Archive for the ‘Libros’ Category

Fallece el escritor Laureano de Lorenzo

Martes, Septiembre 5th, 2017

Ha muerto Laureano de Lorenzo, escritor y escultor autodidacta que nació en Valcabado del Pan (Zamora) el 4 de diciembre de 1938 y falleció en Tenerife en verano de 2017.

Me entero de la triste noticia por Ánghel Morales y es inevitable que el primer recuerdo que se me venga a la cabeza de Laureano sea con su cámara al hombro retratando cualquier acto de carácter literario que se produjera en la isla.

A Laureano Lorenzo lo conocí en Los Cristianos, en aquellos tiempos en los que se celebrara la desaparecida N Negra de Arona que llevaba con espartano entusiasmo Alexis Ravelo y que trajo a tantos, y tan grandes escritores del género como Andreu Martín o Rora Ribas, y al pope, a uno de los que más sabe del género en España, Paco Camarasa, el fundador de la ya mítica librería Negra y Criminal en la hoy más castigada que nunca Barcelona.

Laureano Lorenzo fue autor del poemario Ventanuco, traducido al alemán por la editorial Konkurbuch, y del libro Viajando entre cañas y copas, un completísimo trabajo sobre la historia, la elaboración y características de las bebidas alcohólicas. También escribiño la novela Puñetera casa, de estructura muy cortaziana.

Laureano de Lorenzo fue el responsable, además, de la página web Bienvenidos a cocteleemos, en la que recogía datos biográficos de bastantes escritores nacidos y/o residentes en las islas.

Ahora que no etá entre nosotros el tópico me obliga a escribir que solo espero, si hay un más allá que este en el que vivimos, que el escritor y barman aficionado se encuentre en el paraíso detrás de una barra preparando fantásticas mezclas de bebidas espirituosas mientras habla y habla con quien sea (en el paraíso no debe de haber clientes sino personas de verdad, sin carne ni huesos, pero de verdad) sobre literatura y de cómo nos cargamos de problemas los que aún continuamos en esto que llaman Tierra.

Saludos, va por usted, Laureano, desde este lado del ordenador.

Tres cuentos sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 4th, 2017

Ramón Ayerra (Segovia, 1 de enero de 1937 – Madrid, 1 de julio de 2010, aunque en la solapa del libro pone Berlín, 1937) fue un jurista, escritor y humorista que cuenta entre su producción literaria con un libro de relatos que bajo el titulo de Plaza Weyler (Huerga & Fierro, 1996) reúne tres cuentos que se desarrollan en la capital tinerfeña.

Que sepamos, no ha vuelto a reeditarse esta obra aunque pide a gritos su rescate porque se trata, probablemente, de uno de los mejores libros que hemos leído este año que se va, y feliz descubrimiento (se admite la más absoluta ignorancia sobre su existencia) sobre lo que se ha escrito y se escribirá sobre Santa Cruz de Tenerife, ciudad que asume el papel protagonista de estas divertidas historias que fueron escritas, se nota nada más leer el primero de los cuentos, precisamente el que da título al volumen, desde el cariño y el aprecio a un entorno urbano y a sus gentes.

Además de Plaza Weyler, el libro incluye también las narraciones El saludo al cañón y Una misión confidencial que se desarrollan como el primero en los años ochenta, lo que proporciona al lector un viaje a la ciudad en la que sus vecinos reconocerán su fisonomía y la visitarán de su mano quienes la desconocen.

Más que sátiras, se tratan de tres historias cómicas que transcurren en la plaza Weyler, el antiguo cuartel de Almeyda que funcionaba ya como museo militar y varias calles y plazas de la capital, escenario de disparatados relatos que logran despertar la sonrisas y a veces, incluso, la carcajada de quien los lee e interpreta.

Hay mucho amor por Santa Cruz de Tenerife en todas estas pequeñas historias y al mismo tiempo un repaso respetuoso pero no exento de humor a la vinculación que mantiene la ciudad con las fuerzas armadas, institución que no es fustigada ni tratada con acritud pero sí fina ironía.

