicales en la película y que sin venir a cuento se dejan ver con desconcierto. También que, en contra de otras películas coloniales de la época, la pareja protagonista la encarne el rey Bosambo y su esposa (Nina Mae McKinney), lo que deja como secundarios al resto de reparto, en especial a los actores blancos.

En Bosambo el hombre blanco además de encarnar la ley y un gobierno superior es para los nativos algo así como una encarnación divina a la que no conviene llevarle la contraria. Y eso lo sabe Bosambo, no el verdadero rey de los ochori, el salvaje y primitivo Mofolba.

Ya se dijo que como película para analizar el espíritu colonial del hombre blanco y en concreto del británico, así como para iniciar un encendido debate sobre el racismo, Bosambo debería de ser un título muy a tener en cuenta ya que observar como ochenta años después aún late esa propaganda colonial ayuda a ver las cosas de otra manera.

En la película el imponente rey Bosambo hace todo lo posible para gobernar con cabeza un pueblo que se disgrega en diferentes y hostiles tribus a lo largo de un río. Cree que con la ayuda británica podrá forjar una nación moderna para que los suyos dejen de estar anclados en otro mundo. Un mundo que nada puede hacer para conservar sus ancestrales esencias, y mucho menos si se enfrenta a las armas del hombre blanco.

No es un clásico del cine de aventuras pero sí un título insólito en aquellos años treinta donde la visión que se tenía de África en Europa y en los Estados Unidos de Norteamérica no iba más allá de Tarzán de los monos (S.W. Van Dyke, 1932).

Saludos, África, desde este lado del ordenador.

¡Pájaro!

Viernes, Enero 23rd, 2015

En la cartelera se cuela de vez en cuando películas anormales que resultan francamente serias para el maleducado espectador que todavía se arriesga a gastarse un puñado de euros en una sala de cine.

Una de esas rarezas que se vende de qualité es Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), una película ”que hay que ver” para que ese público que está poco acostumbrado a meterse en un cine vaya, precisamente, al cine y salga zumbado ante la arriesgada pirueta visual (plano secuencia) y el excelente trabajo de unos actores que pierden bastante su gracia si se observan y escuchan en versión doblada.

Y Birdman, que insólitamente conserva su título original se estrena en este territorio en el que habito en rigurosa versión doblada porque así son las cosas y porque los que gestionan las grandes cadenas de multisalas no terminan por aclararse con eso de  los subtítulos.

Deben de temer, digo yo, que con tanto letrerito el espectador tire la toalla y deje de ver la historia de un pájaro que interpreta con tanta conmovedora convicción Michael Keaton, a quien Iñárritu le ha regalado el papel de su vida como Quentin Tarantino recuperó la carrera de John Travolta en Pulp Fiction.

Al margen de doblaje y del mensaje que transita por una película en la que cámara persigue a los protagonistas dentro del vientre de un teatro, sobre el escenario del mismo teatro, los camerinos, la azotea y las calles que rodean al –ya se ha dicho– teatro y la habitación de un hospital, Birdman no termina de ser una gran película por aquello de “la inesperada virtud de la ignorancia”, pero propone interesantes reflexiones sobre el peso del éxito y el fracaso, la soledad y la familia, así como un debate en torno al cine comercial y la necesidad que tiene una vieja y acabada estrella por demostrar que es un verdadero artista.

Birdman gustará a los que reclaman una película “de la que se pueda hablar y quedar bien porque es adulta” aunque sus personajes sean de psiquiátrico; y a los teatreros y, probablemente, a ese público cansado de un cine que no va más allá del asombro de los efectos especiales pero adormecerá, que no es lo mismo que irritará, a los que solo deseaban ver  una película que les partiera el alma.

Birdman está narrada con prodigioso y continuado estilo, y es un disfrute observar el trabajo de sus actores aunque estén doblados, pero no transmite emoción porque todo parece perfectamente calculado. Y frío, distante, por mucho que el espectador esté encima del escenario a través del objetivo de la cámara. 

En su política de expansión el cine norteamericano estrena de tanto en tanto películas anormales que por lo menos justifican el intento por reconciliarse con una industria que hoy solo resulta aprovechable en la pequeña pantalla. No obstante, soprendieron por extravagantes y millonarias Gravity y El Gran Hotel Budapest, títulos a los que les fue además muy bien comercialmente aunque resultasen frías y distantes.

Con Birdman siento esa misma sensación. La de que pese a que por una vez no me han estafado en taquilla cuando salgo y piso la calle apenas estoy ido. En mi cabeza hay destellos de Emma Stone y de Naomi Watts. Y de Keaton como de Edward Norton pero ná más. Son imágenes que se disuelven rápidamente en la memoria… Al final, no queda ná del pájaro.  

