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El crimen de los Alexander

Miércoles, Abril 20th, 2022

Félix Ríos y Román Morales acaban de publicar un extenso y pormenorizado estudio que con el título de La matanza de los Alexander. El crimen del siglo, arroja luz en torno a un asesinato que se produjo en la calle Jesús Nazareno de la capital tinerfeña en diciembre de 1970 y que a mí, al menos, me marcó cuando era un renacuajo. El libro se puede conseguir escribiendo a losalexanderlibro@gmail.com.

Tuve la obra en mis manos y puedo asegurar a los interesados en estas cosas que da un retrato bastante fidedigno de la matanza ya que reconstruye lo qué pasó utilizando documentos policiales, jurídicos y forenses del caso. Un caso, ya dije, que todavía me conmociona.

El crimen forma parte de una de las zonas oscuras de esta capital de provincias a la que tanto le gusta vivir de puertas adentro y que solo sale a la calle cuando llegan los carnavales. Ahora en junio, no les digo nada.

Aún vistiendo pantalones cortos pero sin tener la chupa en la boce, me daba escalofríos pasar por delante de la casa, intentando desde entonces comprender cómo se pudo cometer tanto salvajismo. El caso es que con aquella edad y probablemente cuando salía uno de una función del cine Rex, los amigos nos dirigíamos a un establecimiento de perritos calientes que estaba situado justo en frente de la casa del crimen.

Aquel sitio era el único de la ciudad que por aquel entonces le ponía mayonesa, además de ketchup y mostaza, al bocadillo de pan blando y salchicha hervida y aunque nunca fui un entusiasta en echarle mayonesa al perrito, la gente con la que estaba consideraba aquello como una exquisitez de la comida basura.

No me iba ni me sigue yendo que un perrito caliente lleve mayonesa. Pero que el puñetero perrito donde se la ponían en la noche de los tiempos estuviera justo delante de la casa donde sucedió el espantoso crimen dio pleno al 15 para que me gustaran menos. Y que no me hiciera demasiada gracia cuando uno salía del cine, que también podría ser el Teatro San Martín, para refugiarnos allí con el objetivo de comer aquello que decían que era tan delicioso.

Recuerdo que salía a la calle con el perrito con mayonesa entre las manos y que me apoyaba en el muro y me quedaba contemplando el edificio donde sucedió el triple asesinato. Miraba el segundo piso, ahora sé que no fue en el segundo sino en el primero, y allí estaba esforzándome en imaginar el horror mientras la mezcla de mayonesa, ketchup y mostaza llegaba hasta mi nariz provocándome arcadas. Entraba entonces en el local y le pedía a la señora que me pusiera más cebolla.

La idea era que la cebolla le quitara el gusto a la combinación pero me temo que ni con esas porque salvo esa vez y unas dos o tres más, no volví por aquel dispensador de perritos calientes.

Un sitio que ya no existe, ha terminado por ser devorado por la evolución (o mejor, involución) de una ciudad cada día más sucia y empeñada en multar a sus habitantes por ensuciarla aunque la razón de peso, la que me decía que evitara aquella calle era el espantoso crimen que sucedió a finales de 1970.

Que lo que pasó entonces todavía me sigue afectando lo demuestra que baje la cabeza cuando camino arriba o abajo por delante de ese edificio que aloja en uno de sus lados una mercería que lleva el nombre, ¿caprichoso simbolismo?, de El Escudo. Recuerdo que cuando era pequeño, igual rayando la edad del pavo, la inquietud era tan poderosa que cuando circulábamos con el coche de mi padre por aquella vía me escondía debajo del asiento hasta que estuviéramos en otra parte.

Oleadas de pánico me secuestraban. Miedo por lo que había sucedido allí dentro y no, por Dios, por lo perritos calientes con mayonesa.

Ahora suelo transitarla con cierta frecuencia y las sensaciones, más atenuadas es verdad, me asaltan inevitablemente. Ayer mismo, por ejemplo. Miré la fachada del edificio y casi escuché el eco de un asesinato del que ahora se tiene la certeza que las víctimas “no ofrecieron resistencia” mientras padre e hijo ponían fin a sus vidas creyendo que las tres mujeres habían sido poseídas por el diablo.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar del crimen con uno de los autores del libro, Román Morales, y la criminóloga Paz Velazco. Se habló esa tarde y mucho de “psicosis compartida”, un concepto que prácticamente nació con este brutal asesinato en el que la familia participó con tan escalofriante resignación.

