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Un centenario desapercibido: Bill S. Ballinger

Lunes, Marzo 19th, 2012

El pasado 13 de marzo se cumplió el centenario del nacimiento del escritor norteamericano Bill S. Ballinger, fallecido en 1980 en la localidad de Tarzana, California.

Resulta sorprendente que entre los muchos aficionados a la novela policíaca el nombre de Ballinger continúe siendo desconocido, más cuando se trata de uno de los primeros escritores del género que se atrevió a experimentar con sus fórmulas en una serie de novelas a las que el paso del tiempo apenas envejece.

No obstante, y mucho me temo, el trabajo de Ballinger continúa sin reivindicarse con la justicia que se merece porque sus historias todavía resultan incómodas, y más que un policíaco al uso, al escritor le interesaban otros asuntos colaterales al género como son las relaciones que se tejen entre sus protagonistas que la trama estrictamente criminal en la que desembocan todas las historias que dedicó al género.

Ballinger, como James M. Cain, apuesta más por el retrato de mujeres duras y encallecidas, femme fatales en la mayoría de los casos, de las que resulta imposible no enamorarse.

No pertenece Ballinger, sin embargo, al santísimo grupo de grandes escritores de novela policiaca de los 30, 40 y 50 por lo que ya va siendo hora de ubicarlo en tan distinguida como infame sociedad porque, sencillamente, se lo merece.

Como casi todos ellos, Ballinger se formó en las redacciones de periódicos y emisoras de radio, así como en medianas editoriales donde publicó libros que le dieron de comer a lo largo de toda una carrera en la que destacan piezas maestras y trabajos de una mediocridad desarmante.

Pero el caso es que, pese a su formidable producción alimenticia, se encuentran títulos de una brillantez y un lirismo que, como ávido lector de la edad de oro de la literatura negra escrita en Estados Unidos, solo he encontrado, desde otra perspectiva y con otras intenciones, en otro gigante olvidado del género como es David Goodis.

Se ha publicado y bien dos de las obras maestras de Ballinger en España: Retrato de humo y  La mujer del pelirrojo. También se pueden encontrar otras novelas del escritor que sin la dimensión de las dos anteriormente citadas, son títulos que, pese a resultar irregulares, respiran el fascinante aliento onírico Ballinger, como son Rafferty, teniente de homicidios, Cazadores de herederas, El segundo más largo, El diente y la uña y El Corso, entre otras. Aunque todas ellas  se devoran con el mismo placer porque forman parte de la carrera de un gran escritor.

Un escritor de oficio con una notable capacidad para crear ambientes y hacer creíbles los personajes que se desenvuelven en sus historias.

Retrato de humo (Portrait in Smoke, 1950) relata la búsqueda obsesiva que emprende Dan April de una mujer a la que amó hace diez años. Para él, Krassy representa lo más bello, lo más digno del amor aunque, desgraciadamente, la realidad no encaje con los sueños de su protagonista.

Estructurada en dos narraciones paralelas, en la que April cuenta en primera persona la obsesiva investigación que emprende para encontrar a Krassy mientras en tercera persona se nos descubre quién es realmente esta hermosa pero ambiciosa mujer, la maestría de Ballinger está en que al final del relato hace coincidir ambas historias con una inteligencia que ubica este título no solo entre lo mejor de la corriente lírica de la novela negra estadounidense de los años cincuenta, sino también en un libro que trasciende las fronteras del género sin renunciar a las características que lo hicieron grande, como son la denuncia social y el realismo urbano, al mismo tiempo que reivindica el sobresaliente papel de una mujer que utilizando sus armas intenta hacerse camino en un entorno férreamente masculino.

La mujer del pelirrojo (The Wife of the Red-Haired Man, 1957) es para el investigador Javier Coma la mejor novela de Ballinger, juicio al que nos sumamos siempre y cuando la equipare a la brillante e inteligente Retrato de humo,  obra con la que mantiene contactos estrictamente de estilo ya que la historia se desarrolla en dos niveles paralelos: los capítulos impares están escritos en tercera persona –y en los cuales se narra el relato de la pareja formada por Mercy y Hugh y la huída que inician juntos desde la ciudad de Nueva York hasta Nueva Orleáns– y los pares a través de la mirada del detective que tiene la misión de darles caza. Personaje que a medida que avanza en su investigación comienza a entender las acciones de los fugitivos, lo que hace difuminar su visión del bien y del mal.  