O las ratas del aire, que decía Marcial.

Y atraviesas la avenida como un náufrago mientras piensas en cuánta razón tuvo La Lupe cuando cantó que la vida es puro teatro.

Saludos, telón, desde este lado del ordenador.

¿Quién dijo que el sueño de la razón produce monstruos?

Viernes, Enero 16th, 2015

“En su mirada vi la confesión plena de su derrota. Mi victoria no tenía, ni tuvo nunca, más que dos testigos; no por ello me fue menos preciosa.”

(El manuscrito encontrado en Zaragoza, Jan Potocki. Traducción: José Luis Cano. El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, 1971) 

Nunca me reí tanto y nunca pasé tanto miedo que viendo El manuscrito encontrado en Zaragoza. Una película que ahora celebra su cincuenta aniversario y que a mi, personalmente, me sigue provocando risa y, al mismo tiempo, mucho miedo.

La versión cinematográfica de la novela que firma Jan Potocki es, como el autor de la obra original, polaco. De una Polonia sumida en aquellos años en blanco y negro en un régimen –el socialista– que entonces se observaba en occidente con crudo y bélico recelo. 

O bobería de comunistas. Una gente muy aburrida por grisácea y uniforme.

No sé pues como se las ingenió Wojciech Has para rodar esta fantástica película fantástica, ni cómo logró reunir tantos medios para el cine polaco de la época y regalarnos a los cínicos habitantes de occidente (¡el mundo libre!) un filme tan ingenioso e insólito. Y sobre todas las cosas tan hábil y riguroso a la hora de adaptar el clásico literario que la inspira.

Imagino que saben que la película se basa solo en los relatos en clave fantástica de la obra original. Un puñado de historias que se mezclan unas con otras, al modo de Las mil y una noches, en la que se narran y cuentan historias e historias como si de un tétrico laberinto se tratara.

Y ambientado en una fabulada geografía española más próxima a la magia que a otra cosa.

Una España apasionada y apasionante en su desolación en la que puede ocurrir cualquier cosa. Más cuando un oficial de la perfecta maquinaria del ejército francés se encuentra con un extraño manuscrito tras la toma de Zaragoza.

Afirman los expertos que Potocki lo escribió bajo el influjo de Francisco de Goya y la versión cinematográfica de Has explota esa visión salvaje y negra de España sin perder el agradecido sentido de la ironía que empapa el texto original: el respeto a lo sobrenatural desde una atractiva perspectiva ilustrada.

¿Quién dijo que el sueño de la razón produce monstruos?

Y así inicia el protagonista su odisea con ingenuo ingenio infantil mientras suena de fondo la música e Krzysztof Penderecki.

El malogrado actor Zbigniew Cybulski (en la imagen) interpreta al audaz oficial francés que se convierte en el involuntario centro de esta historia. Un hombre de fe que…

“- Alfonso mío  –me dijo Emina–, ¿seréis capaz de hacer un sacrificio por nosotras? Se trata de vuestro interés más que del nuestro.

- Mi bella prima –le contesté– ese preámbulo es innecesario. Decidme francamente lo que deseáis de mí.

- Querido Alfonso –volvió a decir Emina–, nos desagrada e intimida esa joya que lleváis en el cuello, y que, según  nos habéis dicho, es un trozo de la verdadera cruz.

- Oh, no me pidáis que me la quite –contesté rápido–. Prometí a mi madre llevarla siempre encima, y yo cumplo todas mis promesas, como sabéis.”

Polonia era en 1965 un país controlado por un primo del gran hermano socialista que no perdía ojo sobre un territorio que había dividido media Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y fue rodada entre la frustrada Revolución húngara de 1956 y la Primavera de Praga de 1968…

Así que… ¿Cómo pudo rodarse El manuscrito encontrado en Zaragoza en pleno y santificado realismo socialista?

Probablemente porque el tuerto es el rey en el país de los ciegos.

Durante aquelos años el cine polaco continuó brillando con otras producciones igual de tuertas. Eran tiempos de Guerra Fría… Faraón (Jerzy Kawalerowicz, 1966) se estrenó un año después que El manuscrito encontrado en Zaragoza… Y pese a que son dos películas  distintas sí que tienen puntos en común: ¿cómo nos manejan a cuenta del más acá y el más allá?

Viaje iniciático, reflexión ocultista, la novela como la versión cinematográfica de El manuscrito encontrado en Zaragoza es una obra circular del cine como fuente de entretenimiento y evasión en su estado más desarmente y puro.

