Archive for the ‘Libros’ Category

El desafortunado, una novela de Ariel Magnus

Miércoles, Febrero 24th, 2021

El legendario cazador de nazis Simon Wiesenthal tituló uno de sus libros de memorias Justicia, no venganza. En este apasionante volumen, en el que va desmadejando toda la trama y las extrañas e insólitas alianzas que se tejieron a su alrededor para que muchos de los criminales nazis escaparan a otros país bajo otra identidad a finales de la II Guerra Mundial, figura el nombre de dos de los criminales más tristemente célebres de aquel oscuro período de la historia: Joseph Mengele y Adolf Eichman. El primero murió, y así lo aseguran hoy todas las fuentes, a finales de los años setenta ahogado en una playa de Brasil mientras que el segundo fue secuestrado por un comando de los servicios secretos israelíes en Argentina, desde donde fue trasladado a Israel, país en el que fue objeto del que probablemente sigue siendo uno de los juicios más sonados del pasado siglo XX.

Sonado por varias razones. La primera de ella porque proclamaba al mundo que los judíos no querían olvidar y segundo que no olvidar implicaba –como el título de las memorias de Wiesenthal– un acto de justicia y no de venganza.

Inspirándose en su vida bajo otra identidad en Argentina, El desafortunado (Seix Barral, 2020) relata los días de Eichman en un lugar perdido de la Argentina acosado por sus recuerdos y por el miedo, en el tiempo presente, de ser capturado por los servicios secretos de Israel. La novela se cuenta no desde su punto de vista, ya que está escrita en tercera persona, pero sí acompañándolo todo el rato, como si el escritor, el argentino Ariel Magnus, fuera un espíritu invisible al lado del hombre que ordenó los asesinatos en masa más terribles de su tiempo.

El libro mezcla evocaciones del pasado, aquellos años en los que Eichman ejerció de alto jerarca en la Alemania nazi hasta convertirse en uno de los máximos responsables de la conocida como “solución final” o el exterminio de toda una raza, la judía, primero de Europa y más tarde de todo el planeta. El curso de la II Guerra Mundial y con los soviéticos a las puertas de Berlín, hace que el protagonista del libro como el de la vida real se las ingenie para escapar a Argentina, país que en aquellos años acogía con los brazos abiertos a los criminales de guerra.

El autor de esta novela basada en hechos reales, Ariel Magnus, cuenta que la idea del libro nació de su padre, quien le contaba siendo pequeño que si había un personaje al que le gustaría asesinar con sus propias manos sería Adolf Eichman y no el otro Adolf. Curiosamente, los dos habían nacido en el mismo país, Austria, que fue anexionado por Alemania años antes de que comenzase la II Guerra Mundial.

La descripción de Eichman en la Argentina es la de un prófugo desorientado y también muy enfadado con su situación actual. Sigue a través de la prensa las informaciones que sacan a la luz lo peor de la Alemania nazi pero niega todas las atrocidades que se cometieron y en las que él mismo participó más como funcionario que como hombre de acción aunque tuvo que asesinar con un tiro en la nuca a un preso judío durante una de sus visitas a los campos de exterminio. Eichman no era, no obstante y así se encarga Magnus de destacarlo, un asesino a sangre fría sino un funcionario que prefería firmar desde su despacho sentencias de muerte, la deportación de miles de personas y modernizar, en la medida de sus posibilidades, la industria de la muerte que generaron los campos donde se concentraban a los enemigos (por raza o ideología) del nazismo.

En Argentina y bajo otra identidad, Ricardo Klement, el protagonista de la novela basada en hechos reales no ha tenido demasiada suerte en su vida. Más ahora, viviendo en un país que no es el suyo y en el que residen otros como él. Resulta en este aspecto muy interesante el encuentro que mantiene Klement/Eichman con Mengele en una cafetería de Buenos Aires. El escritor los describe como dos hombres diferentes que se rechazan entre sí aunque estén forzados a confraternizar por una misma idea. En torno a Mengele se publicó hace unos años un libro bastante revelador (La desaparición de Josef Mengele, Olivier Guez, Tusquets, 2018) sobre los últimos años de quien fue conocido en vida y también tras su fallecimiento como el doctor Muerte por los crímenes que en nombre de la ciencia cometió en Auschwitz.

