Archive for the ‘Cine de allá’ Category

La conexión canaria de Omar Sharif y Max von Sydow

Sábado, Abril 10th, 2021

Por sus nombres originales no los conocerán pero sí por los que adoptaron como artísticos, que son los que han trascendido y por lo que los identifica cualquier aficionado al cine que se precie.

Si escribo Michel Demitri Chalhoub (Alejandría, Reino de Egipto; 10 de abril de 1932-El Cairo, Egipto; 10 de julio de 2015) más de uno dirá ¿ein?, pero si escribo Omar Sharif, probablemente exclamará un ahhh de reconocimiento no solo porque Omar Sharif fuera el primer actor de origen egipcio en alcanzar la fama en todo el planeta sino porque su carrera, fundamentalmente, se desarrolló en occidente, donde llegó a trabajar con algunos de los más grandes cineastas de su tiempo. Sharif, además, pertenece a esa estirpe de actores que quedaba muy bien en papeles étnicos. Vamos, que lo mismo hacía de príncipe árabe como de médico y poeta ruso, o forajido de incierto origen mexicano, entre otros papeles.

Lo que quizá desconozcan algunos es que también se puso en la piel del capitán Nemo, el legendario marino rebelde creado por Julio Verne, que sin llegar a la altura del James Mason de 20.000 leguas de viaje submarino o el Robert Ryan de La ciudad de oro del capitán Nemo, mantuvo el tipo en una miniserie reconvertida en largometraje que dirigió un español, Juan Antonio Bardem y un francés, Henri Colpi que se rodó prácticamente en Lanzarote.

Sí, para los no iniciados me refiero a La isla misteriosa (1973), producida por ORTF (Francia) con la colaboración de la RAI (Italia) y TVE (España), y que sin ser una cosa del otro mundo tiene el encanto de ese cine de todo a cien que la muchachada reivindica.

El propio Bardem aseguraría en unas declaraciones que se metió de lleno en el proyecto porque le apetecía rodar una de aventuras en unos años en los que su compromiso político comenzaba a salir del armario, aunque explica que si bien “contábamos con un tiempo y un dinero determinados que se nos acabaron antes que la película, se pensó entonces en montar lo que había, ver cómo quedaba y hacer las escenas que faltaran meses después. Yo me negué a continuar así y los actores no quisieron seguir sin mí. Como resultado de todo esto surgieron tres versiones: una francesa, otra italiana y otra española”.

El caso es que todo este desbarajuste se aprecia en la serie –una versión abreviada se estrenó en cines– e incluso llegó a afectar a su título, ya que circuló en las Españas como Las aventuras del capitán Nemo y no La isla misteriosa.

Como suele suceder en excentricidades de este tipo, resulta mucho más atractivo lo que se desarrolló alrededor del rodaje, muchas de cuyas anécdotas aún sobreviven, como la casa que Omar Sharif perdió en una apuesta en Lanzarote, partida de la que se ha escrito mucho en la red, busquen si les interesa conocer esta historia; como del rodaje, que si por algo se caracterizó fue por resultar algo accidentado.

No se encontraba el actor en uno de sus mejores momentos y solía comentar en entrevista que después de La isla misteriosa abandonaría el cine. Detrás dejaba grandes papeles, como el Jerife Alí en Lawerence de Arabia o de doctor Zhivago en Doctor Zhivago, ambas películas a las órdenes de David Lean. También hizo de Ernesto Guevara en Che! Y de forajido en un western de tintes fantásticos, El oro de Mckenna, así como de oficial alemán en La noche de los generales, entre otras.

Max Carl Adolf von Sydow (Lund, 10 de abril de 1929-Provenza, 8 de marzo de 2020)​ fue un actor sueco, y más tarde francés tras obtener la nacionalidad, que comenzó a ser conocido en el cine de la mano de Ingmar Bergman, con quien trabajó en algunas de las más reconocidas películas del cineasta como El manantial de la doncella, El séptimo sello y Fresas salvajes.

Alto y espigado, y con una mirada azul celeste que taladraba, Sydow inició como actor una carrera fuera de su país natal interpretando al mismísimo Jesucristo en La historia más grande jamás contada y de ruso u oficial nazi en películas que no pasarán a la Historia aunque a mi me entretuvieron bastante como La carta del Kremlin y Evasión o victoria que dirige, curiosamente, el mismo director, John Huston. A Max von Sydow lo pueden ver también en El exorcista, es uno de los sacerdotes que intenta sacar el demonio del cuerpo de la niña aunque si lo recuerdo con especial cariño es por su interpretación del emperador Ming en Flash Gordon, una película a la que ya va siendo hora que se le haga justicia.