Una cinta misteriosa que esconde otras cintas igual de misteriosas en la que el iniciado que no las resuelve pero sí que aprende de todas ellas, se transforma al final en maestro. Es decir, en un aprendiz que solo sabe que no sabe nada.

Y todo gracias a un relato poblado de espectros, endemoniados, bellas doncellas y apuestos galanes libertinos.

 Un acertijo hecho broma: la vida.

Saludos, salto hacia atrás y cojo la espada, desde este lado del ordenador.

El mundo se ha vuelto tonto, tonto, tonto

Martes, Diciembre 23rd, 2014

Al principio pensé que se trataba de una de esas diabólicas maniobras publicitarias que te venden cualquier cosa pero con el crepitar de los acontecimientos se ha logrado lo inimaginable: despertar el escaso interés que tenía por ver The Interview, la comedia no sobre Corea del Norte sino sobre el asesinato de Kim Jong-Un que protagonizan James Franco y Seth Rogen.

Rogen también dirige este largometraje cuyo estreno ha cancelado Sonny Pictures tras los ciberataques que ha recibido la compañía. Ataques que investigadores del FBI señalan vienen de Corea del Norte.

The Interview cuenta una historia en clave de comedia en la que dos periodistas norteamericanos viajan a ese país para entrevistar a su amado líder, Kim Jong-Un, con el fin de asesinarlo. Órdenes de la TIA, digo CIA.

Matar a Kim como a un lechón.

Circula en las redes el momento en el que asesinan a Jong-Un en la película.

Ah, Corea del Norte…

Toda la información que circula en torno a ti es sesgada. Venga de tus detractores como de tus defensores. Todos, los que están en tu contra como los que están a favor, han despertado al tonto que llevaba dentro y que ahora quiera ver una película tan tonta como aquellas que protagonizaban Bing Crosby y Bob Hope. Solo que en las de Crosby y Hope sonaban buenas canciones…

Hasta ahora el artículo más sensato leído sobre esta amenaza bélica lo escribe George R.R. Martin, el autor de Juego de tronos, no ya por estudiar el conflicto y sus consecuencias sino por la justificada rabia que transmite porque no se estrene en el Mundo Libre.

Martin ofrece que esta película se exhiba en una de sus salas a un a riesgo de desatar las iras de Kim Jong-Un.

Un Kim Jong-Un que parece el malo de una película de James Bond pero si así fuera… ¿por qué no está 007 en Corea del Norte?

¿Y los del Team America?

¿Para eso pagamos impuestos los del Mundo Libre?

The Interview estaba previsto que se estrenase estas navidades. Otra producción insustancial con la que ocupar las carteleras en unas fechas tan poco dadas a pensar con la cabeza y sí con el impulso de saquear lo poco que llevas en el bolsillo.

Pero no ha podido ser.

Todavía.

Semanas atrás un grupo de activistas, los Guardianes de la paz, se dedicaron a liarla  al revelar públicamente información interna de Sonny mientras aparecía en las pantallas de los ordenadores de la compañía: “os hemos advertido, esto es solo el principio”.

La escalada de miedo fue en aumento hasta que Sonny, por si las moscas, apostó por cancelar su estreno –previsto el 25 de diciembre de 2014– cuando el FBI anunció que detrás del ciberataque se encontraba… Corea del Norte.

O la mano alargada de Kim Jong-Un.

Un tipo, el Kim, que hace estas cosas porque le viene de familia.

Saludos, “os hemos advertido, esto es solo el principio”, desde este lado del ordenador.

En busca de la Tierra Prometida

Miércoles, Diciembre 10th, 2014

Cecil B. Demille es todo un personaje en la Historia del Cine. Nadie puede negarle su olfato para la taquilla y su apuesta por el gran espectáculo. Muchos por lo tanto todavía recordamos su obra por atreverse a trasladar a la gran pantalla algunos de los relatos que se narran en ese fabuloso Libro pergeñado de venganzas, sexo y líos familiares como es el Viejo Testamento.

Demille se percató que en ese Libro se encontraba casi todo lo que el público demandaba a una película y que, inspirándose en el Libro, podía incluso burlar a la censura con la excusa de que su cine además de colosal respetaba el mensaje del original literario, es decir, su espíritu sagrado que eclosiona en la todavía fascinante Los diez mandamientos (1956), una película que descubrí siendo un enano y que pasó a formar parte de mi memoria por la escena del Mar Rojo, la misma en la que Moisés a golpe de vara separa sus aguas para que el esclavizado pueblo judío alcance la Tierra Prometida mientras es perseguido sin tregua por los egipcios.

