Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Lacombe Lucien y Patrick Modiano

Lunes, Octubre 20th, 2014

Patrick Modiano ocupó espacio la semana pasada en los medios de comunicación tras obtener el Premio Nobel de Literatura, un galardón cuestionado por los numerosos y grandes escritores que ha olvidado en favor de otros que sí lo recibieron pero de los que hoy casi nadie se acuerda.

No vamos a divagar en este post sobre el Nobel, ni siquiera sobre los premios literarios a los que habría que poner en cuarentena, pero sí de la incursión que Modiano ha hecho en el cine y que tiene como coguionista en Lacombe Lucien (Louis Malle, 1974) uno de sus títulos de referencia –con permiso de Bon voyage (Jean-Paul Rappenau, 2003)– porque bebe de uno de los manantiales más contaminados de la historia francesa: su contradictoria (des)lealtad durante los años de ocupación alemana en la II Guerra Mundial.

Lacombe Lucien retrata la incursión de un joven tontorrón que se deja arrastrar por la marea en la Gestapo francesa, y muestra como contribuye con una estremecedora e infantil crueldad a la represión.

Lacombe Lucien se desliza y adentra en ese tierra pantanosa donde traición y lealtad tiene  espíritu de farsa.

Y farsa es la de un pueblo que por comodidad se amolda a las circunstancias y al que parece que le gusta que lo metan en cintura.

La cinematografía de Louis Malle cuenta, entre otras películas, con una adaptación muy digna de El fuego tatuo, una novela de Pierre Drieu de la Rochelle que fue uno de los grandes escritores franceses maldito por converso.

El fuego fatuo de Malle no ha perdido aún su encanto perturbador y generacional. Y continúa siendo una de las mejores películas del cineasta como de su actor protagonista, Maurice Ronet. Malle volvería a Drieu de la Rochelle pero con un guiño en Adiós muchachos (1987), donde da el nombre de Drieu a uno de los jóvenes del internado en el que transcurre la película.

Lacombe Lucien, y en el otro extremo de la balanza Adiós muchachos, es un relato de traición adolescente que al mismo tiempo hurga en la olvidadiza memoria de un país que hasta periodo reciente no se había preocupado en estudiar las razones de porqué aceptó la derrota con tan despreocupado conformismo.

¿Funcionó el hemos perdido una batalla pero no la guerra?

Cuenta todo esto y más Lacombe Lucien, un monstruo inocente que termina por militar en la Gestapo francesa. Pierre Blaise interpreta al bronco y salvaje Lacombre Lucien, un personaje contradictorio, un inadpatado que forma parte de un grupo de arribistas que carece de ideología pero sí de vocación de servicio en pro de sus intereses.

Unos intereses a los que la legalidad vigente ignora siempre y cuando resuelvan sus trabajos sucios.

Lacombe Lucien celebra su cuarenta aniversario.

Saludos, cuarenta años no son nada, desde este lado del ordenador.

Apreciada Annabelle…

Viernes, Octubre 17th, 2014

Se ha convertido en una costumbre ir a ver películas de ciencia ficción y terror que normalmente me hacen salir de la sala estupefacto, que no cabreado, por las de tonterías que me trago con una puntualidad que afortunadamente no es germana.

El veneno, ya saben, hay que tomarlo con cautela pero estoy tentado de envenenarme con Annabelle.

La película en Francia está resultando demasiado underground. Provoca, leo, disturbios entre los jóvenes.

Annabelle (John R. Leonetti, 2014) “causa una reacción como anormal a los jóvenes”.

¿Anormal?

Enciende riñas y que algunas butacas terminen destruidas, reducidas a añicos entre vasos de refrescos y bolsas de cotufas.

Pibes de entre doce y quince años se vuelven como Demons (Lamberto Bava, 1985) y se escupen, orinan y buscan y encuentran peleas mientras se proyecta en pantalla Annabelle.

- ¡Ogden, ogden!- reclama un adulto con las manos en alto.

Y uno de los jóvenes le lanza un escupitajo que se desliza por su frente.

La muñeca poseída mientras tanto observa desde la pantalla. Una pantalla que, como en los mejores tiempos del cine Delta, aquí mismo, en Santa Cruz de Tenerife, recibe vasos de plástico y litros de refresco, bolsas de cotufas y otros salados.