El actor se especializó a medida que iba creciendo en papeles secundarios, a los que imprime de cierta dignidad. Lo pueden ver en Minority Report, Juego de tronos e Intacto, que fue el primer largometraje de Juan Carlos Fresnadillo y película que se rodó prácticamente en Tenerife. Algún día, si me animo, contaré algunas historias del rodaje de Intacto como la de un reloj que… pero ahora mismo me la reservo por hartura. Jartura que diríamos en la tierra en la que nací y habito.

En fin, que tal día como hoy nacieron dos caballeros de más que triste, angustiosa figura. Dos actores, ya ven, que visitaron estas islas por motivos de trabajo para dar constancia de un territorio que en ambos filmes no es Canarias sino tierra quemada por el sol. Geografía retorcida y sin nombre registrada por la cámara de ese invento hoy tan devaluado como es el cine…

Saludos, otro día hablaremos del Gobierno, desde este lado del ordenador

El canto del cisne

Sábado, Marzo 27th, 2021

Billy Wilder además de ser un sobresaliente director de comedias lo fue también de tragedias con resonancias griegas. En El crepúsculo de los dioses (1950) nos sirvió en bandeja de plata su particular homenaje al cine silente a través de uno de sus más grandes astros para contar una historia que rompe todavía hoy muchos moldes. Uno de ellos es que el filme está narrado en off por un muerto. Sí, como lo leen.

El cadáver que flota en la piscina de la gigantesca mansión de Norma Desmond es el de un guionista en horas muy bajas que prestó servicios de gigoló a la que fue reina indiscutible de aquel cine que no supo hablar.

El papel lo interpreta una estrella de los años 20, Gloria Swanson (Chicago, 27 de marzo de 1899-Nueva York, 4 de abril de 1983) y su interpretación, muy gestual, es herencia de un cine que pese a ser mudo todavía fascina a espectadores que podrían ser los bisnietos de una actriz que llenaba las salas de la época solo por aparecer su nombre en los letreros de la salas. Gloria bendita Swanson daba dinero. Mucho dinero.

El público pagaba por ver la nueva película de Gloria Swanson hasta que llegó el sonoro y adiós, como diría Robert Graves, a todo eso. La actriz que vaga como un fantasma por las habitaciones de su mansión en ruinas lo explica a la perfección en el filme de Wilder:

“¡Yo soy grande! Son las películas las que se han hecho pequeñas”.

Como sabe la mayoría, el actor que protagoniza al guionista en El crepúsculo de los dioses es William Holden, y como sabe también la mayoría no se ha revelado desde entonces una visión tan ácida pero a la vez tan piadosa sobre el Hollywood silente, el precio de la fama y ser enterrado en vida por una afición más que objetiva caprichosa en sus gustos y maneras.

La vida de la actriz es fascinante y tiene como debe de tener toda vida que se precie la forma de un círculo. Se introdujo muy joven en una industria que estaba en pañales y vivió desde dentro el proceso que fue haciendo al cine un arte y, ya se dijo, una industria millonaria.

Contó con el apadrinamiento del magnate Joseph P. Kennedy, padre del trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, John F. Kennedy, y no dejó de rodar películas a medida que pasaban los días, los meses y los años. Si la observan, la filmografía de Swanson es extensísima y está cuajada de numerosos largometrajes que han pasado a la Historia del Cine como grandes películas que, lamentablemente, no han sido demasiado vistas por las nuevas generaciones de cinéfilos por ser mudas y en blanco y negro. Dos aspecto, el silencio y la ausencia de colores, que hace que el aficionado se retraiga a pasar el tiempo viendo otro cine. Mucho más puro pero para nada ingenuo que el actual, que es ese que tras los meses de confinamiento llega a la gran pantalla si no lo impiden las dichosas plataformas.