En el primero de los cuentos, Plaza Weyler, se cuenta la historia de un valenciano que recala en la capital tinerfeña acompañado de una mujer que los abandona por otro hombre al día siguiente de alojarse en el Mención, y de cómo pasa los días sentados en el kiosco de la Weyler para contemplar como se arría la bandera mientras consume litros y litros de whisky.

Tras describir cómo se emociona el personaje con el solemne acto, añade “el corneta ataca el instrumento y unos sones la mar de tristes apenan el ambiente festivo de la plaza, con sus barrocos jardincillos de colorines, y ordenan para el jugueteo perpétuo que en la fuente de Canessa se traen los gordezuelos angelotes despelotados, los dragoncillos con pinta de besugo, revueltos entre agua y guirnaldas.

Conforme va llorando la corneta, los del balcón, con mimosa lentitud, arrían la bandera y la doblan bien doblada. Concluída la emocionada copla, los del balcón se meten con la patria plegada y la tropilla da la vuelta, contornea una farola, tira por donde ha venido y se cuela en los cuartos de guardia.

A seguir velando por la paz y el orden. En las islas. En la nación.”

En El saludo al cañón, probablemente la más divertida de las historias, cuenta cómo los artilleros de Almeyda se lo piensan dos veces antes de responder al saludo de los barcos que entran a puerto por un chino, dueño de un bar que se encuentra próximo a las instalaciones militares.

La peor pesadilla de una de los oficiales, Alcaide, es precisamente ese chino que lo amenaza desde abajo cuando el cañonazo le espanta a la clientela.

“¡Altillelos, cablones… podíais jugal a las canicas en vez de jodel negocio a gente honlada…!

A Alcaide le encocoraron los insultos del amarillo y le gritó.

¡Chino de mierda, vete a Pekín! – luego pasó a los argumentos científicos– ¡Primero fue el fortín, y tú te pusiste delante con ese asqueroso chiringo, y en sitio prohibido, que es zona militar, y de puerto… a cuántos habrás tenido que comprar para que te diesen bula…!

- ¡Pala colutpo tú. Alcaide blavucón!

- ¿A qué bajo y te breo?

- ¡Atlévete!”

El tercero y último de los cuentos, Una misión confidencial, narra la extravagante historia de un agente de la Guardia Civil de nombre Benita que viene a la isla para desarticular un comando británico que quiere hacerle una trastada al cañón Tigre, el que supuestamente con su metralla cercenó el brazo del contralmirante Horacio Nelson cuando pretendió saquear la plaza aquellos días de julio de 1797.

En el relato, Ramón Ayerra pone en antecedentes al lector de lo que significó aquel hecho histórico para Santa Cruz, mientras el protagonista aprovecha para callejear por la ciudad mientras busca a ese grupo de agentes británicos por todos los bares que se encuentra, lo que terminará, claro está, con una melopea de las que hacen época mientras el Tigre descansa bajo el techo de Almeyda.

“Entra el coronel Benita en la sala y la guardia que custodia el cañón se cuadra.
¿Alguna novedad?

Ninguna, mi Coronel– el Teniente Oliveras despacha opinión–, si acaso… que los visitantes se extrañan de vernos aquí.
- Qué sabrán ellos. Y además, si molestan, se cortan las visitas y sanseacabó.
Huronea Benita alrededor del Tigre y encara de nuevo al Teniente Oliveras.
- ¿Y no vio a nadie, así como inglés, rubio o pelirrojo, corpulento, de aire achulado…?
- Pues la verdad, no… la mayoría son colegiales y ancianos.
- Ya– y zanja el asunto– bien, sigan atentos.
Luego, en la pérgola que da sobre los muelles, y con el mar allá, cambia impresiones con el Coronel Benjumea
.”

No han cambiado demasiado los escenarios que aparecen en estas historias cortas que protagonizan peninsulares que por una u otra razón recalan en la isla. La calle del Castillo, la Rambla de Pulido, la Rambla del general Franco (hoy de Santa Cruz), la avenida del General Mola (hoy de las islas Canarias) siguen siendo más o menos las mismas aunque en los ochenta no existiera el tranvía, pero sí muchas de las cafeterías que nombra y en los que se refugian sus protagonistas como la Weyler y El Atlántico.

