Archive for the ‘Literatura’ Category

Esta oscura desbandada

Miércoles, Enero 29th, 2014

La historia de un matrimonio de clase media venido a menos en el Madrid de las postguerra es uno de los ejes a través del cual gira Esta oscura desbandada, novela escrita por Juan Antonio de Zunzunegui, uno de esos escritores que han sido relegados al olvido por despiste o porque su literatura, además de conmover, resulta desoladora.

No es muy grato el paisaje físico y humano que describe de Zunzunegui de aquella España del hambre, la misma que todavía late pero de forma grotesca en programas tipo Sálvame, ni de los protagonistas de un relato que los expertos han encasillado en eso que llaman literatura realista.

Tiene Esa oscura desbandada algo de espíritu galdosiano pero cuenta también con mucho de espíritu unamuniano, sobre todo por su aguda reflexión sobre el sentimiento trágico de la vida. Leyendo ahora Esta oscura desbandada noto el espíritu amargo, y cierto miedo, confieso, a la hora de enfrentarme a sus páginas. Y no hay otra razón que la profunda desazón que me produce su lectura. Una enorme y resignada tristeza también.

Falangista de primera hora, Juan Antonio de Zunzunegui se fue distanciado de aquel discurso en los primeros años del régimen franquista, manteniendo una postura tremendamente individual y muy crítica con un régimen al que, según decía, “trata a los escritores como carreteros”.

Me pregunto qué pensaría de Zunzunegui, que falleció en la capital de España a finales de mayo de 1982, de cómo se ha transformado su oficio en estos años que vivimos y que hoy me resultan, paradójicamente, tan similares a los que describe en algunas de sus obras.

Tuve la suerte de encontrar Esta oscura desbandada hace algunas semanas en el Rastro de la capital tinerfeña, ese Rastro al que ahora se intenta poner en orden desde el Ayuntamiento y en cuyos anárquicos tenderetes a veces, solo a veces, me tropiezo con agradecidos descubrimientos. Joyas literarias que, como Esta oscura desbandada, operan una poderosa transformación interior. Un hechizo extraño y muy inquietante.

Entiendo además que Esta oscura desbandada podría ser un magnífico epitafio para este su blog, El Escobillón, bitácora que ha terminado por convertirse en algo así como una tumba en la que volcar sensaciones y recuerdos. Claro que la culpa de este melancólico estado espiritual se debe a la lectura de una novela que se me ha metido muy dentro y que no deja que le dé vueltas a la cabeza todas las mañanas y hasta que acaba el día.

Tiene Esta oscura desbandada la capacidad de introducirme en las entrañas de un barrio señorial herido de muerte como es el de Salamanca, seña de identidad de clases pudientes de un Madrid que no levanta cabeza tras finalizar la Guerra Civil, y un sentido del humor parco y muy vasco, no en vano Zunzunegui era oriundo de Portugalete, Vizcaya.

El caso es que escribo estas líneas porque más allá de escritores autorizados existe toda una legión de narradores –mejor olvidados que silenciados– que me hacen recuperar la fe en la tradición literaria de un país tan dolorosamente desengañado como es en el que vivo. Una literatura que saca ronchas a mi espíritu y en la que traduzco ese sentimiento trágico de la vida que nos acompaña cuando nada parece moverse.

Un libro, una novela en definitiva, recomendable para aquellos que aún resisten porque la existencia no deja de ser lo que es, un mal chiste porque sabemos su inevitable final.

Saludos, esta oscura melancolía, desde este lado del ordenador.

El enigma Deighton

Viernes, Enero 24th, 2014

No disfruta Len Deighton del predicamento de John le Carré para ese público que se ha abonado a la literatura con Clase (la mayúscula de Clase la ponemos nosotros con el fin, imagino que frustrado, de que identifiquen al grupo de lectores al que me refiero) pero no creo que sea algo que le quite el sueño a este escritor que se ha especializado y en ocasiones con sobresaliente, en la temática del espionaje y lo bélico, géneros en los que se maneja con comodidad y en el que destaca por un puñado de novelas dentro su fecundisíma e irregular producción.