Entre otras tantas, la Swanson, porque a Gloria Swanson debe de añadírsele el artículo ‘la’ cuando uno se refiere a ella, cuenta con La reina Kelly, una película del año del crack de la bolsa, 1929, que dirige un actor y cineasta que también estuvo vinculado a Billy Wilder, Erich von Stroheim, y artista que hace de leal mayordomo de Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses, un cinta que como pasa en otras ocasiones (y no raras por cierto) cierra –se insiste– el círculo perfecto de una vida tan repleta e intensa como la que retrata este hermoso homenaje al gran Hollywood, ese que no supo hablar pero sí narrar historias a través de la imagen.

Como dice Desmond/Swanson en el filme, en aquel cine mudo con tanto mundo: “¡No necesitábamos diálogos, teníamos rostros!”

Y qué rostros.

Gloria Swanson.

Saludos, saludos, saludos, saludos, desde este lado del ordenador

Raoul Walsh, siempre con las botas puestas

Jueves, Marzo 11th, 2021

“Aristófanes nos enseñó, hace veinticinco siglos, a reírnos del sexo y los franceses hicieron del malogrado amour un producto nacional. A pesar de ello, muchos de los advenedizos contemplan todavía el sexo como algo oscuro. ¡Ah, pues bien! Los chicos serán chicos y, solo en algunas ocasiones, los chicos serán chicas. Si así lo quieren, amén. Mi única queja es la mojigatería enmascarada de sofisticación. Tengo la esperanza de que una nueva generación de realizadores supere esta inquietud a base de grafitti en dibujos animados. Porque además de conocer a fondo los entresijos del espectáculo, es necesario contar con la imaginación; ambos son la base de este raro producto de consumo que algunos creemos que es también un arte, puesto que cualquiera en el transcurso de su vida interpreta muchos papeles”.

(Raoul Walsh. El cine en sus manos. Traductor: Francisco Delgado, JC Clementine, 1998)

En aquellos tiempos en los que me nutría cinematográficamente hablando gracias a la televisión, una televisión en blanco y negro, luego en blanco y negro y color para transformarse años más tarde en tele en color, uno de los primeros cineastas que aprendí a reconocer con su nombre y apellido fue Raoul Walsh. La película: Murieron con las botas puestas, una versión de lo que tuvo que haber sido la vida del general Custer protagonizada por un actor al que ya sí conocía, Errol Flynn.

Creo que lo que me hizo acercarme a la filmografía del señor Walsh fue las películas que rodó, precisamente con Flynn. Además de Murieron con las botas puestas, Gentleman Jim y Objetivo Birmania, entre otras. Cintas capitales que ocupan un espacio privilegiado en mi memoria cinéfila y que suelo ver de tanto en tanto porque siguen igual de lozanas que siempre. Porque si hay algo que define el cine de Raoul Walsh es su lozanía. Un ímpetu juvenil que domina casi todo su mejor cine, que son casi todos sus largometrajes, en especial los que rodó al servicio de la Warner Brothers, la misma que producía los dibujos animados de Bugs Bunny.

Raoul Walsh tocó casi todos los géneros y en casi todos los géneros resultaba igual de gigantesco. El cine negro le debe tres clásicos: Los violentos años 20, Al rojo vivo y El último refugio. Un delicioso musical y para mi una de sus mejores películas, La pelirroja; western convincentes (Montana, Cheyenne); películas de aventuras tan redondas como El hidalgo de los mares, dramones muy góticos y con fuerte carga sexual como La esclava libre y el cine bélico, Objetivo Birmania, que es otra de sus obras maestras y otra de sus colaboraciones con Errol Flynn.

Todo cinéfilo sabe que hizo del asesino de Abraham Licoln, John Wilkes Booth, en El nacimiento de una nación y que apareció prácticamente cuando Hollywood nacía. Primero como extra y más tarde como ayudante de dirección de David W. Griffth, cineasta al que consideraba como su guía espiritual. Todo esto y mucho más lo cuenta en una autobiografía, Each Man in His Time, aunque la edición en español se titula El mundo en sus manos,que quizá sea, junto a la de Errol Flynn (Aventuras de un vividor) y Luis Buñuel (Mi último suspiro) de las más divertidas que he leído. Todas coinciden además en ser bastante mentirosas, o en adornar muchos recuerdos con una escenografía que quizá no fue la exacta pero qué diablos, leyéndolas uno pasa el tiempo sin darse cuenta mientras sonríe o se echa unas risas repasando lo que dicen que recuerdan de sus vidas.

