Archive for the ‘Cine de allá’ Category

El cine rumano se apropia del silbo gomero

Lunes, Octubre 5th, 2020

La película La Gomera, del cineasta rumano Corneliu Porumboiu, se presenta hasta el 20 de octubre, en la quinta edición del Festival de Cine Rumano de Valencia.

El filme cuenta la rocambolesca historia de Cristi, un policía y a la vez chivato de la mafia que viaja a La Gomera ya que en Rumanía se encuentra bajo vigilancia policial. Será en esta isla donde descubra el silbo y surja la idea de utilizar esta forma de comunicación con la mafia para conseguir sacar de la cárcel a Zsolt, el único que sabe donde están escondidos 30 millones de euros.

Corneliu Porumboiu (1975) estudió cine en Bucarest y es una figura destacada de la nueva ola de cine rumano. Con su ópera prima 12:08 al este de Bucarest obtuvo la Cámara de Oro en Cannes, festival al que volvió con la película que le consagraría, Policía, Adjetivo (2009), que se hizo con el Premio del Jurado de la Sección Un Certain Regard y con el Premio Fipresci, entre muchos otros premios en festivales internacionales. Después vendrían ficciones como When Evening Falls on Bucharest or Metabolism (2013), estrenada en Locarno y presente en el Festival de Sevilla, y El tesoro (2015), de nuevo premiada en Cannes. Infinite Football, su segundo trabajo de no ficción dedicado al fútbol tras El segundo juego (2014), fue parte de la sección Las Nuevas Olas No Ficción en Sevilla. Su último film, La Gomera, compitió por la Palma de Oro en Cannes el año pasado.

El reparto actoral de La Gomera (The Whistlers, Rumania-Francia-Alemania-Suecia, 2019) lo componen Vlad Ivanov, Catrinel Marlon, Rodica Lazar, Agustí Villaronga, Cristóbal Pinto, Antonio Buíl y George Pistereanu. La fotografía es de Tudor Mircea y la edición de Roxana Szel.

En una entrevista, el cineasta declaraba que la idea de realizar este largometraje, con una duración de 97 minutos, se le ocurrió observando un programa de televisión sobre La Gomera y el silbo y como el lenguaje “ha sido una de las claves centrales a lo largo de toda mi filmografía. Mis personajes siempre intentan entenderse y el silbo me interesó mucho en ese contexto. También me atrajo su aspecto poético. El hecho de que se desconoce su origen y que cuando los españoles colonizaron la isla canaria se utilizó como un código de rebelión. Los nativos se solían comunicar de esa forma. También me admira el contraste de que un lenguaje tan primitivo siga existiendo en una sociedad tan desarrollada”.

Saludos, silba si me necesitas, desde este lado del ordenador

Graham Greene y Groucho Marx, la extraña pareja

Viernes, Octubre 2nd, 2020

En mi formación sentimental e intelectual hay dos tipos que han resultado fundamentales para que sea lo que soy. Uno fue un comediante y el otro un escritor y si bien no tienen aparentemente nada en común sí que los une una misma mirada sobre el mundo.

Del actor he visto todas sus películas, las que protagonizó con sus formidables hermanos y aquellas en las que aparece en solitario y que no tienen –para nada– la gracia de las que realizó con su clan. Del escritor he leído casi toda su producción literaria y nunca me dejó tirado. Es una fórmula elegante para decir que abandonara la lectura de sus libros más flojos, que los tiene aunque sean, afortunadamente, pocos. Muy pocos.

El actor, que llevaba gafas y un grueso bigote pintado de negro bajo la nariz, resultó que también escribía, aunque escribiera como un amante sarnoso mientras que el segundo, el escritor, lo intentaron encasillar en la novela de espías porque cuenta con varios libros sobresalientes en ese género aunque el grueso de su producción más que estar ambientado en el Gran Juego se preocupa por ahondar en el corazón de unos personajes lastrados por la culpa.

Los dos tiene nombre que empieza por G y los dos son básicos para sortear los obstáculos que te pone delante la vida.

