Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Cantinflas, un genio del siglo XX

Miércoles, Agosto 12th, 2020

Su nombre real, el de estar por casa era Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes (Ciudad de México, 12 de agosto de 1911-ibídem, 20 de abril de 1993) aunque para todos nosotros, los que aún lo recordamos y los que aún nos partimos de la risa con sus películas lo reconoceremos siempre como Cantinflas.

Y fue tanto su éxito como Cantinflas, que el nombre ha pasado a definir una manera de actuar ante la vida. A driblar los problemas de la existencia cotidiana con cintura de sabio callejero porque, hermanos y hermanas, si algo describe el humor de este maestro de la comedia con acento español (español latino para puristas) es su fuerte carga crítica contra los poderosos, los mangantes y los corruptos. Basta verlo en la que considero una de sus mejores películas, una de Cantinflas en su estado más puro: El portero, donde da una lección a un grupo de estirados académicos sobre qué es la gramática.

Todavía se deslizan bajo los ojos las lágrimas de la carcajada que suelto cuando repesco algunas de las escenas de un largometraje que presenta a un personaje que ya ha tomado forma y que aprovecha cualquier momento para disparar su verborrea ininteligible.

Llegué a Cantinflas gracias a las salas de cine. Es decir, que accedí al humor del actor cuando era un renacuajo… hace ya mucho tiempo, en la noche de los tiempos y tiempos, tiempos…

Recuerdo ver sus películas a colores en cines de mi pequeña capital de provincias como el Teatro Baudet y aunque no me enterara de nada cuando hablaba sí que me reía observando cómo se movía, cómo cantaba y bailaba Cantinflas. Con los años comencé a entender su verborrea que ya no resultaba tan ininteligible y terminé por unir en dos las dos mitades de un actor que gustaba tanto a los más pequeños como a los más grandes.

En Tenerife, y quiero creer en Canarias en general, Cantinflas era un Dios que reconocía la gente que se destroza la manos todos los días. Y fue tanto su éxito que un periódico en el que trabajaba regalaba con la edición de los domingos sus películas, no todas, pero sí las más conocidas, El barrendero, Su excelencia, Por mis pistolas y dos por las que no siento demasiado entusiasmo porque no es el Cantinflas desarrapado que conocí: El padrecito y El patrullero 777.

Pero uno le perdona estos deslices porque se trata de Cantinflas, el que enmudece al estirado de David Niven en La vuelta al mundo en ochenta días o desafía a la autoridad no con los puños sino con la fuerza de sus palabras aunque no se entienda o no lo entienda casi nadie pero eso no era culpa suya sino de los demás. Es decir, por “la falta de (agri)cultura que tiene la gente”.

¿Cantinflas? Un genio del siglo XX.

Saludos, a reir, desde este lado del ordenador

Robert Aldrich, ese hombre

Domingo, Agosto 9th, 2020

Para ubicar a los cineastas de talento pero que no formaban parte del panteón de venerables maestros del cine norteamericano alguien acuñó un término desafortunado para meterlos a todos en un mismo paquete: artesanos.

Quien les escribe odia tal definición porque le cuesta entender que directores como Robert Burgess Aldrich (Cranston, Rhode Island; 9 de agosto de 1918 – Los Ángeles, California; 5 de diciembre de 1983) sea artesano y no maestro cuando cuenta, a título personal al menos, con un puñado de películas que están en esa lista de obras a las que recurro con cierta frecuencia porque siempre encuentro cosas nuevas en ellas y eso, estimados y estimadas, solo lo hace un maestro.

Robert Aldrich, que manejó casi todos los géneros, géneros a los que imprimió su fuerte carácter personal, cuenta con películas tan ejemplares como Veracruz y El último atardecer, que son dos western potentísimos que han superado la prueba del tiempo… No me olvido de Apache y La venganza de Ulzana aunque admito mi debilidad con los dos primeros mencionados.

En cine bélico puso un punto y aparte no ya solo con esa golosina explosiva que es Doce del patíbulo sino también con ejercicios cargados de sobresaliente cinismo y objetivamente antimilitares como la ya citada Doce del patíbulo, Attack, Comando en el mar de China y alguna más que ahora se me escapa.

Como cineasta habituado a observar las cosas con mirada crítica, destacaría en cine negro clásicos como El beso mortal y La banda de los Grissom y en los territorios del cine psicológico piezas tan redondas como cerradas como son ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver, donde volvió a repetir con Bette Davis como protagonista y actriz que enfrenta en esta cinta, por cierto, a la recientemente fallecida Olivia de Havilland.