Este encruzamiento de perspectivas, de dobles miradas a través de la cual Bill S. Ballinger estructuró muchas de sus novelas es una de las características que diferencian a este escritor del resto de otros compañeros de generación como Kenneth Fearing y Fredric Brown, y técnica que le sirvió para ofrecer un descarnado análisis moral de la sociedad de su tiempo cuyo latido aún resuena en un género, como es el policíaco, que con escritores como Bill S. Ballinger se transforma en literatura con todas sus letras sin renunciar por ello al entretenimiento del lector.

Saludos, más Bill S. Ballinger, desde este lado del ordenador.

Con la marca de Cain

Jueves, Marzo 8th, 2012

Si le preguntan a cualquier aficionado a la novela negra sobre James M. Cain les responderá, probablemente, citando  dos o tres títulos de sus novelas más famosas: El cartero siempre llama dos veces, Mildred Pierce y Pacto de sangre (Doble Indemnización), la primera llevada al cine en varias ocasiones –aunque destaque sobre todas ellas la que dirigió Tay Garnett en 1946 con Lana Turner y John Garfield como protagonistas–; la segunda  una excelente película de Michael Curtiz (1945) y una interesante teleserie con la firma de Todd Haynes (2011), y la tercera por ese policiaco aún perturbador que filmó Billy Wilder, un pequeño y rechoncho judío vienés que además de moverse muy bien en los territorios de la comedia también lo hizo en los del drama.

James M. Cain es autor, sin embargo, de otras tantas novelas, muchas de las cuales han sido traducidas al español aunque aún no se le reivindica con el valor que se merece entre los iniciados y neófitos de la literatura negro criminal probablemente porque a su autor, quien comenzó a fabular historias a la edad de cuarenta años, le interesaba más el sexo y las relaciones que suscita, que las tramas policíacas con la que visitó a sus todavía potentes relatos.

Con motivo del 120 aniversario de su nacimiento, que tendrá lugar el próximo 1 de julio, reivindicamos desde El Escobillón el trabajo de un escritor al que se le ha colocado bastante a la ligera la etiqueta de noir, con la esperanza de que algún día un editor con ganas de riesgo se anime a recuperar su obra menos conocida y, sobre todo, la que aún no ha sido traducida a nuestro idioma con el objetivo de rendirle justicia. Pasado el tiempo, Cain es un  autor inclasificable, que abrió su propio camino dentro del género.

Escritor que utilizaba sus relatos para exprimir sus obsesiones sexuales, muchas de sus historias leídas en la actualidad pueden interpretarse como escandalosas y de un erotismos casi rayano en la pornografía, donde sus protagonistas femeninas son, por norma general, mujeres de carácter, fuertes, que en ocasiones responden al tipo de la femme fatale que tanto explotó la novela negra en los años 40, y que no es otra cosa que una especie de sublimación masculina de la mujer como elemento dominante y dominador. O, en otros casos, de una Eva inocente que conduce a su pareja, Adán, a devorar la manzana del árbol de las ciencias.

El caso es que en las novelas de M. Cain si hay personajes interesantes, perturbadores y con una capacidad de manipulación que las convierte en figuras que están más allá del bien y del mal estas son sus protagonistas femeninas. Protagonistas que en otras novelas del mismo escritor, representan exactamente lo contrario pero nunca sin perder su alto octanaje sexual. Esta circunstancia es lo que ha hecho que muchas de sus novelas todavía sigan respirando una insólita actualidad porque James M Cain como excelente escritor clásico que es, tuvo la capacidad de que el paso de los años apenas arrugara la mayoría de sus trabajos literarios.