Raoul Walsh además de con Flynn (el mejor Flynn se concentra en Walsh y Michael Curtiz) trabajó frecuentemente también con Humphrey Bogart , George Raft y James Cagney, actores que siempre estaban muy bien pero que con Walsh están más que muy bien porque se trataba de Raoul Walsh. En cuanto a sus mujeres, las habituales eran Virginia Mayo, Ida Lupin y Olivia de Havilland… Cada una se acoplaba al modelo de personaje que estaba escrito para ellas. Mayo es suave y delicada en El hidalgo de los mares pero también una mala caprichosa en Al rojo vivo. Ida Lupino se pasa al otro lado de la ley por Bogart en El último refugio, otra de sus obras maestras mientras que Olivia de Havilland hizo de la abnegada esposa de Flynn no solo a las órdenes de Raoul Walsh.

El cineasta perteneció además a la honorable sociedad de los directores con parche en un ojo. Compartía esta ausencia con directores de la vieja escuela como John Ford, Fritz Lang y André de Toth. Luego vinieron otros pero al contrario que estos, ellos no comenzaron a trabajar cuando el cine andaba todavía en pañales.

En cuanto a su parche, recuerda en su autobiografía: “Hitler me inspeccionó de arriba abajo, deteniendo su mirada en el parche del ojo. Me saludó con la cabeza y, cuando se alejaba, el barón le mencionó el nombre de Hearst. Aquel nombre pareció impactarle, se volvió despacio y me alargó su mano; en ningún caso le habría devuelto el saludo con un taconazo. En su lugar le dije: ¿Cómo está usted? y le dejé allí. El Führer y el barón cruzaron unas palabras y me miraron con atención. Goering se sumó a la tertulia y los tres se encaminaron a una ventana. Allí vi sonreír por primera vez a Hitler”.

Si se lee el libro, la vida de Raoul Walsh como sus películas fue emocionante pero no sé si realmente tuvo el cine en sus manos. Fue y así dejó constancia en su vida y su obra un hombre de su tiempo. Un tipo, ya saben, que siempre tuvo las botas puestas.

Saludos, mil millones de gracias, desde este lado del ordenador

Pier Paolo Pasolini, un hombre al margen

Viernes, Marzo 5th, 2021

En contra de lo que pensaban sus detractores el cine de Pier Paolo Pasolini (Bolonia, Emilia-Romaña, Italia; 5 de marzo de 1922-Ostia, Lacio; 2 de noviembre de 1975) crece con el paso del tiempo por raro, diferente…. Me atrevería incluso a definirlo como “verdadero”. Nada es impostado en sus largometrajes, filmes con un aliento “realista” que incomoda a los que no han educado su mirada.

Pasolini, escritor, poeta y cineasta, dejó tras su brutal asesinato, una obra que no caduca ante el paso del tiempo. Es más, resulta “nueva” si se descubre o redescubre como conozco más de un caso, el trabajo de un artista total que volcó su mirada poética en su producción literaria más que en la cinematográfica, esta última acusadamente ruda, tosca e hipnótica que marca una carrera en el cine que cerró con una perturbadora adaptación de la novela inconclusa del Marqués de Sade: Saló o los 120 días de Sodoma.

Artista del Renacimiento, Pasolini encontró en la literatura y el cine el vehículo perfecto para expresar todo el caudal de creaciones que bullía dentro de su cabezas y de su alma.
Leal a sí mismo, su producción apenas recibe el arañazo del tiempo y si se lee o se ve con cierta periodicidad se revela muchas de sus constantes, se desentrañan las metáforas que dejaba desperdigadas en una obra que no se ata ni a escuelas ni a tendencias. Que vive aislada porque es eternamente libre.

Al margen de su poesía, territorio que otros conocen con el rigor que se merece, sí que destacaría entre sus novelas Muchachos de la calle, páginas que alienta una cierta estética neorrealista y su cine todo su cine. Comenzando por Accatone, donde trabaja con un actor que será una de los protagonistas de la mayoría de sus películas, Franco Citti; Mama Roma, con una siempre poderosa Ana Magnani y su versión de El Evangelio según San Mateo, que el periódico L’Osservatore Romano definió como la mejor película sobre Jesucristo en 2015.