Deighton se dio a conocer en los años sesenta con una serie de novelas dedicadas al agente secreto Harry Palmer, personaje que nació como respuesta popular al hedonista James Bond y que fue interpretado en el cine por el siempre irrepetible Michael Caine.

La serie Palmer, muy entretenida, no ha superado sin embargo la prueba del tiempo aunque afortunadamente Len Deighton no se quedó solo con su protagonista sino que continuó ahondando en las grandezas y miserias del espionaje británico en los años dorados de la Guerra Fría.

Su Bernard Sampson, cornudo y apaleado agente secreto, ha sido protagonista de una de las series más espectaculares e insólitamente cínicas y realistas del género de espías. Y en este sentido, me sigue pareciendo una obra maestra no ya sobre el Gran Juego sino también sobre el arte de la traición y la soledad El juego de Berlín, un título en el que aparentemente no pasa nada mientras se intenta desvelar la identidad de un infiltrado en los servicios secretos británicos, pero ficción en la que se arremete y en ocasiones con bastante crudeza contra el círculo de engaños en el que viven sus personajes. Todos ellos al servicio de una historia que, sin las claves morales de le Carré ni la ira contenida del mejor Graham Greene del género (El factor humano), sí que ocupa un lugar de honor en mi caótica biblioteca y justo en esa sección donde ubico los libros de espionaje que me quitaron el sueño.

Len Deighton es un escritor curioso. Escribo curioso porque late dentro de su producción un desprecio absoluto hacia el sistema de clases británico. Tan especial y único. Leyendo sus novelas uno entiende de hecho cómo debe de sentirse un burgués que hace bien su trabajo pero que desprecia el brillo de los opulentos, de la aristocracia aficionada a los clubs y que tiene por encima. Con esto no quiero decir que Deighton sea un escritor de izquierdas como sí pudo ser de izquierda en sus inicios Eric Ambler, es más, si se leen sus libros resulta sospechosamente conservador, aunque un conservador típicamente brtiánico. Un tipo al que le gusta tomar té, resolver los crucigramas de The Times y beber unas cervezas en el pub de la esquina.

Si tiene un problema Len Deighton es que durante una etapa de su vida como escritor no paró de escribir y publicar. Y como resultado salieron de su cabeza algunas obras excelentes y otras, lamento decir que la mayoría, bastantes olvidables. Entre los títulos buenos, y al margen de los que son estrictamente de espionaje, destacaría una interesante novela policiaca en clave de ucronía: SS-GB, en la que narra una investigación criminal en una Gran Bretaña que, finalmente, sí que fue ocupada por los nazis; la saga familiar Winter, en la que repasa la historia de Alemania de principio del siglo XX a 1945 y la que, probablemente, sea la mejor novela del escritor: Adiós, Mickey Mouse, un retrato realista de un grupo de aviadores norteamericanos durante la II Guerra Mundial.

Reconozco así, que el Len Deighton que más me atrae y que más me seduce es el que escribe novelas históricas, no ya por los relatos que enhebra en esas novelas y que contribuyen a que entienda mejor un pedazo de la convulsa historia de Europa, sino también porque en estos casos su literatura tiene aroma a clásico. Ese aroma del que carece otro compatriota, Ken Follet, un autor a mi entender demasiado plano y sin la garra, ni el brío del señor Deighton.

Animo así a los curiosos a que comparen La ciudad de oro, de Deighton, con La calve está en Rebeca, de Follet, dos títulos que cuentan más o menos la misma historia pero con resultados radicalmente diferentes.

(*) En la imagen Len Deighton, Ian Fleming and Raymond Hawkey.

Saludos, en algún lugar del planeta, desde este lado del ordenador.