No obstante, y a mi juicio, la obra maestra de este sin embargo irregular escritor y guionista es Más allá del deshonor, una novela ambientada en el estado de Virginia durante los días de la Guerra de Secesión y en plena edad de oro de los grandes burdeles.

Más allá del deshonor cuenta la historia de un joven que se enamora locamente de una prostituta que trabaja en uno de ellos, y de cómo asesina por amor a un multimillonario que desea casarse con la mujer de su vida dando como resultado que la pareja termine por huir ante la venganza que reclaman los amigos y secuaces de la víctima a través de un país sacudido por la guerra.

Se trata Más allá del deshonor de una novela repleta de giros cainianos, y en la que a su autor, al margen del momento histórico en el que transcurre su acción, le importa más la evolución de ese hombre y mujer locamente enamorados que son capaces de todo –incluso llegar al asesinato– por continuar estando juntos.

Pero que nadie se llame a error. James M. Cain no es un escritor romántico. De hecho, las parejas que viven hasta el último segundo su romance que nace del fuego de un sexo libre y salvaje, suelen terminar irremediablemente mal. Como si su transgresión al final fuera severamente castigada por una sociedad hipócrita pero fuertemente atada a los convencionalismos que imponen las jeraquías.

En este aspecto, el autor fue un poco más lejos en la todavía polémica La mariposa, una historia que se desarrolla en ambientes mineros donde un padre se enamora perdidamente de su hija, con la que llega incluso a mantener una relación carnal, y en las extravagantes Una serenata y Carrera en Re Mayor, que se desarrolla en el mundo de la música y en la que quizás se encuentren los personajes masculinos más débiles que salieron de la imaginación de su autor.

Una serenata cuenta con una atractiva versión cinematográfica dirigida por Anthony Mann en 1956 e interpretada por Mario Lanza, Joan Fontaine, Sarita Montiel y Vincent Price.   

En cuanto a estilo, James M. Cain se caracteriza por sus frases cortas y diálogos ágiles, lo que hizo que algunos lo encuadrarán dentro de la categoría de escritor hard boiled, denominación con la que nunca estuvo muy de acuerdo. Sus historias, además, van más allá de la cruda violencia boiled, ya que Cain más que un escritor de género negro es un escritor de novelas que trasciende el género.

Albert Camus no se cansó de elogiarlo, lo que significativamente le hacía bastante gracia al escritor norteamericano que como todo gran escritor cuenta también con títulos tan olvidables como Al final del arco iris y Galatea, aunque recupera su espíritu bronco y transgresor, siempre marcadamente sexual, en la estupenda Ligeramente escarlata, que quizá sea su novela más negro criminal junto El estafador, El cartero siempre llama dos veces y Pacto de sangre (Perdición/Doble Indemnización).

Regresó a los agitados años de la Guerra de Secesión en Mignon, pero es un título que no terminó de convencerme en su momento lo que hace que no descarte una segunda lectura para comprobar si se trata de un Cain con todas sus letras o de una más de las novelas alimenticias que escribió a lo largo de su vida.

Saludos, hoy recuperando a los clásicos, desde este lado del ordenador.

Solo una cita

Sábado, Marzo 3rd, 2012

En este tiempo es cuando se ve con más claridad que hay que escoger: o vivir fuera de uno mismo, dejarse arrastrar por el torbellino de este mundo y ser feliz, o meterse en sí mismo, a medias naufragado en el secreto lago de la melancolía personal

(Josep Pla, de su libro Madrid 1921. Un dietario)

“¡Yo no soy Madame Bovary!”

Miércoles, Febrero 22nd, 2012

Cuentan que cuando le preguntaron a Gustave Flaubert quién era Madame Bovary el escritor respondió airado, quiero pensar que fuera de sus casillas, algo así como: “Madame Bovary soy yo.”

Para demostrar cuán equivocado estaba el escritor, el artista Brian Joseph Davis ofrece en su página The Composites un retrato robot, entre otros grandes personajes de la literatura universal, de la Bovary para sorpresa de los que leímos la novela y que sin atender a la descripción que sobre el personaje describió Flaubert, imaginamos a la señora Bovary a nuestra manera.