Con el paso del tiempo y con el crimen sepultado en las páginas ya amarillentas de la prensa de la época, pensaba que aquel fantasma que terminó por provocarme pesadillas había desaparecido de mi memoria pero estaba, como en otras muchas cosas más, equivocado. La pesadilla sigue estando agazapada en algún rincón de mi cabeza, en estado larvario, sí, pero dispuesta a activarse ante el más mínimo estremecimiento.

Alguien me comentó que Frank, el hijo, que ahora vive en algún lugar de Alemania, regresó a las islas veinte o treinta años después de aquellos hechos. Román Morales no tenía noticia de ello pero me dije que sería un eficaz principio para esa novela inspirada en el asesinato que nunca escribiré. Es como si llevara la historia por dentro, como si los demonios que convoca no quisieran que los desahogara con un relato que nunca sabrá reproducir el horror de un crimen que la prensa de la época acuñó como “del siglo” y que conmocionó no solo a la sociedad canaria y española de aquel tiempo sino también a la alemana que residía en las islas. También en su país.

Hay una foto del juicio celebrado en la capital tinerfeña que ilustra bastante bien el estado mental de aquellos dos individuos. Están sentados, vigilados por dos policías (los grises, que se les decía entonces). Uno de los agentes mira con algo de recelo al objetivo de la cámara que centra su atención en padre e hijo, ambos esposados. La mirada del padre parece ida. El hijo mantiene los ojos muy abiertos, la tensión hace que estire el cuello y parezca, y lo fue, un desequilibrado.

Ya no es miedo lo que me da cuando me acerco a este caso, y mucho menos un morbo mal digerido. Es una mezcla confusa entre lo que recuerdo de una niñez y adolescencia relativamente feliz y de un crimen que de alguna manera empañó aquel ambiente hasta entonces de un blanco inmaculado.

Es como si de repente el mundo hubiera perdido color, o los colores se mezclaran y resultara muy difícil identificarlos. Es probable que ese caos sea lo que me quita el sueño. También el hecho de saber que a veces, solo a veces, los sueños dejan de serlo para convertirse en pesadillas. Y este caso, ya ven, en mi caso se ha convertido en eso, una pesadilla.

Saludos, temblor, desde este lado del ordenador

El viejo león que vino del mar

Martes, Abril 19th, 2022

Manuel Mora Lourido es miembro de la International Churchill Society y autor de un libro, Churchill, entre Cuba y Canarias (2007), de necesaria lectura para todos aquellos que quieran conocer las tres visitas del ex primer ministro británico a las islas. La más importante la primera, que realizó en febrero de 1959.

Mora Lourido impartió el mes pasado en el Casino de Tenerife una conferencia en la que habló sobre Churchill, Rusia y la guerra, lo que inevitablemente nos lleva a pensar cómo hubiera reaccionado el político ante la actual situación que vive Ucrania.

Sir Winston Leonard Spencer Churchill (Woodstock, Oxfordshire, Inglaterra; 30 de noviembre de 1874-Londres, 24 de enero de 1965) fue uno de los hombres que contribuyó a que el mundo siguiera siendo mundo cuando asumió el liderazgo de su país durante la II Guerra Mundial. Finalizado el conflicto, y tras disolverse el gabinete que lideró, volvió a presentarse a las elecciones de 1945 que perdió por aplastante mayoría aunque recuperó el poder en las que se celebrarían en 1951, mandato que no pudo finalizar por unos problemas de salud que le obligaron a abandonar tan alta responsabilidad pero no su acta de diputado, a la que renunció en 1964, un año antes de su muerte.

La primera visita a Canarias de Winston Churchill tuvo lugar a finales de febrero de 1959. El político británico tenía entonces la respetable edad de 84 años y vino a las islas como un pasajero más del yate Christina O del multimillonario griego Aristóteles Onassis, a quien había conocido en la Costa Azul.

El Christina O zarpó del puerto de Safi (Marruecos) rumbo a Canarias, siendo la primera isla en avistar la de Lanzarote el 20 de febrero. Al día siguiente, la embarcación hizo su primera escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Churchill viajaba en compañía de su mujer, Clementine, y de su hija, Diana. Hubo otros pasajeros más en el yate y la excursión más recordada y fotografiada de su estancia fue la que realizó con el armador griego al Puerto de la Cruz, donde hicieron una parada en el Hotel Taoro.