El cineasta, de naturaleza trágica, explota sin embargo su vena humorística en las adaptaciones que realizó de tres grandes clásicos de la literatura universal como son El Decamerón, Los cuentos de Canterburry y Las mil y una noches, así como igual de sobresalientes son sus adaptaciones de Medea y Edipo Rey, y ese experimento que fue Apuntes para una Orestíada africana. Más tarde, rodaría Teorema y antes, mucho antes, otras películas que olvidamos o no vimos.

La idea con estas letras que se escriben de manera apresurada es que no dejen de ver y si pueden leer a Pier Paolo Pasolini. Un tipo al margen. Un artista del Renacimiento.

Saludos, el año próximo se celebra su centenario, desde este lado del ordenador

Javier Tolentino: “Las plataformas no deben imponer el cine que viene”

Jueves, Marzo 4th, 2021

Javier Tolentino, crítico y ahora cineasta, no se atreve a definir Un blues para Teherán, su primer largometraje, ya que no se trata de un trabajo de ficción pero tampoco de no ficción. “Los géneros están cruzados, trabajo un cine de ficción donde los personajes son reales aunque los trato como actores y hay una escenografía. Eso es cine puro”, afirma el conductor del programa radiofónico El séptimo vicio, quien bromea sobre lo que tiene que “soportar” de otros compañeros de profesión cuando se ríen de él por su amor incondicional al cine iraní. Cine al que ahora rinde homenaje, también a su música, en un documental que no lo es aunque lo sea.

- Ha realizado dos cortos y con Un blues para Teherán debuta en el largometraje. ¿Qué lleva a un crítico de cine a pasarse al otro lado de la cámara?

“Ya estuve en 2011 a un paso de dirigir un proyecto de largometraje, El fantasma enamorado. Se trataba de pura ficción y se iba a rodar en Canarias sobre la figura de Miguel de Unamuno. La película quería mostrar cómo las islas y en concreto la de Fuerteventura, lo transformó pero al proyecto se le pasó el arroz cuando se estrenaron no una sino tres películas centradas en el autor de La tía Tula. Con todo, las ansias de rodar siempre estuvieron ahí por lo que tras asistir a varios cursos con Abbas Kiarostami y otros cineastas iraníes surgió un debate en el que se planteó por qué un español, un europeo, contemplaba la posibilidad de rodar en Irán. Hasta ese momento, nadie se había acercado desde fuera a Irán por lo que se convirtió en un reto. Fui invitado al Festival Internacional de Cine de Teherán, el Festival Internacional de Cine de Fajr y estando un día en la casa de Kiarostami con otros cineastas iraníes se mostraron encantados de que pusiera en marcha este proyecto que es heredero de todo ese cine que a uno lo ha marcado. Con Un blues para Teherán les devuelvo, o eso intenté de alguna manera, el favor”.

- ¿Qué atractivo tiene para usted el cine iraní?

“Es una de las cinematografías que más me impactaron en los 80 y 90 porque hasta ese momento el cine oriental no se exhibía demasiado en festivales. De hecho, al cine africano le quedaba entonces unos diez años para que los espectadores se fijaran en él. En cuanto al cine iraní, descubrí que destruía la narrativa clásica y, al mismo tiempo, mostraba un enorme amor a la naturaleza con un gran poso poético. Tenía algo de un cine que ya no lo vas a ver en Scorsese o Allen”.

- La música y la poesía de las canciones marcan el ritmo de Un blues para Teherán.

“La poética persa y la india son a las que más me acerco. El cine iraní es heredero de su poesía lo que hace que me identifique con él. Es un cine de puro zen, que deja descansar la mirada por sus paisajes y, sutilmente, te enseña cómo está organizado socialmente Irán y cómo se produjo el desenganche con occidente, lo que resultó tremendamente negativo tanto para ellos como para nosotros”.

- La película parece un documental pero no lo es…

“Es algo que caracteriza mi trayectoria profesional. Por ejemplo, El séptimo vicio es un programa de cine pero no de actualidad… Acabo de publicar Un alfabeto para Emma Suárez que no es un biopic sino una fantasía sobre la actriz. En este aspecto, no podía realizar un documental de, por ejemplo, Abbas Kiarostami. El origen de Un blues para Teherán fue primero la historia de un cronista de radio que ama la música y que viaja al Kurdistán para encontrar las más antiguas músicas persas con la idea de descubrir dónde se rompió el cordón umbilical entre oriente y occidente. Esa fue la propuesta original, el punto de partida de la película, un leiv motiv que creo que sigue estando presente en el filme. La búsqueda de las canciones planteó a la sonidista Tere Núñez un juego que despliega en toda la banda sonora al proponer un pulso entre lo que canta una de las intérpretes con el canto de las aves. Se imita el de las garzas”.

