Archive for the ‘Libros’ Category

‘Tanto para nada’, una novela de Ana García-Ramos del Castillo

Miércoles, Agosto 23rd, 2017

Todavía es pronto porque no ha acabado el año pero si se hace recuento de lo que se ha publicado en Canarias hasta la fecha la conclusión resulta bastante dispar, dispar por su calidad y dispar por las propuestas que toca.

Tanto para nada
, la primera novela de Ana García-Ramos del Castillo, cuenta la historia de José Julio Fernández del Castillo, un personaje que existió realmente y un canario adelantado a su tiempo. Desgraciadamente, el destino no dejó que culminara como merecía el capítulo de su vida, experiencia que ahora glosa la autora de esta novela con caluroso espíritu reivindicativo.

La escritora se menaje bien en este territorio, aunque a veces zozobra en el arrebato pasional, aunque no descuida el carácter biográfico que tiene el relato.

La vida de su protagonista es la de un hombre de su tiempo que nació en el lugar equivocado, aunque esto no fue obstáculo para que se formara en Madrid, donde se aloja en la Residencia de Estudiantes, y más tarde para ampliar estudios se trasñadara a Lieja, Bélgica, días antes de que estalle la I Guerra Mundial que ya se cierne sobre Europa.

La novela narra la vida de José Julio, un niño de familia acomodada de Tacoronte, Tenerife, donde vive feliz sus primeros años, y su carrera como estudiante primero en la isla y más tarde en un territorio que no tiene nada que ver con el suyo, pero en el que aprende a ver las cosas de otra manera sin olvidar sus orígenes.

En este retrato basado en un hecho real, también se cuenta una historia de amor que culmina en un desenlace abrupto, terrible, que explica el título de la obra, Tanto para nada.

La novela se maneja bien por lo que cuenta y por la forma en que lo cuenta. La narración está salpicada de descripciones que dan color a los escenarios, y cuenta cronológicamente la vida de un hombre que no perdió el amor y la inocencia por el lugar del que procedía.

La escritora tiene la habilidad de hacerlo crecer a medida que cuenta su historia y logra conmover en muchos de sus momentos ya que imprime ternura al narrar la soledad del personaje y la nostalgia que siente de la isla.

Tanto para nada es el retrato de un hombre que comienza a ser adulto. En este proceso de aprendizaje y adaptación están las mejores páginas de un libro que hace esperar con mucho interés los nuevos trabajos de su autora.

A descubrir por donde irá una carrera literaria que recién inicia con esta novela extraña, casi ajena a ese cuerpo narrativo que en la actualidad se escribe y se publica en estas islas abandonadas de la mano de los dioses.

Saludos, calor, desde este lado del ordenador.

Todo puede ser distinto

Lunes, Agosto 21st, 2017

Alberto Omar cuenta con una numerosa producción literaria en la que prácticamente ha tocado todos los palos.

Ha procurado hacerlo desde una perspectiva personal e intimista pese a que en sus últimas obras se aprecia cierta preocupación por explorar territorios que ya formaban parte de su cuerpo narrativo solo que ahora la mirada tiene más entusiasmo y tono festivo.

En Sin comienzo ni final (Editorial Mercurio, 2017), su última historia, escribe sobre las nuevas ideas que se plantean la existencia desde un punto de vista científico que mezcla razón y espíritu.
Este cóctel lo resuelve a través de varios planos narrativos en los que formula preguntas y devuelve respuestas con las que se podrá o no estar de acuerdo.

En este aspecto, y más que una novela, Sin comienzo ni final es la exposición de estas cuestiones, solo que el escritor las cuenta en escenario cotidianos y mediante conversaciones “informales” que mantienen los protagonistas.
Se trata de una apuesta muy arriesgada, aunque el tono que emplea Alberto Omar para narrarlo recurre afortunadamente al humor o a situaciones cómicas que hacen seguir con más comodidad la gravedad de lo que se está hablando.