Este recorrido se hizo en un Fiat 500 que Onassis tenía en el barco. El mismo multimillonario fue el que condujo todo el trayecto al que seguían en otros automóviles las autoridades tinerfeñas de aquel entonces. “Del Hotel Taoro se trasladaron al valle de La Orotava, vista que le impresionó”, dice Mora Lourido, quien añade que la comitiva visitó más tarde la piscina de San Telmo y fueron recibidos por Isidoro Luz Carpenter, médico y alcalde de la primera ciudad turística de Canarias.
Oleadas de personas esperaban en las calles y plazas avistar a aquellos famosos que venían del mar, entre la multitud turistas británicos que no quisieron perderse la oportunidad de ver de cerca al hombre que derrotó a Hitler.

De nuevo en Santa Cruz de Tenerife y tras visitar el Ayuntamiento y el Cabildo Insular, Onassis ofreció una cena a las autoridades abordo del Christina O, cena que contó con una representación de baile español y actuaciones de grupos folclóricos como el que ofreció el cuarteto Los Guaracheros.

El yate navegó rumbo a Gran Canaria a primeras horas de la mañana del 22 de febrero para fondear en el Puerto de la Luz, frente a la playa de las Alcaravaneras. Desde allí se trasladaron a la Caldera de Bandama donde quiso la casualidad que se encontrara con un amigo de la infancia que hacía turismo en la isla y a quien Churchill reconoció. El 23 de febrero, y tras agasajos varios, entre otros tabaco, los excursionistas se trasladaron a Arucas donde el ex mandatario se interesó por conocer en qué dirección se podía ver el Teide. Satisfecha su curiosidad, el viaje continuó hacia Teror para regresar finalmente a la capital grancanaria donde el grupo de ilustres se topó con un ejercicio militar en el que intervinieron fuerzas paracaidistas del ejército español que se lanzaron desde aviones Junker Ju 52, de fabricación alemana, y fuerzas de infantería de marina que simulaban un desembarco. En este escenario, Churchill contactó con un hombre de origen escocés que formó parte del contingente aliado que se preparó durante la II Guerra Mundial para la invasión de Canarias (Operación Pilgrim) que, finalmente, no se llevó a cabo.

La madrugada del 24 de febrero, el Christina O puso rumbo a La Palma, isla a la que llegaron por la tarde, dándoles aún tiempo para pasear por Fuencaliente, donde visitaron una bodega aunque Churchill se interesó más por conocer la técnica del cultivo del tabaco. De las tres islas que conoció, “La Palma fue la que más le llamó atención”, dice Manuel Mora. “Churchill, como pintor que fue, dijo de hecho que le gustaría regresar a La Palma para pintar”.

En esta visita se produjo una anécdota curiosa y es que conoció a un tal Nelson que le solicitó un autógrafo, petición a la que accedió con sentido del humor el político británico ya que firmó “De Churchill a Nelson”. Horacio Nelson fue uno de los personajes que más quiso y admiró el político británico a lo largo de su carrera, tanto que una de sus películas favoritas, Lady Hamilton (Alexander Korda, 1943) narra la escandalosa relación para la época que mantuvo el marino con una mujer casada. En una escena de este largometraje se recuerda que el almirante perdió el ojo en Córcega y el brazo en Santa Cruz de Tenerife.

La noche del 24 el Christina O puso rumbo a Agadir. Este fue el único viaje en el que Churchill bajó a tierra de los tres que realizó a las islas. Regresaría en dos ocasiones más aunque en todas ellas permaneció en el barco. La primera se produjo el 12 de marzo de 1960 en Puerto de la Luz, en un crucero que lo llevaba a América y de nuevo en el mismo puerto pero al año siguiente, 1961. En este último viaje su secretario personal, Montague Browne, le comentó a Churchill que sus padres estaban de vacaciones en la isla y éste los invitó, también a un mariscal de la RAF, a cenar en el yate de Aristóteles Onassis.

Sir Winston Churchill no dejó constancia escrita de estos viajes que realizó a Canarias. Estaba muy avejentado pero solía comentar que aquellos itinerarios en el yate del multimillonario griego “lo rejuvenecían”.

La relación del político británico con España comenzó en 1895 cuando fue invitado por el ejército español como observador en la guerra de Cuba, experiencia en la que recibió su bautismo de fuego a la edad de 21 años.