Sí que ha cambiado, no obstante, el espíritu de una ciudad tan contradictoria como es Santa Cruz de Tenerife.

Ramón Ayerra, que fue finalista del premio Planeta con La tibia luz de la mañana (1979) y Los terroristas (1981), transmite ese asombro por una capital de provincias tan pegada a sus tradiciones con alborozada mirada etílica.

Entre otras reflexiones que anota, me quedo para finalizar con una de entre muchas cuando se pregunta cómo una plaza “tan coquetona” como la de Weyler, lleva ese nombre porque “no casa, no pega ni con cola. Pero ya se dice, así es la industria humana. En el fondo, quizá el permanente equilibrio conduzca a la locura, o al vacío.”

Saludos, la santa cruz, desde este lado del ordenador.

Víctor Ramírez presenta el lunes en Tenerife ‘La machanguita’ y a ‘Contracorriente’

Viernes, Septiembre 1st, 2017

El escritor Víctor Ramírez presenta este lunes, a las 19 horas en la librería Agapea en Santa Cruz de Tenerife, Contracorriente y La machanguita, que publica en Mercurio. En el acto estará acompañado del también escritor Ánghel Morales.

No, no es otra de piratas

Miércoles, Agosto 30th, 2017

La historia de unos niños que son secuestrados por una banda de piratas y la relación que posteriormente mantendrán en ese barco, el Clorinda, que navega por el Caribe viene a ser el resumen de Huracán en Jamaica, una novela de Richard Hughes que ha sido recientemente editada en Alba Editorial.

No es, sin embargo, la primera vez que se publica en español ya que cuenta con otras ediciones al convertirse de cierta manera en un engañoso clásico juvenil.

Se escribe engañoso porque a pesar de que sus protagonistas sean niños y los piratas personajes sin civilizar, Richard Hughes se detiene en describe la especial relación que se da entre dos miembros de esa ahora improvisada tripulación: el capitán pirata y una de las niñas secuestradas.

La novela cuenta con una excelente adaptación cinematográfica que se tituló en España como Viento en las velas y que dirigió Alexander Mackendrick y protagonizaron entre otros Anthony Quinn y James Coburn.

Viajero y escritor, no fue Richard Hughes un autor demasiado prolífico, aunque con Huracán en Jamaica ha pasado a la historia de la literatura porque supo impregnar y transcribir cómo cambia a todos los protagonistas esta aventura en la que los adultos descubren una ternura que no tenían y los niños a tomárselo como unas divertidas vacaciones sin los padres.

Los niños de esta novela son niños cualquiera. Inocentes, crueles y egocéntricos, y siguen a sus mayores “con el mismo afecto que las gaviotas a un barco.”

Huracán en Jamaica puede leerse también como una novela de aventuras e iniciación, así como una historia de peligrosa atracción amorosa.

Y es a través de esta relación que no tiene ninguna carga de morbo adiposa el eje a través del cual gira un libro en el que su autor se preocupa por describir primero la fascinación que siente el capitán de los piratas, Jonsen, Chávez en la película, por la joven Emiliy, y en sentido inverso la que siente la niña por ese hombre brutal y pendenciero.

Huracán en Jamaica, que fue escrita en los años 20, ha ganado con el paso de los años su espacio entre los clásicos de la literatura universal. Razones no faltan para continuar leyendo el libro o viendo su más que estimable adaptación cinematográfica para comprender que nuestra visión de los problema no se ha hecho más grande sino pequeña con el paso del tiempo.

Otras novelas y cuentos que se pueden encontrar en español de Richard Hughes es El zorro en la bohardilla, una entretenida novela en contra del nazismo y escrita como una alegoría y una serie de cuentos que reúne en los volúmenes En el regazo del Atlas, que transcurren en el norte de Marruecos, y las historias juveniles El perro prodigio.

Saludos, viento en popa toda vela, desde este lado del ordenador.