- Usted subraya en la película un elemento crucial en la cultura iraní como es el de honrar a sus poetas.

“Los norteamericanos con esta especie de unión europea que tenemos han consentido en propagar la idea de que los enemigos de Dios son los persas cuando ha sido occidente quien ha explotado los pozos de petróleo de Irán. En especial el Reino Unido que colocó en el trono a un sha y a otro cuando eran soldados a los que se convertían en reyes con el fin de que garantizaran a las potencias occidenta la explotación de sus recursos naturales. El persa es heredero de una cultura ancestral. Puede ser analfabeto desde la lengua pero no desde el conocimiento. Te explican cómo es su país con un comentario sencillo, honrado y cargado de mucha verdad y eso es lo que quería encontrar y mostrar”.

- ¿Y que destacaría del iraní de a pie?

“Sobre todo su humildad y que la pobreza no tiene por qué significar miseria. Es el Irán que descubres cuando te alejas bastante de Teherán, de ahí el título de la película, ya que Teherán encarna la derrota de su propia capital. Irán es otra cosa, es la profundidad del desierto, del mar Caspio, del golfo… Te encuentras con persas que parecen de la antigüedad. Y digo parecen por su conocimiento”.

- Una de las canciones que se escuchan en la película lamenta sin embargo la maldición de haber nacido en Asia.

“Sí, porque parece que en el planeta solo sirve Europa, EE.UU y Canadá. El resto es como si no existiera. Es la maldición, la maldición de no haber nacido en otro país. Los iraníes tienen muy metido en vena que quieren evolucionar por su cuenta. En las conversaciones los grafiteros se plantean para qué prostituirse en Europa cuando pueden enseñar su arte desde su propio país”.

- ¿Hubo dificultades para rodar en Irán?

“La película tuvo muchos problemas. Primero fueron los de conseguir los permisos para colaborar porque no existe colaboración entre los gobiernos de España e Irán. Me hubiera gustado que la película fuera resultado de una coproducción entre ambos países pero resultó imposible. No hay legislación ni reglamentos pero con todo espero que algún día Irán deje de ser el enemigo de Dios para que ambas cinematografías puedan colaborar. En Un blues para Teherán hemos tardado más de dos años en obtener los permisos y las autorizaciones para poder rodar sin dificultad aunque fue imposible hacerlo sin problemas en Teherán. La policía viene a pedirte primero los permisos y luego te llevan a la comisaría si no les gusta lo que escuchan hasta que certifican que tienes los permisos. Fuera de Teherán el cien por cien de los persas y de los kurdos te abren las puertas de sus casas de par en par. Te dan de cenar, te invitan. Es la cultura del saber y del conocimiento. En Irán no está Teherán sino el pueblo”.

- ¿Sabe si la película se estrenará en Irán?

“Es lo que me gustaría, es mi sueño porque el depositario de la película es el espectador iraní, es a quien va dirigida Un blues para Teherán que es una película sobre su país realizada por un europeo que sabe perfectamente que hubo un origen de la cultura occidental y que ese origen procede de Persia. Somos herederos de esa cultura y creo que he transmitido ese afecto por el pueblo iraní en la película aunque no es una declaración de amor sino un filme basado en la relación de Persia con toda la cuenca del Mediterráneo”.

- ¿Cómo cree que los iraníes perciben esa relación?

“Tienen la sensación de que la evolución social, económica y política de Irán es muy buena pero no para el pueblo iraní. Nosotros nos vamos a dejar la piel para que la película se proyecte de una u otra manera en Irán”.

- La música es el gran motivo de Un blues para Teherán pero, curiosamente y lo afirma uno de los protagonistas del filme, el cine iraní se caracteriza por no contar con apoyo musical.

“Tanto Bergman como Lars von Trier y Kiarostami, entre otros, piensan que la música en el cine es una manipulación ya que la vida no tiene música. Por esto mismo, piensan que debe ser ajena al contexto de la película ya que su uso implicaría una mayor manipulación, dejémoslo así. Yo no opino igual porque vivo la música por encima de todo. Si ves Nadie sabe nada de gatos persas (Bahman Ghobadi, 2009), una película rodada con grupos underground en Teherán, lo observarás. Respeto las opiniones que dicen que nuestra realidad no tiene banda sonora pero este proyecto nació casi como un musical. Es la historia de la búsqueda de unas canciones a través del diálogo con músicos iraníes”.