Churchill, a quien acompañaba un colega, fue extremadamente respetuoso con lo que vio en tierras cubanas e inició sus pinitos periodísticos enviando crónicas a un periódico británico que se las pagaba generosamente.

La conferencia que Manuel Mora Lourido impartió en el Casino de Tenerife propuso un recorrido por la vida de sir Winston Churchill, centrándolas en las relaciones que mantuvo con España a lo largo de su vida (guerra de Cuba, su relación con Alfonso XIII, cómo entendió la Guerra Civil y Canarias como objetivo militar durante la II Guerra Mundial). En su intervención hizo énfasis en las relaciones que mantuvo toda su vida con Rusia, desde los zares hasta la Revolución de 1917 y que tuvo su punto culminante durante el feroz combate que los aliados mantuvieron contra la Alemania nazi.

El paso del tiempo agranda la dimensión del político británico. La mayoría de los historiadores coinciden cuando afirman que el destino de la guerra hubiera sido otro si no llega a estar al frente de Gran Bretaña. Churchill le puso nombre a la resistencia al fascismo, y a la victoria moral también del pueblo británico mientras éste sufría los bombardeos de castigo de la Luftwaffe. Su enorme popularidad no resuelve, sin embargo, el enigma de que no saliera reelegido en las elecciones de 1945.

“Los que nos acercamos a la biografía de Churchill y a la historia del Reino Unido no lo entendemos a primera vista. Él fue el líder que llevó a su país a la victoria, él fue quien mantuvo unido al gobierno de coalición durante la guerra. Al terminar el conflicto en Europa, no en Asia, Churchill renunció como primer ministro y el rey le encargó que formara gobierno, un gobierno de signo conservador que convocó elecciones cuyo resultado fue catastrófico para él y para su partido. Este asunto ha sido objeto de muchos debates. Unos piensan que los británicos lo vieron siempre como un líder para la guerra pero no para la paz. Otros se mostraron temerosos de que pudiera seguir con acciones bélicas y que las relaciones con la U.R.S.S. se hicieran más tensas. No hay, en general, unanimidad que explique las razones de que perdiera las elecciones aunque, personalmente, creo que se debió a un cúmulo de circunstancias que podrían resumirse en que el pueblo británico le agradeció los servicios prestados pero no que se mantuviera al frente del país en tiempos de paz”.

“Circula una anécdota –comenta Manuel Mora– en la que su esposa Clementine para consolarlo después de la derrota electoral le dijo que no se preocupara ya que bien entendido se trataba de una bendición disfrazada, a lo que Churchill respondió que demasiado bien disfrazada”.

Este fracaso no le animó a retirarse de la política ya que siguió como líder de la oposición y volvió a ganar años más tarde unas elecciones que lo llevaron de nuevo a ser primer ministro.

Que fue un personaje clave en su día lo demuestra que expresiones suyas como Cortina de Hierro o Telón de Acero se usasen para definir la separación en dos bloques de las antiguas potencias aliadas durante la II Guerra Mundial y que se acrecentara, si se podía acrecentar más, su feroz anticomunismo. Anticomunismo que se diluyó durante el conflicto bélico contra los nazis porque había un objetivo común: derrotar a Hitler.

Sir Winston Churchill fue anticomunista desde muy joven. De hecho, el historiador Paul Johnson piensa que fue el primer político que se percató del alcance de la revolución de 1917. “Fue contrario a ella y mantuvo esa posición toda su vida aunque también fue contrario a la Rusia zarista”, destaca Mora Lourido.

En otro orden, Churchill estaba preparado para recibir el Premio Nobel de la Paz pero al final se llevó sin que se lo esperara el de Literatura en 1953. Sus biógrafos coinciden en que mantuvo desde joven una relación muy especial con la literatura. Escribió crónicas prácticamente de todos los países en los que estuvo y que seguían numerosos lectores, e impartió conferencias, una de las cuales lo llevó de gira por Norteamérica.

Sus memorias sobre la II Guerra Mundial fueron un éxito de ventas y hoy es un material de primera mano para acercarse a ese conflicto desde los ojos y la mentalidad de un hombre que se exigió a sí mismo y a todo el pueblo británico aquellas noches oscuras: sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas.

Sir Winston Churchill solo escribió una novela Savrola, que se desarrolla en un país ficticio de Europa, Laurania, en el que estalla una revolución.