Hay, sin embargo, dos películas del señor Aldrich que aprecio mucho porque se apartan radicalmente de géneros (más bien los mezcla) e insiste en varias de las constantes de su cine: masculinidad, lucha de los más desfavorecidos contra los más fuertes, una defensa a ultranza del individualismo como forma de combate contra un mundo que no gusta y una profunda reivindicación del perdedor porque se niega a que le quiten lo último que le queda: dignidad.

Estas películas son El emperador del Norte y El vuelo del Fénix. Y si en la primera nos cuenta cómo un vagabundo al que llaman Número 1 desafía a los vigilantes de trenes durante la Depresión en la segunda enfrenta a un grupo de hombres que intenta reparar un avión que los ha dejado tirado en medio de la nada, del ardiente desierto africano.

Las últimas películas de su carrera como cineasta insisten más o menos en los mismo temas que destripa en una filmografía generosa y notable, aunque me quedo con un policíaco que pasó desapercibido en su momento y que observa con su distante y cínica mirada a un grupo de policías neoyorquinos. El filme se tituló en España La patrulla de los inmorales y la recomiendo como recomiendo El rompehuesos y Alerta misiles, películas que sin ser de lo mejor de su carrera, sí que ilustran el talento de un director que más que artesano fue maestro.

Por cierto, en la imagen aparece Robert Aldrich dirigiendo a Bette Davis en ¿Qué fue de Baby Jane?

Se les saluda, hermanos y hermanas, desde este lado del ordenador

Robert Mitchum, todo hombre

Jueves, Agosto 6th, 2020

La actriz Jane Russell, con la que trabajó en Macao, describió a Robert Charles Durman Mitchum (Bridgeport, Connecticut, 6 de agosto de 1917-Santa Bárbara, California, 1 de julio de 1997) un tipo que era “todo hombre” y como todo hombre, aunque sea políticamente incorrecto decirlo, ha pasado a la Historia del Cine encarnando toda clase de papeles aunque si es por algo recordado entre los aficionados es más por sus interpretaciones de villano y de hombre bueno al que le falla algo por dentro.

Robert Mitchum, que antes de llegar al cine recorrió su país como polizón en los vagones de ganado del ferrocarril, nunca se tomó demasiado en serio eso de ser actor. Le parecía, es más, una ridiculez que le pagaran y tan bien por aquel trabajo pero él no iba a contradecir un mundo tan loco como el que le había tocado vivir. En torno a su vida y su obra se multiplican las leyendas porque si bien pertenece a la estirpe de los últimos actores duros (John Wayne, Gary Cooper, Gregory Peck…) sí que revela en cada uno de los papeles que protagonizó que esconde algo muy frágil en su corazón. Su mirada de ojos caídos ayuda mucho a entender esa debilidad que le sube por dentro y que apenas saca a relucir con una mirada perdida o un suspiro largo y prolongado.

Por estas y otras características a quien les escribe ahora mismo le parece el mejor Philip Marlowe en el cine, y eso que Marlowe contó también con la presencia física de Humphrey Bogart, entre otros actores y que las películas donde Mitchum aborda al personaje creado por Raymond Chandler no son demasiado redondas aunque Adiós muñeca sí que tiene algo del encanto revival noir que se vivió en los años setenta. El sueño eterno, la otra versión, mejor olvidarla y no solo porque se desarrolle en Inglaterra.

Antes de convertirse en estrella y antes de que detestara lo que implica la fama (que te reconozcan en cualquier parte y que todo el mundo tenga la sensación de que te conoce de toda la vida), Robert Mitchum desempeñó varios oficios hasta dar con sus huesos en Hollywood. Cuentan que llegó en el momento preciso y pese a que tuvo que luchar bastante para convertirse en actor principal, casi todo el mundo ya lo conocía cuando dio el salto mortal a estrella de la Meca del Cine.

No creo que haga falta que escriba que Robert Mitchum es uno de mis actores de cabecera y que siempre, incluso cuando hace de villano, quedo fascinado por un actor al que no le hace falta recitar largos monólogos sino mirar a la cámara y entrecerrar los ojos. Se quejaba el buen hombre, que se dedicó también a la canción, de que siempre le daban los mismos papeles por eso así que pienso que crece tanto física como espiritualmente en obras absolutas como La noche del cazador y La hija de Ryan. Y pongo de ejemplo estos dos largometrajes porque en uno y otro interpreta a un personaje radicalmente distinto.

Al ser tan extensa la filmografía de Mitchum hemos escogido solo aquellos trabajos que de alguna forma modulan su carrera en el cine. La mayoría son películas que estimo mucho como espectador y en ellas observarán la variedad de registros que jalona la filmografía de una estrella mayúscula que borda, además de la interpretación, la canción Little Old Wine Drinker Me aunque otros prefieren sus calipsos.