Tanto ha sido el desorden que los cines de París, Estrasburgo y Monpellier han prohibido su proyección hasta nuevo aviso aunque esto no vaya a evitar que Annabelle se vea y que se convierta en la película que ni sus productores imaginaron que fuera.

Esa que no deben ver los jóvenes franceses porque los vuelve más locos de lo que deberían de estar.

Y fuente del desorden: Annabelle.

Ya contamos en este mismo su blog El Escobillón.com las sensaciones que vivimos en una sala de cine con el  reestreno de El exorcista (1974), que entonces se exhibía con la excusa de que se trataba del montaje del director (2000), William Friedkin.

La primera vez que vi la película fue en el cine Delta. Un cine santacrucero que adquiere para mi resonancia de leyenda porque fue la primera sala donde me dejaron entrar a ver películas para mayores de 18 años como lo que era: un niño. Claro que más allá de aquellas películas estaba vivir lo que podía pasar en el cine…

Un borrachito montando escándalo, una lata de sardinas estampándose contra la pantalla o gritos histéricos del público viendo cualquier cosa en aquella pantalla que tenía una sospechosa mancha de huevo que por mucho frotar continuaba ahí desde tiempos de Matusalén.

Pero con El exorcista todo fue terrorífico silencio en el Delta. La original, una copia viajada y estropeada nos mantuvo clavados en las butacas mientras Regan llamaba de todo a su madre y al padre Karras.

Desde entonces El exorcista –con o sin montaje del director– continúa resultando una película igual de perturbadora y me cuesta verla solo. En casa o en un cine.

Los Multicines Oscars, que fueron las primeras multisalas que anunciaron el fin de los grandes cines en esta capital de provincias en la que vivo, estrenó muchos años después El Exorcista con la excusa, recuerdo, de que se trataba el montaje del director. Y allí fuimos sorprendidos de que hubiera tanta pibada rodeándonos y ansiosa por ver la película.

Y sí, hubo gritos, pero no de miedo sino de guasa. Y muchas bromas de colegio y chistes de maldita la gracia.

Ya lo conté en un post.

Y lo repito ahora porque el follón que arma Annabelle me evoca ese mal rato.

Pero no un mal de terror sino un mal rato con lo que hay.

¡Ogden, ogden!

Saludos, despierta, desde este lado del ordenador.

Hasta que la muerte los separe

Martes, Octubre 14th, 2014

No recibe el trato que se merece una película como Perdida, el último trabajo hasta la fecha de su director, David Fincher, probablemente uno de los cineastas más personales del cine norteamericano de los últimos tiempos, por razones que aún se me escapan.

El filme adapta la novela del mismo título de Gillian Flynn, guión del que se ocupa la misma escritora y libro que nada más aparecer en librerías se convirtió en todo un éxito de ventas por lo que resultaba inevitable su versión cinematográfica. Lo que quizá no imaginó casi nadie es que un cineasta que siente tanto atractivo hacia lo oscuro como Fincher fuera el encargado de su correspondiente traducción en imágenes. Claro que, probablemente, muchos olvidaran que David Fincher fue quien asumió la tarea de dirigir la versión norteamericana de otra novela de mucho éxito, El hombre que no amaba a las mujeres y de su gusto por, más que mostrar, analizar lo perverso, el monstruo que todos llevamos dentro.

Si se estudia la filmografía de este cineasta se detecta la atracción que siente hacia el mal. Una obsesión, nos atreveríamos a decir, que roza incluso con los religioso. Este discurso forma parte en la todavía desconcertante Alien 3 y vuelve a explotarse en Seven y Zodiac, dos excelentes películas en las que se radiografía con una mirada sucia pero a la vez poética lo demoniaco, personificado en la liturgia de dos asesinos seriales (uno real y el otro de ficción) y cómo afecta sus crímenes a los protagonistas aparentemente corrientes de ambos largometrajes.