La descripción que Ariel Magnus da sobre Adolf Eichman es la de un hombre egocéntrico que no se arrepiente de sus crímenes y que, dentro de los que cabe, quiere a su familia, con la que se reencuentra tras varios años separados a causa de la guerra y a causa de su desaparición. El libro de Magnus llega hasta el momento en que es secuestrado por los servicios secretos israelíes y es conducido a un avión que lo llevará a Israel. El resto, el juicio que se le hizo y que dio origen a uno de las obras más sobresalientes de Hanna Arendt y su muerte no cuentan en este ambicioso y meticuloso retrato biográfico que encarna, por si existe, cierta perfección del mal y que representa a un funcionario que siguiendo siempre las órdenes no pestañeó en intentar desde su despacho exterminar a millones de personas.

El desafortunado concluye con un capítulo en el que el propio escritor explica las razones que le llevaron a escribir la historia de Eichman en Argentina; el peso que significó reconstruir el camino del criminal de guerra por su país y el odio que le tuvo su padre toda la vida. En estas páginas finales, y muy al contrario que las que dedica a hurgar en la mente del funcionario al servicio del partido nazi, se asoma algo de calidez que no hace desaparecer, sin embargo, el retrato de un hombre frío. De un oficinista que se acostumbró a elaborar desde la distancia estadísticas que sumaban millones de muertos.

Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador

¿Dónde estabas el 23-F?

Martes, Febrero 23rd, 2021

Una persona a la que quise y estimé lo que llevo de vida cumplía el 23 de febrero, ese día que ha pasado a la Historia de España como el de la infamia.

Resulta curioso que recuerde tan claramente las sensaciones que me asaltaron cuando aquel ya lejano 1981 un guardia civil con bigote entró en el Congreso de los Diputados pegando gritos de todos al suelo, coño mientras llovía yeso pulverizado del techo del hemiciclo.

Estudiaba entonces en el instituto y recuerdo porque todo son recuerdos incluso los que ya no recuerdo, que el profesor de Historia entró en clase y nos recomendó que nos fuéramos a casa porque habían entrado unos guardias civiles en el Congreso. Uno soltó que si un comando de ETA había secuestrado a los diputados pero el profesor de Historia no dijo nada, estaba tan pálido como la pintura de la pared, y sus manos temblaban.

Los amigos nos reunimos en la plaza de Teobaldo Power y nos tumbamos en el césped. Uno estaba feliz porque no tenía clase pero también inquieto porque el rostro del profesor (demudado debe ser la palabra) traducía miedo. Miedo a lo que podía venir.

No sé de donde salió pero alguien debía de haber llevado en la maleta o en el macuto un transistor porque allí nos enteramos que no se trataba de un comando de la ETA sino de unos guardias civiles que estaban dando tiros, sacudían a un militar condecorado y llamaban al orden al entonces presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. Suárez se convertiría muchos años más tarde en una especie de Gary Cooper castellano en el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas, pero eso vendría mucho, mucho más tarde.

Al final nos disolvimos como un azucarillo en un vaso de café con leche como aquellos que servían en el Unamuno y cada uno se fue a su casa.

En la mía, mi padre llamaba al orden a uno de sus primos, que no dejaba de clamar que había que darle armas al pueblo. Ahora lo recuerdo con una sonrisa en los labios pero era lógico que se subiera por las paredes porque en el 36 los nacionales metieron a su padre en Fyffes, más tarde en uno de los barcos prisión atracados en el puerto para después desaparecerlo en alta mar. Mi tío abuelo era de la CNT, ese fue su delito para que le ataran dos piedras en los pies y lo arrojaran a las aguas que bañan las costas de la capital…

Su primo se fue y yo aproveché con un amigo para bajar a Capitanía Militar para ver qué estaba pasando.

El chasco fue grande porque el palaciego edificio permanecía cerrado a cal y canto y apenas había gente en la calle. Me entraron, supongo que por los nervios, unas ganas enormes de leer cómics de la Marvel pero los kioscos también estaban cerrados. Al final regresé a casa con las manos vacías. En el comedor, la familia estaba con la mirada puesta en la televisión. Mi padre espera el discurso del Rey. Pero el Rey no hablaba. Un periodista contó que en Valencia los tanques habían salido a la calle y mi padre se llevó las manos a la cabeza.