En las imágenes, el señor Robert Mitchum en Retorno al pasado (Jacques Tourneur, 1947); Río sin retorno (Otto Preminger, 1954) que, personalmente, es una de esas películas que me llevaría a una isla desierta y en la que tanto Mitchum como Marilyn Monroe se encuentran en estado de gracia; La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) donde fabrica a uno de los villanos más recordados de la Historia del Cine… solo basta verlo entrelazando los dedos para entender la delgada línea roja que separa el amor del odio; Sólo Dios lo sabe (John Huston, 1957), que protagonizó con Deborah Kerr y relación cinematográfica de la que saltan chispas; Más allá de Río Grande (Robert Parrish, 1959); El Cabo del Miedo (J. Lee Thompson, 1962), donde vuelve a interpretar a un villano de pesadilla; Cualquier día en cualquier esquina (Robert Wise, 1962), que es una de las películas románticas más hermosas y auténticas que he visto hasta la fecha; El Dorado (Howard Hawks, 1966), donde interpreta al sheriff borrachín que interpretara también y tan bien Dean Martin en Río Braov; La hija de Ryan (David Lean, 1970), que es otro de esos largometrajes donde el actor demostró a los papanatas que además de estrella tenía el don de la interpretación; The Yakuza (Sidney Pollack, 1975), un canto a la amistad y a la unión de dos culturas tan diferentes y opuestas como son las norteamericana y la japonesa además de ser un estimable filme de gángster; Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975), en la que se convierte en el mejor Philip Marlowe de la Historia del Cine con permiso de anteriores y posteriores actores que encarnaron al mismo personaje creado por Raymond Chandler; la miniserie Vientos de guerra (Dan Curtis, 1983); El Cabo del miedo (Martin Scorsese, 1992), versión que no supera pero casi iguala a la original donde aparecen Mitchum y Peck como personajes secundarios para rendir justicia al filme de J.L. Thompson y Dead Man (Jim Jarmusch, 1995), un extraño western rodado en blanco y negro por ese curioso cineasta autista al que si bien no profeso devoción digamos que aprecio de tanto en tanto.

(*) Esta entrada se subió a Facebook el mismo jueves 6 de agosto de 2021. Decidimos incluir una sola imagen en el blog para no agobiar a futuros lectores. La fotografía corresponde a La noche del cazador (Charles Laughton, 1955). Gracias por su comprensión.

Saludos, gente, desde este lado del ordenador

Qué buena pareja hacen, dirán los ángeles

Domingo, Julio 26th, 2020

La actriz Olivia de Haviland cumplió el pasado 1 de julio la respetable edad de 104 años y se nos fue hoy, 26 de julio, llevándose con ella a la última representante del Hollywood clásico.

La mayoría la recuerda por su trabajo en Lo que el viento se llevó, donde interpreta a la candorosa y sureña Melanie Hamilton, la joven que se casa con Ashley Wilkes, la obsesión de su íntima amiga Scarlata O’Hara, que es la protagonista de este intenso dramón ambientado en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, y antes de verla en este largometraje que se ha convertido en una leyenda –leyenda que aún vive en la actualidad por razones que no tienen nada que ver con el cine– Olivia de Havilland siempre estará presente en mi memoria cinéfila por las películas que protagonizó junto al apuesto Errol Flynn porque, saben ustedes, hacían muy buena pareja.

Están juntos en Robin de los bosques, El capitán Blood, La carga de la brigada ligera, Dogde, ciudad sin ley, La vida privada de Elizabeth y Essex, Camino de Santa Fe y Murieron con las botas puestas, y la química que tienen los dos registra la misma intensidad con independencia de cual sea el filme. Cuando estaban juntos parece que solo una mujer como ella fuera capaz de, si no domesticar, sí que serenar al impetuoso actor gallardo y calavera.

Olivia de Havilland demostró con el paso de los años que no por ser estrella se había acostumbrado a interpretar siempre el mismo papel. Si la ven en La heredera no la reconocerán. Se trata de un clásico con todas sus letras del cine, y un filme donde compartió gracias y desgracias románticas con Montgomery Clift en una adaptación al pie de la letra de la novela de Henry James que dirige con talento William Wyler; trabajó también a las órdenes de Robert Aldrich en Canción de cuna para un cadáver (Hush, hush… Sweet Charlotte) y terminó su carrera en el cine en grandes producciones con grandes repartos de viejas glorias de Hollywood, entre otras Aeropuerto 77 y El enjambre, cine de catástrofe en estado puro aunque como películas no hayan resistido bien el paso del tiempo.