Esta misma temática da una violenta vuelta de tuerca en su todavía polémica y provocadora El club de la lucha, en la que el mal es el monstruo que todos llevamos dentro y ahora, con Perdida, insiste en el mismo asunto pero en un espacio tan rutinario como es el del matrimonio que encarnan un convicente Ben Affleck y una turbadora Rosamund Pike.

Se le puede criticar a Perdida las trampas que pueblan el guión, la mayoría de ellas escandalosamente chirriantes por su vocación de sorprender continuamente al espectador, pero creemos que va en función de la virulenta crítica que el cineasta propone ante tan sagrada institución, al tiempo que machaca todo el circo mediático que se desarrolla a su alrededor. En este aspecto, Perdida resulta un filme inquietantemente actual para los tiempos que vivimos por cómo refleja el tratamiento de los medios la primero desaparición y más tarde supuesto crimen de la atractiva protagonista de la cinta.

Hacía tiempo que no seguía con tanta atención una película con calado tan explosivo en un cine, así como la conmoción y el deseo de compartirlo con amigas y amigos con los que tuve la suerte de pasar rato tan desasosegante. Tan alejado del convencional cine que últimamente nos llega de Hollywood.

Perdida es una película con muchas trampas pero todas ellas están al servicio de un fin que descontrolará a más de uno. Por eso el regusto amargo que deja en la boca cuando se termina de verla, gusto que no desaparece incluso cuando uno intenta recuperarse de tanta calculada mentira mientras regresa a casa.

Es un error, en este sentido, observar esta película como un thriller más porque siendo un thriller va más allá al contagiar desconfianza y recelo con todos sus personajes. La sensación de que ninguno de ellos, y me refiero no solo a los protagonistas, merece salir bien librado de esta historia que a ratos parece un panfleto feminista y al otro sencillamente machista.

Los cachetones que el filme proporciona al espectador forman parte del juego (y Fincher es un cineasta al que le gustan los juegos, ver si no The Game) que da un insólito brío a una película en la que no es que nadie sea lo que parece sino que explora con turbia mirada las entrañas de la pareja. En este caso de una pareja aparentemente feliz.

Al final se agradece, concluye un espectador cansado de tanto infantilismo hecho cine, que un cineasta se atreva a meter el dedo en la llaga y hurgar en la herida. Que muestre que el monstruo no es tu compañera/o de cama sino esa persona que observas cada mañana y antes de desayunar frente al espejo.

Y que le reconozcas.

Y le sonrías.

Saludos, de juerga en Bada Bing, desde este lado del ordenador.

Soy Cuba. Cincuenta años después

Lunes, Septiembre 29th, 2014

La vida está repleta de paradojas. Que un cineasta norteamericano como Martin Scorsese se esforzara en dar a conocer recién iniciado el siglo XXI un filme soviético y objetivamente propagandístico como Soy Cuba debe de asumirse como un elogiable esfuerzo por defender el arte más allá de las barreras geográficas e ideológicas.

La película celebra además su cincuenta aniversario, una excusa cualquiera para recomendar un trabajo al que no araña el paso del tiempo por su condición de rareza, rareza que no fue bien recibida ni por el público cubano ni por el soviético de su tiempo porque carecía de unos valores revolucionarios en su mensaje que la alejaban del gélido y ortodoxo realismo socialista.

Soy Cuba es pues un objeto extraño, que casi parece que nada en tierra de nadie mientras la Guerra Fría se volvía por aquel entonces peligrosamente caliente.

Vista con cierta perspectiva cincuenta años después, Soy Cuba continúa conservando sus personales señas de identidad y sorprende aún por su audacia técnica porque se trata de un largometraje donde prima la técnica por encima de las historias. Cuatro relatos en los que se pretende mostrar cómo era Cuba antes del triunfo castrista al pasear la cámara por los campos cultivados de caña de azúcar, la politización en la vida universitaria y la vibrante y bullanguera vida urbana que se cocía en una ciudad como La Habana. Se recorre también y en clave poética un espartano campamento guerrillero del Movimiento 26 de Julio en la Sierra Maestra.