Por eso, más que novela, Sin comienzo ni final es una larga exposición de suposiciones, más que teorías sobre el hombre, la muerte y el universo, entre otros temas de calado, lo que explica el título de obra tan singular, gigantesco rompecabezas en el que unos y otros dictan más que dicen lo que conocen tras preguntar cómo se encuentra la familia o pedir al camarero un café.

Sin comienzo ni final se resiente así de hilo argumental, muy débil, y apuesta por la exposición de ideas en un debate en el que muchos podrán ver algo de luz y recuperar cierta esperanza mientras que otros se encogerán de hombros.

Para contar todas estas cosas, Alberto Omar recurre al humor y a presentar los hechos y maravillas que salpican el relato con mirada gozosa, en ocasiones un tanto excéntrica, pero logra interesar no convencer a ese lector que sospecha siempre que todo cuanto nos cuentan puede ser distinto.

Saludos, enm algún lugar del mundo, desde esteb lado del ordenador.

Dos superviviente del ‘Medusa’ dan sus impresiones sobre Santa Cruz de Tenerife en 1816

Lunes, Agosto 14th, 2017

En la historia negra de los siete mares el naufragio del Medusa ocupa un siniestro puesto de cabecera. La fragata zarpó junto con dos corbetas y un bergantín de la isla de Aix el 17 de junio de 1816 rumbo a Senegal, posesión que regresaba en aquellos días a manos francesas tras un tiempo bajo dominio británico.

La falta de experiencia del capitán del Medusa, M. Hugues Duroys de Chaumareys, un antiguo exiliado monárquico que llevaba más de veinte años sin navegar, hizo que su navío perdiera a los otros y que tras dieciséis días en el mar, embarrancase el 2 de julio de 1816 y sobre las tres de la tarde frente a la costa de Mauritania o Senegal, según las fuentes.

A partir de ese momento comenzó una de las tragedias más terribles y siniestras de la marina francesa ya que la fragata no contaba con suficientes botes salvavidas, lo que obligó a improvisar una balsa en la que se apretujaron 147 personas a las que se abandonó a su suerte cuando el capitán del Medusa, Hugues de Chaumareys, dio la orden que se soltaran las amarras que la unían a los botes salvavidas.

“En el primer momento no creímos realmente que nos habían abandonado de manera tan cruel”, recuerdan Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, dos de los supervivientes de la balsa en el libro El naufragio de La Medusa (Senegal, 1816), editado por Ediciones del Viento (2014) con traducción de Juan Carlos Martínez.

El libro narra los trece días de batalla por la supervivencia que se vivió en la balsa. Primero, por ocupar y mantener un espacio y más tarde al ser acosados por el hambre y la sed.

“Una sed ardiente” que los llevó a consumir su propia orina como a cometer actos de canibalismo.

Cuando los náufragos de la balsa fueron encontrados por la fragata Argus, de los 147 hombres solo quedaban con vida quince, cinco de los cuales fallecieron antes de llegar a tierra. Entre los supervivientes estaban los ya mencionados Alexandre Corréard, ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny.

El libro en el que cuentan su versión de los hechos incluye además del viaje y el relato del naufragio del Medusa cómo se reintegraron a la vida civil tras ser rescatados aunque por sus palabras se deduce que no fue nada fácil la adaptación porque desde ese momento fueron marcados con el signo de la sospecha.

Esta es una de las quejas que más se repite en estas memorias escritas con un lenguaje sencillo que a veces cae en el arrebato chauvinista. Fracasa, en este aspecto, cuando pretende ser una narración objetiva de hechos.

Leído como lo que fue, un terrorífico relato de supervivencia y el deseo de adaptación al que tenían derecho tras sobrevivir a tan dramática experiencia, el libro cuenta con chispeantes descripciones de Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que recaló la flotilla días antes de que se produjera la tragedia.

En estos fragmentos los autores elaboran un discurso atractivo pero a la vez contradictorio. Sacan también a relucir lo peor del chauvinismo francés, al reivindicar el valor de los nativos de este país aunque tiene mucho interés, si se entiende con distancia, las impresiones que su mirada refleja de esa isla y de ese puerto del Atlántico.