Ese abuelo llamado Bukowsky

Martes, Enero 21st, 2014

“Pero ¿qué era justo? ¿Ha habido alguna vez un instante de justicia para los pobres? Toda esa mierda sobre la democracia y las oportunidades con la que los alimentaban era solo para evitar que quemaran los palacios. Claro, de vez en cuando había un tipo que salía del vertedero y lo conseguía. Pero por cada uno que lo conseguía había cientos de miles enterrados en los barrios bajos o en la cárcel o en el manicomio o suicidados o drogados o borrachos. Y muchos más trabajando por un sueldo de miseria, desperdiciando sus vidas por la mera subsistencia.

La esclavitud no ha sido abolida, solamente se ha expandido para incluir a nueve décimas partes de la población. En todas partes. Santa Mierda.”

(Fragmento de Acción, cuento incluido en Hijo de Satanás, de Charles Bukowski, Anagrama. Traducción: Cecilia Ceriani y Txaro Santoro)

El 9 de marzo se cumple el veinte aniversario de la desaparición de Charles Bukowski, un escritor que alcanzó fama y reconocimiento en su madurez existencial y que para alguno es  padre fundador del realismo sucio.

Al margen de otras consideraciones, apenas conozco a un terrícola que no haya leído a Bukowski. En los ochenta y noventa fue un autor bastante popular entre la fauna de aprendices a escritores. La clave era que su estilo resultaba cómodo e imitable, aunque la mayoría no le llegaba, ni le llega, a la suela de los zapatos porque el universo de Bukowski solo le pertenece a Bukowski.

Mejor cuentista que novelista, aunque sigo considerando La senda del perdedor como una novela más que potable, el mundo bukowskiano está casi monopolizado por su álter ego, Henry Hank Chinasky, y una serie de relatos muy urbanos que se desarrollan mayoritariamente en bares y moteles de mala muerte. Los personajes que pueblan sus historias proceden, de hecho, de esos mismos bares y moteles de mala muerte. Carne de horca, escoria, perdedores que ahogan sus miserias tomando alcohol. Demasiado alcohol mientras fuman cigarrillos.

Resulta muy fácil dejarse capturar por ese ambiente de pobreza teñido de turbiedad, y conocer a través de sus diálogos –Bukowski fue un excelente escritor de diálogos– los anhelos que conmueven a la mayoría de sus marionetas. Hombres y mujeres de la calle, solitarios por naturaleza, gente que ha perdido cualquier entusiasmo por esto que llamamos vida.

Bukowski es un escritor incómodo, sin embargo, para los que dicen leen alta literatura. Y entiendo que resulte incómodo. El autor de libros como Factótum o Cartero si de algo presumió cuando formó parte del equipo de narradores con éxito no fue, precisamente, de la calidad de sus libros sino de su sed, aparentemente insaciable, por beber alcohol.

Sus borracheras forman parte así de la leyenda que se forjó como tipo duro. Un tipo duro con cabellera desordenada y el rostro plagado de viruela, testigos como cicatrices de su mala y desordenada vida.

Como muchos otros compañeros de generación, los relatos y novelas de Bukowski, que publicaba la colección Contraseñas de Anagrama, se convirtieron en libros de obligada lectura porque desconcertaban mientras que a otros simple y llanamente les molestaba. No fue, ni continúa siendo en este sentido, un escritor políticamente correcto, pero sí que es hoy todo un clásico y referente de la subcultura.

No sé cuántos libros habré leído de Bukowski, hay varios de ellos amontonados en las estanterías de mi caótica biblioteca. Ahora mismo, ya ven, leo Hijo de Satanás y no deja de sorprenderme el abuelo pese a que sea consciente que la lectura ya no me sabe a lo mismo que cuando lo descubrí por primera vez.

De todas formas, regresar a Bukowski ha sido como encontrarme con un amigo al que le había perdido la pista… Al principio lo examinas con la intención de detectar hasta dónde ha cambiado, luego te relajas cuando notas que sigue siendo el mismo de siempre… Y eso es bueno pero también malo. Dentro de lo malo es que ya no sorprende como antaño ya que leído un libro de Charles Bukowski es como si hubieras leído todos sus libros.