Hermana de Joan Fontaine,Rebeca, con Olivia de Havilland desaparece la última leyenda de Hollywood y con ella un cine irrepetible que ya no volverá. La pena por tanto que sienten los aficionados es sincera. Así que respetad las muestras de condolencia y en distintos idiomas que ha pronunciado un mundo que tampoco volverá a ser el mismo. Y eso que hace tiempo habíamos perdido la inocencia, o eso decían. Y dicen los agoreros que más que ver especulan sobre el futuro que nos espera.

Los que crecimos y la amamos sin conocerla como Olivia de Havilland sino como actriz sentimos su marcha como cuando se va alguien muy querido y venerable. Querido por lo feliz que nos hizo con sus películas, sobre todo junto a Errol Flynn, y venerable porque más que nuestra abuela se convirtió en la bisabula de generaciones de espectadores que, sobre todo cuando rebasó la barrera de los cien años, pensábamos que iba a vivir eternamente.

Olivia de Havilland nació un año antes que los Estados Unidos de Norteamérica entrara en la I Guerra Mundial y su carrera dio un gigantesco giro como estrella de la Warner durante los 40, en plena II Guerra Mundial y lo que restó de la década. Los años cincuenta también fueron generosos con ella hasta que se fue retirando del cine con apariciones esporádicas en los sesenta y setenta hasta despedirse definitivamente de la pantalla grande en los 80.

En ese momento, la actriz desapareció del mundo del espectáculo aunque se llevó a casa dos premios Oscar y la satisfacción del deber cumplido.

Fallece, ya se dijo, este domingo 26 de julio del 2020 y espero, si existe el más allá, que se encuentre con Erroly Flynn.

“Qué buena pareja hacen”, dirán entonces los ángeles.

* La imagen corresponde a Murieron con las botas puestas (Raoulk Walsh, 1941)

Saludos, adiós, desde este lado del ordenador.

La mirada perversa de Tod Browning

Domingo, Julio 12th, 2020

La primera vez que vi Freaks (1932) fue en casa de un amigo y rodeado de otros amigos. Creo que fue un sábado así que nadie quería ver una película y sí prepararse para salir de fiesta. El problema era que yo no había visto Freaks y que llevaba un tiempo con muchas ganas de verla por lo que salir de jolgorio no me convencía demasiado salvo después de haber visto aquel largometraje del que tanto había leído.

Sobre la mesa había un par de litronas y un plato de papas fritas de bolsa. Los ceniceros estaban repletos de colillas apagadas lo que explicaba que la atmósfera estuviera repleta de humo. Alguien sugirió abrir la ventana pero era tanto el frío que hacía que el resto nos negamos al unísono con un naaa que pareció flotar en el ambiente enrarecido.

Y en eso comenzó Freaks. Y si bien costaba entender algo de lo que decían en la película por las conversaciones que se tejían a mi alrededor pronto se fueron apagando como se apaga la luz de una vela, reinando un fascinante silencio en todo el grupo, grupo que tenía la mirada pendiente en el televisor, viendo aquella película en blanco y negro.

Cuando terminó la sesión el silencio reinante continuaba instalado en aquella habitación de piso de estudiantes. Nadie pudo decir nada salvo sacudir la cabeza y comentar que mejor, mejor salimos otro día, ¿verdad?

Nacido Charles Albert Browning, Jr. (Louisville, Kentucky, EE. UU.; 12 de julio de 1880 – Hollywood, California, EE. UU.; 6 de octubre de 1962) pero conocido como Tod Browning, la vida del cineasta resulta casi igual de apasionante que sus perturbadoras películas. Es probable que muchos no tengan ni idea de quien hablo pero les invito a que vean su obra maestra, Freaks, para que se inicien en el trabajo de un cineasta producto de su tiempo, los felices años treinta, una década realmente interesante dentro del cine norteamericano por excéntrica y salvaje. Sobre todo en el terreno fantástico aunque la onda expansiva alcanzó al resto de los géneros. Los treinta, sobre todo hasta su primera mitad, resultan un periodo extremadamente libertario en el cine estadounidense, un cine sin compromisos, abierto y políticamente incorrecto para los tiempos que vivimos, estos de post-corona virus.

Tod Browning practicó toda clase de oficios antes de llegar a Hollywood, uno de ellos fue en un circo así que el circo es bastante recurrente en su cine. O al menos en dos de sus más grandes películas: Freaks y Garras humanas (1927), en esta última oficia como actor Lon Chaney padre, una estrella rompe taquillas de su tiempo y con quien trabajaría en ocho ocasiones.