La historia de quien hace posible este milagro, Moisés, reúne otros atractivos ya que narra cómo su protagonista recupera identidad y linaje tras descubrir que no es un noble egipcio sino un judío que por revelación asume la tarea de guiar a su pueblo. Sin embargo, su gesto trae consecuencias, como poner fin a una ambigua amistad con el faraón cuando Moisés asume la misión que le encarga el Dios de los hebreos.

El Dios de los hebreos es un Dios colérico y caprichoso que más que cuidar de los suyos parece que los mantiene a raya para que no se le salgan del tiesto. Es probable que esta soberbia actitud divina explique el posterior devenir no solo de los hijos de Israel sino también de los seguidores de las otras dos grandes religiones monoteístas que nacieron bajo su inspiración como son la cristiana y la musulmana.

No es éste, sin embargo, un espacio para reflexionar sobre religión pero sí de la última película que narra la rebelión de Moisés, el príncipe de Egipto, en nombre de una fe que en Exodus (Ridley Scott, 2014) encarna una divinidad con la forma de un niño caprichoso y violento. También sediento de venganza.

Pese a su duración, no termina de aburrirme Exodus quizá porque conozco la historia, la historia de Los diez mandamientos, aunque sí noto en falta episodios que forman parte de este apasionante episodio como es la lluvia de maná y la ira desatada de Moisés cuando descubre a su pueblo, el judío, adorando al becerro del oro mientras baja de la montaña portando las tablas de la Ley.

El filme de Scott pone el acento no en el relato bíblico conocido sino en mostrar el ocaso de una civilización que se enfrenta a un iluminado Moisés. Un Moisés fanatizado que a lo largo de la película renuncia a su humanidad para guiar a su nación por el desierto.

Es inevitable que recuerde y haga comparaciones entre Exodus y Los diez mandamientos y que apueste más por el individualismo salvaje de Charlton Heston que por el fanatismo rebelde de Christian Bale así como por el laconismo de Yul Brynner frente a la vulnerabilidad de Joel Edgerton haciendo de Ramsés, pero pese a estas siempre odiosas comparaciones y un doblaje que fustiga, Exodus funciona porque esta historia, ya lo sabía el viejo Demille, funciona.

Y funciona porque si bien cuentan más o menos el mismo relato, el filme de Scott se decanta por resaltar su lado humano al mismo tiempo que muestra con sospechoso guiño agnóstico los milagros y los castigos que el Dios de los hebreos realiza primero con forma de siete plagas, brillantemente expuestas en pantalla, para concluir con el descenso, no separación, de las aguas del Mar Rojo en la escena más espectacular de una película que, como Los diez mandamientos, entiende que fue el milagro más vistoso y atractivo cinematográficamente hablando de cuantos pudo realizar el profeta a quien, irónicamente, su Dios le negó entrar en la Tierra Prometida.

Si despierta mi interés Exodus y hace que clave los ojos con cierta sorpresa en la pantalla del Cine Víctor es que la película cuenta con escenas muy bien resueltas y en todo momento intenta hacer realismo con unos hechos que sobrepasan a la misma historia. En este aspecto, la conversión del guerrero Moisés a profeta es creíble, así como el proceso de humanización que padece su oponente, el faraón de Egipto, un joven ansioso de poder al que las circunstancias –como la muerte de su primogénito–vuelve cada vez más oscuro y escéptico. Se aprecia que detrás de esta historia se encuentra un guionista, Steve Zaillan, preocupado por personajes con contraste, por mostrar las dos caras de una misma moneda. Vean si no La lista de Schindler, Gangs of New York o American Gangster.

Resulta igual de destacable la participación española en esta epopeya, desde su banda sonora que firma un cada día más internacional Alberto Iglesias, y la de la actriz María Valverde. Huelga recordar que la película se rodó también en escenarios de Almería y Fuerteventura. Se menciona solo a título informativo, el trabajo de actores como Sigourney Weaver, John Turturro y Ben Kingsley que parecen que están ahí, pese a su brevedad en pantalla, para que el espectador iniciado los reconozca y recuerde que está contemplando una súper producción.