Mientras se aproximan a Tenerife, los autores describen el protagonismo que tuvieron los franceses durante los ataques del contraalmirante Horacio Nelson a la isla en julio de 1797.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

Este capítulo continúa explicando cómo la flotilla costea la isla y en ella dan su parecer sobre Santa Cruz, una villa, escriben, que “nos pareció presentar muy buen aspecto. Juzgamos que las casas eran de bastante buen gusto; creímos ver también que las calles eran grandes y bien alineadas.”

Tras desembarcar un pequeño grupo de hombres en Santa Cruz, conocen “un asunto bien poco honroso para algunos marinos franceses, y que la inflexible verdad nos obliga a publicar para su vergüenza. Se encontraban todavía en Santa Cruz varios infortunados franceses que durante largo tiempo fueron prisioneros de guerra y que, devueltos a la libertad, no habían encontrado aún, después de ocho años, capitán de su nación que hubiera querido admitirlos a bordo para reintegrarlos a su patria.”

En estas memorias, los supervivientes no se cansan de repartir una de cal y otra de arena y es llamativo los contradictorios sentimientos que le despiertan la posibilidad de una isla como Tenerife.

“La vista de Tenerife es majestuosa; toda la isla de compone de montañas enormes coronadas de peñascos temibles por su tamaño y que, en lado norte, parecen elevarse perpendicularmente sobre el mar y amenazar en todo instante con su caída a los buques que pasan cerca de su base. Por encima de todos estos peñascos se eleva el Pico, cuya cumbre se pierde entre las nubes.”

Los supervivientes finalizan el relato de las casi seis horas que pasan en esta “hermosa villa de África” con una desconcertante referencia al carácter de sus habitantes que hace pensar que todo cuanto vemos puede ser distinto.

A.Corréard y H. Savigny se escandalizan por las costumbres “poco laxas, como en todos los países cálidos”, de los santacruceros lo que explica, escriben, que “tan pronto se supo que habían llegado franceses a la ciudad, algunas mujeres se pusieron a las puertas e invitaron a los viajeros a entrar en sus casas con ese acento de voluptuosidad al que el cielo ardiente de África imprime una energía tan viva, y que toda su fisionomía hace comprender de lejos aun a los ojos menos experimentados.”

Esta escena ocurre en presencia de amantes o maridos que, según los autores del libro, “no tienen el derecho de impedirlo, porque la Santa Inquisición lo quiere así, y las legiones de curas que pululan por allí ponen gran cuidado en mantener esta costumbre, indigna de un pueblo civilizado.”

La edición española de El naufragio de La Medusa incluye un anexo con el juicio al que fue sometido el capitán de la fragata, M. Hugues Duroys de Chaumareys, a quien fue declarado culpable del naufragio del navío y de haber abandonado a los hombres de la balsa a su suerte. La sentencia exigió que fuera expulsado de la Marina y que pasara tres años de su vida en una prisión militar.

Los autores

Alexandre Corréard (1788 – 1857) fue un ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo francés. Se embarcó en la fragata Medusa como ingeniero-geógrafo y es uno de los protagonistas del cuadro de Géricault al estar representado como el hombre del grupo principal que tiende su brazo hacia el horizonte.
Jean Baptiste Henri Savigny (1793 – 1843) obtuvo el título de Cirujano en la Universidad de Rochefort y el de doctor en Medicina en la de París. Ejerció como juez de paz sus últimos años en el cantón de Saint-Agnant.

El cuadro

La balsa de la Medusa es un óleo de Théodore Géricault (1791-1824) que representa el instante en el que el grupo de náufragos divisan una vela en el horizonte. En el cuadro, los muertos se encuentran en la parte inferior de la balsa mientras que en la superior, los supervivientes agitan los brazos para ser vistos. El autor de la obra, Théodore Géricault, está considerado una figura singular en el panorama de la pintura francesa y pionero del Romanticismo, ideal que encarnó también en su tumultuosa vida y en su prematura muerte, a los treinta y tres años, a causa de un accidente de equitación. Su estilo se debe en buena medida a las copias de obras maestras que realizó en el Louvre y a una estancia en Italia donde entró en contacto con la obra de Miguel Ángel y con el barroco romano. En 1819 pintó y expuso en el Salón de aquel año, en París, su pintura más famosa: La balsa de la Medusa, que ganó una medalla y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga. El óleo de La balsa de la Medusa se expone actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

(*) En la imagen Théodore Géricault por Alexandre Colin

Saludos, noche, desde este lado del ordenador.