Su biógrafo en Canarias, Manuel Mora Lourido, procede de una familia de marinos y terminó siendo miembro de la International Churchill Society al escribir un artículo sobre el Queen Mary 2, barco en el que viajó Churchill a Norteamérica para conferenciar con Roosevelt.

“Recordé entonces que Churchill estuvo en Canarias y me interesé sobre su estancia en las islas y me hice socio de la Asociación. Lo que nació como un artículo se convirtió en conferencia y más tarde en libro: Churchill, entre Cuba y Canarias”.

Pasan los años y el político británico sigue siendo respetado entre gentes de distintas tendencias ideológicas. ¿Qué lo hace tan especial? Para Mora Lourido, que lo conoce bien, “supo mezclar la épica que se le exige a un líder con una fortísima humanidad”. Todo eso reconociendo que también “tuvo muchos defectos”.

Saludos, esto es todo, desde este lado del ordenador

La gesta, una novela de Juan Royo

Lunes, Abril 18th, 2022

Se ha escrito mucho sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife que, antes de que finalizara julio de 1797, enfrentó a españoles contras británicos. Los primeros contando con la colaboración de marinos franceses. Este hecho, que finalmente se saldó con la aplastante derrota de las fuerzas al mando de Horacio Nelson, ha dado origen a cientos de estudios de carácter histórico y a no tantas novelas que, con mayor o peor fortuna, han procurado narrar aquellos hechos desde la ficción.

Ya hemos reflexionado sobre algunos de estos títulos. La mayoría de ellos españoles aunque también se encuentra una curiosidad que data del siglo XIX y de autor aún desconocido que, bajo el título de Rockingham o un hombre de honor, da la visión de los perdedores sobre aquella expedición que resultó catastrófica para quien más tarde sería conocido como el temido león de la marina británica.

En cuanto a las novelas “españolas” sobre aquellos días se encuentran, entre otros títulos, El fuego de bronce, Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias y 1797. Piratas del Atlántico de Jesús Villanueva, Miguel Ángel Díaz Palarea y Luis Medina Enciso, respectivamente. David Galloway también hizo referencia de aquellos días en Entre cuevas, que se incluye en el volumen La cueva de las mil momias y Ángel Luis Marrero Delgado describió la batalla sin perder el humor ni la seriedad en el díptico La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado.

Se suma ahora a esta podríamos llamar “literatura sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife”, La gesta, de Juan Ignacio Royo, una novela que se preocupa más por parodiar que por el rigor histórico, más próxima así al espíritu crítico de Miguel Ángel Díaz Palarea que al entusiasmo de Jesús Villanueva aunque estos y otros títulos se desarrollen en el mismo escenario y marco temporal.

La gesta está protagonizada por un ser que sale del mar. Un gigante que toma tierra días antes del intento británico por hacerse con Santa Cruz de Tenerife para, a través del “monstruo”, narrar los días previos y el ataque en un libro que describe una isla sumida en la pobreza y en la que se pasa hambre, mucha hambre.

La novela apenas ofrece una mirada amable sobre aquel puerto del Atlántico, que en aquellos años estaba creciendo en población y al que protegía un sistema de fortalezas que demostraron su valía cuando los hombres de Nelson desembarcaron pero, al margen de éste y algún detalle más, no termina por encontrar su camino.

La intención de Juan Ignacio Royo es la de observar con distancia y también agradecida vena paródica unos hechos que para muchos continúan siendo uno de los grandes momentos de la Historia de Tenerife. Y para ello recurre a un personaje, el gigante que salió del mar, el monstruo para la sociedad de pequeños burgueses y pescadores que habitan el Santa Cruz de Tenerife de aquel entonces. Población que termina por unirse al ejército cuando asoman por el horizonte las banderas de los buques de guerra británicos.

La parodia es el tono que articula la literatura de Juan Ignacio Royo, un autor que parece que utiliza el pasado para deformarlo y reírse sanamente de él. En ocasiones con espíritu feroz y en otros con ganas de fiesta.

Mofa y de la buena hay en El fulgor del barranco, una visión realista hasta cierto punto de los prolegómenos de la Guerra Civil española en Tenerife; y parodia que bordea el sainete también hay mucha en Puerto Santo, novela a la que encuentro muchos puntos de contacto con La gesta, y no solo porque la amenaza venga del mar.

