Archive for the ‘Libros’ Category

Lorenzo Silva: “Mi libro no es una reivindicación política sino poética de Castilla”

Lunes, Agosto 2nd, 2021

La novela policíaca y la histórica cuentan con Lorenzo Silva (Madrid, 1966) con uno de sus principales valedores. Creador de la pareja Bevilacqua y Chamorro, que tanto han hecho para humanizar y vindicar la labor de la Guardia Civil, como la guerra de Marruecos, el escritor centra ahora sus esfuerzos en recuperar la rebelión de los comuneros de Castilla a principios del siglo XVI en Castellano, una novela que presentó a finales de junio de este año en El Sauzal (Tenerife) y cuya publicación coincide con el 500 aniversario de la derrota de este “movimiento revolucionario” para el escritor madrileño.

- Si no me equivoco Castellano se trata del primer libro en el que se adentra en un período histórico que no había tocado hasta ahora.

“Ya hice una pequeña incursión en una novela anterior donde se hacía alusión al Siglo de Oro pero el período en el que se desarrolla Castellano– si bien tenía noticias desde hace unos años– me llamó más la atención. Comencé a indagar en ese tiempo y a interesarme por la sociedad castellana de aquellos días. Descubrí que cuando se produce el fenómeno histórico de la revuelta de los comuneros, ésta vino de una realidad previa. Por un lado, el proyecto imperial que Carlos V quiso imponer desde fuera a los castellanos, una sociedad en aquel entonces con una importante fuerza social, comercial, también naval, económica e intelectual. Me llamó mucho la atención además el discurso que hay detrás de esta revuelta ya que tiene lecturas muy interesantes por el impacto y la influencia que esas ideas tuvieron en la Historia de España”.

- ¿Qué influencias?

“En dos corrientes de la Historia contemporánea española como son el liberalismo y el republicanismo. Tanto los liberales del XIX como Manuel Azaña reivindicaron el carácter libertador y moderno de la revuelta de los comuneros. En el lado contrario, hubo voluntad de presentarlos como un grupo de retrógrados y xenófobos que no entendieron el proyecto moderno de Carlos V. Por parte materna soy castellano así que cuando empecé a conocer la historia de sus protagonistas sucedió algo que despertó mi atención como novelista, una conexión, si quiere, con los personajes tanto rebeldes como los que salvaron el trono a Carlos V que no fueron los flamencos sino los gobernadores castellanos que no se sumaron a la revuelta”.

- ¿No teme que algunos lectores entiendan la novela como una especie de reivindicación castellana en un país tan sensible a reivindicaciones nacionalistas en los últimos tiempos?

“Soy consciente de donde escribo, escribo para el lector contemporáneo. El libro está hecho desde la conciencia de que en España las identidades nacionales se han convertido por un lado en un banderín de enganche y por otro en una cachiporra. Hubo interpretaciones en ese sentido pero no han resultado mayoritarias porque Castellano no plantea una reivindicación identitaria nacionalista sino más bien una mirada sobre la identidad castellana que parte de una consideración y es que Castilla se deshizo prácticamente después de la derrota de las comunidades y es muy difícil que vuelva a rehacerse. Lo que se hizo con Castilla fue disolverla en el conjunto de España e incluso trocearla por si quedaba alguna duda de que se trata de una nación borrada por la Historia pero creo que ese devenir le da una fuerza más importante, como es reivindicar la herencia cultural, el legado histórico e ideológico y el carácter castellano que se traduce en una lengua que ha llegado a ser universal. Mi libro no es una reivindicación política sino poética de Castilla”.

- ¿Castilla es una o son dos?

“Castilla es ancha como dice el dicho. Y tiene diversidad y grados de castellanidad aunque tradicionalmente sean la Nueva y la Vieja. La Vieja es la que crece en torno al nombre originario que está en Burgos y la Nueva fue la ganada en la primera fase de la Reconquista. La segunda fase es la Corona de Castilla, que incluye también a Canarias. En todo caso, la Vieja y la Nueva en la revolución de las comunidades participaron activamente. Todos a una. La Nueva contó con Toledo, uno de los corazones de la revuelta y la Vieja con León, aunque sea discutible, y sobre todo Zamora y Salamanca, que es de donde procede mi familia materna”.

- ¿Queda algo del espíritu comunero en Castilla?

“En Castilla algo queda pero no es objeto de reivindicación profunda como sí pasa en otras comunidades autónomas que reivindican hechos o circunstancias que marcaron su carácter. En este sentido, la apuesta institucional castellana por los comuneros brilla por su ausencia. Parece de hecho que molesta que recordemos el 500 aniversario de la revuelta de las Comunidades de Castilla”.

- ¿Y en España?, ¿queda algo de ese espíritu comunero en España?

“El Gobierno central no le presta demasiado atención, lo que creo que es un error porque los comuneros aportaron mucho a este país y a la Constitución de 1978”.

- ¿A la Constitución de 1978?

“Sí, se parece mucho más a lo que los comuneros defendían que a lo que planteaba Carlos V por lo que, se reconozca o no, la revuelta de los comuneros forma parte del ADN de los españoles en todos los sentidos. También del político”.

- Y en medio Madrid, ¿es o no parte de Castilla?

“Yo diría que sí y que no. Lo que ahora consideramos Madrid se trata de una comunidad autónoma que con apenas siete millones de habitantes tiene el 20 por ciento del PIB del país. Madrid es en todo caso un colector que se situó en el poder hace cuatro siglos, lo que la transformó no tanto como colector de recursos sino de personas que buscaban la cercanía del poder. Y ellos, esas personas, son las que han enriquecido a Madrid. Curiosamente, Madrid cuenta debajo de esa faz cosmopolita y de aluvión, de amontonamiento de talentos ajenos que tanto le ha beneficiado, con un espíritu castellano y comunero. El centro de Madrid, la Puerta del Sol, fue un castillo comunero que defendió la ciudad durante la revuelta y que si bien fue derruido por orden de Carlos V cuando triunfó, ese castillo tuvo dibujado un sol porque estaba orientado hacia el lado oriental. Por eso la plaza se llamó y se sigue llamando la Puerta del Sol, un enclave que ha sido siempre escenario de las algaradas y revoluciones madrileñas que muchas veces han sido españolas también”.