Una manera, la mía, que probablemente no tenga nada que ver con la que otros imaginaron de la Bovary.

Resulta no obstante interesante, por morboso e inquietante, adentrarse en esta galería de retratos robot de personajes ilustres de la literatura universal que ha presentado Davis para comprobar –como ha sido mi caso– que ninguna de esas composiciones responde a mi Madame Bovary, Humbert Humbert, que para quien ahora les escribe tendrá siempre la inmensa presencia de James Mason, o Daisy Buchanan, esa chica rica que le rompe el corazón al Gastby de Fitzgerald.

Explorar The Composites ha resultado así un juego muy divertido. Una especie de reafirmación del poder que, como lector, tengo cuando leo un libro. Quizá sea éste, el poder de la lectura, el único poder que me quede en esta vida. Por un lado porque he llegado a la conclusión tras consultar The Composites que no presto demasiado caso a la descripción física del personaje que hacen sus autores sino más bien a las emociones que supieron transmitirme con sus personajes.

Madame Bovary, por ejemplo.

¡Soy yo!

Cuando leí la novela, Bovary se transformó en mis ideas en una dama con sobrepeso y una señora triste de cabellera morena con curvas generosas y  labios gruesos y ardientes que solo pedían ser besados de verdad.

Verdad, verdad.

Humbert Humbert, como apunté, siempre fue una especie de James Mason sin ser Mason, y Daisy Buchanan una pija esquelética que obsesiona y fragmenta en mil pedazos el corazón de esa especie de Heathcliff que es Gastby.

Por ello, me pregunto si el retrato robot que ofrece Davis en su web corresponde realmente a lo que tenían en su cabeza el puñado de grandes escritores cuando describieron en sus novelas a estos personajes.

No dejo de pensar en eso por mucho que el artista se haya ceñido a la descripción escrita que Flaubert, Nabokov y Fitzgerald, entre otros, hacen de todos ellos en sus novelas.

Como lector enfermizo, como hombre que lee todos los días sin prescripción facultativa, me consta que mi Gabriel de Araceli de la primera serie de Los Episodios Nacionales; el Zalacaín de Baroja, el Max Estrella de Ramón María del Valle Inclán, el Holden Caulfield de Guardián entre el centeno, el Sam Spade de Hammett, nunca serían los mismos si un artista como Joseph Davis se hubiera atrevido a dibujar un retrato robot de todos ellos.

Esto me hace pensar que quizá sea ésta una de las razones por las que nunca he sido muy aficionado a las ediciones ilustradas de cuentos y novelas. No necesito de una recreación gráfica para imaginar en mi cabeza a Rodion Raskolnikov porque a ese mismo Rodion Raskolnikov ya me he preocupado por darle rostro y físico en mi cabeza sin tomar demasiado en cuenta la descripción que su autor, Fiódor Dostoievski, se preocupó por dotarle en el texto.

Con esto quiero decir que lo importante cuando leo un libro que me apasiona, que me atrapa y sacude, que me hace ver el mundo de otra manera, no es que lo recree en mi imaginación como lo pensó el autor sino cómo fui capaz de recrearlo en mis neuras enfermizas.

En como lo hice mío.

En cómo lo convertí en una película donde los protagonistas asumen rostros y manías que comparto porque son los que han marcado mi existencia.

Así que mantengo una extraña empatía con los libros que contribuyeron y contribuyen a hacerme persona.

A mi me ayudan a continuar adelante y a dar la cara antes de que caduque mi paso por esta tierra.

Ya escribí en cierta ocasión que algo mal debería de funcionar en mi maquinaria si no malgastara mi paso leyendo lo que escriben los otros. Vida literaria la de los otros que hago mía cuando me sumerjo en ella.

Pero eso es así porque entiendo que leer es, como para un vampiro, soplo de vida.

Vida de otros que hago mía.

Vida que me enseña a moverme y a relacionarme con otros.  

Vida que hace que, como Flaubert, piense cuando leo Madame Bovary: “Soy yo.”