Juan Royo escribió también con ánimo festivo sobre los carnavales en Un carnaval amargo, una sátira fulminante (aquí sí) contra un personaje al que no le hizo falta buscar autor y Mejor cuando improvisas, veneno destilado que en esta ocasión vierte contra su protagonista en la que sigue siendo, a mi juicio, la mejor novela que Juan Ignacio Royo ha escrito hasta la fecha y un libro a tener en cuenta cuando se escriba una nueva historia de las novelas escritas aquí o fuera de este territorio abandonado de la mano de los dioses.

El caso es que Tenerife monopoliza casi toda la literatura del autor quien ahora relata cómo los vecinos se enfrentaron contra la que ya era conocida por aquel entonces como la mejor armada del mundo.

En La gesta aparece una galería de personajes que parecen salidos de una película de Berlanga pero da la sensación que no han sido muy explotados por Royo, un escritor que busca afinar su mirada cóncava y convexa sobre la Historia de las islas y en concreto de la de Tenerife.

Da la sensación de que el material que la inspira se le va de las manos, que el fondo histórico es lo de menos en favor de la parodia aunque sea con titubeos sobre lo que pasó y lo que ha llegado a nuestros días bajo la aureola de leyenda. O mejor, de La gesta.

La novela de Juan Ignacio Royo tiene el defecto de no creerse demasiado a sí misma en su misión por desmitificar aquello que fue, incluyendo la metralla que pulverizó uno de los brazos de Nelson cuando intentaba tomar tierra santacrucera.
El escritor apuesta por la narración de un relato que se inicia con la presentación del monstruo. Una criatura más próxima a la de El jovencito Frankenstein que al original de Mary Shelley aunque se agradece el afilado sentido del humor que le pone Royo, consciente de que solo con humor se pueden tomar las cosas en serio.

Saludos, viento en popa y a toda vela, desde este lado del ordenador

Trece poetas y una Lyra

Jueves, Abril 14th, 2022

Trece poetas son los que han participado en Lyra, una publicación que llegará la semana que viene a las librerías de las islas.

Los poemas están ilustrados por Nuria Vidal, quien interpreta con sus imágenes poemas de Ángel Sánchez, Andrés Sánchez Robayna, Juan Noves Kuehn, Miguel Martinón, Viejo José Mosegue, Manuel Martins, Régulo Hernández, Juan Fuentes, Alejandro Krawietz, Goretti Ramírez, Bruno Mesa, Isidro Hernández y Sergio Barreto.

Este cuaderno de poesía reflexiona sobre cuestiones como la cosmología, una experiencia que Ediciones del Pampalino planteó ya en el pasado con otros temas a través de Mirra (2017), centrado en la Navidad y Arca (2019), que propuso “un bestiario”, nos dicen desde la editorial.

Lyra consta de 44 páginas, se han editado 250 ejemplares y probablemente se pondrá a la venta por unos diez euros.

Saludos, bienvenida sea, desde este lado del ordenador

Ella entró por la ventana del baño, una novela de Elmer Mendoza

Martes, Abril 12th, 2022

“Si no me reúno contigo me matan ellos; así que lo único que hago es elegir a mi verdugo y, como bien dijiste, evitamos el derramamiento de sangre; además, como lo acabas de señalar, tú me pusiste aquí”.

(Ella entró por la ventana del baño, Elmer Mendoza. Colección: Narrativa Hispánica, Alfaguara, 2022)

Protagonista hasta el momento de seis novelas, Edgar El Zurdo Mendieta es una de las creaciones más notables del escritor mexicano Elmer Mendoza, quien acaba de publicar con Ella entró por la ventana del baño, una nueva entrega de este policía que se mueve como pez en el agua en las turbulentas y oscuras aguas del narcotráfico que agitan su país y el mundo por extensión.

La sexta novela de El Zurdo Mendieta vuelve entonces a presentarnos a tan peculiar policía intentando mantener el orden entre tanto chalado que ama las armas de fuego, aunque como en toda novela policíaca que se precie, la trama se complica con otros casos en los que debe de indagar nuestro protagonista.

En esta ocasión, el detective debe de enfrentarse a un poderoso narcotraficante que perteneció en el pasado al ejército mexicano y a un hombre de edad que busca a una mujer que hace años entró por la ventana del baño de su casa. La mujer con la que este caballero con canas mantiene una tórrida relación se parece a la actriz Milla Jojovich, a la que pudimos ver en El quinto elemento y en la franquicia Resident Evil.