“La fatalidad ha querido que yo sea escritor, y escribo sobre la ausencia de raíces. Este es mi tema, en cierto modo.”
(El otro y su doble. Graham Greene. Conversaciones con Marie-Francoise Allain. Traductor: Basilio Losada. Luis de Caralt Editor, 1982)

La primera novela que leí de Henry ‘Graham’ Greene (Berkhamsted, Hertfordshire, 2 de octubre de 1904 – Vevey, Suiza, 3 de abril de 1991) fue Nuestro hombre en La Habana, un divertimento comenta el escritor en sus memorias pero un novelón para quien les escribe ya que además de contar las aventuras de un vendedor británico de aspiradoras en una de las ciudades más bellas del mundo, retrata su trabajo como espía con desarmante sentido del humor al describir cómo se “inventa” las pruebas, se enamora, desaparece uno de sus mejores amigos y debe de enfrentarse bebiendo botellitas de licor mientras juega al ajedrez con un oficial de la temible policía de Fulgencio Batista.

Tras esta novela, descubrí otros libros grandes del escritor como El americano tranquilo, El revés de la trama, Los comediantes, El fin del romance, El ministerio del miedo, El poder y la gloria, El cónsul honorario, El décimo hombre, Inglaterra me hizo así y El factor humano, entre otras. Y eso sin contar sus cuentos, la mayoría excelentes; sus autobiografías encubiertas como Vías de escape y sus artículos periodísticos, algunos tan polémicos en su día como Descubriendo al general, donde analiza en profundidad la vida y la obra del militar panameño Omar Torrijos. Y sí, no me olvido de El tercer hombre, novela que nació para convertirse en guión de una de las mejores películas de la Historia del Cine.

He leído casi todo lo de Greene y no he dudado en releer los que considero sus mejores libros porque aprendo mucho de ellos. Lecciones nuevas para enfrentarme a un mundo innecesariamente hostil.

Los que pertenecemos a la hermandad GG nos reconocemos sin necesidad de señas sino charlando con un whiskie en las manos. Un whiskie a la inglesa, con hielo y rebajado con agua con gas, por supuesto. Sin whiskie, sin embargo, reconocí hace años a otro hermano de la cofradía cuando en el diálogo que cruzábamos me dijo que la novela que había cambiado su vida como escritor había sido Una pistola en venta. “De Graham Greene”, respondí con la velocidad de una centella. “De Graham Greene”, admitió mi interlocutor, el escritor cubano Eliseo Alberto, que ya no está entre nosotros.

Lo cuento porque pone de manifiesto que los lectores de GG somos legión aunque durante años hayamos tenido que soportar a los cretinos de la literatura seria –esa que no lee nadie ni siquiera ellos mismos– decir que Greene era un escritor menor.

¿Menor? En fin, la de estupideces que me llevaré al otro mundo si existe otro mundo. GG, que se hizo católico como otros británicos ilustres, Chesterton y Alec Guinness, porque tras la confesión quedaba limpio de pecados siempre y cuando hiciera penitencia, fue además de un inglés que detestaba su país un escritor certero sobre la conciencia que nos manipula y hace mejores o peores. Su literatura está repleta de personajes con esta doblez, de traidores que no quieren convertirse en héroes, de hombres que se redimen ante mujeres que les sirven de sostén. De criminales inocentes que arrastran el peso de la culpa mientras el mundo, la Cuba de Batista, el Haiti de Françoise Duvalier, entre otros escenarios, se desmorona como se desmorona el personaje. Digo poco sin escribo que Graham Greene fue un genio. Para mi es el GRAN escritor de su tiempo y del nuestro. El hombre que supo ver muy adentro de nosotros mismos.

“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

Más que marxista Julius Henry Marx, conocido como ‘Groucho Marx’ (Nueva York, 2 de octubre de 1890-Los Ángeles, 19 de agosto de 1977) fue un anarquista. Un anarquista que utilizó el verbo como dinamita. Esa fue la primera lección que aprendí de este tipo con andar inclinado, bigote negro pintado, gafas y puro apagado entre los labios o entre los dedos…

Groucho, que fue también el más parlanchín de los hermanos Marx, solo se entendía en pantalla con uno de ellos, Chico, con quien rodó algunas de las escenas más desternillantes como absurdas de eso que conocí como cine… La parte contratante de la primera parte… y dos huevos duros… más madera que es la guerra… En fin, frases y frases que ya forman parte del imaginario colectivo de quienes tuvimos la suerte de descubrirlos en la pantalla de un cine y años más tarde de un televisor. Lo curioso del caso es que pese a que se trataran de películas en blanco y negro y de los años 30 gustaban por igual a pequeños como a grandes aunque bostezáramos cuando Harpo tocaba el arpa y Chico aporreaba como ese tal Mozart las teclas de un piano…

Pero si hubo un hermano que destacó entre los tres fue Groucho, con permiso de Margaret Dumond, la ricachona a la que toma el pelo en casi todas las películas que protagonizaron juntos.