Y por lo tanto un yo que no necesita de retrato robot para que piense como soy yo porque, precisamente, y gracias a la literatura, esa rareza que soy yo es un misterio sin rostro.

Una incógnita que solo pide imaginación y no, precisamente, un retrato robot.

Saludos, vuelven a sonar The Kinks, desde este lado del ordenador.

‘El cuarto mandamiento’ según Welles

Martes, Febrero 14th, 2012

Descubrí a Booth Tarkington gracias a Orson Welles.

Soy un pibe y probablemente esté en pijama con los ojos atentos al aparato del televisor. Emiten la segunda película que rodó Welles tras el escándalo que provocó Ciudadano Kane. Su título es The Magnificent Ambersons aunque en español la conocemos con el bíblico El cuarto mandamiento, una denominación que marca distancia y respeto.

El clásico de Welles cumple ahora setenta años, y pese a que a la cinta se la laminaron en la mesa de montaje –el más que notable cineasta Rober Wise fue uno de los que cogió la tijera y la mutiló de metraje–  a mi me sigue pareciendo una de las mejores películas de ese genio desorbitado y desmesurado que fue Welles porque deja entrever hacia donde se hubiera escorado su cine si logra zafarse de la maldición de Kane/Hearst.

Pese a que Welles terminara renegando de ella, El cuarto mandamiento –apostemos por su título en español– respira el cine de Orson Welles y mi memoria la registra como una de sus más memorables obras maestras. Una obra maestra gótica y decadente, que disecciona la descomposición de una familia bien avenida que entra en la ciénaga de la pobreza con ecos, tiro la casa por la ventana, a La caída de la Casa Usher de Edgar Allan Poe.

El cuarto mandamiento es una película perfecta sobre la enfermedad. De hecho es una película enferma y terrorífica, donde las relaciones de familia y otros parentescos se estudian con afinada inteligencia.

No pasa el tiempo para este largometraje lastrado en la mesa de montaje.

El filme sirvió, además, para que Bernard Hermann compusiera una de sus mejores bandas sonoras y para que Joseph Cotten demostrara en pantalla el gran actor que siempre fue. Digamos lo mismo con la estupenda Agnes Moorehead, de Dolores Costello, incluso de los jovencísimos Tim Holt y Anne Baxter.

Recordemos El cuarto mandamiento como la gran película que es. Incluso perdonándole la blasfemia de un final con el que Orson Welles nunca estuvo de acuerdo…

Hablemos ahora de Booth Tarkington. Y de algunas de las grandes novelas de este prodigioso y aún desconocido escritor norteamericano en este país de patanes que es España.

El primer libro que cayó en mis manos del señor Tarkington fue De la piel del diablo y no es una novela oscura sino luminosa. Un extraordinario relato sobre un niño, Penrod Shofield, y su manera de ver y entender el mundo.

Son un puñado de aventuras divertidas, en la que Penrod, un muchacho de buenas intenciones, acomete una serie de empresas que la mayor parte de las veces no resultan como esperaba. La novela debe de leerse con la fina ironía con la que está escrita, y saborear la andazas de un personaje –es más que probable que Tarkington se inspirara en sus recuerdos infantiles en el medio oeste–  del que tomaría modelo años más tarde Richmal Crompton para su popular Guillermo el travieso.

Las deliciosas aventuras de Penrod se pueden encontrar en español, tocando madera, en la ya desaparecida editorial Miñón, en su colección Rumbos. Y entre otros momentos, hay uno muy especial en el que el joven protagonista pasea por una feria ambulante en la que se ofrecen, entre otras atracciones, la siguiente que corea a voz en grito su gancho: “Recuerden, señoras y caballeros, que están ustedes mirando a Roderick Magsworth Junior, el único sobrino vivo de la gran Rena Magsworth, la que echó arsénico en la leche de ocho personas distintas para que lo tomaran con el café, y todas ellas murieron. Es la gran envenenadora por arsénico, Rena Masgworth, caballeros y señoras, y Roddie su único sobrino. Ella es parienta de toda la familia Bitts, pero Roddie es su único sobrino vivo. No lo olviden. La van a ahorcar en junio que viene , y todos ustedes están viendo…”

La popularidad de Booth Tarkington fue creciendo a raíz de esta novela, tanto que en 1919 y 1921 obtiene el premio Pulitzer por The Magnificent Ambersons y Alice Adams, respectivamente, dos grandes historias a las que el lector español puede acercarse si se topa en cualquier librería de viejo o de ocasión con los tomos Los Premios Pulitzer que editó Plaza y Janés en los años ochenta.