Me resulta curioso que todas esa imágenes las conserve tan frescas. Que aún recuerde todo lo que viví aquel 23 de febrero de 1981. Cuarenta años han pasado, fíjate tú. Y parece que fue ayer cuando el guardia civil con bigote entró pegando tiros al grito de todos al suelo.

La tarde fue transcurriendo con infinita lentitud, que es lo que pasa siempre cuando uno quiere que acaben las cosas con prontitud. Llegó la noche y el Rey no daba su discurso. En casa, como es natural, la tribu estaba sentada en torno al televisor esperando novedades. En algún lado sonaba también la radio. No sé exactamente cuando apareció el Rey y dio aquel discurso que tranquilizó a la nación pero sí que me quedé pegado ante la pantalla cuando mi familia se fue a la cama porque ya era bien entrada la noche.

Recuerdo, estos son recuerdos y nada más, ver un documental de películas de terror, y series y películas que no solían exhibirse en aquella caja tonta que no es tan tonta. Poco a poco cerré los ojos y se fue disolviendo en mi cabeza el grito desalmado pronunciado por aquel guardia civil con bigote de cuyo nombre no quiero acordarme: todos al suelo, coño.

Al día siguiente, o fue después, se convocó una manifestación de rechazo a la que acudimos en peso. Las calles delas ciudades y oueblos de este país se llenaron de gritos contra los golpistas y se cantaron canciones y todo el mundo se sentía feliz porque había ganado la democracia, se decía con la boca llena y así nos va desde ese día… Es decir, que casi todos seguimos en el mismo sitio, tumbados o tirados en el suelo, coño.

Saludos, a vivir, que son dos días, desde este lado del ordenador

Una novela del 23-F

Martes, Febrero 23rd, 2021

El 23 de febrero de 1981 un Guardia Civil con bigote y de cuyo nombre no quiero acordarme asaltó pistola en mano el Congreso de los Diputados gritando todos al suelo. Grito que a partir de ese momento se convirtió en uno de los momentos de mayor infamia de la por aquel entonces aún joven democracia española.

Como bien recuerda el maestro Paco Camarasa en su carta a los lectores no hay demasiadas novelas que se ambienten en aquel día que colocó en el filo de la navaja las libertades que tanta sangre, sudor y lágrimas, costó sacar adelante en este país cuya marcha por el sendero de la Historia siempre ha ido a dos velocidades, pero cita, como no podía ser menos, un libro que, a juicio de quien les escribe, está firmado por uno de los grandes escritores del género en España, un autor con todas sus letras no demasiado conocido entre los aficionados.

Me refiero al escritor asturiano Juan Antonio de Blas, quien con La patria goza de calma (Colección Etiqueta Secreta, Júcar, 1988) retomó al investigador gijonés Silverio García, protagonista también de la estupenda ¿Hay árboles en Guernica? para que investigara cuál fue el destino de dos capitanes que, durante la intentona de Golpe de Estado del 23-F, desaparecieron con un maletín repleto de comprometedora documentación.

La patria goza de calma es además de su trama negro criminal una estupenda novela sobre unos días, como fueron los de aquel final de febrero, donde buenos y malos pertenecían a bandos bien diferenciados. Hombres y mujeres que luchaban y combatían por un futuro bien distinto alimentados por un idealismo que hoy puede resultarnos marciano.

El escritor y periodista Francisco González Ledesma escribe en el prólogo de esta novela: “Cuando hablo de libros –y Juan Antonio lo sabe, peor no manifiesto temor por ello– me gusta ser absolutamente honrado. Por ello, después de afirmar que La patria goza de calma es una excelente y completa novela que el lector devorará, considero justo manifestar dos cosas: La primera, que Juan Antonio de Blas parece creer en muy pocas verdades, lo que le acredita de persona inteligente y crítica, aunque por ello me temo tenga un escaso provenir en las diversas administraciones públicas. La segunda, que creo que al protagonista de esta novela se le entregan las mujeres con demasiada facilidad. Las mujeres, por el contrario, suelen hacer un inteligente y peligrosísimo uno de sus cuerpos, lo cual qué duda cabe que las honra al tiempo que aumenta la demanda.”

De Blas combina con mucha habilidad en esta novela la información que hasta ese momento se disponía sobre el fracasado Golpe, con una historia en clave policíaca que respira a través de sus personajes, casi como si de un Raymond Chandler enganchado a la sidra se tratara.