Exodus, como los fue también en su día Los diez mandamientos, recurre y mucho a los efectos especiales no solo para mostrar las siete plagas y la espectacular escena en las que las aguas del Mar Rojo se traga al ejército egipcio que persigue al pueblo elegido por ese Dios que encarna un niño ya se ha dicho que caprichoso y cruel, sino también para mostrar la grandeza de una ciudad, Menfis, que me hace preguntar qué hubiera hecho Demille con esta técnica si hubiera estado tan avanzada en su tiempo. Es verdad, en todo caso, que esa afición al colosalismo opaca en ocasiones los enfrentamientos entre Moisés y Ramsés en Exodus, pero la historia de lo que no deja de ser una amistad traicionada en nombre de la fe –fe que hace que Moisés también se vea obligado a abandonar a su esposa y a su hijo para socorrer a los suyos– es todavía tan fuerte que logra trascender la mentira de tan precisos efectos digitales.

Ridley Scott dedica esta película a su hermano Tony Scott, fallecido en trágicas circunstanciasa hace dos años. No sé si eso explica que, al finalizar el filme, escuche en el vientre de ese único cine que existe en Canarias y, probablemente en este país que se nos pierde, tímidos aplausos de unos espectadores que –pienso– tuvieron también la opotunidad de ver en su día Los diez mandamientos.

Saludos, vagando por el desierto en busca de la Tierra Prometida, desde este lado del ordenador.

Vétete por ahí, Christopher Nolan

Lunes, Noviembre 10th, 2014

El caso de Christopher Nolan es uno de los más interesantes para reflexionar sobre el grado de trascentente estupidez al que ha llegado el cine norteamericano en los últimos tiempos.

Cineasta que disfruta de la condición de autor para legiones de espectadores con su misma empanada mental, las películas supuestamente densas de Nolan y las que firma junto a su hermano si por algo se caracterizan es por su raquitismo intelectual. Raquitismo que engaña a unos por su premeditada dificultad. O las manías de Nolan por hacer autodenifidos con el cine de rápido consumo, al que viste como al protagonista del cuento infantil El traje nuevo del emperador. Es decir, de nada. La misma nada, solo que barroca, de ese cine de rápido consumo que hoy llega a la gran pantalla.

En el caso de Nolan –y Origen e Interestalar son la pescadilla que se muerde la cola– su supuesta solemnidad, que en el caso de Interestelar subraya una banda sonora con olor a sacristía, es una nueva tomadura de pelo si el espectador tras su media hora inicial se interesa por seguir la trama. El problema es que la trama, como El traje nuevo del emperador, es nada.

Conclusión a la que se llega por mucho que se esfuerce Nolan por demostrar lo contrario. Claro que su demostración es enmarañada lo que suscita que uno piense en sus cosas porque por nimias que resulten son más importantes y preocupantes que esta millonaria diarrea que, inevitablemente, elogiarán los que se empeñan en decir que Nolan es un director que tantea los géneros populares con espíritu de refinado gourmet.

Y no. No es oro todo lo que reluce en las tan celebradas películas de Nolan. Y si bien se admite que su cine es vistosón, la fuente de la que emana ese resplandor es descafeinada aunque él nos la venda como de verdadero café.

Tras la conmovedora desazón de Perdida (David Fincher, 2014) por obra y gracia de Nolan tengo esa inquietante sensación de que una vez más esto de ir al cine es como jugar a la Lotería con la esperanza de que te toque el Gordo.

Pero el Gordo es inalcanzable en estos días de poco vino y menos rosas.

De todas formas, si algo bueno tiene esta nadería envuelta con dorado papel de regalo es que regreso al vientre de un dinosaurio. Ese dinosaurio es el Cine Víctor, una sala que cuando despierto está ahí.

Y allí estoy en el Víctor, mientras estiro cómodamente las piernas porque me siento en el pasillo central de la parte de abajo –porque es un Cine de arriba y abajo–  mientras se proyecta una película que invita a que pierdas el tiempo no con los ojos puestos en pantalla sino en la lámpara que cuelga del techo y en observar las reacciones de otros incautos que, como yo, han compartido ese maravilloso momento de comunión en penumbras para ver una película –por penosa que sea, que éste ha sido el caso– en un cine como Dios manda.

Así que concluyo que éste y no otro es el verdadero viaje interestelar y no el que ofrece el largo, pero largo largometraje.

Una película a la que regreso a ratos sin dejarme de preguntar cómo Nolan se atreve a ir así por la vida y cómo hay aficionados que se tragan estos ladrillazos sin rechistar y encima lo reivindican por su condición de rareza en el empantanado universo del cine de consumo rápido en unos tiempos siniestros que no toleran gastos inútiles.

Salgo pues del Cine preguntándome no ya ¿quién soy ni a dónde voy? sino ¿por qué es el hombre el único animal que tropieza dos veces?

¿Más cuándo esa piedra tiene nombres y apellidos?

Vétete por ahí, Christopher Nolan…

Saludos, agujero de gusano, desde este lado del ordenador.