- ¿Hablamos de revuelta pero sería correcto decir revolución de los comuneros?

“Creo que sí pero es discutible. El sentido estricto de la palabra revolución es romper una forma de Estado y los comuneros, que en algún momento plantearon la posibilidad de constituirse en república en el verano de 1520, al final defendieron una monarquía pero diferente. De todas formas, llamamos revolución a la de 1854, que comienza y acaba con Isabel II en el trono aunque se hayan transformado radicalmente las bases sobre las que se construía entonces la gobernabilidad del país”.

- No es gratuito decir la revolución de los comuneros.

“Está probado que los comuneros tenían unas bases doctrinales sólidas, dadas por los doctores de Salamanca y que contaban con un elaborado instrumento jurídico gracias a los juristas de Valladolid, los Capítulos de Tordesillas, que son casi una protoconstitución. Cuando los comuneros se hicieron cargo del gobierno por unos meses recuperaron impuestos y nombraron alcaldes, entre otras actividades”.

- No deja de llamar la atención el estilo y la voz a la que recurre para escribir Castellano. De hecho, ¿se trata de una novela, un ensayo, un reportaje histórico?

“Dejo a la jurisdicción soberana del lector decidir si le parece una novela u otra cosa. La escribí, realmente, como una novela en el sentido que he ensartado materiales diversos que forman parte para mi de una historia que no solo es la revolución de las comunidades sino la historia de su indagación, a la que trato de darle un sentido contemporáneo. En Castellano no hay, por ejemplo, fabulación. La fabulación no es tan imprescindible para que hablemos de novela. Concordamos que La forja de un rebelde es una novela pero está construida con materiales autobiográficos. No hay fabulación así que podemos admitir que una novela no contenga fabulación. Castellano, desde mi perspectiva personal, es una novela pero como dije antes dejo que sea el lector quien escoja lo que buenamente prefiera”.

- ¿Cuál fue el origen de la revolución de los comuneros?

“Lo que detona la revuelta es que Carlos V para financiar su campaña imperial establece un impuesto extraordinario tanto por la vía de la imposición directa como indirecta, que solo soportaban los pobres porque la nobleza estaba exenta de pagarlos. Esto supuso una recarga de los impuestos difíciles de asumir lo que se unió a que la población percibía que el emperador se dejaba aconsejar por una camarilla sobre todo flamenca que, mientras esquilma a impuestos a las poblaciones castellanas, vivía rodeada de lujos. Detrás de ese malestar popular, los que impulsaron la revolución plantean una reforma integral del reino para su buen gobierno”.

- ¿Y cuál es su retrato de los cabecillas comuneros, Padilla, Bravo y los Maldonado?

“De los tres conocidos quizá el menos sea Francisco Maldonado, que llega a capitán por su primo. Bravo, el mayor de los tres, ocupaba una posición importante en Segovia al estar emparentado con la alta burguesía y casado con una judía conversa. Se hace comunero para defender su ciudad ya que la familia a la que pertenece es una de las grandes afectadas por los abusos fiscales que autoriza el emperador. Se trata además de un militar experimentado, un hombre que ha formado tropas. Juan de Padilla tiene experiencia militar y era miembro de la pequeña nobleza. Formaba parte del gobierno municipal de Toledo y tuvo carisma, lo reconocen casi todos, incluso sus enemigos. Fue un hombre imbuido de una dignidad especial que se da cuenta que tiene la capacidad de arrastrar a la gente, de sumarla a la causa y, al mismo tiempo, es consciente de lo que puede depararle el futuro. Su mujer, María Pacheco, es una mujer política del siglo XVI, muy inteligente, no solo la viuda apasionada que es como nos la describen en el XIX”.

- ¿Y el rey Carlos?

“Es un hombre de 20 años al que desde pequeño han formado para ser el heredero del negocio familiar de los Ausburgo. A la edad de 15 años quiere ser Julio César y cuando llega a Castilla conoce poco a esa tierra y sus gentes. Estaba rodeado de hombres mayores que él y con Castilla se equivocó mucho porque no llegó a comprenderla y estuvo a un tris de perder el reino por estos errores, por su arrogancia e indiferencia también. Después reflexionaría y muere en España pero no dejó de perseguir el proyecto de los Ausburgo que, con perspectiva histórica, hay que reconocer que fue un proyecto fallido que durante varios siglos consumió la energía de Castilla y el resto de España. ¿Y en qué acabó este proyecto imperial?, en la hegemonía continental de Francia y la global de Gran Bretaña”.

- ¿Por qué ese recelo a lo castellano?

“No lo sé porque fueron los únicos que le plantaron cara al rey, los demás pactaron. Y por plantarse, lo perdieron todo. Las élites castellanas se laminaron para que Castilla no volviera a levantarse y los que se salvaron emigraron a América o a otros lugares de la península. También están los que terminaron por trabajar en la administración imperial, cargo que durante el Siglo de Oro era conocido como de vizcaíno, un sinónimo de funcionario público”.

LA MALA MEMORIA

Lorenzo Silva cree que el momento dulce que está viviendo la novela histórica en España y sobre España se debe a que se trata de un país con “déficit de memoria”. Buena parte de “nuestras cuestiones no resueltas tienen raíz en la comprensión quizá defectuosa de la Historia española pretérita”, explica. Para el escritor, el lector español es consciente ahora que existe un filón enorme de temas que abordar de su propia Historia. Unas historias que o bien no le han contado o le han contado nada bien y es ahí, destaca, “donde quizá la novela histórica tiene una vía de acción”.