The Magnificent Ambersons es, tal y como lo refleja Welles en su respetuosa adaptación cinematográfica, el lento pero feroz retrato de una familia bien venida a menos. Hurga con elegancia en la extraña relación que une a madre e hijo. Un hijo caprichoso y mimado que es inconsciente de los cambios que se están produciendo a su alrededor.

La novela apenas llega a las trescientas páginas, pero son páginas que se leen sin apenas darse cuenta mientras notas que la historia se va metiendo dentro de ti. Tiene gancho, tiene personajes y ofrece una mirada teñida de nostalgia pero también rabiosa hacia lo que fue y ya no será. The Magnificent Ambersons es también una historia de amor. Una historia de amor a cuatro bandas que protagoniza un nuevo rico y la esposa de quien fue hasta ese momento el hombre más acaudalado de la ciudad, como de la hija del primero, Lucy, con el hijo del segundo, George.

Cuando hablaba la gente de Lucy, solía describirla como “una chiquita preciosa”, definición inepta. “Chiquita” y “preciosa” era; pero no bastan esas dos palabras para describir la sensación que daba ni la esencia de su naturaleza: era enérgica, independiente y americana típica; la azarosa y algo bohemia vida de su padre cuando ella aún era una niña había tenido el efecto de madurarla tempranamente y de convertirla en mujer cuando solo contaba quince años. Pero, aunque era indiscutiblemente de sí misma y no esclava de ninguna lámpara, excepto la de su propia conciencia, tenía una debilidad: se había enamorado de George Amberson Minafer en cuanto le vio, y no obstante sus muchos esfuerzos, nunca había podido sobreponerse a esto. La cosa no parecía tener remedio.”

Y más adelante escribe: “Lo que para Lucy resultó fatal fue que, una vez enamorada, no logró matar su amor. Por muchas y por muy desagradables cosas que descubrió en George, no pudo rescatarse a sí misma.”

Alice Adams, que fue llevada al cine en 1935 por George Stevens con Katharine Hepburn como protagonista, incide más o menos en los mismos temas que en The Magnificent Ambersons, solo que en esta ocasión el relato se centra en una joven hermosa que desea pertenecer a la buena sociedad, en parte para satisfacer su propia vanidad y en parte porque parece que eso es lo que la gente que la rodea, especialmente su madre, espera de ella.

La novela describe también un mundo en pleno proceso de transformación. La pequeña ciudad donde vive Alice comienza a poblarse de fábricas que visualizan una delgada línea roja entre quienes la dirigen y quienes trabajan en sus entrañas. En esta sociedad cambiante solo se valora el dinero y quien no lo tiene es un fracasado. Un perdedor, tema tan grato en la literatura y el cine estadounidense.

Siendo una novela interesante, Alice Adams carece de la grandeza que encierra The Magnificent Ambersons quizá porque a medida que se avanza en el relato el lector intuye por donde irá su derrotero final y, si bien sorpresa no resulta tan obvio como en un principio se esperaba, la redención de Adams no sabe al sacrificio social que, a mi juicio, reclamaba la historia.

Con todo, es una buena novela para olvidarse de las tonterías que te envuelven ya que consigue tocarte la fibra mientras no dejas de preguntarte cómo diablos un escritor que fabricó entretenimiento con mucha grasa –un pata negra los llaman ahora–  continúa siendo aún hoy un gran desconocido entre los aficionados confesos a la buena literatura.

Booth Tarkington es un escritor que hace honor al cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre.