Su verbo, ya se dijo, era como nitroglicerina. Como una ametralladora que no dejaba títere con cabeza. Ratatatata, bastaba que dijera algo para que temblaran espectáculos tan serios como la ópera, las carreras, un hotel de cinco estrellas e, incluso, el lejano oeste. No digamos ya si nos referimos a dos países en guerra y Gorucho es ministro de uno de ellos…

El guionista Rafael Azcona nos dijo hace años (me vuelvo como el abuelito Cebolleta) que solía ver Una noche en la ópera cuando se sentía deprimido. No supo decirnos entonces la cantidad de veces que la había visto (ni la cantidad de veces que se había sentido deprimido) pero se me grabó aquel antídoto. Es decir, que cuando me siento deprimido (y tampoco recuerdo la cantidad de veces que he estado a punto de tirarme de un puente) suelo ver en casa no Una noche en la ópera pero sí Sopa de ganso que a mi me sigue pareciendo la mejor película en la extraordinaria filmografía de los hermanos que no fueron marxistas en el sentido que los serios piensan.

Groucho además de cantar y soltar chistes, de participar en películas y presentar un programa concurso de televisión, fue escritor también. En la desordenada biblioteca de mi casa guardo dos libros que firmó: Groucho y yo y Memorias de un amante sarnoso. Y no, no son tan directos como sus películas pero sí que se tratan de volúmenes en los que se destila la gracia y el buen humor de un cómico que llevó la escena en la sangre desde que era un renacuajo.

A mi me gusta sin embargo cuando cruza absurdos diálogos con su hermano Chico, los dos convencidos de estar diciendo cosas serias cuando lo que dicen son cosas nada serias pero es su forma de hacerlo. En especial, cuando Groucho piensa que le están tomando el pelo al mayor tomador de pelo de la Historia del Cine lo que hace más grande a un Marx que, ya se dijo, utilizó el verbo para demoler el sistema.

Me faltan los adjetivos para elogiar como se merecen tanto a Groucho como a Greene. Me parece muy poco afirmar que eran unos gigantes a modo de colofón, de distraído pero agradecido punto final así que, por una vez, permítanme damas y caballeros (¿hay alguno por ahí) que no me levante.

Saludos, por ellos, desde este lado del ordenador

Adoremos, adoramos a Silvia Pinal

Sábado, Septiembre 12th, 2020

Se convirtió en una de las grandes estrellas del cine mexicano, tanto, que incluso trascendió las fronteras de su país para trabajar en cinematografías ajenas a su acento. De todas estas experiencias salió un poco más grande de lo que sigue siendo para los millones de aficionados que todavía le rinden tributo, aficionados que la recuerdan sobre todo por las películas que protagonizó a las órdenes de Luis Buñuel, quien la dirigiría en Virdiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965).

Y es que el cineasta aragonés se convirtió en una obsesión para Silvia Verónica Pinal Hidalgo, conocida como Silvia Pinal (Guaymas, Sonora, 12 de septiembre de 1931), a quien abordó para ser la protagonista de Viridiana.

Cuenta la leyenda, y el cine no sería nada sin leyendas, que Buñuel le preguntó a modo de respuesta: ¿tiene productor?

–Tengo, don Luis. Aquí, mi marido.
–¿Y este señor a qué se dedica?
–Pues es “mueblero”, fabrica muebles.
–¿Y por qué querría un fabricante de muebles producirme una película a mí, que no soy comercial y no doy dinero?
–Porque me ama, don Luis.

Viridiana, que como saben los galdosianos está basada en la novela Halma y dicen que se concibió como una continuación de Nazarín (1959), ha pasado a la historia como una de las grandes películas del cineasta y, cómo no, de la actriz que juega al tute al final con un bronco Paco Rabal. Lo de tute es un guiño, entre otros muchos que se despliegan en esta película, para iniciados.