PRÒXIMOS TRABAJOS

Lorenzo Silva se encuentra trabajando tras Castellano en dos nuevas novelas policíacas. Una de ellas correspondiente a la serie que escribe junto a Noemí Trujillo y otra en solitario, de la saga Bevilacqua y Chamorro. Pero hay más porque el escritor guarda en la recámara episodios históricos recientes y sobre “el eterno 1936” ya que “si bien dicen que hay muchos libros sobre la Guerra Civil española creo que, al contrario, hay muy pocos para todo lo que pasó”.

Saludos, alguien que pasaba por ahí, desde este lado del ordenador

Una odisea etílica

Jueves, Julio 29th, 2021

“Las ciudades que hemos habitado en épocas difíciles se recuerdan siempre con una vitalidad que nunca tendrán los lugares que asociamos con la felicidad y el éxito. En las calles de algunas ciudades puedo experimentar una cálida satisfacción o deseos de rememorar, pero si camino por la Tercera Avenida de Nueva York, por ejemplo, siempre sentiré un desasosiego amargo, un recuerdo súbito y ridículo: hace mucho tiempo, una tarde de invierno, entré a robar un gran queso Stilton en la quesería de esa avenida, una precursora de las tiendas gourmet tan de moda en la actualidad que, sin embargo, en aquel entonces eran una novedad”.

(Beber o no beber. Una odisea etílica, Lawrence Osborne. Traductor: Magdalena Palmer, Gatopardo Ediciones, 2020)

Si hay dos libros que deberían de estar en la biblioteca de todo aficionado al arte de beber son Sobrebeber y Beber o no beber. Una odisea etílica de Kingsley Amis y Lawrence Osborne, respectivamente. Dos hijos de la Inglaterra profunda y dos tipos con una extraña relación con el lugar en el que nacieron.

Beber o no beber. Una odisea etílica se trata, como dice su título, de un viaje, preferiblemente por países musulmanes, con el fin de embriagarse a escondidas con brebajes prohibidos por esa religión. La aventura tiene su riesgo. No solo físico sino también económico pero como toda aventura que se precie tiene también su recompensa.

Extraño libro de viajes, Osborne propone una divertida aventura tras la botella, describiendo los peligros que pasó y, al mismo tiempo, lo que un tipo como él es capaz de hacer por tomar una copa en aquellos sitios donde está prohibido.

Como bebedor Lawrence Osborne pertenece a esa vieja y cultivada estirpe que bebe. El whisky, explica, una de sus señas de identidad, es hoy incluso la bebida favorita de muchos musulmanes pese a que lo prohíba su religión.

Esta es la crónica de un hijo de lo que queda de aquel imperio. Su itinerario lo conduce a mezclarse con las gentes de los países que transita, algunos ex colonias como Paquistán, y a reflexionar sobre el arte de beber , en especial cuando la religión te convierte en delincuente por buscar alcoholes.

Lawrence Osborne cuenta en uno de los capítulos del libro cómo la prohibición de las bebidas alcohólicas en los países musulmanes está empujando a los más jóvenes al consumo de otras drogas, como la heroína. Un problema que está resultando cada vez más grave en estos países y al que de momento no se ha puesto solución.

El periodista no da opiniones, no es su trabajo, pero se pregunta de que sirven las prohibiciones cuando se inventaron para saltárselas. No se trata de un libro sobre la embriaguez, los derviches llegan a ese estado danzando como una peonza, sino del derecho a beber que es muy distinto.

Este viaje etílico se inicia en Milán, donde Osborne saborea libremente un gin tonic con un grupo de amigos. Describe sus viajes a Dubai y Java, donde termina en Solo, una ciudad de “seiscientas mil personas y ni un solo bar” y en el que paga en el único que encuentra cuarenta euros por una copa. De Solo el autor nos transporta a Beirut para embriagarse con un anisado, el arak, en el valle de la Bekaá o Becá o Beqaa, según las fuentes.

En cada uno de estos lugares, algunos devastadores para el protagonista porque resulta tarea de titanes encontrar un bar en el que beber, Osborne reflexiona sobre lo que ganamos y perdemos y sobre todo cómo la cultura del alcohol impregna la forma de ser de su país. También como la exportó a las colonias como espacios lúdicos y privados para sus funcionarios.

El resultado es que hoy apenas existen bares, y que todo lo que consiguió aquel imperio es que uno de sus descendientes, el protagonista, acuse desgaste mientras busca un bar en territorio hostil.

Lawrence Osborne describe comidas de la élite regadas de alcohol y hace un retrato de “los bares de nuestra vida” como el Montero’s, “que fue mi bar durante más de una década en Brooklyn” y el del hotel St. Regis también en Nueva York. Otro bar que lleva en el corazón es el Dukes Hotel, en Londres.

Beber o no beber está construido por reportajes que no tienen relación entre sí y están narrados en primera persona por lo que más que leer, vivimos las experiencias que evoca el escritor y periodista británico. Toda una filosofía de bar vista por un viajero que conoce, porque los ha visitado, locales de estas características en medio mundo.

De hecho, reflexiona, qué ciudad que se precie no tiene un bar legendario. Un bar con historia. Madrid cuenta con Chicote y La Habana con el Floridita, ambos especializados en combinados que es una mezcla que no termina de agradar a Osborne que, a lo más que llega, es a pedir un Martini seco y agitado, como James Bond, el personaje creado por otro bebedor británico: Ian Fleming.

El libro cuenta sin alardes cómo consigue beber una copa en plena guerra civil en la frontera sur de Tailandia con Malasia y escribe un relato de Islamabad cuajado de nostálgico cariño por una ciudad donde “es innegable que beber tiene su punto de emoción”.