Saludos, dicho sea, desde este lado del ordenador.

Charles Dickens. Un (modestísimo) homenaje

Martes, Febrero 7th, 2012

Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría peligro de que me ahorcasen?

(David Copperfield, Charles Dickens)

Antes de llamarlo Charles, lo conocía como Carlos.

Cosas de la castellanización que durante un tiempo se propagó como fiebre tifoidea por este país en el que habito.

A Charles (o Carlos) llegué primero gracias al cine y luego a los cómics. Más tarde me sumergí en su poderoso universo literario porque, seamos sinceros, estando un día sin nada que leer, la única cosa que tenía a mano en aquella remota playa de la costa de Almería era una novela: David Copperfield.

Así que tumbado y al sol, mientras observaba como los barcos entraban y salían del Mediterráneo Carlos dejó de ser Carlos y se convirtió a partir de aquel día en Charles Dickens.

Conservo aún el ejemplar de ese libro. Arrugado y probablemente con rastros de arena dorada entre sus páginas.

David Copperfield me inició en el fascinante y conmovedor mundo del señor Dickens. Después vino Oliver Twist, Grandes esperanzas, Historia de dos ciudades, Tiempos difíciles –de necesaria relectura en estos tiempos que vivimos–, algunos de sus cuentos –inevitable Canción de Navidad– y, recientemente, en el más que recomendable volumen Aguas negras. Antología del relato fantástico de Alberto Manguel, la fascinante y oscura historia de El guardavía.

Me queda aún mucho Dickens por leer, afortunadamente.

Un buen amigo me recomienda que no deje escapar Casa desolada –recuerdo la serie de televisión, vagamente–  o Papeles póstumos del Club Pickwick, pero no sé por qué, quizá sea el fantasma de don Charles, algo me tira a que me sumerja –si la encuentro, claro está–  en Nicholas Nickleby.

No recuerdo ninguna mala experiencia con este escritor. Incluso las versiones en cine, televisión y en colorines que leí de sus historias –siempre y cuando respeten su carácter victoriano– me han hecho feliz después de sufrir tanta tragedia.

Al margen de las versiones que rodó David Lean sobre Grandes Esperanzas (Cadenas rotas) y Oliver Twist, curiosamente si hay dos películas basadas en novelas de Dickens que me llegaron al alma son los musicales Oliver! (Carol Reed, 1968) y Muchas gracias, señor Scrooge (Scrooge, Ronald Neame, 1970).

El primero porque es una más que notable adaptación de Oliver Twist trufada de hermosas canciones, algunos de cuyos estribillos aún tarareo. También porque Ron Moody interpreta a un Fagin que hace empalidecer incluso al que interpretó Alec Guinness en la versión de Lean. El segundo más que por la película porque cuando la ví en uno de los mejores veranos de mi vida ¿fue en el Chimisay o en el Timanfaya del Puerto de la Cruz?, uno de mis primos no dejaba de esconderse bajo de la butaca cuando aparecía alguno de los tres espíritus (el de las Navidades pasadas, presentes y futuras) mientras el resto de la familia lo buscaba en la oscuridad de la sala a oscuras.

Son muchas, demasiadas las sensaciones que asocio a Charles Dickens. Y la mayoría de ellas están ligadas a mi entorno más cercano. También porque su fascinante galería de villanos (los ya citados Fagin y Scrooge, así como Uriah Heep, de David Copperfield) encarnan a la perfección lo peor que esconde el alma humana: la avaricia, el egoísmo, la codicia, la fría burocracia…

Charles Dickens fue un escritor de su tiempo que trascendió su tiempo.

Celebramos ahora el doscientos aniversario de su nacimiento…

Bueno sea para que unos lo recuperen y otros lo descubran.

El caso es que Dickens vive.

Vive a través de sus libros.

Vive a través de sus personajes.

¿Su nombre?

Yo al principio lo llamaba Carlos.

Ahora lo conozco como Charles Dickens.

Saludos, cri, cri, canta el grillo del hogar, desde este lado del ordenador.