- Cambiemos de asunto y hablemos de las alarmas que se han encendido a partir de la pandemia con el cierre de las salas de exhibición cinematográfica. ¿Estamos asistiendo si no a la muerte sí a la agonía del cine?

“No lo creo. Una cosa es que no podamos salir al campo o a la playa cuando estuvimos confinados pero cuando esto termine estoy seguro que regresaremos al campo, a la playa y a los bares porque eso es la vida y no podemos ir contra la vida. Diría a los espectadores que se enfrenten a todo eso porque hay un punto –si quieres político– en que nos quieren como nos quería Dios: que no nos toquemos ni nos acostemos pero el cine es un lugar seguro: llevas mascarilla, las butacas están espaciadas. Hay que mantener las salas. El cine es para verlo en salas. Además, no hay nada como ir una tarde al cine con tu gente, con los amigos. La atmósfera que se respira”.

- ¿No cree que el éxito de las plataformas agrave el problema?

“El cine visto en plataforma hace que se pierda el contacto con el público si bien admito que es una opción pero no deben imponer el cine que viene. Las series son otra cosa, otro formato porque el cine, lo que conocemos como cine, se piensa para la pantalla grande con el fin de que mantenga su ritmo, cierta cadencia”.

- En cuanto a usted, todo indica que sigue apostando por el cine. Ahora mismo prepara el guión de otro largometraje.

“Estamos rodando en Cataluña y es un musical pero hasta ahí puedo decir. Vivimos momentos muy híbridos en los que puedes coger recursos de todos los géneros como, por ejemplo, el thriller y el documental puro para la ficción. Así que ¿para qué reducir lo que cuentas a un solo género cuando lo tienes todos a tu alcance?”

UNA PRODUCCIÓN DIFERENTE

Poner en pie la producción de Un blues para Teherán fue un trabajo laborioso, de muchos años con sus alegrías y sus decepciones. Este amor al proyecto hizo que el filme se estrenara antes que en ningún sitio en Bilbao, Barcelona, Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. “Técnicamente, la película fue posible gracias a la colaboración de mucha gente que participó en un crowdfunding por lo que procuramos que, geográficamente, los que nos apoyaron fueran los primeros que la vieran”. Un blues para Teherán se exhibió primero en un cine club de Bilbao porque fue el primero que apoyó económicanente “la viabilidad del proyecto”. Después vino Barcelona, Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife sin olvidar, añade Javier Tolentino, el festival MiradasDoc que se celebró esta misma semana en Guía de Isora (Tenerife).

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Aviso a lectores y espectadores: Libreros de Nueva York

Miércoles, Marzo 3rd, 2021

Los Multicines Tenerife, que como la aldea de los galos resiste la embestida que está padeciendo el sector de las salas por la pandemia, exhibe mañana, jueves 4 de marzo y a las 19 horas, Libreros de Nueva York (D.W. Young, 2019) un documental que refleja e indaga en el fabuloso universo de las librerías de libro antiguo y usado que son esos establecimientos estrafalarios y caóticos, en la mayor parte de los casos, en los que entras por adicción con la esperanza de escontrar una rareza que despierte algo nuevo.

El documental narra cómo a finales del siglo XIX y hasta mediados del siglo pasado, en las manzanas que comprendían la Cuarta Avenida, Astor Place, Broadway y Union Square en Manhattan llegaron a existir unas 50 librerías.

La zona se llamaba The Book Row y se trataban de tiendas, sobre todo, de libro antiguo y de segunda mano.

La entrada ya está disponible en taquilla o en este enlace.

Esta sesión cuenta con el patrocinio de: Cultura La Laguna. Organizan el Aula de Cine de la ULL y Charlas de Cine con la colaboración de Multicines Tenerife, TumbaAbierta.com, Días de Radio, Noches de Cine, Asociación Isla Calavera, Juan Antonio Ribas Ediciones Digitales, Limbo Kids, Coca-Cola, Ksa Mario, Amigos de La Recova.

Saludos, nam, nam, nam, desde este lado del ordenador