Lawrence Osborne sigue un itinerario en el que explora escenarios en ocasiones violentos hacia los que beben pero el escritor se arriesga; todo sea por consumir donde no se puede. Desafiar y al mismo tiempo informar dónde se debe beber y en dónde te pueden cortar el cuello si te cogen con una copa en las manos.

Mezcla de libro de viaje y de aventuras, un género en el que se ha especializado el escritor con notables resultados, Beber o no beber es una interesante mirada a una manera de entender el mundo que ignora algo tan corriente en occidente como es tomar una copa.

Saludos, ron, ron, ron, la botella de ron, desde este lado del ordenador

Si no hubiera mañana, una novela de Alexis Ravelo

Miércoles, Julio 28th, 2021

“Al contrario de lo que muchos pensaban, Eladio Monroy no era especialmente inteligente”.

(Si no hubiera mañana, Alexis Ravelo.
Editorial Alrevés, 2021)

Para los que seguimos con atención las aventuras de Eladio Monroy, el ex jefe de máquinas de la marina mercante, el personaje forma parte de la familia. Me pasa lo mismo con los protagonistas más o menos fijos que han brotado de la imaginación de muchos otros novelistas.

Sin embargo, con Eladio Monroy el afecto es más cercano. En primer lugar porque el investigador a su pesar es de la vecina isla de Gran Canaria, reside en una de las viviendas de la calle de Murga en la capital y le gustan los buenos libros y el arte de la cocina. Solo sale de su pequeña zona de confort para tomar café en un bar que responde al nombre de Casablanca, con parroquianos fijos que aparecen novela tras novela de Monroy –con Si no hubiera mañana ya son seis– y en donde suelen proponerle los casos más variopintos como sucede en su última historia, en la que demandan sus servicios para que busque a un hombre que así, de repente y sin decir nada, ha desaparecido.

Creado por Alexis Ravelo, siempre he creído que hay mucho del autor en este personaje y no solo por la lustrosa calva que lucen con orgullo sandunguero los dos. A Ravelo como a Monroy les gusta el arte de la cocina, también los buenos libros y ambos residen en Las Palmas de Gran Canaria aunque en el caso de Alexis no sea en la calle de Murga. Otro elemento que hace difícil distinguir al escritor de su criatura literaria es su compromiso social. Las ganas que los parias de la tierra reciban la misma justicia que los que se encuentran en la cúspide de la pirámide. Solo encontrarán justicia los que se encuentran en la base de esa misma pirámide en las novelas de Alexis Ravelo, un tipo que por tener la cabeza bien amueblada intenta a través de sus libros que creamos que otro mundo puede ser posible, aunque la mayor parte de las veces sea porque su protagonista, Eladio Monroy, a quien le han calentado bastante la cabeza, decida tomarse la justicia por la mano. En el caso d e Si no hubiera mañana, tras marear la perdiz con unas investigaciones que no anuncian la solución que finalmente se resuelve en la novela.

La serie Monroy ha ido consolidándose con el paso de los años y su protagonista así como los satélites que lo rodean se han ido dotando de una consistencia que el escritor aprovecha para ocupar los puntos muertos de una investigación que, como toda investigación policiaca que se precie, se complica a medida que avanza la acción. Hay, como en casi toda la bibliografía de Ravelo, denuncia social y mala baba contra los que tanto el escritor como su personaje considera el enemigo: los poderosos, los changas vayan o no con chándal y en Si no hubiera mañana un partido de la extrema derecha bastante parecido a otro que tiene nombre de una empresa editorial especializadas en publicar diccionarios.

Una vez se han puesto sobre la mesas todas las piezas del rompecabezas, Alexis Ravelo lo arma con paciencia de cartujo procurando que el resultado final no contenga agujeros, ya que el objetivo es que todo sea parte de un todo.

Me ha sorprendido, en contra de otras novelas protagonizadas por Monroy, que la violencia en Si no hubiera mañana sea más contenida. No tanto las ironías con las que el escritor plaga un texto que, por norma general, sí que resulta más luminoso que en otras ocasiones.

Alexis Ravelo, más suelto, se permite el lujo, incluso, de ironizar sobre su Eladio Monroy, al que viene a comparar con Mike Hammer. Le une al legendario y ultraderechista detective creado por Mickey Spillane su contundente manera de desarrollar una investigación aunque ideológicamente uno y otro se encuentren en las antípodas. La comparación no obstante que plantea Ravelo no es ociosa porque, efectivamente, por su manera de actuar Eladio le debe mucho a Hammer pero también a otros protagonistas de novela negra y criminal que resuelven mejor los casos a base de golpes que de deducción.

Monroy de momento, mezcla muy bien ambos métodos, el de la violencia y el del razonamiento (lo que fuerza al personaje a pellizcarse la barbilla) aunque a veces uno se imponga sobre el otro. En Si no hubiera mañana el trabajo deductivo está por encima del de dar golpes. Lo que quizá resulte una anomalía para el seguidor de la serie pero que no recele porque la novela ofrece todo lo que ofrecen las anteriores: buena lectura y el reencuentro con unos personajes que, ya se dijo, son casi de la familia.

Con estos y otros elementos, Alexis Ravelo consigue lo que parecía imposible y es que Eladio Monroy funcione aquí como en otros sitios. Es probable que su interés en tierras continentales se deba no solo a lo que cuenta sino al estilo con el que lo cuenta: Se tratan de novelas trufadas de palabras de aquí, “nuestras”, que a lectores de otros espacios geográficos pueden resultarles exóticas. Es una curiosidad, sí, pero sin esta “forma de contar”, las aventuras de Eladio Monroy no serían las mismas ya que el personaje se define y debe al lugar en el que se mueve.

A modo de conclusión, solo unas cuantas preguntas: ¿para cuándo la próxima de este marinero en tierra?, ¿para cuándo otra novela pero sin Eladio Monroy? ¿para cuándo la próxima de Alexis Ravelo?