Por cuestiones que no vamos a explicar con la esperanza de que la resuelven leyendo esta novela, el militar que ha hecho carrera en el mundo del narcotráfico se la tiene jurada a El Zurdo, por lo que financiará a un grupo de sicarios para que asesinen a El Zurdo y a los que colaboran con él. Esto provocará una guerra callejera y que Mendieta solicite la ayuda de una vieja conocida en este fascinante y violento universo literario, Samantha Valdés, la jefa del cártel del Pacífico y amiga del policía si conocen las novelas anteriores de la serie.

Estilísticamente, la novela mantiene la misma dinámica que las anteriores. Es decir, que exige un poco de esfuerzo al lector para adentrarse en la historia no porque ésta resulta demasiado compleja sino por la forma en cómo la escribe Elmer Mendoza, un escritor muy influenciado por las literaturas que lo han forjado como lector, e influencias que ha intentado trasladar en sus novelas.

En cuanto al nudo que proponen las historias que se reúnen en este libro, éstas no pueden resultar más sencillas aunque estas novelas, como otras del escritor que no pertenecen al universo de El Zurdo, es una marca de la casa, un sello autoral con el que Mendoza “firma” sus libros. Libros que son por otra parte cien por cien personales. Esta característica es uno de los elementos que define la producción literaria de un escritor que además de estar considerado como el padre de la narcoliteratura, ha logrado ubicar en el mapa la región del nordeste, que es donde habita y que sigue siendo una de las zonas más castigadas por el narcotráfico en México.

El lenguaje en el que está escrita la novela, como las anteriores y como la mayoría que forman parte de la bibliografía de Elmer Mendoza, está trufado con palabras que pertenecen al dialecto de esta parte del país centroamericano. Pero que no llame a engaño porque el escritor tiene la facultad de que lectores de otras latitudes como es nuestro caso, entendamos perfectamente las expresiones con las que salpica la historia. Y no es una tarea fácil, ya que además del esfuerzo que significa lograr lo que en un primer momento parecía poco posible, y es entender sin necesidad de glosario a qué se refieren esas palabras, parece que esas mismas palabras forman parte ya de nuestro vocabulario.

Ella entró por la ventana del baño reúne otros elementos que forman parte del universo literario de El Zurdo Mendieta, como son sus compañeros de comisaría, los amigos que tiene en las calles además de Samantha Valdés. Otro elemento recurrente es la música, y música hay mucha también en esta novela. De hecho, el título mismo hace referencia a una popular canción de The Beatles.

Las novelas que Elmer Mendoza ha dedicado a Edgar El Zurdo Mendieta ocupan un espacio muy privilegiado en el género negro escrito en español. Y todo eso gracias a que conserva y explota una señas de identidad que aproximan una literatura con intereses no solo en denunciar la corrupción y la violencia que el narcotráfico ha generado en sus país, sino también en cómo afecta esta guerra a una sociedad que ha aprendido a convivir resignadamente con ella.

Entre los atractivos que definen la obra de Mendoza se encuentra una mirada que pasea por una realidad con la que mantiene una distancia que puede descolocar al lector que busque lecciones morales pero no a aquel que entiende que no existen buenos ni malos sino malos que a veces son buenos y buenos que a veces son malos. En esta variedad de grises es donde sobresale un escritor al que algunos ya consideran un clásico.

Saludos, un placer conocer al escritor Elmer Mendoza, desde este lado del ordenador

Cuadernos del Subtrópico Norte, un libro de Manuel Dosantos

Lunes, Abril 11th, 2022

“Anda un fisco menos amanerado que de pequeño. Está más hecho, las espaldas le crecieron parriba y pa los lados. La mandíbula se le marcó. Las cejas se le unieron y tiene y tiene la nariz como un roque de los golpes que le han dado. El pelo del pecho descubierto se le enreda con la cruz de oro que lleva al cuello y casi se le mezcla con la barba de pordiosero que mi padre me habría quitado con dos guantazos”.

(Mencey, una de las historias que incluye Cuadernos del Subtrópico Norte, Marcos Dosantos, Ediciones El Drago, 2022)

Ha costado pero la espera parece que valió la pena. Tras la irrupción como un volcán de Andrea Abreu y su Panza de burro, comienza a visibilizarse una interesante generación de escritoras/es en estas islas abandonada de la mano de los dioses con más que ganas, necesidad y entusiasmo por contar historias.