Con todo, un abrazo Hank, es un placer saber que estás ahí.

Era natural que el cine se interesara pronto por adaptar algunos de sus cuentos y novelas, aunque el primero que lo hizo no fue un norteamericano sino un italiano, Marco Ferreri, en Ordinaria locura (1981), película en la que Ben Gazzara hacía del escritor. Escrita por el mismo Bukowski está El borracho (1987), de Barbet Schroeder, protagonizada por Mickey Rourke y Faye Dunaway, película que retrata bastante bien el universo de ebriedad que destilan las páginas de cualquier libro de Bukowski; y también Factotum (Bent Hamer, 2005), con Matt Dillon y Lili Taylor. Hay otras versiones cinematográficas de su obra, pero las omito porque no he tenido ocasión de verlas.

No sé, de hecho, si hay algún proyecto que baraje la posibilidad de recobrarlo para la pantalla grande… No sé, pero no me lo imagino en plan culebrón para la pequeña…

Con todo lo que ha caído, y ahora que lo vuelvo a leer, me doy cuenta que como otros a los que les picó el veneno, Bukowski es como ese abuelo ácrata y pasado de rosca que una vez quisimos tener. A él le debo, además, descubrir autores que según confesaba y no se cansaba de ponerlo en sus libros, le habían influenciado: Viaje al fin de la noche, de Céline, o John Fante, un talento desgraciado que se murió sin acariciar las mieles del éxito.

En cuanto a estilo les puede sonar a Ernest Hemingway, pero un Hemingway al borde del coma etílico.

No sé si son tiempos para recuperarlo. Pero su lectura me sigue proporcionando cierto ataque de conciencia. Luego algo tiene el abuelo…

Al final, la leucemia y no un hígado podrido de tanto alcohol, se llevó al bueno de Charles Bukowski.

Un escritor que apenas cuenta con lectoras pero sí con lectores. Entiendo las razones de que muy pocas mujeres se acercaran a su trabajo y creo que el viejo Hank también.

En una entrevista con Sean Penn manifestaba: “Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro.”

Palabra de el abuelo. De el abuelo Bukowski.

Saludos, Santa Mierda, desde este lado del ordenador.

El talento de la señora Highsmith

Jueves, Enero 9th, 2014

“Me interesa la moral, a condición de que no haya sermones”

Apostar por cualquier novela de Patricia Highsmith es como apostar a un purasangre ganador.

Hace tiempo que descubrí a la escritora y desde entonces nuestra relación ha sido provechosa, basada en un no hay engaños que ha forjado y si quieren centuplicado mi interés por su trabajo.

Como muchos otros, llegué a Patricia Highsmith a través de Tom Ripley, y gracias a la versión cinematográfica que René Clement rodó de una de sus novelas con un turbador y ambiguo Alain Delon, quien interpreta al atractivo y amoral estafador y asesino.

Un día, uno de esos días luminosos en los que parece que todo conspira para hacerte feliz, alguien me dijo que Extraños en un tren, de Alfred Hitchcock, estaba basada también en una historia de Highsmith, una escritora que recomendaba –y creo que con sutil sentido del humor– que sus libros no estuvieran disponibles en la biblioteca de una cárcel.

Un hecho objetivo es que con Patricia Highsmith la novela criminal trasciende la frontera del género. Será por su honda penetración psicológica y por aquello tan manido del estudio humano que despliega en sus libros. Su empeño en mostrar la doble moral de sus protagonistas, personajes subversivos aunque aparentemente normales y corrientes.

Que en sus obras, digámoslo ya, el asesinato se convierta en algo así como una de las bellas artes. Tanto, tanto…

Los imbéciles encajan la desconcertante producción literaria de la señora Highsmith en ese grupo de mujeres escritoras que algún comercial denominó como damas del crimen, pero no es eso.