Brian W. Aldiss, uno de los nuestros

Martes, Agosto 29th, 2017

La literatura británica siempre se tomó muy en serio la fantasía. En todas sus acepciones. Cuenta con maestros en la literatura de terror como Bram Stoker, irlandés, cierto, pero británico aunque sea de provincias; el abismo insondable y cósmico de Machen y Hodgson, entre otros, y la épica ecológica y guerrera de Tolkien. En el campo de la ciencia ficción, marcaron territorio narradores tan talentosos como Wells, Wyndham, J.G. Ballard y Brian W. Aldiss, que falleció el pasado sábado 19 de agosto a la edad de 92 años dejando detrás una obra irregular por productiva, pero en la que cuenta con sobresalientes novelas y cuentos en los que derrocha mucha imaginación.

Brian Aldiss fue de los primeros escritores del género que se atrevió a proponer versiones muy personales de novelas como Frankenstein. El moderno Prometo y La isla del doctor Moreu.

Frankenstein desencadenado fue la primera que leí del autor y la que me animó a continuar con otros trabajos suyos porque su Frankenstein resultó ser una digna aportación al universo gótico que describió Mary Shelley tras la apuesta que se dio en aquella cena legendaria en la villa Diodatti. El escritor regresaría a estas versiones lúdicas que siempre tomaron muy en serio el material original en La otra isla del doctor Moreau, una arriesgada puesta al día de la reconocida novela de H. G. Wells.

Pero estas historias eran eso, solo interpretaciones de un escritor agradecido con sus clásicos, ya que donde Brian Aldiss se crece es cuando se vuelca en la ciencia ficción, aunque más que ciencia, fueran novelas donde la imaginación está por encima de la ciencia.

En este género cuenta con obras como Un mundo desvastado, Invernáculo y Criptozóico y con una novela realista, por decirlo de alguna forma, tan excelente como es Mano dura.

Brian Aldiss fue además un escritor que se manejó muy bien con los cuentos, recopilados en libro como El árbol de la saliva y La estrella imposible. De uno de estos cuentos sacó Stanley Kubrick material para la que sería su próxima película Inteligencia Artificial que más tarde llevaría al cine con más o menos discreto acierto Steven Spielberg.

Con los libros de Brian Aldis se pueden sacar muchas conclusiones al mismo tiempo que nos pone sobreaviso. Era un hombre muy preocupado por el ecologismo y en muchas de sus obras en la que aborda este trema, resulta aún un visionario.

El escritor ocupa junto a Theodore Sturgueon, Bradbury, Wyndham, Ballard y por encima de todos ellos H.G. Wells esa peculiar galería de escritores a los que tanto les debo. Y a los que de tanto en tanto recurro para evadirme del mundo.

Como era de esperar, Brian Aldiss fue despreciado por la crítica pedante, esa que piensa que asomarse a la ciencia ficción es perder el tiempo si quien la escribe no es Orwell o Huxley

No sentirse reconocido por ellos le amargó una tarde, pero él continuó escribiendo fantasía porque se encontraba cómodo fabulando historias que a pesar de sus contexto estaban muy pegadas a la realidad.

La originalidad de un escritor como Brian Aldiss es que casi siempre fue el mismo aunque sus novelas y cuentos contaran historias en escenarios muy diferentes. Si se lee, las preocupaciones en la mayoría de ellas son similares y eso ayuda al lector a reconocerse en ellas y a tomar conciencia de hacía donde vamos si continuamos jugando con lo que tenemos.

El hombre, ya lo dijo alguien, es demasiado insignificante para creer que puede ser Dios.

Saludos, hasta la pròxima, desde este lado del ordenador.

Otra escala literaria en Tenerife

Lunes, Agosto 28th, 2017

Collen McCullough (Wellington, Nueva Gales del Sur, Australia, 1937 – isla Norfolk, Australia, 2015) es una escritora australiana que hace años saltó a la fama con la publicación de El pájaro espino, éxito que multiplicó la serie del mismo nombre y que protagonizó el actor Richard Chamberlain.

Escritora que sabía narrar, muchas de sus novelas están ambientadas en Australia. En La huida de Morgan, con traducción de María Antonia Menini (Zeta Bolsillo, 2006), cuenta cómo tras aniquilarse a la población aborigen, Australia se repobló con convictos a los que se abandonó a su suerte y de cómo estos contribuyeron a la formación y el desarrollo del nuevo territorio. Un territorio que fue forjado con sus manos.