Silverio García es así, una especie de Philip Marlowe aunque sin el elegante pesimismo del detective privado norteamericano. Quizá, pienso, porque ese investigador gijonés ha nacido en España. Un país donde lo trágico siempre se ha querido ver con una sonrisa enloquecida. Con un fatalista sentido del humor negro, negrísimo, que empapa todas las páginas del libro. Un libro que pide a gritos su reedición, así como la de reivindicar la literatura de un escritor comprometido, de esa izquierda que ya no tiene nada que ver con la presunta izquierda que tenemos.

Juan Antonio de Blas, guionista de cómics también, cuenta con una novela sobre el tráfico de armas y los servicios secretos titulada Siempre hay alguien detrás (Los libros de la medianoche, Editorial VOSA S.L., 1995) y de un estupendo y afortunadamente ligero ensayo sobre la novela de espías, La novela de espías y los espías de novela (Editorial Montesinos, 1991) prologado por otro de los grandes del género en España, Manuel Vázquez Montalbán, así como con una interesante novela histórica, Soportal de los malos pensamientos, cuyo protagonista es Francisco de Quevedo, entre otras experiencias literarias.

Escritor ágil, que se maneja muy bien en las claves que toca, Juan Antonio de Blas es uno de esos autores, reitero, que pide a gritos su recuperación.

Es uno de los grandes, y como todos los grandes, un autor que tiene voz. Estilo, seña de identidad típicamente de Blas.

(*) Este post se publicò en este mismo su blog el 23 de febrero de 2012

Saludos, 40 años no son nada, desde este lado del ordenador

Natalia Sosa, protagonista del Día de las Letras Canarias 2021

Sábado, Febrero 20th, 2021

El Día de Las Letras Canarias 2021 está dedicado a la escritora grancanaria Natalia Sosa Ayala (1938-2000). El Gobierno regional le rendirá homenaje el próximo miércoles 24 de febrero con un acto institucional y la organización de varias actividades cojo una mesa redonda con jóvenes escritores (¿?) y la presentación del libro Soy éxodo y llegada, sobre la segunda parte de la vida de la autora, en la Casa de Colón, a las 18 horas. Estas son las primeras actividades de una programación que se prolongará durante todo el año, y a la que se suma el Gobierno, los cabildos y , los ayuntamientos de las islas.

Saludos, uy, uy, uy, desde este lado del ordenador

Historias de intramuros, reflexiones sobre un confinamiento de Román Delgado

Martes, Febrero 16th, 2021

La pandemia y el confinamiento al que se sometió a la población para detener el avance del virus está generando sus primeras piezas creativas. Eso sí, más pegadas al testimonio, a la narración en primera persona que como material estrictamente de ficción. Lo que se ha producido hasta la fecha insiste así en contar la experiencia de cómo vivieron aquellos días de encierro mientras las calles, las avenidas, los parques de las ciudades y pueblos se quedaban vacíos, patrullados en ocasiones por coches de la policía, alguno camuflado (lo que por mucho que me esfuerce no entiendo) que conferían al paisaje urbano de un aspecto fantasmagórico que si algo recuperó fue el canto de los pájaros y que los días se volvieran muy largos.

Que haga recuento, en Canarias se ha contado y publicado la historia de aquellos días en los que vivimos peligrosamente a través de la historieta y la literatura, pero una literatura más pegada al diario que a la novelización de unos meses que será imposible borrar de nuestra memoria.

Eduardo González, dibujante y guionista de cómics, fue uno de los primeros en atreverse a narrar en forma de viñetas lo que pensaba de aquella situación que no deja de ser –vista con distancia y también desde la actualidad porque aún vivimos bajo sus secuelas– absurda. O tan irreales como el escenario de una película de ciencia ficción que de pronto se hizo real.

Visto desde un punto de vista humorístico, Eduardo González dio su personal visión de aquel insólito momento con una serie de historietas que subió primero a Facebook y más tarde acabaron convertidas en un cómic con el título de Crónicas de una cuarentena (Ediciones Idea, 2020) en la que reflexionaba sobre lo que vivió aquellos días.

La historieta que se toma más en serio de lo que parece aunque su objetivo sea el de despertar la sonrisa en el lector, invita a pensar sobre la capacidad que tenemos como especie para ser domesticada y demuestra una vez más que solo a través del humor se pueden contar cosas muy serias. Y tan serias como las de vivir encerrados en casa mientras un virus invisible recorre las calles como un fantasma que no tenía nada que ver con el que a finales del siglo XIX iba a pasearse por Europa.