La segunda película en la que colaboraron fue El ángel exterminador y quizá sea con Los olvidados, uno de los filmes más famosos en la carrera de Buñuel de su etapa mexicana, para muchos entre los que me encuentro, la más interesante de un cineasta que contaba historias desde dentro, allá donde se encuentra el alma.

Simón del desierto fue el último filme en el que trabajaron juntos y se trata de un mediometraje de cuarenta y tantos minutos de duración donde la actriz interpreta al diablo. Y, sí, efectivamente es una de las mejores encarnaciones que se han llevado a la pantalla sobre ese tipo que vive bajo tierra según la tradición cristiana.

El filme cuenta la historia de Simón el Estilita, a quien se le atribuye la invención del cilicio, leo en la wikipedia. ¿Qué es el cilicio?, pues un aparato para provocar deliberadamente el dolor y combatir las tentaciones de la carne… Si no han visto la película pierden el tiempo lo mismo que lo pierden si no han visto ninguna del maestro o una o dos… El cine de Buñuel, como dijo un sabio, es para verlo todo, todo. Incluso los últimos largometrajes que rodó en Francia.

En fin, que tal día como hoy vino al mundo una mujer que tuvo una infancia difícil y una carrera repleta de éxitos dentro de una de las cinematografías, la mejicana, más importantes del planeta.

Una mujer que todavía continúa fascinándome pasen los años que pasen. Detrás de tan aristocrática belleza se encuentra más que se esconde el corazón de una actriz.

De una actriz y de una estrella.

Saludos, días de futuro pasado, desde este lado del ordenador

La cavernícola que corrió bajo las faldas del Teide y el galán que tuvo madre canaria

Sábado, Septiembre 5th, 2020

Se llama Jo Raquel Tejada (Chicago, 5 de septiembre de 1940) aunque quienes la recuerdan la conocen como Raquel Welch o “el Cuerpo”, apodo que le pusieron porque su aspecto físico cortaba la respiración de legiones de hombres y de mujeres también, fascinados al verla corretear por Las Cañadas, Tenerife, en un ajustadito biquini de piel perseguida por cavernícolas y bestias antediluvianas bajo la sombra, asombrada cabe decir, del Teide.

La película para quien no la recuerde es una producción de la respetable Hammer bajo el título de Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966) y sus huellas, comentan los que aún recuerdan los pasos de la Welch por las islas, deben de conservarse aún bajo las faldas del volcán dormido aunque eso, como dijo el-que-todo-lo-sabe, es otra historia.

La vinculación con Canarias no termina aquí, sin embargo. Si tomamos la máquina del tiempo y viajamos al Hollywood de los años 50 descubriremos a la por aquel entonces Raquel Tejada como ganadora de un concurso de belleza que se celebra en la Feria Anual de San Diego y en la que actúa como maestro de ceremonias bajo el nombre de Don Diego un tipo llamado a que se escriba su biografía: Domingo Hernández Bethencourt, nacido en el Puerto de la Cruz y actor de reparto (de una frase o dos) y con el nombre artístico de Tom Hernández en películas de aquel entonces como El ídolo de Acapulco o Los cuatro jinetes del apocalipsis. Su hermano, Pepe Hern, de nombre artístico, también desarrolló una discreta carrera cinematográfica que, para no abrumarles con datos, cuenta con incursiones en el cine y la televisión.

El objeto de estas líneas es, no obstante, rendir homenaje a una mujer que además de resultar explosiva hizo historia en el cine no solo porque correteara delante de los dinosaurios sino porque protagoniza junto al actor Jim Brown, ex estrella del fútbol americano, una de las primeras escenas de sexo interracial de la Historia del Cine en 100 rifles (Tom Gries, 1969), un más que estimable western rodado en pleno declive de un género que no termina de marcharse al otro mundo.

El otro actor vinculado con estas islas en las que nací y que cada día entiendo menos es Gustavo Rojo Pinto (Océano Atlántico, 5 de septiembre de 1923-Ciudad de México, 22 de abril del 2017) , galán del cine mexicano e hijo de la escritora y activista Mercedes Pinto (La Laguna, Tenerife; 12 de octubre de 1883-Ciudad de México, 21 de octubre de 1976), una señora que nació con lo que hay que tener y autora, entre otros libros, de Él, obra canónica de denuncia sobre los malos tratos y que inspiró a Luis Buñuel para rodar una muy especial adaptación cinematográfica.