No, no es nada de eso.

Ya que si nadie habla de caballeros del crimen ¿por qué vale lo de dama del crimen? Esta catalogación entre damas y caballeros me recuerda más a la división de los aseos públicos en la que unos cartelitos indican a hombres y mujeres donde deben de refugiarse para evacuar sus miserias.

¿Escritora policiaca?

Podría estar de acuerdo en ubicarla en ese ataúd donde terminan casi todos los escritores que cultivan una literatura de género pero no es exacto en el caso de Highsmith. De hecho, creo que falsifica su figura en la república de las letras, república en la que ocupa un capítulo aparte porque fue más allá de la novela de suspense y de la novela negra, senderos que transitan por mismos territorios pero que tienen objetivos bien diferenciados.

Abandonemos así inútiles debates y enfrentémonos a la producción literaria de Highsmith como lo que es: un grandioso cuadro sobre las dobleces humanas. Un estudio apasionado y con vistosos colores naturalistas de ese pobre animal que presume de raciocinio.

Ha tenido suerte Patricia Highsmith en sus adaptaciones al cine, aunque es una lástima que un cineasta con tanto sentido para el suspense como Alfred Hitchcock solo llevara a la pantalla una de sus grandes novelas, Extraños en un tren. Un filme, Extraños en un tren, en cuyo guión trabajó Raymond Chandler, e historia que ha dado origen a otras adaptaciones como No beses a un extraño (Robert Sparr, 1969) e inspirado extravagancias como Tira a mamá del tren (Danny DeVito, 1987).

En cuanto a Tom Ripley, persona al que dio vida en cinco excelentes novelas, lo hemos podido ver con la forma de Alain Delon, a mi juicio el mejor de todos ellos, en A pleno sol (René Clement, 1960); Dennis Hooper en El amigo americano (Win Wenders, 1977); Matt Damon en El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999), John Malkovich en El juego de Ripley (Liliana Cavanni, 2002) y Barry Pepper en El retorno de Mr. Ripley (Roger Spottiswoode, 2004) que versiona la novela La máscara de Ripley y que no he podido ver…

Novelas de Highsmith que también han sido adaptadas al cine son El cuchillo (Claude Autant-Lara, 1963) y El grito de la lechuza (Claude Chabrol, 1987), entre otras.

Novelas y relatos de la escritora han terminado convirtiéndose también en discretos filmes para televisión y se rumorean versiones que, al momento del cierre de este post, todavía continúan en el limbo de proyectos…

Personalmente, lo mismo me da. Porque lo que interesa de una escritora del tonelaje de Patricia Highsmith es, precisamente, leer su obra. Una obra que está ahí pero con la que su autora no se mostraba demasiado satisfecha. Salvaba, en todo caso, El temblor de la falsificación, novela que mereció los elogios más entusiastas de Graham Greene, un escritor cuyo universo literario mantiene muchos puntos de contacto con el de Highsmith.

Dicen que odiaba a Ernest Hemingway y a la industria del cine de Hollywood, en especial porque esa industria nunca permitió que el asesino –que necesariamente no tiene que ser un malvado– se saliese con la suya.

Nacida en Tejas, Estados Unidos, Patricia Highsmith renunció a su país convirtiéndose en una señora sin patria ni bandera. Falleció en Locarno, Suiza, en 1995, y hasta el último minuto de su vida lo consumió fumando cigarrillos y rodeada de sus mejores y más leales amigos, sus gatos.

“Encuentro la pasión por la justicia bastante aburrida y artificial, porque ni a la vida ni a la naturaleza les importa que se haga o no justicia”

Saludos, háganse un favor y lean a Patricia Highsmith, desde este lado del ordenador.