Yo tenía diez negritos, indios, perritos…

Viernes, Agosto 11th, 2017

Entonces, en la casa, se encontraban unas cuantas novelas de Agatha Christie que no había leído aunque le fascinaban la mayoría de las portadas. Para los iniciados, se dirá que se trataban de los libros que en su día editó Molino en la colección Selección de Biblioteca Oro, y que entre las más atractivas estaba la de Diez negritos, que fue la primera historia que leyó de la Señora, nótese la mayúscula, y a la que volvió en varias ocasiones porque pensaba que si comenzaba y terminaba el libro igual cambiaba su final.

Si no han leído el libro ni visto ninguna de sus adaptaciones cinematográficas que, curiosamente, no respetan fielmente la novela, en Diez negritos el asesino se sale con la suya en una de esas intrincadas y rocambolescas tramas que pergeñaba la escritora, quien se inspiró en esta novela en una canción infantil que en la que se cuenta como mueren diez indios, negritos o perritos que fue como él o ella la aprendió siendo un infante.

La dichosa canción, como la de Mambrú, le llenaba de pena. Es probable que porque hablaba de muerte, muy violentas y desagradables. Y sus protagonistas eran o niños o cachorros de perros.

Los protagonistas de Diez negritos son culpables, esto se revela recién iniciada la novela. Todos ellos han cometido asesinatos de los que resultaron impunes. Diez personajes que más o menos han aprendido a convivir con su crimen perfecto hasta que un diabólico señor Owen (una especie de antecedente del Jigsaw de la truculenta serie de largometrajes Saw) los invita a una lujosa mansión en una isla apartada. Los invitados, personas aparentemente agradables y refinadas, no saben que en ese paraíso de lujo van a ser ejecutados como los negritos, indiios o perritos de la canción.

A continuación y en un fantástico corte y pega de la Wikipedia reproduzco la traducción de la canción Diez Negritos de la letra original inglesa:

Diez negritos se fueron a cenar;
uno se asfixió y quedaron nueve.

Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde;
uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho.

Ocho negritos viajaron por Devon;
uno dijo que se quedaría allí y quedaron siete.

Siete negritos cortaron leña;
uno se cortó en dos y quedaron seis.

Seis negritos jugaron con una colmena;
una abeja picó a uno de ellos y quedaron cinco.

Cinco negritos estudiaron Derecho;
uno se hizo magistrado y quedaron cuatro.

Cuatro negritos fueron al mar;
un arenque rojo se tragó a uno y quedaron tres.

Tres negritos pasearon por el zoo;
un gran oso atacó a uno y quedaron dos.

Dos negritos se sentaron al sol;
uno de ellos se tostó y sólo quedó uno.

Un negrito quedó sólo;
se ahorcó y no quedó… ¡ninguno!

Pueden contrastar esta versión con la que aprendí de pequeño:

Yo tenía diez perritos,
yo tenía diez perritos.

Uno se perdió en la nieve.
no le quedan más que nueve.

De los nueve que quedaban (bis)
uno se comió un bizcocho.
No le quedan más que ocho.

De los ocho que quedaban (bis)
uno se metió en un brete.
No le quedan más que siete.

De los siete que quedaron (bis)
uno ya no le veréis.
No le quedan más que seis.

De los seis que me quedaron (bis)
uno se mató de un brinco.
No le quedan más que cinco.

De los cinco que quedaron (bis)
uno se mató en el teatro.
No le quedan más que cuatro.

De los cuatro que quedaban (bis)
uno se volvió al revés.
No le quedan más que tres.

De los tres que me quedaban (bis)
uno se murió de tos.
No le quedan más que dos.