Gustavo Rojo, su hijo, creció así en un ambiente cultural envidiable que le sirvió para cultivar la cabeza y el cuerpo porque este post va hoy de Cuerpos.

Estrella de telenovelas, interpretó en el cine al guerrero canario Bentejuí en Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1953), personaje que se enfrenta a un capitán castellano (Marcello Mastroianni) por el amor de una mujer, Tirma (Silvana Pampanini), durante la larga y costosa conquista de Gran Canaria en el siglo XV.

Como película no vale mucho pero como documento social e histórico es un trabajo al que recurrir una y otra vez para conocer de cerca cómo se intentó vender a las islas como lugar idóneo para rodar películas.

¿Les suena la historia?

Saludos, agur, desde este lado del ordenador

Llena eres de gracia

Sábado, Agosto 29th, 2020

No me canso de ver Stromboli (Roberto Rossellini, 1950) porque además de ser una de las mejores películas de su director, ese colosal maestro del cine, lo es también de su actriz protagonista, Ingrid Bergman (Estocolmo, 29 de agosto de 1915 – Londres, 29 de agosto de 1982), a quien recordarán por papeles más amables pero no menos románticos como el que hace en Casablanca y Encadenados, pero que alcanza el estado de gracia, el bendita tú eres entre todas las mujeres, en una cinta, Stromboli, que me enseñó muchas cosas cuando la descubrí hace ya mucho, mucho tiempo en televisión….

¿Dioses, quién era esa mujer?, ¿por qué diablos transitaba en aquel infierno, en aquella isla labrada por la lava del volcán?

Claro que conocía de antes a Ingrid Bergman pero claro también que no la conocía como mujer y como actriz sino como un referente tierno, de ojos casi siempre humedecidos por las lágrimas, que se despedía de Rick en el aeropuerto de Casablanca, ayudaba a Gregory Peck a que recuperara la cordura o se convertía en la primera ministra de Israel en una serie sobre la vida y la obra de Golda Meir, entre otros filmes y series de televisión que guardo a buen recaudo en el disco duro de mi memoria.

El caso es que me enamoré perdidamente de esta mujer por… Stromboli, y que volví a enamorarme de ella en Te querré siempre. Aquel amor platónico no se hizo trizas al verla en otras películas que no me terminaron de convencer aunque, como me pasa con Ava Gadner, por estrafalarias que resultasen no dejaban de seducirme por ella.

Siempre ella.

Ingrid Bergman nos enseñó además que detrás de aquella desarmante y tan cinematográfica belleza se escondía una actriz talentosa, capaz de enfrentarse a papeles difíciles, esos que entrañan una cierta complejidad para construir al personaje.

Otros años y llegado este mismo día, suelo recordarla con versos que saco del Ave María, que es una de las pocas oraciones que me sé de memoria por –y la verdad es que poco recordadas– clases de Religión que recibí en la primavera de mi vida.

Siempre me gustó lo de “bendito es el fruto de Tu vientre Jesús” y también lo de “bendita Tú eres entre todas las mujeres” porque es poesía pura, directa, que además de hacerte temblar las ideas te hace temblar el corazón…Y las ideas y el corazón tienen que temblar dentro de tu fortaleza porque si no, no sirve de nada. Desaparece de la memoria y regresas a esa nada en la que terminaremos todos un buen día…

Pero no iba por ahí la cosa. Iba de recordar a Ingrid Bergman que es algo más que una mujer y una actriz.

Desde este lado del ordenador continuamos adorándola. Sobre todo, ya se dijo, por su presencia incendiaria en esa isla de ceniza que es Stromboli...

No la recuerden solo como Ilsa, la protagonista de Casablanca, o como la amante a la que tortura sentimentalmente Cary Grant en Encadenados. Ni siquiera como a la iluminada Dama de Orleans en Juana de Arco.

Hay muchas Ingrid Bergman pero sí aún permanece en espíritu entre los que la recordamos es porque siendo muchas en el cine solo fue una en la vida real. Tanto que, si observan la fecha de su nacimiento y su deceso, dijo hola y adiós a este valle de lágrimas el mismo día.

Para Ingrid Bergman nunca sonaron las campanas.

Fue y es una mujer llena de gracia.