Saludos, sin fumar espero, desde este lado del ordenador

La paz de Hitler, una novela de Philip Kerr

Martes, Julio 27th, 2021

Philip Kerr se nos fue demasiado pronto aunque dejó tras de sí una interesante producción literaria en la que destacan los tres primeros libros que dedicó a Bernie Gunther, personaje que más tarde desarrollaría en once novelas más que no tienen, sin embargo el atractivo de la tres primeras.

Las historias de Gunther se desarrollan en los años 30 en Alemania, también durante la guerra y la posguerra. Alemania, como le pasaba a Len Deighton, está muy presente en la literatura de Kerr y su mirada es bastante respetuosa con el país que bombardeó Londres durante la II Guerra Mundial. En el caso de las novelas de Gunther con mirada bastante cínica. Su detective es un superviviente y se adapta, aunque no sea nazi, a los tiempos cambiantes casi por instinto.

En La paz de Hitler, escrita en 2005, con distancia. Aunque el monstruo en esta novela más que Hitler es Stalin. El año, 1943, los tres grandes líderes aliados, Roosevelt, Churchill y el zar rojo se reúnen en Teherán (Irán) para hablar, entre otros temas, abrir un segundo frente en Europa occidental.

El protagonista es un oficial del ejército norteamericano profesor de Filosofía pero también, aunque menor, otro oficial, en este caso del ejército alemán que prepara una operación de paracaidistas con el fin de lanzarlos sobre Irán con la misión de liquidar a los tres grandes. Esto último, por muy literario que resulte, fue verdad, pero no voy a desvelar cuál es el destino de esa tropa. Solo decir que Kerr mantuvo una relación de amor odio contra los nazis extremadamente curiosa, y muy de nuestros tiempos.

La paz de Hitler sin embargo no funciona como sí funcionan muchas de las novelas de la serie Gunther. El principal problema es que como decía Ambrose Bierce, una novela es un cuento hinchado, Y La paz de Hitler lo es. No maneja tampoco demasiado bien las tramas paralelas en las que se alinean los relatos aunque sí que hace que la parte que narra el oficial filósofo sea la más interesante porque le ocurre de todo. Incluso asistir como traductor a la conferencia Roosevelt/Stalin. Churchill no estuvo porque cuenta con un invitado al que desprecia. No así Roosevelt y Stalin, tipos que prefieren negociar.

La novela no es una unidad, parece desordenada y sus protagonistas tampoco son de lo mejor de Kerr. Una ligera decepción, porque considero que es un buen autor para leer con la idea de olvidarse del mundo. Sus thrillers, incluso los mediocres, se leen como se ve una película del montón. Entretiene, cumple su cometido. Kerr no era un escritor exclusivo sino para todos los públicos. Más próximo al escocés Alistair MacLean que a John LeCarré.

En la novela se cruzan personajes reales y ficticios y hace una buena descripción de Roosevelt, inválido y aficionado a los dry martini aunque no tanto de Stalin y de Hitler, que también aparecen en la novela como Himler y Von Ribbentrop, entre otros.

La parte que dedica al traslado y llegada a Teherán del presidente Roosevelt y todo el ejército que lo acompaña hasta Irán es muy interesante, sobre todo si no se conoce muy bien este momento tan trascendental para la Historia. Añade también ficción, pero es riguroso en lo que cuenta sobre la organización de aquella conferencia que reunió a tres de los líderes del mundo. Una reunión en la que se estudió cómo acelerar el fin de una guerra con incontables muertos, mucho de manera planificada para hacerlos ceniza en los campos de exterminio.

La novela de Philip Kerr describe las tensiones y desconfianza que hubo entre los aliados. El recelo de Churchill ante Stalin, el cinismo del zar rojo, el anhelo por llegar a la paz de la manera que sea del presidente norteamericano. Pero en Teherán también hay polacos y una población, la iraní, muy hostil a británicos y rusos. Como buen inglés, para Kerr no existen los franceses aunque en este escenario poco protagonismo tuvieron.

La novela propone una historia alternativa, algo que pudo llegar a suceder pero que no sucedió nunca. Ahí está la clave, pero demorar tanto el momento con páginas y páginas de relleno terminan por hacer muy cansada su lectura. El escritor no termina de cruzar los géneros y la mezcla, que parece apresurada, no cuaja: ni de espionaje, ni policiaca.

La paz de Hitler destaca pero en otras claves. Para Kerr Hitler fue un dictador y asesino despiadado. Un ser despreciable. Pero igual que Hitler, defiende Kerr, estaba Iósif Stalin, otro asesino de masas, solo que aliado de Gran Bretaña y Nortemérica. Stalin, afirma Kerr, es el gemelo de Hitler.

Entre lo que es verdad, Kerr cuenta el detallado informe que elaboraron los alemanes cuando encontraron los restos de más de 20.000 ciudadanos polacos y de su intento utilizarlo como propaganda para dividir a los aliados. La respuesta soviética no tardó en llegar: no fueron los rusos sino los alemanes los que cometieron esas ejecuciones. Otro informe describe las condiciones infernales en las que los rusos mantienen en sus campos a los prisioneros alemanes. Los nazis acusan a los rusos, los rusos a los nazis… Roosevelt tiene que decidir si es moralmente aceptable continuar la guerra del lado de la URSS o dejar que el escándalo Katyn se olvide. Ya se investigará cuando acabe la guerra.

No es La paz de Hitler una de las mejores novelas de Kerr, sobre todo porque no podó las páginas suficientes para que no resultara tan pesada, pero sí que cuenta con algunos de sus personales destellos. Claro que Philip Kerr no fue perfecto, aunque algunas de sus novelas sí que rayaron la perfección.

Saludos, ¿vientos de guerra?. desde este lado del ordenador

Cuentos y novelas sobra la Gesta del 25 de julio de 1797

Lunes, Julio 26th, 2021

Cuentan que fue Domingo Pérez Minik quien dijo en cierta ocasión que dos de los grandes errores de Canarias fue no dejar entrar a Horacio Nelson en 1797 y dejar escapar a Francisco Franco en 1936.