De los dos que me quedaban (bis)
uno se volvió un tuno.
No le queda más que uno.

Y el que me quedaba
un día se marchó al campo
y ya no me queda ninguno
de los diez perritos.

Los diez indios, negritos o perritos de la novela son aventureros, militares, también hay una actriz, un juez y un doctor en medicina. Todos ellos ocultan en sus armarios un cadáver real, y han vivido más o menos con su muerto hasta el día en el que recalan en la isla del Negro, que así se llama, en paz con el crimen cometido y sus malas acciones.

Si no se equivoco aunque la memoria últimamente le gasta bromas perversas, leyó hasta tres veces esta novela en la que no hay un personaje sano, y en la que mueren todos al final porque así estaba escrito por la escritora. No ha vuelto a refugiarse en sus páginas aunque de vez en cuando, como hoy, coge el ejemplar del estante y observa la fascinante portada y sus ilustraciones interiores, que le siguen resultando igual de excelentes que entonces.

En ese momento, siente que le invitan a que relea la novela por si varia el final, pero sabe que no será así, que aquellos instintos están hoy muertos y enterrados.

En fin, la de cosas inútiles con las que uno pierde el tiempo en verano…

Saludos, yo tenía…, desde este lado del ordenador.

Una novela de misterio

Martes, Agosto 8th, 2017

“El viejo intentó explicarle, dentro de su sonrojo, que allí prados los justos, que el hombre larguirucho se llamaba Antoñito Cruz y que se ganaba la vida cruzando a su cabrón con las cabrillas del barrio, que aquel era un oficio tan bueno como cualquiera y que se habían acostumbrado tanto a verlo callejear por La Isleta que ya nadie se sorprendía de la escandalera. La muchacha lo miró de soslayo, como buscándole grietas a su discurso. Se llevó un dedo blanco y fino a la boca y le dijo está bien, costumbres son costumbres, solo hay algo que no comprendo, don Juan, ¿qué significa escandalera?”

(La décima caja, José Luis Correa. Canarias eBook, 2017)

La décima caja es una novela que José Luis Correa publicó hace varios años con el título de La hija del náufrago, y esta nueva edición, sigue siendo la misma porque como señaló el propio autor en una entrevista temía que si la tocaba “la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. “

Hayan pasado diez años o cien, lo interesante de esta novela es observar cómo estaba cimentándose el estilo que marca la trayectoria literatura de José Luis Correa, esa forma de contar cosas y de plegarse con comodidad a cualquier tipo de géneros.

La décima caja es una novela de misterio ambientada en Las Palmas de Gran Canaria a comienzos del siglo XX, y en ella además de describir un escenario urbano que conoce muy bien, da respuesta literaria a uno de los grandes misterios que rodean al puerto de la capital grancanaria: ¿cuál fue el destino de la única caja que no fue rescatada de las diez que se encontraban en las bodegas del barcoAlfonso XII cuando se hundió en la baja de Gando el 13 de febrero de 1885?

Para resolverlo, José Luis Correa cuanta con una joven irlandesa que llega a la isla a principios del siglo XX para conocer cómo fue la muerte de su padre, un buzo que se ahogó intentando recuperar esa caja, y dos vecinos con los que hace amistad, Juan Cabrera y Luis Naranjo, hombres sencillos y de mar.

Durante la aventura que emprenden juntos habrá algo de violencia e incluso alguna muerte. Ttambién cómo se enamoran dos de los tres protagonistas, y como los vientos del nuevo siglo va transformando la fisonomía de una pequeña ciudad y una  isla.

Como en otros libros del escritor, La décima caja se lee de un tirón y como en otros libros del autor, es inevitable que asome la sonrisa porque José Luis Correa tiene talento para ironizar sin caer en el sarcasmo.

Y con esos instrumentos recrea literariamente unos años de cambios que no devora un relato en lo que importa son más los personajes y el paisaje que la trama detectivesca y su ambientación histórica.

Y funciona. La ficción f unciona como vehículo de entretenimiento, como folletín de época, como novela en la que perderse y divertirse para pasar este verano que, como todos los veranos, tiene que ser caluroso.