Llega a mis manos Cuadernos del Subtrópico Norte (Ediciones del Drago, 2022), un libro que recoge relatos, poesías y microrrelatos, también otras miradas sobre la narración, que firma Marcos Dosantos, uno de esos autores, y se escribe bien, autores, cuyo paso habrá que seguir a partir de ahora porque si bien cuenta ya con un pasado literario espeso, lo descubro gracias a este libro al que saludan con recíproco interés el escritor y periodista Juan Cruz y la activista Carla Antonelli, un padrino y una madrina que saludan con generosas palabras este libro escrito con desarmante sencillez y desde los más hondo.

Cuadernos del Subtrópico Norte es un libro que no te da permiso para descansar, y no lo da porque es tal la brevedad de sus relatos y el puñetazo que te dan la mayoría de sus historias que obliga sin esfuerzo a que sigas adelante con una pregunta rondando por la cabeza: ¿será capaz de ir un poco más lejos con el próximo? Y, créanme, sí que lo hace. Y lo que hace, que parece tan fácil, no lo sea. Sobre todo porque muchos de los cuentos que se recogen en esta obra se tratan de cargas de profundidad que cuando explosionan dejan turulato al lector. Y todo ello utilizando un lenguaje directo, trufado de palabras que pertenecen a la variedad del español que hablamos en Canarias, términos todos ellos que no chirrían sino que se ajustan muy bien a unos textos que además de contar con sabor de aquí cuentan también con el eco sostenido de un escritor al que, desde este espacio, le reclamo más historias para sumergirme en ellas.

Entre las historias que recoge una obra que puede ser considerada también como una especie de “libro-collage”, para adentrarse en Cuaderno del Sutrópico Norte no hace falta ni guías ni mapas sino confiar en un anfitrión, Marcos Dosantos, muy seguro de sí mismo y una voz que pisa fuerte porque conoce muy bien la geografía que transita.

No sé la razón, pero leyendo algunas de estas historias me imaginé que Dosantos las escribió fuera de la isla aunque puedo (y seguramente será así) equivocarme.

El contenidos de los cuentos es variado, en la contraportada se lee que habla de “crímenes surrealistas, desamores de fábula, aguacates venerados y azafatas alcohólicas” aunque a mi, particularmente, los que más me interesan son todos aquellos en los que contemplo a un escritor que quiere expresar su realidad, la realidad que lleva dentro como escritor. En este aspecto, destacaría entre otros Mencey, que es el relato que abre este volumen y en el que se narra con desconcertante pulso y en apenas tres páginas el reencuentro de un hombre con su ciudad y con su pasado. Y no digo más porque este cuento escrito sin demasiadas pretensiones (aunque alguna tenga) es una pieza que pese a su sencillez, revela una victoria que sorprende por su claridad expositiva y tremenda madurez.

Entre otras curiosidades, y Cuadernos del Subtrópico Norte tiene muchas, destacaría la originalidad que el libro puede leerse de varias maneras. Una de ellas es cuento a cuento y otras como novela, ya que los relatos que dan cuerpo a la obra están protagonizados por personajes que aparecen y desaparecen en unas y otras historias. El libro cuenta además con Rebujato, que no entiendo cuál es su función aunque se dejan leer porque sin ser microcuentos tampoco resultan aforismos ni máximas ni nada que se la parezca. Resalta, por último, un poema con forma de Epílogo que, es un suponer, son elementos que el autor ha disuelto con la excusa de mostrar a lectores conocidos y desconocidos que se mueve bien en todos estos géneros.

A la espera de leer nuevos libros de su autor y con la esperanza de que se atreva con una novela convencional, Marcos Dosantos aprueba de momento con nota las satisfacciones que me han producido su lectura. Lo que incluye un zarpazo que casi no reprime y que intentar salvar con una caricia a Andrea Abreu, compañera de generación y tareas (taras también) literarias.

Estamos ante un libro singular, de no fácil ubicación en las escrituras que desde estas islas se están destilando desde hace unos años. Confío que presente obra no va a decepcionar a todo aquel que quiera adentrarse en tan compleja como aparentemente sencilla geografía literaria.

Un mapa, el que ofrece su autor, Marcos Dosantos, en este libro que edita Ediciones El Drago que revela al escritor que lleva dentro.