Soy Cuba está firmada por Mijaíl Konstantínovich Kalatózov, un cineasta que cuenta entre otras películas con una hermosa y tremendamente lírica película bélica, Cuando pasan las cigüeñas (1957) y un curioso aunque fallido filme histórico, La tienda roja (1969), donde narra la trágica expedición al Ártico del dirigible de la clase N Italia al mando de Umberto Nobile y el rescate de los supervivientes semanas más tarde y que protagonizan Peter Finch como Nobile y Sean Connery como Roald Amundsen.

Retomando el espíritu que alimenta Soy Cuba, y cribando el mensaje ideológico que inunda los distintos episodios en los que se vertebra el filme, que hoy resultan de una desconcertante ingenuidad por su carácter de propaganda, la cinta de Kalatózov continúa siendo una obra excepcional en cuanto a sus proezas técnicas así como una atractiva postal sobre un país recién entrado en el socialismo y que conservaba todavía vestigios del esplendor capitalista.

Un esplendor material, discursea la película, pero no moral, subraya la película.

Observada de esta manera, se multiplica su efecto de rareza, de producto único. Casi puede interpretarse como metáfora de un sueño que para unos terminó por convertirse en pesadilla.

El valor en todo caso de una película tan extraña por su singularidad como Soy Cuba es que pese a las adversidades, pese a su entusiasmo propagandístico disfrazado con poéticos movimientos de cámara, es que el filme resiste y se mantiene contra viento y mareas ideológicas. Casi como una isla acostumbrada a recibir huracanes.

Una cinta, en definitiva, que va más allá de su mensaje de buenos y malos porque conserva su carácter de cosa rara. De producto inclasificable, de filme donde el mensaje se diluye en sus atractivas acrobacias técnicas.

Saludos, hasta la victoria siempre, desde este lado del ordenador.

Sir Richard Attenborough

Lunes, Agosto 25th, 2014

En la larga y extensa lista de excelentes actores británicos Richard Attenborough logró brillar con luz propia, dando lustre con su presencia como secundario en películas que recuerdas, entre otras cosas, porque ahí estaba Attenborough, actor y cineasta a quien le sorprende la muerte a punto de celebrar su 91 aniversario, el 29 de agosto.

No fue Attenborough un tipo con un físico atractivo, precisamente, aunque supo vestir, como todos los actores británicos de su generación, el uniforme en películas como Comandos de la muerte (Guy Green, 1959); La gran evasión (John Sturges, 1963); Cañones en Batasi (John Guillermin, 1964) y La batalla de Inglaterra (Guy Hamilton, 1969). También transmutarse en un asesino en serie en El estrangulador de Rillington Palace (Richard Fleischer, 1971), entre otras películas que, lentamente, fueron alimentando una fama que sin ser estruendosa, sí que lo hizo reconocible y apreciado entre el público.

Su saber estar y adaptarse a los ciclos al mismo tiempo que contaba con el reconocimiento y respaldo de una profesión que, como todas las profesiones, solo te reconoce cuando yaces a dos metros bajo tierra, la filmografía como actor de Attenborough está repleta de cintas de referencia como El vuelo del Fénix (Robert Aldrich, 1965) y el Yang-sé en llamas (Rober Wise, 1966) . Ya iniciado el siglo XXI, fue uno más del reparto no digital de las dos primeras entregas de Parque Jurásico, dirigidas por Steven Spielberg, en la que modificaba el esquema del científico loco por el de una especie de Papa Noel iluminado…

La crítica, que casi siempre se mira el ombligo, no fue tan benevolente con su carrera como director. Probablemente porque como cineasta prefirió moverse entre las grandes producciones de carácter histórico y biográfico (El joven Winston, Un puente lejano, Gandhi, Grita libertad, Chaplin), desdeñando otras obras como Magic y sobre todo la más redonda, acabada de ellas: Tierras de penumbra, entre otras cintas que alguno podrá olvidar como A Chorus Line, En el amor y en la guerra y Búho gris.

Con todo, la ausencia de Richard Attenborough se recibe a modo de mazazo. Cosas de lo imprevisto. Es inevitable así que a lo largo de la redacción de este post de urgencia circule en torno a mi cabeza una frase demoledora que no se cansa de repetir el C.S. Lewis que interpreta Anthony Hopkins en Tierras de penumbra:

“El dolor de ahora forma parte de la felicidad de entonces”.

Saludos, fundimos a negro, desde este lado del ordenador.