Saludos, aviso a navegantes, desde este lado del ordenador.

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de Tenerife”

Lunes, Agosto 7th, 2017

Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica es un amplio trabajo de investigación histórica de Carlos Fernando Hernández Bento y un volumen más que se añade a la cada  vez más sustanciosa biblioteca que sobre aquellos hechos se han escrito. El libro, que cuenta con un prólogo del general e historiador militar Emilio Abad Ripoll, además de revelar la versión británica sobre los ataques que la Royal Navy realizó contra Canarias en el siglo XVIII, es un trabajo riguroso fruto de largas consultas en archivos,  bibliográficas, hemerográficas y museísticas, muchas de ellas inéditas.

- ¿Qué objeto tenían los ataques británicos a Canarias?

“No fue siempre el mismo. Si me remito al siglo XVIII, que es el que estudia mi libro, podemos comenzar con el caso de Jennings contra Santa Cruz (1706), que lo que en realidad pretendía era rendir Cartagena de Indias, pero los vientos desfavorables lo empujaron en dirección a Santa Cruz de Tenerife, ciudad en la que trató de poner en práctica el plan que tenía previsto para la población americana. Estaban en la Guerra de Sucesión Española e intentaron la captura de Santa Cruz mediante la presencia de una formidable fuerza que obtuviese una declaración en favor de Carlos de Austria y en detrimento de Felipe de Anjou. Los ataques de Fuerteventura de 1740 fueron, en ambos casos, ataques corsarios que buscaban hacer un buen botín, al igual que otros muchos del siglo. En el de Windham contra La Gomera de 1743 traían orden “dada en mano” por el Almirantazgo para interceptar unos buques de los que tenían conocimiento que iban a pasar por Canarias volviendo desde América, para ello debían ubicarse entre las islas y, de no lograr su objetivo, volver a Inglaterra haciendo daño al enemigo en alguno de sus puertos, tanto en los canarios como en los de la costa gallega. En el caso de Nelson, creo que ya estaba suficientemente probado con trabajos de otros autores, que venían a quedarse con la isla. Sin embargo, mi nuevo libro (¡Miel sobre hojuelas!) contiene “jugosos” testimonios, como uno hallado en la prensa inglesa donde hay transcrito un informe con un estudio completo de Tenerife (tamaño, altura, variedad climática, riquezas, posibilidad de terremotos, mejores zonas para vivir, etc.) ¿para qué hicieron un estudio así si no tenían intenciones de quedarse con la Isla?”

- ¿Qué fuentes ha consultado para la elaboración de esta obra?

“Pues de la más variada índole. Como explica la propia reseña del libro: la presente obra es un intento de profundizar en los ataques que los británicos realizaron contra las Islas Canarias a lo largo del siglo XVIII, desde su propia óptica. Para ello se estudiaron sus fuentes archivísticas, bibliográficas, hemerográficas y museísticas, que en muchos de los sucesos analizados son en buena medida inéditas, aunque en dos de los más relevantes casos, esta afirmación, sin dejar de ser cierta, haya que matizarla: el ataque de Charles Windham contra La Gomera de 1743 – suceso al que ya habíamos dedicado un libro completo: 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham…, y el de Horacio Nelson contra Santa Cruz de Tenerife del año 1797: en realidad el único hecho del que ya teníamos documentación en inglés y al que hemos continuado aportándole en esta lengua. Dichas fuentes son de dispar valor a la hora de aportar algo nuevo a los distintos episodios. Mientras que en unas ocasiones nos pueden ayudar a su mejor comprensión, otras veces sólo sirven para enriquecer, corroborar o puntualizar lo ya conocido. Sin embargo, creemos que se puede afirmar que siempre serán valiosas de por sí. La energía dedicada al análisis de este conjunto de documentos y la amplitud del mismo, conllevan que el estudio haya quedado centrado, de forma natural y en mayor medida, en los aspectos más marinos de los ataques, quizá los más desconocidos hasta hoy, dado el gran peso que ha tenido siempre el uso de la documentación local, enfocada, como es lógico, a los aspectos más terrestres.”