Saludos, orad, orad, orad, desde este lado del ordenador

Se busca: Alfred Hitchcock

Jueves, Agosto 13th, 2020

Pese a que la palabreja me produce ronchas, el cine de autor le debe no mucho sino muchísimo a un orondo cineasta que si tuvo claro algo en su cabezota fue la de entretener al público con historias de suspense. El nombre del joven no podía ser otro que el de Alfred Joseph Hitchcock (Leytonstone, Londres; 13 de agosto de 1899–Bel Air, Los Ángeles; 29 de abril de 1980) y si no me falla la memoria, creo que fue de los primeros directores de cine a los que conocí con nombre y apellido porque el caballero además de dirigir películas las firmaba con apariciones fugaces en muchos de sus filmes.

Las apariciones del señor Hitchcock se convirtieron así en un añadido más en sus largometrajes y la serie, ya famosa en el mundo entero, Alfred Hitchcock presenta… Y se cuenta todo esto tirando de la memoria, memoria que me hace recordar además cómo su nombre (su marca) figuraba también en revistas, colecciones de relatos de suspense y en el encabezado y presentación y epílogo de las novelas de Los tres investigadores cuya lectura, ya ven, me hizo muy feliz la adolescencia.

Pero hablábamos de las apariciones del señor Hitchcock en sus filmes… En casa, viendo cualquiera de sus películas, la apuesta consistía en localizar antes que nadie al cineasta. “Ahí está, subiendo a la guagua (autobús para peninsulares)”. Otras te despistaba y era otro el que lo localizaba antes de tiempo. Recuerdo cómo me rompí la cabeza pensando cómo aparecería en una de sus películas más olvidadas pero de las que guardo gratísimo recuerdo, Náufragos. ¿Surgiría el señor Hitchcock del mar como un escualo asesino?, ¿podría ser el odioso personaje que interpretaba Walter Slezak en esa misma película?

Tardaría toda una vida proponiendo una selección de los mejores largometrajes que dirigió este hombre que no era nada sin su mujer. Su filmografía, e incluyo su etapa silente y su primera etapa británica, es redonda. Apenas hay alguna cinta que estropee currículum tan ejemplar aunque uno tenga predilección por un filme pequeño en su gigantesca obra como es La sombra de una duda, rodada en blanco y negro y con un reparto más que discreto. Y es que Joseph Cotten fue siempre un actor lo que se dice discreto.

El señor Hitchcock nos enseñó a mirar con respeto a los pájaros, a que miráramos con atención la pantalla en las escenas de besos (no hay cineasta que haya rodado mejores los besos como él) y a sentir especial atracción por los villanos que aparecen en la mayoría de sus películas. Incluso en una cinta tan sucia como Frenesí, rodada en Londres y en la que parece que su agrio sentido del humor se había acentuado más de lo recomendable. Huelga decir que es otra de mis favoritas. Como favoritas son también La posada de Jamaica, Extraños en un tren, Encadenados, La soga, El proceso Paradine, La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, Psicosis entre otras y otras muchas. ¡¡¡Si hasta me llevaría a una isla desierta esas rarezas que son Topaz (su único filme con una heroína de larga cabellera morena); Yo confieso y Falso culpable!!! Y no digamos ya de esa estrambótica comedia negra que es Pero… ¿Quién mató a Harry?

En fin, que son muchas las películas y muchos los recuerdos que me acompañan viendo su cine porque crecí, tuve esa suerte, viendo sus películas y reconociéndolas porque eran del señor Hitchcock y no porque el protagonista fuera Cary Grant, Ingrid Bergman, James Stewart o Grace Kelly, la que luego fue princesa de Mónaco.

Un director no ya de culto –hay toda una religión montada a su alrededor– sino el primero y si no fue el primero sí que fue uno de los primeros, que nos hizo reconocer quién estaba detrás de aquellas fantásticas películas de acción y suspense.

Un tipo tan grande, tan autor, que desde entonces no deja de influenciar a puñados de cineastas que no le llegan a la suela del zapato (y lo siento de veras, Brian de Palma).

En definitiva, cine de autor para los que entiendan y no entiendan y por muchas ronchas –se admite– que me sigue provocando cuando pronuncio semejante y estiradísima palabreja.

Saludos, felicidades, maestro, desde este lado del ordenador