Tablón de anuncios sin final feliz

Sábado, Noviembre 30th, 2013

* El escritor Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964) ha obtenido el Premio Torrente Ballester con la obra El enigma del convento, una novela histórica ambientada en el siglo XIX entre España y Perú y en la que la intriga, el suspense y las conspiraciones conducen la acción. Convocado por la Diputación de La Coruña, esta es su XXV edición y está dotado de 25.000 euros y la edición de la obra. 

* El galardón cultural Almendro de las Artes y las Letras 2013 recae en el escritor Víctor Álamo de la Rosa por su trayectoria literaria. Esta distinción tiene carácter anual y fue creada por un colectivo de artistas y escritores con el fin de destacar y reconocer la creación artística y literaria de autores canarios. El galardón consiste en una pieza escultórica diseñada por el Taller de Artesanía El Alfar y le será entregada a Víctor Álamo de la Rosa el próximo lunes 2 de diciembre, y a partir de las 20 horas, en la librería del Cabildo de Tenerife, en Santa Cruz de Tenerife.

* La escritora Yanet Acosta, autora de la divertida El chef ha muerto, anuncia en su página Facebook la pronta publicación de la que será su segunda novela, No hay trabajo bueno, historia que define como “un western urbano y erótico”.

*Los domingos continuamos tropezándonos con Colin Wilson en nuestros merodeos por los puestos de cachivaches y libros usados del Rastro de la capital tinerfeña. Repaso el Manifiesto de los jóvenes airados, grupo del que formó parte un tiempo junto a animales como John Osborne y Doris Lessing, entre otros. Wilson firma su credo en este libro –publicado en español por la Editorial Dédalo, Buenos Aires, en 1960– con el título de Más allá del outsider…

Donde escribe

“Mi mente no es, por desgracia, sistemática ni académica. Mi visión del mundo es completamente personal, y me resulta imposible apartarme lo suficientemente lejos de esta predisposición subjetiva para escribir lo que pudiera llamarse crítica o filosofía especulativa”.

Saludos, ¡mañana es diciembre!, desde este lado del ordenador.

Mal dadas, una novela de James Ross

Lunes, Noviembre 18th, 2013

“- De todos modos, no pueden colgarle el muerto a Dick –razoné–. ¿Cómo van a acusarle si no han encontrado el cadáver? En realidad no tienen ninguna prueba.

- Ni falta que les hace. Si crees que Brock Boone y John Little no pueden hacerle confesar el asesinato de Bert Ford, ya puedes ir colocándote con los tontos al fondo de la clase. A esos dos buitres les encanta sacar confesiones a tortazo limpio. Pueden trabajarse a Dick una mañana y acabará jurando que le pegó un tiro a Bert Ford y luego se lo merendó. Incluidos los huesos y el pelo.”

(Mal dadas, James Ross. Colección Al margen, Sajalin Editores)

La historia de James Ross, autor de la novela Mal dadas, es la historia de un escritor maldito. Maldito con todas sus letras.

Tras una existencia en la que desempeñó toda clase de oficios –albañil, granjero, jugador semiprofesional de béisbol– acabó malviviendo como periodista y frustrado escritor, ya que solo publicó una novela, esta Mal dadas que comentamos y que ha sido recientemente publicada en español con traducción de Carlos Mayor en la colección Al margen de Sajalin Editores.

Y todo ello pese a recibir elogios de compañeros de oficio tan poco proclives al elogio como Raymond Chandler y Flannery O’Connor, lo que lleva a meditar, durante la lectura de su novela, las razones que provocaron su marginalidad y que no levantara cabeza tras la publicación de una historia realista que nada a medio camino entre la novela social tipo Erskirne Caldwell, y el relato profundamente complejo y psicológico a lo William Faulkner.

Solo que con el estilo de James Ross.

El racismo está ahí, pero forma parte de la realidad, luego está descrito sin dramatismo ni entusiasta lectura denuncia. Es lo que hay, viene a decir el escritor, en estas comunidades rurales alejadas de la mano de Dios.