La novela comienza en Bristol, Inglaterra, en 1787, en vísperas de una de las migraciones más importantes de la historia, la de cientos de prisioneros que fueron arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles.

Gran parte de la acción de la novela transcurre durante la travesía, en la que McCullough describe el trato brutal que reciben los convictos por los oficiales británicos. Son muy pocos así los que desembarcan el 19 de enero de 1788 en las nuevas tierras para buscarse literalmente la vida.

La historia continúa narrando cómo se asientan en tierras australianas a través de su protagonista, Richard Morgan, un convicto más que logra ganarse la admiración de sus compañeros porque es inteligente, seductor y de voluntad férrea.

La novela, como todas las de McCullough, está excelentemente documentada y pese a su número de páginas, más de novecientas, se lee con notable interés porque pasan muchas cosas.

Durante la travesía que lleva al protagonista hasta la lejana Australia, el barco hace escala en Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que, sueña Morgan, tendrá “la posibilidad de bajar a tierra y tragarse todo el ron que su cuerpo pudiera aguantar…”

Sin embargo, y por orden del comandante, los marineros y presos no disfrutarán de muchos permisos, lo que cae como un jarrón de agua fría en la tripulación.

“El teniente Johnstone les comunicó con su lánguida voz que, durante el día, se tendría que montar guardia permanente, pues el gobernador Phillips no quería que los convictos permanecieran confinados en todo momento bajo cubierta. Por si fuera poco, anunció Johnstone, el gobernador Phillips y su edecán el teniente King tenían previsto subir a bordo en algún momento de la permanencia del barco en Tenerife.”

Esta medida, que si leen la novela adquiere dimensiones dramáticas porque hasta ese momento el trayecto ha sido muy exigente, se debe al “considerable número de criminales desesperados, dijo el teniente, Johnstone haciendo un cansado gesto con la mano, y Tenerife no estaba lo bastante lejos de Inglaterra para que ellos pudieran sentirse tranquilos.”

Una vez más, la isla, en este caso la de Tenerife, se presenta como una tentadora posibilidad de evasión aunque los convictos solo pueden echar un vistazo “a Santa Cruz y las restantes partes de Tenerife que se podían contemplar desde el lugar donde el barco se encontraba amarrado” mientras comen carne de cabra, calabaza hervida, “un pan muy extraño pero comestible y unas grandes y ásperas cebollas.”

La descripción que ofrece de Santa Cruz es bastante ajustada a la que reflejan los viajeros que dejaron constancia de ella a finales del siglo XIX.

Collen McCullough escribe que “la ciudad era pequeña, carecía de árboles y parecía muy aburrida”, y que la tierra que la rodeaba “era escarpada, seca e inhóspita. La montaña que tantos deseos sentía Richard de ver tras haber leído tantísimas cosas cosas acerca de ella, solo era visible por encima de una nube gris que parecía cernerse exclusivamente por encima de la isla; el cielo sobre el mar era de un intenso color azul.”

Más adelante, y ante el malecón de piedra, el protagonista siente la primera imagen “que se le ofrecía de un mundo por completo distinto del inglés.”

En el puerto, se hace acopio de provisiones y se dice que “octubre era el mes más insoportable” para recalar en la isla aunque “de julio a noviembre, soplaban desde África unos horribles vientos mezclados con una punzante arena y tan ardientes como un horno. Sin embargo, África se encontraba a varios centenares de millas de distancia.”

Richard Morgan se lleva la impresión de que Tenerife es un lugar árido y desolado aunque se sorprende que posea un “agua excelente que procedía de una ciudad del interior llamada La Laguna.”

Collen McCullough fue una escritora de novelas románticas e históricas que gozó de mediana reputación incluso en los círculos literarios más pedantes. No solo escribió historias sobre Australia sino también sobre los últimos años de la república en Roma, a la que dedicó una serie de siete novelas.

Saludos, ¿próxima escala?, desde este lado del ordenador.