Drácula y Freaks son dos de las películas más reconocidas de Browning . Drácula porque contó con Bela Lugosi encarnando al rey de los vampiros aunque el filme se ha quedado bastante anclado con el paso de los años. Freaks (1931) porque todavía sigue conmoviendo, perturbando… Basada en un relato corto de Tod Robbins, un escritor de relatos y novelitas de todo a un euro, Freaks aún continúa desarmando porque además de enseñarnos que los monstruos no son los seres deformes sinos los humanos que presumen de ser gente normal y corriente, narra una trágica historia de amor y venganza que vence el paso del tiempo.

Y sí, el filme hace justicia a la tropa de criaturas extrañas que reúne y explota el circo en el que han hecho familia, una justicia que, ya lo verán si se atreven a visionarla, no deja de merecerse la bella Cleopatra, la trapecista que osó desafiar a las bestias. Bestias en su sentido figurado, claro está.

El cineasta, que cuenta con una interesante producción de cine silente en su filmografía, rodó unas pocas más películas sonoras adscritas al género. Destacaría entre otras Muñecos infernales (1936) pero le falta sin embargo el músculo de Freaks para convertirse en un clásico.

Ahora, mientras escribo esto, recuerdo cómo aquellos amigos con los que la vi la primera vez se quedaron con la vista clavada en el televisor una vez finalizado el largometraje. De pronto veíamos sin ver el aluvión de comerciales hasta que alguien apagó el aparato con el mando a distancia. Me di cuenta entonces observando el reflejo de todos nosotros en la pantalla apagada del televisor que más que vivos lo que parecíamos eran fantasmas. Gente, o gentuza como prefieran, convertidos en espectros sin rostros.

Saludos, se acabó el juego, desde este lado del ordenador

Que éramos –somos– solo sombras.

Llámala Janet, Janet Leigh

Lunes, Julio 6th, 2020

Un día extraño y triste para la comunidad cinéfila que se ha despertado con el anuncio de la muerte del compositor italiano Ennio Morricone, ese artista que tuvo la particularidad de que casi todo el mundo se quedara con lo que estaba sonando por extravagante que resultara la sintonía. Dicho esto, y recordando a la afición que no nos gusta lamentar a nuestros muertos porque son ya demasiados los que cargamos en la mochila y con la esperanza de que, probablemente, todos se hayan ido a un lugar mejor, celebremos hoy que tal día como hoy (y van) abrió los ojos al mundo Janet Leigh (Merced, California; 6 de julio de 1927 – Beverly Hills; 3 de octubre de 2004), una discreta actriz de arrolladora presencia que protagonizó un puñado de títulos de gran importancia dentro del cine norteamericano. La filmografía llegó a su colofón con su actuación como protagonista en la primera parte, la mejor sin duda, de Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) y la recordada por terrorífica escena de la ducha. Asesinato, el agua que se mezcla con sangre y se cuela por el sumidero…

La carrera cinematográfica de Janet Leigh cuenta también con otras películas. La pueden ver en Colorado Jim, que es uno de los más grandes western de la Historia del cine; en Sed de mal, donde acompaña a un Charlton Heston disfrazado de mexicano entrando y saliendo de la frontera; Scaramouche, que es una deliciosa película de aventuras que no deberían dejar de ver y Los vikingos, ¿Quién era esa chica? y El gran Houdini, que son filmes en los que compartió protagonismo con quien fue su marido, Tony Curtis. Resultado de esa unión, otro milagro: Jamie Lee Curtis.

El papel de su vida fue, sin embargo, el que protagoniza en Psicosis donde interpreta a una atractiva mujer que llega al siniestro motel Bates para descansar de un largo viaje que no es otra cosa que una huida, una escapada porque ha robado no sé cuántos dólares a su jefe… Imagino que a estas alturas no habrá nadie por aquí que no haya visto Psicosis que es de lo mejor que firmó el maestro del suspense. Si no es así, corran y vean la que, probablemente, sea la cinta madre de un subgénero (psicokillers) cuyas películas ni de lejos llegan a la altura de esta obra maestra.

Muchas felicidades, Janet. Felicidades que hacemos extensivas a Sylvester Stallone y Geoffrey Rush, dos maneras de actuar y entender el cine que, ya ven, nacieron también tal día como hoy. Un hoy triste, lastimoso y en el que suena desde primeras horas de la mañana la chirriante banda sonora de La muerte tenía un precio.

Saludos, wacha wacha wacha wauuuu, desde este lado del ordenador