Ambos momentos, curiosamente, se produjeron en julio, época estival en la que el calor, entiendo, no contribuyó esta vez e a multiplicar la reacción aplatanada que, opinan unos, caracteriza a los habitantes de este territorio. El caso es que entre el 22 y el 25 de julio de 1797 una escuadra británica, formada por nueve barcos bajo el mando del contraalmirante Horacio Nelson, trató de tomar el puerto de Santa Cruz de Tenerife y conquistar esta plaza fuerte.

Se han escrito algunas historias sobre la Guerra Civil en Canarias (la semana pasada dedicamos tres entradas seguidas en este mismo blog para recordar algunas de ellas) también sobre lo que se conoce como la Gesta del 25 de julio, que celebra la victoria contra las fuerzas británicas en 1797 y por la que Santa Cruz de Tenerife recibió el título de Muy Leal, Muy Noble e Invicta Villa, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago, convirtiéndose desde ese momento en patrono de la capital chicharrera.

Aquellos días de julio y en la por aquel entonces puerto y plaza corrió la sangre mientras sonaban los disparos de los cañones y el de la fusilería. También el combate cuerpo a cuerpo por sus calles estrechas que ha sido reflejado con mayor o menos exactitud histórica por un grupo de escritores que han teñido de épica aquellos días de julio con el fin de grabarlos al rojo vivo en la memoria colectiva de los santacruceros.

En este artículo repasaremos algunos de los cuentos y novelas que se desarrollan antes, durante y después de estos combates que significó una de las primeras derrotas del por aquel entonces contralmirante Nelson. Las historias, la mayor parte de las veces, están narradas desde el puto de vista de los vencedores. Destacan entre los títulos que recuerdan aquellos hechos El fuego de bronce y Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias, de Jesús Villanueva y Miguel Ángel Díaz Palarea, dos títulos que sirven además para observar esos días desde dos perspectivas radicalmente diferentes. El el caso de Villanueva con acento puesto en el heroísmo de un pueblo ante el ataque británico y en el de Palarea con una mirada crítica y nada disimulada sobre el papel que jugaron los militares profesionales españoles en aquella batalla.

En clave de humor, Ángel Luis Marrero Delgado relata con milimétrico respeto histórico esos días de julio en las novelas La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado mientras que David Galloway se sirve también de aquellos hechos en La cueva de las mil momias. A modo de rareza, en Los apuros de don César, una de las novelas de la serie El Coyote de José Mallorquí, se recuerda que uno de los antepasados del ya legendario personaje se encontró en alta mar con los navíos al mando del contraalmirante Horacio Nelson cuando regresaban a puerto tras la derrota sufrida en Tenerife.

Otras historias que se desarrollan en estas mismas fechas son 1797. Cinco días de julio, de Luis Cola Benítez; 1797. Piratas del Atlántico, de Luis Medina Enciso; Nelson no es bienvenido en Tenerife, de Néstor Pastor Beato.

Por otro lado, Félix Díaz González planteó una original revisión de la Gesta del 25 de julio en la novela Kronos. Viajes por el espacio y por el tiempo en la que alguien hace entrega a los británicos de los planos correctos de Santa Cruz de Tenerife con el fin de que el ataque resulte un éxito ese verano de 1797.

Jesús Villanueva sitúa en estos días algunos de los cuentos que incluye en Ahora, relatos ilustrados por Eduardo González, como son Las lágrimas de María Antonieta, en el que informa que Jean Babtiste Drouet, el maestro de postas que descubrió y mandó a arrestar a Luis XVI en Varennes, el 22 de julio de 1792, fue uno de los franceses que años más tarde lucharían del lado de los españoles contra el ataque británico a las costas de Santa Cruz de Tenerife mientras que En la Nochebuena de 1797 describe cómo debieron de celebrar las fiestas ese año el general Antonio Gutiérrez y Horacio Nelson.

Se hace eco de la batalla de Santa Cruz de Tenerife en las memorias que escribieron dos de los supervivientes de La Medusa, naufragio que dio lugar a un cuadro, La balsa de La Medusa de Théodore Géricault inspirado en los recuerdos escritos años después por Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, quienes cuando llegan al puerto tinerfeño explican que fue allí y gracias a los franceses donde se derrotó y mutiló a Nelson.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

A modo de curiosidad destacaríamos también Tigre 1797, un curioso libro para jóvenes que firman Carlos Miranda y Víctor Bidart, así como la novela gráfica La gesta del 25 de julio de 1797 de Juan Carlos Mora.

En clave satírica, Ramón Ayerra se inspira en esta batalla en uno de los tres relatos que reúne en Plaza Weyler, concretamente el titulado Una misión confidencial, donde narra la extravagante historia de un agente de la Guardia Civil que viene a la isla para desarticular un comando británico que quiere hacerle una trastada al cañón Tigre, el que supuestamente con su metralla cercenó el brazo del contralmirante Horacio Nelson cuando pretendió saquear la plaza aquellos días de julio de 1797.

En el relato, Ramón Ayerra pone en antecedentes al lector de lo que significó aquel hecho histórico para Santa Cruz de Tenerife, mientras el protagonista aprovecha para callejear por la ciudad en busca de los agentes británicos entrando en todos los bares que se encuentra, lo que hará que se coja una melopea de las que hacen época.

Gregorio Duque ubica en 1840 unos de los cuentos de Pequeños homenajes. En concreto el que lleva por título Visita guiada, en el que cuenta la batalla desde la perspectiva de un chicharrero buscavidas que hace de cicerone de un viajero británico empeñado en contemplar las banderas que el pueblo de Tenerife arrebató a la escuadra de Nelson y que entonces estaban depositadas en la Iglesia Matriz de la Concepción.