- ¿Cómo reflejan los documentos consultados entre ellos los cuadernos de a bordo de los oficiales, estos ataques?

“Dentro de las fuentes archivísticas hemos de destacar, precisamente, los cuadernos de a bordo de las naves que realizaron los ataques, los cuales ofrecen una tipología directamente relacionada con el oficial que tenía encomendado elaborarlos. Para los ataques de Jennings (1706) y Windham (1743) encontramos una surtida muestra de estos cuadernos, aunque los más ricos en detalles son, sin duda, los referentes al ataque de Nelson (1797) ya que, con el pasar de los años, estas series documentales fueron ganando en pormenores. Estos documentos son capaces de aportarnos por sí mismos una visión bastante coherente y completa de lo ocurrido. Todo ello de una forma muy secuenciada que, en algunos casos, llega a ser de media a media hora. Además, en algunos casos nos ofrecen datos bastante precisos sobre la posición de algunas naves con respecto a las poblaciones en distintos momentos de los días del ataque. En definitiva, la visión de muchos oficiales participantes en los ataques, con su sello personal, profesional y, lo más importante quizás, inmediato a los hechos. Las fuentes bibliográficas nos han ayudado, en gran medida, a localizar las biografías de la práctica totalidad de los oficiales que comandaban las naves de la Marina inglesa durante los distintos ataques, así como los nombres y características de sus navíos, proporcionándonos detalles acerca de la fuerza armamentística a la que se enfrentó el Archipiélago en cada momento. Con respecto al uso de la hemerografía, hemos de decir que es en el siglo XVIII cuando surgen los primeros periódicos británicos con un sentido completamente moderno, siéndonos de gran ayuda para documentar, en todo o en parte, muchas acciones en aguas canarias, algunas de las cuales permanecían desconocidas, incluso, para nuestra historiografía. Sin embargo, la prensa nos ha interesado, antes que nada, para conocer cuál fue la “opinión pública” británica sobre los distintos sucesos bélicos que protagonizaron. Por último, las fuentes escritas nos permiten la identificación posterior de las museísticas, es decir, de las imágenes de algunos de los capitanes y muchos de sus barcos; destacando, por su riqueza, el National Maritime Museum de Greenwich (Londres), pues atesora importantes colecciones de todo tipo alusivas a la Royal Navy.”

- ¿Se sabe el papel que desarrolló la población británica que residía en la isla ante el ataque del contraalmirante Nelson?

“Nelson deja constancia de su defectuoso conocimiento de algunos aspectos importantes de la plaza que iba a asaltar. Sabía que se abastecía de agua por unos canales que, si se destruían, harían más fácil su caída, pero por el contrario, no tenía un conocimiento pleno del régimen de vientos. Conocía que las colinas que cercan la población se podían capturar por no estar fortificadas, pero no tuvo en cuenta la gran dificultad del terreno para acceder a ellas. Todo este cúmulo de desconocimiento, a la hora de la verdad, constituyó una suma insuperable de hándicaps, que desembocaron en su fracaso. No en vano, según la crónica de Miller, el plan fue elaborado a través de la imperfecta información facilitada por gente que no había estado en Santa Cruz en los cinco últimos años. Esa fue su “ayuda”.”

- ¿Qué poder de fuego y en hombres tuvieron los británicos en estos combates?

“La respuesta podría ser muy prolija de dar. Por cálculos realizados con la documentación inglesa en la mano podríamos decir, por ejemplo, que Jennings contra Santa Cruz de Tenerife en 1706 traía una fuerza total de 4.100 hombres y 692 cañones (dos navíos de 80, tres de 70, tres de 64, tres fragatas de 42, y una bombardera de 8). En cuanto a los ataques contra Fuerteventura de 1740, en el primero de ellos Willes era capitán de un corsario, el Vernon, y puso en tierra a 50 hombres; y en el segundo Charles Davidson era capitán del St. Andrew, barco de 24 cañones y 125 hombres. Si hablamos de Windham contra La Gomera en 1743 encontramos dos navíos de línea de 70 y 60 cañones y una fragata robada de 24, y unos 350 hombres de desembarco. Para Nelson, según lo hallado para este libro, un control de la armada inglesa para fechas de entre el 1 de julio y el 1 de agosto de 1797 dice, si hacemos la suma, que contaban con un total de 3.000 hombres y 393 cañones.”