La mayor parte de los personajes de la novela son blancos, y muy pobres, muchos de los cuales se dedican al negocio clandestino del alcohol… No hay código de caballeros en este universo de parias, sino una resignada existencia cuyas frustraciones ahogan bebiendo mientras el tiempo pasa.

Mal dadas es una pequeñita pero gran novela sobre las miserias del alma humana. También una aguda reflexión sobre la codicia. La codicia como motor de una historia en lo que importa son las razones para explicar –no justificar– como hombres aparentemente normales y corrientes son capaces de saltarse la débil línea que separa la cordura de la locura cuando el fin –en este caso una importante cantidad de dinero– justifica los medios.

Narrada en primera persona por su protagonista, un granjero arruinado durante los años de la Gran Depresión, el relato narra su trabajo en un garito de carretera a las órdenes de un antiguo compañero de colegio, Smut Milligan, con generoso pulso narrativo, al mismo tiempo que reflexiona sobre el deseo por salir de la miseria en la que están envuelto sus personajes. Hombres y mujeres de la calle, inquietos, más cerca de lo salvaje que de lo civilizado en una remota población de Carolina del Norte, Corinth.

En este sentido, hay cierta confusión en encuadrar esta novela en los territorios de la novela policial. No ya porque se trata de un texto de ambientación rural –Jim Thompson hizo lo mismo a lo largo de su errática carrera– ni tampoco porque, pese a cometerse un brutal asesinato e irrumpir un sheriff al que lo mismo le da ocho que ochenta mientras mastica y escupe tabaco, se trata de un libro cuya  literatura trasciende la frontera de un género tan maleado por socorrido en los últimos tiempos.

Se aprecia, y se agradece en este sentido, que a James Ross lo que le interesa, más que el retrato criminal, sean los personajes que intervienen en el relato. En especial la voz pausada y tranquila de su narrador, Jack McDonald, y la de los personajes secundarios con los que interactúa. La mayoría de ellos náufragos que nadan en alcohol, y un sexo soterrado y caso siempre comercial, como vehículo a través del cual evadirse de la tragedia en la que han terminado por convertirse sus vidas.

Lo mejor de esta novela, demasiada adelantada a su tiempo y mucho me temo que adelantada a los nuestros también, es que Ross no emite juicios de valor ni morales. Escribe una serie de acontecimientos que si bien no tienen nada que ver con el devenir de la historia, enriquece en cuanto a situaciones y descripción de tipos se refiere. Ahí se encuentra, creo, la clave de esta historia insólita y tremendamente gótica. Es un relato de hechos, una mirada resignada y tremendamente cruel que casi parece reinterpreta El príncipe de Maquiavelo en un territorio que no tiene nada que ver con la Italia del Renacimiento.

Como lectura para reconciliarse consigo mismo, Mal dadas no es lo que se dice un título recomendable, pero sí apetecible para los que no hacen ascos de un realismo que, en ocasiones, parece que se anticipa a lo que se terminó por conocer como realismo sucio. Solo que en James Ross tiene un objeto. Su mirada sobre ese pequeño universo –que solo se mueve por la codicia– resulta tierna, aunque la ternura sabe a amarga y triste. La codicia es una fuerza destructora humana, demasiado humana. Casi tiene ecos, lejanos si quieren, a El tesoro de la Sierra Madre de James B. Traven.

Dicho lo cual, no deberían de dejar escapar esta novela. Absolutamente recomendable para reivindicar a un escritor cuya carrera literaria nació bichada.

Un maldito, ya saben, con todas sus letras.

Y algo de eso, de malditismo, es lo que planea en el protagonista de la novela. En esa voz en primera persona al que parece que la suerte le ha dado la espalda.

El escritor George V. Higgins así lo concluye en el epílogo de esta notable rareza: “La vida es dura, es muy dura. Aún más cuando no hay suerte.”

Y James Ross, como su protagonista, Jack McDonald, fue un tipo que no tuvo suerte.

Saludos, un feliz descubrimiento, desde este lado del ordenador.