Desde el lado británico solo conocemos una novela que dé su versión de la batalla. Se trata de Rockingham o un hombre de honor, que se publicó en Gran Bretaña por primera vez en 1840 y de la que se desconoce a día de hoy quien fue su autor. Algunas fuentes afirman que una de las tres hermanas Brönte (Emily, Charlotte y Anne) pero otros, como el investigador tinerfeño José Luis García Pérez, sospechan que fue Philippe Ferdinand Auguste de Rohan-Chabot, conde de Jarnac.

La novela en principio no tendría mayor atractivo para un lector de las islas si no fuera porque en la segunda parte –capítulos primero al tercero– se desarrollan íntegramente en Tenerife, en concreto en el valle de La Orotava, el puerto de la Cruz, y en Santa Cruz, donde el protagonista de la obra, lord Edward Rockingham, un guardiamarina enrolado en la escuadra del contralmirante Horacio Nelson, participa en la batalla por la plaza con catastróficos resultados para los británicos. Y sitio, se relata, donde el protagonista resulta herido y abandonado por sus camaradas.

Rockingham narra también la historia de amor romántico que nace entre el joven marino convaleciente y la mujer que lo cuida, Dolores Almansa, “supuesta sobrina en la novela del general Antonio Gutiérrez”, escribe García Pérez en la introducción del libro.

La novela sitúa al lector en el momento en que es herido el contralmirante Horacio Nelson al pretender desembarcar en la costa santacrucera:

“Nelson se apoyó ligeramente en mi hombro al saltar del bote pero, cuando ya había puesto pie en tierra, pesó de improviso tanto sobre mí que no pude sostenerle. Observé que cambiaba con rapidez su espada de la mano derecha a la izquierda y luego se desplomó en el suelo, aun cuando puse a contribución todas mis fuerzas para impedirlo.

Lleno de temor, miré a Thorthon, quien se encontraba a mi lado.

El almirante está herido –murmuró– y me temo que de gravedad. Tenemos que ayudarle a regresar al bote”.

Una vez trasladan a Nelson al Theseus, se puede leer:

“Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando, sobre las oscuras olas, detrás de nosotros, se elevó un grito salvaje y penetrante… El grito de muerte de doscientos de nuestros más bravos corazones que, alcanzados por un solo disparo cruel, fueron arrojados a su húmeda tumba.

- ¿Qué es eso, Thorthon? -inquirió Nisbert.

Creo que el Fox se hunde. Hace un instante que aún estaba junto a nosotros”.

Es muy probable que haya otras historias cuya acción se desarrolle en esos días de julio aunque la verdad es que tras mucho rastrear no hemos encontrado otros títulos salvo los estrictamente históricos: cartas y diarios de algunos de los protagonistas así como artículos en prensa entre los que destaca una referencia escrita por un “sospechoso patriota” que firma como Ángel Guerra. Se trata de un artículo sobre Santa Cruz de Tenerife publicado en el número del 7 de diciembre de 1919 de Blanco y Negro:

“bastaría a su gloria la heroica defensa que hizo el 25 de julio de 1797.”

Estas novelas y relatos describen unos hechos trascendentales para la historia de una isla y por extensión un archipiélago cuya memoria se conserva en la actualidad en el Museo Militar, que custodia además las dos únicas banderas del Imperio Británico capturadas en combate a su armada. La nota singular, como lamenta Villanueva en una reseña publicada en El Cultural, es que no deja de resultar extraño que Santa Cruz de Tenerife haya dedicado una de las calles con más solera al almirante británico que perdió aquí su brazo por la metralla de un cañonazo y una “callejuela de treinta metros” al general español, Antonio Gutiérrez Otero y Santayana, cuyas fuerzas –compuesta de soldados y milicias– terminaron por vencer a quien años más tarde se convertiría en el león de los mares.

Los hechos concluyeron el 25 de julio de 1797 con la rendición de las tropas británicas, la entrega de regalos entre vencedores y vencidos y una carta que conminaba a Nelson a no intentar de nuevo una aventura bélica contra Canarias” .

Saludos, otras voces, otros ámbitos, desde este lado del ordenador

Raymond Chandler, triste, solitario y final

Viernes, Julio 23rd, 2021

No se ponen de acuerdo con la fecha de su nacimiento, unas fuentes dicen que el 22 y otras que el 23 de julio, pero en uno de esos dos días de 1888 vino al mundo Raymond Thorton Chandler, el creador del detective privado clásico, ese que le debe tanto a Sam Spade pero que abrió los ojos y paseó por las ficciones literarias con personalidad propia bajo el nombre de Philip Marlowe, un private eye sentimental. Un tipo que inevitablemente acaba casi siempre triste, solitario y… final.

Lo curioso del caso es que Raymond Chandler se metió a escribir lo que llamaba novelas de detectives por necesidad. Y esa necesidad explica que no le gustara hablar de lo que hacía aunque leyendo su recomendable ensayo El simple arte de matar (*) o la biografía que sobre su vida y obra escribió Fran MacShane uno comprenda que hubo más pose que verdad en el desprecio que sentía por el género que contribuyó a engrandecer y de paso a que lectores poco o nada propensos a la literatura de kiosco se detuvieran y paladearan su estilo incisivo, irónico y repleto de comparaciones repletas de sutil prosa callejera.

Siempre me imaginé a Marlowe como Robert Mitchum aunque para Chandler el actor en el que pensaba cuando escribía sus historias fuera Cary Grant. Se me hace difícil admitirlo, pero así lo afirma el escritor en alguna entrevista. Si uno se fija, ambos (Grant y Mitchum) llevan un hoyuelo en la barbilla y a los dos le sentaba muy bien ir con un sombrero que es no prenda que no le sienta bien a mucha gente sobre la cabeza.