Román Delgado también contribuyó a lo que podría denominarse literatura sobre el confinamiento con Historias de intramuros (Bara Bara, 2020), un libro en el que recoge sus reflexiones de aquellos días y en los que más que el humor da paso a la melancolía. O a la sensación de que algo está cambiando y no sé qué demonios es. Ese pensamiento, que probablemente asaltó a la mayoría de los que nos sometimos al confinamiento, es la matriz que da vida a un librito que no llega a la cien páginas y en el que da registro de once de aquellos días de marzo que, efectivamente, no sé si conmovieron al mundo pero sí a toda España.

La pregunta que se hace el lector a medida que pasa las páginas de Historias de intramuros es hacia donde quiere ir a parar su autor con este diario. Por un lado, Román Delgado muestra la necesidad de hacer público el relato de unos días que pasó, como muchos, rodeado de los suyos. Se entiende por ello que escribiera, como hicieron otros, para exorcizar demonios, de tranquilizar la conciencia, de intentar quitar lastre a una situación que, efectivamente, pasó factura a la mayoría, así que algunos se podrá ver reflejado en estas confesiones no tan íntimas como se pudiera pensar, y sí demasiado descriptivas del día a día en unos días donde no se podía hacer mucho salvo estar con los tuyos, hacer la compra, teletrabajar, ver la televisión (si se estaba abonado a alguna plataforma mucho mejor) y escribir, como es el caso de Román Delgado, en el ordenador toda una rutina con la que mantener a raya la realidad que se había impuesto aquellos días.

Los fragmentos que forman la unidad del libro no tienen demasiada vinculación unos con otros salvo que están escritos por la misma persona. Se admite por eso que se repitan escenas y situaciones, y se admite también que lo que se lee sea resultado de la improvisación, de sentarse ante el ordenador esos once días para hacer de notario de lo que pasaba por su cabeza. También para resumir momentos que nos birlaron de la existencia porque esos instantes en los que estuvimos encerrados no volverán aunque sí que forman parte de un pasado común del que todavía me parece a mi no hemos tomado conciencia porque la amenaza continúa.

Lo escribe Román Delgado: “A esa hora no tenía ni puta idea de cómo iba a resolver mi reto del diez del once, el relato del 28 de marzo de 2020”.

El párrafo aclara las intenciones de este cuaderno de bitácora en el que registra su travesía de aquellos once días. La pregunta que alguno se podrá plantear es ¿por qué solo escribir de once días?, pregunta que es la que se hace el mismo Román Delgado en el undécimo segmento de un libro pergeñado en un momento que prometía cambios, otra forma de ver la vida. La realidad, desgraciadamente, fue otra. Y con esa cruz andamos.

Saludos, otra vez será, desde este lado del ordenador

La Academia Mexicana de Lengua Española elige como académico al escritor grancanario J. J. Armas Marcelo

Sábado, Febrero 13th, 2021

El novelista español J.J. Armas Marcelo (Las Palmas de Gran Canaria, 22 de julio de 1946), en sesión celebrada el jueves pasado, 11 de febrero de 2021, ha sido elegido por el pleno como académico correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua Española, con sede en Madrid, España. Hace un mes, en la sesión pertinente fueron elegidos académicos correspondientes el novelista Sergio Ramírez, con sede en Managua, Nicaragua, y el también novelista Leonardo Padura, con sede en La Habana, Cuba.

“Es un gran reconocimiento y un gran honor. Un privilegio para alguien como yo, que tiene una vocación literaria hispanoamericana”, dijo Armas Marcelo después de hacerse pública la noticia de su ingreso en la AMLE. El novelista español es académico correspondiente en Madrid de otras diez academias de América, entre ellas la Norteamericana, y académico de honor de la Academia Colombiana de la Lengua Española y presidente Ejecutivo del Festival Hispanoamericano de Escritores.

En estos momentos Armas Marcelo escribe su novela Cuatro veces mariposa, inspirada en la vida de la novelista Mercedes Pinto Armas de la Rosa y Clós (La Laguna, Tenerife; 12 de octubre de 1883-Ciudad de México, 21 de octubre de 1976).

Saludos, felicidades, desde este lado del ordenador