La siesta

Sábado, Agosto 23rd, 2014

Penetro en las entrañas del cine Víctor para consumir un producto que se titula Guardianes de la galaxia.

Me siento en la butaca de la planta de abajo porque el Víctor es un cine de verdad y aprovecho para divagar contemplando la lámpara del techo mientras me invade la sensación de recuperar un pasado que en gran parte quemé, precisamente, en esa misma sala que hoy ennoblece una capital de provincias tan acostumbrada a maltratar sus señas, como si no quisiera tener memoria.

Me entra viruje pasear frente al edificio/templo masónico de la calle de San Lucas y por la Plaza de Toros… También por la de los Patos, que está a dos pasos de un Ayuntamiento que necesita hoy más que nunca de guardianes.

Igual son los de la galaxia.

La cuestión es que hacía tiempo que no iba al cine, y menos a un cine como el Víctor, así que continúa emocionándome el rito de que se apaguen las luces y que dé un salto en la butaca cuando irrumpe el sonido y empieza la película.

Procuro estirar las piernas como en casa y abro los ojos como no lo hago en casa dispuesto a dejarme ir por lo que, me dice un amigo, es una película de la que no te vas a quejar.

Mantengo los ojos abiertos…

Parte de la educación sentimental de mi adolescencia y primera juventud se forjó leyendo historietas de la Marvel y la DC en unos tiempos en los que ni se sospechaba que los japoneses también hacían colorines. Y a ellos le debo, a los héroes con poderes de aquellos comics, haber pasado unos buenos ratos.

Con el paso de años esas y otras distracciones más que cambiar se adaptaron u olvidaron, por lo que relegué sus lecturas porque al no continuarlas episódicamente me perdía con cada nuevo tebeo que caía en mis manos. No reconocía a nadie del equipo de la Patrulla X, o los X-Men; Bruno Díaz se llama ahora Bruce Wayne…

Pese a todo, a unos cuantos les sigo el paso con sus adaptaciones al cine. El Spiderman de Sam Raimi recuperó mi Hombre Araña de Steve Ditko… Muchas de esas películas alimentaron y alimentan la llama que todavía guardo en algún sitio y que resiste a apagarse…

Comienza pues Guardianes de la galaxia.

Y yo con los ojos abiertos.

Guardianes de la galaxia, una película que adapta unos comics de los que no tenía ni puñetera idea.

Y ahí estoy, ya digo, con los ojos abiertos como platos viendo como un tío guapo, una tía guapa pero anoréxica y pintada de verde, un mapache, un hellraiser y un árbol humanoide saltan de un planeta a otro sin que me entere muy bien de que va la cosa, aunque en estas historias eso es lo de menos.

Los ojos, que están a punto de saltarme de las órbitas, solo ven. Pero la información que recogen es insuficiente para transmitirme algo.

¿Importa acaso?

Presto mi atención al mapache y al hombre árbol, que están recreados digitalmente, y en cómo interactúan con los actores de carne y hueso de la película: el tío guapo, la tía anoréxica pintada de verde y el hellraiser.

La película continúa con rosarios de cachetones, piñazos y tiros. También naves espaciales, un cuchillo que flota en el aire por el silbido de un tipo con corte de pelo semínola, y un tal Thanos, que está sentado en un trono que flota en el aire…

Me dejo mecer por las imágenes que me arrastran a esa nada tan agradable y serena que llamo siesta.

Siesta con los ojos bien abiertos, redondos como platos hasta que finaliza la película y salen los títulos de crédito.

Hago pues amago de levantarme cuando la voz del vecino de butaca me advierte: “Hay más”.

Vuelvo a sentarme mosquiado y continuo con los ojos abiertos como platos mientras leo algunos de los nombres de la legión de técnicos digitales que forman parte del equipo de la película. La lista es inacabable y solo da tiempo para leer dos o tres entre los que se suceden.

Y así hasta llegar a las canciones y agradecimientos…

Y sí, sí que hay algo más…

Al encenderse las luces de la sala observo el amplio y palaciego patio de butacas.

Y me doy cuenta que no hay un vecino de butaca.

Saludos, eso es todo, desde este lado del ordenador.