- Hablemos ahora de 1743. La Royal Navy en Canarias. La derrota de Charles Windham en La Gomera y otras acciones en el archipiélago…

“Pues, ¿qué le puedo decir? Es mi primera obra y le tendré siempre un cariño muy especial. Los recuerdos de su elaboración se me agolpan en la memoria y ya están archivados en ella para siempre: el telefonazo de mi profesora Gloria Díaz Padilla desde La Gomera al lugar en el que estaba yo en ese momento: principio de la calle Triana de Las Palmas mirando en dirección al parque San Telmo, año 2010, para preguntarme si podía averiguar porqué eran rojas las banderas del mural del ataque de Windham que figura en Ntra. Sra. de la Asunción de San Sebastián de La Gomera. El intento y el esfuerzo de dar una respuesta a esa pregunta constituyó mi Big bang particular. El inicio de todo. De estos, de momento, siete años y dos libros. Parece mentira cómo una simple pregunta puede llegar tan lejos y marcar la vida de una persona por años… quizá para siempre. Otro momento memorable fue cuando ya tenía todos los datos que me hablaban de la existencia y localización del retrato de Charles Windham, del cual no teníamos su imagen física. Después de las pertinentes averiguaciones documentales me puse en contacto con la Eleanor Ingle, la manager del palacio familiar de Windham, Felbrigg Hall, en Norkfolk, y le pregunté si era verdad que encima de la puerta del comedor del palacio estaba el retrato de un tal Charles Windham, miembro de la familia y marino. Me comentó que así era y que enfrente estaba el de su padre. Entonces le pedí que, por favor, que me lo enviara por correo electrónico, sino tenía inconveniente. El momento del despliegue del retrato del capitán en mi pantalla de ordenador es indescriptible. Le miré a los ojos y le dije: “¡Conque fuiste tú?” No hay dinero en el mundo que pague un momento así. Se lo aseguro.”

¿Es una continuación Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII”?

“Mi primera obra inauguró la que ya se ha convertido en mi forma de trabajar, consolidada durante siete años. El intento de pergeñar y rescatar todo lo que sea inglés y tenga que ver con nuestros enfrentamientos con ellos. En un combate siempre hay dos partes y, por tanto, para poder acercarnos a la verdad, que es lo que debe intentar siempre un historiador, hay que ver qué es lo que decía el otro, cuál era su visión de las cosas, cuáles eran sus capacidades de combate, por dónde se movían, qué querían de nosotros, etc., etc.”

Ataques británicos contra Canarias

Carlos Fernando Hernández Bento destaca que su nuevo libro, Ataques británicos contra las Islas Canarias en el siglo XVIII. La visión británica, estudia y hace comparaciones entre cinco ataques “principales”: John Jennings contra Tenerife (1706); Willes contra Fuerteventura (octubre de 1740); Charles Davidson contra Fuerteventura (noviembre de 1740); Charles Windham contra La Gomera (1743) y Horacio Nelson contra Tenerife (1797). Pero apunta que en el volumen figuran otros combates en  tierra o en alta mar aunque “es difícil dar un número exacto, pues depende de qué consideremos ataque, además de que habrá algunos, casi con seguridad, que no quedaron documentados y, por tanto, no existen para nosotros. En cuanto a la isla más castigada, probablemente fue la de Tenerife, siendo la de El Hierro, la única de la que no hallé referencia alguna. Y en cuanto al momento de más cantidad de ataques, quizá fue el de la Guerra hispano-inglesa de 1739 a 1748, la llamada por ellos como “Guerra de la Oreja de Jenkins”. Estoy hablando, claro está, del marco del libro, que no podemos perder de vista: ataques británicos y del siglo XVIII.”