Creo que la primera novela que leí de la serie Marlowe fue El sueño eterno, de la que no me enteré de nada (lo mismo me pasa con la versión cinematográfica de Howard Hawks) pero que me dejó prendado. Con esa extraña y a la vez atractiva sensación de que entraba en un mundo nuevo, plagado de personajes de una pieza que funcionaban más por lo que decían y cómo lo decían que por sus actos. De aquel libro, que aún conservo, pasé a Adiós, muñeca, que sigue siendo para mi la mejor de todas y luego El largo adiós, de la que se me grabó una frase que me acompaña desde el día en el que se alojó en el disco duro de mi memoria: “Decir adiós es morir un poco”.

Celebro también La hermana pequeña, en la que Chandler adentra a Marlowe en la selva de Hollywood y el mundo del cine y La ventana siniestra. El escritor, con mala baba, incluso sugería que su solitario detective, ese caballero sin espada que terminaba por resolver líos que ni el mismo escritor sabía resolver, podía casarse con una rica heredera. Este matrimonio se bosquejaba de hecho en la última aventura del detective Playback y continuaba en Poodle Spring, que dejó sin terminar, aunque recopiló con devoción de aficionado Robert B. Parker.

¿Qué significa Raymond Chandler para el género negro, negro y criminal, la novela de detectives? Pues mucho. Chandler contribuyó a cambiar de vestimenta al personaje y a tallarlo de una personalidad distinta a la que se conocía hasta aquel entonces. Su manera de escribir todas estas historias marcan también una evolución dentro de un género en el que Dashiell Hammett ya había hecho unas cuantas demoliciones, en especial al lograr que estas novelas estuvieran narradas si no con un lenguaje de la calle sí con un lenguaje que bebía precisamente de esas mismas calles.

“No es fácil decidir ahora, aunque tenga importancia, cuán original fue Hammett como escritor. Fue uno en un grupo, el único que logró el reconocimiento de la crítica, pero no es el único que escribió o trató de escribir verdaderas novelas de misterio realistas” (El simple arte de matar).

El escritor desempeñó toda clase de oficios antes de llegar a la literatura, trabajo al que llegó cuando se dio cuenta que se le daba bien. Casado con una mujer quince años mayor que él, se transformó en un escritor por necesidad.

Los antichandlerianos, que los hay, acusan que muchas de sus novelas parten de cuentos que había publicado con anterioridad en revistas, lo que si bien era verdad, el escritor lo llamaba proceso de canibalización, también sirvió para mejorar aquellas historias dotándolas de más páginas. Como otros tantos de su generación, también recibió la llamada de Hollywood, donde trabajó y sufrió al lado de cineastas como Alfred Hitchcock y Billy Wilder, entre otros. Tuvo además el privilegio que su primera novela de la serie Marlowe, contara en su libreto con la firma de William Faulkner y con Humphrey Bogart como protagonista del caballero sin espadas, el detective privado con gabardina y Stetson sobre la cabeza que intenta resolver una imbricada y complicadísima trama en la que intervienen un general retirado del ejército que ha hecho fortuna y sus dos díscolas hijas. Una de ellas en pantalla grande interpretada por Lauren Bacall, para mi una irrepetible actriz chandleariana porque lo chandleriano existe.

A mi me gustaría pensar que es resultado de muchas experiencias combinadas con una forma de escribir que las convierte si no es hermosas sí en algo diferente. Inquietante según el tipo de lectores. Raymond Chandler de alguna manera logró intelectualizar un género, el policiaco, que había nacido sin esta pretensión.

Escribe en El simple arte de matar que “Dudo que Hammett tuviese algún objetivo artístico deliberado; trataba de ganarse la vida escribiendo algo acerca de lo cual contaba con información de primera mano. Una parte la inventó; todos los escritores lo hacen; pero tenía una base en la realidad; estaba compuesta de cosas reales. La única realidad que los escritores ingleses de novelas de detectives conocían era el acento que usaba en su conversación los habitantes de Surbiton y de Bognor Regis. Aunque escribían sobre duques y jarrones venecianos, los conocían tan poco, por propia experiencia, como lo conoce el personaje adinerado de Hollywood sobre los modernistas franceses que cuelgan de las paredes de su castillo de Bel Hair. (…) Hammett extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón”.

Las novelas y los cuentos que escribió funcionan no por lo que cuenta sino por cómo está contado. Como ya se dijo, Chandler liaba demasiado la madeja y al final él mismo perdía el hilo del caso y los casos que aparecen en sus historias pero es lo de menos. Lo interesante en el escritor forzado (insistía) en escribir novelas de detectives realistas es su manera de contar esas historias. La ironía, más que el cinismo, que masculla su Marlowe en primera persona. Fue también un escritor que se movió muy bien en el relato corto y el ensayo. El ensayo en el que trata de entender el género que le dio reconocimiento y el ensayo sobre el arte de escribir.

Raymond Chandler transita esta frontera imaginaria, la línea invisible que divide al escritor del escritor a destajo, el obrero con callos en las yemas de los dedos que no deja de escribir para garantizar la comida y el alojamiento del día siguiente.

Si uno vuelve a leer El simple arte de matar entenderá por eso que pese a su aparente desprecio al género, Chandler estaba bastante agradecido por haberse instalado en él. Supo así antes de morir el 26 de marzo de 1959 en La Joya, California, que su obra perduraría mientras el hombre siga siendo hombre porque la novela que cultivó “describe un mundo en el que nadie puede caminar tranquilo por una calle oscura, porque la ley y el orden son cosas sobre las cuales hablamos, pero que nos abstenemos de practicar.

No es extraño que un hombre sea asesinado, pero a veces resulta extraño que lo asesinen por tan poca cosa y que su muerte sea el sello de lo que llamamos civilización…”

En fin, las cosas de Chandler. De Raymond Chandler.

(*) Las citas de El simple arte de matar están tomadas de la versión en español publicada en la colección Novela policiaca de editorial Bruguera, 1980

Saludos, danke, desde este lado del ordenador